En estos días de lecturas atrasadas, le ha tocado el turno a "Insumisos", un libro de Tzvetan Todorov tan atrasado que ni me acordaba de que lo tenía pendiente. Entre sus páginas guardaba la estupenda reseña de Rafael Narbona, titulada "Resistir sin odio", que me animó a comprarlo.
Antes de empezar la lectura, releyendo la crítica de Narbona para reavivar el apetito, me encuentro con esto:
... En el preludio de Insumisos, Todorov advierte que la democracia sólo puede sobrevivir como un ideal y cita una frase de Emmanuel Lévinas para identificar la esencia de lo ético: «El único valor absoluto es la posibilidad humana de dar prioridad al otro sobre uno mismo»
Le daba vueltas a lo de conceder la prioridad al otro, que en principio como alegato contra el egocentrismo y el egoísmo salvaje está muy bien, pero la verdad es que no acababa de convencerme, quizá porque "prioridades" y "otros" los hay de muchos tipos y algunos de ellos nada aconsejables.
Porque, a ver, la posibilidad humana de dar prioridad al otro, considerada en esos términos, como esencia de lo ético y "único valor absoluto" -ahí es nada-, es bastante cuestionable: Situaciones de sumisión, de sometimiento, de fanatismo o simplemente de obediencia debida al superior, como la invariablemente invocada en Núremberg, caben dentro de ese "dar prioridad al otro sobre uno mismo". Incluso podría considerarse que todos los totalitarismos se sostienen mediante la utilización en beneficio propio de ese supuesto valor absoluto: reconocimiento de la prioridad del líder y disposición entusiasta a la inmolación de uno mismo si fuera menester.
Claro que frente a tales prioridades peligrosas y demoledoras de uno mismo, existen otras buenas y aconsejables, como la prioridad concedida en un ejercicio de generosidad, anteponiendo la necesidad del otro a la propia, o la prioridad concedida por naturaleza, como la que cualquier madre otorga, inevitablemente, a sus hijos, o las prioridades que tienen su fundamento en el amor, por el que se antepone el bien ajeno al bien propio, o incluso se identifican (nada de tu bien es más importante que el mío, sino tu bien es el mío, que eso sí que podría rozar el valor absoluto).
Pero entonces, a lo que iba, el valor absoluto no sería la posibilidad humana de dar prioridad al otro, como sostiene Lévinas (posibilidad que, por cierto, no es sólo humana, así que como esencia de la ética qué quieres que te diga), el valor absoluto sería... el de siempre: el amor. Y tampoco cualquiera, porque con los amores pasa lo mismo que con "las prioridades" y con "los otros", que los hay de muchos tipos: hay amores ciegos, hay amores que matan, hay amores inconvenientes... El único amor que tiene ese valor absoluto que Lévinas pretendía definir como esencia de la ética, es el dificilísimo y ese sí que solamente humano -si es que el humano lo alcanza- amor al enemigo. Como nos vienen recordando hace unos 2000 años.
Mi admirada y muy querida Simone Weil, sin tanto rodeo, lo decía así de simplemente: "La gracia consiste en recibir el daño sin devolverlo".
Al final de la reseña, que tenéis completa en este enlace, Narbona, después de presentarnos a los insumisos o "resistentes sin odio" escogidos por Todorov, recoge estas palabras del Dalai Lama:
Cuando el Dalai Lama logró huir del Tíbet con ayuda norteamericana, celebró haber escapado de un grave peligro. «¿Qué peligro?», le preguntaron. Y contesto: «La amenaza de perder mi compasión por los chinos».
Y sin más divagaciones me meto con el libro, que hay mucho que aprender.
Iba a titular la entrada "La amenaza de perder mi compasión por los chinos", pero mejor dejar las indirectas y tomarse el tema en serio.





