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14 junio 2022

De encuentros y distanciamientos. Ludwig Wittgenstein y sus amigos ingleses (2)

 Cont.

"Si Wittgenstein hubiera seguido la sugerencia de Rusell  [ Russell le proponía enviar el Tratado a Estados Unidos sin esperar al final de la guerra, desde allí se lo reenviarían a Inglaterra para su publicación], el trabajo que se hubiera publicado hubiera sido, en muchos aspectos, similar al que ahora conocemos como el Tractatus. Es decir, habría contenido la teoría figurativa del significado, la metafísica del "atomismo lógico", la distinción entre decir y mostrar... y el método de las tablas de Verdad (utilizado para mostrar que una proposición lógica es una tautología o una contradicción). En otras palabras, habría contenido casi todo lo que ahora contiene el Tractatus, excepto los comentarios que hay al final del libro acerca de ética. estética, el alma y el significado de la vida. En cierto modo, por tanto, habría sido un libro del todo distinto. Los años en los que el libro sufrió su transformación final  -y más importante- fueron aquellos en los que Wittgenstein y Russell no tuvieron ningún contacto. El cambio en la concepción del libro -y la consiguiente transformación del propio Wittgenstein- llegó por tanto en una época en que no mantenía contacto alguno con sus amigos ingleses".

"Quizá podía preverse la naturaleza de este cambio en las discusiones que tenía en Sokal con Bieler, dicusiones que, dice Bieler, "a veces nos absorbían tanto que perdíamos completamente de vista el momento y el lugar en que nos encontrábamos:

Recuerdo un incidente cómico. Era la vísoera de Año Nuevo de 1915. El comandante nos había invitado al comedor de oficiales para la celebración del Año Nuevo. Cuando acabó la cena faltaba poco para las diez y los dos nos retiramos a la habitación de Wittgenstein a reanudar el tema del día anterior. Más o menos a las once los oficiales nos hicieron saber que era hora de ponerse en marcha para llegar a tiempo a la fiesta. No tardamos en olvidarnos de la invitación y proseguimos nuestra discusión hasta que oímos unas voces bastante sonoras. Eran nuestros camaradas que llegaban muy alegres a las cuatro de la mañana. Al día siguiente tuvimos que presentar nuestras excusas al comandante y le felicitamos el año con un pequeño retraso."

"Tal intensidad sugiere una total entrega por parte de Wittgenstein. Y eso que el tema de las discusiones no era la lógica. De lo que hablaban era del Evangelio de Tolstói y de Los hermanos Karamazov de Dostoievski. Era éste un libro que Wittgenstein leía con tanta frecuencia que se sabía pasajes enteros de memoria, en particular los discursos del anciano Zosima, que para él representaba un poderoso ideal cristiano, un santo "que podía ver directamente en el interior del alma de las personas".

    Ray Monk, Ludwig Wittgenstein, Anagrama, Barcelona 1997.

30 mayo 2022

De encuentros y nacimientos. Ludwig Wittgenstein (1)

 

L.Wittgenstein 1919
»Antes de viajar a Cambridge tuvo Wittgenstein en Viena una experiencia que lo marcaría para toda su vida. Cuando tenía aproximadamente veintiún años asistió en su ciudad natal a una representación de la obra de teatro Die Kreuzelsschreiber  [Los que firman con la cruz*], del autor austriaco Ludwig Anzangruber, que se había propuesto ilustrar a las masas mediante un teatro comprometido y educarlas para que llegasen a alcanzar un modo humano y libre de vivir. En muchos puntos se adelantó a su época; por otro lado, durante mucho tiempo no se le prestó atención, porque sus piezas aparecen a menudo ataques a la Iglesia institucionalizada. El personaje principal de la obra teatral antes mencionada es “Juan el picapedrero”, un hombre que vive al margen de las normas establecidas, en una sociedad formada por ricos terratenientes, a los que se les aparece como un hereje y un filósofo de la aldea. En cierta ocasión aquel hombre cuenta a la juventud aldeana de dónde saca su calma interior. Era hijo ilegítimo de una criada y por ello su vida había sido muy difícil. Cierta vez, después de una grave enfermedad durante cuyo transcurso estuvo completamente solo, abandonado por los vecinos de la aldea, tuvo una “inspiración”: le pareció que una voz interior le hablaba y le decía: “Tú formas parte del todo, y el todo forma parte de ti. ¡No  puede ocurrirte nada!”. 

Estas palabras se convirtieron para Wittgenstein en una experiencia mística fundamental, a la que una u otra vez regresaría en los últimos años de su vida; ella le había abierto una nueva posibilidad para la religión. A partir de aquel momento Wittgenstein se consideró completamente independiente de las circunstancias exteriores y del destino y se sintió “absolutamente cobijado”. (...) La raíz más profunda de la religiosidad de Wittgenstein era una experiencia mística no una evidencia intelectual. (...) Más tarde dijo a propósito de esta vivencia mística fundamental: “Ella me empujó a chocar con los límites del lenguaje, de igual modo que ha llevado a chocar con ellos, según creo, a todos aquellos seres humanos que alguna vez han intentado hablar o escribir sobre ética o religión. Este chocar con los límites de nuestra jaula es una empresa que no tiene ningún porvenir”. El joven estudiante superó gracias a esta vivencia la crisis que lo había llevado al borde del suicidio. Lo hizo madurar y adoptar una actitud tal, que los millones de su padre le resultaban indiferentes. A partir de ese momento apenas le interesarían las cosas del mundo; había nacido el filósofo»

*(Se refiere a los que no saben leer ni escribir su nombre y firman marcando una cruz)

Wilhelm Baum, Ludwig Wittgenstein: Vida y obras, Madrid, Alianza, 1988, págs. 55-57. 

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13 marzo 2013

Francisco


«Iba una vez San Francisco con el hermano León, en tiempo de invierno, de Perusa a Santa María de los Angeles. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!, aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grandes ejemplos de santidad y de edificación, escribe y toma nota diligentemente: no está en eso la perfecta alegría.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco por segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos, y, lo que es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor llegase a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino hasta los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
 -- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!, aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de todas las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó con vigor:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegara a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, en el nombre de Dios te pido que me digas en qué está la perfecta alegría.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del convento, y llega malhumorado el portero y grita: "¿Quiénes sois vosotros?" Y nosotros le decimos: "Somos dos de vuestros hermanos". Y él vocifera: "¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!" Y no nos abre, y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien, y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí está la perfecta alegría. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como indeseables e inoportunos, gritando: "¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables! ¡Id al hospital de los leprosos, porque aquí no hay para vosotros comida ni hospedaje!" Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León, escribe que aquí sí está la perfecta alegría! Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, clamando y suplicando entre llantos, por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él, más enfurecido, dice: "¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido". Y sale fuera con un palo nudoso, y nos coge por el capucho, y nos tira por tierra, y nos zarandea en la nieve, y nos apalea con aquel palo nudoso; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de llevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí sí está la perfecta alegría.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo, que Dios concede a sus amigos, está el de vencerse el hombre a sí mismo y el de sobrellevar gustosamente, por amor a Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios. Por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y, si lo has recibido de El, ¿por qué te glorias como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro. Por eso dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gál 6,14).
A El sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén»
FRANCISCO DE ASIS. Las florecillas (Flor 8).

Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam
...qui sibi nomen imposuit Franciscum. 
[Acabo de oír con verdadera emoción el nombre escogido por nuestro nuevo Papa.  Sea  Dios por siempre bendito y alabado. Amén] 
 

07 marzo 2013

Un pruno florecido veo


En el minúsculo jardín a la entrada de mi casa, arrimado a la verja, hay un ciruelo. Un pruno, como dijeron en la junta de vecinos cuando discutían si podarlo o talarlo, hartos de que pusiera perdida la acera ("creí que era un almendro", le comenté a mi vecina. "Pero niña, ¿tú has visto alguna vez almendras rojas y despachurrás?" Temblé por él, se libró de la tala por dos votos).

Y sin embargo el primer año, el año en el que llegué a esta casa, ni me fijé en aquel árbol. Tenía asuntos más importantes,  no estaba para mirar árboles. Tampoco estaba, por lo que se ve, para mirar al suelo cuando por el mes de abril, como tiene por costumbre, el pruno lo alfombra de flores. Seguramente las pisé sin darme cuenta. Ni siquiera las ciruelas rojas, aplastadas sobre la acera al llegar el verano, me llamaron la atención. Estaba ocupada con otras historias.

Terminó el año y un verdadero asunto,  de esos que ocurren -no de los que se nos ocurren, sino de los que van en serio-, puso todos los demás en su sitio. Simplemente desaparecieron. Fue entonces, al salir una mañana,  cuando lo vi. Casi diría que se me plantó delante, como el que tropieza con otro adrede. Reventaba de flores diminutas y rosadas, aún recuerdo la impresión.

Cuenta el profeta Jeremías que, cuando Yahveh se le dirigió por vez primera, le preguntó: "Jeremías, ¿qué es lo que ves?" Jeremías,  asustado y falto de autoestima como todos los profetas, respondió: "Una vara de almendro veo". Entonces Yahveh le dijo: "Bien has visto", que es lo mismo que decir:  "pues ya me has entendido, deja de buscar excusas". Y es que la vara del almendro florece para los elegidos. Como floreció la de Aarón en el desierto, como la de san José entre las de los pretendientes. También el Buen Pastor lleva una vara con la que tranquiliza al rebaño en las cañadas oscuras.

 Para los profetas y los elegidos, Dios hace que florezcan  las varas desgajadas, las resecas. Para el resto hace florecer al almendro entero. Florecen los almendros y  a la vez los prunos, sus hermanos pobres, los que ensucian la acera. Para avisarnos de que la primavera se acerca y  crece la luz de nuevo,  para que año tras año nos vayan diciendo cosas,  cosas normales, nada extraordinario, cosas a veces olvidadas, como que no hay cañada oscura que eternamente dure.

Mi pruno por ejemplo,  aquella mañana en la que al fin lo vi, solamente dijo: "Ya era hora". Acto seguido me llenó de flores y me alegró la vida. Unos días antes, si Dios me hubiera preguntado: "C. ¿qué es lo que ves?", habría tenido que responder: "nada de nada veo". Incluso en ese momento, en el que entusiasmada con el descubrimiento lo tomé por un almendro, habría respondido mal. "Mal has visto", habría dicho Dios dejándome por imposible.  Sólo a la tercera, gracias a los propósitos salvajes  de mis vecinos, habría conseguido acertar: "un pruno florecido veo".

Al año siguiente floreció en plena nevada. Estuve en un cursillo todo el fin de semana y a la vuelta me lo encontré, blanquísimo y deslumbrante,  con las flores como ojitos bien abiertos asomando entre la nieve sin pestañear. "Obediencia" decía, aquí estamos aunque nieve, y era tanta su hermosura que asentí de corazón.

Un año más tarde, todo fragilidad bajo unas heladas de espanto, no dejaba de repetir: "resiste, resiste". Y otro después, una tarde de viento en la que las flores caían y giraban en remolinos a ras de suelo, más que decir, suspiraba: "desprendimiento". Hubo un año en el que no quise oírle: "déjame, que no quiero saber nada". Se calló, pero al llegar el verano, las ciruelas  pisoteadas, más abundantes que nunca, dejaban en la acera regueros de sangre.

Este año, cosa rara, parecía retrasarse. Cada día lo miraba buscando el primer brote. Entramos en marzo y nada. La semana pasada nevó y él seguía mudo. Empezaba a preocuparme cuando le oí susurrar: "Parezco muerto, pero no lo estoy. Trabajo en la sombra, no tengas miedo".  Hace un par de días, por fin,  ha estallado en flor.

13 febrero 2013

Polvo... y basura a espuertas. Léon Bloy

De los Diarios de Bloy. Noviembre 1912:

17 de noviembre.- He recibido en la comunión esto que a continuación escribo:
   Voy a comulgar. El sacerdote ha pronunciado las palabras terribles que la piedad carnal llama consoladoras: DOMINE, NON SUM DIGNUS... Jesús va a llegar, y sólo tengo un minuto para prepararme a recibirlo... Dentro de un minuto, Él entrará en mi casa.
     Yo no recuerdo haber barrido esta morada donde Él va a entrar como un rey o como un ladrón, pues no sé qué pensar de esta visita. (...)
     Echo en ella una mirada, una pobre mirada de espanto, y la veo llena de polvo y de basura. En toda ella hay como un hedor de putrefacción e inmundicias.
     No me atrevo a mirar en sus rincones sombríos. En los sitios menos oscuros advierto horribles manchas, antiguas o recientes, que me recuerdan que he masacrado a inocentes, ¡tantos! ¡y con tanta crueldad!
     Los muros están cubiertos de podredumbre y chorrean frías gotas; me hace pensar en las lágrimas de tantos desdichados que me han implorado en vano, ayer, anteayer, hace diez, veinte, cuarenta años...
     Pero, ¡alto!... Allá, delante de esa puerta descolorida, ¿qué monstruo es ese acuclillado que hasta ahora no había notado y que se asemeja al que alguna vez entreví en mi espejo? Parece dormir sobre esa trampa de bronce, cerrada y encadenada por mí con tantas precauciones para no oír el clamor de los muertos y sus quejosos Miserere.
     ¡Ah, verdaderamente hay que ser Dios para no temer entrar en semejante casa!
     ¡Y aquí está!!! ¿Cuál será mi actitud, y qué voy a decir o hacer? 
     Absolutamente nada.
     Aun antes de que Él haya traspuesto mi umbral, ya habré dejado de pensar en Él, ya no estaré ahí, habré desaparecido, no sé cómo; estaré infinitamente lejos, entre las imágenes de las criaturas.
     Él estará solo y Él mismo limpiará la casa, ayudado por su Madre, de quien pretendo ser esclavo y que es, en realidad, mi humilde sierva.
     Cuando Ellos hayan partido, el Uno y la Otra, a visitar otras cavernas, yo volveré y traeré otras inmundicias." 


Léon Bloy, Diarios 1892-1917:  El peregrino de lo Absoluto (1910-1912). Selección, revisión y notas: Hernán J. González, 2007.

* No sé si el libro está editado, lo encontré en la red el mismo 2007, cuando andaba descubriendo a Bloy, y me lo encuaderné con un gusanillo. No os puedo dejar un enlace porque ya no lo encuentro. La entrada que os he copiado, del 17.11.2012,  no figura entre las seleccionadas por Cristóbal Serra para los Diarios publicados poco después en la Editorial Acantilado.

16 octubre 2012

Cuando ya te has quedado calvo

Aquí os dejo tres reflexiones muy reflexivas. Las tres, con ligeros matices, vienen a decir lo mismo. La verdad es que da gusto tanto acuerdo:

La primera es de Lawrence Sterne, por boca del caballero Tristam Shandy:

"La experiencia es un peine que te da la vida cuando ya te has quedado calvo."

La segunda, bastante similar aunque de significación más amplia (por las muchas variedades de sombreros de cintas  y modos de no tener cabeza), es de una canción de Violeta Parra y dice así:

"Yo no sé por qué mi Dios
le regala con largueza
sombrero de tantas cintas
a quien no tiene cabeza."

La tercera, directa al grano sin peines ni sombreros, es el comienzo del famoso poema "No volveré a ser joven" de Jaime Gil de Biedma:

"Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde."

No sé a vosotros, pero a mí me parece que ese, precisamente ese, es el mejor argumento -más que argumento: una prueba definitiva-  a favor de la vida eterna. Claro que a mí todo me parecen pruebas definitivas, basta con mirarse el dedo gordo, que decía no sé quién. Esas son mis pruebas preferidas, las del tipo "dedo gordo": tú sólo mírate el pulgar. (*)

Volviendo al asunto, podríamos pensar que la experiencia, aunque llegue demasiado tarde, es útil para los que nos siguen:  que para eso sirve, para transmitirla. Pero las cosas, lamentablemente o por suerte, que no lo sé,  no funcionan así. La experiencia, como su nombre indica, es experiencia, personal e intransferible,  no vale la del otro. No es un peine para peinar melenas ajenas. ¿Para qué la experiencia entonces? 

No tendrá mucho caché argumentativo, no es muy tomista ni muy pascaliano, pero a mí este peine de calvos, como prueba,  me convence un montón:  La experiencia es el peine de nuestra melena inmortal.  Para qué si no.

"Sería gran cosa tener dos vidas; una para cometer errores y otra para sacar provecho de ellos", añade L. Sterne. Pues claro, gran cosa, de eso se trata. O dicho de otro modo: no volverás a ser joven, Gil de Biedma, ni falta que te hace.
_______

(*) el no-sé-quién era Newton, que ya lo he encontré: "A falta de otra prueba, el dedo pulgar por sí solo me convencería de la existencia de Dios".


18 septiembre 2012

Una cicatriz eternamente mal cerrada- Charles Péguy



Hoy os traigo un texto de Charles Péguy sobre la Gracia, las cicatrices mal cerradas, y "lo que llamamos moral"
«Hay algo peor que tener un mal pensamiento: es tener un pensamiento terminado. Hay algo peor que tener un alma mala, o incluso que se vuelva mala: es tener un alma terminada. Hay algo aún peor que tener un alma perversa: es tener un alma acostumbrada.
Se han visto juegos increíbles de la Gracia  y  gracias increíbles de la Gracia penetrar un alma mala, incluso un alma perversa, y se ha visto salvar lo que parecía perdido. Pero nadie ha visto nunca que se mojara lo barnizado, ni se calara lo impermeable, nadie ha visto empaparse a lo acostumbrado.
Las curaciones, los logros y los salvamentos de la gracia son maravillosos, y se ha visto ganar y se ha visto salvar lo que estaba (como) perdido, porque las peores miserias, porque las peores bajezas, las torpezas y los crímenes, porque el mismo pecado, son a menudo grietas en la armadura del hombre, defectos en la coraza, en la coraza de la dureza del hombre,  por los que puede penetrar la Gracia. Mas sobre la coraza inorgánica de la costumbre todo resbala, y toda espada rebota.
O, si se quiere, en el mecanismo espiritual, los puntos de articulación de las palancas de la Gracia son precisamente las peores miserias, bajezas, crímenes, torpezas, el pecado mismo.  Ahí es donde trabaja, ahí donde encuentra el punto que hay en todo hombre pecador, ahí como se apoya sobre ese punto doloroso. Se ha visto a los mayores criminales salvarse. Por su crimen mismo. Por el mecanismo, por la articulación de su crimen. Nadie ha visto a las mayores personas de buenas costumbres salvarse por la articulación de su costumbre, porque precisamente lo acostumbrado es lo que no tiene articulación. [...] De ahí vienen muchos de los fallos que constatamos en la eficacia de la Gracia, que, alcanzando victorias inesperadas en el alma de los pecadores más grandes, a menudo permanece inoperante ante la gente más decente, sobre la gente más decente. Porque precisamente la gente más decente, o sencillamente la gente de bien o, en fin, esos que así se nombran, no tienen ningún defecto en su armadura. No están heridos. Su piel de moral siempre intacta les otorga un cuero y una coraza impecable. No tienen esa brecha que se produce por una herida terrible,  por una inolvidable miseria,  un invencible pesar, por un punto de sutura eternamente mal cosido, por una inquietud mortal,  por una sorda ansiedad indomable, una secreta amargura,  por un caer sin fondo perpetuamente enmascarado, por una cicatriz eternamente mal cerrada.
No ofrecen esa entrada a la gracia que es esencialmente el pecado. Como no están heridos, no son vulnerables. Como no carecen de nada, no se les da nada. Como no carecen de nada, no se les da lo que es todo. Ni la misma caridad de Dios venda al que no tiene llagas. Porque había un hombre tirado en el suelo, el Samaritano lo levantó. Porque la cara de Jesús estaba sucia, Verónica la limpió con un pañuelo. De modo que quien no esté caído nunca será levantado, y quien no esté sucio no será lavado.
La "gente de bien" no se deja empapar por la gracia.  Es una cuestión de física molecular y globular. Lo que denominamos moral es un revestimiento que vuelve al hombre impermeable a la Gracia. La moral recubre al hombre contra la gracia»

[« Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise pensée. C'est d'avoir une pensée toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise âme et même de se faire une mauvaise âme. C'est d'avoir une âme toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une âme même perverse. C'est d'avoir une âme habituée.
On a vu les jeux incroyables de la grâce et les grâces incroyables de la grâce pénétrer une mauvaise âme et même une âme perverse et on a vu sauver ce qui paraissait perdu. Mais on n'a jamais vu mouiller ce qui était verni, on n'a pas vu traverser ce qui était imperméable, on n'a pas vu tremper ce qui était habitué.
Les cures et les réussites et les sauvetages de la grâce sont merveilleux et on a vu gagner et un a vu sauver ce qui étais (comme) perdu. Mais les pires détresses, mais les pires bassesses, les turpitudes et les crimes, mats le péché même sont souvent les défauts de l'armure de l'homme, les défauts de la cuirasse par où la grâce peut pénétrer dans la cuirasse de la dureté de l'homme. Mais sur cette inorganique cuirasse de l'habitude tout glisse, et tout glaive est émoussé.
Ou si l'on veut dans le mécanisme spirituel les pires détresses, bassesses, crimes, turpitudes, le péché même, sont précisément les points d'articulation des leviers de la grâce. Par là elle travaille. Par là elle trouve le point qu’il y a dans tout homme pécheur. Par là elle appuie sur ce point douloureux. On a vu sauver les plus grands criminels. Par leur crime même. Par le mécanisme, par l’articulation de leur crime. On n'a pas vu sauver les plus grands habitués par l'articulation de l'habitude, parce que précisément l'habitude est celle qui n'a pas d'articulation. [...]. De là viennent tant de manques que nous constatons dans l'efficacité de la grâce, et que remportant des victoires inespérées dans l'âme des plus grands pécheurs elle reste souvent inopérante auprès des plus honnêtes gens, sur les plus honnêtes gens. C'est que précisément les plus honnêtes gens, ou simplement les honnêtes gens, ou enfin ceux qu'on nomme tels, n'ont point de défauts eux-mêmes dans l'armure. Ils ne sont pas blessés. Leur peau de morale, constamment intacte, leur fait un cuir et une cuirasse sans faute. Ils ne présentent pas cette ouverture que fait une affreuse blessure, une inoubliable détresse, un regret invincible, un point de suture éternellement mal joint, une mortelle inquiétude, une invincible arrière-anxiété, une amertume secrète, un effondrement perpétuellement masqué, une cicatrice éternellement mal fermée. Ils ne présentent pas cette entrée à la grâce qu'est essentiellement le péché. Parce qu'ils ne sont pas blessés, ils ne sont pas vulnérables. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte rien. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte pas ce qui est tout. La charité même de Dieu ne panse point celui qui n'a pas de plaies. C'est parce qu'un homme était par terre que le Samaritain le ramassa. C'est parce que la face de Jésus était sale que Véronique l'essuya d'un mouchoir. Or celui qui n'est pas tombé ne sera jamais ramassé; et celui qui n'est pas sale ne sera pas essuyé.
Les "honnêtes gens" ne mouillent pas à la grâce.
C'est une question de physique moléculaire et globulaire. Ce qu'on nomme morale est un enduit qui rend l'homme imperméable à ta grâce.  s'ils sont malheureusement enduits de morale, sont inattaquables à la grâce, inentamables.»] 


Charles Péguy, Oeuvres en prose complète,  pp.1388-1390. Gallimard, 1992

10 septiembre 2012

Deja para mañana lo de mañana. Charles Péguy

"Ante todo, los modernos quieren estar tranquilos". Ch. Péguy

Aquí os dejo algunos extractos de una ponencia de A. Molteni, titulada Permanecer en la precariedad. Las sugerencias de Charles Péguy .
Del R.P. Agostino Molteni, profesor de Literatura en la Universidad de Trieste y especialista en Péguy, hay varios trabajos, todos ellos apasionantes (por ejemplo Péguy, testigo del acontecimiento, o Charles Péguy: Los intelectuales de la felicidad y el acontecimiento cristiano), que, como este, se encuentran fácilmente en la red:
"Para Péguy este afán de tranquilidad domina de la misma suerte a laicos y eclesiásticos. Es el triunfo de Benjamín Franklin y de su máxima no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, que en la modernidad es considerada “la máxima de la sabiduría, de la prudencia y del buen gobierno de sí mismo”. Es el triunfo, para Péguy, de la libreta de la caja de ahorros, el “libro modelo” de la modernidad, el “diploma de tranquilidad del mundo entero”: “Así como el Evangelio es un compendio del pensamiento cristiano, así también la libreta de la caja de ahorros es el compendio del pensamiento moderno. Es lo único capaz de hacer frente a los Evangelios, porque es el libro del dinero, y el dinero es el anticristo. (…) Los libros licenciosos sólo han producido pecadores. La libreta de caja de ahorros produce lo moderno”.

Esta perspectiva del ahorro es la misma perspectiva de los “seguros”: es decir, la pretensión de asegurarse contra el acontecimiento imprevisto. Para Péguy es lo más opuesto al Evangelio y a su máxima: Cada día trae su afán, cuique diei malitia sua (Mt 6,34): “Si cada día trae su afán, ¿por qué asumir hoy los afanes de mañana, el trabajo de mañana?”. Así, el hombre no debe asegurarse de antemano contra el mañana, contra el acontecimiento que aún debe acontecer: “No debemos pensar en el mañana. Esa misma pereza (intelectual), esa misma prudencia, anticipación (y ese mismo apego al ahorro) fue lo que selló el determinismo, el materialismo y el intelectualismo”.

Péguy dice que el origen de esta perspectiva de ahorro y de “seguros” contra el acontecimiento imprevisto del presente nace de una pereza de la razón que no quiere ser desbarajustada, puesta en movimiento de su sedentarismo por el acontecimiento del ser: “Esa imperiosa necesidad de fijar el espíritu no es sino un ansia de pereza y la expresión misma de la pereza intelectual. Ante todo, los modernos, quieren estar tranquilos; ser, ante todo, sedentarios”. (...) “Esa misma tentación de pereza, esa misma fatiga y ansia de tranquilidad que los hace a todos funcionarios, es la misma que hace intelectuales. Así como todos corren tras las cátedras, no para enseñar, sino para estar sentados, así también desean ante todo una filosofía, un sistema de pensamiento, un sistema de conocimiento donde se pueda estar sentado”.
...Para Péguy es Bergson quien “ha vuelto a encontrar el presente, ha reintegrado la presencia del presente. Nos ha vuelto a decir que cada día trae su afán. Esto es la sabiduría misma y la vida. (…) No pretender asegurar de antemano la tranquilidad. No anticipar el mañana. (…) No sacrificar el día de hoy, la libertad y la fecundidad de hoy, a la tranquilidad de mañana. (…) No envejecer la vida: bastante envejece ya. He aquí lo metafísico, lo moral, lo económico y lo cívico”.(...) “El mundo del dinero y de la avaricia es el mismo mundo de los intelectuales del ser estático”. (...) “Las economías, los civismos, las morales, las metafísicas, todos dependen de cómo se trata el presente. Dime cómo tratas el presente y te diré cuál es tu filosofía  Si esterilizamos el presente, todo es estéril, todo está vacío.”

La “precariedad” es la novedad que la tradición hebreo-cristiana aporta a la visión del tiempo, y es la consecuencia de la visión de la realidad y del presente como acontecimiento que no se puede poseer de antemano.(...) Sin embargo, para Péguy, en la modernidad la cristiandad ha olvidado esta precariedad, pues el acontecimiento cristiano ha sido desvirtuado. Hablando de los cristianos modernos dice: “No son cristianos, quiero decir que no lo son hasta la médula. Continuamente pierden de vista la precariedad, que para el cristiano es la condición más profunda del hombre; pierden de vista esta profunda miseria, y no tienen presente que siempre hay que volver a comenzar. Es una precariedad eterna. Nada de lo adquirido es adquirido para siempre. Es la condición misma del hombre. Y es la condición más profunda del cristiano. No hay nada más contrario al pensamiento cristiano que la idea de una adquisición eterna, la idea de una adquisición definitiva que no puede ponerse en tela de juicio”.

Esta es la lección de Péguy: permanecer en la precariedad, es decir, recomenzar siempre, no considerar nada como adquirido para siempre, vivir el presente como presente siempre imprevisto, esperar el acontecimiento del ser (recordemos que la etimología de “precario” significa algo que no se obtiene por derecho, sino sólo por preces, por súplicas).
Si os interesa, podéis leerlo completo aquí.  Las citas de Péguy proceden de su Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana . Saludos y feliz rentrée.

28 febrero 2012

Como nosotros perdonamos (1)

Añadido del 29.2 a las 22.30:
Acabo de hablar con Suso Ares. Lo de más abajo no era un mediterráneo, era sólo un espejismo. Imaginación calenturienta, cabeza cuadrada y prisa en resolver los puzzles hacen mala mezcla. Mañana me retracto en regla. Doctores tiene la Iglesia -que si de algo no han hablado no es porque sea obvio, sino porque no es-, y teólogos en Salamanca, y buenas personas con prudencia y paciencia dispuestas a echar la tarde explicando y haciendo entrar en razón. Mil perdones .

[Hay una petición en el Padrenuestro que siempre me ha parecido inquietante y no terminaba de entender, que es la de: "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Cada vez que la pronunciaba, no podía evitar una voz al fondo que añadía: " ...aun así, si es posible, no te cortes por favor y perdónanos mejor".

Y es que no tendría sentido pedirle a Dios que nos perdone las ofensas, o las deudas (como antes se decía quizá mejor dicho ), del mismo modo, exactamente del mismo modo, que nosotros perdonamos a nuestros deudores. En primer lugar porque el perdón suyo y el nuestro son completamente diferentes: el suyo borra, el nuestro, simplemente, no tiene en cuenta. Y en segundo lugar porque sería poner límites a la misericordia de Dios, como si se lo quisiera someter a medida humana.

Sería suicida pedirle a Dios que nos perdone en la medida, y solamente en la medida, en que nosotros somos capaces de perdonar, cuando lo que pedimos desde el fondo del alma es que nos perdone como únicamente Él sabe y puede: del todo, sin merma en el amor y sin tachón en el juicio. Es decir, no como nosotros (habría tanto que hablar sobre nuestra capacidad real de perdonar, y es tan comprensible a veces la incapacidad... Pienso, por ejemplo, en la madre de esa niña asesinada en atentado terrorista que increpaba hace poco al asesino ante el Tribunal, o en tantos otros casos terribles). Es decir, nunca como nosotros, que en el mejor de los casos, aquel en el que el daño no se anota en el "debe", no podemos evitar su pequeña huella en el "haber" (ese triste "te conozco, bacalao, aunque te haya perdonao"). El verdadero perdón, de sobra lo sabemos, es el que dice lo que sólo Dios dice: "esa ofensa no eras tú".

En definitiva, sentía que pedirle a Dios que nos perdone menos de lo que Él es capaz, además de absurdo, es imposible. Imposible, sobre todo, porque se trata de la oración que Cristo nos enseñó, y si nos enseñó a orar así, no pudo ser para limitar la Misericordia del Padre, sino para todo lo contrario.

Por todo eso, durante muchísimos años he pensado (con mucha incomodidad y sin querer pensarlo, pues al fin y al cabo se trata del Padre Nuestro y llevamos más de veinte siglos rezándolo así) que tenía que haber un error de traducción en ese “así como”, y que la única petición posible y natural sería la de que perdonase nuestras deudas y nos hiciese capaces de perdonar del mismo modo a nuestros deudores. Y en eso estaba, en buscarle los tres pies al "así como", a ver si en griego decía otra cosa, que no, o quizá en arameo, que, por lo que me han dicho, tampoco. Hasta que hace unos días descubrí, justo a continuación, el "nosotros". Vaya cosa ¿no? Ahí estaba, desde siempre, bien a la vista: "así como nosotros". Otro de esos mediterráneos que inmediatamente sospecho que todo el mundo conoce, menos yo que a todos los mares les llego siempre tarde. Y bueno, sí, seguramente es otra de esas muchas obviedades con las que me alegro como el que encuentra un tesoro, obviedades que no se cuentan, como no se va contando que la noche sucede al día o viceversa (que más bien creo que es viceversa, pero ese es otro tema).

“Como nosotros”, dijo, y allá arriba en el monte, Él encabezaba el “nosotros”: Mírame a mí que estoy al frente, decía, no les mires tanto a ellos, que no saben lo que hacen ni lo que no hacen. Cada vez que pedimos al Padre que nos perdone “como nosotros perdonamos”, Cristo se nos pone delante. Él es el que da la cara, como en aquel monte. Y no nos permitiría rezarlo solos, ni una sola vez, ni siquiera a la carrera o sin pensarlo mucho, porque sería una temeridad. Cada vez que rezamos el Padrenuestro, estoy profundamente convencida, Cristo lo reza con nosotros.

¿Cómo iba a haber un error de traducción en la oración que Cristo nos enseñó, la que repetirían desde aquel primer momento y se transmitiría con el mayor de los cuidados? ¿Y cómo vamos a proponernos de medida y pedirle al Dios de la Misericordia que sea tan mezquino como lo somos nosotros y nos perdone sólo a medias? ¿Y cómo puede pasarse uno años dándole vueltas, sin verlo, a lo que tiene delante, más claro y mucho más grande y más emocionante que el mar mediterráneo?

Simone Weil, que decía que no se puede rezar el Padrenuestro con atención plena "sin que un cambio quizá infinitesimal, pero real, se opere en el alma", al comentar la petición de perdón al Padre "como también nosotros perdonamos", solamente insiste en la necesidad de haber perdonado previamente las ofensas recibidas, y aún es más: de haber renunciado a todo lo bueno que creemos que el prójimo y la vida nos deben, antes de pronunciarla (Attente de Dieu, p.155-157, Exposé à propos du"Pater"). Y sin embargo, de otra forma lo sabía , lo supo desde que empezó a rezarlo: que Cristo reza al Padre a nuestro lado: Parfois aussi, pendant cette récitation ou à d'autres moments, le Christ est présent en personne... (Att.de Dieu, p.40, Lettre IV-Autobiographie spirituelle).

"Nosotros" somos Él y nosotros. Cuando lo rezamos a solas, no lo rezamos a solas, ni utilizamos un genérico "nosotros". Cuando lo rezamos en grupo, tampoco lo rezamos solos: Como en aquel monte, Él se pone delante, mira al Padre y empieza: Padre nuestro ... Y entonces sí, bien arrimados, al abrigo de ese compasivo, generoso, tremendamente desigual y dulcísimo "nosotros", podemos pedirle, nos atrevemos a pedirle, que nos perdone "como nosotros perdonamos", exactamente así.]

04 enero 2012

Empezando el año

Ahora que se abren los caminos por los que transitaremos este nuevo año, y que lo empiezo, para no variar, expurgando el almanaque viejo antes de tirarlo a la papelera, os traigo este texto de Suso Ares Fondevila , pasado de año en año al almanaque nuevo desde el 2009 en el que se lo leí, con el que inauguro una vez más el taco en blanco.
Feliz 2012 y que el Señor de los abismos y las verdes praderas os lleve de su mano:


Señor de los Abismos

Te encontrará en lo escarpado, en la selva,
en medio del polvo, tirado en el desierto. En lo difícil te hallará, donde tú
estés perdido, sin rumbo, triste hasta la muerte. Ahí te saldrá al encuentro
porque Él es el Señor de los Abismos, de las terribles hondonadas, de las simas
cuyo fondo no divisa la mirada del hombre. Lo terrible está en Él y en Él se
amansa, se vuelve quietud, sendero imposible que ahora es posible, porque lo ha
pisado y lo ha hecho suyo. Nuestros caminos son sus caminos y, cualquiera que
sea el que recorran nuestros pasos, nos llevan a él, todos.
[Publicado en su Blog, Un lugar en el mundo, el 28 de octubre de 2009]

20 octubre 2011

Christian Bobin. Les ruines du ciel - Port Royal ( 2)


Algo más de Les ruines du ciel:

La estanquera me enseña una fotografía antigua de su hijo. La saca de una cartera de cuero rojizo, hinchada como un sollozo. Su entera fortuna consiste en esa imagen de un bebé ensortijado, tendido boca abajo sobre la pelleja de un borrego. Todos tenemos nuestra herida y nuestro tesoro en el mismo sitio. El lunes 23 de noviembre de 1.654, las barreras de la muerte saltan por la presión de lo eterno y un gozo arrebata a Pascal, desde las diez y media de la noche hasta las doce y media de la madrugada. Más tarde anota los detalles de la revelación en un pergamino que cose al interior del dobladillo de su casaca. Las actas notariales del cielo no le abandonan nunca: si repone la casaca, traspasa el pergamino a la casaca nueva. Todos somos portadores de un icono, llevamos encima la huella de una alegría más grande que la vida. Con el tiempo el icono se estropea. Desaparece su portador. La alegría recibida permanece -brizna de hierba dorada en la noche de los mundos.
***
Nos las damos de listos, pero sabemos menos que los recién nacidos en el fondo de sus cunas. Nuestros ojos están menos abiertos, nuestros terrores son menos puros y nuestras alegrías menos agudas. Juan Sebastian Bach vuelve a traernos un poco de aquellos primeros tiempos, haciendo girar sobre nuestra alma asombrada un móvil musical hecho sólo de átomos de aire.
***
Los gorriones, con sus cantos, construyen monasterios que duran un segundo. El alma sorprendida en sus claustros ya no teme morir.
***
La vida tiene necesidad de libros, al igual que las nubes tienen necesidad de charcos, para mirarse y conocerse en ellos.
***
La nada salpica cuanto se hace suspirando.
***
"Llevaos esto de aquí": dijo la madre de María Callas al verla recién nacida. Cuatro días más tarde recuperó a su hija. El canto no humano de la diva se eleva desde el infierno de esos cuatro días.
***
Los castillos más puros se construyen sobre abismos.
***
Pascal creyó toda su vida ver un abismo a su lado izquierdo. La visión le producía vértigos, por lo que, a veces, ponía de ese lado una silla para sentirse seguro. Sabía que su trastorno era imaginario, pero no le era posible dejar de padecerlo.
***
El pensamiento es una silla puesta encima de un abismo.






Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009. Collection Folio. [traducc.mía]

11 octubre 2011

La vida eterna de cada día. Christian Bobin. Les ruines du ciel-Port Royal (1)

.
Aquí tenéis unos pequeños extractos del libro de Bobin de este verano. Es decir, del único libro de este verano inapetente y estragado en el que todo se me caía de las manos (no es la primera vez, son como empachos, demasiada lectura de todo lo que pillo. Los despliegues de ingenio, los discursos redondos, encantados de sí mismos y despectivos de cuanto estorba, las discusiones sin fin -en ambos sentidos-, toda esa cháchara inteligente y mañosa que tanto me entretiene otras veces, pasa a producirme náuseas y una especie de aborrecimiento del intelecto humano. Mucho mejor pasear, guisar, encerar los muebles o dedicarse a la jardinería). En esos casos sé que tengo que volver a Bobin, a sorbos, como un reconstituyente. Por fortuna tenía pendiente la lectura de Les ruines du ciel (Gallimard 2009). A la cuarta página ya empecé a sentirme desintoxicada, para la décima ya me había reconciliado con el mundo.

La destrucción de Port-Royal por Luis XIV, según reza la contraportada, es el hilo conductor de este libro por el que desfilan músicos (con Bach como protagonista absoluto), abadesas, Pascal que va y que viene, gorriones, Richelieu, limones en un plato, la escritura, Emily Dickinson, la madre del autor... o la luz de cada día. Un hilo que también es esa luz, la que atraviesa las celosías de Port-Royal, la que se demora en el calado de los cestos que vende el gitano en el mercadillo de Creusot, la que se desliza hasta la habitación 115 del geriátrico. Esa luz que es sólo una y distinta cada vez.
De la destrucción trata, sí, pero también de la pervivencia, y de esa fuerza de nada que viene de no se sabe dónde y es capaz de poner en jaque al mismo Rey-Sol. Trata de las tercas y asombrosas construcciones y de las ruinas vivas.
Dice Bobin: C'est par sa destruction totale que Port-Royal triomphe: le Bien finit toujours par perdre, c'est sa manière de gagner. De eso, en definitiva, es de lo que en este libro habla Bobin, con ese modo tan suyo de señalar y enhebrar, con su peculiarísima mirada y la voz inconfundible de siempre. Una voz queda pero bien clara, como la del apuntador:

Tras la muerte de Vermeer en 1675, su viuda entrega dos cuadros al panadero para saldar la deuda pendiente de varios años de consumo de pan. Por un lado la luminosidad nacarada de las pinturas, por el otro la corteza dorada del pan caliente: El canje es mucho más satisfactorio para el espíritu que la relación hoy obligada entre la obra maestra y el dinero. El pan y la belleza son dos reinos comparables, dos alimentos indispensables para la vida eterna de cada día.
***
Cada día tiene su veneno y, para quien sabe ver, su antídoto.
***
No hay más que una sola vida, y nunca se acaba.

***
El Señor de la Rivière deja el mundo en el que disfrutaba de una buena posición para convertirse en guardabosques de Port-Royal. Tras dormir vestido sobre un jergón, pasa sus días en la arboleda; entre sus manos una Biblia en hebreo que el murmullo talmúdico de los grandes castaños va descifrando. El Señor de la Petitière, de sangre arrebatada, de quien se dice que "echa fuego por los ojos", renuncia a una carrera militar prometedora para convertirse en el zapatero de las monjas. El cielo, para quien lo ha visto una vez, no tiene rival.
***
Los ojos de los pobres son ciudades bombardeadas.
***
El gato ha atrapado un saltamontes, ha hecho de él un juguete de agonía, después lo ha destripado, y Dios, que era el gato y el saltamontes, verdugo y víctima, se ha vuelto loco.
***
Las flores en los cementerios, con los gritos de sus colores, impiden al cielo pasar demasiado rápido por encima de las tumbas.
***

Existe la moda y existe el cielo, y entre las dos cosas, nada. Lo que vuelve difícil la lectura de la vida es que existen modas de todo, incluso del cielo.
***
La muerte se llevó a mi padre pero olvidó su sonrisa, del mismo modo que un ratero sorprendido huye abandonando una parte de su botín.

***
Toda nuestra vida no está hecha más que de fracasos, y esos fracasos son ventanales rotos por donde entra el aire.
[et ces échecs sont des carreaux cassés par où l'air entre, dice el original, con un endecasílabo que suena a cristales rotos y evoca las casillas del tablero de ajedrez - jeu d'échecs-, al que sigue una tromba de aire en cinco sílabas. Traducirle siempre es un dolor]


Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009, Collection Folio. [ traducc. mía]

04 octubre 2011

Espacio libre en el que Dios puede crear todavía


Hoy se celebra el día de san Francisco de Asís. Gracias a Dios por él, que trajo aire fresco a la Iglesia e hizo de ella un lugar más habitable para todos. Gracias por todos sus continuadores.


"Saltando de una roca a otra, fray León atravesó corriendo el torrente y san Francisco lo siguió. Fray León, que lo esperaba de pie en la otra orilla, miraba como corría el agua limpia con rapidez entre las masas grises de rocas... San Francisco lo miró y vio tristeza en su rostro.
-Tienes aire soñador- le dijo simplemente san Francisco.
-¡Ay, si pudiéramos tener un poco de esta pureza! - respondió fray León... Había en sus palabras una profunda nostalgia
.
-Ven- le dijo san Francisco, tomándolo del brazo. Empezaron los dos otra vez a andar. Después de un momento de silencio, san Francisco preguntó a fray León:
-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza del corazón?
-Es no tener ninguna falta que reprocharse- contestó fray León sin dudarlo.
-Entonces comprendo tu tristeza- dijo san Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse. -Sí- dijo fray León- y eso es precisamente lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza del corazón.
-Ah, hermano León; créeme- contestó san Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero, toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.
-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad- observó fray León.
-Es verdad- respondió san Francisco, pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace espacio libre en el que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Unigénito, el sólo Santo. Pero toma al pobre de la mano, lo saca de su barro y lo hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y eso es tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.
-¿Y cómo hay que hacer?- preguntó fray León.
-Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aún esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar espacio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aún el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces liviano, no se siente ya el mismo. Como la alondra embriagada de espacio y de azul, ha abandonado todo su cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.
Fray León escuchaba gravemente mientras andaba delante de su padre. Pero a medida que avanzaba, sentía que su corazón se hacía liviano y que le invadía una gran paz."


Eloi Leclerc, OFM, Sabiduría de un pobre, Cap. X (Reelaboración de textos franciscanos, pasaje tomado de Vita fratris Leonis)

03 mayo 2011

Juan Pablo II. Coincidencias y segundos nacimientos.

Era el mes de junio de 1993. A primera hora de la mañana, después de pasar un buen rato sola en la parada del autobús a media altura de Serrano, me di cuenta de que el autobús no llegaba, ni llegaría, porque estaban cortando y desviando el tráfico. Mientras me decía lo de siempre,a saber: "estás en Babia", y decidía si tirar para el Metro o echarme a andar, empezaron a pasar motoristas; detrás venían unos coches negros con banderitas del Vaticano. Entonces caí en que Juan Pablo II estaba en Madrid -había venido para la consagración de la Almudena- y se desplazaba camino de alguno de los actos previstos para esa mañana. Todavía estaba cayendo cuando la comitiva se detuvo un momento mientras la policía paraba la circulación de la transversal. Miré dentro del coche que tenía delante y allí estaba él, mirando también. Los que se hayan encontrado con esa mirada saben cómo era y cuánto afecto transmitía: mirada de pastor buscando a sus ovejas incluso tras la ventanilla de un coche a punto de arrancar. Fue un segundo en el que no supe qué hacer, ni si tendría que saludar ni cómo hacerlo. Juan Pablo II hizo un gesto con la cabeza y sonrió, y el coche se puso en marcha y desapareció.

Era el mes de abril del año 2005. Dos meses antes, a finales de enero, mi hija, un día de colegio al terminar el recreo tropezó, se apoyó en la puerta acristalada de la clase y la atravesó con la mano. El cristal le seccionó el nervio cubital de la muñeca derecha. Me avisaron a las 12, y a las cuatro de la tarde la operaban de urgencia con la mano ya insensible. Podría entrar ahora en decenas de detalles, como que, una vez operada, te enteras de que esas suturas deben practicarse por un cirujano plástico y al microscopio, pero en aquel momento en el quirófano sólo había un traumatólogo con los ojos que Dios le dio; como que el traumatólogo, que era un buen hombre, no pudo disimular la pena cuando al día siguiente la niña le preguntó si podría tocar pronto el piano; como que le fabricaron una férula con velcros para mantenerle estirados los dedos que se le empezaban a agarrotar; como que recorrimos las consultas de un sinfín de médicos; como que a finales de marzo la mano se daba por perdida. Sólo había que decidir si se la volvía a operar, con bastante riesgo y casi ninguna esperanza, o se le insertaban unos hierros para evitar la "mano de garra"... que así lo llamaban. Teníamos cita y había que llevarlo decidido el 5 de abril.

La noche que murió Juan Pablo II, un par de días antes de la consulta, sentada delante de la televisión sin atender apenas, ponían un reportaje sobre su vida. De repente volví a verle mirando y sonriendo, también se le veía rezando en sitios muy diferentes, siempre arrodillado, rezando como él rezaba... entonces me di cuenta de que llevaba más de dos meses sin dormir, hecha una desolación, cavilando, haciendo gestiones y corriendo de médico en médico... pero aún no me había parado a rezar. Esa noche recé, toda la noche, como no lo hacía desde mucho tiempo atrás, y a quien recé fue a Juan Pablo II; después de tanto olvido no me atrevía a hacerlo sin él de intermediario: que si se encontraba con Dios le dijese... , que le contase esto y aquello, que le preguntase por qué lo de más allá... Fue muy largo, creo que en algún momento nuestro intermediario nos dejó a solas, hacía tanto tiempo, había tantas cosas... por suerte la paciencia de Dios es infinita. Creo también que nacemos de cabeza y renacemos de rodillas. Casi amanecía cuando sentí que, pasara lo que pasara, podríamos con ello, que aunque así nos lo parezca a veces, nunca estamos solos, y al fin pude dormir. Como reza con exactitud el Salmo 34: "Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha/ y lo libra de todas sus angustias". Nada dice sobre lo que le aflige, nada sobre librarlo de ello, pero del miedo y las angustias, del verdadero enemigo, sí lo libra. Aunque por aquel entonces no lo sabía, o no lo recordaba. No recordaba nada por entonces.

Juan Pablo II me ayudó a recordar. Por otra parte, unos días después, en la consulta, el médico observó una mínima señal de sensibilidad en un dedo y pensó que había que esperar. Esperamos, en los dos sentidos. Al final del 2005 volvió a tocar el piano. Sólo, fijándose mucho, puede apreciarse que tiene la mano derecha ligeramente más fina que la izquierda.

Coincidencias o algo más que coincidencias, no soy quién para decirlo, aunque tenga mi opinión. Llevo tiempo leyendo críticas a lo que han dado en llamar "juanpablismo", y tengo que decir que tampoco me convencen mucho los movimientos y los jolgorios masivos, ni contar estas cosas en un blog, pero sé que Juan Pablo II era alguien con quien uno se encontraba, de cerca, de lejos, en la televisión o en los comentarios de un libro de Salmos, y ese encuentro dejaba huella, como la dejaba la Madre Teresa y como la han dejado los santos toda la vida. La huella que dejó en mí es una enorme deuda, por eso lo cuento. La religiosa curada de Parkinson de un día para otro, Marie Simon-Pierre, en cuyo caso elegido entre varios cientos se ha basado la beatificación, a la pregunta de si lo consideraba un milagro respondió que para ella fue como un segundo nacimiento, que estaba enferma y ahora está curada, y que el resto deberá decidirlo la Iglesia. Pues eso mismo, ni más ni menos.




28 abril 2011

El sudario enrollado en un sitio aparte

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Este domingo de Pascua volvieron a leer el pasaje del Evangelio en el que san Juan describe lo que Pedro y "el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús" se encontraron al llegar al sepulcro vacío (con esa fórmula feliz para referirse a sí mismo que le libra del autobombo y de la impertinencia del 'yo', y le permite decir lo que tanto le importa y le complace repetir cuando habla de Jesús: que Jesús le quería) .

Desde siempre -es decir desde hace unos años- hay un detalle en esa descripción que me intrigaba mucho, como si guardara un secreto o un mensaje que no alcanzaba a entender, un detalle que me parecía precioso sin saber muy bien por qué. Está en Juan 20:7, y dice así: "Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte". Ya digo que no sé la razón, pero si la imagen de las vendas en el suelo es una alegría, la de ese paño, el que normalmente se usaba para enjugar el sudor del rostro, "no por el suelo" sino "enrollado en un sitio aparte" ("plegado" o "envuelto" dicen otras versiones), me emocionaba de un modo especial.

Tan es así, que cuando estuve en Jerusalén, en la visita al Santo Sepulcro, hace casi cuatro años, no dejaba de verlo, enrollado, dobladito, sobre la repisa que forma la pared en un lado. A punto estuve de preguntarle al sacerdote ortodoxo que guarda el Sepulcro, sentado a la entrada y siempre absorto en su libro de rezos: ¿Qué le lleva al Hijo de Dios recién resucitado a coger el paño que le cubría el rostro, enrollarlo y depositarlo así, con ese miramiento, en un sitio aparte? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué san Juan lo señala? Pero no me atreví a interrumpirle, tampoco sabía si nos habríamos podido entender.

He buscado por donde he podido, por ejemplo en la Catena Aurea (que aprovecho para agradecer a http://hjg.com.ar/catena/c0.html ), por ver qué comentaban los Santos Padres. Crisóstomo dice que Pedro lo examinó todo con la mayor escrupulosidad, y menciona el sudario, pero sólo para hacer ver que los ladrones no hubiesen tenido cuidado de quitárselo y envolverlo, poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubiesen tomado el cuerpo como se encontraba, con todos los lienzos adheridos por la mirra y las heridas. San Gregorio comenta que está separado por haber envuelto la cabeza de Cristo y ser símbolo de su divinidad, y que está enrollado porque su grandeza no tiene principio ni fin. Es una lectura muy profunda, pero ¿se dedicaría Jesús a dejar esa lección, recién resucitado y aún dentro de la tumba, en los dobleces de un paño? Tampoco Ana Catalina Emmerick, que desde niña contemplaba la vida y la Pasión de Cristo con tanta naturalidad que creía que lo mismo le ocurría a todo el mundo, tan minuciosa, como mujer, en todo lo que se refiere a los trapos y las vestiduras, aclara nada al respecto.

Las cosas que le llaman la atención a uno, aunque no se entiendan, no hay que olvidarlas, hay que llevarlas consigo, hasta que un día cualquiera, ellas solas y a lo tonto, se encuentran con esa parte que les faltaba, con su respuesta o lo que al menos a ti te lo parece, y te dan una alegría. A veces creo que sólo te llaman la atención para darte la alegría.

La cuestión es que hace un par de días, y perdonadme que pase a los asuntos tontos pero es que ahí es donde tienen la costumbre de esconderse las piezas perdidas, abrí el armario de mi hija, ese campo de batalla, y ¡oh maravilla! todo bien alineado, los montones clasificados como un ejército en orden de revista, los chales y los pañuelos bien doblados y no al rebuño... qué gratísima sorpresa; hasta los cajones con las medias y los calcetines ordenados por colores y enrollados... Y me paré a pensar: igual que los enrollaba mi madre... como me enseñó a enrollarlos... cuánto le gustaría verlo... cuánto habría querido a su nieta... ¿los verá desde donde esté, doblados a su estilo?...

Y en esto me acordé del sudario, enrollado, con mimo, bien colocado aparte, no por el suelo: Para que Ella lo viera.

Quizá, no lo sé, pero a mí me lo explica y me llena de contento pensarlo, es posible que ese paño fuera de María; no sería extraño que el rostro se lo hubiera cubierto su Madre después de mirarlo y besarlo por última vez. Es posible que su Hijo lo dejara enrollado como le había visto durante años enrollar y plegar los lienzos, como le habría enseñado. Un Hijo recién resucitado sí se dedica, antes de salir de la tumba, después de tanto dolor, después de aquellas miradas, a plegar con amor y gratitud un paño, a dejárselo en un sitio aparte y bien visible, a Ella, que entendería lo que le estaba diciendo: soy el de siempre, sigo siendo tu Hijo, lo enrollo para ti, mira si estoy vivo.






31 marzo 2011

La piedra del gigante

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"Hay un esfuerzo que hacer, que es con mucho el más duro de todos, pero que no pertenece al terreno de la acción. Consiste en mantener la mirada orientada hacia Dios, volverla a dirigir a él cuando se aparta, aplicarla en cada instante con toda la intensidad de que se es capaz. Esto es algo muy difícil, pues toda la parte mediocre de nosotros mismos, que es casi todo lo que somos, que es lo que llamamos nuestro yo, se siente condenada a muerte por esa orientación de la mirada hacia Dios. Y no quiere morir; se rebela y fabrica todas las mentiras posibles para desviar la mirada. Una de estas mentiras son los falsos dioses a los que se pone el nombre de Dios. Se puede creer que se piensa en Dios cuando en realidad se ama nada más a ciertos seres humanos que nos han hablado de él, cierto medio social, unos hábitos de vida, un estado de sosiego del alma, una fuente de alegría sensible, de esperanza, de confortación o consuelo. En tal caso, la parte mediocre del alma está en completa seguridad; ni siquiera la oración la amenaza. [...]

Hay quienes buscan a Dios como quien salta una y otra vez con la esperanza de que, a fuerza de saltar cada vez más, acabará un día por llegar hasta el cielo. Es una vana esperanza. En el cuento de Grimm titulado El sastrecillo valiente, compiten en un concurso de fuerza el sastrecillo y un gigante. El gigante lanza la piedra tan alta que tarda mucho en caer. El sastrecillo, que lleva un pájaro en el bolsillo, dice que él puede hacerlo mucho mejor, que las piedras que él lanza no vuelven a caer, y suelta su pájaro. Lo que no tiene alas, acaba siempre por caer. Quienes saltan hacia el cielo, absortos en su esfuerzo muscular, no miran al cielo. Y la mirada es lo único eficaz, pues es lo que hace descender a Dios. Y cuando Dios desciende hasta nosotros, nos eleva, nos da alas. Nuestros esfuerzos musculares no tienen eficacia y uso legítimo más que para apartar y desechar todo lo que nos impide mirar; es un uso negativo."

Simone Weil, Pensamientos desordenados, "Reflexiones desordenadas acerca del amor a Dios". Editorial Trotta, Madrid, 1995, Traducción de María Tabuyo y Agustín López

16 febrero 2011

... tal como somos. L.Bloy (y 2)

(Cont.)

"...No obstante, trataré de darte algún consejo. Me dices que lo que más te aleja de la Confesión es la extrema mediocridad de tantos sacerdotes. Es decir, que querrías que Dios gobernara su Iglesia por medios humanos, pero sigamos. Desearías que el sacerdote fuese un profundo moralista. Pero, desdichada criatura, si es diez mil veces mejor que eso... Añades que querrías una penitencia proporcionada a la falta. Esta última frase, perdóname que te lo diga, no es más que charlatanería sentimental. Santa Catalina de Génova caía desfallecida cuando Dios consentía en mostrarle a la vista el horror de un solo pecado venial. ¡Y tú, tú querrías ser juzgado! Me empiezas a dar miedo. ¿Cómo podríamos vivir si Dios nos mostrara a nosotros mismos tal como somos? Por eso es necesario que nos hayamos vuelto inmortales antes de que llegue la hora de nuestro Juicio. Acuérdate bien, ese es el triple fondo de la doctrina. Me dices, en fin, que es posible que el orgullo tenga algo de parte en tus consideraciones. ¡Desde luego! ¡Puedes estar seguro! Y sobre todo tiene parte la mucha ignorancia. La confesión no debe ser discutida por almas tan nobles como la tuya ni siquiera en la práctica. Eso hay que dejarlo para los bribones. Lo que hay aquí de particularmente inaudito es la debilidad misma del instrumento. Si un sacerdote fuera completamente imbécil, sólo me parecería aún más sublime. Pensaría que el Hijo de Dios, con la Sabiduría del Todopoderoso y del Dios de la Ciencia, escoltado por novecientos millones de espíritus celestiales, desciende cada día de lo alto de los cielos hasta la voz de esa pobre criatura, y quedaría deshecho de admiración y de fe.

Sólo me quedan dos cosas por decirte y ojalá puedan llegarte al corazón. En primer lugar: No existe ningún caso en el que un alma arrepentida no termine por encontrar la dirección que necesitaba. Dios jamás permite que una inquietud tan santa permanezca estéril. En segundo lugar: Hay tres personas en la Confesión: Jesucristo, el confesor y el penitente. Es una imagen absolutamente exacta y profunda de la Santísima Trinidad (si tuviera tiempo intentaría desarrollarte esta idea, que es prodigiosa). Estas tres personas concurren en una sola acción, pero son perfectamente distintas unas de otras, y cada una de ellas tiene su propia función. Nuestro Señor Jesucristo y el confesor no lo hacen todo. Es necesario que tú, el penitente, te esfuerces en volar un poco con tus propias alas. Dios ha concedido libertad al alma del hombre para que haga uso de ella. Tienes que procurar leer libros capaces de transmitirte la admiración de Dios, de provocarte al amor. Tú tienes imaginación, pues bien, lee libros elocuentes: los Sermones y las Meditaciones de Bossuet, las Cartas espirituales de Fénelon, el Amor a Dios de san Francisco de Sales, lee al Padre Faber, ese segundo Shakespeare que ha dado Inglaterra. Reza mucho y confiésate por obediencia. Comulga por obediencia. Muy pronto lo harás por amor.

Y con esto he terminado. ¿Qué más podría decirte? He puesto mi corazón en esta carta. Si algunas de las cosas que en ella has de encontrar, te parecen duras y te causan pena, perdóname, te lo ruego. He hecho cuanto estaba en mis manos. Dentro de algunos días te estrecharé entre mis brazos. Llegaré a París el sábado próximo... Ese día es la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, es decir, la conmemoración del día en que santa Elena, madre de Constantino, encuentra la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén; esa reliquia más preciosa que todos los mundos, cuya sola visión hizo expirar de amor a un santo que acudió a verla. Yo no escogí el día de mi llegada a París, así que nuestro encuentro me parece muy significativo. Voy a París, para quedarme y sin proyecto alguno. Baste con decirte que yo también encontraré la Cruz. Vuelvo tan pobre como cuando lo dejé, pero quizá con un poco más de coraje y de confianza en Dios, que, así lo espero, me dará fortaleza. Ya te explicaré cuando hablemos por qué se me ha hecho imposible alargar la estancia aquí. ¡Pero fíjate qué extraño! He sufrido mucho en Périgueux, he deseado con todas mis fuerzas abandonarlo, y resulta que en el momento de partir siento que mi corazón se quiebra. La alegría de volveros a ver, mis buenos y fieles amigos, esa alegría que habría juzgado capaz de consolarme de todo, no endulza de ninguna manera la amargura inexplicable y horrorosa de esta marcha. ¡Ya ves! Había echado raíces. ¡Me admira lo admirablemente organizado que estoy para no ser jamás feliz en el mundo!"

-Léon Bloy, Lettres de jeunesse, 1870-1893, Lettre IX. Périgueux, 25 avril 1873 [ la traducción es mía; los subrayados, suyos]

15 febrero 2011

,,, y compartiendo el peso. L.Bloy (1)

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"... De todas las criaturas humanas que andan por el mundo, qué pocas tienen la profundidad de alma necesaria para saber hasta qué punto el dolor espiritualiza los afectos. Las almas vulgares piensan que la ternura de corazón, ese inestimable tesoro de la vida, es como una moneda que sólo se acuña con la brillante efigie de la abundancia y dentro de encantadores palacios llenos de felicidad. No conozco ninguna idea falsa tan estúpida como esa. Precisamente lo contrario es lo cierto. Habría que escribir un libro para demostrar con genio esta verdad, sin embargo tan elemental, la de que es necesario haber sufrido para ser capaz de amor. El amor es un acto de la voluntad, pero el dolor es siempre una revelación anterior a ese mismo acto, porque el hombre tiene en su mísero corazón lugares que todavía no existen, en los que el dolor entra para que existan. Por ese motivo, el martirio, es decir la aceptación completa de todo el dolor posible, precipita en un instante el alma en el amor perfecto, sin pasar siquiera por esa laboriosa imitación que es la penitencia [...]


-En efecto, casi nunca nos es posible, sea en el dolor, sea en la alegría, abrazar por entero lo que se presenta. En todo lo que nos pasa, lo que está implícito sobrepasa siempre a lo que se manifiesta. Es lo que queremos decir cuando hablamos de un dolor creciente. No es el dolor el que crece, es la apreciación que hacemos de él, y ese progreso tiene que ver con la imperfección de nuestros espíritus. De ahí viene que a menudo parezcamos mucho más heroicos de lo que realmente somos. No llevamos de nuestro fardo sino lo que vemos de él, y no vemos de él más que una parte. Nuestro Padre celestial lo hace descender sobre nosotros gradualmente y compartiendo el peso entre su propia mano y nuestros hombros, hasta que la costumbre nos hace capaces de soportar la presión entera sin ser aplastados. Nunca podemos ir más allá del presente por la inteligencia o por el sentimiento. Es así como los dolores son la mayor parte de las veces menos penosos de soportar de lo que parecen, pues los soportamos por grados, casi sin darnos cuenta. ¿Sabes por qué Jesucristo sufrió tanto? Trataré de explicarte en dos palabras una idea sobrecogedora. Es porque en su alma, todo el tiempo de su vida, hubo una identidad perfecta de presente, pasado y futuro. Eso es particularmente impresionante en la agonía del Huerto de los Olivos. Pero ese pensamiento es un abismo… Aceptar el presente no es nada, pero aceptar el porvenir… [...]

--Antes de seguir, he releído una vez más tu carta. Es singularmente elocuente y amarga, y me ha entristecido y afectado tan profundamente que creí que no me sería posible responderla. Por eso lo he retrasado tanto tiempo y tan cobardemente. Lo que sobre todo me desconsuela, acabas de verlo, es esa confianza en mí, esa creencia de que tengo lo que necesitas en la palma de la mano, que me bastaría abrirla para consolarte. ¡Pobre alma triste! ¡Qué gran error el tuyo! Piensas que tengo penetración y corazón bastantes para darte algo diferente a esas imbecilidades desoladoras tan liberalmente prodigadas por los regaladores de consejos en general: “tenga coraje, cárguese de paciencia, etc. etc.”. El corazón se me subleva sólo de pensar en esos consoladores idiotas por los que Rochefoucauld decía que siempre se tiene mucha fuerza para sobrellevar las desgracias ajenas. En lo que hace al coraje y la paciencia, uno tiene lo que tiene y se carga de lo que puede. Hay almas desdichadas en su martirio, que no dan la impresión de estar muy resignadas y que, sin embargo, son sublimes ante Dios sencillamente porque no se dejan caer en la desesperación. En general, la vida es insoportable. Esa es la verdad y lo grave del asunto. Si no comulgara muy a menudo, te aseguro que me moriría de asco. Por otra parte, hay un pasaje de M. de Saint-Bonnet, terrible para los que no son cristianos: La esperanza –dice – existe para desvanecerse, la ilusión para desaparecer, la juventud para ajarse. ¿Estas enamorado? Un corazón te rechazará. ¿Eres amado? Los que te amaban ya no existen. Todo gran suspiro es ignorado, la lágrima verdadera nunca es vista, el corazón… el corazón siempre está solo."

Léon Bloy, Lettres de jeunesse, 1870-1893, Lettre IX. Périgueux, 25 avril 1873. [ la traducción es mía, los subrayados son suyos]

07 febrero 2011

lumen cordium, consolator optime

...Luz de los corazones, el que mejor consuela... dulce huésped del alma...; así invoca al Espíritu Santo la Secuencia Veni Sancte Spiritus.

El Iluminador es también el Consolador. El que, a la vez que ilumina, consuela. No podía ser de otro modo. -Con las luces de los hombres, sin embargo, no pasa lo mismo. No son dulces huéspedes del alma. Lo iluminado, por lo general, espanta.

22 diciembre 2010

Que ha nacido un niño cubierto de flores

Queridos amigos, aquí os dejo unos versos de Joâo Saraiva que me encontré hace unos meses y tenía reservados para la ocasión, y un bonito villancico de los de cantar y bailar y ponerse contento.
¡Feliz Navidad!

NATAL
Pobre menino Jesus.
Homens e bois te adoraram
e mais tarde, numa cruz,
homens te martirizaram.
Vinte séculos depois,
os homens nâo melhoraram
e ainda sâo mansos os bois!    


(Joâo Saraiva. “Natal”. Poesías Líricas e Sátiras, Lisboa, 1962)

Y ahora ya el villancico: "Corre caballito", un Aguinaldo venezolano, cantado  por el grupo Serenata Guayanesa:





A propósito de bueyes, añado aquí este poema de Thomas Hardy , en traducción de Miguel D'Ors,  que acaba de enviar "Marinero":

 LOS BUEYES

Nochebuena. Las doce en el reloj.

"Ahora se arrodillan", decía un viejo
cuando estábamos todos sentados, apiñados
al amor de la lumbre.

..................................... E imaginábamos

a las mansas criaturas apacibles
en su cuadra de paja
y a nadie le pasaba por la mente dudar
que entonces se pusieran de rodillas.

Pocos podrían urdir tan bella fantasía
en estos años. Sin embargo, siento
que si alguien nos dijera en Nochebuena: "Ven
a ver cómo los bueyes se arrodillan
en el corral a solas, junto a aquel
valle que nuestra infancia frecuentaba",
yo me iría con él en la penumbra
con la esperanza de poderlos ver.