Debí sospechar que me equivocaba cuando, una vez "descubierto" ese entusiasmante "nosotros" que resolvía todos los chirridos, miré a ver lo que decía San Agustín y no encontré ningún comentario en ese sentido, sólo el de que, al decir "así como nosotros perdonamos", nos movemos a recapacitar sobre lo que pedimos y lo que en realidad practicamos. Tampoco en Simone Weil, quien, como os decía, insiste en la necesidad no sólo de perdonar las ofensas, sino de renunciar en todos los terrenos a la posición de acreedor, antes de pronunciar nuestra petición de perdón. Con todo, en vez de echarme atrás –la ignorancia es atrevida- pensé: bueno, no lo dicen expresamente, pero de algún modo eso se sabe. Del mismo modo que se sabe que donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, Él está en medio, y sin embargo cuando se reúnen tres, no dicen que están cuatro: hay muchas cosas que se saben y no se dicen. Y me quedé tan feliz y me lancé a contarlo. Lo siento.
Suso empezó leyéndome un pasaje de H.Schürmann, sobre la comprensión del Padrenuestro a la luz del Evangelio y viceversa. Decía que en el Padrenuestro se van sucediendo peticiones hasta que, tras la petición del perdón de los pecados, se introduce, como un elemento que rompe el ritmo y crea una tensión, una condición: “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Interpolación que Schürmann relaciona con la interrupción del rito, mientras no se produzca la reconciliación con el hermano, de la que habla Mateo 5:23: “Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti…”.
A continuación, y a vueltas con el tema del perdón condicionado frente a la Misericordia divina, "la Escuela de Salamanca" planteó: ¿Entonces para ti el Padre nuestro debería consistir en una serie de peticiones –siete contó- sin ninguna exigencia? Y esa fue la primera vía de agua con la que el barco se me empezó a hundir. Me vi como el eterno convidado a casa ajena al que nunca se le ocurre llevar un vino, ni un postre, ni unas simples flores para la cocinera. Me vi como un gorrón (no lo digo en femenino porque suena peor aún). Después habló de la otra gran tensión, o paradoja, entre la Justicia y la Misericordia divinas. Y de Dios como Padre exigente (no un “Papaíto blandito”) y de la exigencia del cristianismo. Exigencia radical, como señala esa interrupción en el Padrenuestro, en lo que toca al perdón y la reconciliación entre hermanos. En definitiva: que el Padrenuestro es la oración de los discípulos, y éstos, por serlo, han de manifestar cuando menos su disposición al perdón.
En cuanto a la inclusión de Cristo en ese “nosotros”, comentó Suso que habría que distinguir varios niveles, porque lo verdadero en un plano, no lo es en otro. Por lo que se refiere al Padrenuestro, “nosotros” señala exclusivamente a los discípulos. Por lo que ya apuntaba Ángel Ruiz: “Vosotros orad así” (Mt,6:9) o “Cuando oréis, decid” (Lc,11:2), y porque en él se pide perdón por "nuestras ofensas”, y Cristo, que es el todo Santo, bajo ningún concepto puede ofender al Padre. Una cosa es cargar con nuestros pecados y hacerse pecado para justificarnos y otra muy distinta reconocerse, ni siquiera solidariamente, ofensor. Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres porque es el Santo, el sin pecado, el Inocente, a una infinita distancia de nosotros. Por otra parte, Cristo oraba a solas y la relación que mantiene con su Padre es misteriosa y exclusivamente suya, la oración que enseña a los discípulos es la de los discípulos.
Al terminar la conversación, larga y pacientísima por su parte y que de modo sucinto os cuento, preguntó: –¿Cómo lo ves ahora? –No lo veo como lo veía. –¿Y cómo te sientes? (así es Suso, de Silleda) –Bien (bien hecha migas). Hoy me ha enviado un par de páginas muy clarificadoras del Discurso del Padrenuestro. Ruegos y preguntas, de José Mª Cabodevilla, que os colgaré en la próxima, y este texto del libro de H. Schürmann, que resume perfectamente la cuestión:
Generalmente, Jesús no se agrupa con sus discípulos en un “nosotros” que constituyera comunidad de oración. La tradición nos habla siempre de las enseñanzas que Jesús daba a sus discípulos sobre la oración, y de la oración solitaria que practicaba el Salvador. En efecto, Jesús tenía que distinguir entre “su Padre” y el Padre de los discípulos, y entre “su Dios” y el de ellos: de suerte que no hubiera podido pronunciar, en unión con sus discípulos y en el mismo sentido que ellos, la invocación de “Padre” con que comienza el Padrenuestro. La petición de la remisión de las culpas y la de la preservación de la tentación, son peticiones inconcebibles en labios de Jesús. Pero tampoco hay que imaginarse al grupo de los discípulos de Jesús como una comunidad de oración, de la que estuviera excluido su Maestro.¿Qué he aprendido? Que no se pueden eliminar “tensiones” dándose a la inventiva. Que la pieza que aparentemente encajamos, desencaja todo el resto. Que hay que ser prudente, y humilde, y no entusiasmarse con las ocurrencias, que ni siquiera son necesarias. Este mismo domingo, la Epístola de San Pablo (Romanos 8, 31b-34) decía: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ... ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? -Volví a sentirme feliz, sin necesidad de malabarismos.