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08 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (2.)


Seguimos con "Crítica y Obediencia":
"Vamos ahora a ilustrar con un ejemplo esta problemática fundamental del ser de la Iglesia en el mundo. Pedro, a quien el Señor entrega el mismo poder que a toda la comunidad, puede servirnos, a modo de ejemplo, para compendiar la Iglesia.
Pedro es llamado por Jesucristo (en un brevísimo espacio de tiempo si aceptamos la cronología de san Mateo), Roca y Satanás (escándalo: piedra de tropiezo).
Esta contigüidad no es nada contraria a la mentalidad bíblica que conoce la victoria del poder de Dios por medio de la debilidad del hombre y que llama siervo de Dios al rey de Babilonia (Jer 25, 9), porque es utilizado por Yahvé como instrumento con el que hace la historia. Así, cuando Dios se sirve de Pedro (es decir, cuando no hablan por él la carne y la sangre) éste es capaz de convertirse en Roca. Pero este nombre no expresa un mérito sino un servicio, una elección y un encargo para el que nadie es apto, y menos este Simón que se hunde y al que le falta fe (Mt 14, 30). Esta dialéctica luce principalmente allí donde el encargo es más elevado: la concesión del primado se sitúa sobre el trasfondo de las negaciones (Jn 21, 15-27), la promesa en Lucas (22, 81 ss.) se junta con la inmediata predicación de la negación, y la promesa en Mateo está en aparente contradicción con los nombres de Satanás y piedra de escándalo. Siempre es promesa de la fuerza de Dios en la debilidad humana, siempre es Dios el Salvador y no el hombre, siempre es el a-pesar-de-todo de la gracia que no se deja desarmar por la torpeza del hombre, ni vencer por su pecado.

Por una recaída en la arbitrariedad del razonar humano que no quiere reconocer la gracia sino que se imagina siempre un secreto triunfo del hombre, nos hemos acostumbrado a desglosar en Pedro a la Roca y al pecador. Pensamos que éste es el Pedro prepascual, y nos formamos del Pedro posterior a Pentecostés una imagen extrañamente idealizada. Pero no es así: siempre están ambos mezclados. El Pedro anterior a la Pascua es el que quiere permanecer fiel en medio de la deserción de la masa, el que corre al encuentro del Señor en medio del mar, el que pronuncia aquellas hermosas palabras: "Señor, a quien iremos?; tú sólo tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68). Y el Pedro posterior a Pentecostés es también el que por miedo a los judíos niega la libertad cristiana (Gál 2, 11 ss.). Siempre Roca y piedra de escándalo en una pieza.

Esta verdad ha persistido en toda la historia de la Iglesia. Y la tarea del creyente es sufrir esta paradoja del obrar divino que avergüenza a su orgullo. Lutero reconoció muy bien el momento de Satanás y no carecía de razón. Pero su culpa fue no haber sabido soportar la bíblica tensión entre Roca y Satanás que pertenece a la tensión fundamental de la fe. Nadie debiera haber comprendido esto mejor que el hombre que acuñó la fórmula: justo y pecador a la vez (simul peccator el iustus).

El donatista Tyconius hablaba de que la Iglesia es, en una misma pieza, Cristo y anticristo, Jerusalén y Babilonia. En realidad no hacía más que agudizar una idea que se encuentra en toda la tradición patrística. Orígenes veía expresada la tensión fundamental de la Iglesia en aquellas palabras de los Cantares: negra soy pero hermosa (Cant 1, 6).

Lo que se evidencia de todo esto una vez más es que no conviene separar limpiamente, uno de otro, la Iglesia y los hombres de la iglesia. Por ellos vive la Iglesia en el mundo. Vive de una manera humana el misterio divino que encierra. También la institución lleva consigo el lastre de la humanidad ¿quién no lo sabe? Pero precisamente por esto, la Iglesia, la santa, la pecadora Iglesia, es testimonio y realidad de la gracia de Dios que por nada se deja vencer. En su debilidad es y permanece Buena Nueva de una salvación que supera toda nuestra corrupción y esperanza.

Concluyamos este apartado con dos testimonios de la Edad Media (esa época que nos gusta idealizar como el tiempo de resplandor más puro de la cristiandad). En Guillermo de Auvernia, el gran teólogo y obispo de París se hallan estas palabras: "¿Quién no se horrorizaría si viera a la Iglesia con una cabeza de asno o al alma del fiel con dientes de lobo...? ¿Quién no llamaría a esta terrible imagen, más bien Babilonia y desierto que Ciudad de Dios?... Por el terrible abuso de los réprobos y carnales que inundan la Iglesia, los herejes la llaman prostituta y Babilonia... ". Y Gerhoh de Reichersberg, el gran teólogo bávaro, confiesa que es un terrible espectáculo el que "en medio de ti, Jerusalén, vive un pueblo casi completamente babilónico", y hace decir a la Iglesia: "Yo no me considero pura como los novacianos y cátaros; yo se cuántos pecados tengo en mí, y no rehusó la penitencia sino que digo: perdónanos nuestras deudas".

¿Es una señal indiscutible de que han mejorado los tiempos el que los teólogos de hoy no se atrevan a hablar de esta forma? ¿O no será más bien una señal de que ha disminuido el amor, de que no arde el corazón en santo celo por la gloria de Dios en este mundo (2 Cor 11, 2), de que el amor se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella? El que ya no se sorprende por la negación del amigo ni lucha por su regreso, ya no ama. ¿Debe valer también esto de nuestra relación con la Iglesia? "

Preguntamos ahora cuál ha de ser la actitud del cristiano respecto a la Iglesia de la historia. También aquí puede decirse parodiando la fórmula agustiniana: el cristiano debe amar a la Iglesia; todo lo demás se seguirá de la lógica del amor. Si en tal ocasión es mejor hablar o callar, sufrir o luchar, depende en último término del amor a la Iglesia.
El teólogo puede desarrollar más concretamente este sentido eclesial, pero en la situación concreta es el yo -con su fe, su esperanza y amor personales- el que está llamado a la decisión; y no puede refugiarse en una regla puramente objetiva. Después de esto hemos de decir que la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas. Ha entrado en la historia como Iglesia de los mártires y ha desempeñado la función de padecer por la verdad. En este sentido lo profético no ha muerto en ella. Tampoco puede decirse que ha llegado ya a su victoria última, perdiendo su función critica. Esto sería desconocer la antinomia que acabamos de describir entre prostituta y esposa. El paso de la forma de existencia de este mundo a la novedad del espíritu no es una cosa que se realizó hace largo tiempo, sino que permanece continuamente como la ley viva fundamental de la Iglesia.
Ella vive de la llamada del espíritu, en la crisis del paso de lo viejo a lo nuevo. No es casualidad el que los grandes santos estuvieran también en lucha por la Iglesia, con su tentación de mundanizarse, y que hayan sufrido bajo la Iglesia. Pensemos en Francisco de Asís, o en Ignacio de Loyola que en la cárcel eclesiástica tenía el ánimo tan alegre que decía: "En Salamanca no hay tantos grillos y cadenas que yo no pueda pedir más por amor de Dios". Y él no renunció en nada a su misión ni a su obediencia a la Iglesia.

Siguen un par de apartados breves en los que, a modo de resumen de todo lo anterior, se concretan unas reglas sobre como pueden, y deben, articularse la crítica y el amor a la Iglesia, que podéis terminar de leer aquí: http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/textos.htm

JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", en Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972. Traducido aquí por J.Valldeperas.

05 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (1)


Voy leyendo poco a poco los magníficos archivos del Foro de estudios Joseph Ratzinger, una página llena de enlaces a sus libros (muchos de ellos completos), artículos, conferencias y entrevistas. Aquí os dejo estas reflexiones del por entonces joven catedrático de teología en Ratisbona, intemporales y sin desperdicio, sobre el a-pesar-de-todo de la gracia y sobre otras muchas cosas interesantes, todo ello al hilo del tema de la legitimidad de la crítica y la protesta en la Iglesia. El artículo, publicado en 1962 en la revista Wort und Wahrheit (Palabra y Verdad), se titula "Crítica y Obediencia":
"Nos lleva a la esencia del problema una comparación entre Antiguo y Nuevo Testamento. El AT descansaba en una promesa divina. Su culto y su sacerdocio fueron impuestos por Dios y su realeza tenía una promesa de perpetuidad. ¿ Se pueden atacar un culto y una institución que son de derecho divino? Cristo lo hizo, y predijo con una acción simbólica el fin del templo (cfr. Mc 11,11-19; 14,58; 15,29 ss; Jn 2,19). Los cristianos rara vez comprenden la enorme magnitud de este suceso; para ellos el AT es precisamente la antigua alianza; que a su tiempo debía convertirse en nueva. Pero esto no es así: mientras existió, fue sin más, la Alianza; no la antigua, sino la única alianza que Dios había hecho. No era nada claro que esta alianza debiera envejecer, y las profecías sobre un pacto nuevo (Jer 31, 31 ss.) (que en modo alguno estaban en primer plano en la conciencia de Israel) fueron dichas en un sentido escatológico (cfr. Is 11). La Thora era palabra de Dios, y el culto estaba divinamente establecido; atacarlos debía parecer a la conciencia de Israel lo mismo que a nosotros un ataque a la ordenación sacramental de la Cristiandad.

Sin embargo hay una diferencia ya que en el AT, junto al templo, la institución y la ley,existieron desde el principio los profetas, elegidos por Dios, como palabra libre que El se reservaba. La trágica figura de Jeremías, constantemente encarcelado como hereje, atormentado como rebelde a la Palabra y a la Ley de Dios, perseguido y fallecido sin nombre en la oscuridad del olvido, nos hace comprender la esencia y la enorme exigencia de la misión profética. La profecía no consiste tanto en ciertas predicciones, cuanto en la protesta profética contra la autosuficiencia de las instituciones que sustituyen la moral por el rito y la conversión por las ceremonias. El profeta es testigo de Dios. Frente a la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y frente a la tergiversación clandestina y pública de las señales divinas, el profeta pone a salvo la autoridad de Dios y defiende Su palabra del egoísmo de los hombres. Y así, en el AT existe -combatida y oprimida por la autoridad, pero cada vez más reconocida como voz de Dios- una crítica que crece en mordacidad hasta la descripción del destructor del Templo como siervo de Dios (Jer 25, 9); con ello la misma destrucción del Templo (el corazón mismo de Israel) aparece ya aquí como culto frente al culto demasiado pagado de sí, que se realiza en el interior del Templo.

El primer intento de una teología cristiana, que es la predicación del diácono Esteban, enlaza con esta dirección: muestra que Dios en la historia no está al lado de la institución, sino de los que sufren y son perseguidos, y presenta a Cristo como consumación de los profetas por haber sido rechazado por los jerarcas. Cristo es la perfección de los profetas, no propiamente porque en El se han realizado las profecías, sino porque ha vivido hasta el fin la línea del espíritu profético, del no a la autocracia de la institución sacerdotal. Así se ha puesto a Sí mismo como ofrenda definitiva en el lugar de las víctimas del Templo (Heb 10, 5), destruyendo de esta manera al Templo (Jn 2, 19).
Algo parecido puede decirse de la exégesis que hacen los Padres cuando ven en el sacrificio de Malaquías (Mal 1, 10 ss.) una predicción del sacrificio de la Misa. Pues las palabras de Malaquías pertenecen a la línea que en el AT va haciendo estallar cada vez más el formalismo ceremonial para exigir del hombre su obediencia y su corazón, en lugar del rito.

Llegamos así al NT. ¿También aquí está la verdad de parte de los que sufren y son estigmatizados por los portadores de cargos? Se ha intentado explicar así la esencia de la Reforma. "Nuestra tarea propia en el diálogo con nuestros hermanos católicos es hacerles comprensible - no intelectual, sino religiosamente- la viva actitud de protesta, como la tarea divina que desde Lutero nos acosa y nos inquieta interiormente". Aquí hay que notar dos cosas: de la idea de una protesta profética no se puede deducir el derecho a una existencia cristiana fuera de la Iglesia. Es sabido cómo los profetas permanecían profetas en Israel, y en él sufrían su pasión hasta convertirse en testigos de Dios, en mártires. El mismo Jesús realizó su misión en Israel (Mt 10,5 ss.) y reconoció, a pesar de todo, la autoridad de los maestros de Israel (Mt 23,2 ss). Los Apóstoles comenzaron su predicación en Israel; y sólo después de dura lucha se atrevieron a dar el paso hacia los paganos que supuso un giro en la Historia de Salvación y el fin de la antigua alianza. Para dar este paso se necesitó una decisión de la Iglesia entera, y la convicción de que la nueva acción de Dios en su Hijo autorizaba a ello. Pero los capítulos 9-11 de la carta a los Romanos, testifican el profundo sufrimiento que supuso esta separación para los primitivos cristianos.

Con esto hemos aludido ya a la segunda observación: los cristianos comprenden que se ha realizado, ya ahora, la alianza escatológica definitiva e irrevocable; que el antiguo pacto ha envejecido pero el actual no puede envejecer.
El porqué de esta diferencia lo ha esbozado san Pablo en el capítulo cuarto de la carta a los Romanos, y puede resumirse así: el antiguo pacto era condicional, el nuevo es absoluto. En el antiguo, Dios prometía la salvación si Israel, por su parte, cumplía la Ley. La salvación depende de la moralidad y esta es la razón profunda de la existencia de los profetas: han de recordar que toda la magnificencia cultual no sirve de nada si no se cumple toda la Ley. Todo cambia en el NT. Dios se hace hombre y, en el hombre Jesucristo, acepta a la humanidad que cree en Jesús. Con esto se decide definitivamente -y en sentido afirmativo- el drama de la historia universal. Dios cierra un nuevo pacto, y acepta a la Iglesia no apoyándose en la condición siempre oscilante de la moralidad humana, sino en virtud del absoluto de la acción salvadora y gratuita de Cristo (Rom 4, 16). La Iglesia no descansa en el esfuerzo de los hombres sino en la gracia, descansa en el a-pesar-de-todo dicho por Dios y, en él, es para siempre Iglesia santa. La Iglesia presenta en su interior el a-pesar-de-todo de la gracia divina y, con él, un absoluto: la definitiva voluntad salvífica de Dios. (...)
Los Santos Padres expresaron este hecho con la imagen atrevida de la casta meretriz: según su propio origen histórico la Iglesia es prostituta, procede de la Babilonia de este mundo. Pero Cristo el Señor la ha purificado, la ha convertido de prostituta en esposa. Urs von Balthasar ha mostrado en penetrantes análisis que esto no es una pura expresión histórica (algo así como: antes era impura, ahora es pura) sino que describe una permanente tensión histórica existencial de la Iglesia. Ella vive constantemente del perdón que la transforma de prostituta en esposa; la Iglesia de cada generación es la iglesia procedente de la gracia, a la que Dios hace salir constantemente de la Babilonia en que de por sí moran los hombres.

Esto se pone de manifiesto por un análisis del misterio de la Encarnación.
Estamos acostumbrados a considerar la Encarnación como una justificación teológica de la institucionalidad de la Iglesia (en cuanto representa la aparición de Dios en formas de esté mundo). Esto es mucha verdad pero debe ser completado por lo siguiente: la Encarnación no es un término, sino un principio que concluye en la Cruz. Junto a la teología de la Encarnación ha de ir la teología de la Cruz. Esto quiere decir que todas las organizaciones terrenas, para conseguir su perfecta realización, deben pasar por la Cruz: toda forma terrena es provisoria. Y así como sería falso concebir la Iglesia con esquemas de la antigua, alianza para protestar contra Ella en nombre de una Palabra que no puede darse sin Ella, es igualmente falso concebir la Encarnación como un término, y proclamar en consecuencia que la Iglesia es el reino perfecto de Dios, negando prácticamente su gran futuro escatológico y presentándola ya en este mundo como algo sin mancilla e incriticable. El a-pesar-de-todo de la gracia divina lleva en sí el precioso misterio de lo definitivo, pero no ha hallado aún su forma definitiva, sino que está ligado al signo de la Cruz: a los hombres que necesitan de la cruz para llegar a la gloria."


JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972.
Traducido aquí por José Valldeperas. http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/

17 marzo 2013

Un icono vivo de Cristo

Aquí os dejo estas palabras sobre san Francisco, pronunciadas en la catequesis de la audiencia general del 27.1.2010  por nuestro orante y  retirado -nunca del recuerdo ni  de la lectura-  Benedicto XVI:

 [...] «Nacióle un sol al mundo». Con estas palabras, el sumo poeta italiano Dante Alighieri alude en la Divina Comedia (Paraíso, Canto XI) al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Francisco pertenecía a una familia rica -su padre era comerciante de telas- y vivió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de su tiempo. A los veinte años tomó parte en una campaña militar y lo hicieron prisionero. Enfermó y fue liberado. A su regreso a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual que lo llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había practicado hasta entonces.
Se remontan a este período los célebres episodios del encuentro con el leproso, al cual Francisco, bajando de su caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucifijo en la iglesita de San Damián. Cristo en la cruz tomó vida en tres ocasiones y le dijo: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas».

Este simple acontecimiento de escuchar la Palabra del Señor en la iglesia de San Damián esconde un simbolismo profundo. En su sentido inmediato san Francisco es llamado a reparar esta iglesita, pero el estado ruinoso de este edificio es símbolo de la situación dramática e inquietante de la Iglesia en aquel tiempo, con una fe superficial que no conforma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que conlleva también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos heréticos. Sin embargo, en el centro de esta Iglesia en ruinas está el Crucifijo y habla: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la iglesita de San Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar la Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor a Cristo. [...]

Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado «el hermano de Jesús». De hecho, este era su ideal: ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3)- encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales.

En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: «¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!» [...]
   
Del amor a Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de la fraternidad universal y el amor a la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. [...] Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. Él entiende la naturaleza como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y podemos hablar de Dios y con Dios. [...]

(El texto íntegro aquí. Y en él, otra cita de Bloy: No hay más tristeza que la de no ser santo)



17 agosto 2011

Esperando al Papa

Hemos cortado las vacaciones y nos hemos vuelto a Madrid para recibir al Papa.

Lo primero en lo que he pensado al llegar y ver las calles vacías de madrileños ceñudos y apresurados, y llenas de personas sonrientes con la mochila al hombro, de grupos de jóvenes y menos jóvenes con banderas de todos los países del mundo, ha sido en la Ciudad de Dios: aquello de "dos ciudades nacidas de dos amores, el amor de sí y el amor de Dios", y en que San Agustín la escribe conmocionado por la entrada de los bárbaros en la ciudad del Papa, por lo que considera el fin de una civilización. Ahora es el Papa el que entra en la ciudad de los bárbaros. Las cosas han cambiado, claro, y el Papa sólo viene de visita, pero hay algo de esa civilización con lo que no han podido todos los Alaricos del mundo. Eso he pensado, y a pesar de los 40 grados a la sombra, he llegado contenta a casa. Las plantas, en cuanto me han visto coger la regadera, también se han puesto contentísimas.

Lo segundo en lo que he pensado, y es que no exagero si os digo que al regar salía vaho de la tierra, ha sido en los tres jovenes, aquellos que cantaban en el horno de Nabucodonosor mientras un ángel los refrescaba. Que los ángeles los abaniquen a todos, sobre todo el del Papa, que le sople y le refresque bien y, a ser posible, que llueva esta noche. Recuerdo al padre mío y compatriota suyo -tiene algo que me lo recuerda- con todas las persianas echadas, con una jarra de te helado en su mesa de trabajo, levantándose a meter la cabeza en agua fría cada dos minutos y quejándose de las "temperaturas inhumanas" en cuanto el termómetro marcaba 35º, y siento lástima. Me ofrecería de abanicadora.

Lo tercero es una sensación. En la parroquia de mi calle están acogidos más de cien franceses y un grupo variado de última hora con el que no se contaba; duermen en los locales de la iglesia. En otra que me queda cerca, hay cientocincuenta italianos y otros cincuenta entre ingleses y americanos; gran parte duerme a la entrada de la iglesia, al raso. Durante el día los ves por el barrio: por la calle Puegtogico me han preguntado esta mañana en todos los idiomas, sonrientes, educadísimos. Los he visto también en la Misa de las 12, en francés, y todos los prejuicios que me pudieran quedar contra estos "saraos" se me han borrado de un plumazo. Nada de espectáculo, nada de Papalatría, no vienen a hacer turismo ni "a ver" al Papa. Vienen a que él les vea, a estar con él, a escucharle, a recordar entre todos que la Ciudad de Dios existe.

Ahora que apenas hay tráfico, si se pone el oído, lo que suena en Madrid, aun entre estribillos de "que bote, que bote, que boten los de Francia", o "que bote la Araucana", o "que bote... todo bicho viviente", es algo parecido al hermosísimo Cántico de las criaturas, el mismo que cantaban los tres jovenes que se negaron a adorar la estatua de Nabucodonosor y empieza así: "Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos...". Eso es lo que suena en Madrid.

01 marzo 2011

Con todas las extravagancias de un amante

La transformación del Dios de los filósofos.
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Pero no olvidemos la otra cara del hecho. La fe cristiana se decidió solamente en favor del Dios de los filósofos... Pero al tiempo la fe cristiana dio a este Dios una significación nueva, lo sacó del terreno de lo puramente académico y así lo transformó profundamente. Este Dios que antes aparecería como algo neutro, como un concepto supremo y definitivo, este Dios que se concibió como puro ser o puro pensar, eternamente cerrado en sí mismo, sin proyección alguna hacia el hombre y hacia su pequeño mundo, (...) es para la fe el hombre Dios, que no sólo es pensar del pensar, eterna matemática del universo,sino agapé, potencia de amor creador. En este sentido se da en la fe cristiana la misma experiencia que tuvo Pascal cuando una noche escribió en un trozo de papel que luego cosió al forro de su casaca, estas palabras: "Dios de Abraham, Isaac y Jacob, no el Dios de los filósofos y letrados". Frente a un Dios que se inclina cada vez más a lo matemático, vivió la experiencia de la zarza ardiente y comprendió que Dios, eterna geometría del universo, sólo puede serlo porque es amor creador, porque es zarza ardiente de donde nace un hombre por el que entra en el mundo de los hombres.
.Para apreciar en su justa medida la transformación que experimentó el concepto filosófico de Dios mediante su equiparación al Dios de la fe, hemos de acudir a algún texto bíblico que nos hable de Dios. Al azar elegimos la parábola de la oveja y de la dracma perdidas de Lc 15,1-10. El punto de partida es el escándalo de los fariseos y letrados por el hecho de que Jesús se siente a la mesa con los pecadores. La respuesta es una alusión al hombre que tiene 100 ovejas, pierde una,va a buscarla y, por fin, la encuentra; por ella se alegra mucho más que por las 99 que no tuvo que buscar. (...) En esta parábola, en la que Jesús justifica y describe su obra y misión como enviado de Dios,juntamente con la historia de Dios y el hombre aparece el problema de quién es Dios.
.Si queremos deducir de este texto quién es Dios, diremos que es el Dios que nos sale al encuentro, el Dios antropomórfico y a-filosófico. Como en muchos otros textos del Antiguo Testamento, padece y se alegra con los hombres, busca, sale al encuentro. No es la geometría insensible del universo, no es justicia ni efecto alguno; tiene un corazón, está ahí como amante, con todas las extravagancias de un amante. (...)
.La gran mayoría de los hombres de hoy confiesa de algún modo que existe algo así como "una esencia superior.. Pero parece absurdo que esa esencia pueda ocuparse de los hombres.(...) en un tiempo en el que la tierra carece de importancia en el gigantesco universo, en el que el hombre, pequeño grano de arena, es insignificante ante las dimensiones cósmicas, nos parece absurda la idea de que esta esencia superior se ocupe de los hombres (...) pero en realidad pensamos en Dios de modo pequeño y humano. (...)
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El dicho que precede al Hyperion de Hölderlin nos recuerda, frente a tales nimiedades, la imagen cristiana de la verdadera grandeza de Dios: Non coerceri maximo, contineri tamen minimo, divinum est : es divino no estar encerrado en lo máximo y estar, sin embargo, contenido en lo mínimo.(...) Esta superación de lo más grande y esta entrada en lo más pequeño constituye la verdadera esencia del espíritu absoluto. Pero al mismo tiempo aparece aquí una valoración de lo maximum y de lo minimum que es muy significativa para la comprensión cristiana de lo real: Para quien, como espíritu, lleva y transforma el universo, un espíritu, el corazón del hombre que puede amar, es mucho mayor que todas las galaxias. Las medidas cuantitativas quedan superadas; se señala aquí otra jerarquía de grandeza en la que lo pequeño pero limitado es lo verdaderamente incomprensible y grande.

Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo [5. El Dios de la fe y el Dios de los filósofos]

24 febrero 2011

Verdad, y no costumbre, se llamó a sí mismo

"Lo paradójico de la antigua filosofía estriba, desde un punto de vista histórico religioso, en que conceptualmente ha destruido el mito, pero al mismo tiempo ha querido legitimizarlo desde el punto de vista religioso. Es decir, la antigua filosofía no era religiosamente revolucionaria, sino muy evolucionista (1); consideraba la religión como ordenación de la vida moral, no como verdad. En la carta a los romanos (Rom 1,18-31) lo ha descrito Pablo maravillosamente en un lenguaje profético comentando un texto de la literatura sapiencial. Ya en los capítulos 13-15 del libro de la Sabiduría se alude al destino mortal de las antiguas religiones y a la paradoja que existe en la separación de la verdad y de la piedad.[...] La religión no iba por el camino del Logos, sino que permanecía en él como mito inoperante. Por eso su fracaso inevitable procede de la separación de la verdad, lo que lleva a que se la considere como pura institutio vitae, es decir, como pura organización y forma de la configuración de la vida. Frente a esta situación Tertuliano describió con palabras sencillas y majestuosas la posición cristiana cuando dijo: Cristo no se llamó a sí mismo costumbre, sino verdad [Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem cognonminavit] .
A mi modo de ver, ésta es una de las grandes ideas teológicas de los Padres. Ahí se resume, en maravillosa poesía, la lucha de la primitiva Iglesia y la tarea continua que incumbe a la fe cristiana si quiere seguir siendo fiel a sí misma. La divinización de la consuetudo romana, de la "costumbre" de la ciudad de Roma, que quiere erigir sus usos en norma autosuficiente de la actitud, contradice a la única exigencia de la verdad. (2).
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Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo. 5.- El Dios de la fe y el Dios de los filósofos.

[(1) El texto procede de la página de "mercaba.org". Me pareció chocante ese muy evolucionista referido a la filosofía antigua, y al contrastarlo con el original alemán, encuentro que lo que dice es esto: ...nicht revolutionär, sondern höchstens evolutionär... Es decir: no "muy", sino "a lo sumo" o "como mucho" (tampoco me parece que el evolucionismo tenga vela alguna en este entierro, creo que se trata simplemente de un juego de palabras con "revolucionaria" que podría mantenerse: a lo sumo 'evolucionaria', pero eso ya queda al gusto).
-(2) A continuación, donde en el texto de Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, dice: Con ello el cristianismo se pone decididamente de parte de la verdad y se separa de una concepción de la religión que se reduce a un conjunto de ceremonias..., en la versión digital se saltan un renglón (las tres o cuatro que he mirado deben proceder de la misma, porque tienen el mismo error) y dicen justo lo contrario: Con ello el cristianismo se ha colocado decididamente del lado de la religión que se limita a ser forma ceremonial... Así que, ojo con las ediciones en línea, que tienen algún error, como éste, importante.]
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13 mayo 2010

El Amor penetró "en los infiernos"

VENERACIÓN DE LA SÁBANA SANTA. MEDITACIÓN DE BENEDICTO XVI: "EL MISTERIO DEL SABADO SANTO". Turín, 2 de mayo de 2010

...Se puede decir que la Sábana Santa es el icono de este misterio, icono del Sábado Santo. De hecho, es una tela sepulcral, que envolvió el cadáver de un hombre crucificado y que corresponde en todo a lo que nos dicen los Evangelios sobre Jesús, quien, crucificado hacia mediodía, expiró sobre las tres de la tarde. Al caer la noche, dado que era la Parasceve, es decir, la víspera del sábado solemne de Pascua, José de Arimatea, un rico y autorizado miembro del Sanedrín, pidió valientemente a Poncio Pilato que le permitiera sepultar a Jesús en su sepulcro nuevo, que había mandado excavar en la roca a poca distancia del Gólgota. Obtenido el permiso, compró una sábana y, después de bajar el cuerpo de Jesús de la cruz, lo envolvió con aquel lienzo y lo depuso en aquella tumba (cf. Mc 15, 42-46). Así lo refiere el Evangelio de san Marcos y con él concuerdan los demás evangelistas. Desde ese momento, Jesús permaneció en el sepulcro hasta el alba del día después del sábado, y la Sábana Santa de Turín nos ofrece la imagen de cómo era su cuerpo depositado en el sepulcro durante ese tiempo, que cronológicamente fue breve (alrededor de día y medio), pero inmenso, infinito en su valor y significado.

El Sábado Santo es el día del ocultamiento de Dios (...) en nuestro tiempo, especialmente después de atravesar el siglo pasado, la humanidad se ha hecho particularmente sensible al misterio del Sábado Santo. El escondimiento de Dios forma parte de la espiritualidad del hombre contemporáneo, de manera existencial, casi inconsciente, como un vacío en el corazón que ha ido haciéndose cada vez mayor. Al final del siglo XIX, Nietzsche escribió: «¡Dios ha muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!». Esta famosa expresión, si se analiza bien, está tomada casi al pie de la letra de la tradición cristiana; con frecuencia la repetimos en el vía crucis, quizá sin darnos plenamente cuenta de lo que decimos. Después de las dos guerras mundiales, de los lagers y de los gulags, de Hiroshima y Nagasaki, nuestra época se ha convertido cada vez más en un Sábado Santo (...)Y, sin embargo, la muerte del Hijo de Dios, de Jesús de Nazaret, tiene un aspecto opuesto, totalmente positivo, fuente de consuelo y de esperanza. Y esto me hace pensar en el hecho de que la Sábana Santa se comporta como un documento «fotográfico», dotado de un «positivo» y de un «negativo». Y, en efecto, es precisamente así: el misterio más oscuro de la fe es al mismo tiempo el signo más luminoso de una esperanza que no tiene confines. El Sábado Santo es la «tierra de nadie» entre la muerte y la resurrección, pero en esta «tierra de nadie» ha entrado Uno, el Único que la ha recorrido con los signos de su Pasión por el hombre: «Passio Christi. Passio hominis». Y la Sábana Santa nos habla exactamente de ese momento, es testigo precisamente de ese intervalo único e irrepetible en la historia de la humanidad y del universo, en el que Dios, en Jesucristo, compartió no sólo nuestro morir, sino también nuestra permanencia en la muerte. La solidaridad más radical.

En ese «tiempo más allá del tiempo», Jesucristo «descendió a los infiernos». ¿Qué significa esta expresión? Quiere decir que Dios, hecho hombre, llegó hasta el punto de entrar en la soledad máxima y absoluta del hombre, a donde no llega ningún rayo de amor, donde reina el abandono total sin ninguna palabra de consuelo: «los infiernos». Jesucristo, permaneciendo en la muerte, cruzó la puerta de esta soledad última para guiarnos también a nosotros a atravesarla con él. Todos hemos experimentado alguna vez una sensación espantosa de abandono, y lo que más miedo nos da de la muerte es precisamente esto, como de niños tenemos miedo a estar solos en la oscuridad y sólo la presencia de una persona que nos ama nos puede tranquilizar. Esto es precisamente lo que sucedió en el Sábado Santo: en el reino de la muerte resonó la voz de Dios. Sucedió lo impensable: es decir, el Amor penetró «en los infiernos»; incluso en la oscuridad máxima de la soledad humana más absoluta podemos escuchar una voz que nos llama y encontrar una mano que nos toma y nos saca afuera. El ser humano vive por el hecho de que es amado y puede amar; y si el amor ha penetrado incluso en el espacio de la muerte, entonces hasta allí ha llegado la vida. En la hora de la máxima soledad nunca estaremos solos: «Passio Christi. Passio hominis».

... Me parece que al contemplar este sagrado lienzo con los ojos de la fe se percibe algo de esta luz. La Sábana Santa ha quedado sumergida en esa oscuridad profunda, pero es al mismo tiempo luminosa; y yo pienso que si miles y miles de personas vienen a venerarla... es porque en ella no ven sólo la oscuridad, sino también la luz; más que la derrota de la vida y del amor, ven la victoria, la victoria de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; ciertamente ven la muerte de Jesús, pero entrevén su resurrección; en el seno de la muerte ahora palpita la vida, pues en ella habita el amor. Este es el poder de la Sábana Santa: del rostro de este «Varón de dolores», que carga sobre sí la pasión del hombre de todos los tiempos y lugares, incluso nuestras pasiones, nuestros sufrimientos, nuestras dificultades, nuestros pecados —«Passio Christi. Passio hominis»—, emana una solemne majestad, un señorío paradójico. Este rostro, estas manos y estos pies, este costado, todo este cuerpo habla, es en sí mismo una palabra que podemos escuchar en silencio ¿Cómo habla la Sábana Santa? Habla con la sangre, y la sangre es la vida. La Sábana Santa es un icono escrito con sangre; sangre de un hombre flagelado, coronado de espinas, crucificado y herido en el costado derecho. La imagen impresa en la Sábana Santa es la de un muerto, pero la sangre habla de su vida. Cada traza de sangre habla de amor y de vida. Especialmente la gran mancha cercana al costado, hecha de la sangre y del agua que brotaron copiosamente de una gran herida provocada por un golpe de lanza romana, esa sangre y esa agua hablan de vida. Es como un manantial que susurra en el silencio y nosotros podemos oírlo, podemos escucharlo en el silencio del Sábado Santo.