Mostrando entradas con la etiqueta Bobin. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bobin. Mostrar todas las entradas

19 septiembre 2017

Besoin de nous tromper. Christian Bobin


Me pasa con algunos autores. Voy leyendo y me encuentro con afirmaciones con las que en principio no estoy de acuerdo, o que me parecen discutibles o sencillamente no acabo de entender, sin embargo sé que es mejor aparcarlas, que sólo necesitan tiempo. 

No hay que desmenuzarlas ni hincarlas el diente, sólo hay que apuntarlas en el cuaderno de los "para más tarde" y dejarlas dormir.

De vez en cuando cojo el cuaderno y releo lo apuntado. Algunas cosas sigo sin entenderlas, necesitan más reposo, o quizá no las entienda nunca, pero otras de repente se han vuelto claras, por ejemplo esta, anotada en el 2010: 

"Nous avons besoin de nous tromper avant d’accéder à la vérité". 
[Christian Bobin,  Autoportrait au radiateur. Gallimard, 1997]

No es sólo que equivocarse sea humano, que vaya si lo es, sino que, además, lo necesitamos. Y si no estás de acuerdo en lo que digo, simplemente espera.

25 enero 2017

...pas encore la nuit. Christian Bobin


"Il y a un temps où ce n'est plus le jour, et ce n'est pas encore la nuit. [...] Ce n'est qu'à cette heure-là que l'on peut commencer à regarder les choses, ou sa vie: c'est qu'il nous faut un peu d'obscur pour bien voir, étant nous-mêmes composés de clair et d'ombre."
Christian Bobin. Lettres d'or, Fata Morgana 1987


"Comment parler aux fous, aux morts, aux enfants, aux chimères, comment parler à ceux-là seuls qui ont quelque chose à nous dire."
Christian Bobin. L'homme du désastre, Fata Morgana, 2013

01 noviembre 2016

El canto del cuco. Christian Bobin



"Il y a quelque chose de talmudique dans l'appel du coucou, une question plus précieuse que toutes les réponses qu'on pourrait lui apporter.
Dans le chant indéfiniment relancé du coucou, un atome de désespoir, un minuscule "je sens qu'on ne me répondra pas, je n'y crois plus, c'est fichu", qui fait de cet oiseau le chanteur le plus humain de la forêt."

[Hay algo de talmúdico en el reclamo del cuco, una pregunta más valiosa que cualquier respuesta que se le pudiera ofrecer.
En el canto indefinidamente relanzado del cuco, un átomo de desesperanza, un minúsculo "tengo la impresión de que no se me responderá, ya no creo en ello, es inútil", que hace de este pájaro el cantor más humano del bosque.]

Christian Bobin . Un assassin blanc comme neige. Gallimard, 2011.

01 enero 2016

Nuestros proyectos. Christian Bobin


La main de l'ange a des ongles noirs à force de nous déterrer des gravats de nos projets.

[La mano del ángel tiene las uñas negras a fuerza de desenterrarnos de los escombros de nuestros proyectos]

Os deseo un feliz 2016. Salud, trabajo y amor.


Christian Bobin, Un assassin blanc comme neige. Éditions Gallimard, 2011

12 junio 2015

La gracia en el interior de la desgracia. Christian Bobin.


Un querido amigo de Asturias, al que aprovecho para dar nuevamente las gracias, sabiendo de mi querencia por Christian Bobin me envía este enlace a la revista digital Adiciones, que corro a compartir con vosotros. Además del documento enlazado, resumen de una entrevista radiofónica, podéis encontrar algunos textos más de Bobin -todos ellos traducidos por Teresa Campoamor- pinchando en la pestaña Colaboraciones.

Pues bien, buscando en la revista Esprit  el original del texto titulado "Lo ideal sería tener al mismo tiempo un alma contemplativa y guerrera" -un extracto de la entrevista realizada con ocasión de la publicación de  L'homme joie-, me encuentro con el párrafo que más abajo os copio, de final tan imposible de traducir como de olvidar.

En él, preguntado por André Dhôtel, uno de sus autores preferidos, Bobin nos habla de la profunda exactitud con la que este escritor percibe la vida, de su facultad para hacer brillar la gracia en el interior de la desgracia, y a continuación, como ejemplo, nos resume un texto del autor  -el texto más bello de toda la literatura de todos los tiempos, comenta (a lo que una piensa: hombre, tampoco será para tanto...)-, una media cuartilla, dice, que tiene el acierto de comenzar planteando una pregunta infantil, de esas que nunca se nos ocurriría hacer: ¿puede ser fea una flor?  

Y sigue Bobin, haciéndose eco del texto de Dhôtel:  ...él empieza respondiendo que sí , y nos habla de las aquileas (o las milenramas), unas flores umbelíferas. Entonces dice«Un día vi una milenrama grisácea, de un  blanco sucio, y no me gustó». Y continúa: «Poco después, en otro jardín, vi unas flores de la misma especie, también milenramas pero llenas de color. Eran deslumbrantes, magníficas, y me parecieron adorables». Seguidamente añade, y aquí es donde este texto me conmueve: «Volví donde la primera, es decir: la sucia, la rechazada, et je l’ai aimée d’amour ». 

Según Bobin, en este texto está todo Dhôtel. También se encuentra en él todo Bobin. En ese movimiento desde el  natural rechazo del et je ne l'ai pas aiméee (y no me gustó), hasta el tocado por la gracia et je l’ai aimée d’amour , tan difícil de verter al castellano sin caer en la cursilería o la inexactitud. Porque de lo que se habla, en suma, es de que la flor fallida, la malograda, la carente de hermosura y excelencia, la que pierde en la comparación, precisamente por ello, le gustó. Y no por ninguna especie de sentimiento compasivo, en el que siempre hay uno arriba -el que compadece- y otro abajo -el compadecido-,  sino con amor de predilección, con amor de enamorado, en el que de haber uno abajo es el enamorado.

Y quizá es un poco exagerado calificarlo del texto más bello de la literatura de todos los tiempos, pero se comprende el entusiasmo de Bobin. La fuerza iluminadora de esa pequeña historia de nada. La que me hace ver de pronto lo que une a autores tan dispares como a Simone Weil, tan matemática ella, a Léon Bloy, tan insultador él, a Péguy, tan dado a llorar en el tranvía como a exponer el pecho ante las balas enemigas, o al mismo Bobin, tan contemplativo: Amor de predilección, por lo carente, por lo mal visto, por lo desafortunado. 

Y pienso en Weil, que encontraba más guapos a los obreros que a los burgueses -y no sólo por espíritu de justicia, añadía-, y en su decidida posición junto al acusado que balbucea frente al enhebrador de brillantes discursos. Y en Bloy y en su predilección por las prostitutas, por los excluidos del festín que pegan las narices al cristal de la pastelería. Y pienso en Bobin y su tonto del pueblo, Albain, que ve lo que a los demás se les oculta. Y en la predilección de Péguy por los agrietados, por los que cada noche se acuestan con la asombrosa esperanza de que al día siguiente todo irá mejor. Y pienso también, cómo no hacerlo, en Él, que tenía el mismo género de predilecciones.

Y aquí, por fin,  las palabras de Bobin :
- Il y a un autre écrivain qui est très présent dans vos livres, c’est André Dhôtel. Comment a commencé ce compagnonnage?Qu’est-ce qui vous attire chez lui. De quoi vous parle-t-il ?
CB- Je ne sais plus quand ses livres sont arrivés jusqu’à moi. Mais ce que je sais c’est que dès qu’ils sont arrivés ils ne sont plus jamais repartis. Et ils ont ramené tous leurs frères un à un. Ce qui me touche c’est son toucher de la vie, c’est la justesse profonde d’un homme qui fait que la grâce est à l’intérieur de la disgrâce. Pour le résumer, je dirais - et il est tout entier là-dedans -, qu’il a écrit, ça fait une demi-page, le plus beau texte de toute la littérature de tous les temps. Je peux vous le résumer, ce texte. Il commence par une question d’enfant, Dhôtel a la vertu de commencer par une question d’enfant que nous ne poserions pas, que nous ne saurions pas poser. Est-ce qu’on peut détester une fleur? Il commence par répondre oui. Et il parle des achillées, des fleurs qui sont des ombellifères. Il dit "Un jour j’ai vu une achillée qui était grise pâle, un blanc sale, et je ne l’ai pas aimée". Ensuite, il continue et dit: "Je suis allé dans un autre jardin un peu plus tard et j’ai vu des fleurs de cette sorte-là, d’autres achillées mais colorées. Et elles étaient éclatantes, magnifiques. Je les ai adorées". Ensuite, et c’est là où ce texte me bouleverse, il dit: "Je suis revenu vers la première, c'est-à-dire la souillon, la rejetée et je l’ai aimée d’amour". On sent même qu’il l’a aimée plus que les autres. Et ça, c’est tout à fait le mouvement de ses livres. 
http://www.esprit.presse.fr/news/frontpage/news.php?code=346
Entretien avec Christian Bobin réalisé par Didier POBEL et Bernard REVEL. 24-10-2014.


30 junio 2014

L'été. Christian Bobin


"Qu’est-ce qui me fait si peur dans l’été ? [...] C’est, je crois, la glorification par elle-même d’une société jeune, vive, aisée, cette sinistre euphorie d’un monde méprisant ses vaincus. L’été, ce n’est pas pour les prisonniers, les vieillards, les malades, les pauvres. Pendant cette saison, ils sont encore moins visibles que pendant le reste de l’année. Ils se taisent et contemplent le bleu d’un ciel qui les oublie."

["¿Qué es lo que me da tanto miedo del verano? La glorificación por sí misma de una sociedad joven, viva, acomodada, esa siniestra euforia de un mundo que desprecia a sus vencidos: el verano no está hecho para los prisioneros, los enfermos, los ancianos, los pobres. En esta estación son menos visibles aún que durante el resto del año. Ellos callan y contemplan el azul de un cielo que los olvida."]

Christian Bobin, Autoportrait au radiateur, Gallimard, 1997

16 septiembre 2013

Aunque amenazado, vivo. "Resucitar", Christian Bobin (2)


Dejo de remendar la anterior entrada, que cada vez que la veo le doy un  meneo, y vamos por otro parrafito de Ressusciter, por ejemplo este que me encanta. Una comparación de las que no se olvidan ya se lea al derecho o al revés, es decir, para no abrir el melón antes de tiempo: a como b, o b como a (a mí del revés, b como a, quizá porque tengo más a mano los b que los a, me gusta todavía más):
"Les bourgeons du tilleul se sont ouverts et les premières feuilles en sortent, petites et chiffonnées comme des mouchoirs d'enfant tirés du fond d'une poche."
"Los brotes del tilo se han abierto y salen de ellos las primeras hojas, pequeñas y arrugadas como pañuelos de niño sacados del fondo de un bolsillo."

Y finalmente, y ya lo dejamos, este otro párrafo: Torres y torres de cubos de colores, cada vez más altas, cada vez más vistosas. Empezamos a construir de chicos y ya no paramos; en vez de letras, apilamos palabras, razones, argumentos sesudos, cubos pro domo nostra -siempre pro domo, se trata de construir... Hasta que llega un viento, sobre todo el último, que es un ventarrón, y cataplum:
"Il y a toujours un instant où la parole d'un intellectuel, si savante soit elle, m'apparaît comme un empilement de cubes coloriés portant sur leurs faces, imprimées en gros caractères, les lettres de l'alphabet. Je ne l'ecoute plus alors, je me demande seulement quand la vie viendra taper du pied contre cette construction pour la faire s'effondrer, que se découvre enfin son architecte -l'enfant tyrannique et peureux, certain que, derrière sa muraille montant jusqu'au ciel, personne ne viendrait le chercher. C'est ainsi que m'apparaissait C. quand il me parlait de la mort en una langue précieuse, saturée par toutes les pensées de l'Orient et celles de l'Occident. La maladie vient de plonger une main dans sa gorge, il m'a écrit pour m'en informer et me dit simplement qu'il tremble: tous ses cubes se sont effondrés, il n'en a plus à sa disposition et je le découvre, bien que menacé, pour la première fois, vivant."
"Siempre hay un instante en el que el discurso del intelectual, por sabio que sea,  se me figura una pila de cubos de colores con las letras del alfabeto impresas sobre sus caras en caracteres gruesos. Dejo de escucharlo entonces, solamente me pregunto cuándo vendrá la vida a pegarle un puntapié a esa construcción para tirarla por tierra y dejar al descubierto a su arquitecto -el niño tiránico y miedoso, seguro de que, detrás de su muralla alzada hasta el cielo, nadie vendrá a buscarlo. De esa forma se me aparecía C. cuando me hablaba de la muerte en una lengua exquisita, saturada de todos los pensamientos del Oriente y los del Occidente. La enfermedad acaba de echarle una mano al cuello, me ha escrito para informarme y me dice simplemente que tiembla: todos sus cubos se han desmoronado, no tiene más a su disposición y lo descubro, aunque amenazado, por primera vez, vivo."

Christian Bobin, Ressusciter, Gallimard-Folio, 2001.

11 septiembre 2013

" Resucitar ", Christian Bobin (1)


Hoy que por fin llueve a mares, me parece un día estupendo para traer el texto que abre Ressusciter, uno de los dos libritos de Bobin que me tenía reservados para este verano, y es que Bobin ha pasado a formar parte, junto con el gazpacho y el ventilador, del kit de supervivencia veraniego (del segundo libro , La dame blanche - naturalmente Emily Dickinson-, ya hablaré otro día). Iba a añadir que es el texto del que el libro toma el título, pero lo mismo podría decirse de los que le siguen.  Incluso me atrevería a decir que la obra entera de Bobin podría compilarse bajo ese título: Resucitar .
"En el momento de la comunión, en la misa de Pascua, todos se levantaban en silencio, alcanzaban el fondo de la iglesia por un pasillo lateral, volvían después a pasitos lentos por el pasillo central, avanzando hasta el coro donde un sacerdote barbudo, con gafas de plata redondas, les daba de comulgar ayudado por dos mujeres con el gesto endurecido por la importancia de su tarea -ese tipo de mujeres sin edad que cambian los gladiolos del altar antes de que se pudran y cuidan de Dios como de un viejo marido fatigado. Sentado en el fondo de la iglesia y esperando mi turno para unirme al cortejo, miraba a la gente -sus ropas, sus espaldas, sus nucas, el perfil de sus rostros. Durante un segundo mi visión se abrió y fue la humanidad entera, sus miles de millones de individuos, lo que descubri en el fondo de ese río lento y silencioso: ancianos y adolescentes, ricos y pobres, mujeres adúlteras y niñas formales, locos, asesinos y genios, todos arrastrando los zapatos sobre las losas frías y desgastadas de la iglesia, como muertos que salieran sin impaciencia de su noche para ir a alimentarse de luz. Supe entonces lo que sería la resurreccion y qué calma asombrosa la precedería. La visión duró sólo un segundo. Al segundo siguiente recobré la visión ordinaria, la de una fiesta religiosa muy antigua cuyo significado se ha desvanecido y sólo perdura vagamente asociada a los primeros calores de la primavera."
A continuación dejo también el original para quien quiera y por si algún amable lector tiene una corrección o sugerencia, en particular sobre esas dalles bosselées a las que después de muchas vueltas he decidido mellar (Bosseler es trabajar algo a golpes para sacarle relieves, bollos, como se hace con el estaño, o como se repuja el cuero. Si hablamos de una fachada o un muro bosselée, es que tiene molduras o labrados, pero una carretera bosselée es una carretera con baches, y una piel bosselée es lo que aquí llamamos piel de naranja o con hoyos: irregularidades en suma, la cuestión es si para arriba o para abajo. Es decir, si las baldosas tienen relieves que los zapatos desgastan, como el tiempo los significados, o si están simplemente desconchadas). Baldosas aparte, la visión es fascinante: las gafas del sacerdote barbudo, esos aros de plata y cristal transparente como custodias sacramentales, las baldosas destartaladas como losas sepulcrales rotas, la fila de comulgantes transformada en la de la humanidad recién resucitada... Una visión fascinante y quizá no tan fantástica. A resucitar se empieza cada día:
"Au moment de la communion , à la messe de Pâques, les gens se levaient en silence, gagnaient le fond de l'église par une allée latérale, puis revenaient a petits pas serrés dans l'allée centrale, s'avançant jusqu'au choeur ou l'hostie leur etait donnée par un prêtre barbu portant des lunettes cerclées d'argent, aidé par deux femmes aux visages durcis par l'importance de leur tâche -ce genre de femmes sans âge qui changent les glaïeuls sur l'autel avant qu'ils ne pourrissent et prennent soin de Dieu comme d'un vieux mari fatigué. Assis au fond de l'église et attendant mon tour pur rejoindre le cortège, je regardais les gens -leurs vêtements, leurs dos, leurs nuques, le profil de leurs visages. Pendant une seconde ma vue s'est ouverte et c'est l'humanité entière, ses milliards d'individus, que j'ai découverte prise dans cette coulée lente et silencieuse: des vieillards et des adolescents, des riches et des pauvres, des femmes adultères et des petites filles graves, des fous, des assasins et des génies, tous raclant leurs chaussures sur les dalles froides et bosselées de l'église, comme des morts qui sortaient sans impatience de leur nuit pour aller manger de la lumière. J'ai su alors ce que serait la résurrection et quel calme sidérant la précéderait. Cette vision n'a duré qu'une seconde. À la seconde suivante la vue ordinaire m'est revenue, celle d'une fête religieuse si ancienne que le sens s'en est émoussé et qu'elle ne demeure plus que pour être vaguement associée aux premières fièvres du printemps."
Continuación aquí:
 https://solyescudo.blogspot.com/2013/09/aunque-amenazado-vivo-resucitar.html

Christian Bobin, Ressusciter, Gallimard-Folio, 2001.

16 junio 2012

Escribir para alguien. Christian Bobin- "Geai" (2)

[Seguimos con "Geai"]

"Albain lleva una hora clavado a su escritorio. Hace una hora que se sirve de la cabeza como de un sacacacorchos, intentando abrir la botella del papel en blanco. Es inútil : el tapón de silencio se resiste a salir. - no hay nada que decir sobre ese tema, no tengo nada que decir.
- Venga, Albain. Escribe para mí. Leeré por encima de tu hombro.
- Pero el maestro nos ha dicho que inventemos una historia, y yo no sé inventar.
- Si es para mí, encontrarás el modo. Cuando quieres a alguien, siempre tienes algo que decirle o escribirle, hasta el fin de los tiempos.
- ¿Quién ha dicho que yo la quiera?
- Sin embargo me ves, Albain. Tú me ves: es imposible ver a nadie -de este lado de la vida o del otro lado, eso importa poco- si no lo quieres.
- ¿Y usted... usted me quiere?
- ¿Por qué crees que te hablo? ¿Y entonces?
- Entonces, de acuerdo.  La haré, haré esa fastidiosa redacción."


"... Has dormido tres meses, Albain. Se le puede llamar dormir. Es esa clase de sueño extenuante. Ahora debes reposar. Unos tres meses más, como poco. Y el trineo nunca más, ¿prometido?   Las palabras son cajas de cerillas, cajas como las que tiene el padre de Albain en su garage, en el rincón del bricolage. El padre es un hombre de orden. Mantiene una lucha con el desorden de la que nunca sale vencedor. Pese a todo, él lucha, lucha con los principios, los diccionarios, las agendas, las etiquetas. Se ha fabricado un armarito con cajas de cerillas de cocina. En cada una ha pinchado una chincheta. Bajo la chincheta, una etiqueta: tornillos, cola, parches, elásticos. En cada caja, su objeto. Se abren como cajones minúsculos, cajones para enanos. Con la palabra "trineo" pronunciada  el doctor, es como si se hubiera abierto ante Albain una caja de cerillas de cocina. De ella sale el recuerdo del accidente...

Me duele la cabeza, doctor. Me gustaría estar solo. El doctor se va -bostezando. Se ha dirigido a Albain con palabras tranquilizadoras.  No hay nada más inquietante. Es irritante esa manía de los adultos de dirigirse a los niños empachando de azúcar el lenguaje -en vez de hablar con sencillez, como lo hacen entre ellos. Aunque es posible que tampoco entre ellos hablen con sencillez.    Cuando quieres a alguien, tienes cosas que contarle hasta el fin de los tiempos: ¿Por qué tengo esta frase en la cabeza? Si fuera verdadera, esa frase, habría poco amor sobre esta tierra.  Albain recuerda una noche con sus padres en el restaurante. Debió de ser antes de que el pino volcara el trineo. La mayoría de las parejas se aburría, esperaba en silencio la llegada de los platos como se espera la salvación. Cuando quieres a alguien, tienes cosas que contarle hasta el fin de los tiempos. 
Para esas parejas el fin de los tiempos ya estaba ahí."

Christian Bobin, Geai, Editions Gallimard-Folio, 1998. (traducc. mía)

10 junio 2012

Christian Bobin- "Geai" (1)

Tal como os dije, aquí van algunas paginas de "Geai", el libro de Bobin que terminé hace poco.
El protagonista, Albain (Albanio, como el pastor de la égloga de Garcilaso),  es un personaje inolvidable y peculiar con una amiga también muy peculiar : Geai (como el pájaro, no sé cuál,  del tipo de la urraca, de los que imitan sonidos, puede que con plumas rojas). Geai lleva 2.342 días muerta cuando Albain la descubre sonriente en el fondo del lago helado. Desde ese momento se hacen inseparables.
Albain, un bebé demasiado tranquilo que pasaba las horas muertas mirando a las babosas en la yerba, y  un niño que sortea los pinos en trineo con los ojos cerrados hasta que consigue abrirse la cabeza, se convierte en un  adolescente del que nadie sabe cómo hacer carrera, aficionado al violín, a dar conciertos a las vacas, y  firme candidato a tonto del pueblo. Como la plaza ya está ocupada por otro, consiguen colocarlo de aprendiz con un vendedor ambulante de cacerolas, y a eso se dedica, a deambular y a hacer de todo menos vender cacerolas. Por último, acaba haciéndose cargo de una tienda de trastos viejos, entre los que parece encontrar, por fin, su sitio en el mundo o algo ligeramente por el estilo,  y donde conoce, por fin, a quien tenía que conocer, dueña de una sonrisa exactamente igual a la de su amiga Geai,  que desde ese momento se esfuma.
Albain es una mirada diferente sobre el mundo. Otra manera de entenderlo, incomprensible y desesperante para lo que se ha dado en llamar "cabezas bien amuebladas":  todo  bien clasificado, como el rincón de bricolage de su padre, cada clavo en su cajón, cada cajón con su etiqueta. Todo claro y distinto (como las famosas ideas cartesianas). Albain, sin embargo,  no sabe trazar líneas divisorias,  ni siquiera la raya que separa a los vivos de los muertos.
Albain es, en resumen, el arte de estar en el mundo sin ser del mundo - por incapacidad de serlo, por puro don-, un ejemplo perfecto de esa cosa complicada,  pese a lo mal que casan la perfección y Albain, o justamente por eso:

"Estamos en invierno. Geai está presa bajo el hielo, a dos centímetros de la superficie.  ¿Cuánto tiempo lleva su sonrisa aclarando las aguas negras de San Sixto? Imposible decirlo. No se puede empezar a decir cosa alguna sobre el poder de esa sonrisa hasta la llegada de Albain, ocho años, demasiado joven para haber sido su alumno, para haberla conocido en vida. Pues bien, ahora la conoce como un ser sonriente: Albain está solo, ha caminado hasta el centro del lago y ha visto el vestido rojo, la cara de Geai y, sobre la cara, la sonrisa... Al verlo, Geai le ha guiñado el ojo. Geai siempre se  alegra de  que aparezcan niños. A Albain le ha entrado miedo.  Da miedo  lo que no se conoce. Muertos, ya ha visto alguno; pero esa sonrisa, tanta dulzura iluminando un rostro, es la primera vez. (...)
Geai está tendida bajo una sábana de dos centímetros de hielo, pero eso no es obstáculo para verla: su sonrisa borra la opacidad del hielo, su sonrisa borra la opacidad del mundo entero. Albain está tendido encima de Geai, o más exactamente encima del hielo bajo el que Geai sonríe. Se  miran. Mucho tiempo. Cara contra cara. La sonrisa de Albain responde a la sonrisa de Geai. Las dos sonrisas parlotean. Mucho, mucho tiempo.
La tarde ha caído. Ya no se distinguen el hielo del lago y la tierra de la orilla. Albain sonríe por última vez a Geai. Mañana vengo otra vez a verte. Geai asiente con un movimiento de párpados y una sonrisa aún más intensa. Albain, a cuatro patas, vuelve a tierra firme.  Camina una media hora atravesando los campos, empuja la puerta de su casa . Ya están todos a la mesa. Le preguntan dónde estaba. Con la dama de San Sixto. ¿Qué dama de San Sixto?  La que sonríe en el fondo del lago, es muy amable, hemos hablado mucho, bueno, quiero decir, nos hemos sonreido mucho. Y zas : Albain recibe un guantazo." (...)-

"Albain fue criado por una giganta. No hay nada de extraordinario en ello: desde el comienzo del mundo, a todos los niños los crían gigantas. (...)  En el principio están las gigantas y el niño todo tibio salido de ellas. Las gigantas viven con gigantes, pero a estos sólo se les ve en segundo plano, en la sombra. Tienen reuniones de trabajo, lavan su coche o leen el periódico. Al niño lo miran de lejos, perplejos. Cuando tiene dos o tres años, dicen: "a esta edad la cosa empieza a ponerse interesante". Es bastante inquietante depender de personas para las que, durante dos o tres años, no se es en absoluto interesante. Para las gigantas todo es distinto. Desde su aparición el niño es el centro de sus pensamientos, de sus inquietudes y sus sueños. Las gigantas no aguardan pacientemente en la sombra. No cuentan los meses y los años. No esperan a que el niño chapurree sus primeras palabras para determinar que, sí, definitivamente resulta interesante. Las gigantas no conocen nada más apasionante que ese pedacito de alma rosado y babeante, arrugado, hambriento. Las gigantas están ahí desde el comienzo del mundo e incluso ligeramente antes. Que Dios las bendiga."

"En el pueblo de Albain, cerca del de San Sixto, hay una escuela. Una sola clase y una docena de niños de edades diferentes reagrupados en ella. Un solo maestro para todos. Mientras los pequeños dibujan,  los mayores aprenden la historia de Francia. Esa es la verdad oficial, la verdad para los padres. La verdad verdadera es otra: mientras los pequeños duermen o juegan a las canicas  al fondo de la clase, los mayores graban sus nombres en los pupitres, cambian cromos de cantantes y leen tebeos. ¿Y el maestro? El maestro llegó al principio del otoño. Recien nombrado en este pueblo, languidece de nostalgia por una enamorada que no ha podido seguirle. Él en Isère, ella en el Norte, cerca de la frontera belga. Entre ella y él varios centenares de kilómetros que recubre pacientemente de sellos, de sobres y de palabras de amor. El maestro ha dividido las horas de clase en dos partes desiguales, durante la primera, la más larga, los niños tienen libre cuartel. Con el zumbido de las voces, él escribe a su novia, a sus padres, a sus amigos. Les cuenta su vida en este pueblo, los paseos por los alrededores. Les habla de sus lecturas y de vez en cuando añade el retrato de alguno de sus alumnos. El último cuarto de hora, pide silencio y lee en voz alta la carta recién terminada. Los niños escuchan y hacen preguntas sobre lo que acaban de oír. El maestro responde y desliza en sus respuestas un poco de historia, una nada de literatura, una pizca de geografía. Al terminar el primer trimestre no hay quien los suspenda en economía ni en  historia de Isère. También saben muchas cosas de Isabel, la novia del maestro. Algunos están vagamente enamorados. Estar enamorado es a menudo estarlo "vagamente". La bruma es propicia a los estados sentimentales. Ellos a su vez le escriben palabras de amor a Isabel. Se las enseñan al maestro, que les corrige las faltas, les da algunas reglas gramaticales y después mete las cartas en un sobre junto con la suya. La única sombra en esta historia es que Isabel jamás responde a las cartas que recibe. Los niños han interrogado al maestro sobre ese silencio. Les ha dicho que  tenía mucho trabajo y que un día vendría en persona. Hacia finales del mes de junio, precisa. La respuesta les ha satisfecho a todos  -salvo a Albain. Albain tiene una duda que no comparte con nadie. Albain tiene algo más que una duda. Está seguro de que Isabel no existe, que no es sino una manera particularmente socarrona de hacer pedagogía. Albain conoce la palabra "pedagogía": el maestro la había escrito en una de sus cartas y había explicado lo que era, lo que eso significaba. ¿Sabéis de muchas cartas de amor  en las que aparezca la palabra "pedagogía", por no decir nada de las informaciones detalladas sobre el subsuelo del macizo alpino?
El maestro aprecia a Albain. Es su alumno más dotado. La historia que el niño le ha contado -el lago, la dama en el fondo del lago, la sonrisa- es un milagro de imaginación. No sé de dónde te sacas todo eso, chico. Está muy bien. A Isabel le encantará esa historia.
La verdad, la dices y te caen bofetadas o felicitaciones. Y lo peor es que, tanto en uno como en otro caso, no habrá quien te crea. La verdad es increíble."

Christian Bobin, Geai, Editions Gallimard-Folio, 1998. (la traducc. es mía)
Continúa

01 junio 2012

Diferencias y semejanzas

Nos pasamos la vida perdiéndonos y hallándonos. Un día te levantas, o te acuestas, y te dices: "caramba, y qué será de aquella otra, la que mejor me caía, que hace mucho que no la veo". Con los años, esa es la ventaja,  uno se echa antes de menos, cae antes en la cuenta de que está desaparecido.  Uno va sabiendo, también, cómo hallarse. Yo sé dos o tres maneras, no es que sean muchas pero no hacen falta más. Una de ellas es coger un libro de Bobin. Leer a Bobin es reencontrarse. Cuando el mundo agobia, cuando se vuelve cansino, cuando la vida se convierte en un litigio permanente,  en una maraña de opiniones y contraopiniones imposible de desenredar, hay que tomar distancia. Bobin es la distancia justa.

No necesitas alejarte ni escapar al fin del mundo, nos recuerda, sólo vuelve a mirar,  todo lo que necesitas lo tienes delante: Le bout du monde et le fond du jardin contiennent la même quantité de merveilles. A menudo, en los cuentos, el remedio salvador, el único que podría devolver la alegría y el color al que languidece, es el que crece, como la flor azul, en el lugar más inaccesible de la montaña más alta del país más remoto. Y hasta allí hay que irse, sorteando dificultades, a buscarlo.
Pero la verdad es diferente, para los males del alma, el remedio crece al lado del enfermo, a mano del que lo busca.

Así pues, he vuelto a Bobin. Volver a Bobin es ajustar el enfoque:  es enfocar lo cercano, lo que se tiene al lado; y en lo que toca a los hombres enfocar lo semejante. Primero, siempre,  lo semejante. Es una cuestión de orden. Todos tenemos semejanzas y diferencias, si empezamos por las diferencias, nos parecen tan insalvables que las semejanzas se esfuman. Si empezamos por las semejanzas, las diferencias ya no son tan graves. Mirar a lo semejante despierta la simpatía,  con ella las diferencias dejan de ser antipáticas.  Empezar por las diferencias lo que despierta es el distanciamiento; una vez despierto, las semejanzas, de seguir siendo capaces de encontrar alguna, incluso fastidian.

De seguir siendo capaces, digo, porque volverse ciego para la semejanza es fácil. Vivimos en la diferencia, somos especialistas de la diferencia. Ya desde pequeños, como en ese juego en el que se nos presentaban dos viñetas aparentemente iguales y lo divertido era encontrar los diez detalles diminutos que las distinguían, nos entrenamos en el descubrimiento de las diferencias. Yo era un lince, de una ojeada las pillaba todas, eso es lo malo. Para el juego contrario sin embargo, el de en qué se parecen un paraguas y una gallina, el de lo semejante en lo dispar, soy una nulidad. Después la vida nos sigue especializando: aprender es diferenciar, escoger es diferenciar, toda la compra y la venta del mundo se basa en el producto diferencial,  votar es elegir diferencias imaginarias, hacer política es venderlas, y luego están las diferencias de clase, las ideológicas, las de estado civil, las de género, las de número, las regionales, las confesionales, que aunque digan lo contrario son las que mejor se llevan, las de signo astral y las del modo de tomar el café. Tan es así que llega un día en el que escuchas "tu semejante" y no sabes dónde ir a buscarlo.

Que siempre son mayores, y más fundamentales, las semejanzas que las diferencias -es más, que si no partiéramos de la semejanza no existiría la diferencia- es muy fácil olvidarlo.  Y sin embargo, ahí está el precepto, de la mano del recuerdo: ama a tus semejantes. Es verdad que ahora tiende a hablarse más del "prójimo" que del "semejante", no sé por qué, quizá porque la proximidad es evidente (sobre todo la del que te pisa en el autobús, que amarlo es todo un reto), la semejanza no tanto. Pero justamente por eso...  ¿Semejante yo al corrupto de Fulano y al mal bicho de Mengano?  Hombre, en todo caso, semejante a Zutano que es de los nuestros...   Pues ya ves, semejantes todos. Y semejantes no sólo en el sometimiento común al dolor, el tiempo y la muerte, sino mucho más allá, semejantes de una semejanza tan impresionante como la de estar hechos a la misma imagen y que esa imagen sea la de Dios. "Saludo al Dios que hay en ti", como dicen los orientales, es un exactísimo saludo. Porque es fácil olvidarlo, y perderse y ponerse un piso en la diferencia.

Así que se trata de recordar, desmontar el piso y reajustar el enfoque, y encontrar la distancia justa y  no sentirse citado por el primer trapo que se menea; se trata de  no permitir que las diferencias cieguen el sentimiento más profundo de la semejanza y  de pedir la gracia necesaria, y de coger un libro de Bobin y  recobrar, alma mía, la calma.  En sus libros no hay derechas ni izquierdas, ni rojos ni fachas, ni integristas ni progres, ni banderías, ni broncas, y  no se echa nada en falta. Al revés, allí está lo único necesario:  sólo hay hombres y mujeres, y niños y niñas, y muertos y vivos en amable compañía, cada uno con su historia peculiar,  y luces y sombras y su entremezcla,  y todas las maravillas a mano en el fondo del jardín.  El libro al que me he acogido esta vez, igual que el desquiciado a la casa de reposo, se titula "Geai", como el pájaro. Cualquier día de estos os cuelgo unos extractos.

Nous ne sommes faits que de ceux que nous aimons et de rien d'autre , dice Bobin:  estamos hechos de aquellos a los que amamos y de nada más. Ese es el enfoque.
.

01 abril 2012

El cuadro que no habías conseguido pintar. C.Bobin



"Ya habías escrito un texto sobre ella. Se lo habías enseñado, después lo tiraste. Un fracaso. El retrato era un fracaso, nada de él podía salvarse. Ese texto, lo deseabas demasiado, y la voluntad no tiene nada que ver con la escritura, no más que con el amor. No se dice: "quiero amarte", se dice: "te amo", y diciéndolo, se descubre un amor mucho más profundo que toda voluntad. En la escuela te han enseñado cosas. En la familia también. Pero las cosas importantes has debido aprenderlas solo, balbuceando, tanteando, por ejemplo esta: la miseria de una voluntad que no se apoyara sino sobre sí misma , la locura de una vida edificada como una fortaleza. Esa gente de certezas y voluntad, esa gente desde el principio estrangulada en el lazo de su vida, siempre los huíste... En el momento en el que escribías aquel texto, te hiciste semejante a ellos, te volviste un escritor profesional, uno de esos que sabe cómo hacerlo y que, no creyendo más que en ese saber, no deja que entre en su corazón lo desconocido de todas las cosas -eso refractario en ellas al dominio de nuestra voluntad... Si deseabas ese retrato suyo era por atrapar un poco de su luz, y porque no ves ninguna otra razón para escribir: toda presencia tiene su gracia singular, esperando ser dicha. Ahora que la impaciencia te ha abandonado, puedes retomar el cuadro fracasado. Ahora que la tela está virgen, puedes volver a ella, como el pintor a su tarea. Eso que te acaba de confiar en diez segundos es suficiente: el resto era falso --visible, evidente, sin consecuencias sobre su vida y, por tanto, falso. Para que una cosa sea verdadera es preciso que, además de ser verdadera, entre en nuestra vida. Ahora bien, casi todo lo vivido por ella ocurrió en su ausencia, lejos de ella. Es algo que pasa con frecuencia: se puede permanecer célibe diez años en un matrimonio, se puede hablar durante horas sin decir una palabra, uno puede acostarse con todo el planeta y seguir siendo virgen. [...] Y aquí está, algo por fin valioso: de la primera pintura, del primer texto, todo desechado, borrado entero, podrías escribir el segundo con esos diez segundos al teléfono, ayer, como de paso: "Mi primera muñeca se llamaba Mina". No sabes quién es Mina, ella te lo explica: es el nombre de la novia de Drácula. A los cinco años le puso ese nombre a su muñeca, después de que su padre le contara la historia de Drácula, que mata de noche y duerme de día, la historia del gran profesional de las sombras, impedido de morir, incapaz de vivir. Y ella añade: mi padre me contaba todas las historias --las fábulas, Homero, Shakespeare y toda la peña. Los adultos, cuando se dirigen a un niño, fuerzan la voz. Retiran lo oscuro y lo secreto de su palabra, dicen los lobos y las tormentas, los ogros y los manantiales, pero callan el resto: los intereses, las mentiras, el cansancio, el fuerte deseo de la muerte en el fondo del alma, y esa esperanza, más fuerte todavía, de un amor puro. Mi padre sabía que yo lo sabía todo. El corazón crece lentamente. El espíritu desde el principio se encuentra en lo más alto. El corazón tarda un tiempo considerable en hacerse grande. El espíritu se encuentra de inmediato en su mejor flor. Si bien es cierto que con los niños hay que actuar con una dulzura extrema, también lo es que todo se les puede confiar, incluso aquello que no se sabe decir. Mi padre me acompañaba de noche hasta el instante en el que caía rendida, se sentaba en el borde de de la cama y me contaba el mundo: la Caperucita Roja y Drácula, Ulises y Ofelia, Hamlet y Cenicienta, Don Quijote y Blancanieves, cada noche un libro, mucho antes de que supiera leer. Eso que te acaba de decir ilumina y llena el cuadro que no habías conseguido pintar."


Christian Bobin, L’inespérée. Mina, Gallimard, Collection Folio, Paris, 1994. [traducción mía]

20 octubre 2011

Christian Bobin. Les ruines du ciel - Port Royal ( 2)


Algo más de Les ruines du ciel:

La estanquera me enseña una fotografía antigua de su hijo. La saca de una cartera de cuero rojizo, hinchada como un sollozo. Su entera fortuna consiste en esa imagen de un bebé ensortijado, tendido boca abajo sobre la pelleja de un borrego. Todos tenemos nuestra herida y nuestro tesoro en el mismo sitio. El lunes 23 de noviembre de 1.654, las barreras de la muerte saltan por la presión de lo eterno y un gozo arrebata a Pascal, desde las diez y media de la noche hasta las doce y media de la madrugada. Más tarde anota los detalles de la revelación en un pergamino que cose al interior del dobladillo de su casaca. Las actas notariales del cielo no le abandonan nunca: si repone la casaca, traspasa el pergamino a la casaca nueva. Todos somos portadores de un icono, llevamos encima la huella de una alegría más grande que la vida. Con el tiempo el icono se estropea. Desaparece su portador. La alegría recibida permanece -brizna de hierba dorada en la noche de los mundos.
***
Nos las damos de listos, pero sabemos menos que los recién nacidos en el fondo de sus cunas. Nuestros ojos están menos abiertos, nuestros terrores son menos puros y nuestras alegrías menos agudas. Juan Sebastian Bach vuelve a traernos un poco de aquellos primeros tiempos, haciendo girar sobre nuestra alma asombrada un móvil musical hecho sólo de átomos de aire.
***
Los gorriones, con sus cantos, construyen monasterios que duran un segundo. El alma sorprendida en sus claustros ya no teme morir.
***
La vida tiene necesidad de libros, al igual que las nubes tienen necesidad de charcos, para mirarse y conocerse en ellos.
***
La nada salpica cuanto se hace suspirando.
***
"Llevaos esto de aquí": dijo la madre de María Callas al verla recién nacida. Cuatro días más tarde recuperó a su hija. El canto no humano de la diva se eleva desde el infierno de esos cuatro días.
***
Los castillos más puros se construyen sobre abismos.
***
Pascal creyó toda su vida ver un abismo a su lado izquierdo. La visión le producía vértigos, por lo que, a veces, ponía de ese lado una silla para sentirse seguro. Sabía que su trastorno era imaginario, pero no le era posible dejar de padecerlo.
***
El pensamiento es una silla puesta encima de un abismo.






Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009. Collection Folio. [traducc.mía]

11 octubre 2011

La vida eterna de cada día. Christian Bobin. Les ruines du ciel-Port Royal (1)

.
Aquí tenéis unos pequeños extractos del libro de Bobin de este verano. Es decir, del único libro de este verano inapetente y estragado en el que todo se me caía de las manos (no es la primera vez, son como empachos, demasiada lectura de todo lo que pillo. Los despliegues de ingenio, los discursos redondos, encantados de sí mismos y despectivos de cuanto estorba, las discusiones sin fin -en ambos sentidos-, toda esa cháchara inteligente y mañosa que tanto me entretiene otras veces, pasa a producirme náuseas y una especie de aborrecimiento del intelecto humano. Mucho mejor pasear, guisar, encerar los muebles o dedicarse a la jardinería). En esos casos sé que tengo que volver a Bobin, a sorbos, como un reconstituyente. Por fortuna tenía pendiente la lectura de Les ruines du ciel (Gallimard 2009). A la cuarta página ya empecé a sentirme desintoxicada, para la décima ya me había reconciliado con el mundo.

La destrucción de Port-Royal por Luis XIV, según reza la contraportada, es el hilo conductor de este libro por el que desfilan músicos (con Bach como protagonista absoluto), abadesas, Pascal que va y que viene, gorriones, Richelieu, limones en un plato, la escritura, Emily Dickinson, la madre del autor... o la luz de cada día. Un hilo que también es esa luz, la que atraviesa las celosías de Port-Royal, la que se demora en el calado de los cestos que vende el gitano en el mercadillo de Creusot, la que se desliza hasta la habitación 115 del geriátrico. Esa luz que es sólo una y distinta cada vez.
De la destrucción trata, sí, pero también de la pervivencia, y de esa fuerza de nada que viene de no se sabe dónde y es capaz de poner en jaque al mismo Rey-Sol. Trata de las tercas y asombrosas construcciones y de las ruinas vivas.
Dice Bobin: C'est par sa destruction totale que Port-Royal triomphe: le Bien finit toujours par perdre, c'est sa manière de gagner. De eso, en definitiva, es de lo que en este libro habla Bobin, con ese modo tan suyo de señalar y enhebrar, con su peculiarísima mirada y la voz inconfundible de siempre. Una voz queda pero bien clara, como la del apuntador:

Tras la muerte de Vermeer en 1675, su viuda entrega dos cuadros al panadero para saldar la deuda pendiente de varios años de consumo de pan. Por un lado la luminosidad nacarada de las pinturas, por el otro la corteza dorada del pan caliente: El canje es mucho más satisfactorio para el espíritu que la relación hoy obligada entre la obra maestra y el dinero. El pan y la belleza son dos reinos comparables, dos alimentos indispensables para la vida eterna de cada día.
***
Cada día tiene su veneno y, para quien sabe ver, su antídoto.
***
No hay más que una sola vida, y nunca se acaba.

***
El Señor de la Rivière deja el mundo en el que disfrutaba de una buena posición para convertirse en guardabosques de Port-Royal. Tras dormir vestido sobre un jergón, pasa sus días en la arboleda; entre sus manos una Biblia en hebreo que el murmullo talmúdico de los grandes castaños va descifrando. El Señor de la Petitière, de sangre arrebatada, de quien se dice que "echa fuego por los ojos", renuncia a una carrera militar prometedora para convertirse en el zapatero de las monjas. El cielo, para quien lo ha visto una vez, no tiene rival.
***
Los ojos de los pobres son ciudades bombardeadas.
***
El gato ha atrapado un saltamontes, ha hecho de él un juguete de agonía, después lo ha destripado, y Dios, que era el gato y el saltamontes, verdugo y víctima, se ha vuelto loco.
***
Las flores en los cementerios, con los gritos de sus colores, impiden al cielo pasar demasiado rápido por encima de las tumbas.
***

Existe la moda y existe el cielo, y entre las dos cosas, nada. Lo que vuelve difícil la lectura de la vida es que existen modas de todo, incluso del cielo.
***
La muerte se llevó a mi padre pero olvidó su sonrisa, del mismo modo que un ratero sorprendido huye abandonando una parte de su botín.

***
Toda nuestra vida no está hecha más que de fracasos, y esos fracasos son ventanales rotos por donde entra el aire.
[et ces échecs sont des carreaux cassés par où l'air entre, dice el original, con un endecasílabo que suena a cristales rotos y evoca las casillas del tablero de ajedrez - jeu d'échecs-, al que sigue una tromba de aire en cinco sílabas. Traducirle siempre es un dolor]


Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009, Collection Folio. [ traducc. mía]

04 agosto 2011

Unas cuantas de C.Bobin

-
... ce qui me paraît être le plus proche d'un livre, jusque dans sa forme même, c'est une tombe. Sous la couverture du livre comme sous la pierre tombale, il y a une âme qui attend une résurrection. [...lo que encuentro más parecido a un libro, incluso en su forma misma, es una tumba. Bajo la cubierta del libro como bajo la losa sepulcral, hay un alma que aguarda una resurrección]
La lumière du monde

Une intelligence sans bonté est comme un costume de soie porté par un cadavre.
[Una inteligencia sin bondad es como un traje de seda llevado por un cadáver]
Ressusciter
Ceux qui ont très peu de jours et ceux qui sont très vieux sont dans un autre monde que le nôtre. En se liant à nous ils nous font un présent inestimable. [Los que tienen corta edad y los que son muy ancianos viven en un mundo diferente al nuestro. Mezclándose con nosotros nos hacen un regalo inestimable] La présence pure
(Aimer et mourir) sont deux lueurs qui ne font qu'un seul feu, et sans doute est-ce pour cela que nous aimons si peu, si mal: il nous faudrait consentir à notre propre défaite. [(amar y morir) son dos llamaradas de un mismo fuego, y sin duda esa es la razón de que amemos tan poco, tan mal: tendríamos que consentir en nuestro propio apagamiento]
Le huitième jour de la semaine
Ce qu'on sait de quelqu'un empêche de le connaître. [Lo que sabemos de alguien, nos impide conocerlo]
Le Très-Bas
Ce qu'on éloigne, l'éloignement le protège. [Eso que uno aleja, el alejamiento lo protege]
Le Très-Bas
... qu'avons-nous à nous dire dans la vie, sinon bonjour, bonsoir, je t'aime et je suis là encore, pour un peu de temps vivante sur la même terre que toi. [¿... qué tenemos que decirnos en la vida sino buenos días, buenas noches, te quiero y estoy aquí todavía, vivo por algún tiempo sobre la misma tierra que tú?] La folle allure

22 noviembre 2010

Otra manera de decirlo. Bobin

"Hay una literatura que es suntuosa, sobrecargada de oro y autoestima. Considera el hecho de escribir mayor que la vida. No conoce nada más noble que una bella frase. Engendró, sin lugar a dudas, obras maestras, y me resulta indiferente. Es de una literatura distinta de la que estoy hambriento. Es tan antigua como la primera. No supone menos trabajo pero no busca lo mismo.
O mejor: hay una manera de escribir que busca, no encuentra más que por accidente o por gracia, y sigue buscando. Y hay una manera de escribir que da vueltas en torno a su espejo, una novia que se prueba el traje. Esa no busca nada, no tiene nada que buscar, ha encontrado desde siempre con quien casarse: con ella misma. Su belleza no me impresiona. No admiro una obra porque me dicen que la admire, sino por el poder del amor que en ella vibra. Lo que yo entiendo aquí por amor no es nada sentimental. El único amor que es real es de una dureza increíble. Esa es la palabra: increíble. El poeta Henri Pichette dice que nunca se debería escribir ni una sola frase que no se pudiera susurrar al oído de un agonizante. Pues bien, eso es exactamente. La manera de escribir que a mí me gusta es exactamente eso. Y todos nosotros somos agonizantes, ¿no? [...]
Lo que digo aquí, puedo decirlo de otra manera: Hay una palabra de príncipes y hay una palabra de mendigos. La de los príncipes es como una estancia en la que no hubiera nada y en la que al mismo tiempo todo estuviera lleno, lleno a rebosar. Es una palabra que está sorda de bastarse a sí misma. La de los mendigos, por el contrario, contiene en ella el vacío suficiente -de espacio, de silencio- para que el primer llegado se deslice en ella encontrando allí su bien. Es una palabra que deja en ella sitio a otra, que hace posible la llegada de algo distinto a ella misma. Ya sabéis: la vieja tradición de poner en la mesa un plato de más para un visitante imprevisto. Esas son las palabras que a mí me gustan. Es en esas mesas donde mejor como."

Christian Bobin. Autorretrato con radiador. Árdora Ediciones, Madrid, 2006. Traducción José Areán.