Y sigue insistiendo en demostrar las limitaciones intelectuales y la falta de categoría kantiana del acusado: "Tanto al escribir sus memorias en Argentina o en Jerusalén, como al hablar con el policía que le interrogó o con el tribunal, siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras. Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal." [¿contra la realidad como tal, esa masa caótica e inaccesible previamente abolida por su admirado Kant? ¿rodeado por la más segura de las protecciones, como debe estarlo la Razón Práctica, absolutamente estanca, frente a las inclinaciones, la experiencia, las costumbres o la sensibilidad?]
La cuestión, sin embargo, es que Eichmann, no es sólo que hubiera leído La Crítica de la Razón Práctica como le dijo al juez, es que era kantianio hasta el tuétano. Lo inquietante es que, efectivamente, era un hombre de estricta moralidad kantiana que saltaba a la vista en cada gesto, como cuando, de modo incomprensible para Arendt, parecía tirar piedras contra su propio tejado renunciando a ganarse el favor del jurado o a servirse de hechos probados que habrían podido beneficiarle. Un ejemplar íntegramente kantiano que, contra las pretensiones de su abogado de presentarlo como un mero ejecutor de órdenes, insistía en que él cumplía con su deber, un kantiano ejemplar pasmosamente veraz en todas sus manifestaciones, sobre todo en las que, curiosamente, Arendt tiende a ridiculizar y descalificar como frases hechas, estupideces absurdas, o simples mentiras:
"Las cosas eran tal como eran, así era la nueva ley común, basada en las órdenes del Führer; cualquier cosa que Eichmann hiciera la hacía, al menos así lo creía, en su condición de ciudadano fiel cumplidor de la ley. Tal como dijo una y otra vez a la policía y al tribunal, él cumplía con su deber; no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía la ley."
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"Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del «hombre sin importancia» alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones. En Jerusalén, Eichmann reconoció haber hecho dos excepciones. Durante aquel período en que cada alemán, de los ochenta millones que formaban la población, tenía su «judío decente», Eichmann prestó ayuda a un primo suyo medio judío y a un matrimonio judío de Viena, en cuyo favor había intercedido su tío. Incluso en Jerusalén, estas desviaciones le hacían sentirse un tanto descontento de sí mismo, y cuando en el curso de las repreguntas le interrogaron al respecto, Eichmann adoptó una actitud de franco arrepentimiento y dijo que había «confesado sus pecados» a sus superiores. Esta impersonal actitud en el cumplimiento de sus asesinos deberes condenó a Eichmann ante sus jueces, mucho más que cualquier otra cosa, lo cual es muy comprensible, pero según él esto era precisamente lo que le justificaba, tal como anteriormente había sido lo que acalló el último eco de la voz de su conciencia. No, no hacía excepciones. Y esto demostraba que «siempre había actuado contra sus inclinaciones», fuesen sentimentales, fuesen interesadas. En todo caso, él siempre cumplió con su deber."
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[O aquí completo: http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf ]


