Mostrando entradas con la etiqueta la cinta transportadora. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la cinta transportadora. Mostrar todas las entradas

04 julio 2013

...y la ley moral en mí (o entre Kant y Eichmann) -2.

Estábamos en que Hannah Arendt,  la pensadora preocupada por comprender las causas de aquel "colapso moral generalizado", la  que a lo largo del proceso en el que Eichmann fue condenado a muerte, se esfuerza admirablemente por entender su mundo interior rechazando la fácil etiqueta de "monstruo", la que se pregunta por la conciencia del hombre sentado en el banquillo y, de paso,  por la de todos los que por activa o por pasiva o por voz media tuvieron parte en aquellos actos aberrantes, la  independiente y crítica Arendt , llegada al punto del interrogatorio en el que el acusado se declara obediente a los principios de la moral kantiana,  da un respingo y se dice: por ahí no paso.  A renglón seguido,  aun admitiendo con displicencia que la definición del imperativo categórico que da el acusado no está del todo mal, Hannah Arendt decide rápidamente que Eichmann es  incapaz de reflexionar y pensar por sí mismo (cuando "atrévete a servirte de tu propio entendimiento" es la obligación elemental de cualquier kantiano) y que, por lo tanto, no pasa de ser una boutade que no merece consideración:

"Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unidad a la facultad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega. El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: "Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales".

Y  sigue insistiendo en demostrar las limitaciones intelectuales y la  falta de categoría kantiana del acusado:  "Tanto al escribir sus memorias en Argentina o en Jerusalén, como al hablar con el policía que le interrogó o con el tribunal, siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras. Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal." [¿contra la realidad como tal, esa masa caótica e inaccesible previamente abolida por su admirado Kant? ¿rodeado por la más segura de las protecciones, como debe estarlo la Razón Práctica, absolutamente estanca, frente a las inclinaciones, la experiencia, las costumbres o la sensibilidad?]

La cuestión, sin embargo, es que Eichmann, no es sólo que hubiera leído La Crítica de la Razón Práctica como le dijo al juez,  es  que era kantianio hasta el tuétano. Lo inquietante es que, efectivamente,  era un hombre  de estricta moralidad kantiana que saltaba a la vista en cada gesto, como cuando, de modo incomprensible para Arendt,  parecía tirar piedras contra su propio tejado renunciando a ganarse el favor del jurado o a servirse de hechos probados que habrían podido beneficiarle. Un ejemplar íntegramente kantiano que, contra las pretensiones de su abogado de presentarlo como un mero ejecutor de órdenes, insistía en que él cumplía con su deber,  un kantiano ejemplar  pasmosamente veraz en todas sus manifestaciones, sobre todo en las que, curiosamente, Arendt tiende a ridiculizar y descalificar como frases hechas, estupideces absurdas,  o simples mentiras:

"Las cosas eran tal como eran, así era la nueva ley común, basada en las órdenes del Führer; cualquier cosa que Eichmann hiciera la hacía, al menos así lo creía, en su condición de ciudadano fiel cumplidor de la ley. Tal como dijo una y otra vez a la policía y al tribunal, él cumplía con su deber; no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía la ley."
.
"Eichmann no quiso ser uno de aquellos que, luego, pretendieron que «siempre habían sido contrarios a aquel estado de cosas», pero que, en realidad, cumplieron con toda diligencia las órdenes recibidas. (...) Lo hecho, hecho estaba. Eso ni siquiera intentó negarlo. (...) Eichmann no quiso expresar arrepentimiento, porque «el arrepentimiento es cosa de niños» (¡sic!). Pese a los insistentes consejos de su abogado, Eichmann no alteró su tesitura. Durante el debate sobre la oferta, formulada por Himmler en 1944, de trocar un millón de judíos por diez mil camiones, y sobre la intervención que en ello tuvo el acusado, se formuló a este la siguiente pregunta: «¿En las negociaciones que el acusado sostuvo con sus superiores, expresó sentimientos de piedad hacia los judíos, y señaló la posibilidad de prestarles cierta ayuda?». Eichmann contestó: «He jurado decir la verdad, y la diré. No fue la piedad lo que me indujo a iniciar estas negociaciones ». No, no dijo Eichmann la verdad en esta contestación, por cuanto no fue él quien «inició» las negociaciones" ( ¡Sic!, habría que decir también de Hannah Arendt, porque ¿se trata acaso de quién inició o dejó de iniciar, o es de piedad de lo que se habla? )
.
"Durante el juicio, Eichmann intentó aclarar, sin resultados positivos, el segundo punto base de su defensa: «Inocente, en el sentido en que se formula la acusación». Según la acusación, Eichmann no solo había actuado consciente y voluntariamente, lo cual él no negó, sino impulsado por motivos innobles, y con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos. En cuanto a los motivos innobles, Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un innerer Schweinehund, es decir, un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad. Evidentemente, resulta difícil creerlo. Seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre «normal». «Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle», se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era «no solo normal, sino ejemplar»
.
Aunque lo verdaderamente sorprendente, mucho más que la correcta definición por parte de Eichmann del imperativo categórico,  es que la reflexiva Hannah Arendt, que tenía delante de los ojos el  problema y posiblemente la respuesta a muchas de sus preguntas, es más: que se lo estaban diciendo, pasara de puntillas sobre el asunto y decidiera, en este caso, no escuchar. ¿Quizá porque, de haber escuchado, desde el momento en el que Kant saltó al estrado, el proceso a Eichmann habría tenido que convertirse en un proceso conjunto al kantismo? ¿Quizá porque eso era algo a lo que no estaba dispuesta?  Lo sorprendente -¿o no tanto?- es que se negara a plantearse la posibilidad siquiera de que en esas maravillosas leyes universales enunciadas por una Razón Pura Práctica a la que nadie ha visto, quepa finalmente cualquier cosa, incluso las universalísimas  leyes dictadas por la Razón Práctica asentada en el señor Eichmann,  perfectamente consonantes con las del Tercer Reich:
.
"Pero nadie le creyó. El fiscal no le creyó por razones profesionales, es decir, porque su deber era no creerle. La defensa hizo caso omiso de estas declaraciones porque, a diferencia de su cliente, no estaba interesada en problemas de conciencia. Y los jueces tampoco le creyeron, porque eran demasiado honestos, o quizá estaban demasiado convencidos de los conceptos que forman la base de su ministerio [afortunadamente nada kantianos: por ejemplo le recordaban el precepto sagrado de no matar], para admitir que una persona «normal», que no era un débil mental, ni un cínico, ni un doctrinario, fuese totalmente incapaz de distinguir el bien del mal. Los jueces prefirieron concluir, basándose en ocasionales falsedades del acusado, que se encontraban ante un embustero, y con ello no abordaron la mayor dificultad moral, e incluso jurídica, del caso. [y Hannah Arendt, que cuando no lo llama estúpido lo llama payaso, por lo que se ve,  tampoco]

"En consecuencia, siempre que los jueces, en el curso del interrogatorio, intentaban apelar a su conciencia, se encontraban con su «satisfacción» y se sentían indignados y desconcertados al darse cuenta de que el acusado tenía a su disposición un cliché de «satisfacción» para cada período de su vida y para cada una de sus actividades."
.
Y aqui os dejo, para terminar, un par de párrafos espeluznantes, como éste tan tremendo en el que Arendt se dedica simplemente a ironizar sobre ese concepto de "idealismo" en el que no cabe el hombre de negocios, obviando el tema. Un tema , el del idealismo, que ella, estudiosa de los totalitarismos de toda especie, sabe que es fundamental, pero que aquí, con el nombre de Kant flotando por la sala, da la impresión de eludir:
.
" Sus primeros contactos personales con agentes judíos, todos ellos conocidos sionistas desde antiguo, fueron plenamente satisfactorios. Eichmann explicó que la razón en cuya virtud quedó fascinado por «el problema judío» fue, precisamente , su propio «idealismo». Estos judíos, a diferencia de los «asimilacionistas», a quienes siempre despreció, y a diferencia también de los judíos ortodoxos, que le aburrían, eran «idealistas », igual que él. Según Eichmann, un «idealista» no era simplemente un hombre que creyera en una idea, o alguien que no aceptara el soborno, o no se alzara con los fondos públicos, aun cuando estas cualidades debían forzosamente concurrir en los «idealistas». Para Eichmann, el «idealista» era el hombre que vivía para su idea —en consecuencia, un hombre de negocios no podía ser un «idealista»— y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea. Cuando, en el curso del interrogatorio policial, dijo que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso de que se lo hubieran ordenado, no pretendía solamente resaltar hasta qué punto estaba obligado a obedecer las órdenes que se le daban, y hasta qué punto las cumplía a gusto, sino que también quiso indicar el gran «idealista» que él era. Igual que el resto de los humanos, el perfecto idealista tenía también sus sentimientos personales y experimentaba sus propias emociones, pero, a diferencia de aquellos, jamás permitía que obstaculizaran su actuación, en el caso de que contradijeran la «idea». El más grande idealista que Eichmann tuvo ocasión de tratar entre los judíos fue el doctor Rudolf Kastner (...) con quien acordó que él -Eichmann- permitiría la «ilegal» partida de unos cuantos miles de judíos a Palestina (los trenes en que se fueron iban protegidos por policías alemanes), todos ellos personas destacadas y miembros de las organizaciones sionistas juveniles, a cambio de que hubiera «paz y orden» en los campos de concentración desde los cuales cientos de miles de judíos fueron enviados a Auschwitz. (...) A juicio de Eichmann, el doctor Kastner había sacrificado a sus hermanos de raza en aras a su «idea», tal como debía ser."
.
O este, no menos espeluznante y perfecto ejemplo de rigorismo moral kantiano, en el que Hannah Arendt, por una vez, concede en parte:
"Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del «hombre sin importancia» alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones. En Jerusalén, Eichmann reconoció haber hecho dos excepciones. Durante aquel período en que cada alemán, de los ochenta millones que formaban la población, tenía su «judío decente», Eichmann prestó ayuda a un primo suyo medio judío y a un matrimonio judío de Viena, en cuyo favor había intercedido su tío. Incluso en Jerusalén, estas desviaciones le hacían sentirse un tanto descontento de sí mismo, y cuando en el curso de las repreguntas le interrogaron al respecto, Eichmann adoptó una actitud de franco arrepentimiento y dijo que había «confesado sus pecados» a sus superiores. Esta impersonal actitud en el cumplimiento de sus asesinos deberes condenó a Eichmann ante sus jueces, mucho más que cualquier otra cosa, lo cual es muy comprensible, pero según él esto era precisamente lo que le justificaba, tal como anteriormente había sido lo que acalló el último eco de la voz de su conciencia. No, no hacía excepciones. Y esto demostraba que «siempre había actuado contra sus inclinaciones», fuesen sentimentales, fuesen interesadas. En todo caso, él siempre cumplió con su deber."
.
Y a la próxima termino con Michel Onfray. De verdad, porque  esto -el libro de Arendt ( imprescindible con todo  y tremendamente revelador) más la sombra alargada de Kant- es un descenso a todos los infiernos terrenales que me tiene alterado el equilibrio mental. M. Onfray, autor de El sueño de Eichmann. Un kantiano entre los nazis, es uno de los pocos filósofos, o contrafilósofo como se autodenomina, que le pone los puntos sobre las íes al intocable.  No del todo, porque Onfray, libertario, hedonista y ateo militante, se centra exclusivamente en la distinción entre moral privada y moral pública en Kant, pero algo es:  Kant necesita ser releído, dice,  Kant es peligroso.

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Edit.Lumen, 2003, traducc. Carlos Ribalta.
[O aquí completo: http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf  ]

01 julio 2013

...y la ley moral en mí (o el escándalo de Hannah Arendt) -1.

Bueno, vamos con doña Hannah Arendt y su admirado Kant, su intocable Kant, el del giro copernicano, el del  sapere aude (atrévete a saber) que nos sacará de la minoría de edad culpable, el que cierra la Crítica de la razón -pura- práctica con aquel sublime der bestirnte Himmel über mir und das moralische Gesetz in mir (el cielo estrellado sobre mí y la Ley moral en mí).

Muy bonito, desde luego, el cielo estrellado sobre todo, pero ¿de qué ley hablamos? ¿y de qué "en mí"?

Pues resulta que hablamos de la ley moral que el hombre se da a sí mismo, es decir, de una moral  autónoma (la autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional). Y hablamos de una moral que se funda en el mandato incondicional y absoluto de la razón,  que ése es  el "en mí" puro,  libre de las bajezas del "en mí" sospechoso, bajezas como el interés, las inclinaciones naturales, el deseo de felicidad, el sentimiento de placer, o la experiencia (Nada se hallará más pernicioso e indigno de un filósofo que la plebeya apelación a una supuesta experiencia en contra. Eso dice Kant: qué experiencia ni qué niño muerto, pedazo de plebeyos). Hablamos  de una moral que descansa en el obrar por el deber, para la que la conducta sólo es moral cuando la mueve el deber, y hablamos finalmente de una moral formal, sin contenidos o valores determinados,  pero que ofrece al hombre la regla infalible para discernir lo bueno y lo malo: "obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal". Resumiendo, hablamos de una moral que es imperativa y de un imperativo que es categórico, que no admite ni condiciones (ni "si...") ni objeciones (ni "pero...") y que blinda a la razón, garante absoluto de la moralidad, frente a la inclinación, subjetiva, relativa y, en suma, despreciable. Y todo esto es muy importante, porque la piedad, por ejemplo, o la compasión, o el malestar ante el dolor causado, quedan de ese lado de la inclinación y la arbitrariedad  que se tacha de un plumazo: "Nada hay que esperar de la inclinación del hombre, sino todo de la suprema fuerza de la ley y del debido respeto a ella".

La ética kantiana ha sido largamente criticada desde el propio campo filosófico y desde el mero y bendito sentido común: B.Constant la acusa de hacer imposible la vida social, Hegel de apriorismo, Schopenhauer de logicismo y de ser más ineficaz que una jeringa para apagar un incendio, Nietzsche de crueldad, Scheler y Hartmann de falta del elemento esencial de la moral que es su contenido material, Péguy de tener las manos limpias pero no tener manos... De todas ellas, quizá la crítica más conocida, en este caso al rigorismo, es la del epigrama de Schiller: "Gustoso vine en ayuda de mis amigos, lástima que lo hice por inclinación y me recome el escrúpulo de que no fui virtuoso. No me queda más remedio que despreciarlos y hacer con asco lo que manda el deber".  Un epigrama que parecería menos simpático y más terrible si, diciendo lo mismo en el fondo, comenzara de esta otra forma: "con disgusto ignoré  las súplicas de mis amigos, suerte que vencí la inclinación y fui virtuoso. No me queda más remedio que etc."
Precisamente a ese "con disgusto ignoré las súplicas de mis amigos..." volveremos un poco más adelante.

Con todo, a Kant se le sigue considerando la más alta cumbre del pensamiento moral occidental, el esfuerzo más loable por fundamentar racionalmente la conducta moral, por entregar a los hombres "el claro y sencillo compás" con el que discernir el bien y el mal. No hay Departamento de Filosofía, ni filósofo diría, que no tenga un altarcito para Kant. Hasta los más renuentes luchan con él como Jacob con su ángel. No se sale de Kant indemne. Aunque se le abandone por la fenomenología como Hannah Arendt, o por el raciovitalismo como Ortega, la fascinación y las secuelas perduran: ahí está, por ejemplo, el "pensar esencialmente es transformar" de Ortega, o el escándalo de Hannah Arendt cuando, enviada por el New Yorker en 1961 para cubrir el proceso de Eichmann, detenido en Argentina y conducido a Jerusalén para ser juzgado -más bien para ser ejecutado, como se desprende del informe de Arendt-, le escucha decir que toda su vida, que todos sus actos,  se han regido por los principios de la moral kantiana (*)

¿Cómo es posible? ¿Kant en boca de un asesino de masas? Y doña Hannah, que durante todo el proceso hace gala de una objetividad, de una falta de prejuicios, de un deseo de comprender y una capacidad de reconstruir el escenario social y moral que hizo posible todo aquel horror, que resultan dignos de la mayor admiración, ante esa declaración frena en seco y simplemente se escandaliza, se indigna,  por ahí sí que no paso, parece decirse, y concluye que Eichmann, de quien poco antes había comentado que no era nada tonto, es una pobre mente limitada incapaz de entender a Kant.

(Continuará, que ya va muy largo)

* Hannah Arendt, Eichmann y el Holocausto, Edit.Taurus-Great Ideas, sept.2012, traducc. Carlos Ribalta (el librito, hecho a base de extractos, no respeta la estructura en capítulos y al final resulta más tocho que la obra completa. Tampoco recoge los pasajes kantianos)
* El libro completo, editado por Lumen  en traducción asimismo de Carlos Ribalta,  podéis leerlo aquí:
http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf

19 junio 2012

La filantropía moderna

Quant à la bonté générale, tant prônée aujourd’hui, elle indique davantage la haine des riches que l’amour des pauvres. Car la philanthropie moderne exprime trop souvent une prétendue bienveillance avec les formes propres à la rage ou à l’envie.

[Por lo que se refiere a la bondad general, tan pregonada hoy en día,  es indicio más bien del odio a los ricos,  que del amor a los pobres. Por ello, la filantropía moderna expresa demasiado a menudo su presunta benevolencia mediante las formas propias de la rabia o la envidia]

Auguste Comte, Catéchisme positiviste, 1852, p. 24.

19 mayo 2012

El mal del siglo

El paciente:
—Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo... el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano... un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis...
El médico:
—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!...
[EL MAL DEL SIGLO. José Asunción Silva]

 Qué perfecto cuadro médico: la descripción de los síntomas, los remedios absurdos, el diagnóstico disparatado, y la enfermedad envolviéndolo todo, sin salida, sin solución.  El mismo mal del siglo: el desengaño, la desesperanza, el sinsentido, en el paciente y en el médico,  en el que plantea el problema y en el que busca el remedio, en el desalentado y en el higienista, en el intelectual y en el hombre práctico. Y ese sigue siendo nuestro panorama. El mal del siglo, que ya lo era en el XIX, campa a sus anchas dos siglos después.
 Y qué gran poeta J. Asunción Silva,  qué  jocoso y a la vez qué grave  verso final, con ese 'hambre' que, tras quitarse la vida de un tiro a los 31 años,  se queda sonando en el oído como una confesión. El diagnóstico del médico, tan aparentemente despistado, es la clave del poema: lo que se tiene es hambre. Hambre, de algo más que de lentejas, es el mal del siglo:  hambre de un alimento que el mismo siglo ha proscrito y convertido en alimento vergonzante.
El consuelo de los débiles, dijo el siglo, el autoengaño del simple, el opio del pueblo... y el pueblo cayó en la trampa, la de siempre, la de suponer la inocencia del acusador.  Basta decir "no necesito vuestras mentiras, propias de esclavos y de la minoría de edad; los mayores de edad  no creemos en nada salvo en nuestras ocurrencias" para quedar revestido de un halo de inteligente superioridad. Oh, y luego está el prestigio del desengaño,  el del desencanto, la desconfianza, la desesperanza y la larga lista de des..., de manera que la verdad tachada de engaño por cualquier desengañado inmediatamente pierde brillo y fuerza de convicción.  ¿Y cómo preferir la verdad sin prestigio al disparate prestigioso? ¿Quién quiere ser un idiota (no en vano tituló así su novela Dostoievski), un pobre infeliz agarrado a una verdad que el siglo ha declarado sospechosa,  cuando de una patada puede reconvertirse en un superhombre,  sin "frívola esperanza", sin "infame resignación"? .
Llamaron opio al alimento verdadero, al maná para atravesar los desiertos, y llamaron  fantasía a la verdad que consuela, por consolar: ese fue el desenlace del giro copernicano, la ocurrencia genial, la madre del mal del siglo. El consuelo y el maná son la causa de vuestros males, dijeron las lumbreras del siglo. Armados con sus luces de corto alcance, sus acusaciones y sus sospechas, dejaron a los débiles -¿y dónde está el que no lo sea?-  sin consuelo y sin alimento. Desde entonces la famélica legión, cada vez más famélica y más innumerable, se muere de todas las hambres.
Sólo un detalle desencaja en el poema, y es que ellos,  los prestigiosos descreídos, los muy ostentosamente desencantados, los aficionados a "filosofeggiare" sobre la nada  -contaminata  dal progresso e dall'eccessivo filosofeggiare, consideraba su época el torturado y  filosofeggiante Leopardi-  no buscan cura, nunca se confesarían hambrientos como el poeta. Militantes del desengaño, satisfechos en su  insatisfacción,  no parecen sentir la menor necesidad de un médico. Tampoco son capaces de preguntarse si podría ser, si al menos hipotéticamente podría ser,  que el engaño no fuera tal engaño, que el engaño y la debilidad, la misma del anoréxico que se revuelve contra el alimento, estuvieran de su lado. Y tengo que recordarme, cuando  los veo así,  hambrientos orgullosos de su triste estampa y venga y dale y siempre con el mismo cuento, que siguen siendo famélica legión, engreída y famélica legión, tan víctimas del mal del siglo como yo lo fui, como a ratos lo sigo siendo.

10 febrero 2012

Del inevitable desencuentro (O día triste/día alegre). Test.

TEST: ¿Es usted "de izquierdas", "de derechas", o "de centro con simpatías" ? (También cabe la opción: " hasta el gorro de los unos y los otros").

1. Lea, por favor, el siguiente poema:

Firma Pilatos la que juzga ajena
Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
¿Quién creerá que firmando ajena muerte
El mismo juez en ella se condena?

La ambición de sí tanto le enajena
Que con el vil temor ciego no advierte
Que carga sobre sí la infausta suerte,
Quien al Justo sentencia a injusta pena.

Jueces del mundo, detened la mano,
Aún no firméis, mirad si son violencias
Las que os pueden mover de odio inhumano;

Examinad primero las conciencias,
Mirad no haga el Juez recto y soberano
Que en la ajena firméis vuestras sentencias.
(Sor Juana Inés de La Cruz)

2. Una vez leído, responda a la pregunta: Al hilo de los últimos acontecimientos judiciales ¿En quién o quiénes pensaría usted al leer "Pilatos"? ¿En quién o quiénes leyendo "ambición de sí", "injusta pena"? ¿quiénes los jueces del mundo que deben examinar la conciencia y no hacer violencia movidos de odio inhumano? La pregunta por el Justo no procede porque Justo con mayúscula sólo hay uno.

3. Para confirmar el diagnóstico, puede completar el test leyendo este otro texto:

...
Quizá yo, tras el Cáucaso erguido,
esconderme podré de los tiranos,
de su ojo que todo lo registra,
de su oído que nada escucha en vano.
(Mihail Lermontov)

4. ¿Le parece oportuna la descripción del "tirano", una exageración caucasiana, o piensa que depende de a quién pertenezcan el ojo y el oído...? ¿Le parece a usted extrapolable al caso, no hace falta decir cuál, que una vez más nos divide, o no se lo parece en absoluto?

5. El resultado, usted mismo.

--

29 septiembre 2010

La teología que es hoy "pequeña y fea"

-I.-"Es notorio que ha existido, según se dice, un autómata construido de tal manera que resultaba capaz de replicar a cada jugada de un ajedrecista con otra jugada contraria que le aseguraba ganar la partida. Un muñeco trajeado a la turca, en la boca una pipa de narguile, se sentaba al tablero apoyado sobre una mesa espaciosa. Un sistema de espejos despertaba la ilusión de que esta mesa era transparente por todos sus lados. En realidad se sentaba dentro un enano jorobado que era un maestro en el juego del ajedrez y que guiaba mediante hilos la mano del muñeco. Podemos imaginarnos un equivalente de este aparato en la filosofía. Siempre tendrá que ganar el muñeco que llamamos «materialismo histórico». Podrá habérsela -sin más ni más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología que, como es sabido, es hoy pequeña y fea y no debe dejarse ver en modo alguno."
-
-II. "El cronista que narra los acontecimientos sin distinguir entre los grandes y los pequeños, da cuenta de una verdad: que nada de lo que una vez haya acontecido ha de darse por perdido para la historia. Por cierto, que sólo a la humanidad redimida le cabe por completo en suerte su pasado. Lo cual quiere decir: sólo para la humanidad redimida se ha hecho su pasado citable en cada uno de sus momentos. Cada uno de los instantes vividos se convierte en una cita à l'ordre du jour, pero precisamente del día final."

-IX. "Tengo las alas prontas para alzarme, /Con gusto vuelvo atrás,/ Porque de seguir siendo tiempo vivo, /Tendría poca suerte. Gerhard Scholem: Gruss vom Angelus.Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y este deberá ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán le empuja irrefrenablemente hacia el futuro, al cual da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Ese huracán es lo que nosotros llamamos progreso."

WALTER BENJAMIN, Tesis de filosofía de la historia . El texto y la viñeta están tomados de la página de Enrique Eskenazi: http://homepage.mac.com/eeskenazi/filosofia.htm
[Acaban de cumplirse setenta años desde la muerte de W.Benjamin en circunstancias no muy claras en Port-Bou, la noche del 26 al 27 de septiembre de 1940, después de que le negaran la autorización para entrar en España. Benjamin debía tomar un barco en Lisboa con destino a los Estados Unidos, desde donde lo reclamaban sus amigos Adorno y Horkheimer huidos con prudencia tiempo atrás.
Según cuentan quienes lo acompañaron en el camino a pie hasta Port-Bou, su mayor preocupación era la de salvar un grueso manuscrito con su último trabajo, el que le retuvo en París cuando aún le hubiera sido posible salvarse. El destino de esa inseparable cartera negra de mano que protegía más que a su vida, sigue siendo un misterio. Según el acta levantada por el juez, las pertenencias del Sr.W.B. eran una maleta de piel, un reloj de oro, una pipa, un pasaporte expedido en Francia por el American Foreign Service, seis fotografías tamaño carné, una radiografía, unas gafas, diversas cartas, unos cuantos papeles y algo de dinero. Con ese dinero pagó escrupulosamente la cuenta de la pensión en la que murió y su enterramiento. No dejó deudas.
No hay un ángel de la Historia y Benjamin lo sabía. Los ángeles visitan a los que en ella viven, acompañan sus historias, y se los oye o se los desoye. Quizá su ángel, el de su historia, lo animaba a abandonar la biblioteca en la que tomaba notas y a escuchar la llamada de sus amigos cuando todo era posible. Quizá entre los montones de notas decía: "¡Ahora!"
Es sabido que los ángeles no se dejan empujar por los vientos de la tierra y nunca vuelan de espaldas. Los ángeles guían, caminan hacia delante y saben siempre a dónde van. La Historia marcha sin ángel, desbocada y terrible, sin la menor idea de hacia dónde va, y ni siquiera de por dónde vino. Eso es lo que Benjamin sabía, que sólo Dios sabe, y que todas y cada una de las innumerables pequeñas historias, las únicas que los ángeles velan, serán tenidas en cuenta. En Port-Bou, en medio del huracán, no estaba el ángel de la Historia, sólo estaba Benjamin enredado. Seguramente, cuando redactababa sus tesis contra el materialismo dialéctico -aquella visión de la Historia como apisonadora, rodando imparable y omnisciente rumbo a la sociedad sin clases-, no imaginó que ese texto, la novena de las tesis, podría leerse un día como una premonición, como la descripción de sus últimas horas. El cuadro de Klee, el que tanto le gustaba y arrastraba de casa en casa, puede ser visto entonces - y estremece verlo así- como su propio retrato. Qué lástima de vida. Tenía cuarenta y ocho años.]

13 julio 2010

Racionalismo, hipertrofia estatal y fobia del espesor

[Mi querido "blogueiro" Fernando, del recomendabilísimo Blog "O equilíbrio e a harmonia" dedicado en exclusiva a la obra de G.Thibon, entre los fastuosos documentos que no sé cómo localiza en la red y tiene la generosidad de enviarme (Por ejemplo el prefacio de T.S.Eliot a la edición inglesa de L'Enracinement de S.Weil, que colgaré en cuanto lo tenga traducido), me manda un pdf con el magnífico texto de R.Gambra que a continuación extracto, publicado como Epílogo a los "Diagnósticos de fisiología social" de Thibon. El epílogo se abre con estas palabras de Bonald que Gambra aplica al autor y le son de perfecta aplicación a él mismo: “Los hombres que por sus sentimientos pertencen al pasado y por su pensamiento al porvenir hallan difícilmente hueco en el presente”. Muito obrigada, F.]

"Durante dos siglos sopló sobre esta civilización llamada occidental o cristiana el viento del racionalismo, el designio de ajustar la vida de los hombres y de los pueblos a los dictados de la razón especulativa. El apogeo de esta eclosión racionalista correspondió al siglo XVIII, que alguien ha llamado “el siglo verdaderamente amotinado contra Dios”; el XIX fué su prolongación, y nuestra época, su menguante o retorno. Pero los efectos sobre el cuerpo social de esta profunda perturbación histórica es ahora precisamente cuando llegan a su fondo o límite, situación de la que, por desgracia, no es tan posible el retorno como en el mundo de las puras ideas individuales.
El espíritu racionalista ha hipertrofiado monstruosamente en la sociedad el papel del Poder público, a la vez que ha borrado el carácter personal o concreto que en otro tiempo tuvo, y, con él, sus límites o fronteras. (...) Los hombres, frente a este poder totalizador e impersonal, pierden el sentido de iniciativa y de responsabilidad, el amor a su trabajo y los sanos códigos del honor que regían las relaciones de unos con otros. “Así se realiza la síntesis de la opresión y de la corrupción; la vida se hace dura y, a la vez, malsana.” El crecimiento continuo del poder y de sus medios de opresión y de control resultarían perpetuamente insuficientes para restablecer el orden que no rige ya las conciencias...
Otro autor francés de hoy —Bertrand de Jouvenel— ha descrito en una obra impresionante —Du Pouvoir— el crecimiento ya ilimitado del Poder en la época moderna. Las páginas que preceden de Gustave Thibon describen la otra cara de esta eclosión racionalista: sus efectos sobre la sociedad misma, sobre las actitudes y las relaciones sociales. (...)
El moderno Estado racionalista, absorbiendo o destruyendo la vida de los ambientes y de las instituciones históricas, apoyándose siempre en el individuo-ciudadano, ha destruido las costumbres vigorosas, los espontáneos imperativos de convivencia, y se ha convertido en organizador o “planificador” de la sociedad.
La moral, actuante todavía por vía religiosa en muchas conciencias, viene a resultar ineficaz socialmente cuando actúa dentro de un medio sin costumbres donde, para cada decisión, habría de exigírselo todo a la voluntad individual y a la consciente influencia de los principios éticos... Y cuando la moral deja de ser socialmente actuante por no hallarse encarnada en costumbres ni sostenida por ellas, tiene que ser la legislación positiva la que ocupe su lugar como reguladora del orden social. Una legislación cada vez más minuciosa, más opresiva, más caprichosa y cambiante.
Para la mentalidad racionalista, y para su consecuencia, que es el estatismo socialista, las reservas vitales de la sociedad, las creencias y la sólidas costumbres que engendraron una humana y estable convivencia,son “prejuicios inmovilizadores”, “fantasmas del pasado” o “rémoras del progreso”. El socialismo, nos ha dicho profundamente Thibon, tiene la fobia del espesor. Su ideal es el de una sociedad fútil y vertiginosa, de apariencias brillantes, geométricamente planeada, centralmente manipulada: una sociedad de espíritus dóciles y triviales, de mentes ágiles e inestables, exentas de convicciones y de imperativos profundos. . .
Quizá nuestro país sea, contra lo que se cree, uno de aquellos en que el progreso del estatismo y la pérdida de las costumbres y resortes internos de convivencia han ido más lejos. La fe, todavia viva en muchos espíritus, palía en parte los efectos de este fenómeno de “erosión” social e institucional. Pero si se juzga por la total ausencia de costumbres colectivas y locales, por el número de disposiciones oficiales que son diariamente necesarias a la regulación social... cabría concluir que es el país del Occidente donde el progreso de individualismo y de trivialización de los espíritus se ha operado con mayor intensidad. (...)

...tanto en el origen de las buenas costumbres como en el de las vigorosas instituciones se encuentra la permanencia o estabilidad de hombres y de ambientes, sin cuyo concurso nada es posible en el mundo de las creaciones sociales. Esto engendró en el hombre de todos los tiempos el espíritu sanamente conservador, que es nota común a todas las sociedades históricas...Para el español o el francés del siglo XVI cualquier cosa era buena o conveniente en tanto que era ”costumbre antigua”o porque “fue fundada por los antepasados y se practica de tiempo prescrito e inmemorial”. En cambio, las "novedades" o "alteraciones" eran universalmente reputadas por inconvenientes o sinónimos de desorden... el parte militar normal o satisfactorio consiste, como es sabido, en negar acaecimiento de novedad. (...) Ese espíritu sanamente conservador ha sido extirpado de las mentes y de los corazones. La actitud humana, individual y colectiva, es hoy la diametralmente opuesta a ese sentimiento, y en esto radica quizá la más profunda raíz patológica de la sociedad contemporánea. Las palabras nimbadas de atractivo son hoy para todos los espíritus las de “nuevo” o “revolucionario”. El cambio es acogido y festejado por el hecho de ser cambio. El pasado, la continuidad y la costumbre han dejado de evocar para las mentes actuales valor alguno de respetabilidad o de legítimo orgullo. (...)

En una sociedad sin costumbres ni instituciones, a merced del absolutismo estatal, desarraigado de las almas el espíritu de estabilidad y conservación, sin un poder respetable capaz de re-crear el arraigo institucional, ¿habremos de ver ya al hombre moderno, como dice Chevallier, cogido definitivamente en su propia trampa? "

Rafael Gambra, Epílogo del libro de G.Thibon, Diagnósticos de fisiología social, Editora Nacional, Madrid, 1958.

08 junio 2010

El progreso de la humanidad, Horacio y el Eclesiastés.

-
LUPERCIO LEONARDO DE ARGENSOLA
(ODA VI HORACIO, A LOS ROMANOS)

Las vueltas de los cielos
Todo lo disminuyen: muy mejores
Fueron nuestros abuelos
Que nuestros padres; somos muy peores;
De nosotros se espera
Sucesión que en maldades nos prefiera.

Horacio, Odas, Libro III, 6 : ... damnosa quid non imminuit dies?/aetas parentum peior avis tulit /nos nequiores, mox daturos /-progeniem vitiosiorem.
(...¿Por qué no cambian /estos penosos tiempos? Los paternos,/peores ya que los de nuestro abuelo,/malos nos parieron y autores/ de descendientes aún más viciosos. En traducc. de M.Fernández Galiano y V. Cristóbal, Edit. Cátedra- Letras Universales)


[10.06.2010. Bueno, pues ya que ninguno de mis no-lectores, ni de las tres almas caritativas que pasan por aquí de vez en cuando, se pronuncia - y mira que la cita es fuerte, paso a hacerlo mismamente yo.
Demasiado negro ¿no? Frente al mito del perpetuo progreso, el del perpetuo retroceso, los dos a cual peor. Entre el uno y el otro, sin embargo, lo único que nos consta es el vaivén, ese maravilloso mecerse del Eclesiastés: "Un tiempo para demoler y un tiempo para edificar, un tiempo para llorar y un tiempo para reir... un tiempo para guardar y un tiempo para tirar... Lo que es, ya fue antes; lo que ha de ser, ya existió". Es un alivio, sobre todo pensando en nuestros pobres y difícilmente más viciosos descendientes]

09 abril 2010

Una hernia estrangulada

_
« Je sens contre la bêtise de mon époque des flots de haine qui m'étouffent. Il me monte de la merde à la bouche, comme dans les hernies étranglées. Mais je veux la garder, la figer, la durcir. J'en veux faire une pâte dont je barbouillerais le XIXe siècle, comme on dore de bougée de vache les pagodes indiennes. »

[Siento contra la estupidez de mi época oleadas de odio que me asfixian. Se me sube la mierda a la boca, como en las hernias estranguladas. Pero quiero conservarla, congelarla, endurecerla. Quiero convertirla en una masa con la que embadurnaré el siglo XIX, como se doran con boñiga de vaca las pagodas indias]
-
Gustave Flaubert . Carta a Louis Bouilhet, 30 septiembre 1855.

15 marzo 2010

"In nomine suo"

--
"El hombre prevaricador y caído no ha sido hecho para la verdad, ni la verdad para el hombre prevaricador y caído... el hombre, desde que se rebeló contra su Dios, no consiente otra soberanía sino la suya propia... Por eso, cuando la verdad se pone delante de sus ojos, luego al punto comienza por negarla... Si la vence, la crucifica; si es vencido, huye; huyendo cree huir de su servidumbre, y crucificándola cree crucificar a su tirano.
Por el contrario, entre la razón humana y lo absurdo hay una afinidad secreta, un parentesco estrechísimo... su voluntad lo acepta porque es hijo de su entendimiento, su propio verbo; porque es testimonio vivo de su potencia creadora: en el acto de creación el hombre es a su manera Dios y se llama Dios a sí propio. ¿Qué importa que el otro sea el Dios de la verdad, si él es el Dios de lo absurdo?"

***
"Vosotros los que aspiráis a sojuzgar a las gentes, a dominar en las naciones y a ejercer un imperio sobre la raza humana, no os anunciéis como depositarios de verdades clarísimas y evidentes... porque jamás el mundo os reconocerá por señores, antes se rebelará contra el yugo brutal de vuestra evidencia. Anunciad, por el contrario... que vais a demostrar que dos y dos no hacen cuatro, sino cinco; que Dios no existe o que el hombre es Dios; que la sabiduría de los siglos no es otra cosa sino pura ignorancia; ... que lo hermoso es feo, que lo feo es hermosísimo; que el bien es mal, y el mal es bien... que fuera de este mundo no hay infierno ni paraíso; que el mundo que habitamos es un infierno presente y un paraíso futuro; que la libertad, la igualdad y la fraternidad son dogmas incompatibles con la superstición cristiana; que el robo es un derecho imprescriptible, y que la propiedad es un robo... y estad ciertos de que, con este solo anuncio, el mundo, maravillado de vuestra sabiduría y fascinado por vuestra ciencia, pondrá a vuestras palabras un oído atento y reverente. Si al buen sentido, de que habéis dado larga muestra anunciando la demostración de todas estas cosas, añadís después el buen sentido de no demostrarlas de ninguna manera, entonces el género humano os pondrá sobre los cuernos de la luna. (...)"

***
"Yo no sé si hay algo debajo del sol más vil y despreciable que el género humano fuera de las vías católicas.
... Los primeros idólatras salen apenas de la mano de Dios, cuando dan consigo en la de los tiranos babilónicos. El paganismo antiguo va rodando... de sofista en sofista y de tirano en tirano, hasta caer en la mano de Calígula, monstruo horrendo y afrentoso con formas humanas y apetitos bestiales. El moderno comienza por adorarse a sí propio en una prostituta, para derribarse a los pies de Marat, el tirano cínico y sangriento, y a los de Robespierre, encarnación suprema de la vanidad humana con sus instintos inexorables y feroces. El novísimo va a caer en un abismo más hondo y más oscuro; tal vez se remueve ya en el cieno de las cloacas sociales el que ha de ajustar a su cerviz el yugo de sus impúdicas y feroces insolencias. (...)"

***
"Ego veni in nomine Patris mei, et non accipitis me: si alius venerit in nomine suo, illum accipietis (Io 5,43). En estas palabras está anunciando el triunfo natural del error sobre la verdad, del mal sobre el bien."

-Juan Donoso Cortés, Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo, Libro primero, cap. V-VI.

["El novísimo va a caer en un abismo más hondo y más oscuro...", dice Donoso en 1851. ¿Cómo lo sabía?
Mucho se ha hablado de las cualidades proféticas de Donoso Cortés, las mismas cualidades que le serán adjudicadas más tarde a Léon Bloy, otro profeta del abismo: "¿Cómo lo sabía?", le preguntaban los combatientes que consiguieron volver a casa, como muertos ambulantes, tras la guerra del 14. "¿Cómo lo sabían?", se podrían preguntar tantas víctimas y supervivientes de los sucesivos abismos que en el mundo han sido y son.
Donoso, que, al igual que Bloy, negaba su condición de profeta (cosa natural en tiempos en que el mismo Jeremías habría sido tenido por charlatán de parque o ingresado a la fuerza en un manicomio), explicaba con estas palabras el "cómo" de ese saber: "Para anunciar estas cosas no necesito ser profeta. Me basta considerar el conjunto pavoroso de los acontecimientos humanos desde su único punto de vista verdadero: desde las alturas católicas". Las mismas alturas desde las que se compadecía Léon Bloy por "ese pobre rebaño que muere de sed a orillas de los ríos del Paraíso"]

27 enero 2010

La cinta transportadora

-
Gombrowicz captó en Ferdydurke el giro fundamental que se produjo durante el siglo XX: hasta entonces, la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo; ahora bien, la aceleración de la Historia tuvo consecuencias: mientras que, antaño, el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, llegó el momento en que, de repente, empezó a sentir que la Historia se movía bajo sus pies, como una cinta transportadora: ¡el statu quo se ponía en movimiento! ¡De golpe, estar de acuerdo con el statu quo fue lo mismo que estar de acuerdo con la Historia que se mueve! ¡Al fin se pudo ser a la vez progresista y conformista, bienpensante y rebelde! Acusado de reaccionario por Sartre y los suyos, Camus dio la célebre réplica a los que han "colocado su sillón en el sentido de la Historia".
Milan Kundera, El Telón. Ensayo en siete partes, Tusquets Editores, Barcelona, 2005. Traducc. Beatriz de Moura.


[A raíz de la publicación de L’homme révolté de Camus en 1951, y de la durísima reseña -que Camus atribuyó siempre a Sartre- publicada en la revista Les Temps Modernes, se desencadenó una sonada polémica entre ambos por sus ideas enfrentadas acerca de la historia y la acción revolucionaria, salpicada de bonitos insultos y descalificaciones personales, especialmente por parte del filósofo (como cuando, lleno de jactancia, acusaba a Camus de incompetencia filosófica, de haber cursado estudios de segunda fila en Argel, o de mirar la historia con desconfianza, "como nena que roza el agua con la punta del pie y pregunta ¿está muy caliente?”).
En L'homme révolté Camus responsabilizaba, por una parte al antihistoricismo, representado por Saint-Just, discípulo de Rousseau, y por otra parte al historicismo que bebe en la idea hegeliana de la historia, de haber ensangrentado la historia moderna desde 1789 hasta nuestros tiempos, al justificar el terror y el crimen en aras de la idea.
Con esa tendencia tan propia de las izquierdas a responder a los argumentos caricaturizando al argumentador, la reseña de la obra de Camus, firmada por un colaborador de Sartre, sostenía que, para Camus -"que equiparaba la entrada en el reino de la Historia con la adquisición de un pasaje al terror y al nihilismo"- la única sabiduría posible sería la de instalarse en el statu quo. Camus respondió agradeciendo las “lecciones de eficacia… por parte de censores que no han puesto nunca en el sentido de la historia más que su conocido sillón”.]

21 enero 2010

Pobre barquilla mía

-
“Yo he descubierto una gran verdad –dice el patriarca de Citadelle(1)-: que los hombres habitan…”

El hombre, aunque razone, no vive en lo universal, sino que habita en lo concreto, y sólo a partir de lo concreto razona. Precisamente porque él mismo es individual y personal, crea lo concreto determinado y en ello se alberga y protege. (…)

Nadie más abandonado en un mundo sin límites, de temibles elementos, que el navegante en alta mar. Se enfrenta, sin embargo, con el océano infinito en la pequeña construcción de su navío, que es para él albergue y orden de sus días. Una vez dentro de él, apenas ve ya el mar, o, si lo ve, le parece sólo el fondo o decoración de su nave, algo hecho para sostenerlo o transportarlo. La inmensidad del mar es entonces campo de su tarea, o camino que recorrer para el navío, es decir, para el pequeño mundo de sentido que el hombre se ha construido a fin de albergarse y realizar su obra. Es la misma verdad que expresó la Gestalt-Psichologie sobre la incapacidad perceptiva del hombre si no es a partir de una previa captación de formas dotadas de unidad y sentido. (…)

El rito alberga al hombre en el tiempo, como la casa lo alberga en el espacio, y le otorga su bien más preciado: el sentido temporal de las cosas, en cuya virtud no se pierde la vida en la incoherencia y el hastío. “Porque es bueno que el tiempo que corre no nos produzca la impresión de algo que nos gasta y que nos pierde, sino de algo que nos realiza y nos madura. Es bueno que el tiempo sea una construcción. Así puedo yo marchar de fiesta en fiesta, de santo en santo, de vendimia en vendimia, como marchaba de niño de la sala de consejos a la sala de reposo en el palacio de mi padre, donde cada paso tenía su sentido”.

La solemnidad es compañera natural del rito, y lo preserva, y subraya su santificación en el correr del tiempo. Así la oración al comenzar la comida en común hace de ésta un rito familiar, respetable por sí mismo, distinto por completo de una función fisiológica regida sólo por normas de economía o de higiene. Así la oración del mediodía o de la puesta del sol, o el día dedicado al Señor… Así la solemnidad en el acto de administrar justicia o de enseñar en cátedra o de otorgar culto a Dios, por la que quienes lo ejercen se sienten ministros de algo más alto que ellos mismos. (…)

Por esto, aplicar al rito el método racional-finalista es esencialmente destructor. Pensar que, por motivos de utilidad o economía, se pueda trasladar al sábado el culto que a Dios se tributó siempre en domingo, creer que la voluntad organizadora de una autoridad humana puede sustituir por sí sola a la costumbre ritualizada, es ignorar la raíz sagrada, de aceptación y fidelidad, que constituye la esencia de todo orden humano concreto. Aplicado el escalpelo racional a la concreción de los ritos, ceden uno tras otro en su raíz fáctico-sagrada y, al cabo el mes que iba para el hombre de la Asunción a la Sanmiguelada, o de la Navidad a la Candelaria, se convierte en el mes “del quinto día”, mes sin domingos ni fisonomía de la Unión soviética, en el que cada cinco días descansa un grupo distinto de trabajadores para así, en la uniformidad del tiempo, “no interrumpir jamás la construcción del Socialismo”.

(1) Antoine de Saint-Exupéry, Citadelle.

Rafael Gambra, El Silencio de Dios, Editorial Prensa Española, Madrid, 1968

[Rafael Gambra, entre otras muchas cosas, era catedrático de Filosofía en el Instituto Lope de Vega de Madrid. En la década de los 70, durante tres años, los cursos de 5º, 6º y COU de aquel entonces, lo tuve como profesor. Mi padre, que lo conocía y lo admiraba, nos llevó a sus tres hijas al Lope de Vega para que no tuviéramos más remedio que sentarnos a escucharle dos horas por semana.
Vivíamos en la otra punta de la ciudad y tardaba cerca de una hora en llegar al Instituto, después de coger un autobús y el Metro. No me daba tiempo a ir a casa a mediodía y, cuando empezaban las clases de la tarde y mis compañeras volvían de la suya, repeinadas y oliendo a Azur, yo estaba descangallada y con el uniforme apestando a los fritos del bar del patio. Pero llegaba Gambra, subía a la tarima, abría el libro y se me olvidaba todo.
Una tarde al mes, le dejabamos papelitos cerrados en la mesa con los temas de los que nos gustaría hablar. Cogía uno al azar y empezaba la charla. Por más disparates que dijéramos, no se inmutaba. Al final, incomprensiblemente, estábamos de acuerdo. Nos enseñaba a pensar. Nos enseñaba a dialogar: a dialogar, sobre todo, con nosotros mismos, que es por donde conviene empezar los diálogos. Y nos vacunaba.
Entusiasmada con aquellas clases, decidí estudiar Filosofía. En la Facultad descubrí, tras una inmersión bautismal en formalismo kantiano, que la luz verdadera comenzaba en Hegel y que todo lo anterior era sólo edad oscura. Al primer pero te miraban malamente, la disidencia no estaba permitida: ya no se trataba de pensar, sino de aprenderse al dedillo el catecismo de la Nueva Era. Vacunada como iba, salí de allí maltrecha, pero viva.
El libro del que he extractado la entrada tiene una dedicatoria que dice: “A mi atenta y querida alumna C.B., en la esperanza de que guarde para sí algo de lo que este libro expresa”. Eso espero yo también.
Rafael Gambra murió en el año 2004. Por estas fechas de enero se celebró su funeral. Me quedé en la última fila, que era la mía. Dios lo tenga en su gloria.]