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23 marzo 2017

El eco más profundo (El padre del hijo pródigo. Charles Péguy)


"Entonces dijo: Un hombre tenía dos hijos"/ Y el que lo escucha por la centésima vez,/ Es como si fuese la primera vez/ Que lo escuchara (*) 

Creo que fue en el libro de H.J.Nouwen El regreso del hijo pródigo. Reflexiones ante un cuadro de Rembrandt (al que también pertenece el famoso comentario sobre las manos, una de padre y otra de madre, que abrazan al desmoronado personaje en el que -según dicen- se pintó a sí mismo Rembrandt), donde leí que a lo largo de la vida solemos identificarnos, primero con el hijo que malgasta la herencia y termina cuidando cerdos, y más tarde con su hermano. Pero, sostiene Nouwen, lo que finalmente nos propone la parábola es la identificación con el padre, el padre como modelo al que debemos tender.

Está bien visto, cambiar de enfoque siempre enriquece, pero la tesis de Nouwen, ese supuesto camino de perfección, no termina de convencerme. El buen samaritano sí es un claro modelo a imitar: "míralo -se nos propone-  haz lo mismo que él hizo y no pases de largo". El padre del hijo pródigo, sin embargo, es otra cosa. La fuerza  arrasadora de ese padre no creo que resida en su cualidad ejemplarizante. El descubrimiento de ese padre, que  ha cambiado vidas de un plumazo, tiene la fuerza de una revelación. No opera por la vía ejemplarizante, sino por la fulminante. Por eso, mientras la parábola del samaritano instruye, la del pródigo convierte: ... Pero sobre ésta centenares y millares de hombres han llorado (...) Sólo ella quizá ha quedado plantada en el corazón del impío/ Como un clavo de ternura...(*).  

Quizá  sólo esté justificando mi falta de avances identificativos, porque reconozco  que si Nouwen tiene razón, yo no progreso nada. Hace unos días volví a escuchar la parábola ... Y el que lo escucha por la centésima vez,/ Es como si fuese la primera vez...  Volví a imaginar las cábalas del hijo en el camino de vuelta, la miseria y la nostalgia que lo empujan a  ponerse en marcha,  la mezcla de alegría y vergüenza a medida que se acerca...  Y sí, las supuestas cábalas varían, el discurso que enhebra mientras anda, también, pero sigo en el lugar del pródigo, constantemente volviendo, sin pasar del primer grado.

El hermano, por lo demás, sigue sin parecerme un hermano. Lo cierto es que, empezando por Caín, no hay muchos buenos hermanos en las Escrituras.  A Esaú, muerto de hambre, su hermano Jacob no es capaz de ofrecerle ni un cacillo de lentejas gratis. Duele pensar en el hambre que el infeliz tendría para aceptar el trato, en su aborrecimiento por las lentejas cuando, calmada la necesidad, comprendiera lo que había hecho. Con el hijo de Jacob, José, sus otros diez hermanos llegaron aún más lejos: lo tiraron a un pozo, después lo vendieron. Y volviendo al hermano de la parábola... no creo que parecerse a él sea un gran adelanto, no me parece tan admirable que nunca se haya corrido una juerga con los amigos. Es más, te echas a temblar si piensas que el padre podría haber estado ausente, que incluso podría haber muerto. ¿Qué habría sido del pródigo, cómo lo habría recibido el hermano?  No es difícil hacerse una idea: suponiendo que lo hubiera admitido en casa, no habría pasado de los establos. Es lo que ocurre cuando la casa del padre pasa a ser la del hermano (y no es por señalar).  Es lo natural. Como natural seguiría siendo que, pasados unos días, para alivio de ese hermano, el recién llegado dijera adiós, hasta la vista y cogiera la puerta.

Sin embargo el padre... Aparece ese padre ("Y cuando aún estaba lejos lo vio su padre") y todo lo demás: los cerdos, las envidias, las herencias; los pozos, las traiciones, las lentejas... todo el resto pasa a ser historia  ("Y corrió y se echó sobre su cuello y le besó"). Su padre lo vio de lejos y echó a correr a su encuentro, nada más. Pocas cosas en la vida tan breves y tan fulminantes. Así es esta palabra, una palabra que acompaña,/ que sigue como un perro, / se la golpea pero sigue./Como un perro maltratado, que vuelve siempre,/ permanece fiel...(*) 

¿Quién podría identificarse con él?  Ni un reproche, ni una condición, ni siquiera un "te perdono". Pura alegría sin el menor recelo: no sufras, no me cuentes, no te angusties. Ya estás en casa.

No hay ninguna posibilidad de identificación, ese es el secreto de su fuerza arrasadora. Un hombre tenía dos hijos. De todas las palabras de Dios/ Esta ha despertado el eco más profundo (...) Un punto de eco único ...(*) 

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(*) Charles Péguy, El Pórtico del Misterio de la Segunda Virtud.

12 junio 2015

La gracia en el interior de la desgracia. Christian Bobin.


Un querido amigo de Asturias, al que aprovecho para dar nuevamente las gracias, sabiendo de mi querencia por Christian Bobin me envía este enlace a la revista digital Adiciones, que corro a compartir con vosotros. Además del documento enlazado, resumen de una entrevista radiofónica, podéis encontrar algunos textos más de Bobin -todos ellos traducidos por Teresa Campoamor- pinchando en la pestaña Colaboraciones.

Pues bien, buscando en la revista Esprit  el original del texto titulado "Lo ideal sería tener al mismo tiempo un alma contemplativa y guerrera" -un extracto de la entrevista realizada con ocasión de la publicación de  L'homme joie-, me encuentro con el párrafo que más abajo os copio, de final tan imposible de traducir como de olvidar.

En él, preguntado por André Dhôtel, uno de sus autores preferidos, Bobin nos habla de la profunda exactitud con la que este escritor percibe la vida, de su facultad para hacer brillar la gracia en el interior de la desgracia, y a continuación, como ejemplo, nos resume un texto del autor  -el texto más bello de toda la literatura de todos los tiempos, comenta (a lo que una piensa: hombre, tampoco será para tanto...)-, una media cuartilla, dice, que tiene el acierto de comenzar planteando una pregunta infantil, de esas que nunca se nos ocurriría hacer: ¿puede ser fea una flor?  

Y sigue Bobin, haciéndose eco del texto de Dhôtel:  ...él empieza respondiendo que sí , y nos habla de las aquileas (o las milenramas), unas flores umbelíferas. Entonces dice: «Un día vi una milenrama grisácea, de un  blanco sucio, y no me gustó». Y continúa: «Poco después, en otro jardín, vi unas flores de la misma especie, también milenramas pero llenas de color. Eran deslumbrantes, magníficas, y me parecieron adorables». Seguidamente añade, y aquí es donde este texto me conmueve: «Volví donde la primera, es decir: la sucia, la rechazada, et je l’ai aimée d’amour ». 

Según Bobin, en este texto está todo Dhôtel. También se encuentra en él todo Bobin. En ese movimiento desde el  natural rechazo del et je ne l'ai pas aiméee (y no me gustó), hasta el tocado por la gracia et je l’ai aimée d’amour , tan difícil de verter al castellano sin caer en la cursilería o la inexactitud. Porque de lo que se habla, en suma, es de que la flor fallida, la malograda, la carente de hermosura y excelencia, la que pierde en la comparación, precisamente por ello, le gustó. Y no por ninguna especie de sentimiento compasivo, en el que siempre hay uno arriba -el que compadece- y otro abajo -el compadecido-,  sino con amor de predilección, con amor de enamorado, en el que de haber uno abajo es el enamorado.

Y quizá es un poco exagerado calificarlo del texto más bello de la literatura de todos los tiempos, pero se comprende el entusiasmo de Bobin. La fuerza iluminadora de esa pequeña historia de nada. La que me hace ver de pronto lo que une a autores tan dispares como a Simone Weil, tan matemática ella, a Léon Bloy, tan insultador él, a Péguy, tan dado a llorar en el tranvía como a exponer el pecho ante las balas enemigas, o al mismo Bobin, tan contemplativo: Amor de predilección, por lo carente, por lo mal visto, por lo desafortunado. 

Y pienso en Weil, que encontraba más guapos a los obreros que a los burgueses -y no sólo por espíritu de justicia, añadía-, y en su decidida posición junto al acusado que balbucea frente al enhebrador de brillantes discursos. Y en Bloy y en su predilección por las prostitutas, por los excluidos del festín que pegan las narices al cristal de la pastelería. Y pienso en Bobin y su tonto del pueblo, Albain, que ve lo que a los demás se les oculta. Y en la predilección de Péguy por los agrietados, por los que cada noche se acuestan con la asombrosa esperanza de que al día siguiente todo irá mejor. Y pienso también, cómo no hacerlo, en Él, que tenía el mismo género de predilecciones.

Y aquí, por fin,  las palabras de Bobin :
- Il y a un autre écrivain qui est très présent dans vos livres, c’est André Dhôtel. Comment a commencé ce compagnonnage?Qu’est-ce qui vous attire chez lui. De quoi vous parle-t-il ?
CB- Je ne sais plus quand ses livres sont arrivés jusqu’à moi. Mais ce que je sais c’est que dès qu’ils sont arrivés ils ne sont plus jamais repartis. Et ils ont ramené tous leurs frères un à un. Ce qui me touche c’est son toucher de la vie, c’est la justesse profonde d’un homme qui fait que la grâce est à l’intérieur de la disgrâce. Pour le résumer, je dirais - et il est tout entier là-dedans -, qu’il a écrit, ça fait une demi-page, le plus beau texte de toute la littérature de tous les temps. Je peux vous le résumer, ce texte. Il commence par une question d’enfant, Dhôtel a la vertu de commencer par une question d’enfant que nous ne poserions pas, que nous ne saurions pas poser. Est-ce qu’on peut détester une fleur? Il commence par répondre oui. Et il parle des achillées, des fleurs qui sont des ombellifères. Il dit "Un jour j’ai vu une achillée qui était grise pâle, un blanc sale, et je ne l’ai pas aimée". Ensuite, il continue et dit: "Je suis allé dans un autre jardin un peu plus tard et j’ai vu des fleurs de cette sorte-là, d’autres achillées mais colorées. Et elles étaient éclatantes, magnifiques. Je les ai adorées". Ensuite, et c’est là où ce texte me bouleverse, il dit: "Je suis revenu vers la première, c'est-à-dire la souillon, la rejetée et je l’ai aimée d’amour". On sent même qu’il l’a aimée plus que les autres. Et ça, c’est tout à fait le mouvement de ses livres. 
http://www.esprit.presse.fr/news/frontpage/news.php?code=346
Entretien avec Christian Bobin réalisé par Didier POBEL et Bernard REVEL. 24-10-2014.


01 julio 2013

...y la ley moral en mí (o el escándalo de Hannah Arendt) -1.

Bueno, vamos con doña Hannah Arendt y su admirado Kant, su intocable Kant, el del giro copernicano, el del  sapere aude (atrévete a saber) que nos sacará de la minoría de edad culpable, el que cierra la Crítica de la razón -pura- práctica con aquel sublime der bestirnte Himmel über mir und das moralische Gesetz in mir (el cielo estrellado sobre mí y la Ley moral en mí).

Muy bonito, desde luego, el cielo estrellado sobre todo, pero ¿de qué ley hablamos? ¿y de qué "en mí"?

Pues resulta que hablamos de la ley moral que el hombre se da a sí mismo, es decir, de una moral  autónoma (la autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional). Y hablamos de una moral que se funda en el mandato incondicional y absoluto de la razón,  que ése es  el "en mí" puro,  libre de las bajezas del "en mí" sospechoso, bajezas como el interés, las inclinaciones naturales, el deseo de felicidad, el sentimiento de placer, o la experiencia (Nada se hallará más pernicioso e indigno de un filósofo que la plebeya apelación a una supuesta experiencia en contra. Eso dice Kant: qué experiencia ni qué niño muerto, pedazo de plebeyos). Hablamos  de una moral que descansa en el obrar por el deber, para la que la conducta sólo es moral cuando la mueve el deber, y hablamos finalmente de una moral formal, sin contenidos o valores determinados,  pero que ofrece al hombre la regla infalible para discernir lo bueno y lo malo: "obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal". Resumiendo, hablamos de una moral que es imperativa y de un imperativo que es categórico, que no admite ni condiciones (ni "si...") ni objeciones (ni "pero...") y que blinda a la razón, garante absoluto de la moralidad, frente a la inclinación, subjetiva, relativa y, en suma, despreciable. Y todo esto es muy importante, porque la piedad, por ejemplo, o la compasión, o el malestar ante el dolor causado, quedan de ese lado de la inclinación y la arbitrariedad  que se tacha de un plumazo: "Nada hay que esperar de la inclinación del hombre, sino todo de la suprema fuerza de la ley y del debido respeto a ella".

La ética kantiana ha sido largamente criticada desde el propio campo filosófico y desde el mero y bendito sentido común: B.Constant la acusa de hacer imposible la vida social, Hegel de apriorismo, Schopenhauer de logicismo y de ser más ineficaz que una jeringa para apagar un incendio, Nietzsche de crueldad, Scheler y Hartmann de falta del elemento esencial de la moral que es su contenido material, Péguy de tener las manos limpias pero no tener manos... De todas ellas, quizá la crítica más conocida, en este caso al rigorismo, es la del epigrama de Schiller: "Gustoso vine en ayuda de mis amigos, lástima que lo hice por inclinación y me recome el escrúpulo de que no fui virtuoso. No me queda más remedio que despreciarlos y hacer con asco lo que manda el deber".  Un epigrama que parecería menos simpático y más terrible si, diciendo lo mismo en el fondo, comenzara de esta otra forma: "con disgusto ignoré  las súplicas de mis amigos, suerte que vencí la inclinación y fui virtuoso. No me queda más remedio que etc."
Precisamente a ese "con disgusto ignoré las súplicas de mis amigos..." volveremos un poco más adelante.

Con todo, a Kant se le sigue considerando la más alta cumbre del pensamiento moral occidental, el esfuerzo más loable por fundamentar racionalmente la conducta moral, por entregar a los hombres "el claro y sencillo compás" con el que discernir el bien y el mal. No hay Departamento de Filosofía, ni filósofo diría, que no tenga un altarcito para Kant. Hasta los más renuentes luchan con él como Jacob con su ángel. No se sale de Kant indemne. Aunque se le abandone por la fenomenología como Hannah Arendt, o por el raciovitalismo como Ortega, la fascinación y las secuelas perduran: ahí está, por ejemplo, el "pensar esencialmente es transformar" de Ortega, o el escándalo de Hannah Arendt cuando, enviada por el New Yorker en 1961 para cubrir el proceso de Eichmann, detenido en Argentina y conducido a Jerusalén para ser juzgado -más bien para ser ejecutado, como se desprende del informe de Arendt-, le escucha decir que toda su vida, que todos sus actos,  se han regido por los principios de la moral kantiana (*)

¿Cómo es posible? ¿Kant en boca de un asesino de masas? Y doña Hannah, que durante todo el proceso hace gala de una objetividad, de una falta de prejuicios, de un deseo de comprender y una capacidad de reconstruir el escenario social y moral que hizo posible todo aquel horror, que resultan dignos de la mayor admiración, ante esa declaración frena en seco y simplemente se escandaliza, se indigna,  por ahí sí que no paso, parece decirse, y concluye que Eichmann, de quien poco antes había comentado que no era nada tonto, es una pobre mente limitada incapaz de entender a Kant.

(Continuará, que ya va muy largo)

* Hannah Arendt, Eichmann y el Holocausto, Edit.Taurus-Great Ideas, sept.2012, traducc. Carlos Ribalta (el librito, hecho a base de extractos, no respeta la estructura en capítulos y al final resulta más tocho que la obra completa. Tampoco recoge los pasajes kantianos)
* El libro completo, editado por Lumen  en traducción asimismo de Carlos Ribalta,  podéis leerlo aquí:
http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf

18 septiembre 2012

Una cicatriz eternamente mal cerrada- Charles Péguy



Hoy os traigo un texto de Charles Péguy sobre la Gracia, las cicatrices mal cerradas, y "lo que llamamos moral": 
«Hay algo peor que tener un mal pensamiento: es tener un pensamiento terminado. Hay algo peor que tener un alma mala, o incluso que se vuelva mala: es tener un alma terminada. Hay algo aún peor que tener un alma perversa: es tener un alma acostumbrada.
Se han visto juegos increíbles de la Gracia  y  gracias increíbles de la Gracia penetrar un alma mala, incluso un alma perversa, y se ha visto salvar lo que parecía perdido. Pero nadie ha visto nunca que se mojara lo barnizado, ni se calara lo impermeable, nadie ha visto empaparse a lo acostumbrado.
Las curaciones, los logros y los salvamentos de la gracia son maravillosos, y se ha visto ganar y se ha visto salvar lo que estaba (como) perdido, porque las peores miserias, porque las peores bajezas, las torpezas y los crímenes, porque el mismo pecado, son a menudo grietas en la armadura del hombre, defectos en la coraza, en la coraza de la dureza del hombre,  por los que puede penetrar la Gracia. Mas sobre la coraza inorgánica de la costumbre todo resbala, y toda espada rebota.
O, si se quiere, en el mecanismo espiritual, los puntos de articulación de las palancas de la Gracia son precisamente las peores miserias, bajezas, crímenes, torpezas, el pecado mismo.  Ahí es donde trabaja, ahí donde encuentra el punto que hay en todo hombre pecador, ahí como se apoya sobre ese punto doloroso. Se ha visto a los mayores criminales salvarse. Por su crimen mismo. Por el mecanismo, por la articulación de su crimen. Nadie ha visto a las mayores personas de buenas costumbres salvarse por la articulación de su costumbre, porque precisamente lo acostumbrado es lo que no tiene articulación. [...] De ahí vienen muchos de los fallos que constatamos en la eficacia de la Gracia, que, alcanzando victorias inesperadas en el alma de los pecadores más grandes, a menudo permanece inoperante ante la gente más decente, sobre la gente más decente. Porque precisamente la gente más decente, o sencillamente la gente de bien o, en fin, esos que así se nombran, no tienen ningún defecto en su armadura. No están heridos. Su piel de moral siempre intacta les otorga un cuero y una coraza impecable. No tienen esa brecha que se produce por una herida terrible,  por una inolvidable miseria,  un invencible pesar, por un punto de sutura eternamente mal cosido, por una inquietud mortal,  por una sorda ansiedad indomable, una secreta amargura,  por un caer sin fondo perpetuamente enmascarado, por una cicatriz eternamente mal cerrada.
No ofrecen esa entrada a la gracia que es esencialmente el pecado. Como no están heridos, no son vulnerables. Como no carecen de nada, no se les da nada. Como no carecen de nada, no se les da lo que es todo. Ni la misma caridad de Dios venda al que no tiene llagas. Porque había un hombre tirado en el suelo, el Samaritano lo levantó. Porque la cara de Jesús estaba sucia, Verónica la limpió con un pañuelo. De modo que quien no esté caído nunca será levantado, y quien no esté sucio no será lavado.
La "gente de bien" no se deja empapar por la gracia.  Es una cuestión de física molecular y globular. Lo que denominamos moral es un revestimiento que vuelve al hombre impermeable a la Gracia. La moral recubre al hombre contra la gracia»

[« Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise pensée. C'est d'avoir une pensée toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise âme et même de se faire une mauvaise âme. C'est d'avoir une âme toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une âme même perverse. C'est d'avoir une âme habituée.
On a vu les jeux incroyables de la grâce et les grâces incroyables de la grâce pénétrer une mauvaise âme et même une âme perverse et on a vu sauver ce qui paraissait perdu. Mais on n'a jamais vu mouiller ce qui était verni, on n'a pas vu traverser ce qui était imperméable, on n'a pas vu tremper ce qui était habitué.
Les cures et les réussites et les sauvetages de la grâce sont merveilleux et on a vu gagner et un a vu sauver ce qui étais (comme) perdu. Mais les pires détresses, mais les pires bassesses, les turpitudes et les crimes, mats le péché même sont souvent les défauts de l'armure de l'homme, les défauts de la cuirasse par où la grâce peut pénétrer dans la cuirasse de la dureté de l'homme. Mais sur cette inorganique cuirasse de l'habitude tout glisse, et tout glaive est émoussé.
Ou si l'on veut dans le mécanisme spirituel les pires détresses, bassesses, crimes, turpitudes, le péché même, sont précisément les points d'articulation des leviers de la grâce. Par là elle travaille. Par là elle trouve le point qu’il y a dans tout homme pécheur. Par là elle appuie sur ce point douloureux. On a vu sauver les plus grands criminels. Par leur crime même. Par le mécanisme, par l’articulation de leur crime. On n'a pas vu sauver les plus grands habitués par l'articulation de l'habitude, parce que précisément l'habitude est celle qui n'a pas d'articulation. [...]. De là viennent tant de manques que nous constatons dans l'efficacité de la grâce, et que remportant des victoires inespérées dans l'âme des plus grands pécheurs elle reste souvent inopérante auprès des plus honnêtes gens, sur les plus honnêtes gens. C'est que précisément les plus honnêtes gens, ou simplement les honnêtes gens, ou enfin ceux qu'on nomme tels, n'ont point de défauts eux-mêmes dans l'armure. Ils ne sont pas blessés. Leur peau de morale, constamment intacte, leur fait un cuir et une cuirasse sans faute. Ils ne présentent pas cette ouverture que fait une affreuse blessure, une inoubliable détresse, un regret invincible, un point de suture éternellement mal joint, une mortelle inquiétude, une invincible arrière-anxiété, une amertume secrète, un effondrement perpétuellement masqué, une cicatrice éternellement mal fermée. Ils ne présentent pas cette entrée à la grâce qu'est essentiellement le péché. Parce qu'ils ne sont pas blessés, ils ne sont pas vulnérables. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte rien. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte pas ce qui est tout. La charité même de Dieu ne panse point celui qui n'a pas de plaies. C'est parce qu'un homme était par terre que le Samaritain le ramassa. C'est parce que la face de Jésus était sale que Véronique l'essuya d'un mouchoir. Or celui qui n'est pas tombé ne sera jamais ramassé; et celui qui n'est pas sale ne sera pas essuyé.
Les "honnêtes gens" ne mouillent pas à la grâce.
C'est une question de physique moléculaire et globulaire. Ce qu'on nomme morale est un enduit qui rend l'homme imperméable à ta grâce.  s'ils sont malheureusement enduits de morale, sont inattaquables à la grâce, inentamables.»] 


Charles Péguy, Oeuvres en prose complète,  pp.1388-1390. Gallimard, 1992

10 septiembre 2012

Deja para mañana lo de mañana. Charles Péguy

"Ante todo, los modernos quieren estar tranquilos". Ch. Péguy

Aquí os dejo algunos extractos de una ponencia de A. Molteni, titulada Permanecer en la precariedad. Las sugerencias de Charles Péguy .
Del R.P. Agostino Molteni, profesor de Literatura en la Universidad de Trieste y especialista en Péguy, hay varios trabajos, todos ellos apasionantes (por ejemplo Péguy, testigo del acontecimiento, o Charles Péguy: Los intelectuales de la felicidad y el acontecimiento cristiano), que, como este, se encuentran fácilmente en la red:
"Para Péguy este afán de tranquilidad domina de la misma suerte a laicos y eclesiásticos. Es el triunfo de Benjamín Franklin y de su máxima no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, que en la modernidad es considerada “la máxima de la sabiduría, de la prudencia y del buen gobierno de sí mismo”. Es el triunfo, para Péguy, de la libreta de la caja de ahorros, el “libro modelo” de la modernidad, el “diploma de tranquilidad del mundo entero”: “Así como el Evangelio es un compendio del pensamiento cristiano, así también la libreta de la caja de ahorros es el compendio del pensamiento moderno. Es lo único capaz de hacer frente a los Evangelios, porque es el libro del dinero, y el dinero es el anticristo. (…) Los libros licenciosos sólo han producido pecadores. La libreta de caja de ahorros produce lo moderno”.

Esta perspectiva del ahorro es la misma perspectiva de los “seguros”: es decir, la pretensión de asegurarse contra el acontecimiento imprevisto. Para Péguy es lo más opuesto al Evangelio y a su máxima: Cada día trae su afán, cuique diei malitia sua (Mt 6,34): “Si cada día trae su afán, ¿por qué asumir hoy los afanes de mañana, el trabajo de mañana?”. Así, el hombre no debe asegurarse de antemano contra el mañana, contra el acontecimiento que aún debe acontecer: “No debemos pensar en el mañana. Esa misma pereza (intelectual), esa misma prudencia, anticipación (y ese mismo apego al ahorro) fue lo que selló el determinismo, el materialismo y el intelectualismo”.

Péguy dice que el origen de esta perspectiva de ahorro y de “seguros” contra el acontecimiento imprevisto del presente nace de una pereza de la razón que no quiere ser desbarajustada, puesta en movimiento de su sedentarismo por el acontecimiento del ser: “Esa imperiosa necesidad de fijar el espíritu no es sino un ansia de pereza y la expresión misma de la pereza intelectual. Ante todo, los modernos, quieren estar tranquilos; ser, ante todo, sedentarios”. (...) “Esa misma tentación de pereza, esa misma fatiga y ansia de tranquilidad que los hace a todos funcionarios, es la misma que hace intelectuales. Así como todos corren tras las cátedras, no para enseñar, sino para estar sentados, así también desean ante todo una filosofía, un sistema de pensamiento, un sistema de conocimiento donde se pueda estar sentado”.
...Para Péguy es Bergson quien “ha vuelto a encontrar el presente, ha reintegrado la presencia del presente. Nos ha vuelto a decir que cada día trae su afán. Esto es la sabiduría misma y la vida. (…) No pretender asegurar de antemano la tranquilidad. No anticipar el mañana. (…) No sacrificar el día de hoy, la libertad y la fecundidad de hoy, a la tranquilidad de mañana. (…) No envejecer la vida: bastante envejece ya. He aquí lo metafísico, lo moral, lo económico y lo cívico”.(...) “El mundo del dinero y de la avaricia es el mismo mundo de los intelectuales del ser estático”. (...) “Las economías, los civismos, las morales, las metafísicas, todos dependen de cómo se trata el presente. Dime cómo tratas el presente y te diré cuál es tu filosofía  Si esterilizamos el presente, todo es estéril, todo está vacío.”

La “precariedad” es la novedad que la tradición hebreo-cristiana aporta a la visión del tiempo, y es la consecuencia de la visión de la realidad y del presente como acontecimiento que no se puede poseer de antemano.(...) Sin embargo, para Péguy, en la modernidad la cristiandad ha olvidado esta precariedad, pues el acontecimiento cristiano ha sido desvirtuado. Hablando de los cristianos modernos dice: “No son cristianos, quiero decir que no lo son hasta la médula. Continuamente pierden de vista la precariedad, que para el cristiano es la condición más profunda del hombre; pierden de vista esta profunda miseria, y no tienen presente que siempre hay que volver a comenzar. Es una precariedad eterna. Nada de lo adquirido es adquirido para siempre. Es la condición misma del hombre. Y es la condición más profunda del cristiano. No hay nada más contrario al pensamiento cristiano que la idea de una adquisición eterna, la idea de una adquisición definitiva que no puede ponerse en tela de juicio”.

Esta es la lección de Péguy: permanecer en la precariedad, es decir, recomenzar siempre, no considerar nada como adquirido para siempre, vivir el presente como presente siempre imprevisto, esperar el acontecimiento del ser (recordemos que la etimología de “precario” significa algo que no se obtiene por derecho, sino sólo por preces, por súplicas).
Si os interesa, podéis leerlo completo aquí.  Las citas de Péguy proceden de su Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana . Saludos y feliz rentrée.

18 junio 2010

Servidumbre. Charles Péguy

El que ama se pone, por eso mismo,
Sólo por eso, a partir de eso, en la dependencia.
El que ama cae en la servidumbre del que es amado.
Es la costumbre, es la ley común.
Es fatal.
El que ama cae, se pone bajo la servidumbre, bajo un yugo de servidumbre.
Depende del ser amado.
Y ésa es la situación, hija mía, que Dios se ha creado al amarnos.
[...]
¿Me comprendes? Digo que Dios teme del pecador, pues teme por el pecador.
Cuando se teme por alguien, se teme de él.
Dios se ha dejado poner bajo esa ley común.
Y someter.
Bajo ese nivel común.
[...]
Inversión de la creación, la creación al revés.
El Creador depende ahora de su criatura.
El que es todo se ha puesto, ha soportado ser puesto, se ha dejado poner a ese nivel.
El que es todo depende, aguarda, espera, del que no es nada.
El que puede todo depende, aguarda, espera, del que no puede nada
(Y que puede todo, ay, pues todo se le ha entregado ...
En confianza,
En esperanza,
Todo se le ha permitido.
En toda confianza.
Se le ha entregado, se le ha permitido, su propia salvación, el cuerpo de Jesús, la esperanza de Dios)...
Terrible entrega.
Terrible privilegio, terrible responsabilidad.
Como Jesús en los siglos de los siglos ha entregado su cuerpo
En las pobres iglesias
A la discreción del último de los soldados,
Así Dios en los siglos de los siglos ha entregado su esperanza
a la discreción del último de los pecadores...
Como el último de los miserables pudo abofetear a Jesús,
Y tenía que ser así ...
El más ínfimo de los pecadores puede descoronar, puede coronar
Una esperanza de Dios.
[...]
Esta es la situación en la que se ha puesto,
La mala situación.
Se ha puesto en la situación de necesitar de nosotros.
Qué imprudencia. Qué confianza.
Bien, mal puesta, depende de nosotros.
Qué esperanza, qué obstinación, qué resolución, qué fuerza incurable de esperanza.
En nosotros.
Qué despojamiento, de sí, de su poder.
Qué imprudencia.
Qué descuido, qué imprevisión,
Qué improvidencia
De Dios.
Podemos fallar.
Podemos faltar.
[...]
Y como echamos al vuelo las campanas en nuestras Pascuas,
A todo vuelo,
En nuestras pobres, en nuestras triunfantes iglesias,
En el sol y el buen tiempo del día de Pascua,
Así Dios por cada alma que se salva
Echa a todo vuelo las campanas de las Pascuas eternas.
Y dice: Ah, no me había equivocado.
Tenía razón en confiar en ese muchacho.

Charles Péguy. El pórtico del misterio de la segunda virtud, Ediciones Encuentro, Madrid, 2008. Traducc. José Luis Rouillon Arróspide.

05 abril 2010

El río más grande. (Pero la esperanza... Charles Péguy)

-
PERO LA ESPERANZA...

Mais l'espérance, dit Dieu, ... que ces pauvres enfants voient tous les jours comme ça va.
Et que tous les jours ils croient que ça ira mieux le lendemain matin.
Justement le lendemain matin.
Tous les jours depuis qu'il y a des jours.
Et qu'un soleil se lèvera meilleur.
Que tous les matins en se levant ils croient que la journée sera bonne.
Cette journée.
Et que tous les soirs en se coucha
nt ils croient que le lendemain.
Que justement le lendemain, que le jour du lendemain
Sera, fera un bonne journée.
Depuis tant de temps qu'il y a des jours.
Et que ça recommence.
Que tous les démentis ne comptent pas, tant de démentis qu'ils reçoivent précisément tous les jours.
Que les démentis ne soient comme rien, ne les arrêtent pas, que les démentis de tous les jours,
Innombrables comme les jours,
Innombrables dans les innombrables jours, que les démentis
Ne les désabusent pas de cette idée, de cette conviction absurde,
Que le jour d'aujourd'hui sera un jour meilleur,
Un autre jour, un jour nouveau, un jour frais, un jour neuf,
Un jour levant,
Bien lavé,...
Un jour pas comme les autres...
Qu'ils croient quand même, que ce matin, ça va bien,
Ça ça me confond.
Ça ça me passe.
Et je n'en reviens pas moi-même.
Et il faut que ma grâce soit tellement grande. (...)
Que ce soit juste avec cette matière, avec ces innombrables jours mauvais qui pleuvent et qui pleuvent
Qu'ils fassent, qu'ils jaillissent, qu'ils fassent sortir, qu'ils fassent jaillir cette source même de l'espérance.
Ce fleuve le plus grand de tous mes fleuves.
Le seul grand.
Voilà ce que j'admire, moi, qui m'y connais pourtant...
Et il faut que ma grâce soit tellement grande.


La foi que j'aime le mieux, dit Dieu, c'est l'espérance.

[...Pero la esperanza, dijo Dios, ...que esas pobres criaturas vean todos los días cómo van las cosas/ Y que todos los días crean que irán mejor la mañana siguiente
/ Justo la siguiente mañana./ Todos los días desde que los días existen./ Y que amanecerá un sol mejor./ Que todas las mañanas al levantarse crean que el día será bueno./ Este día./ Y que todas las noches al acostarse crean que el día siguiente./ Que precisamente el próximo, que el próximo día/ Será, traerá una buena jornada./ Desde todo el tiempo que hace que existen días./ Y que eso recomience./ Que ninguno de los desmentidos cuente, con la de desmentidos que reciben precisamente cada día./ Que los desmentidos sean como nada, no los detengan, que los desmentidos de todos los días,/ Incontables como los días,/ Incontables en los incontables días, que los desmentidos/ No los desengañen de esta idea, de esta convicción absurda:/ Que el día de hoy será un día mejor,/ Otro día, un día distinto, un día fresco, un día nuevo,/ Un día que nace,/ Bien lavado.../ Un día diferente a los otros.../ Que incluso crean,  que esa misma mañana, todo va bien,/ Eso... eso me confunde./ Eso... eso me sobrepasa./ Y ni yo mismo salgo de mi asombro./ Y qué inmensa ha de ser mi gracia. (...) Que sea precisamente con esa materia, con esos innumerables días malos que llueven y llueven/ Con lo que hacen, con lo que alumbran, con lo que hacen salir, con lo que hacen brotar esa fuente misma de la esperanza.../ Ese río, el más grande de todos mis ríos./ El único grande./ Eso es lo que me admira, a mí, aunque me reconozca en ello./  Y qué inmensa ha de ser mi gracia.//
La fe que sobre todas amo, dijo Dios, es la esperanza// ]

Charles Péguy, Le Porche du mystère de la deuxième vertu. Préface et notes de Jean Bastaire, Éditions Gallimard, Paris 2006  [la  traducción, claramente mejorable,  es  propia]