El pasado viernes 25 de noviembre se presentó en el Ateneo de Madrid el último libro de José Cereijo: Antología personal (Editorial Polibea), una selección de autor, como el título indica, en la que se reunen poemas y algún relato breve, espigados entre los que componen su obra publicada hasta el momento: Límites (1994- Talavera de la Reina, Colecc.Melibea); Las trampas del tiempo (1999- Edic.Hiperión); La amistad silenciosa de la luna (2003-Edit. Pre-Textos); Música para sueños (2007 -Edit.Pre-Textos); y Apariencias (2005-Edit.Renacimiento). Todos ellos poemarios, a excepción del último, que es un libro de relatos.
La Antología incluye unas Palabras preliminares de Enrique García-Máiquez, buen conocedor del poeta y de su poesía, y una pequeña introducción del propio autor.
Ofició como presentador del acto el hermano del prologuista, y también poeta, Jaime García-Máiquez, de recién estrenada paternidad. Vaya para todos mi más cordial enhorabuena.
Aunque sentí muchísimo no poder asistir y celebrar con ellos los felices acontecimientos, José Cereijo ha tenido la amabilidad de enviarme el texto de la magnífica presentación . Aquí os lo dejo:
ANTOLOGIA PERSONAL de José Cereijo. Presentación por Jaime García-Máiquez
"Hoy he venido para presentar a José Cereijo, lo que es un placer por partida doble: es amigo mío y es un poeta que admiro desde hace ya muchos años. Lo que quiero decir de él, con motivo de esta antología son tres cosas, que voy a dividir en grupos compactos de ideas con un título cada uno:
En primer lugar LA FORMA
Mi hermano Enrique ya ha dicho en el prólogo de esta Antología, que Cereijo escribe como se habla (vieja propuesta de Juan Valdés: El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación., y ha matizado, además, algo que es importante: Cereijo escribe como habla; como habla él. Porque si escribiera como se habla ahora, mal andaríamos. Su voz grave, honda, hermosa, lo ajustado de sus afirmaciones, lo exacto de sus comentarios… parecen la encarnación misma de algunos de sus poemas.
La aspiración de escribir cómo se hablaba en el siglo XX venía con razón de la necesidad de dotar de naturalidad un lenguaje literario decimonónico, rancio … Algo que, a través de Laforgue, vino a hacer en España con gracia Manuel Machado, y luego con ironía Jaime Gil de Biedma, y luego con dos o tres copitas encima la mayor parte de la poesía de la experiencia. Los poetas del realismo sucio de los últimos años han venido a demostrar que esa vertiente de la poesía, si no agotada, venía a ser un poco agotadora para el lector que buscaba en la poesía algo más que expresividad; para el lector que buscara la antigua emoción de unas cuantas palabras verdaderas.
La anti-retórica de escribir como se habla, hoy se ha vuelto –paradójicamente- un recurso artificioso del que el lector avisado desconfía. De ahí que la forma en la poesía de José Cereijo –versos claros, sencillos, clásicos, trabajados con arte, con… artesanía, solidificado con el adobe de las palabras comunes- nos resulte (me resulte a mí, al menos) sorprendentemente idóneas y actuales para la creación de un nuevo vínculo entre el poeta y el lector actual, de confianza y de respeto, de solemnidad y emoción.
Lo que quiero decir, es que el clasicismo en la forma de escribir de Cereijo es hoy (aunque pueda parecer todo lo contrario) una novedad casi desafiante, que crece hacia el futuro hundiendo sus raíces en lo más claro que la tradición nos puede ofrecer en cuanto a la retórica.
En segundo lugar EL TONO
El tono de la poesía de José Cereijo tiene la musicalidad de un himno. El himno según el diccionario (y según Wikipedia) viene a ser un canto celebrativo, y uno se pregunta qué es lo que viene a celebrar nuestro poeta en estos versos.
Yo creo que celebra la elegía, que no es sólo una forma literaria para él, sino más bien una manera de entender el mundo, una manera de celebrar –y le cito a él textualmente: la gloria incomparable de estar vivo. Pero esa celebración la hace siempre Cereijo “con trampa”: la hace desde la muerte, como en Pájaro muerto, como en El último verso de Virgilio, o como en Armónico murmullo… donde acaba asegurando en uno quizá de sus versos más esenciales: todo esto tiene que morir, y canta. El tiempo puede ser el veneno que nos mata, pero el canto puede ser el antídoto; o más que el antídoto, que quizá para él no lo hay, el canto es la dignificación ante la derrota. Y quizá en parte su pequeña venganza. [anécdota]
Es un tono poético, pero también es un tono moral, de estoicismo. No desdeñaría para él mismo frases como la platónica, que escribió Marco Aurelio: “Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver”; o la de Séneca: “Doloroso es que comencemos a vivir cuando morimos; la vida es una leyenda: no que sea larga, sino que esté bien narrada es lo que de verdad importa”.
Y es este tono, en carne y alma, y esa forma de la que hablamos antes, lo que hace de él un poeta clásico; no en el sentido métrico como decimos, sino cultural. Un poeta al que sus amigos tendrían –como el mismo dice- por un hombre frío, por lo que tiene de templado en cuanto a las emociones, y reflexivo en cuanto a su inteligencia.
Lo mismo se dijo de Borges, con el que José tiene tantas afinidades. Y resulta enternecedor que el único defecto (desde mi punto de vista, un poco miope) de este libro –haber introducido algunos cuentos- sea un defecto típicamente borgiano: en ambos la realidad y el sueño se confunden, en ambos la emoción y la fantasía se entremezclan. Un defecto que, como los innumerables defectos borgianos, uno agradece y disfruta.
Y en tercer lugar EL FONDO
Mi hermano ya ha explicado –ha vuelto a explicar- que la escasez de temas en la poesía de Cereijo obedece por una parte a ceñirse a lo esencial, y por otra a su sensibilidad clásica, que se encuentra especialmente cómoda al tratar los temas comunes de la tradición. Es decir, que estamos ante un poeta que no ha venido a revolucionar la literatura con su manera de escribir, y que se dedica a escribirle poemas a la luna, la rosa, el otoño, la melancolía, la alondra… Es evidente que su importancia viene de otro lado; concretamente del otro lado: no de las palabras ni de los temas, sino de un talento especial para trascender la cáscara de esos materiales comunes.
Y lo más importante que trasciende Cereijo en su literatura es su nihilismo (que él considera acaso propio de la vida misma, y que es uno de los síntomas del mundo moderno), dotándole de una dignidad estoica que nos conmueve por lo que tiene de verdadera. En un poema titulado Los brazos, dice algo que podría ser significativo en este aspecto: Si alguna vez sintieras que la carga/ te pesa demasiado/ y ya no puedes más: piensa en estos brazos/ y un momento, si puedes,/ abandónate en ellos, por favor, y descansa. Su dignidad frente a la desesperanza, su resignación ante el dolor, su canto frente al inevitable silencio final… quizá no pueda ayudarle a él (como quieren hacer creer sus propios versos) pero consiguen hacernos descansar a todos nosotros.
Quería hacer notar, por último, algo que desentona en la perfecta estructura que acabamos de esbozar sobre la poesía de José Cereijo: todo esta medido, todo está en su sitio, todo está calculado, pero en el laberinto estoico-borgiano que ha venido levantando hay algo que brilla levemente, que lo cruza sigiloso, que serpentea de una esquina a otra: es el hilo de Ariadna. El amor, como se sabe, siempre anda trastocándolo todo; hace que el hombre frío, acaso sin esperanza, no pueda disimular un atisbo de felicidad… aunque sea con retraso, con trampa (como dijimos antes), a través de la ilusión, los sueños o la nostalgia.
Es, en fin, su poesía un referente para poetas más jóvenes que él, que hemos querido ver en su “escribir como se habla”, una propuesta –de verdad- responsable para el escritor y respetuosa con el lector; que hemos querido ver en su elegante estoicismo un referente moral; y en su talento literario –que al fin y al cabo es el que viene a sustentarlo todo- una suerte de referente que podríamos denominar -si quisiéramos llamar a las cosas por su nombre- de maestría."
Mostrando entradas con la etiqueta JCereijo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta JCereijo. Mostrar todas las entradas
21 marzo 2011
Absorta en su tarea
PRIMAVERA DE CIUDAD
Una vez más regresa, pese a todo,
la vieja Primavera;
ventila todas las alcobas, tiende
un mantel perfumado,
barre las telarañas del invierno.
Tan silenciosamente que, tal vez,
nadie se enterará de su llegada,
por lo demás poco importante. Luego,
un día, sin pensarlo, alzas la vista,
y por algún rincón inesperado
-los brazos, aún robustos,
llenos de flor reciente-
la miras deslizarse, laboriosa,
mientras canta en voz baja, absorta en su tarea.
Dios me perdone si no creo a veces
mutua la indiferencia -y que a ella tampoco
le importa nuestro hacer (que acaso juzgue
simple locura inútil); opinión no improbable,
sólo por la piedad de su largo servicio
traducida, tal vez,
en la vasta sonrisa sin aristas
con que lo envuelve todo, mientras sigue a lo suyo:
pero quizás es sólo que chochea.
Algún día se irá, tan silenciosa
como llegó, y en medio
de la misma aceptada indiferencia;
casi respiraremos aliviados -ya fatigaba un poco
la insistencia solícita, incluso maternal,
y pasada de moda.
Pero quisiera, sin embargo, darte
las gracias, Primavera,
inmemorial sirvienta fastidiosa:
aún es grato pensar que, cuando ya no estemos,
tu senil diligencia
seguirá conservando, de algún modo,
el orden familiar.
Saberlo inevitable da, en el fondo,
una cierta alegría -además, desde luego,
de un ligero arañazo melancólico.
Una vez más regresa, pese a todo,
la vieja Primavera;
ventila todas las alcobas, tiende
un mantel perfumado,
barre las telarañas del invierno.
Tan silenciosamente que, tal vez,
nadie se enterará de su llegada,
por lo demás poco importante. Luego,
un día, sin pensarlo, alzas la vista,
y por algún rincón inesperado
-los brazos, aún robustos,
llenos de flor reciente-
la miras deslizarse, laboriosa,
mientras canta en voz baja, absorta en su tarea.
Dios me perdone si no creo a veces
mutua la indiferencia -y que a ella tampoco
le importa nuestro hacer (que acaso juzgue
simple locura inútil); opinión no improbable,
sólo por la piedad de su largo servicio
traducida, tal vez,
en la vasta sonrisa sin aristas
con que lo envuelve todo, mientras sigue a lo suyo:
pero quizás es sólo que chochea.
Algún día se irá, tan silenciosa
como llegó, y en medio
de la misma aceptada indiferencia;
casi respiraremos aliviados -ya fatigaba un poco
la insistencia solícita, incluso maternal,
y pasada de moda.
Pero quisiera, sin embargo, darte
las gracias, Primavera,
inmemorial sirvienta fastidiosa:
aún es grato pensar que, cuando ya no estemos,
tu senil diligencia
seguirá conservando, de algún modo,
el orden familiar.
Saberlo inevitable da, en el fondo,
una cierta alegría -además, desde luego,
de un ligero arañazo melancólico.
José Cereijo, Las trampas del tiempo, poesía Hiperión, Madrid, 1999.
[Si es día 21 y estamos en marzo, hoy empieza la primavera oficial, aunque la real haga ya un tiempo que se dejó notar. De este poema de José Cereijo, además de la imagen de la fiel sirvienta atareada y a lo suyo, y de la hermosura de esa vasta sonrisa sin aristas, me gusta mucho el título: Primavera de ciudad. Y es que la primavera de ciudad no es la primavera en la ciudad, es otra primavera: menos avasalladora que la primavera titular, menos triunfalista, más modesta y compasiva, mucho más tierna. La primavera de ciudad parece que se esfuerza por alegrarnos: un geranio aquí, un pruno florecido allá, la luz hasta el fondo del patio, el arbolito cuasidifunto que revive en la parada del bus... detalles, menudencias. Es una primavera venida a menos ("allí la primavera siempre es pálida, a medias", dice un verso de Rilke), pero entregada. Como si supiera que la necesitamos. Esa mutua indiferencia de la que habla el poema, es lo único que no me termina de convencer, aunque también podría tratarse de "indiferencia de ciudad", siempre pálida y a medias.]
26 febrero 2011
Palabras de José Cereijo sobre Enrique García-Máiquez (2)
PRESENTACIÓN ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ EN LIBRERÍA ALBERTI, 24 FEBRERO 2011
Soy amigo de Enrique García-Máiquez desde hace bastantes años. Cuando nos conocimos, él no había publicado aún ningún libro. Luego, por azares editoriales, salieron dos casi al mismo tiempo (y en orden inverso: su primer libro publicado es el segundo escrito), y yo los reseñé –favorablemente, como merecían– para una revista.
Desde el principio me llamó la atención su uso, frecuente, del humor y la ironía, quizá porque en mi propia poesía están mucho menos presentes (y, en opinión de alguno, con el riesgo de, en palabras cervantinas, “quebrarse de sotiles”, esto es, sin que ni siquiera esté claro si efectivamente están o no).
Me llamaron la atención también, no hay que decirlo, muchas otras cosas: la intensidad y naturalidad de lo que dice, su habilidad retórica (en el antiguo y mejor sentido de esta expresión), que llega incluso a la suprema perfección de hacerse invisible, la levedad de toque, que puede dar vida a lo más insólito o complejo mediante una simple y ligera alusión... Tantas cosas.
Pero, si he destacado la faceta humorística, es porque ella arriesga siempre, para un lector poco atento, el confundirse con la intrascendencia. Baste citar, entre nosotros, el ejemplo de Manuel Machado, a quien durante tantos años se tuvo como un versificador folclórico y menor cuando es, entre otras cosas mayores, uno de los fundadores de la lengua poética moderna en España. (Recuérdese, a este respecto, la observación de Moreno Villa: «Cuando algún día se haga recuento de las influencias ejercidas por él y por Juan Ramón en las generaciones que les siguieron, veremos quién se lleva el mayor tanto»).
Yo creo que algo de esto puede ocurrirle también a Enrique, de cara a ciertos lectores. Que tiendan a pensar que eso, tan ligero y divertido, no puede ser a la vez hondo, trascendente y conmovedor. Si es así, desde luego, se equivocan. Como Goethe dijera de Lichtenberg, el admirable aforista alemán, también en Enrique, tantas veces, “donde hace una broma, hay un problema oculto”. Por donde su humor resulta a menudo una forma, elegante y discreta, del pudor.
No sé lo que va a leerles a continuación. Ignoro, por tanto, si aparecerán en su lectura muchas o pocas muestras de ese sentido del humor suyo. A fin de cuentas, es sólo una faceta –aunque sin duda importante– en una poesía que tiene muchas otras. Y que, por otra parte, a medida que maduraban, ella y su autor, al compás de las tragedias y los logros de la vida, ha ido adquiriendo una gravedad de tono y una profundidad que sólo asomaban, o se presentían, al principio.
En todo caso, si en la lectura que va a seguir el humor está menos presente, quizá eso sirva también para ver mejor que el Enrique más ligero y el más hondo son el mismo: alguien que cree irremediablemente en la vida (y en la poesía, como mirada privilegiada sobre ella), a pesar de tantas cosas, y que sabe decirlo (o, mejor, contarlo) sin tener que adoptar para ello una actitud de predicador o de “sabio”, entre comillas, sin envanecimiento ni énfasis. Precisamente por esa creencia suya en la vida, sabe bien que las cosas que nos pasan o que pueden pasarnos no necesitan de afeites, de realce artificial alguno: bastan ellas, por sí mismas, para que, cuando se sabe contarlas con la desnuda eficacia de lo verdadero, podamos sentirnos emocionados, acompañados y convencidos.
Porque el tono menor, en Enrique, no es limitación o carencia. Si un escritor de la talla de Josep Pla supo siempre que tenía un problema con la intimidad, con el relato de lo verdaderamente íntimo, y eso limitaba de algún modo el alcance de su mirada magistral, penetrante y amplísima, Enrique, en cambio, sabe también desnudarse. Pudorosa, elegante, escuetamente. También eso, en un tiempo que demasiadas veces tiende a confundir la desnudez con el exhibicionismo, puede pasar inadvertido, para una mirada no suficientemente atenta. De ahí que quiera señalarlo ahora.
Porque, en resumidas cuentas, lo que en apariencia pueda tener esta poesía de fácil y de ligero no es más que eso, apariencia. Quienes confundan la sabiduría con el virtuosismo y lo lúcido con lo lucido corren el riesgo de resbalar por ella sin comprender que eso que tal vez no encuentran no está ausente aquí por impotencia, sino por voluntad deliberada de quien no quiere aparentar, sino ser. Con desnudez y hondura. Con la exacta discreción de la verdadera maestría.
Muchas gracias.
***********
[Muchas gracias a José Cereijo, por su amabilidad al entregarme el texto de la presentación y permitirme publicarlo]
Etiquetas:
Enrique Gª-Máiquez,
JCereijo,
poesía
Suscribirse a:
Entradas (Atom)