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16 enero 2012

Entrevista a Enrique Andrés Ruiz: "Las dos hermanas".


Enrique Andrés Ruiz, crítico de arte, poeta, novelista, pensador y ensayista, escritor de pura cepa y una de las mentes más claras del país, autor de Los montes antiguos, los collados eternos (Edit. Encuentro), en mi opinión y sin ninguna duda una obra maestra y la mejor novela publicada el pasado 2011 en lengua castellana, en la más limpia, rica, gozosa y verdadera lengua castellana -porque un castellano de madre, sólo comparable al de Jiménez Lozano: vivido, mamado, no rebuscado en la chamarilería, es el que gasta Enrique Andrés-, acaba de publicar una antología de poesía española e hispanoamericana de tema pictórico, bajo el título Las dos hermanas, en las ediciones del Fondo de Cultura Económica.
Nadie como Enrique Andrés, poeta y -pinte o no pinte, que no lo sé- pintor él mismo, con ojos y con alma de pintor (no hay más que abrir Los montes antiguos, los collados eternos por cualquiera de sus páginas y “ver”, ver mucho mejor de lo que solemos, lo que allí se narra), para llevar a cabo esta antología, en la que una de las dos hermanas, la en tiempos considerada mayor y hoy convertida en menor: la poesía, nos habla sobre la otra: la pintura.
Con motivo de este último libro, en La Gaceta de hoy aparece la entrevista que aquí os enlazo, realizada por Ignacio Peyró. Habla en ella Enrique Andrés sobre ese totum -y ese tótem-denominado "arte contemporáneo", sobre poesía y pintura, sobre la belleza ideal y la hermosura o resplandor de lo real, sobre algunos de los autores presentes en la antología: Sánchez Mazas, M.Machado, R.Gaya, Alberti ... Habla en ella finalmente, respondiendo a una pregunta relacionada con Los montes antiguos, los collados eternos -una "ronda de historias en el sentido antiguo" según su autor-, sobre el hambre de destino y la redención literaria de "las criaturas huidizas", que diría María Zambrano. No os la perdáis, no tiene desperdicio. A continuación, unas breves muestras:

"...no podemos hablar hoy por las buenas de la subsistencia de la vieja hermandad entre poesía y pintura, por la sencilla razón de que ya "no hay" (institucionalmente, me refiero) pintura o escultura o dibujo, sino el dominio absoluto de una totalización estética llamada "arte contemporáneo", construida precisamente sobre la abolición o la ruina de aquellas viejas prácticas artísticas concretas. Este arte expandido es, así pues, producto más bien de la estética y sus reflexiones, por tanto un postulado ideológico, más concretamente político, no una inocente evolución estilística como las de la historia del arte. A eso se debe que los propios términos "arte contemporáneo" o "cultura contemporánea" tengan enseguida ese característico aire connotativo, como una especie de contraseña, que sugiere enseguida el propósito de transformación radical que no ha sido posible en la realidad. "

"Belleza, o la idea de belleza, no es algo, como decían mis viejos profesores, "pacífico en la doctrina", y en realidad, la estética arranca de la cancelación de aquella noción metafísica y su diseminación o relativización en el gusto y el juicio modernos. Pero esto no puede invitar, como parece hacerlo tantas veces, a desgarrarse las vestiduras. San Agustín mismo tenía una idea muy concreta sobre la belleza en el sentido clásico (otra cosa es la hermosura o resplandor de lo real). Pero no hemos perdido la belleza o la verdad como se pierde un paraguas."


"Aquellas dos viejas hermanas tenían sus talleres independientes como oficios independientes que eran. El arte total de hoy no es un oficio. Y luego tenían una intención común, que era la imitación de lo real, de lo creado, y en ese objetivo venían a confluir complementariamente. Esto tampoco puede existir hoy, porque el lema del
nuevo arte totalizado es precisamente su pretensión creativa y creadora de lo real (la realidad como obra política), que no se reclina ante ninguna otra creación previa."


"En la literatura los héroes y los personajes siempre han hallado el destino (como decía Walter Benjamin), el éxito, es decir, la redención o significado que a cualquier vida real le niega el infortunio y la muerte. Yo he querido recoger [en Los montes antiguos, los collados eternos], ciñéndome a un trozo de una España ya desaparecida (mi vieja Soria natal, entre ciudad y campo), las historias sin redención literaria de muchas gentes, pero también los sueños de lo contrario, es decir, las esperanzas
siempre fracasadas que toda aquella gente antigua tuvo de redención, de salvación, de gloria, de destino novelesco, de que su vida tuviera ese sentido imposible. "

19 noviembre 2011

"Tan bella, tan cerca" de José Manuel Mora Fandos, y su presentación en Madrid

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El jueves pasado estuve en la presentación, a cargo de Enrique Andrés Ruiz, de Tan bella, tan cerca (Ediciones de la isla de Siltolá), el último libro de José Manuel Mora Fandos, a quien hasta ahora sólo conocía de modo virtual. Un modo de conocer algo frío, pero muy certero, según he podido ir comprobando en todos los casos en los que, tras la voz, he tenido el privilegio de conocer a la persona.
José Manuel Mora Fandos es pura cordialidad, con ese punto de timidez infantil vencida que se encuentra en el fondo de la gente encantadora y de la amabilidad más exquisita. La timidez, aunque haya que vencerla, más que nada por lo que hace sufrir, si es que no es una virtud, viene siempre en compañía de grandes virtudes compensatorias. Una de ellas suele ser la generosidad. Mora Fandos la derrocha. No hay más que verle llegar desde Valencia cargado con el saxo, más el estuche de carboncillos, las acuarelas y hasta el spray fijador, para dedicarnos un dibujo a cada uno y despedirnos con esos tres solos de saxo tan increíblemente evocadores y bien tocados. Tristes y consoladores (que bien puede ser triste y ser consuelo, diría Salazar y Torres) como solamente pueden serlo unos solos de saxo bien tocados. Y aún se lamentaba de no haber podido traer unas rosquillas con las que tenía pensado convidarnos.
La presentación fue la demostración práctica perfecta de lo que realmente significa ese hallazgo de José Manuel Mora: la vida entendida como co-ser y en-cantar.
Impagable fue también escuchar a Enrique Andrés, con ese don para llegar directo al corazón de los asuntos, para trazar las grandes líneas y la vida de las ideas, de esa media docena de ideas que son las que siempre nos ocupan, para descubrir relaciones sorprendentes y delimitar posiciones irreconciliables. Y el asunto en este caso, el que vertebra el libro de José Manuel Mora, era la Belleza: la Belleza eterna e inmutable por un lado, la “belleza caediza” -así dijo- por el otro, y, entre una y otra, la forma bella de una vida: una forma que se traduce en sentido, y un sentido que tiene siempre carácter narrativo. Por allí desfilaron Homero y la generación de las hojas que el viento esparce por el suelo, Platón, la Poética de Aristóteles, don Quijote, Unamuno, Hegel, W.Benjamin, H.Arendt , la teleología cristiana y el fin último de cada vida, la postmodernidad, esa que ha expulsado la narratividad de las aulas, como observa en su libro Mora Fandos… A todos ellos, y convocado por el profesor José Antonio Millán, que matizaba a Enrique Andrés, se sumó Baudelaire con sus poemas en prosa, a los que tengo que volver sin falta en cuanto termine Tan bella, tan cerca.
A continuación, José Manuel Mora Fandos, atendiendo a la pregunta de Corina Dávalos, nos explicó cómo había ido creciendo el libro, nos habló de la importancia de la pintura y la música en su vida y en su escritura, nos contó que cinco meses antes de nacer ya daba clases de música en el vientre de su madre, profesora de piano, y , finalmente, dedicó un cariñoso agradecimiento a los tres Enriques con los que su libro, como si fuera una caja de corn-flakes, se ha visto “enriquecido”: a Enrique Andrés por su presentación, a Enrique Baltanás que le sugirió el precioso título, y a Enrique García Máiquez que firma el magnífico prólogo.
Al filo de las diez, tras el perfecto broche musical y la estupenda velada, que fue un continuo sentirse regalado, me fui con mi Tan bella tan cerca, tan dedicado con su rama de almendro florecido al carbón compuesto y a la acuarela roja, tan feliz y tan agradecida.
Y eso es todo. Como salí corriendo y no le di las gracias al cordialísimo Mora Fandos como las merecía, aprovecho para dárselas desde aquí.

25 marzo 2010

ni división, ni duda...

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Mara- y- Tacoa
...te preocupas y agitas con muchas cosas;
en verdad sólo una es necesaria. María ha
escogido la mejor parte, y no le será quitada.
Lc,10
No sé dónde estarán, igual que tantas cosas,
de estar en algún sitio —sin sitio— pero a veces
me recuerdan a aquellas criaturas de un fósil
que de pronto aletean dando vida a las piedras.

No sé dónde estarán, pero siempre me llaman,
cada vez que despierta también desde su huella
la locura que espera, saltando sobre el tiempo,
volver a acariciarlos, cuando el tiempo termine.

No sé dónde ni cómo pero los veo ahora,
como todo lo mío, de un color de resina,
tras un fanal brillante, tan terso y tan pulido
como el cristal que parte los lados de un espejo.

Ellos están allí, donde siempre han estado,
y yo soy el que falta sobre la hierba rala
que agosta el sol de plano, junto a las peñas grises,
de espaldas a los chopos que habitan los jilgueros.

Hay un perro que corre y otro perro tumbado.
Hay un perro que salta sin parar y otro quieto.
Hay un perro que todo lo remueve, lo husmea,
y otro absorto, quisiera decir que pensativo.

De los dos, uno irrumpe con ladridos y gime
cada vuelta nerviosa que descubre un reclamo:
una flor, una mata de tomillo, una abeja,
un ratón que se asoma levantando el terreno.

Hay veces que, aturdido, parece que se queja
—las raras ocasiones que se rompe, agotado—
del trajín que acumula sin poder dar abasto
a las mil mariposas que lo hostigan sin tregua.

Mientras tanto, su hermano —porque son dos hermanos
pese a ser tan distintos, y una sangre los junta,
y no hay nada en el mundo que pueda separarlos—
ajeno a cuanto pasa, ni siquiera lo mira.

Este perro en reposo permanente, de tardos
movimientos escasos y seguros, vigila
lo que nunca se mueve detrás del horizonte,
lo que siempre parece anunciarse a lo lejos.

Y así, cuando uno trisca sacudiendo la baba
que hace cintas al aire, repartiendo mordiscos,
y el otro alza el hocico, sólo atento a la mano
de aquél al que le basta llamarlo con un gesto;

así, como dos ramas crecidas de un mismo árbol,
como si fueran pájaro que empujan sus dos alas,
como el día y la noche, que giran en un círculo,
así despiertan juntos los dos de mi recuerdo.

Eran dos, eran dos como el sol y el verano.
Eran dos como el hueco de vivir y la vida.
Y no como figuras o signos que explicaran
con el uno el error, con otro la certeza.

Con los dos perros negros encendidos de manchas
que teñían sus patas y sus pechos de fuego,
con los dos grandes perros, pastores de ese tiempo
que guarda mi memoria, sepultado entre símbolos;

con los dos centinelas de mi monte y mi cielo,
se me divide el alma... Pero si el alma entera
volviera a hacerse niña juntando sus mitades,
y si alguien, ese día, cuando el tiempo termine,

despertara, pero alguien no como yo, sino alguien
que fuera para ellos, como Dios, niño y dueño,
ya no habría parábolas, ni división, ni duda;
ellos ya no tendrían ni premios ni castigos.

Sólo habría una sola mirada compasiva
del amo a esos dos seres, juntos en la hermosura,
que ya no necesitan oír del que obedecen
cuál es la mala parte, cuál es la vida buena.
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Enrique Andrés Ruiz, Estrella de la tarde, Fundación Mainel, Valencia, 2000