Mostrando entradas con la etiqueta identidades narrativas.. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta identidades narrativas.. Mostrar todas las entradas

10 mayo 2010

Identidades narrativas 6. "Tú eres ese hombre" (2 Sm 12,7)


Lo cuenta el Segundo Libro de Samuel: Después de que David, paseando por la terraza, descubriera a Betsabé en el baño, mandara que se la trajeran, le hiciera un hijo y, tras el fracaso de sus estratagemas para ocultar los hechos, diera órdenes para que su marido, el oficial Urías, no saliera vivo del combate, Yahveh le envió al profeta Natán.
Natán, sorteando con habilidad las defensas de la autojustificación y el orgullo, le hace oír su propia historia como si fuera la de otro. En el momento en que David, encolerizado con el relato, decide que aquel otro merece la muerte, Natán le revela: “Tú eres ese hombre”… La visita termina, muy encantadora, verdadera y sencillamente así: “Y Natán se fue a su casa”. Las visitas de Natán son cortas, de otro modo no podrían resistirse.
Natán es el demoledor de las “identidades narrativas”, de los cuentos que nos contamos, bien trabados, presentables y sin fisuras; la luz que Yahveh nos envía, sin manto y sin sandalias pero habilísima hoy igual que entonces, y nos dice que no somos como nos figuramos, sino bastante peores, y, a la vez, que no somos sólo eso, miseria puesta al desnudo, sino bastante más.
De falsas identidades y corazones contritos y humillados, como el que se rompe en el Salmo 51 después de que David reconociera su culpa, habla también la parábola de Jesús que empieza “Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, uno de esos que cobran impuestos para Roma…” (Lc 18, 9-14).
Sin la visita de ese Natán interior, sin esa luz enviada que destruye y reconstruye, y que siéndonos íntima no nos es propia, como sí lo son la razón, la memoria, el orgullo y el deseo –manipuladores y siempre interesados-, no veo cómo podríamos conocernos, ni llegar una chispa más lejos que el famoso barón que pretendía salir del pantano tirándose de los pelos hacia arriba.
Y aun con todo lo anterior, la pregunta por el quién, afortunadamente, no parece tener cumplida respuesta aquí abajo. Quizá sólo tengamos que aprender a vivir en la humildad del no-ser, acoger la incertidumbre, dedicarnos al hacer y dejarnos de preguntas. Porque, además de nuestras culpas, sólo una cosa está clara: que donde se levanta el “tú”, la pregunta por el “yo” desaparece. Es difícil imaginar a Teresa de Calcuta cuestionándose su identidad, o, sin ir más lejos, a mi vecina, la que pasea a su padre, inválido, ciego y hecho un primor, mientras le radia lo que se va encontrando, preguntándose quién soy yo. Yo soy quien te quiere, eso basta.

Resumiendo y terminando, que va siendo hora: Ya lo dijo Víctor Hugo, con la hondura de los grandes poetas y como si respondiera a todos de un tirón, empezando por el oráculo de Delfos y terminando por H. Arendt: “Estoy velado para mí mismo, no sé mi verdadero nombre”. Así es, y ni falta que hace. Nuestro verdadero nombre, así lo espero, nos será dicho.

03 mayo 2010

Identidades narrativas 5. Cuentos chinos

-
“Conócete a ti mismo”, decía la famosa inscripción del templo de Apolo. Y en que es algo muy conveniente, desde entonces para acá, estamos todos de acuerdo; en que sea fácil o incluso posible, después de veintitantos siglos dándole vueltas, ya no tanto. Según parece, su sentido original, lejos de pretender lanzar al hombre al buceo introspectivo en busca de su mismidad, era simplemente el de un llamado al respeto de los límites, un aviso contra la desmesura. Pero llegó Sócrates, agarró el oráculo, que para eso son oscuros, contestó muy humildemente: “sólo sé que no sé nada” y empezó la fiesta, y lo de dentro y lo de fuera, y los puentes que se tienden o saltan por los aires, y la verdad y la mentira, y el mentirse.
Porque sí, en principio parece que tenemos los medios necesarios para llegar a conocernos: estamos dotados de razón, de autorreflexión, tenemos memoria y una conciencia que juzga… pero tenemos también una capacidad de fabulación desbordante, y una inmensa habilidad para convertir el autoconocimiento en autoengaño. Y orgullo, mucho. Ya lo advirtió Nietzsche: "Lo hice yo, dice mi memoria; no lo pude hacer yo, dice mi orgullo. Y vence el orgullo". Quizá por eso algunos apuntan a que sólo podemos conocernos en la mirada del otro, aunque los otros muchas veces no ayuden más que a complicar las cosas, que también tendemos a inventar al prójimo, más que a nosotros mismos si cabe.
Fabulaciones, el difícil equilibrio entre realidad y deseo, cordura y locura, verdad y mentira. Cervantes, aunque nos haga simpatizar con el deseo, la locura y la mentira, todavía hablaba en esos términos, los que distinguen lo cierto de lo falso. “Yo sé quién soy –decía Don Quijote- y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los doce Pares de Francia…” Es decir, una invención, un yo ficticio, noble y enternecedor, pero ficticio. La objetividad aún no había sido abolida, ni la modernidad (la que hizo del Quid est veritas? su lema) había entrado todavía a saco.

Las últimas tendencias sobre este asunto de la identidad, superada la visión positivista y curricular que nos reducía a meros datos biográficos, consideran que somos “estructuras narrativas”. Como dice H.Arendt: “responder a la pregunta quién, es contar la historia de una vida”. Somos biografía contada, o lo que es lo mismo, sujetos narrativos que interpretan los acontecimientos dispersos de su vida y los insertan (o los ensartan) en una trama con sentido. Si el ensartador es la memoria, buena o mala, la imaginación, la conciencia o el orgullo, no hace al caso; sólo importa que el cuento sea bueno, que las piezas encajen -las que no, se ignoran-, que salgamos favorecidos, claro, que parezca convincente. Identidades narrativas, o cuentos chinos, tanto da. Cada uno con el suyo.

¿Qué querría decir Rilke con aquello de que hasta los sagaces animales advierten que no nos sentimos seguros como en propia casa en este mundo interpretado"? ¿Cómo no se dieron cuenta, ni Rilke ni los sagaces animales, de que la estructura narrativa es nuestra casa?
Menos mal que aún nos queda Natán...

23 abril 2010

Identidades narrativas 4. Diálogos entre aurigas


¿A qué alma, qué mirada y qué clase de conocimiento se refería Platón en AlcibíadesI,133: "Cuando un alma desea conocerse, es en otra alma donde debe mirarse"?
Platón se refiere, nos dice más abajo, a "aquel lugar del alma en que se engendra la sabiduría" y "en que residen saber y verdad". Y lo que nos dice, simplemente, es algo tan poco lírico como que el hombre conoce su alma en el diálogo racional que se establece con otra alma racional. Platón, podríamos resumir, nos habla del diálogo entre auriga y auriga. Nada más lejos del "la he visto y me ha mirado, hoy sé quién soy".
Pero ¿de verdad se descubre el hombre en el discurso intelectual?
Todo ese proceso de preguntas y respuestas por el que se destruyen las opiniones infundadas y se alcanza el conocimiento verdadero, entendido como la correcta definición de conceptos, ¿se traduce realmente en un mayor conocimiento de sí? Todos esos interlocutores enredados, confusos y sin argumentos, que terminan suplicando a Sócrates que suelte su discurso y deje de ponerlos en apuros, ¿ven acaso su alma en otra alma?

Tengo que confesar que la lectura de los Diálogos, en aquellas clases lejanas y más aún después, siempre me dejó una especie de mal sabor, una mezcla de solidaridad y simpatía por todos esos interlocutores arrinconados, por todos esos zoquetes derrotados y no mejorados, y algo parecido a la sensación de haber asistido a un alarde de inteligencia brillante y, en el fondo, estéril. Porque del concepto de justicia al ser justos hay un salto insalvable. Porque el auriga concluye, pero no mueve: auriga, carro y caballos, van cada uno a su aire. Porque todo ese ejercicio no tiene nada que ver ni con el alma ni con el sí mismo.
-
Hasta que llega San Agustín... y qué gozo escucharle: "no aprendemos nada mediante las palabras... con las palabras no aprendemos sino palabras, o mejor dicho, el sónido y el estrépito de ellas". Y el maestro de retórica se apea de la retórica y señala al maestro interior, al que enseña por medio de una inspiración interior, por medio de una palabra que mueve.
-
Otro gozo es la lectura de F. Rosenzweig, el autor del "Libro del sentido común sano y enfermo", "El nuevo pensamiento" y "Estrella de la Redención". Rosenzweig distingue entre el pensador pensante (denkende Denker) y el pensador hablante (Sprachdenker). Al primer grupo pertenecen los filósofos idealistas o esencialistas (las cosas son porque se piensan y somos porque pensamos), desde Platón a Hegel pasando por Descartes y Kant. Al segundo, el sano sentido común y el pensamiento realista y existencialista (pensamos porque somos y porque las cosas son). Este es el pensamiento nuevo. Aquél, metafísica enferma, es pensamiento viejo.
Así, compara los diálogos platónicos con los evangélicos y encuentra que los primeros son pensamiento viejo, lógico, que no precisa del otro, que anticipa las contradicciones (¡aquellos pobres acogotados!) y las resuelve de antemano. Sólo los segundos son realmente dialógicos. El pensamiento dialógico "no puede anticipar nada, no sabe de antemano lo que el otro va a decir; ni siquiera sabe, pues puede que sea el otro quien comience, lo que él va a decir". La existencia dialógica, sigue, se constituye por la primacía del tú sobre el yo, y el diálogo se entiende como acto de amor, ordenado a la verdad.
-
Que es lo mismo que decía San Agustín: "Pues no se entra en la Verdad sino por el amor". Como también por el amor se llega al conocimiento de sí. En la mirada del amor nos conocemos. La mirada del amor nos constituye:
...el que no aprende a amar de sí se olvida,
y a si propio se ignora hasta la entraña.
No se conoce bien quien no se baña
dentro de otra mirada: en ella hundida
el alma, como carcel desleída,
como luz asomada de montaña.    [COMO NINGUNA COSA. Leopoldo Panero]


21 abril 2010

Identidades narrativas 3. Mirarse en otra alma

Cont. Identidades narrativas  

SOCRATES.- ¿Pero es una cosa fácil conocerse a sí mismo, y fue un ignorante el que inscribió este precepto a las puertas del templo de Apolo en Delfos? ¿O es una cosa muy difícil que no es dado a todos los hombres conseguir?
ALCIBÍADES.- Para mí, Sócrates, he creído con la mayor evidencia, que es dado a todos los hombres conseguirlo; pero también que ofrece gran dificultad.
[...]
SOCRATES.- ¿Cómo podríamos saber con mayor claridad lo que es en sí [el alma]? Porque, al parecer, si lo supiéramos nos conoceríamos también a nosotros mismos. ¿Acaso no comprendimos bien, por los dioses, el justo precepto de la inscripción délfica que hace un momento recordamos?
ALCIBÍADES- ¿Qué quieres decir, Sócrates, con esta pregunta?
[...]
SOC.- Reflexionemos juntos. Imagínate que el precepto dirigiera su consejo a nuestros ojos como si fueran hombres y les dijera: "mírate a ti mismo". ¿Cómo entenderíamos este consejo? No pensaríamos que aconsejaba mirar a algo en lo que los ojos iban a verse a sí mismos.
ALC.- Es evidente.
SOC.- Consideremos entonces cuál es el objeto que al mirarlo nos veríamos al mismo tiempo a nosotros mismos.
ALC.- Es evidente, Sócrates, que se trata de un espejo y cosas parecidas.
SOC.- ¿Te has dado cuenta de que el rostro del que mira a un ojo se refleja en la mirada del que está enfrente, como un espejo, en lo que llamamos pupila, como una imagen del que mira?
ALC.- Tienes razón.
SOC.- Luego el ojo al contemplar otro ojo y fijase en la parte del ojo que es la mejor, tal como la ve, así se ve a sí mismo. (...) Por consiguiente, si un ojo tiene la idea de verse a sí mismo, tiene que mirar a un ojo, y concretamente a la parte del ojo en la que se encuentra la facultad propia del ojo: esa facultad es la visión.
ALC.- Así es.
SOC.- Entonces, mi querido Alcibíades, cuando un alma desea conocerse, es en otra alma donde debe mirarse, y sobre todo a la parte del alma en la que reside su propia facultad, la sabiduría, o a 
cualquier otro objeto que se le parezca.

Platón. Diálogos. Alcibíades I, 124a, 132c-133b


19 abril 2010

Identidades narrativas 2. Caballero andante o pastor por andar


—Mire vuestra merced, señor, pecador de mí, que yo no soy don Rodrigo de Narváez, ni el marqués de Mantua, sino Pedro Alonso, su vecino; ni vuestra merced es Valdovinos, ni Abindarráez, sino el honrado hidalgo del señor Quijana.
Yo sé quién soy —respondió don Quijote—, y sé que puedo ser, no sólo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por sí hicieron se aventajarán las mías. (I-V)

*****
—... Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo!, atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte, que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo profundo de confusiones.
Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría y siendo sabio no podrás errar en nada.
Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse... (II-XLII)
-
*****
... y en breves razones les contó su vencimiento y la obligación en que había quedado de no salir de su aldea en un año, y que tenía pensado de hacerse aquel año pastor y entretenerse en la soledad de los campos, donde a rienda suelta podía dar vado a sus amorosos pensamientos, ejercitándose en el pastoral y virtuoso ejercicio (...) que lo más principal de aquel negocio estaba hecho, porque les tenía puestos los nombres, que les vendrían como de molde. Díjole el cura que los dijese. Respondió don Quijote que él se había de llamar el pastor Quijótiz; y el bachiller, el pastor Carrascón; y el cura, el pastor Curiambro; y Sancho Panza, el pastor Pancino. (...)
—¿Qué es esto, señor tío? Ahora que pensábamos nosotras que vuestra merced volvía a reducirse en su casa y pasar en ella una vida quieta y honrada, ¿se quiere meter en nuevos laberintos, haciéndose «pastorcillo, tú que vienes, pastorcico, tú que vas»? (...)
—Callad, hijas —les respondió don Quijote—, que yo sé bien lo que me cumple. Llevadme al lecho, que me parece que no estoy muy bueno, y tened por cierto que, ahora sea caballero andante o pastor por andar, no dejaré siempre de acudir a lo que hubiéredes menester...(II-LXXIII)

Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha.


[¿Qué nos dice Cervantes?  ¿Que Don Quijote sabe quién es y el mundo se equivoca? ¿Que no lo sabe; que no quiere saberlo; que ni falta que le hace? ¿Que tendemos a desbarrar y vivir en la impostura; que el mundo real es un asco...? ¿O que la vida real, aunque sea plana y prosaica, tiene más peso específico que los juegos y las ficciones: ahora me planto el yelmo y me tiro al camino, ahora compro unas ovejas y me convierto en Quijotiz...?
Y ese sorprendente destello de sensatez y buen criterio cuando, revestido de Catón, aconseja a Sancho que ponga los ojos en quien es y procure conocerse a sí mismo, ¿a qué se debe? ¿Es un indicio de la conciencia del propio disparate? ¿Muestra simplemente lo bien que sabemos aconsejar a los demás y lo mal que nos aconsejamos? ¿No parece sugerir que vivir es emular, que somos como si fuéramos... y que el acierto o el error de la vida en buena parte se juega en la elección del modelo?]

18 abril 2010

Identidades narrativas 1. Yo no soy yo

-
Identidades narrativas. 1 

DONADOR

Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Juan Ramón Jiménez (Eternidades)

***

"Oh Dios, mirad que no nos entendemos a nosotros mismos, y que no sabemos lo que queremos y que nos alejamos infinitamente de lo que deseamos".

Santa Teresa de Jesús (Exclamaciones del alma a Dios)_