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11 abril 2013
El "correctivo" y el edificio. Kierkegaard (2.)
[Las críticas de Kierkegaard al luteranismo oficial, y a la iglesia de Copenhague en particular, siempre van dirigidas a lo que él consideraba sus arreglos con el mundo -o, mejor dicho, con la mundanidad-, tanto en su vertiente social como intelectual. Es decir, tanto a las pretensiones de identificar el cristianismo con el modus vivendi de la buena sociedad danesa, como a los intentos, personificados para Kierkegaard en el teólogo y obispo Martensen, de compatibilizar la fe con "los vientos" hegelianos (*).
Kierkegaard, aunque nunca dejó de ser luterano, sostenía que el catolicismo, por su defensa del ascetismo, por su conocimiento del hombre más profundo y realista (el hombre por lo general, más que un ser atormentado, es un tramposo) y por haberse librado de la práctica desaforada de la introspección y la interpretación subjetiva propias del luteranismo, es menos propenso a la contemporización con el mundo.]
(*) Los daneses tenemos un defecto que en la lengua danesa tiene una palabra que le corresponde: «windsluger» (tragavientos). Se emplea generalmente para los caballos, pero puede aplicarse también al hombre. Los alemanes producen el viento y los daneses se lo tragan; he aquí la relación en que se hallan desde hace mucho tiempo daneses y alemanes (Diario, 1854).
Y a continuación proseguimos con el texto de la anterior entrada:
... "Cuando el catolicismo degenera, ¿qué forma toma la corrupción? La respuesta es sencilla: gazmoñería hipócrita. Cuando el protestantismo degenera, ¿con qué clase de corrupción nos encontramos? La respuesta no es difícil: mundanalidad superficial. Sin embargo, ésta se mostrará con un refinamiento que no puede darse en el catolicismo. Pongámoslos uno frente a otro: la gazmoñería hipócrita y la mundanalidad superficial. Pero mantengo que, por añadidura, hay cierto refinamiento que no aparece en el catolicismo y que se debe a que el protestantismo se construye sobre una presunción. Ése es el refinamiento que quiero mostrar.
Cojamos un ejemplo muy sencillo. Imaginemos a un prelado católico que es completamente mundano; naturalmente no hasta el extremo de que la ley pueda castigarlo o que la naturaleza misma se tome su venganza. No, pues es demasiado mundano para ser tan estúpido, no, todo está sagazmente calculado (y esto es precisamente lo más mundano de todo) para un disfrute sagaz y, a su vez, para el disfrute de esa sagacidad y, así, toda su vida consiste en el disfrute de todo placer posible de un modo insuperable para ningún epicúreo mundano. ¿Cómo lo juzgaria entonces un católico? Pues bien, supongo que diría (muy acertadamente): No me compete a mí juzgar al alto clero. Y, sin embargo, el católico se daría cuenta inmediatamente de que se trata de mundanidad. ¿Y por qué se daría cuenta enseguida? Porque, simultáneamente, el católico ve expresado un lado completamente distinto del cristianismo, un hecho que el prelado tendrá que aceptar, pues a su lado camina un hombre que vive en la pobreza y, de este modo, el católico tiene la profunda sensación de que esto es más verdad que la manera de vivir del prelado que, desgraciadamente, no es más que pura mundanidad.
Ahora imaginémonos, por otro lado, un país protestante, donde no hay ni rastro de catolicismo; donde la gente, hace mucho tiempo, ha aceptado la idea luterana, pero sin su premisa original; donde hace mucho tiempo que se han librado del ascetismo y el ayuno, de los monjes y los que predican el cristianismo en pobreza; y no sólo eso, sino que se han librado de todo ello a conciencia, como si fuera algo ridículo y estúpido, hasta el punto de que si apareciera una figura así, la gente se echaría a reír como si se tratara de una extraña bestia. Se han librado de ello como de una concepción inferior e imperfecta del cristianismo. Imaginémonos ahora en este país protestante a un prelado protestante que es el exacto homólogo del prelado católico. Entonces ¿qué? Pues que en este caso, el prelado protestante disfruta de un refinamiento en el placer, un refinamiento por el que al prelado católico se le haría la boca agua en vano, puesto que en todo el ambiente protestante no hay ni una sola alma viviente que tenga un sentido profundo de lo que significa renunciar al mundo (la suerte de devoción que tenía su parte de verdad aunque fue exagerada en la Edad Media), porque la religión del país está construida sobre el resultado del protestantismo (sin su premisa original), a saber, que la devoción no es más que el honesto disfrute de la vida (que sin duda es maravilloso cuando uno ha sido testigo del miedo, el temblor y la tribulación de Lutero). Así, el prelado protestante posee un refinamiento en el placer, a saber, el refinamiento que supone que sus contemporáneos consideren su disfrute mundano devoción. Mirad, se dicen sus contemporáneos entre ellos (y recordemos que en el catolicismo la situación era que uno le decía al otro: No lo consideremos ni nos mortifiquemos por ello, no es más que simple mundanidad), contemplemos al luterano franco, miradle con su sopa de tortuga, no hay nadie tan entendido como él, miradle en el banquete de ostras, mirad como sabe disfrutar de cada situación que se le presenta y cómo sabe velar astutamente por sus asuntos, así pues ¡admiremos al luterano franco! ¡Vuela alto, muy por encima del inferior e imperfecto ideal de ingresar en un monasterio, de ayunar, de predicar el cristianismo en pobreza, vuela alto por encima de todo ello, en libertad de espíritu y luteranismo franco! Lo noble no es abandonar el mundo, escapar de él, no, el luteranismo genuino es como el prelado, pues esto es devoción. Sus contemporáneos no lo soportan a regañadientes, ni se esfuerzan por ignorarlo, no, lo contemplan con admiración...
Lutero estableció el más elevado principio espiritual: la introspección pura. Puede llegar a ser tan peligrosa que podemos hundirnos hasta el más bajo de los paganismos bajos (no obstante el más elevado y el más bajo son iguales)... Y así se se puede alcanzar un punto en el protestantismo en que la mundanidad sea venerada y altamente valorada como piedad. Y eso, tal como sostengo, no puede darse en el catolicismo.
Pero ¿por qué no puede darse en el catolicismo? Porque el catolicismo sostiene la premisa universal según la cual nosotros, los hombres, somos unos granujas. ¿Y por qué se puede dar en el protestantismo? Porque el principio protestante está relacionado con una premisa en particular: un hombre que está angustiado por la muerte, temeroso, tembloroso y atribulado. Y de éstos no hay muchos en una misma generación."
El pensamiento vivo de Kierkegaard. Edición y Prólogo de W.H.Auden. Ediciones Duomo, 2012, traducc. Sofía Pascual, pp.186-189.
09 abril 2013
El "correctivo" y el edificio. Kierkegaard (1)
"¿Acaso el catolicismo y el protestantismo no están relacionados el uno con el otro como, por ejemplo -puede parecer extraordinario, pero en realidad es tremendamente físico-, un edificio que no se sostiene, con un contrafuerte que no puede sostenerse solo, aunque el todo que conforman sea incluso muy firme y seguro siempre que el edificio y el contrafuerte se mantengan unidos? Dicho de otro modo, el protestantismo, el luteranismo, es realmente un correctivo y el resultado de haberlo convertido en regulador ha sido una gran confusión.
[...]
Intentemos desarrollar la idea de manera más clara. Fue después de que un yugo muy pesado hubiera oprimido a los hombres durante mucho tiempo, después de que fueran asustados con la muerte, el Juicio Final y el infierno de generación en generación, con ayunos y azotes, fue entonces cuando se rompió la cuerda. El hombre Lutero se fugó de la celda de un monasterio. Ahora bien, procuremos no separar lo que va junto, el primer y el segundo plano, procuremos no quedarnos con un paisaje sin segundo plano, sin trasfondo, no saquemos conclusiones que carezcan de todo sentido. Lo que Lutero osó hacer fue lo correcto dadas las circunstancias, pues lo opuesto había sido falsamente exagerado. Entonces, decíamos que Lutero escapó del monasterio. Pero ésta no era realmente la mejor ocasión para contemplar con dulce sensatez cuánta verdad había en lo opuesto cuando no era exagerado. Lutero sabía que no estaba precisamente a salvo y, por lo tanto, era más bien una cuestión de aprovechar la ventaja ganada en la fuga para herir a lo opuesto lo más profundamente posible.
Ahora veamos el orden de las cosas, tal como estaban cuando Lutero se escapó: estaban equivocadas. Eliminemos la suposicion necesaria para Lutero, y el luteranismo carecerá absolutamente de sentido. Intentemos imaginar el ataque de Lutero contra lo que consideraba excesivo, en un estado de extrema tensión, y que ese ataque se convierte en una especie de Resultado, hasta tal punto que desaparece la extrema tensión, y el luteranismo será un absoluto sinsentido. Imaginemos un país, aislado de cualquier influencia católica, al que este Resultado luterano ha sido llevado. Allí la generación actual nunca ha oído hablar de ese aspecto de la cuestión religiosa, expresado a través del monasterio, el ascetismo, etc. y que la Edad Media exageró; al contrario, es educada desde la infancia, suavizada desde la infancia con la idea luterana de calmar las conciencias intranquilas. Sin embargo, es importante señalar que no hay ni una sola alma cuya conciencia necesite ser calmada, ni lejanamente. Entonces ¿qué es el luteranismo? ¿Tiene sentido calmar la conciencia inquieta cuando la suposición "conciencias inquietas" simplemente no existe? ¿Acaso no pierde el luteranismo su sentido y, lo que es peor, no se convierte en un refinamiento que denotaría la diferencia entre la corrupción de un protestantismo degenerado y la de un catolicismo degenerado?
Y eso es precisamente lo que pretendía mostrar, junto con el hecho de que el protestantismo no está hecho para sostenerse solo."
(Continuará)El pensamiento vivo de Kierkegaard. Edición y prólogo de W.H.Auden. Ediciones Duomo, 2012, pp.184-186 (en ninguno de los textos seleccionados, titulados y agrupados según el criterio de Auden, se cita la obra de la que provienen. Éste, con el título "Catolicismo-Protestantismo", forma parte del capítulo 6: "Cristo, el tropiezo").
[La obra de Auden, en tono académico y escrita por encargo, es una presentación de las ideas centrales kierkegaardianas (lo existencial, el individuo, las tres categorías o estadios, el instante, la angustia, etc). Lo más personal del libro está en la comparación de Kierkegaard con J.H.Newman, "ese otro gran predicador del S.XIX", y en la selección en sí. Auden, según la solapa del libro, nació en el seno de una familia anglocatólica de clase media.]
30 noviembre 2012
Pero muere primero. Kierkegaard (4.)
Y termino Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo con unos párrafos del tercer y último sermón, el previsto para la fiesta de Pentecostés.
Kierkegaard, como en el sermón anterior, en el que bromeaba a propósito de sus continuas disertaciones "de viernes santo", vuelve a servirse del acontecimiento que se celebra y del que se espera que hable, para explayarse sobre lo que no se celebra y no se espera oír: que para recibir al dulce huesped del alma, primero debes "morir a..."; que "el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata":
"Oyente mío, con respecto al cristianismo, no hay nada a lo cual todo hombre esté por naturaleza más inclinado que a tomarlo en vano. Tampoco hay nada cristiano, ni una sola determinación cristiana, que no pueda convertirse en algo totalmente distinto con sólo hacer el pequeño cambio de quitar una determinacion intermedia - y de eso totalmente distinto debe decirse "esto ha surgido del corazón del hombre" (1Cor 2:9), y así se lo vuelve vano. Por otro lado no hay nada contra lo cual el cristianismo se haya asegurado con mayor cuidado y celo que contra el ser tomado en vano. No hay ninguna, ninguna, determinación de lo cristiano sin que el cristianismo coloque como determinación intermedia: la muerte, el morir a -para de ese modo asegurar lo cristiano contra el ser tomado en vano. Se dice: "el cristianismo es el dulce consuelo" -sí, no se puede negar, siempre y cuando primero quieras morir, morir a. ¡Pero esto no es tan dulce! Se presenta a Cristo, diciendo: "Escuchad su voz, de qué manera dulce y atractiva llama a todos hacia sí, a todos los que sufren y les promete descanso para sus almas" -y en verdad es así, Dios me libre de decir otra cosa; pero, sin embargo, sin embargo, antes de que este descanso para el alma te toque a ti, y para que pueda tocarte a ti, es necesario (también lo dice el que invita, y lo expresó toda su vida aquí en la tierra, todos los santos días y las santas horas del día) que tú primero mueras, que mueras a... ¿es esto tan atrayente?
Así sucede también con esta afirmación cristiana: el Espíritu es el que vivifica. ¿A qué sentimiento se aferra el hombre con mayor firmeza que al sentimiento de la vida? (...) Mas aquí se predica un Espíritu que vivifica. Pues bien, apresurémonos a aceptarlo, ¿quién vacilará? ¡Danos vida, más vida, que el sentimiento de vida rebose en mí, como si toda la vida pudiera juntarse en mi pecho!
Pero ¿podría ser cristianismo esto, este terrible extravío? ¡No, no! Esta vivificación en el espíritu no es una elevación directa de la vida natural en un hombre en continuidad y conexión inmediatas con ella -¡oh, blasfemia!, ¡oh, qué terrible tomar de tal modo el cristianismo en vano!-, esta vivificación en el Espíritu es una nueva vida. Una nueva vida, sí, y no es una mera forma de hablar, como cuando usamos esa expresión tanto para una cosa como para otra cada vez que algo nuevo empieza a agitarse en nosotros, no; una nueva vida, literalmente una nueva vida -porque, fíjate bien, la muerte atraviesa la vida, morir a; y una vida del otro lado de la muerte, sí, es una nueva vida.
La muerte atraviesa la vida, ésa es la enseñanza del cristianismo; el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata; es la primera manifestación del Espíritu vivificante: que tú debes meterte en la muerte, tú debes morir a -así es, para que no puedas tomar el cristianismo en vano. Un espíritu vivificante: he aquí la invitación, ¡quién podría no aceptarla! Pero muere primero: ¡he aquí la parada!..."
Insiste más tarde en lo poco precisos que somos los hombres con las palabras y en cómo solemos hablar de fe, de esperanza y de amor donde en sentido cristiano estricto ni se trata de fe, ni de esperanza, ni de amor. A continuación va revisando una tras otra estas cuestiones, hasta llegar a la última que aborda así:
"Finalmente, el Espíritu también trae el amor. En otros lugares (se refiere a Las obras del amor) he intentado mostrar lo que no se logra enfatizar con bastante frecuencia ni nunca se pone en claro lo suficiente: que lo que nosotros los hombres ensalzamos bajo el nombre de amor es amor propio y que cuando no tenemos cuidado con esto se confunde todo el cristianismo para nosotros..."
Con eso terminamos este libro pequeñito, pero matón, y un examen de sí mismo de lo más recomendable; en cuanto a los tiempos, ya se ve que mucho no han cambiado.
Y con permiso del querido señor Kierkegaard, os deseo un feliz primer domingo de Adviento: Advent, Advent, noch mal ein Kerzlein brennt...
Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.
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28 noviembre 2012
Jerga de malhechores. Kierkegaard (3)
Y seguimos con Kierkegaard y Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo (y mañana ya termino), ahora con un pasaje del segundo de los tres sermones que componen el libro, el previsto para la fiesta de la Ascensión, que ya no fue capaz de pronunciar en público.
En este sermón, en el que sólo se refiere a la Ascensión para dedicar unas palabras a quienes la ponen en duda -las que más abajo os dejo- y, de paso, recordarnos que Cristo no ascendió a los cielos a mitad de la vida, el tema central es el del camino angosto. Un camino, el de la imitación, que, al igual que el seguido por Cristo, es angosto desde el principio y se va haciendo más angosto a medida que avanza (y aquí describe cinco momentos como cinco suspiros lanzados por Cristo, con tanta viveza que se sientefísicamente crecer la estrechez y el ahogo). Un camino que se diferencia tanto del que empieza siendo fácil para volverse angosto (el de las pasiones), como del que empieza siendo angosto para volverse fácil (el de los prudentes y entendidos, el de los que calculan que, soportando una temporada el sufrimiento y el esfuerzo, "el camino se hace más fácil e incluso se triunfa en la vida"). Un camino que tampoco es semejante a otros muchos de los padecidos por los hombres, terribles y angostos de principio a fin, porque se caracteriza por lo voluntario:
"Sí ¿quién ha dudado? ¿Será alguno de aquellos cuya vida lleva la marca de la imitación? ¿Será alguno de aquellos que dejaron todo para seguir a Cristo? ¿Será alguno de aquellos a quienes marcó la persecución, puesto que una vez que se produce la imitación, la persecución le sigue en consecuencia? No, de ellos ninguno. Sino que cuando se abolió la "imitación" y en consecuencia la persecución se hizo imposible, eso, en la jerga de malhechores con que hablamos los hombres, no sonó como una acusación contra un retroceso en el cristianismo de un siglo extraviado, válgame Dios; no, sonó como una alabanza a un incomparable progreso en tolerancia de un siglo iluminado; cuando se rebajó el ser cristiano, de modo que ser cristiano se convirtió en casi nada -y por lo tanto tampoco había nada que perseguir: entonces del ocio y de la autocomplacencia surgió toda clase de dudas. Y la duda, el que duda, se hizo importante dudando (...) Y mientras se dudaba de todo, una cosa estaba fuera de toda duda, que uno de este modo ("se debe dudar de todo") se aseguraba no algo dudoso, sino nada menos que una posición totalmente sólida en la sociedad, acompañada de grandes honores y prestigio entre los hombres.
Por lo tanto algunos dudaron. Pero entonces hubo otros que trataron de refutar la duda con razones. En realidad la situación era esta: lo primero fue tratar de refutar lo cristiano con razones o de establecer razones para lo cristiano. Y estas razones, ellas, generaron la duda, y la duda se convirtió en lo más fuerte. La prueba de lo cristiano consiste realmente en la "imitación". Esta fue eliminada. Así se sintió la necesidad de las razones; pero estas razones, o bien el hecho de que haya razones, ya es una especie de duda. No se advirtió que cuantas más razones se presentan, más se alimenta la duda y tanto más se fortalece, y que ofrecerle razones a la duda para aniquilarla es como ofrecerle a un monstruo hambriento del que uno quiere deshacerse el sabroso alimento que más ama."
Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.
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05 noviembre 2012
¡Ajá! - Kierkegaard (2)
Y sigue Kierkegaard con el primer sermón, ahora con el pasaje de la carta de Santiago en el que éste dice: no seáis sólo oidores de la Palabra, sino también sus hacedores.
"Pero para ser sus hacedores, primero hay que ser su oidor o lector, cosa que Santiago también dice", añade Kierkegaard. Con lo que, después de haberse ocupado del "hacer" y lo que él denomina la proposición subordinada en el luteranismo, pasa a ocuparse del "oír": de la manera en que se debe oír o leer (como si se tratara de la carta de la amada o el amado, entendiendo siempre que es a ti a quien se habla, es de ti de quien se habla), y al igual que en la primera parte, cuando se refería a las obras, de las estratagemas de las que habitualmente nos servimos, en este caso para evitar la escucha: la interpretación, la erudición, la huida del confrontamiento a solas con la Palabra, la "modestia" (no voy a ser tan vanidoso de pensar que aunque se hable de aristócratas, levitas, mercaderes o romanos, siempre se está hablando de mí) o, directamente, el destierro preventivo a la estantería más alta de ese libro tan tiránico "que si se le da un dedo, se toma toda la mano", decisión que a Kierkegaard le parece menos deshonesta que todas las otras formas maliciosas de no oír o no leer:
"Pero para ser sus hacedores, primero hay que ser su oidor o lector, cosa que Santiago también dice", añade Kierkegaard. Con lo que, después de haberse ocupado del "hacer" y lo que él denomina la proposición subordinada en el luteranismo, pasa a ocuparse del "oír": de la manera en que se debe oír o leer (como si se tratara de la carta de la amada o el amado, entendiendo siempre que es a ti a quien se habla, es de ti de quien se habla), y al igual que en la primera parte, cuando se refería a las obras, de las estratagemas de las que habitualmente nos servimos, en este caso para evitar la escucha: la interpretación, la erudición, la huida del confrontamiento a solas con la Palabra, la "modestia" (no voy a ser tan vanidoso de pensar que aunque se hable de aristócratas, levitas, mercaderes o romanos, siempre se está hablando de mí) o, directamente, el destierro preventivo a la estantería más alta de ese libro tan tiránico "que si se le da un dedo, se toma toda la mano", decisión que a Kierkegaard le parece menos deshonesta que todas las otras formas maliciosas de no oír o no leer:
Ante todo se requiere que tú no veas el espejo, sino que te veas a ti mismo en el espejo.
Esto parece tan evidente que podría creerse que no hace falta decirlo. Sin embargo es necesario hacerlo. Lo que me confirma mi opinión es que esta observación no procede de mí; tampoco de lo que hoy en día llamamos un hombre piadoso, un hombre de sentimientos piadosos, sino de un testigo de la verdad, un mártir, y se supone que estos gloriosos saben de lo que hablan (otro dardo contra Lutero por su descalificación de la carta de Santiago). [...]
Estar a solas con la Palabra de Dios; que eso es algo peligroso también lo han admitido tácitamente los hombres más capaces. Quizás haya habido alguien (un hombre más capaz y más serio, aunque no podamos aplaudir su decisión) que se dijo a sí mismo: "No sirvo para hacer algo a medias -y este libro, la Palabra de Dios, es un libro sumamente peligroso para mí, y es un libro tiránico: si se le da un dedo, se toma toda la mano; si se le da toda la mano, se toma al hombre entero y tal vez transforme de pronto toda mi vida de acuerdo con una medida inmensa. No, sin permitirme (cosa que detestaría) ni una sola palabra burlona ni peyorativa, lo llevo a un lugar apartado; no quiero estar a solas con él". Nosotros no lo aprobamos, sin embargo hay algo en ello que sí aprobamos: una cierta honestidad .
Pero también puede uno protegerse contra la Palabra de Dios haciendo alarde de que se atreve a estar a solas con ella, cuando en realidad no es cierto. Así tomas la Sagrada Escritura, cierras la puerta -pero tomas entonces diez diccionarios y veinticinco interpretaciones: de este modo puedes leerla tan tranquilo y distante como si leyeras el diario local. Si de pronto, mientras estás leyendo, lo que sería bastante extraño, se te ocurre preguntar : ¿he hecho esto?, ¿estoy actuando en consecuencia? (es naturalmente en un descuido, en un momento de distracción en que no estas concentrado con la seriedad habitual, cuando se te puede ocurrir algo así), de cualquier modo el peligro no es tan grande. Pues, mira, quizás haya distintas lecturas y quizá se encuentre un nuevo manuscrito justo ahora: ¡por supuesto! Y perspectivas de nuevas lecturas, y quizás haya cinco intérpretes con una opinión y siete con otra y dos con una opinión extraña y tres vacilantes o sin opinión, y "yo mismo no estoy del todo de acuerdo conmigo mismo acerca del sentido de ese pasaje, o para decir mi opinión, soy de la misma opinión que los tres vacilantes que no tienen opinión", etc. Alguien así no será puesto en el aprieto que me veo yo, que de inmediato debo actuar según la Palabra o hacer el humillante reconocimiento. No, él está tranquilo, él dice: "Por mi parte, no hay ningún problema, ya llegaré a actuar en consecuencia -una vez que se hayan ordenado las lecturas y los intérpretes se hayan puesto más o menos de acuerdo". ¡Ajá! De esta manera queda claro que habrá que esperar un largo tiempo. A cambio el hombre, salvo que sea aguijoneado por el error, logra ocultar que es él mismo quien no tiene ganas de renegar de la carne y la sangre y obrar según la Palabra de Dios. ¡Oh, triste abuso de la erudición, oh, que a los hombres les resulte tan fácil engañarse a sí mismos!
Puesto que si no hubiera tantas ilusiones y autoengaños, todos reconocerían, como yo: no me atrevo a estar a solas con la Palabra de Dios.
Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.
02 noviembre 2012
El mundo es un campesino borracho. Kierkegaard (1)
El texto que sigue pertenece al primero de los tres sermones escritos por Kierkegaard para ser pronunciados en la iglesia de la Ciudadela de Copenhague durante el Tiempo de Pascua de 1851.
Este primer sermón fue el único de los tres que llegó a pronunciar en público. La seriedad, la exigencia y la necesidad de coherencia vital con las que Kierkegaard concebía la predicación, le hicieron caer en tal estado de agotamiento enfermizo que tomó la decisión de no volver a subir a un púlpito. Finalmente, junto con los sermones previstos para las fiestas de la Ascensión y Pentecostés que no fue capaz de pronunciar, fue publicado bajo el título de Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo en septiembre de ese mismo año, el día del undécimo aniversario del compromiso con su muy abandonada aunque siempre añorada (y presente en cada línea) Regina Olsen.
La obrita, escrita para ser leída en público, y no para buscar el aplauso de la concurrencia sino su reacción, es tenida por el mejor compendio del pensamiento de Kierkegaard. Un compendio claro, directo y vivísimo, tan recomendado a su tiempo -según reza el título- como a cualquier otro.
El tema central del primer sermón, tomando como punto de partida el capítulo 1 de la Epístola de Santiago, uno de sus textos evangélicos preferidos, es el de la Palabra de Dios como espejo en el que mirarse a sí mismo. La polémica, porque Kierkegaard ante todo es polemista -si bien un polemista a la manera socrática: movido por el afán de "despertar inquietud con vistas a la interiorización", nunca por el de competir argumentalmente o vencer-, se entabla en este caso con las artimañas de todo tipo, intelectuales, sociales, religiosas o simplemente humanas de las que nos valemos para evitar ese encuentro directo con la Palabra. Arremete así contra los métodos histórico-críticos en los estudios bíblicos, contra la manipulación "astuta" de la cuestión de la fe y las obras en el luteranismo , contra la malicia de los hombres en general y contra nuestra innata capacidad para retorizar, tomar en vano y, en definitiva, mirar el espejo procurando cuidadosamente no vernos en él. Si Kierkegaard bajó del púlpito enfermo, sus oyentes, sus ahora lectores, no salimos mejor librados. Dispara con bala y tiene para todos:
Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.
Este primer sermón fue el único de los tres que llegó a pronunciar en público. La seriedad, la exigencia y la necesidad de coherencia vital con las que Kierkegaard concebía la predicación, le hicieron caer en tal estado de agotamiento enfermizo que tomó la decisión de no volver a subir a un púlpito. Finalmente, junto con los sermones previstos para las fiestas de la Ascensión y Pentecostés que no fue capaz de pronunciar, fue publicado bajo el título de Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo en septiembre de ese mismo año, el día del undécimo aniversario del compromiso con su muy abandonada aunque siempre añorada (y presente en cada línea) Regina Olsen.
La obrita, escrita para ser leída en público, y no para buscar el aplauso de la concurrencia sino su reacción, es tenida por el mejor compendio del pensamiento de Kierkegaard. Un compendio claro, directo y vivísimo, tan recomendado a su tiempo -según reza el título- como a cualquier otro.
El tema central del primer sermón, tomando como punto de partida el capítulo 1 de la Epístola de Santiago, uno de sus textos evangélicos preferidos, es el de la Palabra de Dios como espejo en el que mirarse a sí mismo. La polémica, porque Kierkegaard ante todo es polemista -si bien un polemista a la manera socrática: movido por el afán de "despertar inquietud con vistas a la interiorización", nunca por el de competir argumentalmente o vencer-, se entabla en este caso con las artimañas de todo tipo, intelectuales, sociales, religiosas o simplemente humanas de las que nos valemos para evitar ese encuentro directo con la Palabra. Arremete así contra los métodos histórico-críticos en los estudios bíblicos, contra la manipulación "astuta" de la cuestión de la fe y las obras en el luteranismo , contra la malicia de los hombres en general y contra nuestra innata capacidad para retorizar, tomar en vano y, en definitiva, mirar el espejo procurando cuidadosamente no vernos en él. Si Kierkegaard bajó del púlpito enfermo, sus oyentes, sus ahora lectores, no salimos mejor librados. Dispara con bala y tiene para todos:
Hubo un tiempo en que el Evangelio, "la gracia", se había convertido en una nueva ley, más severa que la antigua para los hombres. Todo se había vuelto atormentador, arduo y desagradable, casi como si -a pesar del canto de los ángeles por la llegada del cristianismo, ya no hubiera ninguna alegría en el cielo ni en la tierra. Con mezquinas autotorturas se había vuelto mezquino también a Dios. [...] Todo se reducía a obras. Y como tumores malignos en los árboles, así estas obras se echaron a perder por tumores malignos, de modo que con frecuencia sólo quedaban la hipocresía, la jactancia de haber hecho algo meritorio, la futilidad. Ahí es donde reside el error, no tanto en las obras. Pero no exageremos, no aprovechemos el extravío del pasado para un nuevo extravío. [...]
Entonces apareció un hombre, Martin Lutero, de parte de Dios y con fe [...] Su vida se expresó en las obras, no lo olvidemos nunca, pero dijo: el hombre sólo se salva por la fe. El peligro era grande. De lo grande que era a los ojos de Lutero, no conozco expresión más fuerte que su decisión de dejar a un lado al apóstol Santiago para poner orden en el asunto (*). Imagínate el respeto de un Lutero por un apóstol -¡y sin embargo tener que atreverse a esto para instalar la fe en su derecho!
¿Qué sucedió mientras tanto? Hay siempre una mundanidad que quiere llamarse cristiana, pero que desea llegar a serlo por el menor precio posible. Esta mundanidad prestó atención a Lutero. Escuchó, por precaución escuchó otra vez, no fuera que hubiera escuchado mal, y entonces dijo: "Magnífico, esto es algo para nosotros; Lutero dice: solamente importa la fe... Tomemos entonces su palabra, su enseñanza, y quedaremos libres de todas las obras. Viva Lutero: wer nicht liebt Weiber, Wein, Gesang, er wird ein Narr sein Leben lang (* *). Este es el significado de la vida de Lutero, este hombre de Dios que, conforme a su tiempo, reformó el cristianismo". Y aunque no todos hayan tomado a Lutero mundanamente en vano, hay en todo hombre una inclinación a, o bien, cuando deben realizarse obras, querer hacer méritos, o bien, cuando deben hacerse valer la fe y la gracia, quedar en lo posible eximidos de las obras. El "hombre", esta criatura racional de Dios, no se deja embaucar; no es un campesino recién llegado a la ciudad, él tiene los ojos bien abiertos: "No, una de dos", dice el hombre, "si se trata de las obras: bien, pero en ese caso debo pedir la ganancia que me corresponde legítimamente por mis obras, para que la cosa sea redituable. Si se trata de la gracia: bien, pero entonces debo pedir que se me exima de las obras, de lo contrario no es gracia. Si se trata de obras y además de gracia, es una locura". Sí, ciertamente es una locura [...] La exigencia del cristianismo es: tú deberías esforzarte lo más posible para que tu vida se manifieste en obras; y se exige luego una cosa más, que te humilles y reconozcas: aun así, por gracia soy salvado. Se aborrecía el extravío de la Edad Media: el mérito. Pero si se observa la cuestión más a fondo, se verá con facilidad que se le daba al mérito de las obras una importancia quizá mayor que en la Edad Media. [...] Lutero quiso quitar "el mérito" de las obras y conferirles algo distinto justamente en el sentido de testimoniar la verdad; la mundanidad, que entendió a Lutero a fondo, eliminó completamente el mérito -y también las obras. [...]
Pero imagínate a Lutero en nuestro tiempo, atento a nuestra situación, ¿no crees que diría lo mismo que dijo en un sermón: "El mundo es un campesino borracho que cuando se lo ayuda a montar en el caballo desde un costado se cae por el otro"? ¿No crees que díría: el apóstol Santiago debe ser rescatado, no por las obras contra la fe, no, éste tampoco era el propósito del apóstol, sino por la fe, para lograr en lo posible que la necesidad de la "gracia" se sienta profundamente en una interioridad de veras humilde y para impedir en lo posible que la fe y la gracia, como lo único que salva y lo único que bendice, sean tomadas en vano y se conviertan en pretexto para una mundanidad más refinada? Lutero -¡este hombre de Dios, esta alma honesta!- pasó por alto o quizás olvidó cierta cosa que una época posterior y especialmente la nuestra quizás acentúan con demasiada fuerza. Él olvidó -otra vez ¡tú, el honesto!- lo que era demasiado honesto para saber por sí mismo, alma honesta como él era, olvidó lo que yo, y no a causa de mis virtudes sino a causa de la verdad, debo destacar. El luteranismo es excelente, es la verdad. En relación con esta excelencia de lo luterano, tengo un solo reparo. Éste no concierne al luteranismo, no; me concierne a mí: estoy convencido de que no soy un alma honesta sino un tipo astuto. Entonces quizá lo más correcto sea tener un poco más de cuidado con la proposición subordinada (las obras, la existencia, el testimoniar y sufrir por la verdad, las obras del amor, etc.), la proposición subordinada en lo luterano.
* En palabras de Lutero "la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja...porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica". Kierkegaard, sin embargo, vuelve una y otra vez a esta Epístola.
** "Quien no ama mujeres, vino y canciones será un loco toda su vida". Según nota del traductor, la frase, citada en alemán por K., suele atribuirse erróneamente a M.Lutero.
** "Quien no ama mujeres, vino y canciones será un loco toda su vida". Según nota del traductor, la frase, citada en alemán por K., suele atribuirse erróneamente a M.Lutero.
Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.
18 abril 2012
Melancolías ocultas
"Desde niño estuve bajo el hechizo de una inmensa melancolía, cuya profundidad encuentra su expresión verdadera en la habilidad que se me ha concedido, en el mismo grado inmensa, de ocultarla bajo una aparente lozanía y alegría de vivir. Desde siempre, o desde donde alcanza mi memoria, mi única alegría se cifraba en que nadie podía descubrir lo desdichado que me sentía...
...Todo esto estaba ligado a la relación que mantenía con mi padre, el hombre al que más he amado. ¿Y qué quiere decir esto? Significa que fue precisamente este hombre quien me hizo desgraciado, a causa de su amor. Su defecto no era que careciera de amor sino que confundía a un niño con un anciano."
Es Kierkegaard quien habla, pero inmediatamente nos hace pensar en Mozart, en la melancolía oculta bajo la, seguramente más aparente que cierta, alegría de vivir.
Kierkegaard y Mozart, dos infancias estragadas, por el exceso de talento, por el exceso de responsabilidad, o porque ser un genio no debe de resultar fácil.
El pequeño Wolfgang, paseado por su padre de corte en corte con la casaca roja de botones dorados, y el pequeño Søren, confidente abrumado de los escrúpulos y los temores paternos: dos niños geniales dispuestos a inmolarse para no defraudar las grandes expectativas depositadas sobre sus hombros, dos cabezas con peinado inverosímil y mirada triste, dos genios emparentados: nunca niños del todo y, sin embargo, siempre niños.
Hay una relación misteriosa entre la genialidad y la capacidad de mantenerse niño. Por eso hay genios histriónicos -como lo son ellos dos- pero nunca cínicos; y genios caprichosos, vanidosos y vulnerables -como lo son ellos dos- pero nunca astutos, calculadores o fríos... Eso me parece al menos.
Kierkegaard y Mozart, dos almas afines. Lo que nos confía el primero en Mi punto de vista, es lo mismo que, volcado en un pentagrama, nos revela el segundo, muy especialmente en las Sonatas para piano, las más íntimas: talento desbordado, alegría, ligereza... y en los movimientos intermedios, encajonado entre prestissimos y vivaces, este río subterráneo de melancolía:
(Mozart. Sonata en do menor nº14, K.457/ 2. Adagio- F.Gulda)
11 febrero 2011
Anhelar lo que hay
"Desde el primer instante en que mi alma, humillada y llena de asombro, se postró ante la música de Mozart, muchas veces ha sido para mí una actividad grata y reconfortante la de pensar en aquella jovial concepción griega que denómina al mundo κόσμος , puesto que se muestra como un todo bien ordenado, como una grácil ydiáfana alhaja del espíritu que obra en él y lo entrelaza; y pensar que esa jovial concepción puede repetirse en un orden de cosas superior, que también en él hay una providencial sabiduría que es digna de admiración, puesto que, ante todo, reúne a los que se pertenecen de manera mutua: Axel y Valborg, Homero y la guerra de Troya, Rafael y el catolicismo, Mozart y el Don Juan. Hay una miserable incredulidad que cree disponer de un sinnúmero de alicientes. Supone que ese vínculo es incidental, y no ve en él otra cosa que la afortunada conjunción de diferentes potencias en el juego de la vida. Supone que es incidental que los enamorados se encuentren, que es incidental que se amen, que habría cientos de otras muchachas junto a las cuales un hombre podría haber alcanzado la misma dicha y a las que podría haber amado del mismo modo. Supone que muchos otros poetas habrían podido ser tan inmortales como Homero, si éste no hubiese acaparado ese glorioso tema, que muchos compositores habrían podido ser tan inmortales como Mozart si se les hubiese dado la oportunidad. [...]
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En lo incidental hay un solo factor [...] Lo venturoso tiene dos factores: es un hecho venturoso que la más excelsa materia épica le haya sido acordada a Homero, pues aquí el acento recae tanto sobre Homero como sobre la materia. En eso consiste la profunda armonía que resuena en todas las obras que llamamos clásicas. Lo mismo sucede con Mozart: es un hecho venturoso que aquello que, en sentido profundo, es acaso el único tema de la música, le haya sido dado ... a Mozart. [...]
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Lo que hay de afortunado en una producción clásica, lo que le hace ser clásica e inmortal, es la absoluta conjunción de dos fuerzas. Esa conjunción es tan absoluta, que la reflexión de épocas posteriores no podrá separar ni siquiera en el pensamiento lo que está tan íntimamente unido sin correr el riesgo de provocar o favorecer un malentendido. Así cuando se dice que Homero tuvo la fortuna de hallar la materia épica más excelsa, puede que esto le haga olvidar a uno que esa materia épica le llega siempre a través de la concepción de Homero, y que eso que se presenta como la materia épica más perfecta sólo está listo para nosotros en virtud de la transustanciación que es propiedad de Homero. Si se hace resaltar en cambio la actividad poética de Homero al penetrar esa materia, se corre el riesgo de olvidar que el poeta jamás habría llegado a ser lo que es si el pensamiento que le permitió penetrarla no fuera el pensamiento propio de la materia, si la forma no fuese el pensamiento propio de la materia. El poeta desea su materia; pero es muy cierto aquel dicho según el cual desear no es no es ningún arte, y hay un sinnúmero de impotentes anhelos que confirman esa enorme verdad. Anhelar de la manera correcta, en cambio, es un gran arte, o mejor aún, es un don. Es lo que hay de inexplicable y misterioso en el genio, lo mismo que una vara mágica a la que nunca se le ocurriría anhelar algo distinto de lo que obtendrá. El anhelo tiene allí un significado mucho más profundo del que suele tener, algo que la razón abstracta hallará tal vez ridículo, pues ésta piensa más bien el anhelo en relación con lo que no hay, no en relación con lo que hay."
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Søren Kierkegaard, O lo uno o lo otro. Un fragmento de vida (2. Los estadios eróticos inmediatos. Preámbulo intrascendente), Edit. Trotta, Madrid, 2006, Traducc. Darío González y Begoña Saez.
09 julio 2010
Desesperación femenina y masculina... y un sorprendente final (y 4)
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"...Lejos de mí, sin embargo, el pensamiento de que no se puede encontrar en la mujer formas de desesperación masculinas e, inversamente, en el hombre formas de desesperación femeninas; pero esta es la excepción. Claro está que la forma ideal no se halla en ninguno y sólo idealmente es enteramente verdadera esta distinción de la desesperación masculina y de la desesperación femenina. En la mujer no existe esa profundización subjetiva del yo, ni una intelectualidad absolutamente dominante, aunque ella posee mucho más a menudo que el hombre una sensibilidad delicada. En cambio su ser es adhesión, abandono, pues si no, no es mujer. Cosa extraña: nadie tiene su mojigatería (palabra bien formada para ella por el lenguaje) ni ese mohín casi de crueldad, y sin embargo su ser es adhesión y (esto es lo admirable) todas esas reservas no expresan en el fondo más que tal condición. En efecto, a causa de todo ese abandono femenino de su ser, la Naturaleza la ha armado tiernamente con un instinto cuya finura sobrepasa a la más lúcida reflexión masculina y la reduce a nada. Esta afección de la mujer y, como decían los griegos, ese don de los dioses, esa magnificencia, es un tesoro demasiado grande para que se lo arroje al azar; ¿pero qué inteligencia humana lúcida tendrá jamás bastante clarividencia para adjudicarlo a quien se lo merezca? Por esto la Naturaleza se ha encargado de ello: por instinto, su ceguera ve más claramente que la más clarividente inteligencia; por instinto ve adónde dirigir su admiración, dónde llevar su abandono. Siendo todo su ser adherirse, la Naturaleza asume su defensa... Pero esta adhesión profunda de su ser reaparece en la desesperación, es su modo mismo. En el abandono ella ha perdido su yo y sólo así encuentra la felicidad, vuelve a encontrar su yo; una mujer feliz, sin adherirse, es decir sin el abandono de su yo, fuere a quien fuese por lo demás, carece de toda femineidad. También el hombre se da y es un defecto en él no hacerlo; pero su yo no es abandono (fórmula de lo femenino, sustancia de su yo), y tampoco necesita perderlo, como hace la mujer, para volver a encontrarlo, puesto que ya lo tiene; él se abandona, pero su yo permanece allí como una conciencia sobre el abandono, mientras que la mujer, con una verdadera femineidad, se precipita y precipita su yo en el objeto de su abandono. Perdiendo ese objeto, ella pierde su yo y entonces cae en esa forma de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo. El hombre no se abandona de esa manera; por ello la otra forma de la desesperación lleva el signo masculino: en ella el desesperado quiere ser él mismo.
Esto para caracterizar la relación entre la desesperación del hombre y de la mujer. Sin embargo, recordemos que aquí no se trata de abandono en Dios ni de la relación del creyente con Dios, en la cual desaparece esa diferencia del hombre y de la mujer. Aquí es indiferentemente cierto que el abandono es el yo y que se llega al yo por el abandono. Esto vale tanto para el uno como para la otra, incluso si muy a menudo en la vida la mujer no tiene relación con Dios sino a través del hombre."
(...Continuación)
[Kierkegaard, filósofo de la esperanza cristiana y profundísimo psicólogo de los muchos grados y formas que reviste la desesperanza, esa enfermedad mortal que consiste en vivir de espaldas al yo eterno, al yo que se es (única enfermedad verdaderamente "mortal", ya que las que "se terminan con la muerte" no son propiamente "de muerte" -y aquí trae las palabras de Jesús ante la tumba de Lázaro: "Esta enfermedad no es de muerte" Jn XI,4), considera que en la desesperación puede reconocerse una forma típicamente femenina y otra típicamente masculina. La primera, o desesperación-debilidad, sería la de no querer ser quien se es; la segunda, o desesperación-desafío, consistiría en querer ser quien no se es (en el texto que circula en Internet dice "querer ser quien se es", aunque a renglón seguido se habla del deseo "encarnizado" de "construir un yo imaginario". A ver si consigo el librito de Trotta con la traducción de Demetrio González Rivero -impagables traducciones que habrían librado a Unamuno del engorro de aprender danés- porque no lo veo muy claro).
[Kierkegaard, filósofo de la esperanza cristiana y profundísimo psicólogo de los muchos grados y formas que reviste la desesperanza, esa enfermedad mortal que consiste en vivir de espaldas al yo eterno, al yo que se es (única enfermedad verdaderamente "mortal", ya que las que "se terminan con la muerte" no son propiamente "de muerte" -y aquí trae las palabras de Jesús ante la tumba de Lázaro: "Esta enfermedad no es de muerte" Jn XI,4), considera que en la desesperación puede reconocerse una forma típicamente femenina y otra típicamente masculina. La primera, o desesperación-debilidad, sería la de no querer ser quien se es; la segunda, o desesperación-desafío, consistiría en querer ser quien no se es (en el texto que circula en Internet dice "querer ser quien se es", aunque a renglón seguido se habla del deseo "encarnizado" de "construir un yo imaginario". A ver si consigo el librito de Trotta con la traducción de Demetrio González Rivero -impagables traducciones que habrían librado a Unamuno del engorro de aprender danés- porque no lo veo muy claro).
Las dos formas, femenina y masculina, aun con puntos en común, son radicalmente diferentes: ella es otro; él se inventa.
Y pienso en tantos personajes literarios femeninos que parecen darle la razón. En el "Yo soy Heathcliff", por ejemplo, de Cathy, la protagonista de Cumbres Borrascosas (es difícil sin embargo imaginar a Dante diciendo "yo soy Beatriz"). Desde el lado masculino, llevado a su extremo el yo imaginario, quizá Don Quijote... Aunque precisamente en don Quijote el personaje ficticio es el que permite a D. Alonso ser quien es. El quijotismo es algo muy masculino, no cabe duda.
El texto que sigue, una nota aclaratoria a pie de página con un curioso -y pelín vanidoso- remate, me ha parecido muy interesante. Como todo Kierkegaard, otro descubrimiento tardío, qué alegría ]
El texto que sigue, una nota aclaratoria a pie de página con un curioso -y pelín vanidoso- remate, me ha parecido muy interesante. Como todo Kierkegaard, otro descubrimiento tardío, qué alegría ]
"...Lejos de mí, sin embargo, el pensamiento de que no se puede encontrar en la mujer formas de desesperación masculinas e, inversamente, en el hombre formas de desesperación femeninas; pero esta es la excepción. Claro está que la forma ideal no se halla en ninguno y sólo idealmente es enteramente verdadera esta distinción de la desesperación masculina y de la desesperación femenina. En la mujer no existe esa profundización subjetiva del yo, ni una intelectualidad absolutamente dominante, aunque ella posee mucho más a menudo que el hombre una sensibilidad delicada. En cambio su ser es adhesión, abandono, pues si no, no es mujer. Cosa extraña: nadie tiene su mojigatería (palabra bien formada para ella por el lenguaje) ni ese mohín casi de crueldad, y sin embargo su ser es adhesión y (esto es lo admirable) todas esas reservas no expresan en el fondo más que tal condición. En efecto, a causa de todo ese abandono femenino de su ser, la Naturaleza la ha armado tiernamente con un instinto cuya finura sobrepasa a la más lúcida reflexión masculina y la reduce a nada. Esta afección de la mujer y, como decían los griegos, ese don de los dioses, esa magnificencia, es un tesoro demasiado grande para que se lo arroje al azar; ¿pero qué inteligencia humana lúcida tendrá jamás bastante clarividencia para adjudicarlo a quien se lo merezca? Por esto la Naturaleza se ha encargado de ello: por instinto, su ceguera ve más claramente que la más clarividente inteligencia; por instinto ve adónde dirigir su admiración, dónde llevar su abandono. Siendo todo su ser adherirse, la Naturaleza asume su defensa... Pero esta adhesión profunda de su ser reaparece en la desesperación, es su modo mismo. En el abandono ella ha perdido su yo y sólo así encuentra la felicidad, vuelve a encontrar su yo; una mujer feliz, sin adherirse, es decir sin el abandono de su yo, fuere a quien fuese por lo demás, carece de toda femineidad. También el hombre se da y es un defecto en él no hacerlo; pero su yo no es abandono (fórmula de lo femenino, sustancia de su yo), y tampoco necesita perderlo, como hace la mujer, para volver a encontrarlo, puesto que ya lo tiene; él se abandona, pero su yo permanece allí como una conciencia sobre el abandono, mientras que la mujer, con una verdadera femineidad, se precipita y precipita su yo en el objeto de su abandono. Perdiendo ese objeto, ella pierde su yo y entonces cae en esa forma de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo. El hombre no se abandona de esa manera; por ello la otra forma de la desesperación lleva el signo masculino: en ella el desesperado quiere ser él mismo.
Esto para caracterizar la relación entre la desesperación del hombre y de la mujer. Sin embargo, recordemos que aquí no se trata de abandono en Dios ni de la relación del creyente con Dios, en la cual desaparece esa diferencia del hombre y de la mujer. Aquí es indiferentemente cierto que el abandono es el yo y que se llega al yo por el abandono. Esto vale tanto para el uno como para la otra, incluso si muy a menudo en la vida la mujer no tiene relación con Dios sino a través del hombre."
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S. Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación. Libro I. Capítulo II) . Texto tomado y corregido de http://www.librodot.com/.
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08 julio 2010
Desesperación femenina y masculina. Kierkegaard (3)
(... Continuación)
"...Desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera desesperación; es su comienzo, se incuba, como dicen los médicos de una enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo. Observad a una muchacha desesperada de amor, es decir de la pérdida de su amigo, muerto o esfumado. Esta pérdida no es desesperación declarada, sino que ella desespera de sí misma. Ese yo, del cual se habría librado, que ella habría perdido del modo más delicioso si se hubiese convertido en bien del «otro», ahora hace su pesadumbre, puesto que debe ser su yo sin el «otro». Ese yo que habría sido su tesoro -y por lo demás también, en otro sentido, habría estado desesperado- ahora le resulta un vacío abominable, cuando el «otro» está muerto, o como una repugnancia, puesto que le que recuerda el abandono. Tratad, pues de decirle: «Hija mía, te destruyes», y escucharéis su respuesta: «¡Ay, no! Precisamente mi dolor está en que no puedo conseguirlo».
Desesperar de sí mismo, querer deshacerse del yo, tal es la fórmula de toda desesperación, y la segunda: desesperar por querer ser uno mismo, se reduce a ella… Quien desespera quiere, en su desesperación, ser él mismo. Pero entonces, ¿no quiere desprenderse de su yo? En apariencia, no; pero observando de más de cerca, siempre se encuentra la misma contradicción. Ese yo, que ese desesperado quiere ser, es un yo que no es él (pues querer ser verdaderamente el yo que se es, es lo opuesto mismo de la desesperación); en efecto, lo que desea es separar su yo de su Autor. Pero aquí fracasa, a pesar de que desespera, y no obstante todos los esfuerzos de la desesperación, ese Autor sigue siendo el más fuerte y la obliga a ser el yo que no quiere ser… el hombre desea siempre desprenderse de su yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención. Ser ese «yo» que quiere, haría todas sus delicias -aunque en otro sentido su caso habría sido también desesperado- pero ese constreñimiento suyo de ser el yo que no desea ser, es su suplicio: no puede desembarazarse de sí mismo. "
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S.Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación . Libro I. Cap.III). Texto tomado y corregido de: http://www.librodot.com/
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25 junio 2010
La imposible posibilidad . Kierkegaard (2)
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(...Continuación)
"La desesperación vista en relación a la doble categoría de lo posible y de la necesidad: La desesperación en la necesidad, o la carencia de posible.
Suponed que descarriarse en lo posible sea comparable a los balbuceos de la infancia, sin embargo carecer de posibilidad es estar mudo. La necesidad parece no ser más que las consonantes, pero para pronunciarlas se necesita lo posible. Si falta, si el destino hace que una existencia carezca de posibilidad, ésta desespera, y estará desesperada en todo instante que le falte.
Hay, como se dice, una edad para la esperanza, o bien, en un cierto momento de la vida, se está o se estuvo, dícese, desbordante de esperanza o de posibilidades. Pero esto no es más que verborrea que no alcanza a lo verdadero: pues esperarlo todo y desesperar de tal cosa aún no es verdadera esperanza, ni verdadera desesperación. El criterio es el siguiente: todo le es posible a Dios. Verdad de siempre y, por lo tanto, de cualquier instante. Es un refrán cotidiano del que se hace uso todos los días sin pensar en él, pero su palabra no es decisiva más que para el hombre que se encuentra al fin de todo, cuando no subsiste ninguna otra posibilidad humana. Entonces, lo esencial para él consiste en si quiere creer que para Dios todo es posible, si tiene la voluntad de creer en ello. ¿Pero no es esta la fórmula para perder la sensatez? Perderla para ganar a Dios, es el acto mismo de creer. Supongamos a alguien en este caso: todas las fuerzas de una imaginación en el espanto le muestran temblando ante no sé qué horror intolerable; ¡y es este horror el que le llega! En opinión de los hombres su perdición es algo seguro ... la desesperación de su alma lucha por el derecho a desesperar, por el contentamiento de todo su ser en instalarse en la desesperación; incluso llegará a no maldecir a nadie tanto como a quien pretenda evitárselo, según la palabra del poeta de los poetas, en Ricardo II:
---Beshrew thee, cousin, which didst lead me forth
---Of that sweet way I was in to despair. ---(Acto III, escena II).
Así, pues, la salvación es el supremo imposible humano; ¡pero a Dios todo le es posible! Este es el combate de la fe, que lucha como un demente por la posibilidad. Sin ella, en efecto, no hay salvación. Cuando uno se desmaya, la gente grita: ¡Agua! ¡Agua de Colonia! ¡Gotas de Hoffman! ¡Cualquier cosa fuerte! Pero para alguien que desespera hay que gritar: ¡Una posibilidad! ¡Encontradle una posibilidad! La posibilidad es el único remedio. Dadle una posibilidad y el desesperado recobra el aliento, se reanima, pues si el hombre se encuentra sin posibilidad, es como si le faltara el aire. A veces el ingenio de los hombres es suficiente para encontrarla, pero, al final, cuando se trata de creer, sólo queda un único remedio: Todo es posible para Dios.
Tal es el combate. (...) El creyente ve y comprende en tanto que hombre su derrota , pero cree. Y es esto lo que le preserva de perecer. Confía íntegramente en Dios sobre el modo en que le llegarán los socorros, pues se conforma con creer que a Dios todo le es posible... Comprender que humanamente está perdido y, a la vez, creer en lo posible, es creer. Entonces Dios viene en ayuda del creyente, quizá dejándole escapar del horror, acaso mediante el horror mismo en el cual, a pesar de toda suposición, brota el socorro, milagroso, divino. Milagroso, ¡pues qué gazmoñería es creer que el hombre sólo ha sido socorrido milagrosamente hace diecinueve siglos! ...
En cuanto a la posibilidad, el creyente posee el eterno y seguro antídoto de la desesperación, pues Dios lo puede todo en cualquier instante. Es ésta la salvación de la fe, que resuelve las contradicciones, como lo es el hecho de que la certidumbre humana de la perdición coincide sin embargo al mismo tiempo con la existencia de una posibilidad. ¿La salvación no es, en suma, el poder de resolver lo contradictorio? Así en lo físico, una corriente de aire es una contradicción, una desproporción entre el frío y el calor, que un cuerpo sano resuelve sin darse cuenta. Lo mismo sucede con la fe. Carecer de posibilidad significa que todo se nos ha hecho necesidad o trivialidad. "
S.Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación. Libro III-Personificaciones de la desesperación). Texto tomado y corregido de: http://www.librodot.com/
(...Continuación)
"La desesperación vista en relación a la doble categoría de lo posible y de la necesidad: La desesperación en la necesidad, o la carencia de posible.
Suponed que descarriarse en lo posible sea comparable a los balbuceos de la infancia, sin embargo carecer de posibilidad es estar mudo. La necesidad parece no ser más que las consonantes, pero para pronunciarlas se necesita lo posible. Si falta, si el destino hace que una existencia carezca de posibilidad, ésta desespera, y estará desesperada en todo instante que le falte.
Hay, como se dice, una edad para la esperanza, o bien, en un cierto momento de la vida, se está o se estuvo, dícese, desbordante de esperanza o de posibilidades. Pero esto no es más que verborrea que no alcanza a lo verdadero: pues esperarlo todo y desesperar de tal cosa aún no es verdadera esperanza, ni verdadera desesperación. El criterio es el siguiente: todo le es posible a Dios. Verdad de siempre y, por lo tanto, de cualquier instante. Es un refrán cotidiano del que se hace uso todos los días sin pensar en él, pero su palabra no es decisiva más que para el hombre que se encuentra al fin de todo, cuando no subsiste ninguna otra posibilidad humana. Entonces, lo esencial para él consiste en si quiere creer que para Dios todo es posible, si tiene la voluntad de creer en ello. ¿Pero no es esta la fórmula para perder la sensatez? Perderla para ganar a Dios, es el acto mismo de creer. Supongamos a alguien en este caso: todas las fuerzas de una imaginación en el espanto le muestran temblando ante no sé qué horror intolerable; ¡y es este horror el que le llega! En opinión de los hombres su perdición es algo seguro ... la desesperación de su alma lucha por el derecho a desesperar, por el contentamiento de todo su ser en instalarse en la desesperación; incluso llegará a no maldecir a nadie tanto como a quien pretenda evitárselo, según la palabra del poeta de los poetas, en Ricardo II:
---Beshrew thee, cousin, which didst lead me forth
---Of that sweet way I was in to despair. ---(Acto III, escena II).
Así, pues, la salvación es el supremo imposible humano; ¡pero a Dios todo le es posible! Este es el combate de la fe, que lucha como un demente por la posibilidad. Sin ella, en efecto, no hay salvación. Cuando uno se desmaya, la gente grita: ¡Agua! ¡Agua de Colonia! ¡Gotas de Hoffman! ¡Cualquier cosa fuerte! Pero para alguien que desespera hay que gritar: ¡Una posibilidad! ¡Encontradle una posibilidad! La posibilidad es el único remedio. Dadle una posibilidad y el desesperado recobra el aliento, se reanima, pues si el hombre se encuentra sin posibilidad, es como si le faltara el aire. A veces el ingenio de los hombres es suficiente para encontrarla, pero, al final, cuando se trata de creer, sólo queda un único remedio: Todo es posible para Dios.
Tal es el combate. (...) El creyente ve y comprende en tanto que hombre su derrota , pero cree. Y es esto lo que le preserva de perecer. Confía íntegramente en Dios sobre el modo en que le llegarán los socorros, pues se conforma con creer que a Dios todo le es posible... Comprender que humanamente está perdido y, a la vez, creer en lo posible, es creer. Entonces Dios viene en ayuda del creyente, quizá dejándole escapar del horror, acaso mediante el horror mismo en el cual, a pesar de toda suposición, brota el socorro, milagroso, divino. Milagroso, ¡pues qué gazmoñería es creer que el hombre sólo ha sido socorrido milagrosamente hace diecinueve siglos! ...
En cuanto a la posibilidad, el creyente posee el eterno y seguro antídoto de la desesperación, pues Dios lo puede todo en cualquier instante. Es ésta la salvación de la fe, que resuelve las contradicciones, como lo es el hecho de que la certidumbre humana de la perdición coincide sin embargo al mismo tiempo con la existencia de una posibilidad. ¿La salvación no es, en suma, el poder de resolver lo contradictorio? Así en lo físico, una corriente de aire es una contradicción, una desproporción entre el frío y el calor, que un cuerpo sano resuelve sin darse cuenta. Lo mismo sucede con la fe. Carecer de posibilidad significa que todo se nos ha hecho necesidad o trivialidad. "
S.Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación. Libro III-Personificaciones de la desesperación). Texto tomado y corregido de: http://www.librodot.com/
Polvo de instantes. Kierkegaard (1)
-"La desesperación vista en relación a la doble categoría de lo posible y de la necesidad: La desesperación de lo posible o la falta de necesidad.
El yo, como síntesis de finito e infinito... contiene tanto de posible como de necesidad, pues es él mismo, pero también tiene que devenirlo. Es necesidad, puesto que es él mismo, y posible, puesto que debe devenir.
Si lo posible derriba a la necesidad y de este modo el yo se lanza y se pierde en lo posible, sin vínculo atrayéndole a la necesidad, se tiene la desesperación de lo posible. (...) Entonces el campo de lo posible no deja de agrandarse a los ojos del yo, en él halla siempre más posible, puesto que ninguna realidad se forma allí. Al final lo posible lo abarca todo, pero entonces se trata de que el abismo se ha tragado el yo. Para realizarse, el menor posible requerirá cierto tiempo. Pero ese tiempo que necesitaría para la realidad se abrevia tanto, que al fin todo se dispersa en polvo de instantes... Apenas el instante revela un posible, y ya surge otro y, finalmente, esas fantasmagorías desfilan con tanta rapidez que todo nos parece posible y entonces tocamos ese instante extremo del yo, en el cual él mismo no es más que una ilusión.
Lo que le falta ahora es lo real, como también lo expresa el lenguaje ordinario cuando dice que alguien ha salido de la realidad. Pero, observando de más cerca, lo que le falta es necesidad. (...) Tampoco es por falta de fuerza, al menos en el sentido ordinario, por lo que el yo se descarría en lo posible. Lo que falta es, en el fondo, la fuerza de obedecer, de someterse a la necesidad incluida en nuestro yo, a lo que puede llamarse nuestras fronteras interiores. La desgracia de un yo semejante tampoco reside en el hecho de no haber llegado a nada en este mundo, sino en no haber adquirido conciencia de sí mismo, de no haber percibido que ese yo es el suyo, determinado y preciso y, por lo tanto, una necesidad. En lugar de esto, el hombre se ha perdido a sí mismo dejando que su yo se refleje imaginariamente en lo posible... Pero lo posible es un espejo extraordinario, al cual hay que usar con suma prudencia. En efecto, puede decirse que es engañador. Un yo que se mira en su propio posible no es más que cierto a medias; pues, en ese posible está bien lejos aún de ser él mismo, o no lo es más que a medias. Todavía no puede saberse qué resolverá luego su necesidad. Lo posible hace como el niño que recibe una invitación agradable y que la acepta de inmediato; queda por verse si los padres le permitirán... y los padres desempeñan el papel de la necesidad.
Lo posible, en verdad, contiene todos los posibles y, por lo tanto, todos los descarriamientos... Como aquel caballero, de quien hablan las leyendas, que de pronto ve un pájaro raro y se empecina en seguirlo, habiendo creído en un primer momento que estaba a punto de cazarlo ... pero el pájaro escapa siempre, hasta que cae la noche y el caballero, lejos de los suyos, ya ignora su camino en la soledad: así es lo posible del deseo. En lugar de referir lo posible a la necesidad, el deseo lo sigue hasta perder el camino de regreso a sí mismo."
S.Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación. Libro III-Personificaciones de la desesperación). Texto tomado y corregido de: http://www.librodot.com/
11 marzo 2010
Los lirios del campo. Kierkegaard
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"Mirad a los lirios del campo, miradlos. Ello quiere decir: préstales cabal atención, conviértelos en objeto no de una furtiva mirada al pasar, sino de tu consideración; por eso se emplea allí la expresión que el sacerdote suele usar en las reflexiones más serias y solemnes; ...muchos viven quizá en la gran ciudad y jamás contemplan los lirios; muchos habitan seguramente en el campo y pasan por delante de ellos sin regalarles una mirada. ¡Ay, cuántos habrá que según la indicación evangélica los contemplen debidamente! (...)
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Los lirios "no se fatigan ni hilan", en realidad no hacen otra cosa sino adornarse, o mejor dicho: estar adornados. De la misma manera que en la primera parte de este Evangelio -cuando se hablaba de las aves del cielo y se afirmaba: "no siembran ni siegan, ni encierran en los graneros"- se estaba como aludiendo al trabajo que el varón se impone para alimentarse a sí y a los suyos, así también estas palabras sobre los lirios son como una alusión al trabajo de la mujer. La mujer no sale fuera para cubrir las necesidades de la vida, permanece en el hogar, cose e hila, procura tenerlo todo tan primoroso como sea posible: su tarea diaria, su diligente trabajo está en la relación más próxima con la elegancia. Esto es lo que acontece también con el lirio: se queda en casa, no se aparta del sitio, pero ni trabaja ni hila, no hace sino adornarse, o mejor dicho: estar adornado.
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De esta manera ya tenemos al afligido, que con su pena se fue hasta los lirios, allá en el campo en medio de ellos; sorprendido por su hermosura, ha cogido el primero que topó, sin ninguna elección previa, pues ni siquiera se le ha pasado por las mientes que pudiera haber un único lirio respecto del cual no fueran válidas las palabras de que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. Supongamos que el lirio pudiese hablar, ¿no tendría que decirle al afligido: Cómo es posible que te admires tanto de mí? ... ¿Lo que es válido acerca de un pobrecito como yo, no lo será respecto de ser hombre, que es indudablemente el milagro de la creación? Sin embargo, el lirio no puede hablar; y precisamente por eso, porque allá fuera reina un silencio ininterrumpido y nadie está presente, el afligido está en situación de hablar consigo mismo... No es el lirio quien lo dice; ni es ningún otro hombre, ya que con otro hombre surge con la mayor facilidad la idea inquietante de la confrontación ... y se olvida lo que es ser hombre a expensas de las diferencias entre uno y otro hombre. Mas en el campo junto a los lirios... donde los grandes pensamientos de las nubes disipan todas las pequeñeces: allí el afligido es el hombre único, y aprende de los lirios lo que probablemente no aprendería de ningún otro hombre. (...)
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¿Qué aprende, pues, el afligido de los lirios? Aprende a contentarse con ser un hombre y a no preocuparse de las diferencias ente hombre y hombre; aprende a hablar tan brevemente, tan solemnemente, tan elevadamente de eso de ser hombre, como el Evangelio lo hace acerca de los lirios. Pensemos en Salomón. Si está revestido de la púrpura real y sentado en su trono rodeado de toda su gloria, es obvio que se le hablará solemnemente diciendo: "Su Majestad"; mas cuando se tiene que hablar con una solemnidad suprema, con el lenguaje eterno de la seriedad, entonces hay que decir : ¡Hombre! Y justamente lo mismo solemos decirle al más insignificante cuando, como Lázaro, yace casi desconocido en la pobreza y en la miseria: ¡Hombre! Y en el momento decisivo de la muerte, cuando todas las diferencias quedan eliminadas, decimos: ¡Hombre! Y no es que con ello hablemos de una manera empequeñecedora, al revés, afirmamos lo supremo; ... pues esta -esencialmente igual- gloria de todos los hombres no es por cierto la triste igualdad de la muerte... sino cabalmente la de la hermosura."
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Sören Kierkegaard, Los lirios del campo y las aves del cielo, Editorial Trotta, Madrid, 2007. Prólogo y traducción de Demetrio Gutiérrez Rivero.
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[Me ha sorprendido mucho, por evidente y por no haber reparado nunca en ello, la relación del lirio con las tareas femeninas y la del gorrión con las tareas masculinas. ¿Es un hallazgo de Kierkegaard? ¿Es algo que se entendía con naturalidad en tiempos pasados y ha dejado de entenderse en estos, en los que la mujer, como el gorrión, "vuela de acá para allá para aprovisionarse de alimentos" ? ¿Formaba parte de la exégesis tradicional y ha sido eliminado en los actuales comentarios bíblicos por "incorrecto"? Y sobre todo ¿habrá más cosas que, estando claras antes, se nos hayan vuelto oscuras? Y otra pregunta me hago: sumando -porque normalmente sumamos- al adorno el vuelo y al hilado el llenado del granero, ¿habremos dejado de ser comparables con los lirios? ]
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