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23 agosto 2015

Tiempo de silencio (2)

(Continuación)
Y seguimos con Martín-Santos:

¿Lengua viperina? Sí, pero no sólo. Hay una sátira frívola y despectiva, que no es más que bajeza y veneno, una ironía que atufa a resentimiento y suele nacer de la vanidad herida. Hay otra sátira, de buena ley podría decirse (la de Quevedo por ejemplo, la de Kierkegaard, la de Bloy -buenas lenguas viperinas también todas ellas- o la de Cervantes, tan profunda, melancólica y fina que hasta puede prescindir de la lengua venenosa), que nace de un sitio diferente. No de la vanidad, no del desprecio, al contrario, la de buena ley suele estar entreverada de piedad. Es una sátira, como la del tristemente malogrado Martín-Santos, que  brota de la lucidez y la desolación. Una burla que no deja títere con cabeza pero empezando por la cabeza propia (la verdadera lucidez siempre empieza por uno mismo). Un repaso, finalmente,  a toda clase de lacras, las de los de arriba, los de abajo y los de en medio, del que muy pocos se libran (que yo cuente sólo tres en todo el libro: la mujer del repugnante Muecas y un matrimonio de viejecitos, el que ocupa el peor cuarto de la pensión en la que el protagonista se aloja, a los que, por la ternura con la que describe sus gestos, apostaría que conoció en realidad el autor).
Una risa, resumiendo, bien bien triste, sobre todo para el que se ríe :

« Con regocijo, con júbilo, con prisa, con excitación verbigerativa, con una impresión difusa de ser muy inteligentes, se precipitaban los invitados en los dominios del agilísimo criado y se posaban luego en posturas diversas, ya sobre los asientos de las butacas gigantescas, ya sobre los brazos y respaldos de las mismas que eran capaces de dar confortable acomodo a los pájaros culturales que, encaramados en tales perchas y con un vaso de alpiste en la mano, lanzaban sus gorgoritos en todas direcciones, distinguiéndose entre sí las voces más que por su contenido específico, por el matiz sonoro de los trinos. El "¡Qué fácil se le entiende!" era muy pronunciado por aves jóvenes de rosado pico apenas alborotadoras y hasta humildes, incrédulas de su fácil vuelo hasta las ramas más bajas del árbol de la ciencia; el "¡Le he seguido perfectamente!" indicaba un grado más en el escalón de la autosuficiencia y en quien lo profería, al mismo tiempo que agradecimiento, aprobación hacia la manera de explicar sus verdades el filósofo; el "Esta mejor que nunca" era un graznido ronco de conocedor que cata las frutas del árbol y sabe si son aguacates, mangos, piñas u otra especie de tropical infrutescencia, al par que dictamina si el grado de maduración es el óptimo y si en el desembuche y pelado de la materia ofrecida se han seguido las reglas del buen gusto; el que afirmaba "Lo de la manzana ha sido genial, nadie ha explicado con tanta precisión y tanta claridad que la weltanschauung de cada uno depende de su propio puesto en el cosmos", era ya un gran pájaro sagrado de vuelo nocturno, búho sapientísimo definitivamente instalado en lo más umbrío de la copa.
Fuera de todas estas clasificaciones, pajarita preciosa pero también hábil pajarera, la señora de la casa volaba de rama en rama entonando canciones más complejas que al mismo tiempo que servían -como las de las otras aves- para su propia glorificación y adorno, tenían también fines más útiles de apareamiento y tercería de grupos (...). Cuidando de que ningún pájaro-bobo mediante un aislamiento excesivo, ni ningún irresponsable avestruz mediante impremeditada coz, pudiera alterar la armonía del conjunto, distribuía sus bandadas por sus amplias estufas de aclimatación, donde encontraban acomodo tanto las aves por su nacimiento adscritas a elevados climas sociales, como las que manifestaban con revoloteos impúdicos, picoteos un tanto demasiado ansiosos en los comedores o trinos excesivamente inteligentes su oriundez de climas más bajos junto a charcas fangosas e inferiores arroyos poco claros. Estos pájaros lindos sólo podían llegar a tales alturas, para ellos no predestinadas, merced a gracias especiales de plumaje o gorgorito que compensaran con su valor estético e "interesante" la mediocridad básica de su especie. Así como infrecuentes mutaciones  en el seno de una familia de perdices de matiz terroso, hacen brotar sin causa aparente otra de plumaje nacarino [¿no es una maravilla? ¿no suena a Virgilio o a Fray Luis?], o entre vulgares pardales un tataranieto inesperado presenta un precioso pecho de color de fuego, los pájaros-toreros, los pájaros-pintores y hasta, en más rara ocasión, los pájaros-poetas o escritores (si acompañaba al don poético una noble cabeza de perfil numismático) podían, aunque hijos del pueblo, codearse allí con las aves del paraíso y con las nobilísimas flamencas rosadas, las que siempre seguían -a pesar de todo- distinguiéndose de los advenedizos por finura de remos, longitud de cuello y plumaje por más alto modisto aderezado.»

Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio, Biblioteca Breve, Edit. Seix Barral, Barcelona. 

12 agosto 2015

Tiempo de silencio (1)

De camino a la piscina me cogí el libro en una librería de viejo por dos euros. No me gusta llevar libros nuevos y que se me estropicien; además, era una de esas lecturas siempre pendientes y siempre postergadas. El libro, con una pegatina amarillenta de la librería Maxtor de Valladolid, firmado y fechado por su anterior propietaria, Mª Angeles Alonso B. 1975, tenía varias hojas con la esquina doblada, como un guiño pacientemente sostenido, y justo por ahí, picada por la curiosidad, lo empecé. Fabuloso comienzo. Ya no pude parar, me olvidé del calor, me olvidé del chapuzón, me olvidé de todo. De inmediato me hice amiga de la plegadora de esquinas y admiradora absoluta de Martín- Santos. Qué bárbaro, qué fenómeno, qué gracia, qué portento. Mira que encontrarlo de esta guisa, casi por casualidad y a estas alturas... Por qué tendría que conducir de ese modo y acabar tan malamente. Qué gran pérdida, con la proliferación de "grandes Maestros" y la escasez de Martines-Santos que padecemos. 

Después ya he visto que el pasaje marcado es conocidísimo: la conferencia en la planta superior del teatro Barceló y el bailongo en la inferior, el posterior cultiparty de la très haut, el tremendo contraste con el relato intercalado por el que lo que parecía cómico se convierte en pura desesperación.... : 

    « Como todo cosmos bien dispuesto también aquel en que el acontecimiento se desarrollaba estaba ordenado en esferas superpuestas. (...) De este modo la esfera inferior del cosmos a que nos referimos, en la que con las dos superiores ninguna concomitancia ni relación (aparente) se descubría, estaba ocupada por un baile de criadas. En ella, indiferente a que más arriba el Maestro hablara (con perfecta simultaneidad en el tiempo y rigurosa superposición el el espacio) la turba sudadora se estremecía ya girando, ya contoneándose al son de un chunchún de pretendida estirpe afrocubana. En esta esfera inferior se producían sonidos y olores que apenas si habrían impregnado las esferas media y superior en el caso de haber estado éstas vacías. Pero no era así, sino que la esfera media almacenaba una muchedumbre casi comparable en número a la de la inferior, aunque muy diversamente compuesta. (...) Por lo que hace al olor, el que la esfera media poseía era una mezcla de diversos perfumes caros (algunos importados directamente de París a despecho de las dificultades de la balanza de pagos), lociones medicinales y crecepelos masculinos, abundante profusión de humo de tabaco rubio quemado y ciertos matices, apenas perceptibles pero inevitables, de sudor axilar y cuello de estudiante aficionado a la filosofía pero escasamente adicto al agua ya desde antes de la boga existencial. Finalmente, y para concluir este sumario repaso de nuestra teogonía, la tercera esfera superior y culminante -en varios sentidos- del conjunto, estaba constituida por el escenario del cine, donde junto con un pupitre sobre el que aparecían una luz, una jarra de agua, un vaso y una manzana, se establecía la presencia ominosa de un tableau noir de nada escrito. (...)
    Los condenados del sótano no tenían noticia de lo que -tres metros sobre sus cabezas- estaba ocurriendo y a causa de ello no presumían que la más aguda conciencia celtibérica se iba a ocupar, de modo deliberado, de elevar el nivel intelectual de la sociedad a la que (indignos en verdad) ellos también pertenecían. Pero era posible observar la reciprocidad y perfecta simetría del fenómeno, pues tampoco la muchedumbre de la esfera intermedia y quién sabe si ni siquiera el poderoso Maestro, tenía la menor noticia de la interesante realidad que bajo sus plantas se establecía con la simultaneidad antes indicada. (...) Pero las cosas son como son, vuelto sobre sí mismo el pueblo ignoraba al filósofo y la profusión de lujosos automóviles, a la puerta de un cine de baja estofa, sólo le hacía experimentar las nuevas dificultades para el cruce de la calzada y no extraía de ellas ninguna valoración eficaz del momento histórico.
    Los dos amigos -incluidos en la esfera intermedia- tenían a su derecha a un exseminarista con chaqueta negra pintacaspiana típica de exclaustrado y a su izquierda una elegante de la très haute. Por delante, por detrás, por los lados estaban rodeados de señoras de la misma extracción y de poetas de varios sexos.  Balenciagamente vestida, tocada con un sombrero especialmente elegido para el acto 
-que figuraba un pequeño casco palasatenaico con la sola nota frívola de una plumita de colibrí rojo al modo de trofeo- movía incesantemente una dama, a la altura de su rostro, sus dos manos admirables. (...)
    Pero ya el gran Maestro aparecía y el universo-mundo completaba la perfección de sus esferas.(...) Los círculos del purgatorio (que como tal podemos designar a las localidades baratas, sólo en apariencia más altas que el escenario) recibieron su carga de almas rezagadas y solemne, hierático, consciente de sí mismo, dispuesto a abajarse hasta el nivel necesario, envuelto en la suma gracia, con ochenta años de idealismo europeo a sus espaldas, dotado de una metafísica original, dotado de simpatías en el gran mundo, dotado de una gran cabeza, amante de la vida, retórico, inventor de un nuevo estilo de metáfora, catador de la historia, reverenciado por las universidades alemanas de provincia, oráculo, periodista, ensayista, hablista, el-que-lo-había-dicho-ya antes-que-Heidegger, comenzó a hablar, haciéndolo poco más o menos de este modo:
    "Señoras (pausa), señores (pausa), esto (pausa), que yo tengo en mi mano (pausa), es una manzana (gran pausa). Ustedes (pausa) la están viendo (gran pausa). Pero (pausa) la ven (pausa) desde ahí, desde donde están ustedes (gran pausa). Yo (gran pausa) veo la misma manzana (pausa) pero desde aquí, desde donde estoy yo (pausa muy larga). La manzana que ven ustedes (pausa) es distinta (pausa), muy distinta (pausa) de la manzana que yo veo (pausa). Sin embargo (pausa), es la misma manzana (sensación)".
    Apenas repuesto su público del efecto de la revelación, condescendiente, siguió hablando con pausa para suministrar la clave del enigma:
    "Lo que ocurre (pausa), es que ustedes y yo (gran pausa) la vemos con distinta perspectiva (tableau)".»

Luis Martín-Santos, Tiempo de silencio, Biblioteca Breve, Edit. Seix Barral, Barcelona. 

03 abril 2012

Ortega y Gasset: Teología y mística

"Cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones sobre la divinidad, que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos."
[José Ortega y Gasset: “Defensa del teólogo frente al místico” (1929). En: Obras completas, Revista de Occidente, 1964, t. V, p. 456]
La palabra "nociones" de Ortega ya lo dice todo. Y la ligereza al referirse a la mística, ese tonillo de desprecio, ese saco de éxtasis y místicos que, puesto en la balanza, pesa menos que "cualquier teología".

 "Cualquier teología", lo mismo me da que me da lo mismo, también es muy expresivo. Nos dice que, una vez más, el Dios de Ortega es el "dios de los filósofos", un "dios de los filósofos" bastante menos inocente a estas alturas que aquel motor inmóvil del principio. Nos habla de una búsqueda que no es tal búsqueda, sino un mero ejercicio intelectual.

-El que busca, busca con todo su ser, y no le satisfacen unas "nociones sobre la divinidad". El que busca pregunta por Alguien, pregunta: "¿existes o no existes?", pregunta: "¿me escuchas o no me escuchas?" Y todo lo que ello significa: "¿Te importo?", "¿Me quieres?". Esas preguntas, las dos últimas, las que no hacen los filósofos porque el orden del discurso les exige haber resuelto previamente la primera, las que sí haría un niño, las que hace el niño que sobrevive en el corazón del cuadriculado y sabelotodo adulto cuando éste se lo permite, son las que nunca quedan sin respuesta. La respuesta a la primera siempre viene tras la respuesta a la última: me importas, te escucho, existo.

-En palabras de Simone Weil, filósofa como Ortega (que, sin embargo, nunca contrapondría los atisbos de los teólogos a los éxtasis de los místicos, porque quien lo hace no sólo no comprende a los místicos, sino tampoco a los teólogos) : "Comme par  la vue on ne reconnaît pas les sons, de même nulle autre faculté que l’amour ne peut reconnaître Dieu" (Como por la vista no se reconocen los sonidos, del mismo modo ninguna facultad más que el amor puede reconocer a Dios).

-Ortega no defiende al teólogo frente al místico, no se puede defender al teólogo enfrentándolo al místico, Ortega defiende un determinado ejercicio de la razón que parte de una idea previa, la de que, de haber divinidad, nos esta vedada la relación con ella. Por eso la mística, que es relación y no noción, le molesta. Ortega prefiere el ejercicio racional, gimnástico, descomprometido y ligero: unas nociones, una copa, un puro y a casa a echar la siesta. Ortega no busca, ya "sabe".

-Del mismo modo absurdo que Ortega, pero algo menos porque los verdaderos atisbos, las nociones más justas, no tienen su origen en el discurso intelectual sino en la relación (en otro nivel ¿no pasa lo mismo con las personas? ¿cómo tener una noción si no es tratándolas?), podríamos perfectamente decir que hay más atisbos de Dios en un par de versos de San Juan de la Cruz que en todos los tratados de todos los teólogos juntos. O,cuando menos, que los atisbos y las nociones que esos tratados transmiten, de serlo, existen porque antes se puso en juego la facultad del amor. Cualquier otra cosa es mirar a la orquesta con los oídos tapados y pretender escuchar la música, o lo que es peor, concluir, muy razonadamente, que no suena y, muy razonablemente, que quienes la oyen desvarían.

-La misma idea de Simone Weil, sobre la necesidad de acceder a cada realidad con la facultad adecuada, y no juzgar de los colores con el oído, de los sonidos con la vista y del amor sin el amor, la encontramos en estos versos de nuestro Calderón de la Barca, que podrían traducirse por: "Ortega, Ortega, no mires con suficiencia lo que no comprendes". También se los puede decir cada uno a sí mismo, que son versos de mucha aplicación:
".... Acércate, pues, un poco/al ruido de amor; verás/ que está danzando a compás/ el que piensas que está loco."

09 febrero 2012

El arte y el ego . María Zambrano

Ando leyendo un libro de María Zambrano, de los que me trajeron los Reyes, con el sugerente título de Confesiones y Guías. El libro, como su título indica, trata de la Confesión (San Agustín, Rousseau, etc.) y de la Guía (Maimónides y la de perplejos, el padre Granada y la de pecadores, Unamuno y la de angustiados -que eso le parece a Zambrano su Vida de Don Quijote y Sancho-, etc.) como formas del pensamiento intermedias, entre la filosofía y la narración de la propia vida, que constituyen un género literario específico. Un género al que también pertenecerían las meditaciones, los soliloquios o incluso las colecciones de aforismos, y que se diferencia de la novela, de la poesía, del ensayo o de la autobiografía aun manteniendo puntos de contacto con todos ellos.
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Confesiones y Guías que, contrariamente a lo que hoy podríamos esperar, es decir: un relato de intimidades o una lista de sitios interesantes, suelen partir de un “ahí donde te ves, me vi” ("ahí" que por lo general es una selva oscura ché la diritta via era smarrita), para después dar razón de un itinerario personal, de un saber por experiencia, subjetivo, no sistemático, y, sin embargo -frente a la idea aristotélica de que solamente lo científico y universalizable puede ser transmitido o enseñado-, perfectamente transmisible. Se trata pues de una forma de pensamiento tremendamente atractiva -y según Zambrano minusvalorada- en la que no se escamotea ni se hace abstracción del sujeto pensante y en la que la verdad no reside en el cielo de las Ideas, indiferente a la vida de los mortales. Se trata de la trayectoria de un “yo” que se dirige a un “tú”, llamando por tanto a la implicación y al reconocimiento del lector en lo que allí se cuenta, y a una reflexión sobre la propia vida sin la que el objetivo de la obra fracasaría.
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Ningún otro género exige tanto ni da, seguramente, tanto. Y pienso ahora por ejemplo en Gerard Depardieu y en su encuentro tardío, como el de San Agustín -que realmente no fue tan tardío-, con Las Confesiones. O en el "esto es verdad" de Edith Stein, la discípula de Husserl, tras leerse de un tirón el Libro de la vida de Sta. Teresa. Reconocimiento es la palabra clave, y una verdad capaz de penetrar la vida (o mejor dicho: una verdad acogible por la vida, porque, por mucho que Zambrano insista en el divorcio entre la filosofía especulativa y la vida real del individuo, la capacidad de las "Ideas" para penetrar en ésta, aunque sea a tortas, así se trate de la Crítica de la Razón Pura o de la Fenomenología de Hegel, parece algo innegable).

--Otro día pondré algún extracto de las reflexiones de Zambrano sobre Confesiones y Guías, hoy sólo esta sobre el egocentrismo en el arte, que me ha recordado una idea parecida en Papini. Aquí os dejo con los dos (primero Papini que es mayor, y de remate Zambrano que da una pista muy buena sobre un asunto tan complejo como es ese del ego del artista): .



«Enrico Sacchetti cuenta que vio un día en el estudio del escultor Libero Andreotti una gran cabeza de Cristo y junto a ella un boceto más pequeño que también representaba al Redentor. Sacchetti le dijo que el boceto le parecía mucho mejor. El escultor empezó a reírse en forma extraña y dijo “¿Te gusta más ésa? ¿Pero sabes quién la hizo? El Diablo”. Y parecía de veras que hubiese visto al Diablo; allí, en el estudio, modelando la cabeza de Cristo. Y agregó: ¡Por suerte; me di cuenta! «Sacchetti me decía que creía haber comprendido la razón que le inspiró al amigo tan extraña certeza. El boceto de Cristo era realmente hermoso; pero se parecía muchísimo a la cabeza del escultor. Andreotti albergaba, pues, la legítima sospecha de que las obras donde predomina demasiado el ego del autor, tienen origen satánico y deben, por ello, ser desechadas.

También en el arte, el egocentrismo es un pecado y se debe, casi seguramente, a la inspiración y a la colaboración del demonio. En la afirmación de Gide hay algo de verdad. Todo artista es a su manera un revelador de la obra divina; pero al mismo tiempo es, lo quiera o no, un imitador del Antidios. Sin un poco de orgullo, sin una punta de soberbia, no sería posible la creación de la obra de arte. (...) Y en cuanto las artes figurativas están dedicadas a la imitación de la realidad; podría insinuarse que también el artista merece ser llamado, aunque en un sentido más noble y puro, simia Dei, como se llamó al Diablo en la Edad Media. La insinuación diabólica ha adquirido hoy, sobre todo en pintura, una forma totalmente opuesta a la que hemos señalado. En efecto, muchos artistas de estos días se rebelan tenazmente contra la vieja costumbre de representar lo natural, pretenden independizarse de toda forma sensible exterior y sueñan con crear un mundo que no conserve rastro o reflejo alguno del mundo creado por Dios. Aquí ya no nos encontraríamos con la simia Dei sino precisamente con lo contrario, es decir, con la simia Diaboli, porque lo que se quiere es imitar al Diablo justamente en su carácter esencial, que es el de la rebelión. La afirmación de Gide podría parecer confirmada por el hecho de que en muchísimas obras modernas, especialmente en las narrativas, la parte principal queda absorbida por la representación y el análisis del pecado y del delito, es decir, del mal»  (Giovanni Papini, El diablo)



"La confesión es el lenguaje de alguien que no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto en cuanto tal. No son sus sentimientos, ni sus anhelos siquiera, ni aun sus esperanzas; son sencillamente sus conatos de ser. Es un acto en el que el sujeto se revela a sí mismo, por horror de su ser a medias y en confusión. El que se novela, el que hace una novela autobiográfica, revela una cierta complacencia sobre sí mismo, al menos una aceptación de su ser, una aceptación de su fracaso, que el que ejecuta la confesión no hace de modo alguno. El que se autonovela objetiva su fracaso, su ser a medias, y se recrea en él, sin trascenderlo más que en el tiempo virtual del arte, lo cual lleva mucho peligro. Objetivarse artísticamente es una de las más graves acciones que hoy se pueden cometer en la vida, pues el arte es la salvación del narcisismo; y la objetivización artística, por el contrario, es puro narcisismo. (...) La poesía puede caer en él, la confesión está al borde; es un riesgo mortal. Si resbala en él entonces es una confesión truncada, mezquinamente fracasada, por ser simple exhibición de lo que no es. No es camino sino trágica y a la par grotesca galería de espejos; alucinatoria repetición." (María Zambrano, Confesiones y Guías, Edit. Eutelequia, Madrid, 2011)

16 octubre 2011

Teresa de Jesús y "el lindo frailecillo"

Aquí os dejo unas consideraciones de José Jiménez Lozano sobre la mística y los místicos, para celebrar el día de Santa Teresa, que acaba de pasar. Me ha hecho acordarme de este artículo ( publicado en el número monográfico que la revista Archipiélago dedicó a Simone Weil en Septiembre-2000) la preciosa entrada "El ensimismarse de la santidad", del Blog RETABLO DE LA VIDA ANTIGUA, que seguro que ya conocéis y no necesitáis que os enlace. Con Simone iremos otro día:
(Y, por cierto, a ver si alguien tiene la amabilidad de explicarme la cosa esa del enlazamiento, porque creo que soy la única que aún no sabe linkear) . 
[Añadido después: Gracias, Ángel, lo he metido a pedal, pero increíblemente lleva a donde tiene que llevar. Qué bien. Muchas gracias!!]

"... Unamuno tuvo aquel sarcasmo a propósito de Menéndez Pelayo, al afirmar que éste creía que la mística era un género literario, y podemos sonreírnos, pero no a cuenta de Menéndez Pelayo, sino de que todavía funcionan así las cosas. Sólo que ¿cómo funcionarían de otro modo?

¿Cómo podría decir el mundo, la construcción cultural de éste, que la mística es lo que es? No sería el mundo, se deconstruiría a sí mismo; porque la mística es la negación del mundo, de su consistencia, el pasmo ante su no-nada, su sustancial vacuidad. Teresa de Jesús lo explicaba muy bien cuando decía que tomaba el mundo a peso, y no lo pesaba; estaba en medio de él, y le parecía que soñaba. Y sabemos que Juan de la Cruz, a veces, se asía fuertemente a un muro, a una puerta o a un mueble, o se hacía daño en las manos, o se pellizcaba, para no escapar de la realidad externa, mundana y social, de la que ni se percataba. Luego, se han hecho infinitas interpretaciones de estos y otros gestos o conductas de estos "extraños", como se han hecho de su obra. Pero con mil perdones, tengo que echar mano, aquí, del algo burdo pero muy eficaz símil del pobre asno que entra en una cacharrería: no sólo no puede entender nada, sino que con cualquier movimiento, hecho con la mejor voluntad de no tropezar, hace añicos aquellos frágiles y hermosos barros. Es así. Teresa de Ávila, metida en asuntos de oración y amor a un Rostro invisible, no podía ser entendida en absoluto por la muy mundana princesa de Éboli, incluso si ésta tenía antojo por entonces de hacerse monja, "para ver qué era eso", o "por tener una experiencia más", que se dice en nuestro mundo; pero la psicología, la sociología, la filosofía, la teología misma, ¿qué hacen en esa "cacharrería"? Nada, destrozos. [...]
Y "la cacharrería" incluye, en este caso, obra y autor, porque, en la fábula mística, como la llama Michel de Certeau, el autor es su escritura, y a la inversa; y si la escritura es desconcertante, porque produce incluso su propia gramática, el autor es más desconcertante aún, y, con frecuencia, risible. Desde luego no es "una personalidad"; que esto es cosa de mundo, una mentira mundana más, como indica la palabra praestigium; el místico es "un imbécil", "un loco", "un idiota", un don nadie. [...]

...Teresa fue, a las claras, "la puta de Ávila" para algún inquisidor y bastantes gentes; y Juan de la Cruz literalmente un "pobre hombre", "un frailecillo de nada", que, además, se sentaba en el suelo como las mujeres de más baja extracción social y los moriscos; y con su palabra y doctrina, y su propio actuar, sacaba de sus casillas a veces a la misma Teresa, quien, como todas las mujeres, sólo quería ser feliz, y tenía como "bien agarrado" al mismo Dios, mientras que Juan, que por otra parte no poseía ningún atractivo humano -no era el guapo, apuesto, refinado, cultísimo y encantador Gracián que a Teresa le fascinaba- sólo sabía repetirle: "Ni esto, ni esto, ni esto; nada, nada, nada; desnudez y noche en todo"; ni una concesión, ni una seguridad. Llegó a hartarse Teresa, y le contestaría a Juan con el evangelio en la mano acerca de los más impuros y malditos de los seres humanos que Jesús acogía. [...]

Teresa tenía sentido del humor e ironías encantadoras -sobre los varones, los funcionarios curiales eclesiásticos, y sobre sí misma especialmente- y cóleras terribles; pero Juan nada. Estaba allí, y su santidad soliviantaba. Y también su escritura. Encontró la más alta poesía -esto se regala siempre, siempre se encuentra- y la hizo añicos con sus comentarios. Obviamente, Ortega se dejó seducir por la mayor ligereza del mundo, cuando escribió aquello de "el lindo frailecillo de corazón incandescente, que urde en su celda encajes de retórica extática". ¡Ja! ¿Lindo frailecillo aquel "cara renegrida de morisco pobre", encajes y retórica sus versos y escritura? ¡Qué cosas! Pero todo esto es burla de salón intelectual y mundo, y ya está dicho que entra de lleno en la cuenta del místico y de su escritura: la irrisión y el juego con él y con sus adentros."

José Jiménez Lozano, "Queridísima e irritante Simone", en Archipiélago nº43/2000

09 junio 2011

A vueltas con las edades (3)

(Continuación y terminamos)

La madurez del cuerpo y la madurez del alma, con sus años bien cifrados por Solón, por Aristóteles, por Shakespeare y por todo hijo de vecino; las etapas de la vida y los modos de vivir, de sustancia no-matemática que decía Ortega, al final accidentados por la implacable matemática lo quiera o no lo quiera Ortega...

Y, sin embargo, hay algo que el tiempo no toca, y que sólo se descubre con el paso del tiempo y sus devastaciones. Devastaciones físicas, devastaciones en el alma antigua, aquella que era memoria, entendimiento y voluntad, devastaciones en el corazón... Hay algo en el hombre, sin embargo, que se ríe del tiempo, algo que no es de este mundo de tiempo, y que sólo el tiempo revela.

Supongamos un cesto de manzanas recién cogidas del manzano, tersas, crujientes, rojas, y, entre todas ellas, una de otra procedencia: tersa, crujiente y roja para siempre, como si hubiera caído de un manzano eterno. ¿Quién la distinguiría al principio? Pasan los días y las manzanas se entristecen, pierden su lustre, se arrugan, se pican... todas menos una. Sólo entonces descubres su maravilla. Cuanto más encogidas, cuanto más pardas y revenidas las otras, más brilla la manzana extranjera. El alma es esa manzana. Y eso también lo sabe, también lo siente, cualquier hijo de vecino. Basta con mirarla para darse cuenta, aunque a veces cueste verla, aunque a veces ande oculta por el fondo del cesto.

Añadido el 08/06/2019.  Nada como verla y escucharla: las manos con artrosis, una pura ruina... y ese algo que el tiempo no toca:




23 mayo 2011

Como el mono de Ortega (2)

   Continuación: ¿Desajustes ? (1)

"... No es, pues, ateniéndonos a la cronología estricta o matemática de los años como podemos precisar las edades. Porque ¿cuántas y cuáles son las edades del hombre? En otro tiempo, cuando la matemática no había aún devastado el espíritu de la vida —allá en el mundo antiguo y en la Edad Media y aun en los comienzos de la modernidad— meditaban los sabios y los ingenuos sobre esta gran cuestión. (...) Hay para todos los gustos: se ha segmentado la vida humana en tres y cuatro edades —pero también en cinco, en siete y aun en diez—. Nada menos que Shakespeare, en la comedia A vuestro gusto, es partidario de la división septenaria: "El mundo entero es un teatro y todos los hombres y las mujeres no más que actores de él: hacen sus entradas y sus salidas, y los actos de la obra son siete edades." A lo que sigue una caracterización de cada una de éstas.

Pero es innegable que sólo las divisiones en tres en cuatro han tenido permanencia en la interpretación de los hombres. Ambas son canónicas en Grecia y en el Oriente, en el primitivo fondo germánico. Aristóteles es partidario de la más simple: juventud, plenitud o akmé y vejez. En cambio, una fábula de Esopo, que recoge reminiscencias orientales y una añeja conseja germánica que Jacobo Grimm espumó nos hablan de cuatro edades: "Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos".
Esta conseja, cuyo dolorido realismo caricaturesco lleva la marca típica de la Edad Media, muestra acusadamente cómo el concepto de edades se forma primariamente sobre las etapas del drama vital, que no son cifras, sino modos de vivir."


Ortega y Gasset. "Idea de las generaciones".


[Según Ortega el concepto de edad no es "de sustancia matemática", sino vital: las edades son "modos de vivir". Pues qué bien. Lo malo viene cuando lo ilustra con el cuentecillo de Grimm -en el que casualmente vuelve a enredarnos con las matemáticas- y lo más malo cuando, dispuesta a hacer caso omiso del número, que siempre fue una grosería, intentas aplicarlo a tu "modo de vivir" y descubres que eres un engendro raro, medio asno-medio perro-con una pizca de mono: "Asno" porque sigues llevando el grano y aguantando puntapiés en el sueldo; "perro" porque según enciendes la tele o lees cierta clase de cosas no puedes dejar de gruñir -que es muy mal síntoma, lo admito, sobre todo porque si lo que sale es Zapatero o lo que leo es un sermón de Peces Barba, me embalo que ni te cuento- y "mono" porque un buen día descubres con sorpresa que empiezan a reírse, o a mirarse con guasa, sin que les hayas contado ningún chiste. 
Cuando eso ocurre, hay que convencerse de que uno está mayor. Yo debo de estarlo mucho, porque graciosa nunca he sido y este fin de semana no han parado de mondarse. Empezaron a cruzar miradas cuando me arranqué en defensa de los indignados de Sol; después me contaron unas cuantas cosas que me abrieron los ojos sobre la movida en cuestión -eso también te hace sentir mayor, porque ayer mismo era yo la que intentaba abrírselos- y terminaron tronchados de imaginarme con pancarta y rastas. Vale, merecido lo tengo.
Lo mejor, sin embargo, fue que el domingo se me ocurrió decir "periquete". Y mira que no dije "santiamén", que les habría dado un ataque de peritonitis aguda, sino sólo "en un periquete".
Definitivamente estoy mayor, y la datación por el léxico, según parece, funciona mejor que la del carbono-14. A saber: Si dices "en un santiamén" eres un ser prehistórico, si dices "en un periquete" eres del siglo pasado, si dices "en un pispás" no estás nada al día... Lo del día, por si no lo sabíais, es decir "en 0-' ", o lo que es lo mismo, "en cero-coma": llego en cero-coma, eso lo hago en cero-coma... Si os dais cuenta, son dos mundos bien distintos los que se resumen en aquel "santiamén" y en este "cero-coma". Lo del "periquete", que hay que reconocer que suena a tebeo, y más aún lo del "pispás", mejor olvidarlo, pero el "santiamén" y el "cero-coma" lo dicen todo. Ellos sí que encierran dos "modos de vivir".

En fin,  que entre que no llevo rastas y digo "periquete" me siento mayor, no sé si lo he dicho. Resulta que no pinto nada en Sol y me tengo que seguir indignando por mi cuenta en casa, y  para colmo hablo como la madre de Zipi y Zape. Menos mal que el público se divierte y es agradecido.]

04 junio 2010

Entre el querer y el poder

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"Porque muy muchas veces (yo tengo grandísima experiencia de ello, y sé que es verdad, porque lo he mirado con cuidado y tratado después a personas espirituales) que viene de indisposición corporal, que somos tan miserables que participa esta encarceladita de esta pobre alma de las miserias del cuerpo. Y las mudanzas de los tiempos y las vueltas de los humores muchas veces hacen que sin culpa suya no pueda hacer lo que quiere, sino que padezca de todas maneras. Y mientras más la quieren forzar en estos tiempos, es peor y dura más el mal; sino que haya discreción para ver cuándo es de esto, y no la ahoguen a la pobre".
(Santa Teresa de Jesús. Libro de la Vida, cap.11,15)


"El que no puede lo que quiere, que quiera lo que pueda".
(Ortega y Gasset. Dicen que dijo, pero vaya usted a saber)


[Santa Teresa y Ortega y Gasset, ¿dicen lo mismo, dicen algo parecido o dicen lo contrario? ¿Qué distingue la humildad o la aceptación humilde de la realidad, del derrotismo? ¿Y la perseverancia de la cabezonería? ¿Quién traza la línea divisoria entre el vano empeño y el empeño escaso? Y una vez reconocido como vano un empeño, allí donde la zorra de la fábula comprende que, por mucho que salte y salte, nunca llegará a las uvas, ¿cómo admitir sencillamente que no se alcanzan y darse la vuelta y olvidarse de las uvas, sin el pequeño consuelo de decirse que están verdes? ]