15 agosto 2011

Dios guardó del lobo a nuestra cordera



"Cuando la Virgen María sintió acercarse su fin sobre la tierra llamó en oración, según se lo había encargado Jesús, a los apóstoles junto a su lecho. Tenía ahora 63 años de edad. Cuando nació Jesús tenía sólo 15 años. (...) Pedro, Andrés y Juan fueron los primeros en llegar a la casa de María la cual, próxima ya a la muerte, estaba tendida en el lecho... He visto que la criada de María se afligía: en un rincón y aun delante de la casa se echaba de cara al suelo, orando con gran afliccción y tristeza con los brazos levantados... He visto acudir a dos parientes próximos de María y a cinco discípulos. Todos parecían muy cansados. Tenían bastones de viaje... Algunos lloraban de alegría y de emoción al verse reunidos otra vez... Luego se acercaron con reverencia al lecho de María para saludarla. La Virgen pudo decir pocas palabras.

He visto que los primeros en llegar arreglaron, en la parte anterior de la casa, un lugar para celebrar la Misa y orar... He visto que la Virgen María estaba en su lecho, sentada, y que cada apostol venía y se hincaba, y que María oraba, y con las manos cruzadas sobre su cabeza los bendecía. Lo mismo hizo con los discípulos y las santas mujeres. Una, que se inclinó mucho sobre ella, fue abrazada...

TRÁNSITO Y SEPULTURA DE MARÍA

...Pedro dijo la Misa tal como yo lo había visto hacer en el altar de Betesda. María se mantuvo sentada en su lecho durante el acto, en silencioso recogimiento... Pedro llevó la Comunión a la Virgen María en la cruz que colgaba del cuello del Apostol. Juan le llevó sobre un platillo el sagrado cáliz... Tadeo traía un pequeño incensario. Primero dio Pedro a la Virgen la Extremaunción: lo hizo como se hace hoy. Luego le dio la santa Comunión, que María recibió derecha, sobre su lecho, sin apoyarse. Despoués se recostó y tras la breve oración de los apóstoles recibió el cáliz de manos de Juan. Después de la Comunión ya no habló María. Tenía vuelto hacia arriba su rostro, hermoso y fresco, como en su juventud. Yo no veía el techo de su habitación, La lámpara colgaba en el aire. Una senda de luz se dibujó desde María hacia la Jerusalén celestial y hasta el trono de la Santísima Trinidad. A ambos lados de esta senda luminosa había caras de innumerables ángeles. María levantó sus brazos hacia la celeste Jerusalén y el cuerpo se levantó tan alto sobre el lecho, que yo veía perfectamente todo lo que había debajo. Parecía que salía de ese cuerpo una figura resplandeciente que extendía sus brazos hacia lo alto. Los dos coros de ángeles cerraron por debajo ese nimbo de luz y subieron en pos del alma de María, separada de su cuerpo, que se inclinó suavemente, con los brazos cruzados sobre el pecho, en la cama desde la cual se efectuó su dichoso tránsito. Muchas almas de santos, entre las cuales reconocí a varias, vinieron a su encuentro. Allí estaban José, Ana, Joaquín, Juan el Bautista, Zacarías e Isabel. María se elevó entre estas almas hasta el encuentro de su divino Hijo, cuyas llagas brillaban más que la luz, envolviéndolo todo. Jesús recibió a su madre y le entregó el cetro, señalando el universo a su alrededor.

En el mismo momento he visto algo que me consoló mucho; salían muchas almas del Purgatorio en dirección al Cielo. Tengo la seguridad de que cada año, en el día de su Asunción, muchas almas devotas de María reciben la liberación de sus penas y suben al Cielo. El cuanto a la hora del tránsito de María, se me indicó que era la hora nona, en la cual murió también su divino Hijo. Pedro y Juan deben haber visto esta glorificación de María, pues noté que tenían los ojos elevados a los cielos, mientras las demás personas estaban postradas inclinadas hacia la tierra.
El cuerpo de María estaba resplandeciente, como en tranquilo reposo, con los brazos cruzados sobre el pecho, y tendido en su camilla, mientras los presentes, de rodillas, oraban con fervor y lágrimas en los ojos. Más tarde las santas mujeres cubrieron el cuerpo con una sábana. Reunieron todos los objetos de uso en una parte y lo taparon todo, hasta el hogar. Luego se cubrieron con sus velos y oraron largo tiempo, ya de rodillas, ya sentadas, en la primera sala. Los apóstoles se cubrieron la cabeza con la capucha que traían y se ordenaron para rezar en coro.

Mientras tanto Andrés y Matías estaban ocupados en preparar la sepultura, la cueva que María y Juan habían dispuesto como sepulcro de Jesús al final de las estaciones del Vía Crucis [un camino que María y Juan habían señalado con piedras en Efeso, y que recorrían recordando el de Jesucristo en su Pasión]. Esta gruta no era tan grande como la de Jesús. Tenía apenas la altura de un hombre y delante un jardincito cercado con estacas. Un sendero llevaba hacia la gruta donde había una piedra ahuecada para recibir el cuerpo, con una pequeña elevación donde descansaría la cabeza. La estación del monte Calvario estaba en la colina de enfrente; no había allí una cruz visible, sino sólo grabada en la piedra. Andrés, especialmente, trabajó mucho y colocó una puerta delante del sepulcro. El sagrado cuerpo fue preparado por las santas mujeres para la sepultura. Entre estas mujeres recuerdo a una hija de Verónica, y a la madre de Juan Marcos. Trajeron hierbas olorosas y esencias, y procedieron al embalsamamiento de acuerdo con la costumbre de los judíos. Lo hicieron con el mismo cuidado con que habían tratado el sagrado cuerpo de Jesús. El sagrado cuerpo de María fue colocado con su vestidura en un canasto, hecho según la forma del cuerpo, de tal modo que éste sobresalía del cajón. El cuerpo era blanco, luminoso, tan liviano y espiritualizado que se levantaba con toda facilidad. El rostro era fresco, rosado y juvenil. Las mujeres cortaban el cabello para conservar reliquias de la Virgen. Pusieron plantas olorosas en torno al cuello y la cabeza, bajo los brazos y en las axilas... Sobre la cabeza pusieron una corona de flores blancas, rojas y azul-celestes, como símbolo de su virginidad. Sobre el rostro pusieron un género transparente, de modo que se pudiera ver la cara. Los brazos estaban cruzados sobre el pecho... Así preparado el sagrado cuerpo, fue puesto finalmente en un cajón de madera blanca, con una tapa que por arriba, por el medio y por debajo se podía sujetar al cajón. Este cajón se colocó sobre unas andas. Todo se hizo con cierta solemnidad y emoción tranquila; el duelo también fue con mayor exterioridad y muestras de dolor que en la sepultura de Jesús, donde hubo mezcla de miedo y de apresuramiento por causa de los enemigos.

Para llevar el sagrado cuerpo hasta la gruta, como a media hora de camino, procedieron de este modo: Pedro y Juan levantaron el cuerpo de sobre las andas y lo llevaron hasta la puerta de la casa. Allí, puesto de nuevo sobre las andas, lo cargaron en sus hombros. El sagrado cuerpo colgaba de entre las barras de las andas, corridas entre correas y esteras, como una cuna. Delante de esta procesión iban parte de los apóstoles rezando y las santas mujeres detrás, cerrando el cortejo. Llevaban antorchas metidas en unas calabazas y levantadas sobre palos largos. Llegados a la gruta depositaron las andas. Los apóstoles introdujeron el cuerpo y lo depositaron en el hueco cavado de antemano. Todos desfilaron una vez más delante de los sagrados despojos para rezar y honrarlos. Luego cubrieron toda la sepultura con una estera. Delante de la gruta cavaron un hoyo y trajeron una planta bastante grande con sus raíces y sus bayas, la plantaron profundamente y la regaron abundantemente para que nadie entrara por delante en la gruta. Sólo podía llegarse a ella por los lados, por entre los matorrales.

LA GLORIOSA ASUNCION DE MARIA SANTÍSIMA

En la noche de la sepultura sucedió la Asunción de la Virgen al Cielo con su cuerpo. He visto a varios apóstoles y mujeres esa noche rezando ante la gruta o, mejor dicho, en el jardincito delantero. He visto bajar del cielo una senda luminosa y tres coros de ángeles rodeando el alma de María, que venía resplandeciente a posarse sobre la sepultura. Delante del alma venía Jesús con sus llagas luminosas. En la parte interior de la gloria donde estaba María, se veían tres coros de ángeles. La más interior parecía de caras angelicales de niños pequeños; la segunda hilera eran caras de criaturas de seis a ocho años, y la más exterior era de jóvenes. Sólo se distinguían bien sus rostros. El resto del cuerpo era como una estela luminosa algo indeterminada. En torno de la forma de la cabeza de María había una corona de ángeles. No podría decir que es lo que veían los presentes; yo sólo veía que miraban hacia arriba, llenos de admiración y emoción. A veces, llenos de maravilla, se echaban con los rostros al suelo. Cuando esta aparición se hizo más clara y se posó sobre el sepulcro, se abrió una senda desde allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante, con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén. El alma de María, pasando delante de Jesús, penetró a través de la piedra en el sepulcro; luego se alzó de allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante, con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén.

Días después, estando los apóstoles rezando en coro, llegó el apóstol Tomás con dos acompañantes... Tomás quedó muy afectado al oír que María había sido ya depositada en el sepulcro. Lloró amargamente y no podía consolarse de haber llegado tan tarde.... Los apóstoles, acudieron a consolarlo con cariño, lo abrazaron y le ofrecieron pan, miel y alguna bebida. Después lo acompañaron llevando luces al sepulcro. Dos discípulos apartaron las ramas del arbusto. Tomás y Eleazar oraron delante del sepulcro. Juan abrió las tres pretinas que cerraban el cajón. Dejaron la tapa de un lado y vieron, con gran maravilla, que estaba vacío. Sólo quedaban allí las sábanas y las telas con las que habían envuelto los sagrados restos. Todo estaba en perfecto orden. La sábana estaba corrida por la parte del rostro y abierta por la parte del pecho. Las ataduras de brazos y manos aparecían abiertas, puestas en buen orden. Los apóstoles alzaron las manos en señal de gran admiración, y Juan grito: “Ya no está aquí”. Los demás se acercaban, miraban, lloraban de alegría y admiración; oraban con los brazos levantados y los ojos en lo alto, y se echaban al suelo pensando en la luz que habían visto la pasada noche. Luego tomaron los lienzos y el cajón consigo, como reliquias, y llevaron todo hasta la casa, orando y cantando salmos de acción de gracias. Cuando llegaron a la casa, puso Juan las telas dobladas delante del altar. Tomás y los demás rezaban. Pedro se apartó un tanto, preparándose para los misterios. Luego celebró la Misa delante del crucifijo de María, vi a los demás apóstoles detrás de él, en orden, orando y cantando. Las mujeres estaban junto a la puerta y cerca del hogar...

Antes de separarse los apóstoles para volver a sus respectivos países, fueron a la sepultura, y cavando y echando tierra e impedimentos hicieron imposible el acceso a la gruta. De una parte de ésta dejaron un acceso hasta la pared con un pequeño boquete para mirar adentro. Este sendero era conocido sólo de las santas mujeres que habitaban allí. Sobre la gruta erigieron una capilla con maderas y esteras, cubierta con colgaduras. El pequeño altar interior era de piedra, con una grada también de piedra. Detrás del altar colgaron una tela donde estaba bordada la imagen de María en su vestido de fiesta...

En la casa sólo queda Juan Evangelista; los otros han partido. Ví a Juan, en cumplimiento de la orden de la Virgen María, repartiendo sus ropas a su criada y a otra mujer, que venía con frecuencia a ayudar en los quehaceres de la casa. En el armario Juan encontró algunos objetos procedentes de los tres Reyes Magos. Vi dos largas vestiduras blancas, varios velos, colchas y algunas alfombras. Vi también aquel vestido listado que María había llevado en las bodas de Caná y que se ponía cuando hacía el Vía Crucis... Con el hermoso velo nupcial celeste, bordado de oro y sembrado de rosas, se hizo un adorno sacerdotal para la Iglesia de Betesda. En Roma quedan todavía reliquias de esta prenda. Yo las veo allí , pero ignoro si alguien conoce estas reliquias. María llevó estas prendas en la época de sus esponsales y nunca más."

Visiones y revelaciones de la Ven. Ana Catalina Emmerick. Tomo XII (desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima). Editorial Surgite. [ http://issuu.com/jonaer/docs/emmerick_xii ]


04 agosto 2011

Unas cuantas de C.Bobin

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... ce qui me paraît être le plus proche d'un livre, jusque dans sa forme même, c'est une tombe. Sous la couverture du livre comme sous la pierre tombale, il y a une âme qui attend une résurrection. [...lo que encuentro más parecido a un libro, incluso en su forma misma, es una tumba. Bajo la cubierta del libro como bajo la losa sepulcral, hay un alma que aguarda una resurrección]
La lumière du monde

Une intelligence sans bonté est comme un costume de soie porté par un cadavre.
[Una inteligencia sin bondad es como un traje de seda llevado por un cadáver]
Ressusciter
Ceux qui ont très peu de jours et ceux qui sont très vieux sont dans un autre monde que le nôtre. En se liant à nous ils nous font un présent inestimable. [Los que tienen corta edad y los que son muy ancianos viven en un mundo diferente al nuestro. Mezclándose con nosotros nos hacen un regalo inestimable] La présence pure
(Aimer et mourir) sont deux lueurs qui ne font qu'un seul feu, et sans doute est-ce pour cela que nous aimons si peu, si mal: il nous faudrait consentir à notre propre défaite. [(amar y morir) son dos llamaradas de un mismo fuego, y sin duda esa es la razón de que amemos tan poco, tan mal: tendríamos que consentir en nuestro propio apagamiento]
Le huitième jour de la semaine
Ce qu'on sait de quelqu'un empêche de le connaître. [Lo que sabemos de alguien, nos impide conocerlo]
Le Très-Bas
Ce qu'on éloigne, l'éloignement le protège. [Eso que uno aleja, el alejamiento lo protege]
Le Très-Bas
... qu'avons-nous à nous dire dans la vie, sinon bonjour, bonsoir, je t'aime et je suis là encore, pour un peu de temps vivante sur la même terre que toi. [¿... qué tenemos que decirnos en la vida sino buenos días, buenas noches, te quiero y estoy aquí todavía, vivo por algún tiempo sobre la misma tierra que tú?] La folle allure

09 junio 2011

A vueltas con las edades (3)

(Continuación y terminamos)

La madurez del cuerpo y la madurez del alma, con sus años bien cifrados por Solón, por Aristóteles, por Shakespeare y por todo hijo de vecino; las etapas de la vida y los modos de vivir, de sustancia no-matemática que decía Ortega, al final accidentados por la implacable matemática lo quiera o no lo quiera Ortega...

Y, sin embargo, hay algo que el tiempo no toca, y que sólo se descubre con el paso del tiempo y sus devastaciones. Devastaciones físicas, devastaciones en el alma antigua, aquella que era memoria, entendimiento y voluntad, devastaciones en el corazón... Hay algo en el hombre, sin embargo, que se ríe del tiempo, algo que no es de este mundo de tiempo, y que sólo el tiempo revela.

Supongamos un cesto de manzanas recién cogidas del manzano, tersas, crujientes, rojas, y, entre todas ellas, una de otra procedencia: tersa, crujiente y roja para siempre, como si hubiera caído de un manzano eterno. ¿Quién la distinguiría al principio? Pasan los días y las manzanas se entristecen, pierden su lustre, se arrugan, se pican... todas menos una. Sólo entonces descubres su maravilla. Cuanto más encogidas, cuanto más pardas y revenidas las otras, más brilla la manzana extranjera. El alma es esa manzana. Y eso también lo sabe, también lo siente, cualquier hijo de vecino. Basta con mirarla para darse cuenta, aunque a veces cueste verla, aunque a veces ande oculta por el fondo del cesto.

Añadido el 08/06/2019.  Nada como verla y escucharla: las manos con artrosis, una pura ruina... y ese algo que el tiempo no toca:




23 mayo 2011

Como el mono de Ortega (2)

   Continuación: ¿Desajustes ? (1)

"... No es, pues, ateniéndonos a la cronología estricta o matemática de los años como podemos precisar las edades. Porque ¿cuántas y cuáles son las edades del hombre? En otro tiempo, cuando la matemática no había aún devastado el espíritu de la vida —allá en el mundo antiguo y en la Edad Media y aun en los comienzos de la modernidad— meditaban los sabios y los ingenuos sobre esta gran cuestión. (...) Hay para todos los gustos: se ha segmentado la vida humana en tres y cuatro edades —pero también en cinco, en siete y aun en diez—. Nada menos que Shakespeare, en la comedia A vuestro gusto, es partidario de la división septenaria: "El mundo entero es un teatro y todos los hombres y las mujeres no más que actores de él: hacen sus entradas y sus salidas, y los actos de la obra son siete edades." A lo que sigue una caracterización de cada una de éstas.

Pero es innegable que sólo las divisiones en tres en cuatro han tenido permanencia en la interpretación de los hombres. Ambas son canónicas en Grecia y en el Oriente, en el primitivo fondo germánico. Aristóteles es partidario de la más simple: juventud, plenitud o akmé y vejez. En cambio, una fábula de Esopo, que recoge reminiscencias orientales y una añeja conseja germánica que Jacobo Grimm espumó nos hablan de cuatro edades: "Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos".
Esta conseja, cuyo dolorido realismo caricaturesco lleva la marca típica de la Edad Media, muestra acusadamente cómo el concepto de edades se forma primariamente sobre las etapas del drama vital, que no son cifras, sino modos de vivir."


Ortega y Gasset. "Idea de las generaciones".


[Según Ortega el concepto de edad no es "de sustancia matemática", sino vital: las edades son "modos de vivir". Pues qué bien. Lo malo viene cuando lo ilustra con el cuentecillo de Grimm -en el que casualmente vuelve a enredarnos con las matemáticas- y lo más malo cuando, dispuesta a hacer caso omiso del número, que siempre fue una grosería, intentas aplicarlo a tu "modo de vivir" y descubres que eres un engendro raro, medio asno-medio perro-con una pizca de mono: "Asno" porque sigues llevando el grano y aguantando puntapiés en el sueldo; "perro" porque según enciendes la tele o lees cierta clase de cosas no puedes dejar de gruñir -que es muy mal síntoma, lo admito, sobre todo porque si lo que sale es Zapatero o lo que leo es un sermón de Peces Barba, me embalo que ni te cuento- y "mono" porque un buen día descubres con sorpresa que empiezan a reírse, o a mirarse con guasa, sin que les hayas contado ningún chiste. 
Cuando eso ocurre, hay que convencerse de que uno está mayor. Yo debo de estarlo mucho, porque graciosa nunca he sido y este fin de semana no han parado de mondarse. Empezaron a cruzar miradas cuando me arranqué en defensa de los indignados de Sol; después me contaron unas cuantas cosas que me abrieron los ojos sobre la movida en cuestión -eso también te hace sentir mayor, porque ayer mismo era yo la que intentaba abrírselos- y terminaron tronchados de imaginarme con pancarta y rastas. Vale, merecido lo tengo.
Lo mejor, sin embargo, fue que el domingo se me ocurrió decir "periquete". Y mira que no dije "santiamén", que les habría dado un ataque de peritonitis aguda, sino sólo "en un periquete".
Definitivamente estoy mayor, y la datación por el léxico, según parece, funciona mejor que la del carbono-14. A saber: Si dices "en un santiamén" eres un ser prehistórico, si dices "en un periquete" eres del siglo pasado, si dices "en un pispás" no estás nada al día... Lo del día, por si no lo sabíais, es decir "en 0-' ", o lo que es lo mismo, "en cero-coma": llego en cero-coma, eso lo hago en cero-coma... Si os dais cuenta, son dos mundos bien distintos los que se resumen en aquel "santiamén" y en este "cero-coma". Lo del "periquete", que hay que reconocer que suena a tebeo, y más aún lo del "pispás", mejor olvidarlo, pero el "santiamén" y el "cero-coma" lo dicen todo. Ellos sí que encierran dos "modos de vivir".

En fin,  que entre que no llevo rastas y digo "periquete" me siento mayor, no sé si lo he dicho. Resulta que no pinto nada en Sol y me tengo que seguir indignando por mi cuenta en casa, y  para colmo hablo como la madre de Zipi y Zape. Menos mal que el público se divierte y es agradecido.]

09 mayo 2011

¿Desajustes? (1)

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“… el cuerpo ciertamente madura desde los treinta años hasta los treinta y cinco, pero el alma hacia los cuarenta y nueve”.Aristóteles. Retórica II

[Los cálculos de Aristóteles parten de la división de la vida humana en ciclos de siete años (hebdomadarios) propuesta por Solón, quien a su vez la tomó de los pitagóricos. Aristóteles coincide con Solón en lo que se refiere a la plenitud del alma (que según Solón alcanza su esplendor entre la séptima y la octava hebdómadas: entre los 43 y los 56 años), pero curiosamente retrasa una hebdómada la edad de la plenitud física (que para Solón se producía en la cuarta: entre los 22 y los 28 años).
Puede que Aristóteles rondara ya los cuarenta y nueve años y se resistiera a contemplar la plenitud física como asunto del pasado. O quizá quiso permitir el encuentro, por un leve instante, en algún punto entre los treinta y cinco y los cuarenta y nueve, de un cuerpo y un alma plenos (o casi todavía el primero y casi ya la segunda). Es posible, sencillamente, que Aristóteles, sensible como todos al paso del tiempo sobre su persona, estuviese movido por la coquetería, o por el orgullo, cuando ajustaba en la Retórica, para acercarlos, los periodos de Solón.
Cuentas aparte, la cuestión es esta: Según el criterio de Solón, y según el de Aristóteles aunque intente corregirlo un poco, la plenitud del cuerpo y la del alma nunca se dan juntas. Cuando se alcanza la primera, el alma está en pañales. Para cuando llega la segunda, la primera se ha perdido. ¿Se trata sólo de ritmos de crecimiento distintos? ¿Se trata de alguna clase de incompatibilidad? ¿Es que no caben las dos en el hombre? ¿Está el hombre siempre a medias? ¿Tiene alguna razón la naturaleza,  sabia como es, para comportarse así?
Y una cuestión al margen pero no menor ¿De qué ciclos vitales hablamos? ¿Acaso son semejantes los de hombres y mujeres? A la vista está que ninguno de los dos periodizadores se molestó en considerarlas. ¿Quizá porque, tratándose de mujeres, la plenitud del alma -suponiendo que les concedieran tenerla- no entraba en sus cálculos que la alcanzaran jamás? ¿O sería más bien porque -modestia aparte y más que nada por incordiar- de haberse parado a observarlas, habrían descubierto que ellas vienen mejor ajustadas de fábrica, que en ellas la madurez del alma y la plenitud del cuerpo no son excluyentes, que en las mujeres -seguramente porque tienen que parir y criar y la naturaleza se esmera- pueden convivir las dos, mientras que en los hombres, según parece, no?
Y esto último no lo digo yo, sino que lo dicen ellos, y Solón era uno de los siete sabios, y Aristóteles... pues nada menos que Aristóteles.]

03 mayo 2011

Juan Pablo II. Coincidencias y segundos nacimientos.

Era el mes de junio de 1993. A primera hora de la mañana, después de pasar un buen rato sola en la parada del autobús a media altura de Serrano, me di cuenta de que el autobús no llegaba, ni llegaría, porque estaban cortando y desviando el tráfico. Mientras me decía lo de siempre,a saber: "estás en Babia", y decidía si tirar para el Metro o echarme a andar, empezaron a pasar motoristas; detrás venían unos coches negros con banderitas del Vaticano. Entonces caí en que Juan Pablo II estaba en Madrid -había venido para la consagración de la Almudena- y se desplazaba camino de alguno de los actos previstos para esa mañana. Todavía estaba cayendo cuando la comitiva se detuvo un momento mientras la policía paraba la circulación de la transversal. Miré dentro del coche que tenía delante y allí estaba él, mirando también. Los que se hayan encontrado con esa mirada saben cómo era y cuánto afecto transmitía: mirada de pastor buscando a sus ovejas incluso tras la ventanilla de un coche a punto de arrancar. Fue un segundo en el que no supe qué hacer, ni si tendría que saludar ni cómo hacerlo. Juan Pablo II hizo un gesto con la cabeza y sonrió, y el coche se puso en marcha y desapareció.

Era el mes de abril del año 2005. Dos meses antes, a finales de enero, mi hija, un día de colegio al terminar el recreo tropezó, se apoyó en la puerta acristalada de la clase y la atravesó con la mano. El cristal le seccionó el nervio cubital de la muñeca derecha. Me avisaron a las 12, y a las cuatro de la tarde la operaban de urgencia con la mano ya insensible. Podría entrar ahora en decenas de detalles, como que, una vez operada, te enteras de que esas suturas deben practicarse por un cirujano plástico y al microscopio, pero en aquel momento en el quirófano sólo había un traumatólogo con los ojos que Dios le dio; como que el traumatólogo, que era un buen hombre, no pudo disimular la pena cuando al día siguiente la niña le preguntó si podría tocar pronto el piano; como que le fabricaron una férula con velcros para mantenerle estirados los dedos que se le empezaban a agarrotar; como que recorrimos las consultas de un sinfín de médicos; como que a finales de marzo la mano se daba por perdida. Sólo había que decidir si se la volvía a operar, con bastante riesgo y casi ninguna esperanza, o se le insertaban unos hierros para evitar la "mano de garra"... que así lo llamaban. Teníamos cita y había que llevarlo decidido el 5 de abril.

La noche que murió Juan Pablo II, un par de días antes de la consulta, sentada delante de la televisión sin atender apenas, ponían un reportaje sobre su vida. De repente volví a verle mirando y sonriendo, también se le veía rezando en sitios muy diferentes, siempre arrodillado, rezando como él rezaba... entonces me di cuenta de que llevaba más de dos meses sin dormir, hecha una desolación, cavilando, haciendo gestiones y corriendo de médico en médico... pero aún no me había parado a rezar. Esa noche recé, toda la noche, como no lo hacía desde mucho tiempo atrás, y a quien recé fue a Juan Pablo II; después de tanto olvido no me atrevía a hacerlo sin él de intermediario: que si se encontraba con Dios le dijese... , que le contase esto y aquello, que le preguntase por qué lo de más allá... Fue muy largo, creo que en algún momento nuestro intermediario nos dejó a solas, hacía tanto tiempo, había tantas cosas... por suerte la paciencia de Dios es infinita. Creo también que nacemos de cabeza y renacemos de rodillas. Casi amanecía cuando sentí que, pasara lo que pasara, podríamos con ello, que aunque así nos lo parezca a veces, nunca estamos solos, y al fin pude dormir. Como reza con exactitud el Salmo 34: "Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha/ y lo libra de todas sus angustias". Nada dice sobre lo que le aflige, nada sobre librarlo de ello, pero del miedo y las angustias, del verdadero enemigo, sí lo libra. Aunque por aquel entonces no lo sabía, o no lo recordaba. No recordaba nada por entonces.

Juan Pablo II me ayudó a recordar. Por otra parte, unos días después, en la consulta, el médico observó una mínima señal de sensibilidad en un dedo y pensó que había que esperar. Esperamos, en los dos sentidos. Al final del 2005 volvió a tocar el piano. Sólo, fijándose mucho, puede apreciarse que tiene la mano derecha ligeramente más fina que la izquierda.

Coincidencias o algo más que coincidencias, no soy quién para decirlo, aunque tenga mi opinión. Llevo tiempo leyendo críticas a lo que han dado en llamar "juanpablismo", y tengo que decir que tampoco me convencen mucho los movimientos y los jolgorios masivos, ni contar estas cosas en un blog, pero sé que Juan Pablo II era alguien con quien uno se encontraba, de cerca, de lejos, en la televisión o en los comentarios de un libro de Salmos, y ese encuentro dejaba huella, como la dejaba la Madre Teresa y como la han dejado los santos toda la vida. La huella que dejó en mí es una enorme deuda, por eso lo cuento. La religiosa curada de Parkinson de un día para otro, Marie Simon-Pierre, en cuyo caso elegido entre varios cientos se ha basado la beatificación, a la pregunta de si lo consideraba un milagro respondió que para ella fue como un segundo nacimiento, que estaba enferma y ahora está curada, y que el resto deberá decidirlo la Iglesia. Pues eso mismo, ni más ni menos.




28 abril 2011

El sudario enrollado en un sitio aparte

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Este domingo de Pascua volvieron a leer el pasaje del Evangelio en el que san Juan describe lo que Pedro y "el otro discípulo, a quien tanto quería Jesús" se encontraron al llegar al sepulcro vacío (con esa fórmula feliz para referirse a sí mismo que le libra del autobombo y de la impertinencia del 'yo', y le permite decir lo que tanto le importa y le complace repetir cuando habla de Jesús: que Jesús le quería) .

Desde siempre -es decir desde hace unos años- hay un detalle en esa descripción que me intrigaba mucho, como si guardara un secreto o un mensaje que no alcanzaba a entender, un detalle que me parecía precioso sin saber muy bien por qué. Está en Juan 20:7, y dice así: "Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte". Ya digo que no sé la razón, pero si la imagen de las vendas en el suelo es una alegría, la de ese paño, el que normalmente se usaba para enjugar el sudor del rostro, "no por el suelo" sino "enrollado en un sitio aparte" ("plegado" o "envuelto" dicen otras versiones), me emocionaba de un modo especial.

Tan es así, que cuando estuve en Jerusalén, en la visita al Santo Sepulcro, hace casi cuatro años, no dejaba de verlo, enrollado, dobladito, sobre la repisa que forma la pared en un lado. A punto estuve de preguntarle al sacerdote ortodoxo que guarda el Sepulcro, sentado a la entrada y siempre absorto en su libro de rezos: ¿Qué le lleva al Hijo de Dios recién resucitado a coger el paño que le cubría el rostro, enrollarlo y depositarlo así, con ese miramiento, en un sitio aparte? ¿Por qué lo hace? ¿Por qué san Juan lo señala? Pero no me atreví a interrumpirle, tampoco sabía si nos habríamos podido entender.

He buscado por donde he podido, por ejemplo en la Catena Aurea (que aprovecho para agradecer a http://hjg.com.ar/catena/c0.html ), por ver qué comentaban los Santos Padres. Crisóstomo dice que Pedro lo examinó todo con la mayor escrupulosidad, y menciona el sudario, pero sólo para hacer ver que los ladrones no hubiesen tenido cuidado de quitárselo y envolverlo, poniéndolo en un sitio diferente del de los lienzos, sino que hubiesen tomado el cuerpo como se encontraba, con todos los lienzos adheridos por la mirra y las heridas. San Gregorio comenta que está separado por haber envuelto la cabeza de Cristo y ser símbolo de su divinidad, y que está enrollado porque su grandeza no tiene principio ni fin. Es una lectura muy profunda, pero ¿se dedicaría Jesús a dejar esa lección, recién resucitado y aún dentro de la tumba, en los dobleces de un paño? Tampoco Ana Catalina Emmerick, que desde niña contemplaba la vida y la Pasión de Cristo con tanta naturalidad que creía que lo mismo le ocurría a todo el mundo, tan minuciosa, como mujer, en todo lo que se refiere a los trapos y las vestiduras, aclara nada al respecto.

Las cosas que le llaman la atención a uno, aunque no se entiendan, no hay que olvidarlas, hay que llevarlas consigo, hasta que un día cualquiera, ellas solas y a lo tonto, se encuentran con esa parte que les faltaba, con su respuesta o lo que al menos a ti te lo parece, y te dan una alegría. A veces creo que sólo te llaman la atención para darte la alegría.

La cuestión es que hace un par de días, y perdonadme que pase a los asuntos tontos pero es que ahí es donde tienen la costumbre de esconderse las piezas perdidas, abrí el armario de mi hija, ese campo de batalla, y ¡oh maravilla! todo bien alineado, los montones clasificados como un ejército en orden de revista, los chales y los pañuelos bien doblados y no al rebuño... qué gratísima sorpresa; hasta los cajones con las medias y los calcetines ordenados por colores y enrollados... Y me paré a pensar: igual que los enrollaba mi madre... como me enseñó a enrollarlos... cuánto le gustaría verlo... cuánto habría querido a su nieta... ¿los verá desde donde esté, doblados a su estilo?...

Y en esto me acordé del sudario, enrollado, con mimo, bien colocado aparte, no por el suelo: Para que Ella lo viera.

Quizá, no lo sé, pero a mí me lo explica y me llena de contento pensarlo, es posible que ese paño fuera de María; no sería extraño que el rostro se lo hubiera cubierto su Madre después de mirarlo y besarlo por última vez. Es posible que su Hijo lo dejara enrollado como le había visto durante años enrollar y plegar los lienzos, como le habría enseñado. Un Hijo recién resucitado sí se dedica, antes de salir de la tumba, después de tanto dolor, después de aquellas miradas, a plegar con amor y gratitud un paño, a dejárselo en un sitio aparte y bien visible, a Ella, que entendería lo que le estaba diciendo: soy el de siempre, sigo siendo tu Hijo, lo enrollo para ti, mira si estoy vivo.






17 abril 2011

Domingo de Ramos: el burro y las despensas

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1. ...la Iglesia une hoy, con admirable sabiduría, la procesión y la Pasión. La procesión suscita vítores y la Pasión lágrimas... Que el hombre mundano observe y comprenda que la alegría termina en el pesar. Por eso aquel que practicó y enseñó tantas cosas, cuando se hizo hombre quiso demostrar personalmente con su palabra y su ejemplo lo que nos había dicho mucho antes por boca del Profeta: Toda carne es hierba, y su belleza como flor campestre.
Aceptó, pues, el triunfo de la procesión, consciente de que ya estaba inminente el día terrible de su muerte.
¿Podrá alguien fiarse de la gloria versátil del mundo si contempla al Santo por excelencia y además Dueño supremo del universo, pasando tan rápidamente de la victoria más sublime al desprecio más absoluto? Una misma ciudad, las mismas personas y en unos pocos días le pasea triunfal entre himnos de alabanza y le acusa, le maltrata y le condena como a un malhechor. Así acaba la alegría caduca y a esto se reduce la gloria del mundo.

2. Vosotros, en cambio, podéis captar un mensaje más espiritual: por eso os presentamos en la proce­sión la gloria de la patria celeste, y en la Pasión el camino que a ella conduce. Ojalá que la procesión te recuerde el gozo y alegría incomparables de nuestro encuentro con Cristo ... el día glorioso en que Cristo entrará en la Jerusalén celestial.(...)
La procesión te dice a dónde nos dirigimos, y la Pasión nos muestra el camino. Los sufrimientos de hoy son el sendero de la vida, la avenida de la gloria, el camino de nuestra patria, la calzada del reino, como grita el ladrón crucificado: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Lo ve caminar hacia el reino y le pide que, cuando llegue, se acuerde de él. Tam­bién él llegó, y por un atajo tan corto que aquel mismo día mereció estar con el Señor en el paraíso. La gloria de la proce­sión hace llevaderas las angustias de la Pasión, porque nada es imposible para el que ama.

3. Y no te extrañe nada oír que esta procesión es símbolo de la celestial, ya que al mismo se le recibe en ambas, aunque las personas y el modo sean muy diversos. En esta procesión Cristo va sentado en un bruto animal; en aquélla, en cambio, habrá animales racionales, como dice la Escritura: Señor, tú salvas a hombres y animales. Recordemos aquel otro pasaje: Soy como un animal ante ti y estaré siempre contigo. Y conti­núa, refiriéndose a la procesión: Tú agarras mi mano derecha, me guías según tus planes y me llevas a un destino glorioso.

4. Y ya que hemos hablado del asno, de los mantos y de las ramas de árboles, quiero fijarme con más atención en las tres clases de ayuda que se le ofrecen en esta procesión al Sal­vador. La primera se la da el jumento en que va montado, la segunda los que tienden sus vestidos y la tercera los que cor­tan ramas de árboles. ¿No os parece que todos le presentan lo que les sobra, y honran al Señor sin molestarse ellos en nada, a excepción del jumento que se le ofrece él mismo?
... Yo creo que ese asno en que Cristo va sentado sois vosotros que, en frase del Apóstol, glorificáis y lleváis a Cristo con vuestro cuerpo. Los hombres del mundo cuando hacen limosna de sus bienes, no le ofrecen al Señor su cuerpo, sino lo que usa o necesita el cuerpo. Los prelados cortan ramas de árboles cuando hablan de la fe y obediencia de Abrahán, de la castidad de José, de la mansedumbre de Moisés o de las virtudes de otros santos. No hacen más que tomarlo de sus bien surtidas despensas; y deben distribuir gratuitamente lo que recibieron de balde. Si todos cumplen fielmente su minis­terio, es indudable que participan en la procesión del Salvador y entran con él en la ciudad santa (...) ¿Quién va más cerca de Jesús en la procesión? Creo que es muy fácil comprenderlo.

San Bernardo. Sermones litúrgicos (EN EL DOMINGO DE RAMOS. Sermón Primero: Sobre la procesión y la Pasión).

04 abril 2011

Este es el mes con que todo se alegra



"Del cual tiempo dice bien San Macario: «Porque entonces, dice, se descubrirá por de fuera en el cuerpo lo que ahora tiene atesorado el alma dentro de sí, así como los árboles, en pasando el invierno, y habiendo tomado calor la fuerza que en ellos se encierra con el sol y con la blandura del aire, arrojan afuera hojas y flores y frutos. Y ni más ni menos como las yerbas en la misma sazón sacan afuera sus flores, que tenían encerradas en el seno del suelo, con que la tierra y las yerbas mismas se adornan. Que todas estas cosas son imágenes de lo que será en aquel día en los buenos cristianos. Porque todas las almas amigas de Dios, esto es, todos los cristianos de veras, tienen su mes de Abril, que es el día cuando resucitaren a vida; adonde, con la fuerza del Sol de justicia, saldrá afuera la gloria del Espíritu Santo, que cobijará a los justos sus cuerpos. La cual gloria tienen ahora encubierta en el alma; que lo que ahora tienen, eso sacarán entonces a la clara en el cuerpo. Pues digo que éste es el mes primero del año; éste el mes con que todo se alegra; éste viste los desnudos árboles desatando la tierra; éste en todos los animales produce deleite; y éste es el que regocija todas las cosas. Pues éste, por la misma manera, es en la resurrección su verdadero abril a los buenos, que les vestirá de gloria los cuerpos, de la luz que ahora contienen en sí mismas sus almas; esto es, de la fuerza y poder del espíritu, el cual, entonces, les será vestidura rica, y mantenimiento, y bebida, y regocijo, y alegría, y paz, y vida eterna» .


Esto dice Macario. Porque, de allí en adelante, toda el alma y todo el cuerpo quedarán sujetos perdurablemente a la gracia; la cual, así como será señora entera del alma, asimismo hará que el alma se enseñoree del todo del cuerpo. Y como ella, infundida hasta lo más íntimo de la voluntad y razón, y embebida por todo su ser y virtud, le dará ser de Dios y la transformará casi en Dios, así también hará que, lanzándose el alma por todo el cuerpo, y actuándole perfectísimamente, le dé condiciones de espíritu y casi le transforme en espíritu. Y así, el alma, vestida de Dios, verá a Dios, y tratará con Él conforme al estilo del cielo; y el cuerpo, casi hecho otra alma, quedará dotado de sus cualidades de ella, esto es, de inmortalidad, y de luz, y de ligereza, y de un ser impasible. Y ambos juntos, el cuerpo y el alma, no tendrán ni otro ser, ni otro querer, ni otro movimiento alguno más de lo que la gracia de Cristo pusiere en ellos, que ya reinará en ellos para siempre gloriosa y pacífica."


Fray Luis de León, De los Nombres de Cristo, Libro II, "Rey de Dios". Ed. Austral, Madrid, 1991, edición de Antonio Sánchez Zamarreño.

31 marzo 2011

La piedra del gigante

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"Hay un esfuerzo que hacer, que es con mucho el más duro de todos, pero que no pertenece al terreno de la acción. Consiste en mantener la mirada orientada hacia Dios, volverla a dirigir a él cuando se aparta, aplicarla en cada instante con toda la intensidad de que se es capaz. Esto es algo muy difícil, pues toda la parte mediocre de nosotros mismos, que es casi todo lo que somos, que es lo que llamamos nuestro yo, se siente condenada a muerte por esa orientación de la mirada hacia Dios. Y no quiere morir; se rebela y fabrica todas las mentiras posibles para desviar la mirada. Una de estas mentiras son los falsos dioses a los que se pone el nombre de Dios. Se puede creer que se piensa en Dios cuando en realidad se ama nada más a ciertos seres humanos que nos han hablado de él, cierto medio social, unos hábitos de vida, un estado de sosiego del alma, una fuente de alegría sensible, de esperanza, de confortación o consuelo. En tal caso, la parte mediocre del alma está en completa seguridad; ni siquiera la oración la amenaza. [...]

Hay quienes buscan a Dios como quien salta una y otra vez con la esperanza de que, a fuerza de saltar cada vez más, acabará un día por llegar hasta el cielo. Es una vana esperanza. En el cuento de Grimm titulado El sastrecillo valiente, compiten en un concurso de fuerza el sastrecillo y un gigante. El gigante lanza la piedra tan alta que tarda mucho en caer. El sastrecillo, que lleva un pájaro en el bolsillo, dice que él puede hacerlo mucho mejor, que las piedras que él lanza no vuelven a caer, y suelta su pájaro. Lo que no tiene alas, acaba siempre por caer. Quienes saltan hacia el cielo, absortos en su esfuerzo muscular, no miran al cielo. Y la mirada es lo único eficaz, pues es lo que hace descender a Dios. Y cuando Dios desciende hasta nosotros, nos eleva, nos da alas. Nuestros esfuerzos musculares no tienen eficacia y uso legítimo más que para apartar y desechar todo lo que nos impide mirar; es un uso negativo."

Simone Weil, Pensamientos desordenados, "Reflexiones desordenadas acerca del amor a Dios". Editorial Trotta, Madrid, 1995, Traducción de María Tabuyo y Agustín López

24 marzo 2011

O lo uno o lo otro (o quizá todo a la vez)

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-O lo que dice Vinzenz Viktor Karsky, el de las denominaciones soberbias: que una sola primavera basta:
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-Creedme, todo depende de esto: haber tenido, una vez en la vida, una primavera sagrada que colme el corazón de tanta luz que baste para transfigurar todos los días venideros. Todos estaban tendidos hacia él, como si esperaran algo más. Pero Karsky calló, brillándole los ojos. Nadie lo había comprendido, y sin embargo sobre todos ellos flotaba como un encanto misterioso. Hasta que el más joven vació su vaso de un trago, dejándolo ruidosamente sobre la mesa y exclamando: -¡Creo que os ponéis sentimentales, niños! ¡De pie! Os invito a todos a mi casa... -

-O lo que dice Francesca de Rimini: que no hay dolor mayor:

E quella a me: "Nessun maggior dolore che ricordarsi del tempo felice ne la miseria; e ciò sa 'l tuo dottore..."

Rainer Maria Rilke, Primavera sagrada (relatos juveniles)/ Dante Alighieri. Divina Comedia. Inf.V, 121-123.

***

¿Y qué será más cierto, lo que dice Francesca, lo que dice Vinzenz Viktor, lo que dicen entre los dos, nada de lo dicho o de lo que parecen decir...? Me pregunto también si tendrán algo que ver las distintas circunstancias desde las que cada uno habla: que el joven Karsky , con una larga vida por delante, venga de visitar la tumba de su amada recién fallecida; que el lugar desde el que Francesca se lamenta se encuentre en el segundo círculo del Infierno. Me pregunto, por último, cuál es el verdadero sentido de esas palabras de Francesca, tan traídas y llevadas como expresión perfecta del dolor de nostalgia. Por qué unos versos más abajo Dante se siente desmayar, casi morir; por qué ese verso final fulminante: E caddi come corpo morto cade. Dante no era un romántico, y Rilke tampoco. Dante era, por encima -o por debajo- de todo, un teólogo, y Rilke no le andaba lejos.

21 marzo 2011

Absorta en su tarea

PRIMAVERA DE CIUDAD

Una vez más regresa, pese a todo,
la vieja Primavera;
ventila todas las alcobas, tiende
un mantel perfumado,
barre las telarañas del invierno.
Tan silenciosamente que, tal vez,
nadie se enterará de su llegada,
por lo demás poco importante. Luego,
un día, sin pensarlo, alzas la vista,
y por algún rincón inesperado
-los brazos, aún robustos,
llenos de flor reciente-
la miras deslizarse, laboriosa,
mientras canta en voz baja, absorta en su tarea.
Dios me perdone si no creo a veces
mutua la indiferencia -y que a ella tampoco
le importa nuestro hacer (que acaso juzgue
simple locura inútil); opinión no improbable,
sólo por la piedad de su largo servicio
traducida, tal vez,
en la vasta sonrisa sin aristas
con que lo envuelve todo, mientras sigue a lo suyo:
pero quizás es sólo que chochea.
Algún día se irá, tan silenciosa
como llegó, y en medio
de la misma aceptada indiferencia;
casi respiraremos aliviados -ya fatigaba un poco
la insistencia solícita, incluso maternal,
y pasada de moda.
Pero quisiera, sin embargo, darte
las gracias, Primavera,
inmemorial sirvienta fastidiosa:
aún es grato pensar que, cuando ya no estemos,
tu senil diligencia
seguirá conservando, de algún modo,
el orden familiar.
Saberlo inevitable da, en el fondo,
una cierta alegría -además, desde luego,
de un ligero arañazo melancólico.

José Cereijo, Las trampas del tiempo, poesía Hiperión, Madrid, 1999.

[Si es día 21 y estamos en marzo, hoy empieza la primavera oficial, aunque la real haga ya un tiempo que se dejó notar. De este poema de José Cereijo, además de la imagen de la fiel sirvienta atareada y a lo suyo, y de la hermosura de esa vasta sonrisa sin aristas, me gusta mucho el título: Primavera de ciudad. Y es que la primavera de ciudad no es la primavera en la ciudad, es otra primavera: menos avasalladora que la primavera titular, menos triunfalista, más modesta y compasiva, mucho más tierna. La primavera de ciudad parece que se esfuerza por alegrarnos: un geranio aquí, un pruno florecido allá, la luz hasta el fondo del patio, el arbolito cuasidifunto que revive en la parada del bus... detalles, menudencias. Es una primavera venida a menos ("allí la primavera siempre es pálida, a medias", dice un verso de Rilke), pero entregada. Como si supiera que la necesitamos. Esa mutua indiferencia de la que habla el poema, es lo único que no me termina de convencer, aunque también podría tratarse de "indiferencia de ciudad", siempre pálida y a medias.]

16 marzo 2011

Solemnidad es cordialidad

"He asistido también a oficios de diferentes religiones. Y he salido dando vivas al portentoso, bellísimo, sin igual catolicismo español. No digamos nada de los cultos protestantes. No me cabe en la cabeza (en mi cabeza latina) cómo hay gentes que pueden ser protestantes.
Está suprimido todo lo que es humano y consolador y bello, en una palabra. Aun el catolicismo de aquí es distinto. Está minado por el protestantismo y tiene esa misma frialdad. Esta mañana fui a ver una misa católica dicha en inglés. Y ahora veo lo prodigioso que es cualquier cura andaluz diciéndola. Hay un instinto innato de belleza en el pueblo español y una alta idea de la presencia de Dios en el templo. Ahora comprendo el espectáculo fervoroso, único en el mundo, que es una misa en España. La lentitud, la grandeza, el adorno del altar, la cordialidad en la adoración del Sacramento, el culto a la Virgen, son en España de una absoluta personalidad y de una enorme poesía y belleza".
"Lo que el catolicismo de los Estados Unidos no tiene es solemnidad, es decir, calor humano. La solemnidad en lo religioso es cordialidad, porque es una prueba viva, prueba para los sentidos de la inmediata presencia de Dios. Es como decir: Dios está con nosotros, démosle culto y adoración. Pero es una gran equivocación suprimir el ceremonial. Es la gran cosa de España. Son las formas exquisitas, la hidalguía con Dios... España es el único país fuerte y vivo que queda en el mundo. Sin embargo, yo he observado al público católico esta mañana y he visto una devoción extraordinaria, sobre todo en los hombres, cosa rara en España. Han comulgado muchas gentes y era un público serio, sin pamplinas y con una disciplina extraordinaria..."

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[Carta del 14 de julio de 1929. Enviada a su familia desde Estados Unidos, ¿adivináis por quién?
Y qué oportuna y exacta esa expresión de "la hidalguía con Dios", como remitiendo el ser fijosdalgo a la paternidad de Dios y apuntando que esa es la verdadera hidalguía, la de la más alta casa, la de todo hijo de vecino. Y qué observación tan fina la de que la solemnidad en lo religioso es cordialidad, frente a lo que habitualmente se piensa, que es más cordial y cercana la improvisación, la naturalidad, el "de cualquier manera". Pues bien, ¿quién diríais que es el observador que sale dando vivas al sin igual catolicismo español? ]
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[P.S. al anochecer: Bueno, pues ya os lo aclaro, para que, si os interesa -y todo el artículo del que procede el texto es interesantísimo-, vayáis directos. La carta es de un poeta y está escrita en Nueva York. Se refiere a ella Santiago Martínez Sáez, en el artículo titulado "Federico García Lorca, la espiritualidad de un poeta", publicado en la revista Istmo, número 239, y accesible aquí: http://www.conocereisdeverdad.org/website/index.php?id=3609 (hay que tirar para abajo, está como a media página).
El artículo es un recorrido por la casi desconocida -al menos para mí- obra en prosa de Lorca, en el que se le puede oír hablar de Ávila y de santa Teresa, describir a Falla como un santo y un místico, o manifestarse contra la estrechez de los nacionalismos. Una obra en la que, a propósito de santa Lucía, dice algo tan hermoso como esto: "como todos los santos planteó y resolvió teoremas deliciosos ante los que rompen sus cristales los aparatos de Física", y en la que, a la cuestión que le plantea el caricaturista Bagaria, de si no será mejor el silencio de la nada que la vida futura, responde con un canto a la creencia en la resurreción de la carne, que termina de esta guisa: "Las criaturas no quieren ser sombras". Impresionante ¿no?]

05 marzo 2011

Vera amicitia

La amistad de don Quijote por Sancho Panza : "más que a las leyes de la caballería" .

"Llegó Sancho a su amo marchito y desmayado, tanto, que no podía arrear a su jumento. Cuando así le vio don Quijote, le dijo:
—Ahora acabo de creer, Sancho bueno, que aquel castillo o venta que es encantado sin duda, porque aquellos que tan atrozmente tomaron pasatiempo contigo ¿qué podían ser sino fantasmas y gente del otro mundo? Y confirmo esto por haber visto que cuando estaba por las bardas del corral, mirando los actos de tu triste tragedia, no me fue posible subir por ellas, ni menos pude apearme de Rocinante, porque me debían de tener encantado; que te juro por la fe de quien soy que si pudiera subir o apearme, que yo te hiciera vengado, de manera que aquellos follones y malandrines se acordaran de la burla para siempre, aunque en ello supiera contravenir a las leyes de la caballería, que, como ya muchas veces te he dicho, no consienten que caballero ponga mano contra quien no lo sea, si no fuere en defensa de su propria vida y persona, en caso de urgente y gran necesidad.
—También me vengara yo si pudiera, fuera o no fuera armado caballero, pero no pude."
(I. XVIII)


La amistad de Sancho Panza por don Quijote : "como a las telas de su corazón".

"— Mas si es verdad lo que comúnmente se dice, que el tener compañeros en los trabajos suele servir de alivio en ellos, con vuestra merced podré consolarme, pues sirve a otro amo tan tonto como el mío.
—Tonto, pero valiente —respondió el del Bosque—, y más bellaco que tonto y que valiente.
—Eso no es el mío —respondió Sancho—, digo, que no tiene nada de bellaco, antes tiene una alma como un cántaro: no sabe hacer mal a nadie, sino bien a todos, ni tiene malicia alguna; un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga."
(II. XIII)


Dice Cicerón en De Amicitia: La amistad en sí, no es otra cosa que una consonancia absoluta de pareceres sobre todas las cosas divinas y humanas, unida a una benevolencia y cariño recíprocos, y no creo que exceptuando la sabiduría, los dioses hayan hecho al hombre un don mas preciado (...) esta misma virtud es la que engendra y alimenta la amistad, y sin virtud no hay amistad posible.

Y parece responder Miguel de Cervantes: No es precisa la consonancia de pareceres, y mucho menos absoluta -¿hay mayor disonancia que la de don Quijote y Sancho?-; lo que cuenta es la segunda parte, la de la benevolencia y cariño. Pero en lo que, sobre todo, concuerdan Cervantes y Cicerón es en que la amistad sólo se da entre los buenos, cosa de almas de cántaro, como quien dice.
El Quijote podría leerse, también, como la historia de la amistad de dos hombres buenos, sin nada más en común que el serlo. O nada menos.

03 marzo 2011

marzo marcea

Nieva en la plaza,
los copos sobre el árbol
parecen flores.
*

Blanca es la nieve,
con amor imposible
el sol la mira.
*

El sol asoma,
llora el copo en la rama
por no ser flor.


Ocurrió hace un instante, delante de mi ventana, en menos de cinco minutos nevó, se cubrieron de nieve los árboles pelados de la plaza, salió el sol y la nieve se deshizo. Espectacular y completamente gratis... Me disculpen el momento tonto. Como decía aquella canción de Mari Trini: quién no escribió un poema etc., pues esto viene a ser lo mismo: quién no pensó en un haiku viendo la nieve brillar...

01 marzo 2011

Con todas las extravagancias de un amante

La transformación del Dios de los filósofos.
.
Pero no olvidemos la otra cara del hecho. La fe cristiana se decidió solamente en favor del Dios de los filósofos... Pero al tiempo la fe cristiana dio a este Dios una significación nueva, lo sacó del terreno de lo puramente académico y así lo transformó profundamente. Este Dios que antes aparecería como algo neutro, como un concepto supremo y definitivo, este Dios que se concibió como puro ser o puro pensar, eternamente cerrado en sí mismo, sin proyección alguna hacia el hombre y hacia su pequeño mundo, (...) es para la fe el hombre Dios, que no sólo es pensar del pensar, eterna matemática del universo,sino agapé, potencia de amor creador. En este sentido se da en la fe cristiana la misma experiencia que tuvo Pascal cuando una noche escribió en un trozo de papel que luego cosió al forro de su casaca, estas palabras: "Dios de Abraham, Isaac y Jacob, no el Dios de los filósofos y letrados". Frente a un Dios que se inclina cada vez más a lo matemático, vivió la experiencia de la zarza ardiente y comprendió que Dios, eterna geometría del universo, sólo puede serlo porque es amor creador, porque es zarza ardiente de donde nace un hombre por el que entra en el mundo de los hombres.
.Para apreciar en su justa medida la transformación que experimentó el concepto filosófico de Dios mediante su equiparación al Dios de la fe, hemos de acudir a algún texto bíblico que nos hable de Dios. Al azar elegimos la parábola de la oveja y de la dracma perdidas de Lc 15,1-10. El punto de partida es el escándalo de los fariseos y letrados por el hecho de que Jesús se siente a la mesa con los pecadores. La respuesta es una alusión al hombre que tiene 100 ovejas, pierde una,va a buscarla y, por fin, la encuentra; por ella se alegra mucho más que por las 99 que no tuvo que buscar. (...) En esta parábola, en la que Jesús justifica y describe su obra y misión como enviado de Dios,juntamente con la historia de Dios y el hombre aparece el problema de quién es Dios.
.Si queremos deducir de este texto quién es Dios, diremos que es el Dios que nos sale al encuentro, el Dios antropomórfico y a-filosófico. Como en muchos otros textos del Antiguo Testamento, padece y se alegra con los hombres, busca, sale al encuentro. No es la geometría insensible del universo, no es justicia ni efecto alguno; tiene un corazón, está ahí como amante, con todas las extravagancias de un amante. (...)
.La gran mayoría de los hombres de hoy confiesa de algún modo que existe algo así como "una esencia superior.. Pero parece absurdo que esa esencia pueda ocuparse de los hombres.(...) en un tiempo en el que la tierra carece de importancia en el gigantesco universo, en el que el hombre, pequeño grano de arena, es insignificante ante las dimensiones cósmicas, nos parece absurda la idea de que esta esencia superior se ocupe de los hombres (...) pero en realidad pensamos en Dios de modo pequeño y humano. (...)
.
El dicho que precede al Hyperion de Hölderlin nos recuerda, frente a tales nimiedades, la imagen cristiana de la verdadera grandeza de Dios: Non coerceri maximo, contineri tamen minimo, divinum est : es divino no estar encerrado en lo máximo y estar, sin embargo, contenido en lo mínimo.(...) Esta superación de lo más grande y esta entrada en lo más pequeño constituye la verdadera esencia del espíritu absoluto. Pero al mismo tiempo aparece aquí una valoración de lo maximum y de lo minimum que es muy significativa para la comprensión cristiana de lo real: Para quien, como espíritu, lleva y transforma el universo, un espíritu, el corazón del hombre que puede amar, es mucho mayor que todas las galaxias. Las medidas cuantitativas quedan superadas; se señala aquí otra jerarquía de grandeza en la que lo pequeño pero limitado es lo verdaderamente incomprensible y grande.

Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo [5. El Dios de la fe y el Dios de los filósofos]

26 febrero 2011

Palabras de José Cereijo sobre Enrique García-Máiquez (2)

PRESENTACIÓN ENRIQUE GARCÍA-MÁIQUEZ EN LIBRERÍA ALBERTI, 24 FEBRERO 2011

Soy amigo de Enrique García-Máiquez desde hace bastantes años. Cuando nos conocimos, él no había publicado aún ningún libro. Luego, por azares editoriales, salieron dos casi al mismo tiempo (y en orden inverso: su primer libro publicado es el segundo escrito), y yo los reseñé –favorablemente, como merecían– para una revista.

Desde el principio me llamó la atención su uso, frecuente, del humor y la ironía, quizá porque en mi propia poesía están mucho menos presentes (y, en opinión de alguno, con el riesgo de, en palabras cervantinas, “quebrarse de sotiles”, esto es, sin que ni siquiera esté claro si efectivamente están o no).

Me llamaron la atención también, no hay que decirlo, muchas otras cosas: la intensidad y naturalidad de lo que dice, su habilidad retórica (en el antiguo y mejor sentido de esta expresión), que llega incluso a la suprema perfección de hacerse invisible, la levedad de toque, que puede dar vida a lo más insólito o complejo mediante una simple y ligera alusión... Tantas cosas.

Pero, si he destacado la faceta humorística, es porque ella arriesga siempre, para un lector poco atento, el confundirse con la intrascendencia. Baste citar, entre nosotros, el ejemplo de Manuel Machado, a quien durante tantos años se tuvo como un versificador folclórico y menor cuando es, entre otras cosas mayores, uno de los fundadores de la lengua poética moderna en España. (Recuérdese, a este respecto, la observación de Moreno Villa: «Cuando algún día se haga recuento de las influencias ejercidas por él y por Juan Ramón en las generaciones que les siguieron, veremos quién se lleva el mayor tanto»).

Yo creo que algo de esto puede ocurrirle también a Enrique, de cara a ciertos lectores. Que tiendan a pensar que eso, tan ligero y divertido, no puede ser a la vez hondo, trascendente y conmovedor. Si es así, desde luego, se equivocan. Como Goethe dijera de Lichtenberg, el admirable aforista alemán, también en Enrique, tantas veces, “donde hace una broma, hay un problema oculto”. Por donde su humor resulta a menudo una forma, elegante y discreta, del pudor.

No sé lo que va a leerles a continuación. Ignoro, por tanto, si aparecerán en su lectura muchas o pocas muestras de ese sentido del humor suyo. A fin de cuentas, es sólo una faceta –aunque sin duda importante– en una poesía que tiene muchas otras. Y que, por otra parte, a medida que maduraban, ella y su autor, al compás de las tragedias y los logros de la vida, ha ido adquiriendo una gravedad de tono y una profundidad que sólo asomaban, o se presentían, al principio.

En todo caso, si en la lectura que va a seguir el humor está menos presente, quizá eso sirva también para ver mejor que el Enrique más ligero y el más hondo son el mismo: alguien que cree irremediablemente en la vida (y en la poesía, como mirada privilegiada sobre ella), a pesar de tantas cosas, y que sabe decirlo (o, mejor, contarlo) sin tener que adoptar para ello una actitud de predicador o de “sabio”, entre comillas, sin envanecimiento ni énfasis. Precisamente por esa creencia suya en la vida, sabe bien que las cosas que nos pasan o que pueden pasarnos no necesitan de afeites, de realce artificial alguno: bastan ellas, por sí mismas, para que, cuando se sabe contarlas con la desnuda eficacia de lo verdadero, podamos sentirnos emocionados, acompañados y convencidos.

Porque el tono menor, en Enrique, no es limitación o carencia. Si un escritor de la talla de Josep Pla supo siempre que tenía un problema con la intimidad, con el relato de lo verdaderamente íntimo, y eso limitaba de algún modo el alcance de su mirada magistral, penetrante y amplísima, Enrique, en cambio, sabe también desnudarse. Pudorosa, elegante, escuetamente. También eso, en un tiempo que demasiadas veces tiende a confundir la desnudez con el exhibicionismo, puede pasar inadvertido, para una mirada no suficientemente atenta. De ahí que quiera señalarlo ahora.

Porque, en resumidas cuentas, lo que en apariencia pueda tener esta poesía de fácil y de ligero no es más que eso, apariencia. Quienes confundan la sabiduría con el virtuosismo y lo lúcido con lo lucido corren el riesgo de resbalar por ella sin comprender que eso que tal vez no encuentran no está ausente aquí por impotencia, sino por voluntad deliberada de quien no quiere aparentar, sino ser. Con desnudez y hondura. Con la exacta discreción de la verdadera maestría.

Muchas gracias.


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[Muchas gracias a José Cereijo, por su amabilidad al entregarme el texto de la presentación y permitirme publicarlo]

25 febrero 2011

Sobre la presentación de "Con el tiempo" (1)

[Para los que viven lejos de Madrid o no pudieron asistir a la presentación del libro de poemas de Enrique García-Máiquez]
Ayer estuve en la presentación de Con el tiempo en la Librería Alberti. Fui con Mª Jesús, que descubrió el escalofrío poético el día que leyó In Memoriam y quería conocer al autor , y con Cristina, mi hija, que me acompañó diciendo que como se enterasen sus amigas de que iba a lecturas de poesía con su madre, de oírse llamar " pringada" un par de meses no la libraba nadie. Al salir le pregunté “¿Ha sido muy pringado?” –“No, ha estado bien”. No sabe Enrique García-Máiquez lo que ese "bien" adolescente vale.
Fue una tarde perfecta: un aire de primavera anticipada de camino hacia allí; Leonor y Carmencita, con esos ojos de comerse el mundo, a la entrada de la librería, que las ves y ya te vas contenta a casa; y por si todo eso fuera poco, una lectura emocionante y redonda.
Abrió el acto José Cereijo. Sus palabras, exactas y sentidas, como no podía ser menos viniendo del gran poeta que es Cereijo, dejaron el ambiente en el punto justo para que la lectura empezara. Cualquiera que siga, conozca y admire a Enrique García-Máiquez --y quien le sigue, le conoce y le admira-- las habría aplaudido. Yo para mis adentros le solté un par de bravos. Es un enorme placer oír hablar de quien se aprecia como merece. En la siguiente entrada os dejo el texto que leyó (eso también me gustó; las improvisaciones, por geniales y simpáticas que sean, nunca tienen el primor ni la atención de un texto bien escrito) y que, cuando le pregunté si habría algún modo de conseguirlo para poder contaros, tuvo la amabilidad y la generosidad de entregarme.
La lectura, como os decía, fue emocionante y, en algunos poemas, muy discretamente emocionada. La sala, pequeñita pero llena, y la voz de Enrique, recitando los poemas al contraluz de una lámpara de papel, te hacían sentir que estabas en una velada entre amigos. Y como amigos íbamos todos por donde los poemas y la voz nos llevaban: ahora un nudo en la garganta, ahora una sonrisa de satisfacción, ahora una sorpresa y ahora un silencio. La lectura de Salto, esa instantánea impresa en el corazón de un hijo, que por obra del poema vuelve a cobrar vida y vuelve a detenerse (siempre, alta y elástica, entre el agua y la tierra,/ grácilmente arqueada, suspendida en el aire), fue como un relámpago, deslumbrante. Cristina me dijo “éste”. Entre poema y poema, Enrique rebajaba la tensión, pero mantenía el vínculo, con aclaraciones que le agradecí mucho: los diálogos establecidos con otros poetas --y aquí, si supiera, os pondría un link a la entrada del Blog "En Compostela" del 23 de febrero--, el título, la estructura y las transiciones del libro, las circunstancias en las que nació cada poema.... Terminó la lectura y nos fuimos todos felices y en sintonía. Y es que la buena poesía es lo que tiene: su belleza exalta, la hondura y la bondad hermanan.
Y mañana, porque no quiero que quede aquí abajo y tengo que copiarlo -que a ello me pongo-, el texto de José Cereijo.

24 febrero 2011

Verdad, y no costumbre, se llamó a sí mismo

"Lo paradójico de la antigua filosofía estriba, desde un punto de vista histórico religioso, en que conceptualmente ha destruido el mito, pero al mismo tiempo ha querido legitimizarlo desde el punto de vista religioso. Es decir, la antigua filosofía no era religiosamente revolucionaria, sino muy evolucionista (1); consideraba la religión como ordenación de la vida moral, no como verdad. En la carta a los romanos (Rom 1,18-31) lo ha descrito Pablo maravillosamente en un lenguaje profético comentando un texto de la literatura sapiencial. Ya en los capítulos 13-15 del libro de la Sabiduría se alude al destino mortal de las antiguas religiones y a la paradoja que existe en la separación de la verdad y de la piedad.[...] La religión no iba por el camino del Logos, sino que permanecía en él como mito inoperante. Por eso su fracaso inevitable procede de la separación de la verdad, lo que lleva a que se la considere como pura institutio vitae, es decir, como pura organización y forma de la configuración de la vida. Frente a esta situación Tertuliano describió con palabras sencillas y majestuosas la posición cristiana cuando dijo: Cristo no se llamó a sí mismo costumbre, sino verdad [Dominus noster Christus veritatem se, non consuetudinem cognonminavit] .
A mi modo de ver, ésta es una de las grandes ideas teológicas de los Padres. Ahí se resume, en maravillosa poesía, la lucha de la primitiva Iglesia y la tarea continua que incumbe a la fe cristiana si quiere seguir siendo fiel a sí misma. La divinización de la consuetudo romana, de la "costumbre" de la ciudad de Roma, que quiere erigir sus usos en norma autosuficiente de la actitud, contradice a la única exigencia de la verdad. (2).
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Joseph Ratzinger, Introducción al cristianismo. 5.- El Dios de la fe y el Dios de los filósofos.

[(1) El texto procede de la página de "mercaba.org". Me pareció chocante ese muy evolucionista referido a la filosofía antigua, y al contrastarlo con el original alemán, encuentro que lo que dice es esto: ...nicht revolutionär, sondern höchstens evolutionär... Es decir: no "muy", sino "a lo sumo" o "como mucho" (tampoco me parece que el evolucionismo tenga vela alguna en este entierro, creo que se trata simplemente de un juego de palabras con "revolucionaria" que podría mantenerse: a lo sumo 'evolucionaria', pero eso ya queda al gusto).
-(2) A continuación, donde en el texto de Ediciones Sígueme, Salamanca 2005, dice: Con ello el cristianismo se pone decididamente de parte de la verdad y se separa de una concepción de la religión que se reduce a un conjunto de ceremonias..., en la versión digital se saltan un renglón (las tres o cuatro que he mirado deben proceder de la misma, porque tienen el mismo error) y dicen justo lo contrario: Con ello el cristianismo se ha colocado decididamente del lado de la religión que se limita a ser forma ceremonial... Así que, ojo con las ediciones en línea, que tienen algún error, como éste, importante.]
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19 febrero 2011

Aviso: Presentación de "Con el tiempo" de Enrique García-Máiquez

El próximo jueves 24 de febrero, a las 7 de la tarde, en la Librería Alberti de Madrid (Calle Tutor, 57) tendrá lugar la presentación del último libro de poemas, Con el tiempo (edit. Renacimiento), de nuestro admirado Enrique García-Máiquez. La presentación correrá a cargo del poeta José Cereijo, y tendremos la suerte y la oportunidad de escuchar algunos de los poemas en la voz de Enrique. Inolvidables poemas, como ese In Memoriam, dedicado a su madre, con el que se abre el libro, o El llanto de una niña sostiene las constelaciones, dedicado a su primera hija, con el que se cierra; que supongo que ya conocéis, y si no, no sé a qué estáis esperando. Aquí más detalles: http://www.libreriaalberti.com/ . El que se lo pierda, salvo por causas de fuerza mayor, pero muy fuerte y muy mayor, tonto será.
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Del libro yo no puedo hablar, no porque no tenga nada que decir, sino porque muchos de sus poemas los he hecho ya tan míos que tendría demasiado, no sabría por dónde empezar. Tendría que decir, por ejemplo, que un simple haiku, el primero de Las estaciones (Alguien me manda/ cientos de flores todas/ las primaveras) me ayudó a respirar en momentos en los que me faltaba el aire. Es una, sólo una, de las virtudes del libro, la de afectar de manera íntima a quien lo lee, la del reencuentro con uno mismo, la del reconocimiento. Sé de dos personas, no lectores habituales de poesía, que -despúes de darles a leer alguno de los poemas, y de verlas callar al terminar, con ese silencio que sigue al touché, al descubrimiento de algo que toca en lo hondo-, fueron a buscarlo y a comprarse su primer libro de poesía (sin contar las Coplas de Manrique y los obligatorios de las clases de Lengua de años ha, junto a los que ahora, como me dijo una de ellas, está puesto Con el tiempo).
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De todos modos, para ir abriendo oído, y practicando la crítica del escriba, de la que hablaba Enrique García-Máiquez ayer en "Rayos y Truenos", aquí os dejo esta pequeña selección:

VERSION

Estas líneas traducen un poema
de autor desconocido.
Una música antigua, oída un día
en el coche, camino del trabajo,
o la conversación en la que hablaban
de novios unas chicas jovencísimas
que espié sin querer, transido de nostalgia.
O puede que traduzcan la sonrisa
que salva una mañana, o bien las voces
que nos hieren en sueños, o un paisaje,
o una historia olvidada... Es un poema
incierto de autor desconocido el que estas líneas
traducen torpemente consultando
un diccionario oscuro.
Su lengua original fue la del fuego
y nunca nadie ha hecho una versión exacta.
*********

Más vale que no sepan para qué
sirve leer poesía, si algunos aún la leen.
No les expliques,
............................. calla,
.......................................que no sepan
que su belleza no es neutral, que hace
insoportables la crueldad, la idiotez y el ruido
y por eso nos vuelve solitarios. [...] (de LECTURA EN UN COLEGIO)
*********
[...]
el poema de amor de un joven siempre
será una redundancia;
un himno, una obviedad;
una elegía, un ejercicio..
........................................En cambio,
qué natural una elegía ahora,
cuando las dicta el tiempo,
y un himno es algo heroico, inconcebible,
y un poema de amor es la esperanza
única de vivir
....................... aún
................................estremecidos. (de ORATIO PRO DOMO SUA)
**********
El pasado me pisa los talones. [...]
Pero yo me resisto. Hacia delante
huyo cada mañana
con los brazos abiertos. [...]
La esperanza es lo único que queda
a salvo del pasado, más allá de su alcance,
y a salvo incluso del convencimiento
de que no por ahora.
De que luego tampoco. [...] (de SIN CONVENCIMIENTO, CON ESPERANZA)
**********
Aquella higuera que por no dar fruto
maldijo Jesucristo
sin pararse a esperar, sacrificándola
a una enseñanza dura para todos,
dio la leña más seca, las mejores
fogatas del invierno se encendieron
con sus resecos troncos y a su arrimo
se juntaron extraños, se bebía,
se inflamaba el amor de los esposos [...]
......................................... Alguna viga
también salió de aquella higuera inútil
y sostuvo una casa. Y hecha barco
hubo una tabla que llegó hasta Tarsis [...]
Aquella higuera pobre, sólo sombra
y polvo recibió una maldición
y en ese mismo instante fue bendita.
Cuántos frutos la higuera. Siempre es tiempo. (de LA HIGUERA ESTERIL]
********
[...]
Pero tú ven, vente conmigo
hasta las páginas de un libro,
aunque sea mío. (de FUGA)
*********

... aunque sea mío, dice Enrique García-Máiquez y , dicho por él, no es un recurso literario, no se trata de una captatio benevolentiae, quiere decir exactamente "aunque sea mío". No sabe que ése precisamente es el argumento de autoridad, es decir, de humanidad y hondura, de que lo que nos vamos a encontrar es auténtica poesía: que sea suyo. Con el tiempo es un libro inolvidable, que deja tocado, y que, además, como lo es un alma, sólo podría ser suyo.

16 febrero 2011

... tal como somos. L.Bloy (y 2)

(Cont.)

"...No obstante, trataré de darte algún consejo. Me dices que lo que más te aleja de la Confesión es la extrema mediocridad de tantos sacerdotes. Es decir, que querrías que Dios gobernara su Iglesia por medios humanos, pero sigamos. Desearías que el sacerdote fuese un profundo moralista. Pero, desdichada criatura, si es diez mil veces mejor que eso... Añades que querrías una penitencia proporcionada a la falta. Esta última frase, perdóname que te lo diga, no es más que charlatanería sentimental. Santa Catalina de Génova caía desfallecida cuando Dios consentía en mostrarle a la vista el horror de un solo pecado venial. ¡Y tú, tú querrías ser juzgado! Me empiezas a dar miedo. ¿Cómo podríamos vivir si Dios nos mostrara a nosotros mismos tal como somos? Por eso es necesario que nos hayamos vuelto inmortales antes de que llegue la hora de nuestro Juicio. Acuérdate bien, ese es el triple fondo de la doctrina. Me dices, en fin, que es posible que el orgullo tenga algo de parte en tus consideraciones. ¡Desde luego! ¡Puedes estar seguro! Y sobre todo tiene parte la mucha ignorancia. La confesión no debe ser discutida por almas tan nobles como la tuya ni siquiera en la práctica. Eso hay que dejarlo para los bribones. Lo que hay aquí de particularmente inaudito es la debilidad misma del instrumento. Si un sacerdote fuera completamente imbécil, sólo me parecería aún más sublime. Pensaría que el Hijo de Dios, con la Sabiduría del Todopoderoso y del Dios de la Ciencia, escoltado por novecientos millones de espíritus celestiales, desciende cada día de lo alto de los cielos hasta la voz de esa pobre criatura, y quedaría deshecho de admiración y de fe.

Sólo me quedan dos cosas por decirte y ojalá puedan llegarte al corazón. En primer lugar: No existe ningún caso en el que un alma arrepentida no termine por encontrar la dirección que necesitaba. Dios jamás permite que una inquietud tan santa permanezca estéril. En segundo lugar: Hay tres personas en la Confesión: Jesucristo, el confesor y el penitente. Es una imagen absolutamente exacta y profunda de la Santísima Trinidad (si tuviera tiempo intentaría desarrollarte esta idea, que es prodigiosa). Estas tres personas concurren en una sola acción, pero son perfectamente distintas unas de otras, y cada una de ellas tiene su propia función. Nuestro Señor Jesucristo y el confesor no lo hacen todo. Es necesario que tú, el penitente, te esfuerces en volar un poco con tus propias alas. Dios ha concedido libertad al alma del hombre para que haga uso de ella. Tienes que procurar leer libros capaces de transmitirte la admiración de Dios, de provocarte al amor. Tú tienes imaginación, pues bien, lee libros elocuentes: los Sermones y las Meditaciones de Bossuet, las Cartas espirituales de Fénelon, el Amor a Dios de san Francisco de Sales, lee al Padre Faber, ese segundo Shakespeare que ha dado Inglaterra. Reza mucho y confiésate por obediencia. Comulga por obediencia. Muy pronto lo harás por amor.

Y con esto he terminado. ¿Qué más podría decirte? He puesto mi corazón en esta carta. Si algunas de las cosas que en ella has de encontrar, te parecen duras y te causan pena, perdóname, te lo ruego. He hecho cuanto estaba en mis manos. Dentro de algunos días te estrecharé entre mis brazos. Llegaré a París el sábado próximo... Ese día es la fiesta de la Invención de la Santa Cruz, es decir, la conmemoración del día en que santa Elena, madre de Constantino, encuentra la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo en Jerusalén; esa reliquia más preciosa que todos los mundos, cuya sola visión hizo expirar de amor a un santo que acudió a verla. Yo no escogí el día de mi llegada a París, así que nuestro encuentro me parece muy significativo. Voy a París, para quedarme y sin proyecto alguno. Baste con decirte que yo también encontraré la Cruz. Vuelvo tan pobre como cuando lo dejé, pero quizá con un poco más de coraje y de confianza en Dios, que, así lo espero, me dará fortaleza. Ya te explicaré cuando hablemos por qué se me ha hecho imposible alargar la estancia aquí. ¡Pero fíjate qué extraño! He sufrido mucho en Périgueux, he deseado con todas mis fuerzas abandonarlo, y resulta que en el momento de partir siento que mi corazón se quiebra. La alegría de volveros a ver, mis buenos y fieles amigos, esa alegría que habría juzgado capaz de consolarme de todo, no endulza de ninguna manera la amargura inexplicable y horrorosa de esta marcha. ¡Ya ves! Había echado raíces. ¡Me admira lo admirablemente organizado que estoy para no ser jamás feliz en el mundo!"

-Léon Bloy, Lettres de jeunesse, 1870-1893, Lettre IX. Périgueux, 25 avril 1873 [ la traducción es mía; los subrayados, suyos]

15 febrero 2011

,,, y compartiendo el peso. L.Bloy (1)

.
"... De todas las criaturas humanas que andan por el mundo, qué pocas tienen la profundidad de alma necesaria para saber hasta qué punto el dolor espiritualiza los afectos. Las almas vulgares piensan que la ternura de corazón, ese inestimable tesoro de la vida, es como una moneda que sólo se acuña con la brillante efigie de la abundancia y dentro de encantadores palacios llenos de felicidad. No conozco ninguna idea falsa tan estúpida como esa. Precisamente lo contrario es lo cierto. Habría que escribir un libro para demostrar con genio esta verdad, sin embargo tan elemental, la de que es necesario haber sufrido para ser capaz de amor. El amor es un acto de la voluntad, pero el dolor es siempre una revelación anterior a ese mismo acto, porque el hombre tiene en su mísero corazón lugares que todavía no existen, en los que el dolor entra para que existan. Por ese motivo, el martirio, es decir la aceptación completa de todo el dolor posible, precipita en un instante el alma en el amor perfecto, sin pasar siquiera por esa laboriosa imitación que es la penitencia [...]


-En efecto, casi nunca nos es posible, sea en el dolor, sea en la alegría, abrazar por entero lo que se presenta. En todo lo que nos pasa, lo que está implícito sobrepasa siempre a lo que se manifiesta. Es lo que queremos decir cuando hablamos de un dolor creciente. No es el dolor el que crece, es la apreciación que hacemos de él, y ese progreso tiene que ver con la imperfección de nuestros espíritus. De ahí viene que a menudo parezcamos mucho más heroicos de lo que realmente somos. No llevamos de nuestro fardo sino lo que vemos de él, y no vemos de él más que una parte. Nuestro Padre celestial lo hace descender sobre nosotros gradualmente y compartiendo el peso entre su propia mano y nuestros hombros, hasta que la costumbre nos hace capaces de soportar la presión entera sin ser aplastados. Nunca podemos ir más allá del presente por la inteligencia o por el sentimiento. Es así como los dolores son la mayor parte de las veces menos penosos de soportar de lo que parecen, pues los soportamos por grados, casi sin darnos cuenta. ¿Sabes por qué Jesucristo sufrió tanto? Trataré de explicarte en dos palabras una idea sobrecogedora. Es porque en su alma, todo el tiempo de su vida, hubo una identidad perfecta de presente, pasado y futuro. Eso es particularmente impresionante en la agonía del Huerto de los Olivos. Pero ese pensamiento es un abismo… Aceptar el presente no es nada, pero aceptar el porvenir… [...]

--Antes de seguir, he releído una vez más tu carta. Es singularmente elocuente y amarga, y me ha entristecido y afectado tan profundamente que creí que no me sería posible responderla. Por eso lo he retrasado tanto tiempo y tan cobardemente. Lo que sobre todo me desconsuela, acabas de verlo, es esa confianza en mí, esa creencia de que tengo lo que necesitas en la palma de la mano, que me bastaría abrirla para consolarte. ¡Pobre alma triste! ¡Qué gran error el tuyo! Piensas que tengo penetración y corazón bastantes para darte algo diferente a esas imbecilidades desoladoras tan liberalmente prodigadas por los regaladores de consejos en general: “tenga coraje, cárguese de paciencia, etc. etc.”. El corazón se me subleva sólo de pensar en esos consoladores idiotas por los que Rochefoucauld decía que siempre se tiene mucha fuerza para sobrellevar las desgracias ajenas. En lo que hace al coraje y la paciencia, uno tiene lo que tiene y se carga de lo que puede. Hay almas desdichadas en su martirio, que no dan la impresión de estar muy resignadas y que, sin embargo, son sublimes ante Dios sencillamente porque no se dejan caer en la desesperación. En general, la vida es insoportable. Esa es la verdad y lo grave del asunto. Si no comulgara muy a menudo, te aseguro que me moriría de asco. Por otra parte, hay un pasaje de M. de Saint-Bonnet, terrible para los que no son cristianos: La esperanza –dice – existe para desvanecerse, la ilusión para desaparecer, la juventud para ajarse. ¿Estas enamorado? Un corazón te rechazará. ¿Eres amado? Los que te amaban ya no existen. Todo gran suspiro es ignorado, la lágrima verdadera nunca es vista, el corazón… el corazón siempre está solo."

Léon Bloy, Lettres de jeunesse, 1870-1893, Lettre IX. Périgueux, 25 avril 1873. [ la traducción es mía, los subrayados son suyos]

11 febrero 2011

Anhelar lo que hay

"Desde el primer instante en que mi alma, humillada y llena de asombro, se postró ante la música de Mozart, muchas veces ha sido para mí una actividad grata y reconfortante la de pensar en aquella jovial concepción griega que denómina al mundo κόσμος , puesto que se muestra como un todo bien ordenado, como una grácil ydiáfana alhaja del espíritu que obra en él y lo entrelaza; y pensar que esa jovial concepción puede repetirse en un orden de cosas superior, que también en él hay una providencial sabiduría que es digna de admiración, puesto que, ante todo, reúne a los que se pertenecen de manera mutua: Axel y Valborg, Homero y la guerra de Troya, Rafael y el catolicismo, Mozart y el Don Juan. Hay una miserable incredulidad que cree disponer de un sinnúmero de alicientes. Supone que ese vínculo es incidental, y no ve en él otra cosa que la afortunada conjunción de diferentes potencias en el juego de la vida. Supone que es incidental que los enamorados se encuentren, que es incidental que se amen, que habría cientos de otras muchachas junto a las cuales un hombre podría haber alcanzado la misma dicha y a las que podría haber amado del mismo modo. Supone que muchos otros poetas habrían podido ser tan inmortales como Homero, si éste no hubiese acaparado ese glorioso tema, que muchos compositores habrían podido ser tan inmortales como Mozart si se les hubiese dado la oportunidad. [...]
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En lo incidental hay un solo factor [...] Lo venturoso tiene dos factores: es un hecho venturoso que la más excelsa materia épica le haya sido acordada a Homero, pues aquí el acento recae tanto sobre Homero como sobre la materia. En eso consiste la profunda armonía que resuena en todas las obras que llamamos clásicas. Lo mismo sucede con Mozart: es un hecho venturoso que aquello que, en sentido profundo, es acaso el único tema de la música, le haya sido dado ... a Mozart. [...]
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Lo que hay de afortunado en una producción clásica, lo que le hace ser clásica e inmortal, es la absoluta conjunción de dos fuerzas. Esa conjunción es tan absoluta, que la reflexión de épocas posteriores no podrá separar ni siquiera en el pensamiento lo que está tan íntimamente unido sin correr el riesgo de provocar o favorecer un malentendido. Así cuando se dice que Homero tuvo la fortuna de hallar la materia épica más excelsa, puede que esto le haga olvidar a uno que esa materia épica le llega siempre a través de la concepción de Homero, y que eso que se presenta como la materia épica más perfecta sólo está listo para nosotros en virtud de la transustanciación que es propiedad de Homero. Si se hace resaltar en cambio la actividad poética de Homero al penetrar esa materia, se corre el riesgo de olvidar que el poeta jamás habría llegado a ser lo que es si el pensamiento que le permitió penetrarla no fuera el pensamiento propio de la materia, si la forma no fuese el pensamiento propio de la materia. El poeta desea su materia; pero es muy cierto aquel dicho según el cual desear no es no es ningún arte, y hay un sinnúmero de impotentes anhelos que confirman esa enorme verdad. Anhelar de la manera correcta, en cambio, es un gran arte, o mejor aún, es un don. Es lo que hay de inexplicable y misterioso en el genio, lo mismo que una vara mágica a la que nunca se le ocurriría anhelar algo distinto de lo que obtendrá. El anhelo tiene allí un significado mucho más profundo del que suele tener, algo que la razón abstracta hallará tal vez ridículo, pues ésta piensa más bien el anhelo en relación con lo que no hay, no en relación con lo que hay."
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Søren Kierkegaard, O lo uno o lo otro. Un fragmento de vida (2. Los estadios eróticos inmediatos. Preámbulo intrascendente), Edit. Trotta, Madrid, 2006, Traducc. Darío González y Begoña Saez.

07 febrero 2011

lumen cordium, consolator optime

...Luz de los corazones, el que mejor consuela... dulce huésped del alma...; así invoca al Espíritu Santo la Secuencia Veni Sancte Spiritus.

El Iluminador es también el Consolador. El que, a la vez que ilumina, consuela. No podía ser de otro modo. -Con las luces de los hombres, sin embargo, no pasa lo mismo. No son dulces huéspedes del alma. Lo iluminado, por lo general, espanta.

05 febrero 2011

La interné me asusta

Resulta que después de pasar un buen rato buscando las gafas por toda la casa, enciendo el ordenador, miro el Blog, me pongo a corregir una entrada pasada sobre ojos que no ven, y estando en ello me aparece en el lateral el anuncio de una clínica oftalmológica. En el anuncio me cuentan que han conseguido liberar de gafas y lentillas a no sé cuántos miles de cegatos y me ofrecen una cirugía láser a precio especial. Es inquietante... ¿cómo saben que me paso la vida buscando las gafas?
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Al momento aparece otro, éste de unos profesores que llevan tiempo empeñados en que aprenda hebreo en línea. Esta proposición ya me gusta más que el láser, pero ¿a qué viene tanto empeño? ¿Y por qué no me proponen aprender inglés, que me sería más útil?
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Termino, abro el correo por si hay algo, y me encuentro un mail de "tu amigo-marketing Editorial Trotta", con quien no tengo más relación que la pasta que me gasto en Trottas, informándome de la reciente publicación de un libro de la sobrina de Simone Weil, titulado "En casa de los Weil. André y Simone". Esta información no es que me guste, me encanta, les quedo muy agradecida, pero...
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Por lo pronto desenchufo y me voy a dar un paseo, que hace un esplendido día de sol, a ver si se me pasa el escalofrío.