16 julio 2012

El juicioso Quintiliano

De vez en cuando vuelvo a la Retórica de Mayans, aclara mucho las ideas y te encuentras ejemplos y comentarios sabrosísimos. Por ejemplo este, más que sabroso, de lo más llamativo:

 " Palabras poéticas no son todas aquellas de que usan los poetas, sino las que únicamente usan ellos i no otros. Pero, aunque en las obras de los poetas ai palabras de que deven abstenerse los prosistas, no por esso deve uno privarse de la leyenda dellos, porque ésta, según Theofrasto, filósofo eloqüentíssimo, fomenta la eloqüencia; i como dijo juiciosamente Quintiliano: De los poetas se toma en las cosas el espíritu, en las palabras la sublimidad, en los afectos el movimiento, en las personas la decencia o decoro. Fuera desto es lícito acotar testimonios de poetas, especialmente si la oración no fuesse sagrada o mui grave, i el testimonio fuere bien apropiado."

Ahí tenemos  al mismo poeta expulsado de la República platónica por falsario y corruptor, convertido en modelo de virtudes y en figura ejemplar. Yo no sé en qué poetas estaría pensando Mayans, que escribe la Retórica mediado el siglo XVIII y parece conocer al dedillo vida y obra de todos los que hubieran escrito un poema hasta la fecha. Quizá en Fray Luis de León o en Santa Teresa, a los que tanto admiraba, pero de ahí al genérico "de los poetas se toma" y a calificar de juiciosa la cita de Quintiliano...

Lo llamativo, de todos modos,  más que la enormemente variable cotización de los poetas,  lo más llamativo desde la perspectiva actual, es precisamente esa cotización. Lo que resulta verdaderamente llamativo es la relevancia concedida a los poetas, que se estimara en tanto su capacidad de influencia, y aquel antiguo prestigio, aunque fuera un prestigio a la inversa.

Gregorio Mayans y Siscar, Rhetorica. Libro III. Capítulo I. De las partes de la elocución.

13 julio 2012

¿Cómo no quererle?

Mirad y oíd esta gozada. Es Federico Gulda, con la gorrilla de rigor y con su broche elegante prendido en el jersey, tocando y dirigiendo con las cejas, con los hombros, con el rabillo del ojo y hasta con la lengua, el segundo movimiento-Romanza del Concierto nº20 para piano y orquesta de Mozart.

No os perdáis las sonrisas a la orquesta -y cómo en un momento (7:40) parece que les dice "sí, sí, ya sé que es una preciosidad,  pero no hace falta que os pongáis tan estupendos", ni las miradas de guasa ante la cámara, ni los bailecillos vieneses o el arranque del final casi por bulerías.

F.Gulda (Austria 1930-2000) tenía, y sigue teniendo, sus seguidores apasionados y sus detractores -entre ellos, los que consideran un defecto su mayor virtud, es decir los que no distinguen entre ligereza y ligereza, la de la superficialidad y la que sólo alcanzan los mejores-, pero dudo que nadie pudiera no quererle.

En fin, que no es posible oírle y mirarle, con esa cara de gamberro bondadoso y feliz, y no contagiarse de felicidad un rato. Ahí os lo dejo. Para que os contagiéis, que buena falta hace, y porque hoy es San Enrique y hay que celebrarlo.
 
 

[PS: perdón por los leísmos, que la entrada va bien servida. Pero he intentado corregirlos: 'quererlo', 'oírlo', 'mirarlo'... y no puedo, me suena fatal, como si le hiciera de menos (que también tendría que ser 'lo hiciera de menos'). Estoy echada a perder ]

26 junio 2012

del estar en el mundo y no ser del mundo.

Están en el mundo, pero no son del mundo. Son las palabras con las que Cristo ruega por sus discípulos en la Oración de la Última Cena, la que comienza "Padre, ha llegado la hora",  poco antes de ser prendido:  "Yo ya no estoy en el mundo, pero ellos sí están en el mundo... Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado...No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno.  Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo..." (Juan 17: 11-18).

Es decir, que un cristiano tendría que distinguirse, entre otras cosas,  por ser  alguien que está en el mundo sin ser del mundo.Y, sin embargo, es complicado eso de estar y no ser. En todos los terrenos. El estar parece que tira del ser, mientras que el no ser tira del no estar.  Somos adaptativos, forma parte del instinto de supervivencia: Si no somos, acabamos marchándonos, o al menos intentándolo. Si estamos, acabamos siendo. Quizá por eso San Pablo  insiste expresamente: "Y no os adaptéis a este mundo..." (Rom. 12:2). Mantenerse en medio, estar y no ser, es mantenerse en tensión. Es cosa muy tensa, en todos los terrenos.

Pensaba estos días, más que en lo del no ser, en lo del estar. Y en que antes me parecía que, de esos dos extremos, el extremo difícil era el segundo, el de no ser del mundo. Que estabamos en él era algo indiscutible, no había ni que planteárselo: aquí estamos. Y en por qué ahora me parece que tan complicado es lo primero como lo segundo. Por qué ahora me parece, incluso, que el verdadero reto, más que el de no ser, es el de estar.

Podría decir que hay cosas, cosas del mundo mundano, que antes me importaban mucho y ahora me traen al fresco; y otras a las que no prestaba atención, que ahora, hartas de olvido, piden su turno. O podría decir que, quizá, al paso de los años, el difícil "no ser del mundo" se va volviendo fácil, mientras que el fácil "estar en el mundo" se vuelve cada vez más difícil, pero no sé...  no sé si es tan así .

Sea por lo que sea, que no tengo ni idea del porqué, hoy creo que lo verdaderamente difícil es eso que ni se plantea y que se da por hecho: estar.  Y también creo que estar, lo que se dice estar, mucho no estamos. Y es más, que por lo general somos del mundo y ni siquiera llegamos a estar en él.

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24 junio 2012

Mañanita de San Juan

Madrugaba el Conde Olinos,
mañanita de San Juan,
a dar agua a su caballo
a las orillas del mar.
Mientras el caballo bebe
se oye un hermoso cantar,
las aves que iban volando
se paraban a escuchar...

Creo que del  romance del conde Olinos, con esas aves suspendidas en el aire, arranca mi descubrimiento de la poesía. Desde entonces -para mí- la poesía es eso:  quedarse en suspenso, pararse a escuchar...  y, por ejemplo, un caballo que bebe a las orillas del mar.

Había un Cancionero en casa de mis padres, un librote cuadrado y gordo editado por la "Sección Femenina",  con las canciones agrupadas por regiones (Vasconia, decía) y por temas: canciones de campo, bailables, de corro, de cuna,  romances...; cada una con su partitura  y con ilustraciones a dos tintas desperdigadas por aquí y por allá: una casa con gallinas y un pozo, una madre durmiendo a un niño, y en el apartado de los romances,  moras cautivas con un cántaro a la cadera, princesas asomadas a la torre y caballeros tocando el laud...

Mi infancia, a falta de recuerdos de un patio de Sevilla,  podría decir que es ese libro. El libro en el suelo, porque con casi seiscientas páginas no había quien lo sostuviera, desencuadernado, con los bordes arruinados de tanto trajín, y  dentro Delgadina, Gaiferos, la golondrina que se fue a su africano hogar,  la niña que segaba y ataba los haces, y los pájaros absortos parados en el aire. Cuando me gustaba mucho una letra, le llevaba a mi padre el libro; él empezaba marcando el compás -lo primero siempre coger el compás-  y me silbaba la música. Muchos años después, cuando ya vivía fuera, llevó el libro a restaurar y me lo regaló, asombrósamente con todas sus páginas, como nuevo.

 ...Y déjame a la trasera/ del carro, Pedro/  porque vaya más cerca/ del bien que dejo,  es lo primero que me encuentro al abrirlo ahora.

Que paséis una feliz noche de San Juan (porque la mañana ya quedó atrás...)



(PS. Perdón, que me soplan que la noche de san Juan es la del 23 al 24,  la que va antes de la mañanita, y que llego tarde. Vaya vida llevo que se me  ha pasado sin enterarme. Felicidades de cualquier modo para todos los Juanes y las Juanas)

19 junio 2012

La filantropía moderna

Quant à la bonté générale, tant prônée aujourd’hui, elle indique davantage la haine des riches que l’amour des pauvres. Car la philanthropie moderne exprime trop souvent une prétendue bienveillance avec les formes propres à la rage ou à l’envie.

[Por lo que se refiere a la bondad general, tan pregonada hoy en día,  es indicio más bien del odio a los ricos,  que del amor a los pobres. Por ello, la filantropía moderna expresa demasiado a menudo su presunta benevolencia mediante las formas propias de la rabia o la envidia]

Auguste Comte, Catéchisme positiviste, 1852, p. 24.

16 junio 2012

Escribir para alguien. Christian Bobin- "Geai" (2)

[Seguimos con "Geai"]

"Albain lleva una hora clavado a su escritorio. Hace una hora que se sirve de la cabeza como de un sacacacorchos, intentando abrir la botella del papel en blanco. Es inútil : el tapón de silencio se resiste a salir. - no hay nada que decir sobre ese tema, no tengo nada que decir.
- Venga, Albain. Escribe para mí. Leeré por encima de tu hombro.
- Pero el maestro nos ha dicho que inventemos una historia, y yo no sé inventar.
- Si es para mí, encontrarás el modo. Cuando quieres a alguien, siempre tienes algo que decirle o escribirle, hasta el fin de los tiempos.
- ¿Quién ha dicho que yo la quiera?
- Sin embargo me ves, Albain. Tú me ves: es imposible ver a nadie -de este lado de la vida o del otro lado, eso importa poco- si no lo quieres.
- ¿Y usted... usted me quiere?
- ¿Por qué crees que te hablo? ¿Y entonces?
- Entonces, de acuerdo.  La haré, haré esa fastidiosa redacción."


"... Has dormido tres meses, Albain. Se le puede llamar dormir. Es esa clase de sueño extenuante. Ahora debes reposar. Unos tres meses más, como poco. Y el trineo nunca más, ¿prometido?   Las palabras son cajas de cerillas, cajas como las que tiene el padre de Albain en su garage, en el rincón del bricolage. El padre es un hombre de orden. Mantiene una lucha con el desorden de la que nunca sale vencedor. Pese a todo, él lucha, lucha con los principios, los diccionarios, las agendas, las etiquetas. Se ha fabricado un armarito con cajas de cerillas de cocina. En cada una ha pinchado una chincheta. Bajo la chincheta, una etiqueta: tornillos, cola, parches, elásticos. En cada caja, su objeto. Se abren como cajones minúsculos, cajones para enanos. Con la palabra "trineo" pronunciada  el doctor, es como si se hubiera abierto ante Albain una caja de cerillas de cocina. De ella sale el recuerdo del accidente...

Me duele la cabeza, doctor. Me gustaría estar solo. El doctor se va -bostezando. Se ha dirigido a Albain con palabras tranquilizadoras.  No hay nada más inquietante. Es irritante esa manía de los adultos de dirigirse a los niños empachando de azúcar el lenguaje -en vez de hablar con sencillez, como lo hacen entre ellos. Aunque es posible que tampoco entre ellos hablen con sencillez.    Cuando quieres a alguien, tienes cosas que contarle hasta el fin de los tiempos: ¿Por qué tengo esta frase en la cabeza? Si fuera verdadera, esa frase, habría poco amor sobre esta tierra.  Albain recuerda una noche con sus padres en el restaurante. Debió de ser antes de que el pino volcara el trineo. La mayoría de las parejas se aburría, esperaba en silencio la llegada de los platos como se espera la salvación. Cuando quieres a alguien, tienes cosas que contarle hasta el fin de los tiempos. 
Para esas parejas el fin de los tiempos ya estaba ahí."

Christian Bobin, Geai, Editions Gallimard-Folio, 1998. (traducc. mía)

10 junio 2012

Christian Bobin- "Geai" (1)

Tal como os dije, aquí van algunas paginas de "Geai", el libro de Bobin que terminé hace poco.
El protagonista, Albain (Albanio, como el pastor de la égloga de Garcilaso),  es un personaje inolvidable y peculiar con una amiga también muy peculiar : Geai (como el pájaro, no sé cuál,  del tipo de la urraca, de los que imitan sonidos, puede que con plumas rojas). Geai lleva 2.342 días muerta cuando Albain la descubre sonriente en el fondo del lago helado. Desde ese momento se hacen inseparables.
Albain, un bebé demasiado tranquilo que pasaba las horas muertas mirando a las babosas en la yerba, y  un niño que sortea los pinos en trineo con los ojos cerrados hasta que consigue abrirse la cabeza, se convierte en un  adolescente del que nadie sabe cómo hacer carrera, aficionado al violín, a dar conciertos a las vacas, y  firme candidato a tonto del pueblo. Como la plaza ya está ocupada por otro, consiguen colocarlo de aprendiz con un vendedor ambulante de cacerolas, y a eso se dedica, a deambular y a hacer de todo menos vender cacerolas. Por último, acaba haciéndose cargo de una tienda de trastos viejos, entre los que parece encontrar, por fin, su sitio en el mundo o algo ligeramente por el estilo,  y donde conoce, por fin, a quien tenía que conocer, dueña de una sonrisa exactamente igual a la de su amiga Geai,  que desde ese momento se esfuma.
Albain es una mirada diferente sobre el mundo. Otra manera de entenderlo, incomprensible y desesperante para lo que se ha dado en llamar "cabezas bien amuebladas":  todo  bien clasificado, como el rincón de bricolage de su padre, cada clavo en su cajón, cada cajón con su etiqueta. Todo claro y distinto (como las famosas ideas cartesianas). Albain, sin embargo,  no sabe trazar líneas divisorias,  ni siquiera la raya que separa a los vivos de los muertos.
Albain es, en resumen, el arte de estar en el mundo sin ser del mundo - por incapacidad de serlo, por puro don-, un ejemplo perfecto de esa cosa complicada,  pese a lo mal que casan la perfección y Albain, o justamente por eso:

"Estamos en invierno. Geai está presa bajo el hielo, a dos centímetros de la superficie.  ¿Cuánto tiempo lleva su sonrisa aclarando las aguas negras de San Sixto? Imposible decirlo. No se puede empezar a decir cosa alguna sobre el poder de esa sonrisa hasta la llegada de Albain, ocho años, demasiado joven para haber sido su alumno, para haberla conocido en vida. Pues bien, ahora la conoce como un ser sonriente: Albain está solo, ha caminado hasta el centro del lago y ha visto el vestido rojo, la cara de Geai y, sobre la cara, la sonrisa... Al verlo, Geai le ha guiñado el ojo. Geai siempre se  alegra de  que aparezcan niños. A Albain le ha entrado miedo.  Da miedo  lo que no se conoce. Muertos, ya ha visto alguno; pero esa sonrisa, tanta dulzura iluminando un rostro, es la primera vez. (...)
Geai está tendida bajo una sábana de dos centímetros de hielo, pero eso no es obstáculo para verla: su sonrisa borra la opacidad del hielo, su sonrisa borra la opacidad del mundo entero. Albain está tendido encima de Geai, o más exactamente encima del hielo bajo el que Geai sonríe. Se  miran. Mucho tiempo. Cara contra cara. La sonrisa de Albain responde a la sonrisa de Geai. Las dos sonrisas parlotean. Mucho, mucho tiempo.
La tarde ha caído. Ya no se distinguen el hielo del lago y la tierra de la orilla. Albain sonríe por última vez a Geai. Mañana vengo otra vez a verte. Geai asiente con un movimiento de párpados y una sonrisa aún más intensa. Albain, a cuatro patas, vuelve a tierra firme.  Camina una media hora atravesando los campos, empuja la puerta de su casa . Ya están todos a la mesa. Le preguntan dónde estaba. Con la dama de San Sixto. ¿Qué dama de San Sixto?  La que sonríe en el fondo del lago, es muy amable, hemos hablado mucho, bueno, quiero decir, nos hemos sonreido mucho. Y zas : Albain recibe un guantazo." (...)-

"Albain fue criado por una giganta. No hay nada de extraordinario en ello: desde el comienzo del mundo, a todos los niños los crían gigantas. (...)  En el principio están las gigantas y el niño todo tibio salido de ellas. Las gigantas viven con gigantes, pero a estos sólo se les ve en segundo plano, en la sombra. Tienen reuniones de trabajo, lavan su coche o leen el periódico. Al niño lo miran de lejos, perplejos. Cuando tiene dos o tres años, dicen: "a esta edad la cosa empieza a ponerse interesante". Es bastante inquietante depender de personas para las que, durante dos o tres años, no se es en absoluto interesante. Para las gigantas todo es distinto. Desde su aparición el niño es el centro de sus pensamientos, de sus inquietudes y sus sueños. Las gigantas no aguardan pacientemente en la sombra. No cuentan los meses y los años. No esperan a que el niño chapurree sus primeras palabras para determinar que, sí, definitivamente resulta interesante. Las gigantas no conocen nada más apasionante que ese pedacito de alma rosado y babeante, arrugado, hambriento. Las gigantas están ahí desde el comienzo del mundo e incluso ligeramente antes. Que Dios las bendiga."

"En el pueblo de Albain, cerca del de San Sixto, hay una escuela. Una sola clase y una docena de niños de edades diferentes reagrupados en ella. Un solo maestro para todos. Mientras los pequeños dibujan,  los mayores aprenden la historia de Francia. Esa es la verdad oficial, la verdad para los padres. La verdad verdadera es otra: mientras los pequeños duermen o juegan a las canicas  al fondo de la clase, los mayores graban sus nombres en los pupitres, cambian cromos de cantantes y leen tebeos. ¿Y el maestro? El maestro llegó al principio del otoño. Recien nombrado en este pueblo, languidece de nostalgia por una enamorada que no ha podido seguirle. Él en Isère, ella en el Norte, cerca de la frontera belga. Entre ella y él varios centenares de kilómetros que recubre pacientemente de sellos, de sobres y de palabras de amor. El maestro ha dividido las horas de clase en dos partes desiguales, durante la primera, la más larga, los niños tienen libre cuartel. Con el zumbido de las voces, él escribe a su novia, a sus padres, a sus amigos. Les cuenta su vida en este pueblo, los paseos por los alrededores. Les habla de sus lecturas y de vez en cuando añade el retrato de alguno de sus alumnos. El último cuarto de hora, pide silencio y lee en voz alta la carta recién terminada. Los niños escuchan y hacen preguntas sobre lo que acaban de oír. El maestro responde y desliza en sus respuestas un poco de historia, una nada de literatura, una pizca de geografía. Al terminar el primer trimestre no hay quien los suspenda en economía ni en  historia de Isère. También saben muchas cosas de Isabel, la novia del maestro. Algunos están vagamente enamorados. Estar enamorado es a menudo estarlo "vagamente". La bruma es propicia a los estados sentimentales. Ellos a su vez le escriben palabras de amor a Isabel. Se las enseñan al maestro, que les corrige las faltas, les da algunas reglas gramaticales y después mete las cartas en un sobre junto con la suya. La única sombra en esta historia es que Isabel jamás responde a las cartas que recibe. Los niños han interrogado al maestro sobre ese silencio. Les ha dicho que  tenía mucho trabajo y que un día vendría en persona. Hacia finales del mes de junio, precisa. La respuesta les ha satisfecho a todos  -salvo a Albain. Albain tiene una duda que no comparte con nadie. Albain tiene algo más que una duda. Está seguro de que Isabel no existe, que no es sino una manera particularmente socarrona de hacer pedagogía. Albain conoce la palabra "pedagogía": el maestro la había escrito en una de sus cartas y había explicado lo que era, lo que eso significaba. ¿Sabéis de muchas cartas de amor  en las que aparezca la palabra "pedagogía", por no decir nada de las informaciones detalladas sobre el subsuelo del macizo alpino?
El maestro aprecia a Albain. Es su alumno más dotado. La historia que el niño le ha contado -el lago, la dama en el fondo del lago, la sonrisa- es un milagro de imaginación. No sé de dónde te sacas todo eso, chico. Está muy bien. A Isabel le encantará esa historia.
La verdad, la dices y te caen bofetadas o felicitaciones. Y lo peor es que, tanto en uno como en otro caso, no habrá quien te crea. La verdad es increíble."

Christian Bobin, Geai, Editions Gallimard-Folio, 1998. (la traducc. es mía)
Continúa

01 junio 2012

Diferencias y semejanzas

Nos pasamos la vida perdiéndonos y hallándonos. Un día te levantas, o te acuestas, y te dices: "caramba, y qué será de aquella otra, la que mejor me caía, que hace mucho que no la veo". Con los años, esa es la ventaja,  uno se echa antes de menos, cae antes en la cuenta de que está desaparecido.  Uno va sabiendo, también, cómo hallarse. Yo sé dos o tres maneras, no es que sean muchas pero no hacen falta más. Una de ellas es coger un libro de Bobin. Leer a Bobin es reencontrarse. Cuando el mundo agobia, cuando se vuelve cansino, cuando la vida se convierte en un litigio permanente,  en una maraña de opiniones y contraopiniones imposible de desenredar, hay que tomar distancia. Bobin es la distancia justa.

No necesitas alejarte ni escapar al fin del mundo, nos recuerda, sólo vuelve a mirar,  todo lo que necesitas lo tienes delante: Le bout du monde et le fond du jardin contiennent la même quantité de merveilles. A menudo, en los cuentos, el remedio salvador, el único que podría devolver la alegría y el color al que languidece, es el que crece, como la flor azul, en el lugar más inaccesible de la montaña más alta del país más remoto. Y hasta allí hay que irse, sorteando dificultades, a buscarlo.
Pero la verdad es diferente, para los males del alma, el remedio crece al lado del enfermo, a mano del que lo busca.

Así pues, he vuelto a Bobin. Volver a Bobin es ajustar el enfoque:  es enfocar lo cercano, lo que se tiene al lado; y en lo que toca a los hombres enfocar lo semejante. Primero, siempre,  lo semejante. Es una cuestión de orden. Todos tenemos semejanzas y diferencias, si empezamos por las diferencias, nos parecen tan insalvables que las semejanzas se esfuman. Si empezamos por las semejanzas, las diferencias ya no son tan graves. Mirar a lo semejante despierta la simpatía,  con ella las diferencias dejan de ser antipáticas.  Empezar por las diferencias lo que despierta es el distanciamiento; una vez despierto, las semejanzas, de seguir siendo capaces de encontrar alguna, incluso fastidian.

De seguir siendo capaces, digo, porque volverse ciego para la semejanza es fácil. Vivimos en la diferencia, somos especialistas de la diferencia. Ya desde pequeños, como en ese juego en el que se nos presentaban dos viñetas aparentemente iguales y lo divertido era encontrar los diez detalles diminutos que las distinguían, nos entrenamos en el descubrimiento de las diferencias. Yo era un lince, de una ojeada las pillaba todas, eso es lo malo. Para el juego contrario sin embargo, el de en qué se parecen un paraguas y una gallina, el de lo semejante en lo dispar, soy una nulidad. Después la vida nos sigue especializando: aprender es diferenciar, escoger es diferenciar, toda la compra y la venta del mundo se basa en el producto diferencial,  votar es elegir diferencias imaginarias, hacer política es venderlas, y luego están las diferencias de clase, las ideológicas, las de estado civil, las de género, las de número, las regionales, las confesionales, que aunque digan lo contrario son las que mejor se llevan, las de signo astral y las del modo de tomar el café. Tan es así que llega un día en el que escuchas "tu semejante" y no sabes dónde ir a buscarlo.

Que siempre son mayores, y más fundamentales, las semejanzas que las diferencias -es más, que si no partiéramos de la semejanza no existiría la diferencia- es muy fácil olvidarlo.  Y sin embargo, ahí está el precepto, de la mano del recuerdo: ama a tus semejantes. Es verdad que ahora tiende a hablarse más del "prójimo" que del "semejante", no sé por qué, quizá porque la proximidad es evidente (sobre todo la del que te pisa en el autobús, que amarlo es todo un reto), la semejanza no tanto. Pero justamente por eso...  ¿Semejante yo al corrupto de Fulano y al mal bicho de Mengano?  Hombre, en todo caso, semejante a Zutano que es de los nuestros...   Pues ya ves, semejantes todos. Y semejantes no sólo en el sometimiento común al dolor, el tiempo y la muerte, sino mucho más allá, semejantes de una semejanza tan impresionante como la de estar hechos a la misma imagen y que esa imagen sea la de Dios. "Saludo al Dios que hay en ti", como dicen los orientales, es un exactísimo saludo. Porque es fácil olvidarlo, y perderse y ponerse un piso en la diferencia.

Así que se trata de recordar, desmontar el piso y reajustar el enfoque, y encontrar la distancia justa y  no sentirse citado por el primer trapo que se menea; se trata de  no permitir que las diferencias cieguen el sentimiento más profundo de la semejanza y  de pedir la gracia necesaria, y de coger un libro de Bobin y  recobrar, alma mía, la calma.  En sus libros no hay derechas ni izquierdas, ni rojos ni fachas, ni integristas ni progres, ni banderías, ni broncas, y  no se echa nada en falta. Al revés, allí está lo único necesario:  sólo hay hombres y mujeres, y niños y niñas, y muertos y vivos en amable compañía, cada uno con su historia peculiar,  y luces y sombras y su entremezcla,  y todas las maravillas a mano en el fondo del jardín.  El libro al que me he acogido esta vez, igual que el desquiciado a la casa de reposo, se titula "Geai", como el pájaro. Cualquier día de estos os cuelgo unos extractos.

Nous ne sommes faits que de ceux que nous aimons et de rien d'autre , dice Bobin:  estamos hechos de aquellos a los que amamos y de nada más. Ese es el enfoque.
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19 mayo 2012

El mal del siglo

El paciente:
—Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo... el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano... un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis...
El médico:
—Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!...
[EL MAL DEL SIGLO. José Asunción Silva]

 Qué perfecto cuadro médico: la descripción de los síntomas, los remedios absurdos, el diagnóstico disparatado, y la enfermedad envolviéndolo todo, sin salida, sin solución.  El mismo mal del siglo: el desengaño, la desesperanza, el sinsentido, en el paciente y en el médico,  en el que plantea el problema y en el que busca el remedio, en el desalentado y en el higienista, en el intelectual y en el hombre práctico. Y ese sigue siendo nuestro panorama. El mal del siglo, que ya lo era en el XIX, campa a sus anchas dos siglos después.
 Y qué gran poeta J. Asunción Silva,  qué  jocoso y a la vez qué grave  verso final, con ese 'hambre' que, tras quitarse la vida de un tiro a los 31 años,  se queda sonando en el oído como una confesión. El diagnóstico del médico, tan aparentemente despistado, es la clave del poema: lo que se tiene es hambre. Hambre, de algo más que de lentejas, es el mal del siglo:  hambre de un alimento que el mismo siglo ha proscrito y convertido en alimento vergonzante.
El consuelo de los débiles, dijo el siglo, el autoengaño del simple, el opio del pueblo... y el pueblo cayó en la trampa, la de siempre, la de suponer la inocencia del acusador.  Basta decir "no necesito vuestras mentiras, propias de esclavos y de la minoría de edad; los mayores de edad  no creemos en nada salvo en nuestras ocurrencias" para quedar revestido de un halo de inteligente superioridad. Oh, y luego está el prestigio del desengaño,  el del desencanto, la desconfianza, la desesperanza y la larga lista de des..., de manera que la verdad tachada de engaño por cualquier desengañado inmediatamente pierde brillo y fuerza de convicción.  ¿Y cómo preferir la verdad sin prestigio al disparate prestigioso? ¿Quién quiere ser un idiota (no en vano tituló así su novela Dostoievski), un pobre infeliz agarrado a una verdad que el siglo ha declarado sospechosa,  cuando de una patada puede reconvertirse en un superhombre,  sin "frívola esperanza", sin "infame resignación"? .
Llamaron opio al alimento verdadero, al maná para atravesar los desiertos, y llamaron  fantasía a la verdad que consuela, por consolar: ese fue el desenlace del giro copernicano, la ocurrencia genial, la madre del mal del siglo. El consuelo y el maná son la causa de vuestros males, dijeron las lumbreras del siglo. Armados con sus luces de corto alcance, sus acusaciones y sus sospechas, dejaron a los débiles -¿y dónde está el que no lo sea?-  sin consuelo y sin alimento. Desde entonces la famélica legión, cada vez más famélica y más innumerable, se muere de todas las hambres.
Sólo un detalle desencaja en el poema, y es que ellos,  los prestigiosos descreídos, los muy ostentosamente desencantados, los aficionados a "filosofeggiare" sobre la nada  -contaminata  dal progresso e dall'eccessivo filosofeggiare, consideraba su época el torturado y  filosofeggiante Leopardi-  no buscan cura, nunca se confesarían hambrientos como el poeta. Militantes del desengaño, satisfechos en su  insatisfacción,  no parecen sentir la menor necesidad de un médico. Tampoco son capaces de preguntarse si podría ser, si al menos hipotéticamente podría ser,  que el engaño no fuera tal engaño, que el engaño y la debilidad, la misma del anoréxico que se revuelve contra el alimento, estuvieran de su lado. Y tengo que recordarme, cuando  los veo así,  hambrientos orgullosos de su triste estampa y venga y dale y siempre con el mismo cuento, que siguen siendo famélica legión, engreída y famélica legión, tan víctimas del mal del siglo como yo lo fui, como a ratos lo sigo siendo.

08 mayo 2012

competencia y garantía 100%

Aquí os reproduzco la papela que me han entregado esta mañana, nada más salir de casa.
Esto es ser "competente" y todo lo demás son cuentos. Llevo un rato intentando encontrar algún posible problema que se le haya escapado al  Profesor, como por ejemplo el de conseguir que los soufflés no se vengan abajo, y nada, no hay manera, también lo tiene previsto: véase el apartado "protección contra todos los miedos y accidentes de la vida". Y el caso es que lo de que el plazo requerido  para la realización de los sueños (de 3 a 7 días) sea más largo que el de la solución de un problema a secas (72 horas) le da un viso, cómo diría yo, como de honestidad  (en plan: bueno, lo reconozco,  los sueños me llevan un poquillo más), un viso como de trabajo concienzudo. Me da corte llamar y preguntar la tarifa de una oposición,  o la de un retorno inmediato, o por cuánto me saldría que el Depor suba a Primera. Y me da más corte preguntar lo que de verdad me apetece, que es cómo demonios lo hace, qué método sigue,  pero la curiosidad me tienta, uf cómo me tienta... :
PROFESOR SAILI
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02 mayo 2012

Oído en la calle

Los días de diario se planta a la entrada del mercado, y los festivos, cuando el mercado cierra, se traslada a la puerta del Vips. Anda por la treintena, se llama Joselu, tiene pinta de haber perdido el hígado y la diretta via hace demasiados años, y es saludador, abre-puertas, lleva-bolsas y pegalahebra. Su especialidad son las señoras entradas en años, las que pueden imaginar en él a un hijo o a un nieto. Él comenta el tiempo o lo que haga falta y se deja reñir, y ellas le dan un eurito, pero no para vino, sólo para que te tomes un café que hoy hace frío.
Esta tarde le tocaba la acera del Vips y al pasar por allí, mientras él charlaba con la señora de turno, le oigo decir: "Es que las personas no están humanizadas".
Y no he podido evitarlo, me ha hecho gracia. Al principio me ha parecido que lo que quería decir, en variante más o menos etílica, es que las personas están deshumanizadas, y la forma de rizar el rizo me ha encantado: ya ni "personas humanas", que, siempre que no se diga por distinguirlas de las tres Personas divinas, también tiene lo suyo, sino "personas humanizadas". Qué cosas, qué simpático el Joselu, como si pudiera haber personas "no humanizadas"...
Después me lo quedé pensando.  Ya no me hizo tanta gracia.
No es lo mismo, no, dejar de ser que no llegar a ser. Lo dijo con toda propiedad,  nos tiene bien calados.

22 abril 2012

Brazadas de lilas

Las flores preferidas de mi madre eran las lilas. Por su cumpleaños, a primeros de mayo, siempre se juntaba con varios ramos, lilas blancas, lilas lilas, todos sabían de su pasión por las lilas. Se acercaba el ramo al pecho, las aspiraba y decía: mmm... lilas; después las colocaba por los jarrones: las lilas blancas en el jarro azul y blanco, ese jarro parecido al de la tabla de Memling, las lilas lilas en el florero largo de cristal verde oscuro. El olor de las lilas se mezclaba con el de la tarta y el del café, y con el del aire de mayo cuando hace la calor.
Me gustaban las lilas, podrían haber sido también mis flores preferidas, me chiflaba verlas en el jarro azul y blanco, tan favorecido con ellas toda la primavera. Ahora está en mi casa, vacío, sobre el mueble de la entrada. Ayer pensé comprar un buen ramo de lilas blancas para volver a llenarlo en su honor. No pude, no sé cuándo podré. Las últimas que le llevé, una ramita de las primeras lilas, las que asoman en abril (abril es el mes más cruel, haciendo brotar las lilas de la tierra muerta, mezclando memoria y deseo...), se las puse entre las manos, no sé si quise figurarme una sonrisa. Un par de días después, la tarde que murió, mi primo Luismiguel se presentó con un ramo de lilas, lo dejó a sus pies.
Hay tanta vida y tanta muerte, tanta vida en suma, en sus racimos, en sus flores menuditas, en sus hojas acorazonadas de un verde intenso.... Anoche busqué el libro de W.Withman y le dediqué estas lilas. Estas puedo resistirlas, son menos invasivas, se repliegan al cerrar el libro, apenas huelen:

Primavera que eternamente retornas, trinidad segura me traes:
Las lilas siempre en flor, la estrella que declina en el oeste
y el pensamiento de aquel amor.
...
En el huerto, delante de una vieja alquería, junto al vallado enjalbegado,
se yergue un alto arbusto de lilas...
cada hoja es un milagro, y de este arbusto del huerto,
de capullos de tenue color y hojas acorazonadas de un verde intenso,
arranco una rama con su flor.
...
pero ante todo de la lila que florece primero,
copiosamente arranco, arranco las ramitas de los arbustos,
las traigo a brazadas y las vierto en ti.
...
La lila y la estrella y el pájaro entrelazados con el canto de mi alma,
allá entre los pinos y los cedros fragantes, umbríos, nebulosos.

(De "La última vez que florecieron las lilas en el huerto", Hojas de Hierba.)

18 abril 2012

Melancolías ocultas

"Desde niño estuve bajo el hechizo de una inmensa melancolía, cuya profundidad encuentra su expresión verdadera en la habilidad que se me ha concedido, en el mismo grado inmensa, de ocultarla bajo una aparente lozanía y alegría de vivir. Desde siempre, o desde donde alcanza mi memoria, mi única alegría se cifraba en que nadie podía descubrir lo desdichado que me sentía...
...Todo esto estaba ligado a la relación que mantenía con mi padre, el hombre al que más he amado. ¿Y qué quiere decir esto? Significa que fue precisamente este hombre quien me hizo desgraciado, a causa de su amor. Su defecto no era que careciera de amor sino que confundía a un niño con un anciano."

Es Kierkegaard quien habla, pero inmediatamente nos hace pensar en Mozart, en la melancolía oculta bajo la, seguramente más aparente que cierta, alegría de vivir.
Kierkegaard y Mozart, dos infancias estragadas, por el exceso de talento, por el exceso de responsabilidad, o porque ser un genio no debe de resultar fácil.
El pequeño Wolfgang, paseado por su padre de corte en corte con la casaca roja de botones dorados, y el pequeño Søren, confidente abrumado de los escrúpulos y los temores paternos: dos niños geniales dispuestos a inmolarse para no defraudar las grandes expectativas depositadas sobre sus hombros, dos cabezas con peinado inverosímil y mirada triste, dos genios emparentados: nunca niños del todo y, sin embargo, siempre niños.
Hay una relación misteriosa entre la genialidad y la capacidad de mantenerse niño. Por eso hay genios histriónicos -como lo son ellos dos- pero nunca cínicos; y genios caprichosos, vanidosos y vulnerables -como lo son ellos dos- pero nunca astutos, calculadores o fríos... Eso me parece al menos.
Kierkegaard y Mozart, dos almas afines. Lo que nos confía el primero en Mi punto de vista, es lo mismo que, volcado en un pentagrama, nos revela el segundo, muy especialmente en las Sonatas para piano, las más íntimas: talento desbordado, alegría, ligereza... y en los movimientos intermedios, encajonado entre prestissimos y vivaces, este río subterráneo de melancolía:

(Mozart. Sonata en do menor nº14, K.457/ 2. Adagio- F.Gulda)

Tú lo sabes

-Sobrevino sobre mí la mano de Yahveh. Me hizo salir por el espíritu de Yahveh. Me puso en medio del valle. Y éste estaba lleno de huesos.
Me hizo caminar entre ellos, alrededor, alrededor. Y he aquí que eran muchísimos y numerosos sobre la planicie del valle. Y, he aquí que estaban completamente secos.
Y me dijo: “Hijo de Adán, ¿podrán revivir estos huesos?” Dije: “Mi Señor Yahveh, ¡tú lo sabes!”

Ezequiel 37, 1-3

08 abril 2012

Lo que dicen las campanas: ¡Rabboni !


Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»
Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabboní» —que quiere decir: «Maestro»—. [Juan 20: 15-16]
Lo que sonó en el corazón de María Magdalena al oírle pronunciar su nombre y reconocerlo; lo que resonó en ese "Maestro del alma", "Maestrito", es lo mismo que resuena en el primer tañido de campana cada Domingo de Pascua.

Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. [Juan 20:6-7]
En ese sudario cuidadosamente enrollado y puesto aparte (sed separatim involutum in unum locum) del que nos habla Juan, en ese gesto de Cristo recién resucitado, cotidiano y esmerado, tan de diario como el del que dobla el pijama o el camisón al levantarse, pasada la noche, después de haber dormido; en ese gesto tranquilo y casi sonriente, se plasma toda la fuerza y la serenidad de su victoria sobre la muerte: ¿dónde está, muerte, eh, dónde está tu aguijón?

En ese sudario bien enrollado y en el "Rabboni" de María Magdalena, la primera que le vió (aquella de la que había expulsado siete demonios, como recuerda el Evangelio de Marcos: apparuit primo Mariae Magdalene, de qua eiecerat septem daemonia), la primera que le oyó: " María", su manera inconfundible de pronunciarlo... En ese gesto de Cristo y en esa exclamación de reconocimiento y amor se encierra toda la belleza, la victoria y la serenidad, toda la alegría de la Resurrección.

Que doblemos la mortaja, que el Maestro, nuestro Rabboni, está vivo; eso dicen, en todos los idiomas, las campanas al vuelo del Domingo de Pascua.

05 abril 2012

Getsemaní


"Hasta el fin de los tiempos continuaremos meditando los gestos de Cristo en Getsemaní que nos han transmitido los evangelistas", afirma Ernesto Juliá en La agonía de Cristo (Edic. Cristiandad, 2008).
Comienza el autor dando cuenta en este libro -todo un hallazgo- de las diferentes líneas de interpretación del sufrimiento de Cristo en el Huerto de los Olivos, del significado de sus palabras o de su sentimiento de soledad (y trae a san Efrén, Lutero, Bossuet, Mauriac, Guardini, Benedicto XVI...). A continuación, E. Juliá pasa a rebatir algunas afirmaciones que le parecen insostenibles, como las que nos presentan a un Hijo demasiado humano, asustado y temeroso de la muerte, o a un Padre vengativo y airado que necesita de los padecimientos del Hijo para saldar las cuentas del hombre (es decir, las psicologistas, las jurídicas, las reduccionistas, las que olvidan la doble naturaleza de Cristo o la pretenden enfrentada y en conflicto...). Por último, nos presenta unas reflexiones personales sobre "el misterio encerrado en el corazón de Cristo en Getsemaní, que en su aparente miedo guarda sin duda misterios más profundamente ocultos", que me alegró enormemente encontrar. Porque esas reflexiones, centradas en la unión del Padre con el Hijo, aun haciendo más hondo el misterio de lo sucedido esa noche, apuntan a un modo de considerar el misterio como algo siempre más allá de nuestra capacidad de entender, pero nunca contrario a  ella. Y contrario a ella y a esa chispa del amor de Dios inscrita en la naturaleza que brilla, por ejemplo, en el amor de los padres por los hijos, parece el admitir que el Padre pudo abandonar al Hijo en ese trance o exigir su sufrimiento.
 
[y me gustaría haber puesto como ilustración la foto de una columna románica con una Piedad trinitaria: el Hijo muerto sobre las rodillas del Padre y el Espíritu Santo en forma de paloma sobre los dos, que vi hace tiempo en el Blog En Compostela, pero no doy con ella. (P.S.: Al final me la ha enviado amablemente Ángel Ruiz. Me aclara que es un relieve del cruceiro de la iglesia de San Jorge en Coruña)]. Aquí os dejo con E.Juliá  :

Pienso que no resulta demasiado osado afirmar que el misterio más profundo de la vida de Cristo, de su Encarnación, está oculto en esos dos momentos de su estancia en la tierra: Getsemaní y la Resurrección.
¿Ha concedido Dios al pecado, a la acción de una criatura, tanto poder como para infundir temor tal en la Humanidad de Cristo, para hacerle temblar a Él mismo, Dios? ¿Es comprensible, creíble, un Dios que manifiesta miedo ante la muerte? ¿No sabía acaso Cristo que ese momento tenía que llegar? ¿No había llegado al mundo para cumplir la voluntad del Padre?
Cristo no sufre por ser rechazado, sufre por el mal que se hacen los pecadores, los obstinados contra el Espíritu Santo; y porque quienes se apartan de Él no gozan de la Redención. Cristo sufre por el dolor de Dios Padre al no poder dar a todas las criaturas la plenitud de la salvación: "Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó por el corazón de nadie lo que Dios tiene preparado para los que le aman" (1Cor 2,9).
Una persona que ama no sufre por algo que le afecta sola y personalmente a ella; sufre más bien por algún mal, algún dolor, que padece la persona amada. el sufrimiento que se centra en el propio dolor es egoísta e impropio de un verdadero amante. Una madre sufre por sus hijos, no por ella. el padre del hijo pródigo padece la miseria y las penas de su hijo, no el haber sido abandonado. Cristo en Getsemaní es el amador del mundo que sufre. No sufre ni por la muerte que se le avecina, ni por los dolores de la pasión ya anunciada. Ni siquiera sufre por los pecados de los hombres, por la ofensa a Dios que los pecados comportan.
La humanidad de Cristo en Getsemaní vive el infinito abismo de la misericordia divina. Vive el dolor de Dios Padre por el mal que los hombres se hacen con el pecado. Dios no se preocupa de las ofensas recibidas. Se las recuerda a los hombres para que no olviden nunca dónde está el bien y dónde está el mal, y se arrepientan: su corazón misericordioso siempre los acogerá. Es por la compasión -padecer con- de Dios Padre en el padecer de Dios Hijo, por lo que la humanidad de Cristo sufre hasta "el sudor de sangre". El hombre Cristo está ante el dolor y la pena en la Santísima Trinidad.
Cristo vive en la perspectiva eterna de su vida, la desesperación de los condenados, y el "fracaso" de Dios en cada condenado...Cristo no "se angustia" por el rechazo del hombre, ni por la muerte, ni por la tiniebla; "se angustia" por el vacío del hombre que Él ha creado y que le rechaza. Cristo hombre vive, y sufre, la soledad del hombre que rechaza el amor de Dios Padre, y la soledad de Dios Padre al no poder abrir sus entrañas misericordiosas sobre el corazón de cada criatura: "Yo quise y ellos no quisieron". Después de Getsemaní, Cristo cargará su cruz, llegará con ella al Calvario; y repetirá una y otra vez: "Perdónales, porque no saben lo que hacen".
Lejos de ver la Pasión de Cristo como una "exigencia" de Dios Padre para "cancelar" las deudas del pecado y "restablecer toda justicia" es posible pensar de esta otra manera: En la unidad de la Trinidad, el Padre quiere vivir con el Hijo todo el dolor de la Redención, y no dejar, por tanto, solo al Hijo en su sufrimiento... Si esto es así ¿Cómo se entiende la queja de "Por qué me has abandonado"? Quizá la respuesta está en las palabras de abandono de Cristo al Padre "en tus manos encomiendo mi espíritu". Sólo Cristo puede hacerse pecado, ya que como hombre vive el pecado de toda la humanidad. Y en este hacerse pecado, Dios Padre no puede con-vivir con Cristo su sufrimiento... Dios Padre vivió con su Hijo la "redención de la muerte" y lo dejó solo en la "redención del pecado"... El abandono, la soledad, le acercan si cabe más a Dios Padre; y surgen entonces de sus labios las palabras "en tus manos encomiendo mi espíritu"; señal de confianza plena en Dios Padre misericordioso que Cristo en la Cruz enseña a vivir a todos los hombres. Jamás está el hombre más cerca del amor de Dios que después de sufrir la "noche oscura del espíritu" que vence al pecado, vence también todo temor al castigo y a la muerte, y entrega su alma serena y confiadamente a Dios.

03 abril 2012

Ortega y Gasset: Teología y mística

"Cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones sobre la divinidad, que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos."
[José Ortega y Gasset: “Defensa del teólogo frente al místico” (1929). En: Obras completas, Revista de Occidente, 1964, t. V, p. 456]
La palabra "nociones" de Ortega ya lo dice todo. Y la ligereza al referirse a la mística, ese tonillo de desprecio, ese saco de éxtasis y místicos que, puesto en la balanza, pesa menos que "cualquier teología".

 "Cualquier teología", lo mismo me da que me da lo mismo, también es muy expresivo. Nos dice que, una vez más, el Dios de Ortega es el "dios de los filósofos", un "dios de los filósofos" bastante menos inocente a estas alturas que aquel motor inmóvil del principio. Nos habla de una búsqueda que no es tal búsqueda, sino un mero ejercicio intelectual.

-El que busca, busca con todo su ser, y no le satisfacen unas "nociones sobre la divinidad". El que busca pregunta por Alguien, pregunta: "¿existes o no existes?", pregunta: "¿me escuchas o no me escuchas?" Y todo lo que ello significa: "¿Te importo?", "¿Me quieres?". Esas preguntas, las dos últimas, las que no hacen los filósofos porque el orden del discurso les exige haber resuelto previamente la primera, las que sí haría un niño, las que hace el niño que sobrevive en el corazón del cuadriculado y sabelotodo adulto cuando éste se lo permite, son las que nunca quedan sin respuesta. La respuesta a la primera siempre viene tras la respuesta a la última: me importas, te escucho, existo.

-En palabras de Simone Weil, filósofa como Ortega (que, sin embargo, nunca contrapondría los atisbos de los teólogos a los éxtasis de los místicos, porque quien lo hace no sólo no comprende a los místicos, sino tampoco a los teólogos) : "Comme par  la vue on ne reconnaît pas les sons, de même nulle autre faculté que l’amour ne peut reconnaître Dieu" (Como por la vista no se reconocen los sonidos, del mismo modo ninguna facultad más que el amor puede reconocer a Dios).

-Ortega no defiende al teólogo frente al místico, no se puede defender al teólogo enfrentándolo al místico, Ortega defiende un determinado ejercicio de la razón que parte de una idea previa, la de que, de haber divinidad, nos esta vedada la relación con ella. Por eso la mística, que es relación y no noción, le molesta. Ortega prefiere el ejercicio racional, gimnástico, descomprometido y ligero: unas nociones, una copa, un puro y a casa a echar la siesta. Ortega no busca, ya "sabe".

-Del mismo modo absurdo que Ortega, pero algo menos porque los verdaderos atisbos, las nociones más justas, no tienen su origen en el discurso intelectual sino en la relación (en otro nivel ¿no pasa lo mismo con las personas? ¿cómo tener una noción si no es tratándolas?), podríamos perfectamente decir que hay más atisbos de Dios en un par de versos de San Juan de la Cruz que en todos los tratados de todos los teólogos juntos. O,cuando menos, que los atisbos y las nociones que esos tratados transmiten, de serlo, existen porque antes se puso en juego la facultad del amor. Cualquier otra cosa es mirar a la orquesta con los oídos tapados y pretender escuchar la música, o lo que es peor, concluir, muy razonadamente, que no suena y, muy razonablemente, que quienes la oyen desvarían.

-La misma idea de Simone Weil, sobre la necesidad de acceder a cada realidad con la facultad adecuada, y no juzgar de los colores con el oído, de los sonidos con la vista y del amor sin el amor, la encontramos en estos versos de nuestro Calderón de la Barca, que podrían traducirse por: "Ortega, Ortega, no mires con suficiencia lo que no comprendes". También se los puede decir cada uno a sí mismo, que son versos de mucha aplicación:
".... Acércate, pues, un poco/al ruido de amor; verás/ que está danzando a compás/ el que piensas que está loco."

01 abril 2012

El cuadro que no habías conseguido pintar. C.Bobin



"Ya habías escrito un texto sobre ella. Se lo habías enseñado, después lo tiraste. Un fracaso. El retrato era un fracaso, nada de él podía salvarse. Ese texto, lo deseabas demasiado, y la voluntad no tiene nada que ver con la escritura, no más que con el amor. No se dice: "quiero amarte", se dice: "te amo", y diciéndolo, se descubre un amor mucho más profundo que toda voluntad. En la escuela te han enseñado cosas. En la familia también. Pero las cosas importantes has debido aprenderlas solo, balbuceando, tanteando, por ejemplo esta: la miseria de una voluntad que no se apoyara sino sobre sí misma , la locura de una vida edificada como una fortaleza. Esa gente de certezas y voluntad, esa gente desde el principio estrangulada en el lazo de su vida, siempre los huíste... En el momento en el que escribías aquel texto, te hiciste semejante a ellos, te volviste un escritor profesional, uno de esos que sabe cómo hacerlo y que, no creyendo más que en ese saber, no deja que entre en su corazón lo desconocido de todas las cosas -eso refractario en ellas al dominio de nuestra voluntad... Si deseabas ese retrato suyo era por atrapar un poco de su luz, y porque no ves ninguna otra razón para escribir: toda presencia tiene su gracia singular, esperando ser dicha. Ahora que la impaciencia te ha abandonado, puedes retomar el cuadro fracasado. Ahora que la tela está virgen, puedes volver a ella, como el pintor a su tarea. Eso que te acaba de confiar en diez segundos es suficiente: el resto era falso --visible, evidente, sin consecuencias sobre su vida y, por tanto, falso. Para que una cosa sea verdadera es preciso que, además de ser verdadera, entre en nuestra vida. Ahora bien, casi todo lo vivido por ella ocurrió en su ausencia, lejos de ella. Es algo que pasa con frecuencia: se puede permanecer célibe diez años en un matrimonio, se puede hablar durante horas sin decir una palabra, uno puede acostarse con todo el planeta y seguir siendo virgen. [...] Y aquí está, algo por fin valioso: de la primera pintura, del primer texto, todo desechado, borrado entero, podrías escribir el segundo con esos diez segundos al teléfono, ayer, como de paso: "Mi primera muñeca se llamaba Mina". No sabes quién es Mina, ella te lo explica: es el nombre de la novia de Drácula. A los cinco años le puso ese nombre a su muñeca, después de que su padre le contara la historia de Drácula, que mata de noche y duerme de día, la historia del gran profesional de las sombras, impedido de morir, incapaz de vivir. Y ella añade: mi padre me contaba todas las historias --las fábulas, Homero, Shakespeare y toda la peña. Los adultos, cuando se dirigen a un niño, fuerzan la voz. Retiran lo oscuro y lo secreto de su palabra, dicen los lobos y las tormentas, los ogros y los manantiales, pero callan el resto: los intereses, las mentiras, el cansancio, el fuerte deseo de la muerte en el fondo del alma, y esa esperanza, más fuerte todavía, de un amor puro. Mi padre sabía que yo lo sabía todo. El corazón crece lentamente. El espíritu desde el principio se encuentra en lo más alto. El corazón tarda un tiempo considerable en hacerse grande. El espíritu se encuentra de inmediato en su mejor flor. Si bien es cierto que con los niños hay que actuar con una dulzura extrema, también lo es que todo se les puede confiar, incluso aquello que no se sabe decir. Mi padre me acompañaba de noche hasta el instante en el que caía rendida, se sentaba en el borde de de la cama y me contaba el mundo: la Caperucita Roja y Drácula, Ulises y Ofelia, Hamlet y Cenicienta, Don Quijote y Blancanieves, cada noche un libro, mucho antes de que supiera leer. Eso que te acaba de decir ilumina y llena el cuadro que no habías conseguido pintar."


Christian Bobin, L’inespérée. Mina, Gallimard, Collection Folio, Paris, 1994. [traducción mía]

22 marzo 2012

Mas los pañuelos que lavo

Un amigo que entiende de estas cosas me ha reconvertido en CD varios discos viejos, de aquellos de vinilo, que me hacía ilusión volver a escuchar.

Cuando el último tocadiscos se estropeó, allá por el 90, después de la transformación del plato en parking de cochecitos giratorio y de la aguja en grua , me pasé al reproductor de CD, que era menos tentador y más seguro, y guardé todos los LP en una caja en el maletero. De vez en cuando me acordaba de alguno y lo echaba de menos. Tenía varios discos que ya no he vuelto a encontrar, de Lipatti y de Cortot por ejemplo, con sus caras misteriosas y enfermizas en la portada, como si tocar el piano fuera una actividad de alto riesgo, de Barbara y de Brel, que no se quedaban atrás, de los Fronterizos, de Larralde, de Pete Seeger, de Joaquín Díaz...

Bastantes de Joaquín Díaz, coleccionados con el dinerillo de los cumples y con mucho amor platónico... y es que Joaquín Díaz fue mi segundo gran amor platónico, después del abuelo de Heidi, un tipo recio la mar de interesante que fue el primero (no el monigote de la serie japonesa, sino el de la novela de Spyri, todo un señor). Joaquín Díaz, a falta de cabaña en los Alpes, contaba con dos grandes ventajas: la de cantar y la de tener existencia real, lo cual supone un grado; aunque tratándose de platonismos y amores imaginarios -imaginario su objeto, que no el amor- ese grado importe poco. Cada domingo a primera hora de la tarde, tan a primera que por sistema me perdía el postre, tenía una cita con él y con "la hora folk" delante de la radio. Aquella era mi hora, la mejor de la semana. Un día, no sé si tenía quince o ya los dieciséis, me colé en un antro universitario cerca de la Plaza de España, una de esas salas que se llenaban hasta la bandera con el rumor de "redada", para verle y oírle en carne mortal. Era afable, sencillo, serio y elegante, como tenía que ser. Cantó el Romance de la molinera y el de la loba parda, y "Esta noche ha llovido" y "Duérmete fiu del alma". Para rematar nos invitó a corearle “Down by the Riverside”, y aquello, a pesar de los ánimos alicaídos por la falta de los grises a la cita, fue una apoteosis. Los amores platónicos nunca mueren, quizá por eso era al que más ganas tenía de volver a escuchar.

Con todo esto, no era de Joaquín Díaz de lo que venía a hablaros, sino de "El día de los torneos", uno de los romances que él canta, un romance fronterizo con la secuencia típica de encuentro entre caballero y cautiva-rescate a caballo-lágrimas de la rescatada al acercarse a su tierra-reconocimiento de la hermana, o la hija, perdida. Un tema que se repite en otros romances, como en el de don Bueso, con esa cautiva de malas pulgas que, al ser confundida con una mora, le espeta al caballero su "reviente el caballo y quien lo traía, que yo no soy mora ni hija de judía, que yo soy cristiana bautizada en pila". Todos tienen su aquel, pero mi preferido, el más conmovedor para mi gusto, siempre ha sido El día de los torneos, que además es el que canta Joaquín Díaz.

La cuestión es que, ahora que he vuelto a oírlo, me parece que lo mejor del romance, lo más conmovedor, no está en la peripecia del rescate, ni en las lágrimas de la esclava a la vista de los montes en que su padre cazaba, ni en el asombrado "Dios mío, qué es lo que dices, Virgen Sagrada María, creía llevar mujer y llevo una hermana mía" del caballero, ni siquiera en el emotivo final "Abra usted, madre, las puertas, ventanas y celosías, que aquí le traigo la rosa que esperaba noche y día", todo ello tan de cuento de final feliz. Lo que ahora más me conmueve, y antes pasaba por alto, es el brevísimo diálogo al pie de la fuente fría, una vez aclarado que de mora linda nada. Lo que ahora me emociona verdaderamente es el reparo de la esclava, esos pañuelos en los que piensa, cuando el caballero le ofrece la libertad:
-¿Te quieres venir conmigo?
-De buena gana me iría/mas los pañuelos que lavo/en dónde los dejaría.
(la respuesta del caballero: Los de seda y los de holanda/aquí en mi caballo irían/ y los que nada valieren/la corriente llevaría, tran pragmática que más parece la de un mercader calibrando el género, daría para otro capítulo).

Son los exactos perfiles de caballero y cautiva en cuatro octosílabos: un cruce de palabras a cuenta de unos paños, y la duda, esa pequeña objeción tan tierna y responsable, tan saint-exuperyniana sin saberlo: esos trapos que la anudan, los que ahora, mucho más que la aventura, me maravillan.

12 marzo 2012

Acechar a la furtiva



La primavera viene de puntillas, como el papá Noel de los niños.
Me propongo, de nuevo cada vez, acechar, vigilar mejor su entrada; pero permanece en ella algo misterioso, furtivo. Uno deja un instante de pensar en eso; los ojos se le cierran o se desvían hacia un libro… Uno levanta la cabeza y ya está ahí.


André Gide, Journal (1926-1950), t. II


['Vigilar' a la primavera, 'acecharla' dice Gide con esa palabra tan reveladora. No hace falta que preguntes a nadie por su edad, no hace falta ni siquiera verlo delante. Sólo escúchalo hablar de la primavera: si la padece, si la presiente, si la disfruta o no la nombra, si la acecha, si la ignora...]

07 marzo 2012

Como nosotros perdonamos (y 3) - Casiano y el enemigo dormido

Y para terminar, estas palabras de José Mª Cabodevilla, bien fuertes, y una fabulita de hace un par de siglos, de M.G.Lichtwer, que me ha encantado. Todo ello en Discurso del Padrenuestro. Ruegos y preguntas, que agradezco nuevamente a Suso :

..... A fin de que el posible falsificador de moneda no arguya en el juicio ignorancia, los billetes italianos llevan esta leyenda: La legge punisce i fabbricatori e gli spacciatori di biglietti falsi. Junto con los otros detalles del dibujo, la loba complaciente o el perfil del Capitolio, el falsificador tiene que copiar, letra por letra, esa frase acusatoria. De la misma manera, para que nunca arguyamos desconocimiento, cada vez que rezamos el Padrenuestro nos vemos obligados a repetir: Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.
..... Casiano supo que algunos cristianos habían decidido omitir tales palabras, a fin de ponerse a cubierto de la justicia del Señor. Casiano lo califica de "sutileza vana". Convengamos en que se trata de una sutileza más bien grosera. Imagine el monje Casiano que los falsificadores dejaran en blanco toda la greca reservada a la frase comprometedora, imagine qué sutil argucia.
..... De esta claúsula del Padrenuestro se deduce algo que tiene un sabor irrefutable, obvio, de conclusión matemática. Todos los pecados pueden ser perdonados menos uno, nuestra negativa a perdonar.
..... Diez mil talentos le perdonó su señor al deudor moroso. Diez mil talentos en términos de moral, equivaldrían a una suma superior a diez mil parricidios, la suma de todos los pecados habidos y por haber. De todos menos uno, por lo visto, ya que luego se negó a perdonarle cierto pecado que según una estimación humana tal vez sólo supondría algunos decimales: no le perdonó el que a su vez él no perdonase a un compañero suyo la pequeña cantidad de cien denarios.
..... Literalmente: "Si perdonáis, se os perdonará; si no perdonáis, no se os perdonará". Lo pone Mateo en boca de Jesús inmediatamente después del padrenuestro, como si fuera, de las siete peticiones, la única que necesitase una aclaración, o un subrayado, o una mayor insistencia.


*****
..... Un rey tenía tres hijos y muchas posesiones. Pero entre todas sus riquezas sobresalía un brillante de valor inmenso, admirado en toda la redondez del mundo. A la hora de repartir su hacienda, ¿a cuál de los tres hermanos reservaría el brillante? Decidió someterlos a una prueba; el brillante iría a parar a manos del que realizase, un día determinado, la acción más heroica. Al llegar la noche de aquel día, se presentaron los tres hermanos y cada uno relató su hazaña. El mayor había logrado dar muerte a un dragón que desde hacía mucho tiempo asolaba los campos y sembraba el pánico entre las gentes del reino. el segundo contó cómo había reducido, él solo, valiéndose de una pequeña daga, a diez hombres magníficamente armados. El pequeño habló en tercer lugar y dijo: "Salí esta mañana y encontré a mi mayor enemigo durmiendo al borde de un acantilado; lo dejé seguir durmiendo". El rey se levantó del trono, abrazó a su hijo menor y le entregó el brillante.
..... Lichtwer quiso con este hermoso relato explicar qué heroico, qué costoso, qué difícil es el perdón entre los humanos.

06 marzo 2012

Como nosotros perdonamos (2) - arrepentimiento y paso atrás

Como prometí en la anterior entrada, aquí vengo tras larga y provechosa conversación con Suso Ares, que de verdad le agradezco, a retractarme de lo dicho.

Debí sospechar que me equivocaba cuando, una vez "descubierto" ese entusiasmante "nosotros" que resolvía todos los chirridos, miré a ver lo que decía San Agustín y no encontré ningún comentario en ese sentido, sólo el de que, al decir "así como nosotros perdonamos", nos movemos a recapacitar sobre lo que pedimos y lo que en realidad practicamos. Tampoco en Simone Weil, quien, como os decía, insiste en la necesidad no sólo de perdonar las ofensas, sino de renunciar en todos los terrenos a la posición de acreedor, antes de pronunciar nuestra petición de perdón. Con todo, en vez de echarme atrás –la ignorancia es atrevida- pensé: bueno, no lo dicen expresamente, pero de algún modo eso se sabe. Del mismo modo que se sabe que donde dos o tres se reúnen en el nombre de Cristo, Él está en medio, y sin embargo cuando se reúnen tres, no dicen que están cuatro: hay muchas cosas que se saben y no se dicen. Y me quedé tan feliz y me lancé a contarlo. Lo siento.

Suso empezó leyéndome un pasaje de H.Schürmann, sobre la comprensión del Padrenuestro a la luz del Evangelio y viceversa. Decía que en el Padrenuestro se van sucediendo peticiones hasta que, tras la petición del perdón de los pecados, se introduce, como un elemento que rompe el ritmo y crea una tensión, una condición: “así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Interpolación que Schürmann relaciona con la interrupción del rito, mientras no se produzca la reconciliación con el hermano, de la que habla Mateo 5:23: “Así pues, si en el momento de llevar tu ofrenda al altar recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti…”.

A continuación, y a vueltas con el tema del perdón condicionado frente a la Misericordia divina, "la Escuela de Salamanca" planteó: ¿Entonces para ti el Padre nuestro debería consistir en una serie de peticiones –siete contó- sin ninguna exigencia? Y esa fue la primera vía de agua con la que el barco se me empezó a hundir. Me vi como el eterno convidado a casa ajena al que nunca se le ocurre llevar un vino, ni un postre, ni unas simples flores para la cocinera. Me vi como un gorrón (no lo digo en femenino porque suena peor aún). Después habló de la otra gran tensión, o paradoja, entre la Justicia y la Misericordia divinas. Y de Dios como Padre exigente (no un “Papaíto blandito”) y de la exigencia del cristianismo. Exigencia radical, como señala esa interrupción en el Padrenuestro, en lo que toca al perdón y la reconciliación entre hermanos. En definitiva: que el Padrenuestro es la oración de los discípulos, y éstos, por serlo, han de manifestar cuando menos su disposición al perdón.

En cuanto a la inclusión de Cristo en ese “nosotros”, comentó Suso que habría que distinguir varios niveles, porque lo verdadero en un plano, no lo es en otro. Por lo que se refiere al Padrenuestro, “nosotros” señala exclusivamente a los discípulos. Por lo que ya apuntaba Ángel Ruiz: “Vosotros orad así” (Mt,6:9) o “Cuando oréis, decid” (Lc,11:2), y porque en él se pide perdón por "nuestras ofensas”, y Cristo, que es el todo Santo, bajo ningún concepto puede ofender al Padre. Una cosa es cargar con nuestros pecados y hacerse pecado para justificarnos y otra muy distinta reconocerse, ni siquiera solidariamente, ofensor. Cristo es el Mediador entre Dios y los hombres porque es el Santo, el sin pecado, el Inocente, a una infinita distancia de nosotros. Por otra parte, Cristo oraba a solas y la relación que mantiene con su Padre es misteriosa y exclusivamente suya, la oración que enseña a los discípulos es la de los discípulos.

Al terminar la conversación, larga y pacientísima por su parte y que de modo sucinto os cuento, preguntó: –¿Cómo lo ves ahora? –No lo veo como lo veía. –¿Y cómo te sientes? (así es Suso, de Silleda) –Bien (bien hecha migas). Hoy me ha enviado un par de páginas muy clarificadoras del Discurso del Padrenuestro. Ruegos y preguntas, de José Mª Cabodevilla, que os colgaré en la próxima, y este texto del libro de H. Schürmann, que resume perfectamente la cuestión:

Generalmente, Jesús no se agrupa con sus discípulos en un “nosotros” que constituyera comunidad de oración. La tradición nos habla siempre de las enseñanzas que Jesús daba a sus discípulos sobre la oración, y de la oración solitaria que practicaba el Salvador. En efecto, Jesús tenía que distinguir entre “su Padre” y el Padre de los discípulos, y entre “su Dios” y el de ellos: de suerte que no hubiera podido pronunciar, en unión con sus discípulos y en el mismo sentido que ellos, la invocación de “Padre” con que comienza el Padrenuestro. La petición de la remisión de las culpas y la de la preservación de la tentación, son peticiones inconcebibles en labios de Jesús. Pero tampoco hay que imaginarse al grupo de los discípulos de Jesús como una comunidad de oración, de la que estuviera excluido su Maestro.
¿Qué he aprendido? Que no se pueden eliminar “tensiones” dándose a la inventiva. Que la pieza que aparentemente encajamos, desencaja todo el resto. Que hay que ser prudente, y humilde, y no entusiasmarse con las ocurrencias, que ni siquiera son necesarias. Este mismo domingo, la Epístola de San Pablo (Romanos 8, 31b-34) decía: Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él? ... ¿Quién condenará? ¿Será acaso Cristo, que murió, más aún, resucitó y está a la derecha de Dios, y que intercede por nosotros? -Volví a sentirme feliz, sin necesidad de malabarismos.

28 febrero 2012

Como nosotros perdonamos (1)

Añadido del 29.2 a las 22.30:
Acabo de hablar con Suso Ares. Lo de más abajo no era un mediterráneo, era sólo un espejismo. Imaginación calenturienta, cabeza cuadrada y prisa en resolver los puzzles hacen mala mezcla. Mañana me retracto en regla. Doctores tiene la Iglesia -que si de algo no han hablado no es porque sea obvio, sino porque no es-, y teólogos en Salamanca, y buenas personas con prudencia y paciencia dispuestas a echar la tarde explicando y haciendo entrar en razón. Mil perdones .

[Hay una petición en el Padrenuestro que siempre me ha parecido inquietante y no terminaba de entender, que es la de: "perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden". Cada vez que la pronunciaba, no podía evitar una voz al fondo que añadía: " ...aun así, si es posible, no te cortes por favor y perdónanos mejor".

Y es que no tendría sentido pedirle a Dios que nos perdone las ofensas, o las deudas (como antes se decía quizá mejor dicho ), del mismo modo, exactamente del mismo modo, que nosotros perdonamos a nuestros deudores. En primer lugar porque el perdón suyo y el nuestro son completamente diferentes: el suyo borra, el nuestro, simplemente, no tiene en cuenta. Y en segundo lugar porque sería poner límites a la misericordia de Dios, como si se lo quisiera someter a medida humana.

Sería suicida pedirle a Dios que nos perdone en la medida, y solamente en la medida, en que nosotros somos capaces de perdonar, cuando lo que pedimos desde el fondo del alma es que nos perdone como únicamente Él sabe y puede: del todo, sin merma en el amor y sin tachón en el juicio. Es decir, no como nosotros (habría tanto que hablar sobre nuestra capacidad real de perdonar, y es tan comprensible a veces la incapacidad... Pienso, por ejemplo, en la madre de esa niña asesinada en atentado terrorista que increpaba hace poco al asesino ante el Tribunal, o en tantos otros casos terribles). Es decir, nunca como nosotros, que en el mejor de los casos, aquel en el que el daño no se anota en el "debe", no podemos evitar su pequeña huella en el "haber" (ese triste "te conozco, bacalao, aunque te haya perdonao"). El verdadero perdón, de sobra lo sabemos, es el que dice lo que sólo Dios dice: "esa ofensa no eras tú".

En definitiva, sentía que pedirle a Dios que nos perdone menos de lo que Él es capaz, además de absurdo, es imposible. Imposible, sobre todo, porque se trata de la oración que Cristo nos enseñó, y si nos enseñó a orar así, no pudo ser para limitar la Misericordia del Padre, sino para todo lo contrario.

Por todo eso, durante muchísimos años he pensado (con mucha incomodidad y sin querer pensarlo, pues al fin y al cabo se trata del Padre Nuestro y llevamos más de veinte siglos rezándolo así) que tenía que haber un error de traducción en ese “así como”, y que la única petición posible y natural sería la de que perdonase nuestras deudas y nos hiciese capaces de perdonar del mismo modo a nuestros deudores. Y en eso estaba, en buscarle los tres pies al "así como", a ver si en griego decía otra cosa, que no, o quizá en arameo, que, por lo que me han dicho, tampoco. Hasta que hace unos días descubrí, justo a continuación, el "nosotros". Vaya cosa ¿no? Ahí estaba, desde siempre, bien a la vista: "así como nosotros". Otro de esos mediterráneos que inmediatamente sospecho que todo el mundo conoce, menos yo que a todos los mares les llego siempre tarde. Y bueno, sí, seguramente es otra de esas muchas obviedades con las que me alegro como el que encuentra un tesoro, obviedades que no se cuentan, como no se va contando que la noche sucede al día o viceversa (que más bien creo que es viceversa, pero ese es otro tema).

“Como nosotros”, dijo, y allá arriba en el monte, Él encabezaba el “nosotros”: Mírame a mí que estoy al frente, decía, no les mires tanto a ellos, que no saben lo que hacen ni lo que no hacen. Cada vez que pedimos al Padre que nos perdone “como nosotros perdonamos”, Cristo se nos pone delante. Él es el que da la cara, como en aquel monte. Y no nos permitiría rezarlo solos, ni una sola vez, ni siquiera a la carrera o sin pensarlo mucho, porque sería una temeridad. Cada vez que rezamos el Padrenuestro, estoy profundamente convencida, Cristo lo reza con nosotros.

¿Cómo iba a haber un error de traducción en la oración que Cristo nos enseñó, la que repetirían desde aquel primer momento y se transmitiría con el mayor de los cuidados? ¿Y cómo vamos a proponernos de medida y pedirle al Dios de la Misericordia que sea tan mezquino como lo somos nosotros y nos perdone sólo a medias? ¿Y cómo puede pasarse uno años dándole vueltas, sin verlo, a lo que tiene delante, más claro y mucho más grande y más emocionante que el mar mediterráneo?

Simone Weil, que decía que no se puede rezar el Padrenuestro con atención plena "sin que un cambio quizá infinitesimal, pero real, se opere en el alma", al comentar la petición de perdón al Padre "como también nosotros perdonamos", solamente insiste en la necesidad de haber perdonado previamente las ofensas recibidas, y aún es más: de haber renunciado a todo lo bueno que creemos que el prójimo y la vida nos deben, antes de pronunciarla (Attente de Dieu, p.155-157, Exposé à propos du"Pater"). Y sin embargo, de otra forma lo sabía , lo supo desde que empezó a rezarlo: que Cristo reza al Padre a nuestro lado: Parfois aussi, pendant cette récitation ou à d'autres moments, le Christ est présent en personne... (Att.de Dieu, p.40, Lettre IV-Autobiographie spirituelle).

"Nosotros" somos Él y nosotros. Cuando lo rezamos a solas, no lo rezamos a solas, ni utilizamos un genérico "nosotros". Cuando lo rezamos en grupo, tampoco lo rezamos solos: Como en aquel monte, Él se pone delante, mira al Padre y empieza: Padre nuestro ... Y entonces sí, bien arrimados, al abrigo de ese compasivo, generoso, tremendamente desigual y dulcísimo "nosotros", podemos pedirle, nos atrevemos a pedirle, que nos perdone "como nosotros perdonamos", exactamente así.]

21 febrero 2012

Personas de bien



"Siempre tenemos la impresión de que nos aman porque somos personas de bien. Y no nos damos cuenta de que somos amados porque quienes nos aman son personas de bien."

Lev Tolstói, Diarios (1895-1910), Edit. Acantilado, Selección y traducción de Selma Ancira.

10 febrero 2012

Del inevitable desencuentro (O día triste/día alegre). Test.

TEST: ¿Es usted "de izquierdas", "de derechas", o "de centro con simpatías" ? (También cabe la opción: " hasta el gorro de los unos y los otros").

1. Lea, por favor, el siguiente poema:

Firma Pilatos la que juzga ajena
Sentencia, y es la suya. ¡Oh caso fuerte!
¿Quién creerá que firmando ajena muerte
El mismo juez en ella se condena?

La ambición de sí tanto le enajena
Que con el vil temor ciego no advierte
Que carga sobre sí la infausta suerte,
Quien al Justo sentencia a injusta pena.

Jueces del mundo, detened la mano,
Aún no firméis, mirad si son violencias
Las que os pueden mover de odio inhumano;

Examinad primero las conciencias,
Mirad no haga el Juez recto y soberano
Que en la ajena firméis vuestras sentencias.
(Sor Juana Inés de La Cruz)

2. Una vez leído, responda a la pregunta: Al hilo de los últimos acontecimientos judiciales ¿En quién o quiénes pensaría usted al leer "Pilatos"? ¿En quién o quiénes leyendo "ambición de sí", "injusta pena"? ¿quiénes los jueces del mundo que deben examinar la conciencia y no hacer violencia movidos de odio inhumano? La pregunta por el Justo no procede porque Justo con mayúscula sólo hay uno.

3. Para confirmar el diagnóstico, puede completar el test leyendo este otro texto:

...
Quizá yo, tras el Cáucaso erguido,
esconderme podré de los tiranos,
de su ojo que todo lo registra,
de su oído que nada escucha en vano.
(Mihail Lermontov)

4. ¿Le parece oportuna la descripción del "tirano", una exageración caucasiana, o piensa que depende de a quién pertenezcan el ojo y el oído...? ¿Le parece a usted extrapolable al caso, no hace falta decir cuál, que una vez más nos divide, o no se lo parece en absoluto?

5. El resultado, usted mismo.

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