13 mayo 2013

Es cosa de corazón (y si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente). Unamuno.


"Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. [...]   Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales —la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera— de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. [...]  Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.  Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.

Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta. [...] No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura —y cultura no es lo mismo que civilización— de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria...  por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu. [...]

 En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo.... Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos... También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso. [...]

De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: "Y este señor, ¿qué es?" Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos.

Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: "Bueno; pero ¿qué soluciones traes?" Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. [...]"

Miguel de Unamuno, "Mi Religión", Salamanca, 6.11.1907. 
En Mi religión y otros ensayos breves, Espasa-Calpe, Madrid 1968

10 mayo 2013

Esa farsa siniestra. Simone Weil


"El trabajo físico, aun siendo gravoso, no es por sí mismo una degradación. No es el arte, no es la ciencia, pero es otra cosa que tiene un valor absolutamente igual al del arte y al de la ciencia. Pues procura una posibilidad similar para lograr el acceso a una forma impersonal de la atención.

Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico otorga un cierto contacto con la realidad, con la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición. Por ello envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctima de tal envilecimiento, en cierto sentido también son cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento sobre su persona y su derecho. No se trataría entonces de una reivindicación, sino de la sublevación de su ser entero, feroz y desesperada, como la de una jovencita a quien se quisiera dedicar por la fuerza a la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

Este sentimiento ciertamente habita en ellos, pero tan inarticulado ni para ellos resulta discernible. Los profesionales de la palabra estan incapacitados para darle expresión. Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, reciben con alivio la fácil claridad de las cifras. De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

Imaginemos que el diablo está negociando la compra del alma de un desventurado y que alguien, apiadándose del infeliz, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted no le ofrezca un precio superior; el objeto vale por lo menos el doble”. Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro mismo de la reclamación que quisieron gritar a la cara del mundo. La noción de derecho está vinculada a la de reparto, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho sólo se sostiene mediante un tono de reivindicación; y cuando se adopta ese tono, es que la fuerza no está lejos, detrás de él, para confirmarlo, o de otra forma resulta ridículo. (...)

Las nociones de derecho, de persona, de democracia pertenecen a esta categoría. Bernanos tuvo el coraje de decir que la democracia no ofrece ninguna defensa frente a los dictadores. La persona está por naturaleza sometida a la colectividad. El derecho por naturaleza depende de la fuerza. Las mentiras y los errores que velan estas verdades son extremadamente peligrosos porque impiden recurrir a lo único sustraído a la fuerza y que preserva de la fuerza; es decir, a otra fuerza que es la irradiación del espíritu. La materia pesante no es capaz de vencer la pesantez sino en las plantas, gracias a la energía solar que el verde de las hojas ha capturado y que opera en su savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz."

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"La  noción de derecho nos viene de Roma y, como todo lo que viene de la antigua Roma, que es la mujer llena de nombres de blasfemia a la que se refiere el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza solo consigue la plenitud de la eficacia revestida de algunas ideas, emplearon para ello la noción de derecho. Se presta a ello estupendamente. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero la utilizó hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. Cierto es que a quienes subyuga no les reconoce más derecho que el de obedecer. La antigua Roma tampoco. Alabar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es particularmente escandaloso. Ya que si se quiere examinar lo que en ella era esta noción en el momento de su aparición, para discernir mejor sus cualidades, se ve que la propiedad quedaba definida por el derecho de usar y abusar. Y, de hecho, la mayor parte de estas cosas sobre las que el propietario tenía el derecho de usar y abusar eran seres humanos.

Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de justicia."

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"Se trata de una singular confusión, la de asimilar la ley no escrita de Antígona al derecho natural. A los ojos de Creonte, en lo que hacía Antígona no había absolutamente nada natural. Juzgaba que estaba loca. No somos nosotros los que podríamos decir que se equivocaba, nosotros que, en este momento, pensamos, hablamos y actuamos exactamente igual que él.

Se puede verificar remitiéndose al texto. Antígona le dice a Creonte: “No es Zeus el que ha publicado esa orden; no es la compañera de las divinidades del otro mundo, la Justicia, la que ha establecido semejantes leyes entre los hombres”. Creonte intenta convencerla de que sus órdenes eran justas; la acusa de haber ultrajado a uno de sus hermanos honrando al otro, ya que de esa manera el mismo honor le ha sido otorgado al impío y al fiel, al que ha muerto intentado destruir a su propia patria y al que ha muerto por defenderla. Ella dice: “No obstante, el otro mundo pide leyes iguales”. Él objeta con sentido común: “Pero no hay reparto igual, ya se trate del valiente o del traidor”. A ella solo se le ocurre esta respuesta absurda: “¿Quién sabe si, en el otro mundo, eso es legítimo?”. La observación de Creonte es totalmente razonable: “Pero jamás un enemigo, ni siquiera muerto, es un amigo”. Sin embargo la pequeña necia responde: “He nacido para tomar parte no del odio sino del amor”. A continuación Creonte, cada vez más razonable: “Entonces vete al otro mundo, y ya que tienes que amar, ama a los que allí permanecen”.

En efecto, ese era su verdadero puesto. Pues la ley no escrita a la que obedecía esta pequeña, lejos de tener nada que ver con el derecho o con algo natural, no era ni más ni menos que el amor extremo, absurdo, que llevó a Cristo hasta la cruz. La Justicia, compañera de las divinidades del otro mundo, ordena ese exceso de amor. Ningún derecho lo ordenaría. El derecho no tiene vínculo directo con el amor.

Así como la noción de derecho es extraña al espíritu griego, también lo es a la inspiración cristiana, allí donde ésta permanece pura y no mezclada a la herencia romana, o hebrea, o aristotélica. No es posible imaginar a san Francisco de Asís hablando de derecho."

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"Si se le dice a alguien capaz de escuchar: “Lo que usted me hace no es justo”, se puede golpear y despertar, justo en su fuente, la atención y el amor. No sucede lo mismo con palabras como: “Tengo derecho a…”, “usted no tiene el derecho de...", éstas encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible, desde cualquier ángulo, todo matiz de caridad.

Es imposible, cuando de ella se hace un uso casi exclusivo, permanecer con la vista fija sobre el verdadero problema. Un campesino al que presiona indiscretamente un comprador, en el mercado, para que le venda sus pollos a un precio moderado, puede muy bien responder: “Tengo derecho a quedarme con mis pollos si no se me ofrece un precio lo suficientemente bueno”. Pero una jovencita a la que se trata de meter por la fuerza en un prostíbulo no hablará de sus derechos. En tal situación, esa palabra parecería ridícula por su misma insuficiencia.

Por eso el drama social, que es análogo a la segunda situación, ha aparecido falsamente, gracias al uso de esta palabra, como análogo a la primera. El uso de esta palabra ha convertido lo que debió ser un alarido desde el fondo de las entrañas, en un agrio griterío de reivindicación, sin pureza ni eficacia. ...

Muchas de las verdades indispensables y que salvarían a los hombres no son dichas por causas de este tipo; los que podrían decirlas no las pueden formular, los que podrían formularlas no las pueden decir. El remedio a este mal sería uno de los problemas urgentes de una verdadera política. "


Simone Weil, Escritos de Londres y últimas cartas.
Aunque hay una edición en Trotta, Madrid 2010, me he servido preferentemente de los textos traducidos y publicados por Sylvia María Valls:
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

08 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (2.)


Seguimos con "Crítica y Obediencia":
"Vamos ahora a ilustrar con un ejemplo esta problemática fundamental del ser de la Iglesia en el mundo. Pedro, a quien el Señor entrega el mismo poder que a toda la comunidad, puede servirnos, a modo de ejemplo, para compendiar la Iglesia.
Pedro es llamado por Jesucristo (en un brevísimo espacio de tiempo si aceptamos la cronología de san Mateo), Roca y Satanás (escándalo: piedra de tropiezo).
Esta contigüidad no es nada contraria a la mentalidad bíblica que conoce la victoria del poder de Dios por medio de la debilidad del hombre y que llama siervo de Dios al rey de Babilonia (Jer 25, 9), porque es utilizado por Yahvé como instrumento con el que hace la historia. Así, cuando Dios se sirve de Pedro (es decir, cuando no hablan por él la carne y la sangre) éste es capaz de convertirse en Roca. Pero este nombre no expresa un mérito sino un servicio, una elección y un encargo para el que nadie es apto, y menos este Simón que se hunde y al que le falta fe (Mt 14, 30). Esta dialéctica luce principalmente allí donde el encargo es más elevado: la concesión del primado se sitúa sobre el trasfondo de las negaciones (Jn 21, 15-27), la promesa en Lucas (22, 81 ss.) se junta con la inmediata predicación de la negación, y la promesa en Mateo está en aparente contradicción con los nombres de Satanás y piedra de escándalo. Siempre es promesa de la fuerza de Dios en la debilidad humana, siempre es Dios el Salvador y no el hombre, siempre es el a-pesar-de-todo de la gracia que no se deja desarmar por la torpeza del hombre, ni vencer por su pecado.

Por una recaída en la arbitrariedad del razonar humano que no quiere reconocer la gracia sino que se imagina siempre un secreto triunfo del hombre, nos hemos acostumbrado a desglosar en Pedro a la Roca y al pecador. Pensamos que éste es el Pedro prepascual, y nos formamos del Pedro posterior a Pentecostés una imagen extrañamente idealizada. Pero no es así: siempre están ambos mezclados. El Pedro anterior a la Pascua es el que quiere permanecer fiel en medio de la deserción de la masa, el que corre al encuentro del Señor en medio del mar, el que pronuncia aquellas hermosas palabras: "Señor, a quien iremos?; tú sólo tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68). Y el Pedro posterior a Pentecostés es también el que por miedo a los judíos niega la libertad cristiana (Gál 2, 11 ss.). Siempre Roca y piedra de escándalo en una pieza.

Esta verdad ha persistido en toda la historia de la Iglesia. Y la tarea del creyente es sufrir esta paradoja del obrar divino que avergüenza a su orgullo. Lutero reconoció muy bien el momento de Satanás y no carecía de razón. Pero su culpa fue no haber sabido soportar la bíblica tensión entre Roca y Satanás que pertenece a la tensión fundamental de la fe. Nadie debiera haber comprendido esto mejor que el hombre que acuñó la fórmula: justo y pecador a la vez (simul peccator el iustus).

El donatista Tyconius hablaba de que la Iglesia es, en una misma pieza, Cristo y anticristo, Jerusalén y Babilonia. En realidad no hacía más que agudizar una idea que se encuentra en toda la tradición patrística. Orígenes veía expresada la tensión fundamental de la Iglesia en aquellas palabras de los Cantares: negra soy pero hermosa (Cant 1, 6).

Lo que se evidencia de todo esto una vez más es que no conviene separar limpiamente, uno de otro, la Iglesia y los hombres de la iglesia. Por ellos vive la Iglesia en el mundo. Vive de una manera humana el misterio divino que encierra. También la institución lleva consigo el lastre de la humanidad ¿quién no lo sabe? Pero precisamente por esto, la Iglesia, la santa, la pecadora Iglesia, es testimonio y realidad de la gracia de Dios que por nada se deja vencer. En su debilidad es y permanece Buena Nueva de una salvación que supera toda nuestra corrupción y esperanza.

Concluyamos este apartado con dos testimonios de la Edad Media (esa época que nos gusta idealizar como el tiempo de resplandor más puro de la cristiandad). En Guillermo de Auvernia, el gran teólogo y obispo de París se hallan estas palabras: "¿Quién no se horrorizaría si viera a la Iglesia con una cabeza de asno o al alma del fiel con dientes de lobo...? ¿Quién no llamaría a esta terrible imagen, más bien Babilonia y desierto que Ciudad de Dios?... Por el terrible abuso de los réprobos y carnales que inundan la Iglesia, los herejes la llaman prostituta y Babilonia... ". Y Gerhoh de Reichersberg, el gran teólogo bávaro, confiesa que es un terrible espectáculo el que "en medio de ti, Jerusalén, vive un pueblo casi completamente babilónico", y hace decir a la Iglesia: "Yo no me considero pura como los novacianos y cátaros; yo se cuántos pecados tengo en mí, y no rehusó la penitencia sino que digo: perdónanos nuestras deudas".

¿Es una señal indiscutible de que han mejorado los tiempos el que los teólogos de hoy no se atrevan a hablar de esta forma? ¿O no será más bien una señal de que ha disminuido el amor, de que no arde el corazón en santo celo por la gloria de Dios en este mundo (2 Cor 11, 2), de que el amor se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella? El que ya no se sorprende por la negación del amigo ni lucha por su regreso, ya no ama. ¿Debe valer también esto de nuestra relación con la Iglesia? "

Preguntamos ahora cuál ha de ser la actitud del cristiano respecto a la Iglesia de la historia. También aquí puede decirse parodiando la fórmula agustiniana: el cristiano debe amar a la Iglesia; todo lo demás se seguirá de la lógica del amor. Si en tal ocasión es mejor hablar o callar, sufrir o luchar, depende en último término del amor a la Iglesia.
El teólogo puede desarrollar más concretamente este sentido eclesial, pero en la situación concreta es el yo -con su fe, su esperanza y amor personales- el que está llamado a la decisión; y no puede refugiarse en una regla puramente objetiva. Después de esto hemos de decir que la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas. Ha entrado en la historia como Iglesia de los mártires y ha desempeñado la función de padecer por la verdad. En este sentido lo profético no ha muerto en ella. Tampoco puede decirse que ha llegado ya a su victoria última, perdiendo su función critica. Esto sería desconocer la antinomia que acabamos de describir entre prostituta y esposa. El paso de la forma de existencia de este mundo a la novedad del espíritu no es una cosa que se realizó hace largo tiempo, sino que permanece continuamente como la ley viva fundamental de la Iglesia.
Ella vive de la llamada del espíritu, en la crisis del paso de lo viejo a lo nuevo. No es casualidad el que los grandes santos estuvieran también en lucha por la Iglesia, con su tentación de mundanizarse, y que hayan sufrido bajo la Iglesia. Pensemos en Francisco de Asís, o en Ignacio de Loyola que en la cárcel eclesiástica tenía el ánimo tan alegre que decía: "En Salamanca no hay tantos grillos y cadenas que yo no pueda pedir más por amor de Dios". Y él no renunció en nada a su misión ni a su obediencia a la Iglesia.

Siguen un par de apartados breves en los que, a modo de resumen de todo lo anterior, se concretan unas reglas sobre como pueden, y deben, articularse la crítica y el amor a la Iglesia, que podéis terminar de leer aquí: http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/textos.htm

JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", en Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972. Traducido aquí por J.Valldeperas.

05 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (1)


Voy leyendo poco a poco los magníficos archivos del Foro de estudios Joseph Ratzinger, una página llena de enlaces a sus libros (muchos de ellos completos), artículos, conferencias y entrevistas. Aquí os dejo estas reflexiones del por entonces joven catedrático de teología en Ratisbona, intemporales y sin desperdicio, sobre el a-pesar-de-todo de la gracia y sobre otras muchas cosas interesantes, todo ello al hilo del tema de la legitimidad de la crítica y la protesta en la Iglesia. El artículo, publicado en 1962 en la revista Wort und Wahrheit (Palabra y Verdad), se titula "Crítica y Obediencia":
"Nos lleva a la esencia del problema una comparación entre Antiguo y Nuevo Testamento. El AT descansaba en una promesa divina. Su culto y su sacerdocio fueron impuestos por Dios y su realeza tenía una promesa de perpetuidad. ¿ Se pueden atacar un culto y una institución que son de derecho divino? Cristo lo hizo, y predijo con una acción simbólica el fin del templo (cfr. Mc 11,11-19; 14,58; 15,29 ss; Jn 2,19). Los cristianos rara vez comprenden la enorme magnitud de este suceso; para ellos el AT es precisamente la antigua alianza; que a su tiempo debía convertirse en nueva. Pero esto no es así: mientras existió, fue sin más, la Alianza; no la antigua, sino la única alianza que Dios había hecho. No era nada claro que esta alianza debiera envejecer, y las profecías sobre un pacto nuevo (Jer 31, 31 ss.) (que en modo alguno estaban en primer plano en la conciencia de Israel) fueron dichas en un sentido escatológico (cfr. Is 11). La Thora era palabra de Dios, y el culto estaba divinamente establecido; atacarlos debía parecer a la conciencia de Israel lo mismo que a nosotros un ataque a la ordenación sacramental de la Cristiandad.

Sin embargo hay una diferencia ya que en el AT, junto al templo, la institución y la ley,existieron desde el principio los profetas, elegidos por Dios, como palabra libre que El se reservaba. La trágica figura de Jeremías, constantemente encarcelado como hereje, atormentado como rebelde a la Palabra y a la Ley de Dios, perseguido y fallecido sin nombre en la oscuridad del olvido, nos hace comprender la esencia y la enorme exigencia de la misión profética. La profecía no consiste tanto en ciertas predicciones, cuanto en la protesta profética contra la autosuficiencia de las instituciones que sustituyen la moral por el rito y la conversión por las ceremonias. El profeta es testigo de Dios. Frente a la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y frente a la tergiversación clandestina y pública de las señales divinas, el profeta pone a salvo la autoridad de Dios y defiende Su palabra del egoísmo de los hombres. Y así, en el AT existe -combatida y oprimida por la autoridad, pero cada vez más reconocida como voz de Dios- una crítica que crece en mordacidad hasta la descripción del destructor del Templo como siervo de Dios (Jer 25, 9); con ello la misma destrucción del Templo (el corazón mismo de Israel) aparece ya aquí como culto frente al culto demasiado pagado de sí, que se realiza en el interior del Templo.

El primer intento de una teología cristiana, que es la predicación del diácono Esteban, enlaza con esta dirección: muestra que Dios en la historia no está al lado de la institución, sino de los que sufren y son perseguidos, y presenta a Cristo como consumación de los profetas por haber sido rechazado por los jerarcas. Cristo es la perfección de los profetas, no propiamente porque en El se han realizado las profecías, sino porque ha vivido hasta el fin la línea del espíritu profético, del no a la autocracia de la institución sacerdotal. Así se ha puesto a Sí mismo como ofrenda definitiva en el lugar de las víctimas del Templo (Heb 10, 5), destruyendo de esta manera al Templo (Jn 2, 19).
Algo parecido puede decirse de la exégesis que hacen los Padres cuando ven en el sacrificio de Malaquías (Mal 1, 10 ss.) una predicción del sacrificio de la Misa. Pues las palabras de Malaquías pertenecen a la línea que en el AT va haciendo estallar cada vez más el formalismo ceremonial para exigir del hombre su obediencia y su corazón, en lugar del rito.

Llegamos así al NT. ¿También aquí está la verdad de parte de los que sufren y son estigmatizados por los portadores de cargos? Se ha intentado explicar así la esencia de la Reforma. "Nuestra tarea propia en el diálogo con nuestros hermanos católicos es hacerles comprensible - no intelectual, sino religiosamente- la viva actitud de protesta, como la tarea divina que desde Lutero nos acosa y nos inquieta interiormente". Aquí hay que notar dos cosas: de la idea de una protesta profética no se puede deducir el derecho a una existencia cristiana fuera de la Iglesia. Es sabido cómo los profetas permanecían profetas en Israel, y en él sufrían su pasión hasta convertirse en testigos de Dios, en mártires. El mismo Jesús realizó su misión en Israel (Mt 10,5 ss.) y reconoció, a pesar de todo, la autoridad de los maestros de Israel (Mt 23,2 ss). Los Apóstoles comenzaron su predicación en Israel; y sólo después de dura lucha se atrevieron a dar el paso hacia los paganos que supuso un giro en la Historia de Salvación y el fin de la antigua alianza. Para dar este paso se necesitó una decisión de la Iglesia entera, y la convicción de que la nueva acción de Dios en su Hijo autorizaba a ello. Pero los capítulos 9-11 de la carta a los Romanos, testifican el profundo sufrimiento que supuso esta separación para los primitivos cristianos.

Con esto hemos aludido ya a la segunda observación: los cristianos comprenden que se ha realizado, ya ahora, la alianza escatológica definitiva e irrevocable; que el antiguo pacto ha envejecido pero el actual no puede envejecer.
El porqué de esta diferencia lo ha esbozado san Pablo en el capítulo cuarto de la carta a los Romanos, y puede resumirse así: el antiguo pacto era condicional, el nuevo es absoluto. En el antiguo, Dios prometía la salvación si Israel, por su parte, cumplía la Ley. La salvación depende de la moralidad y esta es la razón profunda de la existencia de los profetas: han de recordar que toda la magnificencia cultual no sirve de nada si no se cumple toda la Ley. Todo cambia en el NT. Dios se hace hombre y, en el hombre Jesucristo, acepta a la humanidad que cree en Jesús. Con esto se decide definitivamente -y en sentido afirmativo- el drama de la historia universal. Dios cierra un nuevo pacto, y acepta a la Iglesia no apoyándose en la condición siempre oscilante de la moralidad humana, sino en virtud del absoluto de la acción salvadora y gratuita de Cristo (Rom 4, 16). La Iglesia no descansa en el esfuerzo de los hombres sino en la gracia, descansa en el a-pesar-de-todo dicho por Dios y, en él, es para siempre Iglesia santa. La Iglesia presenta en su interior el a-pesar-de-todo de la gracia divina y, con él, un absoluto: la definitiva voluntad salvífica de Dios. (...)
Los Santos Padres expresaron este hecho con la imagen atrevida de la casta meretriz: según su propio origen histórico la Iglesia es prostituta, procede de la Babilonia de este mundo. Pero Cristo el Señor la ha purificado, la ha convertido de prostituta en esposa. Urs von Balthasar ha mostrado en penetrantes análisis que esto no es una pura expresión histórica (algo así como: antes era impura, ahora es pura) sino que describe una permanente tensión histórica existencial de la Iglesia. Ella vive constantemente del perdón que la transforma de prostituta en esposa; la Iglesia de cada generación es la iglesia procedente de la gracia, a la que Dios hace salir constantemente de la Babilonia en que de por sí moran los hombres.

Esto se pone de manifiesto por un análisis del misterio de la Encarnación.
Estamos acostumbrados a considerar la Encarnación como una justificación teológica de la institucionalidad de la Iglesia (en cuanto representa la aparición de Dios en formas de esté mundo). Esto es mucha verdad pero debe ser completado por lo siguiente: la Encarnación no es un término, sino un principio que concluye en la Cruz. Junto a la teología de la Encarnación ha de ir la teología de la Cruz. Esto quiere decir que todas las organizaciones terrenas, para conseguir su perfecta realización, deben pasar por la Cruz: toda forma terrena es provisoria. Y así como sería falso concebir la Iglesia con esquemas de la antigua, alianza para protestar contra Ella en nombre de una Palabra que no puede darse sin Ella, es igualmente falso concebir la Encarnación como un término, y proclamar en consecuencia que la Iglesia es el reino perfecto de Dios, negando prácticamente su gran futuro escatológico y presentándola ya en este mundo como algo sin mancilla e incriticable. El a-pesar-de-todo de la gracia divina lleva en sí el precioso misterio de lo definitivo, pero no ha hallado aún su forma definitiva, sino que está ligado al signo de la Cruz: a los hombres que necesitan de la cruz para llegar a la gloria."


JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972.
Traducido aquí por José Valldeperas. http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/

02 mayo 2013

El paso del primer al segundo Donoso Cortés (2)

(Seguimos con Donoso Cortés)

1. Lo que decía Donoso Cortés en 1845 ( Discurso Parlamentario 15 de enero ):
 la libertad no es otra cosa que la discusión; y en este punto soy tan exigente que me gustan hasta las discusiones peligrosas” 

2. Lo que dice Donoso Cortés en 1851 (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo):

"La sociedad entonces se deja gobernar de buen grado por una escuela que nunca dice afirmo ni niego y que a todo dice distingo. El supremo interés de esa escuela está en que no llegue el día de las negaciones radicales o de las afirmaciones soberanas; y para que no llegue, por medio de la discusión confunde todas las nociones y propaga el escepticismo, sabiendo como sabe, que un pueblo que oye perpetuamente en boca de sus sofistas el pro y el contra de todo, acaba por no saber a qué atenerse y por preguntarse a sí propio si la verdad y el error, lo justo y lo injusto, lo torpe y lo honesto, son cosas contrarias entre sí o si son una misma cosa mirada desde puntos de vista diferentes."

 "La legitimidad de la razón son dos palabras, de las cuales la última designa el sujeto y la primera el atributo; yo niego el atributo y el sujeto. ¿Qué cosa es la legitimidad y qué cosa es la razón? Y en el caso que sean alguna cosa, ¿de dónde sabes que esa cosa esté en el liberalismo y no en el socialismo, en ti y no en mí, en las clases acomodadas y no en el pueblo? Yo niego tu legitimidad y tú la mía; tú niegas mi razón y yo la tuya."

"Cuando me provocas a discutir, te perdono, porque no sabes lo que haces; la discusión, disolvente universal, cuya virtud secreta no conoces, acabó ya con tus adversarios y va a acabar contigo ahora; por lo que hace a mí, tengo propósito firme de ganarla por la mano, matándola para que no me mate. La discusión es espada espiritual que revuelve el espíritu con ojos vendados; contra ella, ni vale la industria ni la malla de acero; la discusión es el titulo con que viaja la muerte cuando no quiere ser conocida y anda de incógnito.
Roma la sesuda la conoció, a pesar de sus disfraces, cuando entró por sus muros en traje de sofista; por eso, prudente y avisada, le refrendó su pasaporte.
El hombre, al decir de los católicos, no se perdió sino porque entró en discusiones con la mujer, ni la mujer sino por haber discutido con el diablo. Más adelante, hacia la mitad de los tiempos, dicen que este mismo demonio se apareció a Jesús en un desierto, provocándole a una batalla espiritual, o como quien diría, a una discusión de tribuna; pero aquí parece que tuvo que habérselas con otro más avisado, el cual le hubo de contestar: Vade Satanas, con cuya palabra puso fin a un mismo tiempo a la discusión y a los diabólicos prestigios."

3. ¿Qué ocurrió entre tanto, qué pudo transformar de ese modo la actitud,  las convicciones, la manera de ver y estar en el mundo del  brillante polemista Donoso Cortés?  Él mismo lo cuenta en la famosa carta de 21 de julio de 1849, dirigida a su amigo Alberich Blanche-Raffin:

"Yo siempre fui creyente en lo íntimo de mi alma; pero mi fe era estéril, porque ni gobernaba mi pensamiento, ni inspiraba mis discursos, ni guiaba mis amores. (/...) Tuve un hermano a quien vi vivir y morir, y que vivió una vida de ángel y murió como los ángeles morirían si muriesen. Desde entonces juré amar y adorar, y amo y adoro... –iba a decir lo que no se puede decir–, con ternura infinita, al Dios de mi hermano. Dos años van ya recorridos de aquella tremenda desgracia... Vea usted aquí, amigo mío, la historia íntima y secreta de mi conversión... Como usted ve, aquí no ha tenido influencia ninguna ni el talento ni la razón; con mi talento flaco y con mi razón enferma, antes que la verdadera fe me hubiera llegado la muerte. El misterio (porque toda conversión es un misterio) es un misterio de ternura. No le amaba, y Dios ha querido que le ame, y le amo; y porque le amo, estoy convertido. (...) ahora soy otro (...) Yo amo a Dios porque creo que me ha amado antes. Sin duda, la mayor elevación que siente el ser humano consiste en cerciorarse por la fe de que es amado por Dios.»

4. No se trata, naturalmente, de que Donoso rechace desde ese momento cualquier clase de discusión:  a la discusión de  las ideas socialistas y liberales dedica, de hecho, el Ensayo. En lo que ha dejado de creer Donoso es en la posibilidad de llegar a la verdad por medio de la discusión como pretende el liberalismo relativista: Ni la discusión, ni una razón viciada, insegura y tendenciosa, podrán por sí solas alcanzar a distinguir el bien y el mal en el orden moral,  político o social.
Donoso Cortés terminó siendo apodado por sus adversarios "Quiquiriquí de Extremadura". El liberal-progresista Modesto Lafuente decía que en Donoso el miedo de la revolución "rayaba en la locura"; otros lo llamaron apocalíptico o mártir plenipotenciario... Y sin embargo, anticipó las claves de la política europea del siglo XX  y fue el único que supo prever el auge de los totalitarismos y hasta sus tipos (que algo tienen que ver con la capacidad de discernir, o incluso de invertir, el bien y el mal) .  Mañana, o así,  Hannah Arendt, tan distante y tan distinta, pero...

29 abril 2013

Que no tiene lunar y es recto de suyo. Donoso Cortés (1)


"Los errores contemporáneos son infinitos; pero todos ellos, si bien se mira, tienen su origen y van a morir en dos negaciones supremas: una, re­lativa a Dios, y otra, relativa al hombre. La sociedad niega de Dios que tenga cuidado de sus criaturas, y del hom­bre, que sea concebido en pecado. Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas, y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios; que es fuerte y que es hermoso; por eso le vemos engreído con su poder y enamorado de su hermosura.

Supuesta la negación del pecado, se niega, entre otras muchas, las cosas siguientes: (...) que la luz de la razón sea flaca y vacilante; que la voluntad del hombre esté enferma;  que el dolor sea un bien, acepta­do por un motivo sobrenatu­ral, con una aceptación vo­luntaria; que el tiempo nos haya sido dado para nuestra santificación; que el hombre necesite ser santificado. Supuestas estas negaciones se afirman, entre otras mu­chas, las cosas siguientes: (...) que siendo sana la razón del hom­bre, no hay verdad ninguna a que no pueda alcanzar; y que no es verdad aquella a que su razón no alcanza; que no hay otro mal sino aquel que la razón entiende que es mal, ni otro pecado que aquel que la razón nos dice que es pe­cado; es decir, que no hay otro mal ni otro pecado sino el mal y el pecado filosófico; que siendo recta de suyo, no necesita ser rectificada la voluntad del hombre; que de­bemos huir el dolor y buscar el placer; que el tiempo nos ha sido dado para gozar del tiempo, y que el hombre es bueno y sano de suyo.

De aquí nace y aquí tiene su origen un vasto sistema de naturalismo, que es la contra­dicción radical, universal, ab­soluta de todas nuestras cre­encias. Los católicos creemos y profesamos que el hombre pecador está perpetuamente necesitado de socorro y que Dios le otorga ese socorro perpetuamente por medio de una asistencia sobrenatural, obra maravillosa de su infini­to amor y de su misericordia infinita. Para nosotros, lo so­brenatural es la atmósfera de lo natural; es decir, aque­llo que, sin hacerse sentir, lo envuelve a un mismo tiem­po y lo sustenta. (...)  Todo este vasto y esplén­dido sistema de sobrenaturalismo, clave universal y uni­versal explicación de las cosas humanas, está negado implí­cita y explícitamente por los que afirman la concepción inmaculada del hombre, y los que esto afirman hoy no son algunos filósofos solamente, son los gobernadores de los pueblos, las clases influyentes de la sociedad y aun la so­ciedad misma, envenenada con el veneno de esta here­jía perturbadora.

Aquí está la explicación de todo lo que vemos y de todo lo que tocamos, a cuyo esta­do hemos venido a parar por esta serie de argumentos.(...) Si la fe no es necesaria la razón es soberana e independiente. Los progresos de la verdad dependen de los progresos de la razón; los pro­gresos de la razón dependen de su ejercicio; su ejercicio consiste en la discusión; por eso la discusión es la verda­dera ley fundamental de las sociedades modernas y el único crisol en donde se se­paran, después de fundidas, las verdades de los errores.

Otros hay que ... buscan su salida en una transacción, aceptando de la religión y de la Iglesia ciertas cosas y desechando otras que estiman exageradas.  Estos tales son tanto más pe­ligrosos cuanto que toman cierto semblante de impar­cialidad propio para engañar y seducir a las gentes; con esto se hacen jueces del cam­po, obligan a comparecer delante de sí al error y a la verdad, y con falsa modera­ción buscan entre los dos no sé qué medio imposible. La verdad, esto es cierto, suele encontrarse y se encuentra en medio de los errores; pero entre la verdad y el error no hay medio ninguno; entre esos dos polos contrarios no hay nada sino un inmenso va­cío; tan lejos está de la ver­dad el que se pone en el va­cío como el que se pone en el error; en la verdad no está sino el que se abraza con ella.

Supuesta la inmaculada con­cepción del hombre, y con ella la belleza integral de la naturaleza humana, algunos se han preguntado a sí propios: ¿por qué, si nuestra razón es luminosa y nuestra voluntad recta y excelente, nuestras pasiones que están en noso­tros como nuestra voluntad y nuestra razón, no han de ser excelentísimas? Otros se preguntan: ¿por qué, si la discusión es buena como me­dio de llegar a la verdad, ha de haber cosas substraídas a su jurisdicción soberana?. Otros no atinan con la razón de por qué, en los anteriores supuestos, la libertad de pen­sar, de querer y de obrar no ha de ser absoluta. (...)

 Si un pavor religioso no me impidiera poner los ojos en esos tiempos formida­bles, no me sería difícil apo­yar en poderosas razones de analogía la opinión de que el gran imperio anticristiano será un colosal imperio de­magógico..."

 Juan Donoso Cortés (1809-1853) . Obras Completas, Tomo II. Carta al cardenal Fornari

22 abril 2013

Come già ti vedeva. Giuseppe Ungaretti


LA MADRE

E il cuore quando d'un ultimo battito
Avrà fatto cadere il muro d'ombra,
Per condurmi, Madre, sino al Signore,
Come una volta mi darai la mano.

In ginocchio, decisa,
Sarai una statua davanti all'Eterno,
Come già ti vedeva
Quando eri ancora in vita.

Alzerai tremante le vecchie braccia,
Come quando spirasti
Dicendo: Mio Dio, eccomi.

E solo quando m'avrà perdonato,
Ti verrà desiderio di guardarmi.

Ricorderai d'avermi atteso tanto,
E avrai negli occhi un rapido sospiro.


  ( "Sentimento del Tempo". 1930)

[Y cuando el corazón, con un último latido,/ Haya hecho caer el muro de sombra,/ Para conducirme, madre, hasta el Señor,/ Como entonces me darás la mano.
De rodillas, decidida,/ Serás una estatua delante del Eterno,/ Como ya te veía/ Cuando estabas todavía en vida.
Alzarás temblorosa los viejos brazos,/ Como cuando expiraste/ Diciendo: Dios mío, heme aquí.
Y sólo cuando me haya perdonado/ Te entrarán deseos de mirarme.
Recordarás lo mucho que me esperaste/ Y tendrás en los ojos un rápido suspiro.]


19 abril 2013

Lo acabado y lo inacabado

Oímos hablar de 'un trabajo acabado', 'una casa acabada', una labor o un cuadro 'acabados', y entendemos algo bueno, que el trabajo o la casa, la labor o el cuadro están completos, que no hay más que añadir.
Oímos hablar de  'una historia acabada' y  pensamos en una historia truncada, en una  historia infeliz.
Oímos hablar de 'un hombre acabado'  y sentimos lástima.

Y esto es lo que hay, lo acabado, lo que  no se acaba, lo finito y lo infinito,  la de cosas que sabemos sin saber que las sabemos... y una tarde bochornosa y  una pila inacabable de ropa por planchar.

11 abril 2013

El "correctivo" y el edificio. Kierkegaard (2.)


[Las críticas de Kierkegaard al luteranismo oficial, y a la iglesia de Copenhague en particular, siempre van dirigidas a lo que él consideraba sus arreglos con el mundo -o, mejor dicho, con la mundanidad-, tanto en su vertiente social como intelectual. Es decir, tanto a las pretensiones de identificar el cristianismo con el modus vivendi de la buena sociedad danesa, como a los intentos, personificados para Kierkegaard en el  teólogo y obispo Martensen, de compatibilizar la fe con "los vientos" hegelianos (*).
Kierkegaard, aunque nunca dejó de ser luterano, sostenía que el catolicismo, por su defensa del ascetismo, por su conocimiento del hombre más profundo y realista  (el hombre por lo general, más que un ser atormentado, es un tramposo) y por haberse librado de la práctica desaforada de la introspección y la interpretación subjetiva propias del luteranismo, es menos propenso a la contemporización con el mundo.]

(*) Los daneses tenemos un defecto que en la lengua danesa tiene una palabra que le corresponde: «windsluger» (tragavientos). Se emplea generalmente para los caballos, pero puede aplicarse también al hombre. Los alemanes producen el viento y los daneses se lo tragan; he aquí la relación en que se hallan desde hace mucho tiempo daneses y alemanes (Diario, 1854). 

Y a continuación proseguimos con el texto de la anterior entrada:

 ...  "Cuando el catolicismo degenera, ¿qué forma toma la corrupción? La respuesta es sencilla: gazmoñería hipócrita. Cuando el protestantismo degenera, ¿con qué clase de corrupción nos encontramos? La respuesta no es difícil: mundanalidad superficial. Sin embargo, ésta se mostrará con un refinamiento que no puede darse en el catolicismo. Pongámoslos uno frente a otro: la gazmoñería hipócrita y la mundanalidad superficial. Pero mantengo que, por añadidura, hay cierto refinamiento que no aparece en el catolicismo y que se debe a que el protestantismo se construye sobre una presunción. Ése es el refinamiento que quiero mostrar.

    Cojamos un ejemplo muy sencillo. Imaginemos a un prelado católico que es completamente mundano; naturalmente no hasta el extremo de que la ley pueda castigarlo o que la naturaleza misma se tome su venganza. No, pues es demasiado mundano para ser tan estúpido, no, todo está sagazmente calculado (y esto es precisamente lo más mundano de todo) para un disfrute sagaz y, a su vez, para el disfrute de esa sagacidad y, así, toda su vida consiste en el disfrute de todo placer posible de un modo insuperable para ningún epicúreo mundano. ¿Cómo lo juzgaria entonces un católico? Pues bien, supongo que diría (muy acertadamente): No me compete a mí juzgar al alto clero. Y, sin embargo, el católico se daría cuenta inmediatamente de que se trata de mundanidad. ¿Y por qué se daría cuenta enseguida?  Porque, simultáneamente, el católico ve expresado un lado completamente distinto del cristianismo, un hecho que el prelado tendrá que aceptar, pues a su lado camina un hombre que vive en la pobreza y, de este modo, el católico tiene la profunda sensación de que esto es más verdad que la manera de vivir del prelado que, desgraciadamente, no es más que pura mundanidad.

    Ahora imaginémonos, por otro lado, un país protestante, donde no hay ni rastro de catolicismo; donde la gente, hace mucho tiempo, ha aceptado la idea luterana, pero sin su premisa original; donde hace mucho tiempo que se han librado del ascetismo y el ayuno, de los monjes y los que predican el cristianismo en pobreza; y no sólo eso, sino que se han librado de todo ello a conciencia, como si fuera algo ridículo y estúpido, hasta el punto de que si apareciera una figura así, la gente se echaría a reír como si se tratara de una extraña bestia. Se han librado de ello como de una concepción inferior e imperfecta del cristianismo. Imaginémonos ahora en este país protestante a un prelado protestante que es el exacto homólogo del prelado católico. Entonces ¿qué? Pues que en este caso, el prelado protestante disfruta de un refinamiento en el placer, un refinamiento por el que al prelado católico se le haría la boca agua en vano, puesto que en todo el ambiente protestante no hay ni una sola alma viviente que tenga un sentido profundo de lo que significa renunciar al mundo (la suerte de devoción que tenía su parte de verdad aunque fue exagerada en la Edad Media), porque la religión del país está construida sobre el resultado del protestantismo (sin su premisa original), a saber, que la devoción no es más que el honesto disfrute de la vida (que sin duda es maravilloso cuando uno ha sido testigo del miedo, el temblor y la tribulación de Lutero). Así, el prelado protestante posee un refinamiento en el placer, a saber, el refinamiento que supone que sus contemporáneos consideren su disfrute mundano devoción. Mirad, se dicen sus contemporáneos entre ellos (y recordemos que en el catolicismo la situación era que uno le decía al otro: No lo consideremos ni nos mortifiquemos por ello, no es más que simple mundanidad), contemplemos al luterano franco, miradle con su sopa de tortuga, no hay nadie tan entendido como él, miradle en el banquete de ostras, mirad como sabe disfrutar de cada situación que se le presenta y cómo sabe velar astutamente por sus asuntos, así pues ¡admiremos al luterano franco! ¡Vuela alto, muy por encima del inferior e imperfecto ideal de ingresar en un monasterio, de ayunar, de predicar el cristianismo en pobreza, vuela alto por encima de todo ello, en libertad de espíritu y luteranismo franco! Lo noble no es abandonar el mundo, escapar de él, no, el luteranismo genuino es como el prelado, pues esto es devoción. Sus contemporáneos no lo soportan a regañadientes, ni se esfuerzan por ignorarlo, no, lo contemplan con admiración...

    Lutero estableció el más elevado principio espiritual: la introspección pura. Puede llegar a ser tan peligrosa que podemos hundirnos hasta el más bajo de los paganismos bajos (no obstante el más elevado y el más bajo son iguales)... Y así se se puede alcanzar un punto en el protestantismo en que la mundanidad sea venerada y altamente valorada como piedad. Y eso, tal como sostengo, no puede darse en el catolicismo.

   Pero ¿por qué no puede darse en el catolicismo? Porque el catolicismo sostiene la premisa universal según la cual nosotros, los hombres, somos unos granujas. ¿Y por qué se puede dar en el protestantismo? Porque el principio protestante está relacionado con una premisa en particular: un hombre que está angustiado por la muerte, temeroso, tembloroso y atribulado. Y de éstos no hay muchos en una misma generación."

El pensamiento vivo de Kierkegaard. Edición y Prólogo de W.H.Auden. Ediciones Duomo, 2012, traducc. Sofía Pascual,  pp.186-189.

09 abril 2013

El "correctivo" y el edificio. Kierkegaard (1)


 "¿Acaso el catolicismo y el protestantismo no están relacionados el uno con el otro como, por ejemplo -puede parecer extraordinario, pero en realidad es tremendamente físico-, un edificio que no se sostiene, con un contrafuerte que no puede sostenerse solo, aunque el todo que conforman sea incluso muy firme y seguro siempre que el edificio y el contrafuerte se mantengan unidos?  Dicho de otro modo, el protestantismo, el luteranismo, es realmente un correctivo y el resultado de haberlo convertido en regulador ha sido una gran confusión.
[...]
Intentemos desarrollar la idea de manera más clara. Fue después de que un yugo muy pesado hubiera oprimido a los hombres durante mucho tiempo, después de que fueran asustados con la muerte, el Juicio Final y el infierno de generación en generación, con ayunos y azotes, fue entonces cuando se rompió la cuerda. El hombre Lutero se fugó de la celda de un monasterio. Ahora bien, procuremos no separar lo que va junto, el primer y el segundo plano, procuremos no quedarnos con un paisaje sin segundo plano, sin trasfondo, no saquemos conclusiones que carezcan de todo sentido. Lo que Lutero osó hacer fue lo correcto dadas las circunstancias,  pues lo opuesto había sido falsamente exagerado. Entonces, decíamos que Lutero escapó del monasterio. Pero ésta no era realmente la mejor ocasión para contemplar con dulce sensatez cuánta verdad había en lo opuesto cuando no era exagerado. Lutero sabía que no estaba precisamente a salvo y, por lo tanto, era más bien una cuestión de aprovechar la ventaja ganada en la fuga para herir a lo opuesto lo más profundamente posible.

 Ahora veamos el orden de las cosas, tal como estaban cuando Lutero se escapó: estaban equivocadas. Eliminemos la suposicion necesaria para Lutero, y el luteranismo carecerá absolutamente de sentido.  Intentemos imaginar el ataque de Lutero contra lo que consideraba excesivo, en un estado de extrema tensión,  y que ese ataque se convierte en una especie de Resultado, hasta tal punto que desaparece la extrema tensión, y el luteranismo será un absoluto sinsentido. Imaginemos un país, aislado de cualquier influencia católica, al que este Resultado luterano ha sido llevado. Allí la generación actual nunca ha oído hablar de ese aspecto de la cuestión religiosa, expresado a través del monasterio, el ascetismo, etc. y que la Edad Media exageró; al contrario, es educada desde la infancia, suavizada desde la infancia con la idea luterana de calmar las conciencias intranquilas. Sin embargo, es importante señalar que no hay ni una sola alma cuya conciencia necesite ser calmada, ni lejanamente. Entonces ¿qué es el luteranismo? ¿Tiene sentido calmar la conciencia inquieta cuando la suposición "conciencias inquietas" simplemente no existe? ¿Acaso no pierde el luteranismo su sentido y, lo que es peor, no se convierte en un refinamiento que denotaría la diferencia entre la corrupción de un protestantismo degenerado y la de un catolicismo degenerado?

 Y eso es precisamente lo que pretendía mostrar, junto con el hecho de que el protestantismo no está hecho para sostenerse solo."
(Continuará)

El pensamiento vivo de Kierkegaard. Edición y prólogo de W.H.Auden. Ediciones Duomo, 2012, pp.184-186 (en ninguno de los textos seleccionados, titulados y agrupados según el criterio de Auden, se cita la obra de la que provienen. Éste, con el título "Catolicismo-Protestantismo", forma parte del capítulo 6: "Cristo, el tropiezo").
 [La obra de Auden, en tono académico y escrita por encargo,  es una presentación de las ideas centrales kierkegaardianas (lo existencial, el individuo, las tres categorías o estadios, el instante, la angustia, etc). Lo más personal del libro está en  la comparación de Kierkegaard con J.H.Newman, "ese otro gran predicador del S.XIX",  y en la selección en sí.  Auden, según la solapa del libro, nació en el seno de una familia anglocatólica de clase media.]

01 abril 2013

Aurora lucis rutilat: Él sale como esposo de su alcoba

 El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra.
 Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje.

 Allí le ha puesto su tienda al sol:
él sale como esposo de su alcoba,
contento como un héroe,
a recorrer su camino.
Asoma por un extremo del cielo,
y su órbita llega al otro extremo:
nada se libra de su calor.

... El estupendo salmo 18, cuya primera parte se acaba de proclamar, no sólo es una plegaria, en forma de himno, de singular intensidad; también es un canto poético al sol y a su irradiación sobre la faz de la tierra. En él el salmista se suma a la larga serie de cantores del antiguo Oriente Próximo...
Pero para el hombre de la Biblia hay una diferencia radical con respecto a estos himnos solares: el sol no es un dios, sino una criatura al servicio del único Dios y creador. Basta recordar las palabras del Génesis: «Dijo Dios: haya luceros en el firmamento celeste, para apartar el día de la noche, y valgan de señales para solemnidades, días y años; (...) Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche (...) y vio Dios que estaba bien» (Gn 1,14.16.18). [...]
Consideremos ahora la primera parte del salmo. Comienza con una admirable personificación de los cielos, que el autor sagrado presenta como testigos elocuentes de la obra creadora de Dios. En efecto, «proclaman», «pregonan» las maravillas de la obra divina. También el día y la noche son representados como mensajeros que transmiten la gran noticia de la creación. Se trata de un testimonio silencioso, pero que se escucha con fuerza, como una voz que recorre todo el cosmos. [...]
Luego el himno cede el paso al sol. El globo luminoso es descrito por el poeta inspirado como un héroe guerrero que sale del tálamo donde ha pasado la noche, es decir, sale del seno de las tinieblas y comienza su carrera incansable por el cielo (vv. 6-7). Se asemeja a un atleta que avanza incansable mientras todo nuestro planeta se encuentra envuelto por su calor irresistible.
Así pues, el sol, comparado a un esposo, a un héroe, a un campeón que, por orden de Dios, cada día debe realizar un trabajo, una conquista y una carrera en los espacios siderales. Y ahora el salmista señala al sol resplandeciente en el cielo, mientras toda la tierra se halla envuelta por su calor, el aire está inmóvil, ningún rincón del horizonte puede escapar de su luz.
La liturgia pascual cristiana recoge la imagen solar del salmo para describir el éxodo triunfante de Cristo de las tinieblas del sepulcro y su ingreso en la plenitud de la vida nueva de la resurrección. La liturgia bizantina canta en los Maitines del Sábado santo: «Como el sol brilla, después de la noche, radiante en su luminosidad renovada, así también tú, oh Verbo, resplandecerás con un nuevo fulgor cuando, después de la muerte, dejarás tu tálamo». Una oda (la primera) de los Maitines de Pascua vincula la revelación cósmica al acontecimiento pascual de Cristo: «Alégrese el cielo y goce la tierra, porque el universo entero, tanto el visible como el invisible, participa en esta fiesta: ha resucitado Cristo, nuestro gozo perenne».  Por último, otra (la cuarta) concluye: «Cristo, nuestra Pascua, se ha alzado desde la tumba como un sol de justicia, irradiando sobre todos nosotros el esplendor de su caridad».
La liturgia romana no es tan explícita como la oriental al comparar a Cristo con el sol. Sin embargo, describe las repercusiones cósmicas de su resurrección, cuando comienza su canto de Laudes en la mañana de Pascua con el famoso himno: «Aurora lucis rutilat, caelum resultat laudibus, mundus exsultans iubilat, gemens infernus ululat»: «La aurora resplandece de luz, el cielo exulta con cantos de alabanza, el mundo se llena de gozo, y el infierno gime con alaridos» (*)
Juan Pablo II. Catequesis sobre el Salmo 18A. Audiencia general del Miércoles 30 de enero de 2002

 (*) Se trata de un antiguo himno ambrosiano:
Aurora lucis rutilat/ Caelum resultat laudibus/ Mundus exsultans iubilat/ Gemens infernus ululat.
Cum rex ille fortissimus/ Mortis confractis viribus/ Pede conculcans tartara/ Solvit catena miseros.
Ille, quem clausum lapide/  Miles custodit acriter/  Triumphans pompa nobili/  Victor surgit de funere.
Inferni iam gemitibus/ Solutis et doloribus/ Quia surrexit Dominus/ Resplendens clamat angelus.
Esto perenne mentibus/ Paschale, Iesu, gaudium/ Et nos renatos gratie/ Tuis triumphis aggrega.
Iesu, tibi sit gloria/ Qui morte victa praenites/ Cum Patre et almo Spiritu/ In sempiterna saecula.
 


30 marzo 2013

Mother, still your tears

No es Pergolessi, ni Palestrina, ni Rossini...
Es Bruce Springsteen: Jesus was an only son.

20 marzo 2013

l’arte e la morte non va bene insieme?

Como no están las cosas para andar tirando nada, recupero la entrada con la Rima de Miguel Ángel  que acababa de colgar y borré cuando anunciaron la elección del nuevo Papa.

     La pregunta del título no tiene nada de retórica: es que lo pregunto; porque a mí me parecía, y me lo sigue pareciendo (aunque de sólo repetirme el verso, que es de los que se te quedan, empiezo a tener dudas), que el arte y la muerte tienen una relación muy estrecha.
     Sólo hay que mirar la primera Piedad de Miguel Ángel, tan idealizada y tan fríamente hermosa, en la que ni la muerte ni el dolor ni la piedad tienen presencia alguna -seguramente porque tampoco habían hecho su aparición en los escasos veintinco años de vida del autor,  y compararla con las dos siguientes: la Piedad florentina, medio siglo posterior, en la que bajo la capa de Nicodemo se introduce el propio Miguel Ángel -porque ya sabía de muerte, dolor y piedad-  para sujetar con sus manos el cuerpo de Cristo,  y la Piedad Rondanini, esculpida con un pie en el taller y el otro casi en la tumba: esas dos figuras fundidas, la muerta y la apenas viva, no se sabe quién sostiene a quién... esa Madre y ese Hijo inacabados que se clavan en el corazón.
    Y sin embargo ese mismo Miguel Ángel que se cuela en una Piedad y pasa sus últimos días martilleando en otra, es el que dice "l’arte e la morte non va bene insieme",  y por más vueltas que le doy no lo entiendo:  ¿Está la explicación en el mondo perduto del verso anterior? ¿Qué pasa, entonces, con l'alma acquista? ¿Pensaba que el arte tiene más de mundo que de alma? ¿Consideraba, quizá, que  la última de sus Piedades, Piedad de senectud y alma toda ella,  era inferior o menos hija del "arte" que la primera?
     No lo sé, pero diciéndolo Miguel Ángel  no puede ser una equivocación. No cabe la menor duda de que de arte siempre supo, y de muerte fue sabiendo:

283. Non può, Signor mie car, la fresca e verde
.
Non può, Signor mie car, la fresca e verde
età sentir, quant’a l’ultimo passo
si cangia gusto, amor, voglie e pensieri.
Più l’alma acquista ove più ’l mondo perde;
l’arte e la morte non va bene insieme:
che convien più che di me dunche speri?

Michelangelo Buonarroti- Rime.
Aquí las tenéis todas: http://www.letteraturaitaliana.net/pdf/Volume_4/t83.pdf

17 marzo 2013

Un icono vivo de Cristo

Aquí os dejo estas palabras sobre san Francisco, pronunciadas en la catequesis de la audiencia general del 27.1.2010  por nuestro orante y  retirado -nunca del recuerdo ni  de la lectura-  Benedicto XVI:

 [...] «Nacióle un sol al mundo». Con estas palabras, el sumo poeta italiano Dante Alighieri alude en la Divina Comedia (Paraíso, Canto XI) al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Francisco pertenecía a una familia rica -su padre era comerciante de telas- y vivió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de su tiempo. A los veinte años tomó parte en una campaña militar y lo hicieron prisionero. Enfermó y fue liberado. A su regreso a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual que lo llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había practicado hasta entonces.
Se remontan a este período los célebres episodios del encuentro con el leproso, al cual Francisco, bajando de su caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucifijo en la iglesita de San Damián. Cristo en la cruz tomó vida en tres ocasiones y le dijo: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas».

Este simple acontecimiento de escuchar la Palabra del Señor en la iglesia de San Damián esconde un simbolismo profundo. En su sentido inmediato san Francisco es llamado a reparar esta iglesita, pero el estado ruinoso de este edificio es símbolo de la situación dramática e inquietante de la Iglesia en aquel tiempo, con una fe superficial que no conforma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que conlleva también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos heréticos. Sin embargo, en el centro de esta Iglesia en ruinas está el Crucifijo y habla: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la iglesita de San Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar la Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor a Cristo. [...]

Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado «el hermano de Jesús». De hecho, este era su ideal: ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3)- encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales.

En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: «¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!» [...]
   
Del amor a Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de la fraternidad universal y el amor a la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. [...] Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. Él entiende la naturaleza como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y podemos hablar de Dios y con Dios. [...]

(El texto íntegro aquí. Y en él, otra cita de Bloy: No hay más tristeza que la de no ser santo)



13 marzo 2013

Francisco


«Iba una vez San Francisco con el hermano León, en tiempo de invierno, de Perusa a Santa María de los Angeles. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!, aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grandes ejemplos de santidad y de edificación, escribe y toma nota diligentemente: no está en eso la perfecta alegría.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco por segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos, y, lo que es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor llegase a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino hasta los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
 -- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!, aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de todas las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó con vigor:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegara a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, en el nombre de Dios te pido que me digas en qué está la perfecta alegría.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del convento, y llega malhumorado el portero y grita: "¿Quiénes sois vosotros?" Y nosotros le decimos: "Somos dos de vuestros hermanos". Y él vocifera: "¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!" Y no nos abre, y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien, y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí está la perfecta alegría. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como indeseables e inoportunos, gritando: "¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables! ¡Id al hospital de los leprosos, porque aquí no hay para vosotros comida ni hospedaje!" Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León, escribe que aquí sí está la perfecta alegría! Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, clamando y suplicando entre llantos, por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él, más enfurecido, dice: "¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido". Y sale fuera con un palo nudoso, y nos coge por el capucho, y nos tira por tierra, y nos zarandea en la nieve, y nos apalea con aquel palo nudoso; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de llevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí sí está la perfecta alegría.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo, que Dios concede a sus amigos, está el de vencerse el hombre a sí mismo y el de sobrellevar gustosamente, por amor a Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios. Por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y, si lo has recibido de El, ¿por qué te glorias como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro. Por eso dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gál 6,14).
A El sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén»
FRANCISCO DE ASIS. Las florecillas (Flor 8).

Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam
...qui sibi nomen imposuit Franciscum. 
[Acabo de oír con verdadera emoción el nombre escogido por nuestro nuevo Papa.  Sea  Dios por siempre bendito y alabado. Amén] 
 

07 marzo 2013

Un pruno florecido veo


En el minúsculo jardín a la entrada de mi casa, arrimado a la verja, hay un ciruelo. Un pruno, como dijeron en la junta de vecinos cuando discutían si podarlo o talarlo, hartos de que pusiera perdida la acera ("creí que era un almendro", le comenté a mi vecina. "Pero niña, ¿tú has visto alguna vez almendras rojas y despachurrás?" Temblé por él, se libró de la tala por dos votos).

Y sin embargo el primer año, el año en el que llegué a esta casa, ni me fijé en aquel árbol. Tenía asuntos más importantes,  no estaba para mirar árboles. Tampoco estaba, por lo que se ve, para mirar al suelo cuando por el mes de abril, como tiene por costumbre, el pruno lo alfombra de flores. Seguramente las pisé sin darme cuenta. Ni siquiera las ciruelas rojas, aplastadas sobre la acera al llegar el verano, me llamaron la atención. Estaba ocupada con otras historias.

Terminó el año y un verdadero asunto,  de esos que ocurren -no de los que se nos ocurren, sino de los que van en serio-, puso todos los demás en su sitio. Simplemente desaparecieron. Fue entonces, al salir una mañana,  cuando lo vi. Casi diría que se me plantó delante, como el que tropieza con otro adrede. Reventaba de flores diminutas y rosadas, aún recuerdo la impresión.

Cuenta el profeta Jeremías que, cuando Yahveh se le dirigió por vez primera, le preguntó: "Jeremías, ¿qué es lo que ves?" Jeremías,  asustado y falto de autoestima como todos los profetas, respondió: "Una vara de almendro veo". Entonces Yahveh le dijo: "Bien has visto", que es lo mismo que decir:  "pues ya me has entendido, deja de buscar excusas". Y es que la vara del almendro florece para los elegidos. Como floreció la de Aarón en el desierto, como la de san José entre las de los pretendientes. También el Buen Pastor lleva una vara con la que tranquiliza al rebaño en las cañadas oscuras.

 Para los profetas y los elegidos, Dios hace que florezcan  las varas desgajadas, las resecas. Para el resto hace florecer al almendro entero. Florecen los almendros y  a la vez los prunos, sus hermanos pobres, los que ensucian la acera. Para avisarnos de que la primavera se acerca y  crece la luz de nuevo,  para que año tras año nos vayan diciendo cosas,  cosas normales, nada extraordinario, cosas a veces olvidadas, como que no hay cañada oscura que eternamente dure.

Mi pruno por ejemplo,  aquella mañana en la que al fin lo vi, solamente dijo: "Ya era hora". Acto seguido me llenó de flores y me alegró la vida. Unos días antes, si Dios me hubiera preguntado: "C. ¿qué es lo que ves?", habría tenido que responder: "nada de nada veo". Incluso en ese momento, en el que entusiasmada con el descubrimiento lo tomé por un almendro, habría respondido mal. "Mal has visto", habría dicho Dios dejándome por imposible.  Sólo a la tercera, gracias a los propósitos salvajes  de mis vecinos, habría conseguido acertar: "un pruno florecido veo".

Al año siguiente floreció en plena nevada. Estuve en un cursillo todo el fin de semana y a la vuelta me lo encontré, blanquísimo y deslumbrante,  con las flores como ojitos bien abiertos asomando entre la nieve sin pestañear. "Obediencia" decía, aquí estamos aunque nieve, y era tanta su hermosura que asentí de corazón.

Un año más tarde, todo fragilidad bajo unas heladas de espanto, no dejaba de repetir: "resiste, resiste". Y otro después, una tarde de viento en la que las flores caían y giraban en remolinos a ras de suelo, más que decir, suspiraba: "desprendimiento". Hubo un año en el que no quise oírle: "déjame, que no quiero saber nada". Se calló, pero al llegar el verano, las ciruelas  pisoteadas, más abundantes que nunca, dejaban en la acera regueros de sangre.

Este año, cosa rara, parecía retrasarse. Cada día lo miraba buscando el primer brote. Entramos en marzo y nada. La semana pasada nevó y él seguía mudo. Empezaba a preocuparme cuando le oí susurrar: "Parezco muerto, pero no lo estoy. Trabajo en la sombra, no tengas miedo".  Hace un par de días, por fin,  ha estallado en flor.

13 febrero 2013

Polvo... y basura a espuertas. Léon Bloy

De los Diarios de Bloy. Noviembre 1912:

17 de noviembre.- He recibido en la comunión esto que a continuación escribo:
   Voy a comulgar. El sacerdote ha pronunciado las palabras terribles que la piedad carnal llama consoladoras: DOMINE, NON SUM DIGNUS... Jesús va a llegar, y sólo tengo un minuto para prepararme a recibirlo... Dentro de un minuto, Él entrará en mi casa.
     Yo no recuerdo haber barrido esta morada donde Él va a entrar como un rey o como un ladrón, pues no sé qué pensar de esta visita. (...)
     Echo en ella una mirada, una pobre mirada de espanto, y la veo llena de polvo y de basura. En toda ella hay como un hedor de putrefacción e inmundicias.
     No me atrevo a mirar en sus rincones sombríos. En los sitios menos oscuros advierto horribles manchas, antiguas o recientes, que me recuerdan que he masacrado a inocentes, ¡tantos! ¡y con tanta crueldad!
     Los muros están cubiertos de podredumbre y chorrean frías gotas; me hace pensar en las lágrimas de tantos desdichados que me han implorado en vano, ayer, anteayer, hace diez, veinte, cuarenta años...
     Pero, ¡alto!... Allá, delante de esa puerta descolorida, ¿qué monstruo es ese acuclillado que hasta ahora no había notado y que se asemeja al que alguna vez entreví en mi espejo? Parece dormir sobre esa trampa de bronce, cerrada y encadenada por mí con tantas precauciones para no oír el clamor de los muertos y sus quejosos Miserere.
     ¡Ah, verdaderamente hay que ser Dios para no temer entrar en semejante casa!
     ¡Y aquí está!!! ¿Cuál será mi actitud, y qué voy a decir o hacer? 
     Absolutamente nada.
     Aun antes de que Él haya traspuesto mi umbral, ya habré dejado de pensar en Él, ya no estaré ahí, habré desaparecido, no sé cómo; estaré infinitamente lejos, entre las imágenes de las criaturas.
     Él estará solo y Él mismo limpiará la casa, ayudado por su Madre, de quien pretendo ser esclavo y que es, en realidad, mi humilde sierva.
     Cuando Ellos hayan partido, el Uno y la Otra, a visitar otras cavernas, yo volveré y traeré otras inmundicias." 


Léon Bloy, Diarios 1892-1917:  El peregrino de lo Absoluto (1910-1912). Selección, revisión y notas: Hernán J. González, 2007.

* No sé si el libro está editado, lo encontré en la red el mismo 2007, cuando andaba descubriendo a Bloy, y me lo encuaderné con un gusanillo. No os puedo dejar un enlace porque ya no lo encuentro. La entrada que os he copiado, del 17.11.2012,  no figura entre las seleccionadas por Cristóbal Serra para los Diarios publicados poco después en la Editorial Acantilado.

23 enero 2013

Aunque no sea del todo así. Tolstói


Esto es de los diarios de Tolstói. Un poco forzado y geométrico, pero hay que tener en cuenta que por entonces tenía 23 años y ni siquiera llevaba barba, así que sólo es de Tolstói relativamente.  En lo que sí es de Tolstói absolutamente, y es en lo que más vale,  es en las preguntas que se plantea,  en todo ese bulle-bulle que las sostiene  y en las preguntas que nos provoca: ¿Por qué la música actúa en nosotros como el recuerdo?  ¿Por qué "sobre la facultad de imaginar los sentimientos"? ¿Por qué "de imaginarlos"?:
.
       "La pintura actúa sobre la facultad de imaginar la naturaleza y su dominio es el espacio. La música actúa sobre la facultad de imaginar los sentimientos y su dominio son la armonía y el tiempo. La poesía actúa sobre la facultad de imaginar lo uno y lo otro, es decir la realidad o las relaciones de nuestros sentimientos hacia la naturaleza. La etapa de transición de la pintura a la música es la danza. De la música a la poesía la canción.
      ¿Por qué los antiguos llamaban imitativa a la música? ¿Por qué no incorporar en cada modulación algún sentimiento? ¿Por qué la música actúa en nosotros como el recuerdo? ¿Por qué dependiendo de la edad y de la educación, los gustos difieren en música? La razón por la que la pintura es imitación de la naturaleza  está clara (aunque no sea del todo así); pero la razón por la que la música es imitación de nuestros sentimientos y cuál es la afinidad que existe entre un cambio de sonido y un sentimiento determinado, es imposible de decir.
      La naturaleza es materia para nuestros cinco sentidos, pero sentimientos tales como la desesperación, el amor, el entusiasmo, etcétera, y sus matices, no solamente no son materia para nuestros cinco sentidos, sino que ni siquiera dependen de la razón. La música, frente a la poesía, tiene incluso la ventaja de que su imitación de los sentimientos es más completa, pero no tiene la claridad que le es propia a la poesía."

Lev Tolstói. Diarios (1847-1894). Apunte del 29 de noviembre de 1851.

22 enero 2013

Un rato al sol

Probablemente lo conocéis y este tipo de "sorpresas" está ya muy visto, pero aun así me ha encantado (Gracias, Ana). La sonrisa de los dos o tres que no estaban en el ajo, el momento de alegría entre tanto nubarrón...
Cantar es la octava obra de misericordia (o la novena, que la octava según EGM es hacerse el loco).  Por cierto, antes, en las casas o por los patios, era normal oír canturrear, tararear, silbar. ¿Os habéis dado cuenta de lo poco que cantamos ahora?



http://www.cadenaser.com/sociedad/video/carne-cruda-flashmob-oficina-empleo/csrcsrpor/20130108csrcsrsoc_1/Ves

25 diciembre 2012

Verdad y Belleza

De la mano de Jacques Brel,  recitando que parte el alma,  os deseo a todos una hermosa y muy feliz Navidad. 

  http://www.youtube.com/watch?v=wbt4-Tuid1s

Dites, dites, si c'était vrai,
S'il était né vraiment à Bethléem, dans une étable;
Dites, si c'était vrai,
Si les rois Mages étaient vraiment venus de loin, de très loin,
Pour lui porter l'or, la myrrhe, l'encens;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai tout ce qu'ils ont écrit Luc, Matthieu
Et les deux autres;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai le coup des Noces de Cana,
Et le coup de Lazare;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai ce qu'ils racontent les petits enfants,
Le soir avant d'aller dormir,
Vous savez bien, quand ils disent Notre Père, quand ils disent Notre Mère;
Si c'était vrai tout cela,
Je dirais oui.
Oh, sûrement je dirais oui,
Parce que c'est tellement beau tout cela
Quand on croit que c'est vrai.