31 enero 2011

Nadie sabe que dicen la verdad

" ... Aquí se toma a veces como postre compota de manzanas en puré, sin ninguna mezcla, como nosotros.

Las mezclas se llaman fruit fool. Es un poco de compota de frutas en puré, mezclada con muchas custards (químicas) o gelatina, o con otra cosa. El nombre es delicioso.

Pero estos fools no son como los de Shakespeare. Mienten, haciendo creer que son fruta, mientras que en Sh. los locos son los únicos personajes que dicen la verdad.
Cuando vi aquí Lear, me pregunté cómo es que desde hacía tiempo no había saltado a la vista de la gente (yo incluida) el carácter intolerablemente trágico de esos locos. Su dimensión trágica no consiste en las cosas sentimentales que se dice respecto a ellos; sino en esto:

En este mundo sólo los seres caídos en el último grado de la humillación, muy por debajo de la mendicidad, no sólo sin consideración social, sino mirados por todos como desprovistos de la primera dignidad humana, la razón - sólo ellos tienen de hecho la posibilidad de decir la verdad. Todos los otros mienten.

En Lear es chocante. Incluso Kent y Cordelia atenúan, mitigan, edulcoran, le ponen un velo a la verdad, andan con rodeos, mientras no están forzados de decirla o de mentir lisa y llanamente.

No sé lo que pasa con las demás obras que ni he visto ni he releído aquí (a excepción de 12th Night). Darling M., si releyeras un poco a Sh. con esta idea, encontrarías quizá aspectos nuevos.

El extremo de lo trágico es que, como los locos no tienen ni título de profesor ni mitra de obispo, y como nadie piensa que haya que prestar atención al sentido de sus palabras -estando todos, por adelantado, seguros de lo contrario, puesto que se trata de locos-, su expresión de la verdad ni siquiera es escuchada. Nadie, incluidos los lectores y espectadores de Sh. desde hace cuatro siglos, sabe que dicen la verdad. No verdades satíricas o humorísticas, sino simplemente la verdad. Verdades puras, sin mezcla, luminosas, profundas, esenciales.

¿Es ese también el secreto de los locos de Velázquez? La tristeza de sus ojos ¿es la amargura de poseer la verdad, de tener, al precio de una degradación sin nombre, la posibilidad de decirla, y de no ser escuchados por nadie? (excepto Velázquez). Valdría la pena volverlos a ver con este interrogante.

Darling M., ¿sientes la afinidad, la analogía esencial entre esos locos y yo -a pesar de la Escuela, la cátedra y los elogios a mi "inteligencia"? [...] Es bien sabido que una gran inteligencia es a menudo paradójica y a veces disparata un poco... Los elogios de la mía tienen como finalidad evitar la pregunta: "¿Dice la verdad o no?". Mi reputación de "inteligencia" es el equivalente práctico de la etiqueta de locos de esos locos. ¡Cuánto más me gustaría su etiqueta! "


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SIMONE WEIL, Escritos de Londres y últimas cartas (Carta a sus padres del 4 de agosto de 1943), Madrid, 2000, Editorial Trotta, Traducción de Maite Larrauri.

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[Hace unos días tuve la oportunidad de asistir en el Museo del Prado a la presentación del último libro del escritor Santiago Miralles: Velázquez y Rubens, conversación en el Escorial, publicado por la editorial Turner. La presentación se abrió con la escenificación de uno de los diálogos que podrían haber sostenido los dos pintores a lo largo de los nueve meses que Rubens pasó en Madrid, corriendo el año 1628, en su doble calidad de diplomático y solicitadísimo pintor. Una conversación entre dos pintores de diferente edad, diferente status y, sobre todo, diferente visión del mundo, con el telón de fondo de la Historia, de la vida en la corte de FelipeIV y del Madrid de aquellos años (el mismo de Lope, Quevedo, Calderón... una conjunción comparable a la de la Atenas de Pericles, apuntó Santiago Miralles), que vale por varios tomos de Historia y dos buenas y voluminosas biografías de los dos pintores puestos frente a frente, como bien dijeron en la presentación. Impresiona escuchar a quienes sólo estamos habituados a ver - y a ver no "a ellos", sino "desde ellos". Fue como caer de repente en la cuenta de que los dueños de esos ojos y esas manos en vida también hablaban. Todavía con el eco de las palabras de los dos pintores, palabras en las que Rubens recrimina a Velázquez su afición a los asuntos menores, como pintar bufones y gentecilla, y le recomienda tratar temas más elevados, cojo anoche mi librito nuevo de S.Weil, como quien vuelve a la patria, y me encuentro estas consideraciones sobre "los locos" de Velázquez en la penúltima carta que dirige a sus padres, ocultando su grave enfermedad, pocos días antes de morir. Aquí van, pues, dedicadas a Santiago Miralles, que hace hablar con amor a Velázquez de sus bufones.]

27 enero 2011

Corazón que no siente, ojos que no ven

"Ojos que no ven, corazón que no siente", dice el refrán. Tal como suele usarse, referido a la visión fisica, obviamente es un refrán absurdo: los ciegos no sentirían, seríamos incapaces de amar en la distancia, dejaríamos de preocuparnos por todo lo que no tenemos delante... Todos sabemos que no es así, y que el que así lo utiliza, no dice nada bueno de sí mismo.
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Referido a los ojos del alma, sí que es cierto. Pero ¿por qué no ven los ojos del alma? ¿No será porque el corazón no siente de antemano? ¿No sería más propio decir entonces: corazón que no siente, ojos que no ven..., corazón que sigue sin sentir, y un largo etc. sin remedio?
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Y sin embargo, se aprende a ver. Ya lo decía Rilke: "aprendo a ver". No sé cómo se aprende, ni si hay una escuela de ver, ni si se puede mandar al corazón a la escuela... No sé cómo, pero sí que se aprende. Y también que se olvida, aunque eso Rilke no lo dijera nunca: 'me olvido de ver'. El corazón se vuelve indiferente, deja de ver, es otra de las cosas que sabemos todos. Por eso la clásica pregunta '¿Cómo no lo ve?', o '¿Cómo no lo vi'?', que tantas veces nos hacemos, no conduce a ninguna parte. La pregunta no debe apuntar a la vista, nunca es cuestión de dioptrías o de falta de focos.

Hay días cansados, pesados como el plomo -aprender es un esfuerzo, eso tampoco lo dijo Rilke pero se entiende, todo lo que se aprende cuesta-, en los que siento lo fácil que sería olvidarse. Y me imagino a un montañero bajo un alud de nieve. Todos los que sobreviven cuentan lo fácil que es amodorrarse, ir cediendo al hielo, rendirse al sueño fatal. El corazón puede morir así, congelado, sonriente. Y con los ojos pasa lo mismo, se habitúan con facilidad, insensiblemente, a la falta de luz. Como cuando, metidos en un libro, no nos damos cuenta de que anochece, y sólo al acercarse alguien que enciende una lámpara, advertimos que estábamos a oscuras. Entonces, cuando me entra el vértigo de lo fácil que sería, me acuerdo de Bartimeo.
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De todos los milagros de Cristo, el que más me ha conmovido siempre, más aún que el de la pobre hemorroísa "impura" que sale corriendo después de rozarle el manto, tan conmovedor; más que el del paralítico de la piscina que nunca llega a tiempo de meterse en el agua; más que la resurrección de Lázaro, conmovedor por las lágrimas, porque al lado de la resurrección eterna -que esa sí que conmueve- la otra fue sólo para un rato; el que más de todos, digo, siempre ha sido el de Bartimeo, el ciego que lo llamaba a gritos. Me conmueve la pregunta de Cristo: "¿Qué quieres que haga por ti?", como haciéndose el tonto, que todos pensarían "qué cosas tiene, pues qué va a querer". Y también la respuesta: "Que vea, Señor, que vea". Así de simple, así de honda, así de para siempre y para todos.
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Cuando pienso en el alud, o en la noche cayendo sobre el libro, me parece escuchar un suave: “¿Qué puedo hacer por ti?”. Me conmueve que se siga haciendo el tonto.

21 enero 2011

Como la tierra al sol

En el metro, en la estación de principe de Vergara, junto a las escaleras mecánicas, hay un hombre que todas las mañanas se sienta a cantar canciones de amor. Tiene un ipod conectado a un altavoz en el que selecciona las canciones, mirando la pantallita y moviendo una rueda con mucha concentración, como si no valiera cualquiera, como si cada momento requiriese una y solamente una; y cuando encuentra la necesaria, conecta, se yergue, se desparraman los primeros acordes por los andenes y las escaleras, y empieza. Lo hace tan bien, con un porte tan digno y señorial, y con una distancia, casi diría conmiseración, mientras canta y nos observa correr y transbordar y subir y bajar, que da apuro acercarse a dejarle algo en el platillo. Es él quien parece que nos lo deja. A veces la canción se me queda pegada y me paso todo el día canturreándola, todo el día con el gato que está triste y azul, o con el millón de amigos. No hace falta decir que tiene predilección por Roberto Carlos.
Esta mañana estaba cantando esa canción de Perales que dice "cada vez que te beso me sabe a poco...", y mientras las escaleras nos subían a todos bien apiñados, atacó el estribillo : "Te quiero, te quiero... ". Y ahí, al oírselo cantar, al empezar a seguirle para mis adentros, me di cuenta. Sentí, oyéndole pronunciarlo, que lo que él decía no era lo mismo que lo que canturreaba yo. Que había una diferencia inevitable. Que el "te quiero" del hombre dice algo distinto del "te quiero" de la mujer. Cuando el hombre dice "te quiero", está diciendo "te quiero para mí" -ahí estaba, ese punto de ansia, ese requerimiento urgente en la voz del cantante. Cuando es una mujer, lo que está diciendo es "aquí estoy para ti". Eso se canta de otro modo. Al llegar arriba, terminaba el estribillo: "...como la tierra al sol". Justo. Más claro, agua.
Que esa canción la ha escrito un hombre, es evidente. La mujer no quiere como la tierra al sol, las mujeres quieren como el sol a la tierra.

11 enero 2011

Ya se van los Reyes

Como os conté cuando empezaba el adviento, en casa de mis padres, según la tradición paterna, los regalos de Navidad los traía el Niño Jesús la noche del 24 de diciembre. Eso tenía dos grandes ventajas: la primera, que los recibíamos antes; la segunda y más importante, de índole teológica podría decirse, que nunca teníamos miedo de que nos trajera carbón o tuviera en cuenta cómo nos habíamos portado. Los Reyes llevan regalos a quien se los merece, por eso viajaron hasta Belén, y al rey Herodes, a pesar de su rango, no consta que le dejaran ni un souvenir; pero el Niño Jesús no hacía distinciones, no juzgaba -nunca juzgó. Venía para todos, incluso venía más para los malos, no había que asustarse. Mis padres nunca nos dijeron eso de "si no te portas bien, el Niño Jesús no te traerá nada", no podían (véase Jn 12:47). Es cierto que tampoco nos lo dijeron con los regalos de Reyes, que siempre caía alguna otra cosa, unas pinturas o un cuento y unos guantes o una bufanda. Y sin embargo, por alguna razón, cuando el 6 de enero nos despertabamos al grito de los vecinos de abajo "Luisitooo, han venido los Reyes", siempre tenía el temor de que hubieran pasado de largo, o de encontrarme el pedazo de carbón. Es largo de explicar, creo que la generosidad sin llevar cuentas del Niño Jesús me afinaba la conciencia y me desarmaba, y empezaban a pesarme las peleas con mi hermana, las trolas de todo el año y hasta el desorden de mi estantería. Para cuando llegaban los Reyes era todo contrición, habría aceptado sin rechistar el pedrusco.
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Esas cosas dejan huella, sigo teniendo aprensión a levantarme y no encontrar nada, y más ahora con tanta crisis y los bolsillos vacíos. Por eso la víspera de Reyes fui a Pasajes y me agencié un par de libritos de Bobin, por si acaso, más que nada por disimular. Llegó el día de Reyes y además de los Bobin, me encontré un ramo de flores blancas, verdes y amarillas de Melchor, con un vale en el que se promete su reposición, una vez por Gaspar y otra por Baltasar (qué bien, todo un mes y pico de flores, qué Magos tan detallosos y ocurrentes), un CD de Sprigsteen con canciones de Pete Seeger al que le tenía muchas ganas (¡O Mary Don't You Weep! Qué gozada y qué listos son los Reyes), un perfume muy oh-là-là que huele a azahar, y al señor Søren Kierkegaard [¿cómo se hará para escribir la 'o' cruzada? -Gracias, Ángel, corregido-] por partida doble: O lo uno o lo otro, y Entweder- Oder, para que vaya al uno y al otro y aprenda alemán aunque sea con un danés (pero qué gentiles y sabios son). Tengo que frenar las ganas de leerlo de corrido en español y a veces hago trampa, pero me encanta el sistema y se aprenden palabros curiosísimos. También los dos Bobin: L'inespérée y La part manquante parecen geniales.
Qué generosos y majos, qué buenos son los Reyes, y yo pensando que pasarían de largo... Ya me tienen hecha polvo.

Tres condiciones para ser feliz

Terminadas las vacaciones, vuelve la vida ordinaria (que bendita sea) y vuelvo yo al trabajo. Casi todos andan recién aterrizados, así que, al cruzarnos por los pasillos, todavía nos deseamos feliz año, esta vez con abundantes coletillas del tipo "uff", "no sé yo", "a ver qué nos depara", y alguna que otra expresión más fuerte.
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Encima de la mesa me encuentro una agenda 2011 la mar de estilosa, con su nuevo anagrama de diseño -el diseño que no falte- y gomita a lo Moleskine, y un taco de sobremesa. Qué detalle.
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Al cambiarlo por el del año pasado, echo un ojo a las anotaciones y me encuentro cosas como:
18 de marzo -"lira-lirio-cigarra. Tallo/piernas débiles-cabeza inclinada-vibran/voz estridente-Titón". Y en la cara de al lado: "Alceo: báñate las costillas en vino,/ que ya vuelve la estrella y es penosa la época,/ y todo está sediento y con ardor, /y suena el son de la cigarra en el follaje; /con sus alas derrama su fuerte/ y continua canción en el verano ardiente... ahora son mucho más pesadas/ las mujeres y débiles los hombres, /porque Sirio abrasa su cabeza y seca sus rodillas...". [Sí, los lirios del campo leí no sé dónde que suenan, debe de ser una maravilla oírlos. Y está bien eso de que ya vuelve la estrella y es penosa la época, incluso lo del vino... pero ¿tan cargante le parecía el verano?]
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O bien: 24 de junio- "S.Juan de la Cruz. Avisos. 34: La perfección no está en las virtudes que el alma conoce de sí, mas consiste en las que nuestro Señor ve en el alma, la cual es carta cerrada, y así no tiene de qué presumir, mas estar el pecho por tierra acerca de sí". [Esto sí que me convence: cartas cerradas, como le gustaba recordar a Ernestina: No sé hablar de esas cosas que se han puesto de moda,/ basura en las esquinas y vómitos de perro ... Por eso te dedico estas cartas cerradas /que Tú has leído ya infinidad de veces. ]
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O bien esta idea rara de Virginia Woolf: 14 de octubre. "El deseo de leer, como todos los demás deseos que distraen nuestras almas infelices, puede ser analizado". [Pues qué quieres que te diga, como que casi mejor dejarlo sin analizar.]
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Todo ello entremezclado con anotaciones de trabajo -que son las más, a ver qué os vais a pensar- y con otros apuntes peregrinos (dentistas, conferencias, ojoaquí-ojoallá-acuérdate-acuérdate...). Antes de tirar el taco con el año viejo a la papelera, y mientras me hago el firme propósito de dispersarme menos en este, me llama la atención una de las citas con las que el propio calendario nos obsequia cada día, que aparece muy redondeada y flechada en rojo. La cita, del 5 de abril, es de Flaubert y dice: "Tres condiciones se requieren para llegar a ser feliz: ser imbécil, ser egoísta y gozar de buena salud. Pero bien entendido, si os falta la primera condición todo está perdido". Caray cómo se las gastaba el tipo, y qué mal día tendría yo para subrayarlo nada menos que en rojo... Y a ver qué cara se me pone ahora cuando vuelva a cruzarme con alguien que me desee feliz año y me acuerde de la primera de las condiciones.
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Por la misma razón no me atrevo a deciros nada para el recién comenzado 2011, pero sí que os deseo, con permiso de Flaubert, muchos buenos ratos. Y si en alguno de ellos os volvéis un poco imbéciles, pues enhorabuena, que tampoco pasa nada, disfrutadlo mientras podáis y os dejen.