25 diciembre 2011

Navidad. Entre Brahms y Lope

Hoy,  para celebrar la Navidad, Brahms y Lope de Vega, los dos mano a mano.
Se trata del Geistliches Wiegenlied, también conocido como Canción de cuna espiritual (aunque más bien debería decirse sacra, aquí geistliches sólo indica que no es una canción de cuna profana).
La música, según parece, la compuso Brahms para corresponder a sus amigos, el violinista Joseph Joachim y su mujer, la mezzosoprano A.Schneeweiss, que habían puesto a su primer hijo el nombre de Johannes en honor del músico. El texto lo tomó del Spanisches Liederbuch, o Libro de canciones españolas, de  Emanuel von Geibel, y es la traducción alemana del  Pues andáis en las palmas de Lope de Vega. 

La pieza, para mezzo, viola y piano, contiene, además, un guiño dedicado al nombre de su amigo en las notas que repite la viola, tomadas del villancico Joseph, lieber Joseph mein , una preciosidad de villancico tradicional en el que la Virgen le pide a san José que le ayude a mecer  al Niño. Villancico tradicional, por cierto, en el que también se basará esta  joya de Max Reger, el Maria Wiegenlied  (en el enlace una de las interpretaciones más bonitas de las que que andan por youtube, que es la de la Escolanía del Escorial: delicada, sin alardes, como tiene que ser, con sentimiento y dulzura  que estamos durmiendo al Niño). 

 Aquí tenéis el Geistliches Wiegenlied - Op. 91, nº 2 de Brahms. Más abajo, el poema original de Lope de Vega  y, a continuación, la traducción alemana de von Geibel (con su retraducción al español). Patéticas y benditas traducciones que, con todo, permitieron el encuentro del tierno Lope y el fiero Brahms (tan fiero y tan atento que, según cuentan, antes de abandonar cualquier reunión pedía disculpas  por si le había quedado alguien por insultar) :


Pues andáis en las palmas
Pues andáis en las palmas,/ángeles santos, /que se duerme mi Niño,/ tened los ramos .// 
Palmas de Belén/ que mueven airados/ los furiosos vientos/ que suenan tanto;/ no le hagáis ruïdo, /corred más paso./ Que se duerme mi Niño,/ tened los ramos.//
El Niño divino/ que está cansado/ de llorar en la tierra/ por su descanso,/ sosegaros quiere un poco/ del tierno llanto./ Que se duerme mi Niño,/ tened los ramos. //
Rigurosos hielos/ le están cercando;/ ya veis que no tengo/ con qué guardarlo./ Ángeles divinos/ que vais volando,/ que se duerme mi Niño,/ tened los ramos. 

Traducc. E. Geibel.- Spanisches Liederbuch
Die ihr schwebet  .......................Vosotros que revoloteáis
Um diese Palmen........................en torno a estas palmas
In Nacht und Wind, ....................en la noche y en el viento,
Ihr heilgen Engel, ........................ángeles santos,
Stillet die Wipfel!........................ ¡aquietad sus copas!
Es schlummert mein Kind.............Mi Niño está durmiendo.

Ihr Palmen von Bethlehem......... Palmas de Belén
Im Windesbrausen,.................... en el rugiente viento,
Wie mögt ihr heute ....................¡cómo podéis hoy
So zornig sausen! .......................azotar con tanta furia!
O rauscht nicht also!.................. ¡Oh, no hagáis tanto ruido!
Schweiget, neiget....................... Callaos, inclinaos
Euch leis und lind; .....................suave y silenciosamente;
Stillet die Wipfel! ......................¡aquietad las copas!
Es schlummert mein Kind...........Mi Niño está durmiendo.

Der Himmelsknabe.....................El Niño del cielo
Duldet Beschwerde,.................. soporta el sufrimiento,
Ach, wie so müd er ward............Ay, qué fatigado se siente
Vom Leid der Erde.....................del dolor de la tierra!
Ach, nun im Schlaf ihm................Ay, ahora en el sueño,
Leise gesänftigt.......................... suavemente sosegado,
Die Qual zerrinnt, ..................... apaciguad su tormento,
Stillet die Wipfel! ....................-.¡aquietad las copas!
Es schlummert mein Kind.......... Mi Niño está durmiendo.

Grimmige Kälte.........................El  frío penetrante
Sauset hernieder,....................... caerá enseguida,
Womit nur deck ich ...................¿con qué podré tapar
Des Kindleins Glieder!.............. el cuerpecito del Niño?
O all ihr Engel,............................Oh, ángeles todos
Die ihr geflügelt......................... que con vuestras alas
Wandelt im Wind,..................... camináis por el viento,
Stillet die Wipfel!.......................¡aquietad las copas!
Es schlummert mein Kind.........  Mi Niño está durmiendo.

Aprovecho ya, todo de una,  para desearos un feliz 2012.

10 diciembre 2011

Simone Weil. Autobiografía espiritual (1)

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"En 1938 pasé diez días en Solesmes, del domingo de Ramos al martes de Pascua, siguiendo todos los oficios. Tenía intensos dolores de cabeza, cada sonido me dolía como un golpe, y únicamente un esfuerzo de atención extremo me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, ovillada en su rincón, y encontrar un a alegría pura y perfecta en la inaudita belleza del canto y de las palabras. Esa experiencia me permitió, por analogía, comprender mejor la posibilidad de amar el amor divino a través de la desdicha. Sobra decir que a lo largo de esos oficios el pensamiento de la Pasión de Cristo se introdujo en mí de una vez por todas.

Había allí un joven católico inglés que, por vez primera, me hizo considerar la idea de una fuerza sobrenatural en los sacramentos, por el brillo verdaderamente angélico del que aparecía revestido después de haber comulgado. El azar, pues prefiero decir azar que Providencia, hizo de él, para mí, verdaderamente un mensajero, pues fue quien me dio a conocer la existencia de esos poetas ingleses del siglo XVII llamados metafísicos. Más tarde, leyéndolos, descubrí el poema del que le leí una traducción por desgracia muy insatisfactoria, aquel titulado Amor. Me lo aprendí de memoria. A menudo, en el momento culminante de las crisis violentas de dolor de cabeza, me aplicaba en recitarlo, concentrando en él toda mi atención y adhiriéndome con toda el alma a la ternura que encierra. Creía recitarlo sólo como un hermoso poema, pero, sin yo saberlo, esa recitación tenía la virtud de una plegaria. Fue en el curso de una de esas recitaciones, cuando, tal como le escribí, Cristo mismo descendió y me tomó.

En mis razonamientos sobre la insolubilidad del problema de Dios, nunca había previsto esa posibilidad, la de un contacto real, de persona a persona, aquí abajo, entre un ser humano y Dios. Había oído vagamente hablar de ese género de cosas, pero nunca creí en ellas. En las Florecillas, las historias de apariciones, más que nada, me fastidiaban, igual que los milagros del Evangelio. Por otra parte, en ese repentino ser tomada por Cristo, ni los sentidos ni la imaginación tuvieron parte alguna, solamente he sentido la presencia, a través del sufrimiento, de un amor análogo al que se lee en la sonrisa de un rostro amado.

Nunca había leído a los místicos, porque jamás sentí nada que me ordenara leerlos. En las lecturas también me he esforzado siempre en practicar la obediencia. No hay nada más favorable al progreso intelectual. Por tanto, en la medida de lo posible, no leo más que aquello de lo que tengo hambre, en el momento en el que tengo el hambre, y así no leo, sino que como. Dios me había impedido misericordiosamente leer a los místicos, a fin de que me fuera evidente que ese contacto absolutamente inesperado no había sido fabricado por mí.

Sin embargo, seguí rehusando a medias, no mi amor, pero sí mi inteligencia. Pues me parecía cierto, y aún lo creo hoy, que nunca se le hará demasiada resistencia a Dios si se hace por pura preocupación por la verdad. Cristo ama que se prefiera la verdad, pues antes de ser Cristo, es la verdad. Si uno se aleja de él para ir hacia la verdad, no hará un largo camino sin caer en sus brazos. "

Simone Weil, Attente de Dieu (1942)- Lettre IV-Autobiographie spirituelle, pg.36-38.
[Se trata de la larga carta dirigida al Padre Perrin desde Marsella, a punto de embarcar, y , tal como le dice, con el pensamiento de su probable muerte. En ella relata la historia de su vida espiritual, por parecerle -siempre en las antípodas de la vanidad- no tener derecho a guardar silencio sobre esas cosas que se refieren a Dios, en las que ella no cuenta para nada: il me semble que je n'ai pas le droit de taire ces choses. Car après tout, dans tout cela il ne s'agit pas de moi. Il ne s'agit que de Dieu. Je n'y suis vraiment pour rien. ]


*El texto original está disponible en Les Classiques des sciences sociales

07 diciembre 2011

ANTOLOGIA PERSONAL, de José Cereijo. Presentación por Jaime García-Máiquez

El pasado viernes 25 de noviembre se presentó en el Ateneo de Madrid el último libro de José Cereijo: Antología personal (Editorial Polibea), una selección de autor, como el título indica, en la que se reunen poemas y algún relato breve, espigados entre los que componen su obra publicada hasta el momento: Límites (1994- Talavera de la Reina, Colecc.Melibea); Las trampas del tiempo (1999- Edic.Hiperión); La amistad silenciosa de la luna (2003-Edit. Pre-Textos); Música para sueños (2007 -Edit.Pre-Textos); y Apariencias (2005-Edit.Renacimiento). Todos ellos poemarios, a excepción del último, que es un libro de relatos.
La Antología incluye unas Palabras preliminares de Enrique García-Máiquez, buen conocedor del poeta y de su poesía, y una pequeña introducción del propio autor.
Ofició como presentador del acto el hermano del prologuista, y también poeta, Jaime García-Máiquez, de recién estrenada paternidad. Vaya para todos mi más cordial enhorabuena.
Aunque sentí muchísimo no poder asistir y celebrar con ellos los felices acontecimientos, José Cereijo ha tenido la amabilidad de enviarme el texto de la magnífica presentación . Aquí os lo dejo:

ANTOLOGIA PERSONAL de José Cereijo. Presentación por Jaime García-Máiquez

"Hoy he venido para presentar a José Cereijo, lo que es un placer por partida doble: es amigo mío y es un poeta que admiro desde hace ya muchos años. Lo que quiero decir de él, con motivo de esta antología son tres cosas, que voy a dividir en grupos compactos de ideas con un título cada uno:

En primer lugar LA FORMA

Mi hermano Enrique ya ha dicho en el prólogo de esta Antología, que Cereijo escribe como se habla (vieja propuesta de Juan Valdés: El estilo que tengo me es natural y sin afectación ninguna. Escribo como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que signifiquen bien lo que quiero decir, y dígolo cuanto más llanamente me es posible, porque, a mi parecer, en ninguna lengua está bien la afectación., y ha matizado, además, algo que es importante: Cereijo escribe como habla; como habla él. Porque si escribiera como se habla ahora, mal andaríamos. Su voz grave, honda, hermosa, lo ajustado de sus afirmaciones, lo exacto de sus comentarios… parecen la encarnación misma de algunos de sus poemas.

La aspiración de escribir cómo se hablaba en el siglo XX venía con razón de la necesidad de dotar de naturalidad un lenguaje literario decimonónico, rancio … Algo que, a través de Laforgue, vino a hacer en España con gracia Manuel Machado, y luego con ironía Jaime Gil de Biedma, y luego con dos o tres copitas encima la mayor parte de la poesía de la experiencia. Los poetas del realismo sucio de los últimos años han venido a demostrar que esa vertiente de la poesía, si no agotada, venía a ser un poco agotadora para el lector que buscaba en la poesía algo más que expresividad; para el lector que buscara la antigua emoción de unas cuantas palabras verdaderas.

La anti-retórica de escribir como se habla, hoy se ha vuelto –paradójicamente- un recurso artificioso del que el lector avisado desconfía. De ahí que la forma en la poesía de José Cereijo –versos claros, sencillos, clásicos, trabajados con arte, con… artesanía, solidificado con el adobe de las palabras comunes- nos resulte (me resulte a mí, al menos) sorprendentemente idóneas y actuales para la creación de un nuevo vínculo entre el poeta y el lector actual, de confianza y de respeto, de solemnidad y emoción.

Lo que quiero decir, es que el clasicismo en la forma de escribir de Cereijo es hoy (aunque pueda parecer todo lo contrario) una novedad casi desafiante, que crece hacia el futuro hundiendo sus raíces en lo más claro que la tradición nos puede ofrecer en cuanto a la retórica.

En segundo lugar EL TONO

El tono de la poesía de José Cereijo tiene la musicalidad de un himno. El himno según el diccionario (y según Wikipedia) viene a ser un canto celebrativo, y uno se pregunta qué es lo que viene a celebrar nuestro poeta en estos versos.

Yo creo que celebra la elegía, que no es sólo una forma literaria para él, sino más bien una manera de entender el mundo, una manera de celebrar –y le cito a él textualmente: la gloria incomparable de estar vivo. Pero esa celebración la hace siempre Cereijo “con trampa”: la hace desde la muerte, como en Pájaro muerto, como en El último verso de Virgilio, o como en Armónico murmullo… donde acaba asegurando en uno quizá de sus versos más esenciales: todo esto tiene que morir, y canta. El tiempo puede ser el veneno que nos mata, pero el canto puede ser el antídoto; o más que el antídoto, que quizá para él no lo hay, el canto es la dignificación ante la derrota. Y quizá en parte su pequeña venganza. [anécdota]

Es un tono poético, pero también es un tono moral, de estoicismo. No desdeñaría para él mismo frases como la platónica, que escribió Marco Aurelio: “Eres una pequeña alma que sustenta un cadáver”; o la de Séneca: “Doloroso es que comencemos a vivir cuando morimos; la vida es una leyenda: no que sea larga, sino que esté bien narrada es lo que de verdad importa”.

Y es este tono, en carne y alma, y esa forma de la que hablamos antes, lo que hace de él un poeta clásico; no en el sentido métrico como decimos, sino cultural. Un poeta al que sus amigos tendrían –como el mismo dice- por un hombre frío, por lo que tiene de templado en cuanto a las emociones, y reflexivo en cuanto a su inteligencia.

Lo mismo se dijo de Borges, con el que José tiene tantas afinidades. Y resulta enternecedor que el único defecto (desde mi punto de vista, un poco miope) de este libro –haber introducido algunos cuentos- sea un defecto típicamente borgiano: en ambos la realidad y el sueño se confunden, en ambos la emoción y la fantasía se entremezclan. Un defecto que, como los innumerables defectos borgianos, uno agradece y disfruta.

Y en tercer lugar EL FONDO

Mi hermano ya ha explicado –ha vuelto a explicar- que la escasez de temas en la poesía de Cereijo obedece por una parte a ceñirse a lo esencial, y por otra a su sensibilidad clásica, que se encuentra especialmente cómoda al tratar los temas comunes de la tradición. Es decir, que estamos ante un poeta que no ha venido a revolucionar la literatura con su manera de escribir, y que se dedica a escribirle poemas a la luna, la rosa, el otoño, la melancolía, la alondra… Es evidente que su importancia viene de otro lado; concretamente del otro lado: no de las palabras ni de los temas, sino de un talento especial para trascender la cáscara de esos materiales comunes.

Y lo más importante que trasciende Cereijo en su literatura es su nihilismo (que él considera acaso propio de la vida misma, y que es uno de los síntomas del mundo moderno), dotándole de una dignidad estoica que nos conmueve por lo que tiene de verdadera. En un poema titulado Los brazos, dice algo que podría ser significativo en este aspecto: Si alguna vez sintieras que la carga/ te pesa demasiado/ y ya no puedes más: piensa en estos brazos/ y un momento, si puedes,/ abandónate en ellos, por favor, y descansa. Su dignidad frente a la desesperanza, su resignación ante el dolor, su canto frente al inevitable silencio final… quizá no pueda ayudarle a él (como quieren hacer creer sus propios versos) pero consiguen hacernos descansar a todos nosotros.

Quería hacer notar, por último, algo que desentona en la perfecta estructura que acabamos de esbozar sobre la poesía de José Cereijo: todo esta medido, todo está en su sitio, todo está calculado, pero en el laberinto estoico-borgiano que ha venido levantando hay algo que brilla levemente, que lo cruza sigiloso, que serpentea de una esquina a otra: es el hilo de Ariadna. El amor, como se sabe, siempre anda trastocándolo todo; hace que el hombre frío, acaso sin esperanza, no pueda disimular un atisbo de felicidad… aunque sea con retraso, con trampa (como dijimos antes), a través de la ilusión, los sueños o la nostalgia.

Es, en fin, su poesía un referente para poetas más jóvenes que él, que hemos querido ver en su “escribir como se habla”, una propuesta –de verdad- responsable para el escritor y respetuosa con el lector; que hemos querido ver en su elegante estoicismo un referente moral; y en su talento literario –que al fin y al cabo es el que viene a sustentarlo todo- una suerte de referente que podríamos denominar -si quisiéramos llamar a las cosas por su nombre- de maestría."

28 noviembre 2011

La caridad feroz de los recuerdos

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Podría decirse que todos los recuerdos son agridulces. Si el recuerdo es bueno, porque pasó el tiempo, que todo se lo lleva. Si el recuerdo es malo, por lo mismo, porque el tiempo, que todo lo cura, pasó.
Sin embargo el término 'agridulce' no es bueno, no es exacto. Se mezclan demasiado, como en una salsa china, lo agrio y lo dulce, mientras que en el recuerdo los dos ingredientes permanecen separados: lo bueno sigue siendo bueno... y qué pena que pasó. Lo malo sigue siendo malo... y menos mal que ya no duele tanto. No ligan el tiempo y la memoria, se suman, o se siguen, pero no se mezclan.
Por eso son perfectos estos versos de Ungaretti. Pertenecen a El cuaderno del viejo. Los apunté hace tiempo creyendo que los entendía pero sin entenderlos del todo. Me pasa a veces, hay cosas que apunto para luego. O que entiendo luego porque las apunté antes, vete a saber:

"¿Sucederá que vea
extenderse el desierto
hasta que también le falte
la caridad feroz de los recuerdos?"

[Accadrà di vedere
Espandersi il deserto
Sino a farle mancare
Anche la carità feroce del ricordo? ]

Ahora entiendo bien el último verso: "La caridad feroz de los recuerdos". Y que Ungaretti resalta la ferocidad (separada de la caridad por una cesura y esperando a abalanzarse, inesperadamente, como una fiera). Y empiezo a entender, en el penúltimo, ese "también"... Aunque si vamos al original, que la verdad es que lo acabo de buscar (porque, con la entrada publicada, que siempre corro mucho, he caído en que en italiano las cosas podían ser distintas), no salgo del último verso. En él, "Anche", ese "anche" desolado, que habla de lo que ya falta, es el principio del verso final, como tenía que ser.

27 noviembre 2011

Et nubes pluant iustum

Vuelve el Adviento y vuelve su primer domingo. Y con el Adviento, más aún que con la Navidad, vuelven los recuerdos de la infancia. No sé por qué. Quizá porque para cuando llega la Navidad ya lo tengo todo recordado, o quizá porque la Navidad la celebraba todo el mundo, mientras que aquellas costumbres "raras" del Adviento eran sólo nuestras: La corona con su vela semanal, el calendario de ventanitas que nos enviaba la familia de Alemania, cada una con un dibujo -nada de chocolatinas, pero qué dibujos-, las tarjetas de felicitación que decían Frohe Adventszeit... Nos gustaban esas costumbres raras y sólo nuestras. Siguiendo, pues, la rara costumbre de la felicitación adventicia (las otras ya están más generalizadas), aprovecho para desaros un muy feliz Adviento.

Yo he sacado la corona de todos los años, le he puesto cuatro velas nuevas y la tarta está en el horno. Y como los recuerdos no varían, que son también los de todos los años, rescato aquí la entrada del año pasado, sobre todo para mi hijo Enrique, que ahora que está lejos puede que la lea. Para que se acuerde de encender la primera vela, y luego la segunda, y la tercera...


Junto con las velas nuevas, para que no se diga, renuevo también la versión del Rorate caeli. Las niñas con los candelabros dan un poco de impresión, pero cantan realmente bien. Lo dicho: feliz tiempo de Adviento para todos.




22 noviembre 2011

"Regen, regen..." ("Lluvia, lluvia...") de Ricardo Defarges, en "Rayos y Truenos"


Enrique García-Máiquez publica hoy en su Blog, Rayos y Truenos, un bellísimo poema de Ricardo Defarges, titulado "Regen, regen..." El poema, que gira en torno a uno de esos encuentros azarosos que nos dejan huellas profundísimas e inexplicables -tan profundas y tan inexplicables que el encuentro, en vez de azar, pasa a parecer destino-, probablemente no habría sido escrito, o lo habría sido de otro modo, si el afán del poeta por encontrar de nuevo la pieza (y cabe imaginar que a la dama misteriosa que la entonó por última vez), no hubiera sido en vano. Es muy cierto lo que comenta EGM sobre la trivialización de las artes, todas a un clic. Es cierto que la irrepetibilidad acentua la impresión de la belleza, y también lo es que la posibilidad de la repetición puede ir en contra del recuerdo, de su asentamiento en el alma. Puede ir en contra... pero no siempre puede. Otras veces es la misma fuerza de la impresión, su profundidad, la que convierte el instante en irrepetible. Una vez marcados, una vez impresos, el recuerdo permanece en el fondo del alma y ni doscientos clics, entonces, podrían alterarlo. El pobre clic, el que a veces buscamos como locos, sin descansar hasta que lo encontramos (y pienso en la búsqueda desesperada de una música de Arvo Pärt que oí en la radio de la cocina mientras batía un huevo, y en cómo el huevo se quedó suspendido en el aire, y en la alegría cuando conseguí el disco, y en la de tenerlo a mano ahora), ya sólo sirve para rememorar aquella primera impresión, para ayudarnos a revivirla, para acompañar, como las fotos de los que queremos, y nos quisieron, y ya no están.
Dicho lo cual, como el poema ya está escrito y, sean las cosas como sean, no le va a perjudicar, aquí está la letra de la inolvidada canción que el poeta sólo escuchó dos veces. La música, a otro clic en youtube para quien quiera, la sigo dejando en el misterio. Pongo la letra porque la lectura del poema, acordándome de la canción, me ha emocionado doblemente, y porque, en el fondo, el poema y la canción (sobre un lied de Matthias Claudius, de 1775) se hacen eco.
Por otra parte, estoy casi segura de que Ricardo Defarges acabó encontrando la pieza:


Ein lied um Regen--------------------Una canción pidiendo la lluvia(Der Erste)---------------------------------(primera voz)
Regen, Regen, komm herab! ---------- Lluvia, lluvia, cae ya!
Unsre Saaten stehn und trauern,------Nuestros sembrados aguantan y penan,
Und die Blumen welken. ---------------Y las flores se marchitan
(Der Zweite)--------------------------------(segunda voz)
Regen, Regen, komm herab! ----------- Lluvia, lluvia, cae ya!
Unsre Bäume stehn und trauern! ------Nuestros árboles aguantan y penan,
Und das Laub verdorret.----------------Y el follaje se seca.

(Der Erste)-----------------------------------(primera voz)
Und das Vieh im Felde schmachtet,-----Y enflaquece el ganado en el campo,
Und brüllt auf zum Himmel.-------------Y muge mirando al cielo.

(Der Zweite)-----------------------------------(segunda voz)
Und der Wurm im Grase schmachtet,----Y adelgaza el gusano en la hierba,
Schmachtet und will sterben.-------------Adelgaza y quiere morir.
(Beide)-------------------------------------------(ambas)
Laß doch nicht die Blumen welken!-------No dejes que se marchiten las flores,
Nicht das Laub verdorren!----------------No dejes que las hojas se sequen,
Oh, laß doch den Wurm nicht sterben!---Oh, no dejes que el gusano muera,
Regen, komm herab! ---------------------Lluvia, cae ya.

* Matthias Claudius (1740-1815). Sämmtliche Werke des Wandsbecker Bothen

* Ricardo Defarges, Este don a la muerte, Renacimiento, 2011

19 noviembre 2011

"Tan bella, tan cerca" de José Manuel Mora Fandos, y su presentación en Madrid

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El jueves pasado estuve en la presentación, a cargo de Enrique Andrés Ruiz, de Tan bella, tan cerca (Ediciones de la isla de Siltolá), el último libro de José Manuel Mora Fandos, a quien hasta ahora sólo conocía de modo virtual. Un modo de conocer algo frío, pero muy certero, según he podido ir comprobando en todos los casos en los que, tras la voz, he tenido el privilegio de conocer a la persona.
José Manuel Mora Fandos es pura cordialidad, con ese punto de timidez infantil vencida que se encuentra en el fondo de la gente encantadora y de la amabilidad más exquisita. La timidez, aunque haya que vencerla, más que nada por lo que hace sufrir, si es que no es una virtud, viene siempre en compañía de grandes virtudes compensatorias. Una de ellas suele ser la generosidad. Mora Fandos la derrocha. No hay más que verle llegar desde Valencia cargado con el saxo, más el estuche de carboncillos, las acuarelas y hasta el spray fijador, para dedicarnos un dibujo a cada uno y despedirnos con esos tres solos de saxo tan increíblemente evocadores y bien tocados. Tristes y consoladores (que bien puede ser triste y ser consuelo, diría Salazar y Torres) como solamente pueden serlo unos solos de saxo bien tocados. Y aún se lamentaba de no haber podido traer unas rosquillas con las que tenía pensado convidarnos.
La presentación fue la demostración práctica perfecta de lo que realmente significa ese hallazgo de José Manuel Mora: la vida entendida como co-ser y en-cantar.
Impagable fue también escuchar a Enrique Andrés, con ese don para llegar directo al corazón de los asuntos, para trazar las grandes líneas y la vida de las ideas, de esa media docena de ideas que son las que siempre nos ocupan, para descubrir relaciones sorprendentes y delimitar posiciones irreconciliables. Y el asunto en este caso, el que vertebra el libro de José Manuel Mora, era la Belleza: la Belleza eterna e inmutable por un lado, la “belleza caediza” -así dijo- por el otro, y, entre una y otra, la forma bella de una vida: una forma que se traduce en sentido, y un sentido que tiene siempre carácter narrativo. Por allí desfilaron Homero y la generación de las hojas que el viento esparce por el suelo, Platón, la Poética de Aristóteles, don Quijote, Unamuno, Hegel, W.Benjamin, H.Arendt , la teleología cristiana y el fin último de cada vida, la postmodernidad, esa que ha expulsado la narratividad de las aulas, como observa en su libro Mora Fandos… A todos ellos, y convocado por el profesor José Antonio Millán, que matizaba a Enrique Andrés, se sumó Baudelaire con sus poemas en prosa, a los que tengo que volver sin falta en cuanto termine Tan bella, tan cerca.
A continuación, José Manuel Mora Fandos, atendiendo a la pregunta de Corina Dávalos, nos explicó cómo había ido creciendo el libro, nos habló de la importancia de la pintura y la música en su vida y en su escritura, nos contó que cinco meses antes de nacer ya daba clases de música en el vientre de su madre, profesora de piano, y , finalmente, dedicó un cariñoso agradecimiento a los tres Enriques con los que su libro, como si fuera una caja de corn-flakes, se ha visto “enriquecido”: a Enrique Andrés por su presentación, a Enrique Baltanás que le sugirió el precioso título, y a Enrique García Máiquez que firma el magnífico prólogo.
Al filo de las diez, tras el perfecto broche musical y la estupenda velada, que fue un continuo sentirse regalado, me fui con mi Tan bella tan cerca, tan dedicado con su rama de almendro florecido al carbón compuesto y a la acuarela roja, tan feliz y tan agradecida.
Y eso es todo. Como salí corriendo y no le di las gracias al cordialísimo Mora Fandos como las merecía, aprovecho para dárselas desde aquí.

17 noviembre 2011

El carácter español visto por un alemán (2)


"Esta preponderancia de lo humano y personal explica, entre otros muchos fenómenos, el que España haya producido muy pocos sistemas filosóficos. Al ocuparse de las obras de Kant, Unamuno creyó ver asomarse en el autor de la Crítica de la Razón práctica al hombre Kant y por él se interesó más que por el filósofo Kant de la Crítica de la Razón pura. Sólo una filosofía que versara sobre la actitud práctica del hombre concreto frente a la vida y la muerte pudo despertar el entusiasmo del gran pensador Unamuno. Puede decirse paradójicamente que España podrá carecer de filosofía, pero tiene muchísimos filósofos, es decir, gentes llenas de sabiduría innata, espontánea, que viven como filósofos permitiéndose el supremo lujo de no publicar un renglón en su vida sobre las muchas cosas que saben... quería señalar el hecho de que, incluso el gran Séneca en la antigüedad, más tarde los Suárez, Balmes, Donoso Cortés y otros, fueron, ante todo, moralistas. Luis Vives, que suele citarse como filósofo especulativo, pasó la mayor parte de su vida en el extranjero. [...]

En Alemania, los genios son venerados, quiere esto decir que el ciudadano de tipo medio se da cuenta de la distancia que le mantiene separado de aquellos privilegiados, que para él quedan como esfumados, envueltos en una atmósfera de respetuosa veneración. En otros términos: los grandes hombres en Alemania acaban por convertirse en ideas, en mitos. Todo lo que tienen de hijos de Adán y Eva parece que se desprende de ellos, quedando totalmente absorbidos por el renombre y la gran obra. En España los hombres de fama se hacen ante todo populares. Los periódicos publican de ellos caricaturas, las que, lejos de ser burlas irreverentes, subrayan, por el contrario, aquellos rasgos humanos, incluso los demasiado humanos, que las grandes personalidades tengan en común con el resto de sus semejantes... Esta actitud que el pueblo español suele observar en el trato con sus hombres célebres está caracterizada por las numerosas entrevistas que suelen publicar los periódicos. Así, por ejemplo, en una de ellas el reportero nos informa sobre la vida y costumbres del maestro Luna. Por boca del propio músico sabemos que a pesar de su corpulencia come poco, que hace gimnasia y engorda, que no hace gimnasia y engorda lo mismo, etc., etc. ¡Qué hombre más simpático! comentan los lectores, aun cuando de la consabida entrevista no se desprende nada, o muy poco, sobre la obra del entrevistado. El mismo modo de ser explica también la predilección tan archiespañola por los apodos, los que, sobre todo en el campo, suelen transmitirse de generación en generación ... No sólo los toreros célebres figuran en los carteles casi exclusivamente con su respectivo apodo, lo notable es que el pueblo pone motes hasta a los actores extranjeros... Así, por ejemplo, al cómico norteamericano Buster Keaton, el de la cara inmutablemente seria, el pueblo ya sólo le conoce por "el Pamplinas".

Es evidente que el humanismo exagerado, al lado de sus rasgos simpáticos, entraña, desde luego, grandes inconvenientes para la vida colectiva. Consideración tan extremada al individuo tiene forzosamente que redundar en daño de la comunidad. Pues si, indudablemente, en un sentido meramente humano, resulta simpático que el viajero de un tranvía pueda mandar que se pare el coche para subir o bajar cuando le venga en gana, nadie negará que esta costumbre imposibilita el regular funcionamiento del sevicio tranviario. Pero es que, en el conflicto que fatalmente ha de surgir, muy a menudo, entre los mandatos de lo razonable a favor de la comunidad y el humanismo anticolectivo a beneficio del individuo, el español de tipo medio se inclina a favorecer este último. Así es que, no rara vez, en los exámenes, las recomendaciones tienen más eficacia que el saber y el valer del candidato. Un proverbio sumamente significativo dice: "Más vale un adarme de favor que un quintal de justicia"... Y entonces el daño recae, no sólo en el postergado, sino en la comunidad que se ve privada de los servicios de una persona competente.

De esto se desprende muy fácilmente que el criterio puramente humano termina por dañar forzosamente todas aquellas cosas que se basan sobre la organización. La sangrienta realidad de la guerra civil está imponiendo al pueblo español la dura necesidad de subordinarse y de posponer los intereses individuales a los del todo mayor. Reconocemos, sin restricción alguna, que esta es la lección más ardua que este pueblo de los caballeros tiene que aprender. Como que si realmente llegara a aprenderla, esto equivaldría a una transformación radical de su carácter, a una verdadera metamorfosis."


Werner Beinhauer, El carácter español, I."La supremacía del hombre", Ediciones Nueva Época, Madrid (Prólogo del autor para la edición española fechado en septiembre de 1944, Colonia).

15 noviembre 2011

El carácter español visto por un alemán (1)

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"Lo que en España ocupa siempre el primer lugar es el hombre, al que quedan supeditados, incluso, la obra y la profesión. Si comparamos el retrato de un rey pintado por un artista español con un cuadro análogo de pintor francés, echamos de ver que el francés pinta en primer lugar un rey, cuya humanidad aparece enteramente absorbida por la realeza. En cambio, el retrato del autor español representa ante todo un hombre, que es rey por casualidad... Pero este mismo concepto lo hace extensivo a los más humildes, incluso a los mendigos y aun a los caídos por culpa propia, pues a ellos también les considera como a hermanos, sus hermanos infortunados. Un proverbio muy significativo dice: "Todos somos hijos de Adán y Eva, sino que nos diferencia la lana y la seda"... Esta ideología profundamente católica y cristiana es la que ha venido plasmando al hombre español a través de los siglos, imprimiendo a su carácter los rasgos más sobresalientes. Ella ha orientado su manera de pensar y de sentir, incluso en aquellos, en los muchos, que hoy reniegan conscientemente del contenido católico de tal pensar o sentir.

Tanto en la vida personal como en la pública, las relaciones personales siempre han resultado de eficacia mayor que todos los hechos y consideraciones de carácter objetivo. Cabe decir, pues, que el español es hombre subjetivo en el mejor sentido del vocablo, pues en su criterio no prevalece nunca la cosa, sino el hombre de carne y hueso. "En Alemania, escribe el satírico Julio Camba, se sacrifican los hombres a las ideas; nosotros, por el contrario, sacrificamos las ideas a los hombres". En 1925, tras innúmeras negociaciones, se logró concertar el tratado de comercio entre Alemania y España. Ninguno de los políticos alemanes se explicaba entonces el motivo de tanta dilación, que algunos achacaban a malévolas maquinaciones de ciertos órganos marcadamente aliadófilos. Más tarde supe que el verdadero motivo de lo que tanto disgusto causó en Alemania era de índole bien distinta. Era, sencillamente que, por razones de orden puramente técnico, el Gobierno alemán había enviado a cada sesión de las varias que al efecto se celebraron, un representante distinto. Pues, según criterio alemán, lo esencial era la misión en sí y no la persona que enviaban a desempeñarla. En España, por el contrario, donde no se concibe tal deslindamiento entre cosa y persona, el procedimiento alemán suscitó el enojo y la suspicacia de los contrincantes peninsulares... En España, desde luego, lo que decide, más que las cosas en sí, es el cómo éstas se hacen, o en otros términos: el criterio subjetivo prevalece sobre el objetivo.

Esto nos hace comprender también la importancia de lo convencional dentro de la sociedad española. El hombre del norte, de suyo más objetivo, especialmente el alemán, propende a menospreciar el importante papel que lo convencional desempeña en la vida de los pueblos latinos. Esto se refiere, sobre todo, al lenguaje diario. Un ejemplo concreto: cuando un español se halla en el caso de tener que dar una negativa, le repugna hacerlo de una forma concisa y tajante... Para amortiguar el golpe, el español suele emplear circunloquios o frases veladas. Ahora bien, las gentes del norte, habituadas a una franqueza más ruda, y poco habituadas a distinguir el lenguaje convencional de la expresión literal, fácilmente salen engañadas cuando se atienen al pie de la letra a las palabras de un español, y entonces es fácil que se quejen de las pretendida mentirosidad de este pueblo, cuando en realidad el español, lejos de engañar al extranjero, por el contrario, ha querido evitarle un disgusto. Así, por ejemplo, las evasivas al tenor de "veremos", o "bien podrá ser" y otras análogas, en el estilo convencional, equivalen, casi siempre, a una negativa rotunda y terminante. Y es que, entre españoles, aun de las más ínfimas capas sociales, las noticias desagradables suelen comunicarse generalmente de un modo velado e indirecto. Es este un detalle que revela las exquisiteces espirituales de una cultura muy antigua. Llama la atención la pasmosa facilidad y prontitud con que el español más humilde suele comprender una indirecta y con qué oportunidad sabe replicar a ella. En los países del norte, sólo entre los hombres más cultos y de sensibilidad muy refinada, podría encontrarse tanta flexibilidad de espíritu."

Werner Beinhauer, El carácter español, I."La supremacía del hombre", Ediciones Nueva Época, Madrid (Prólogo del autor para la edición española fechado en septiembre de 1944, Colonia).

05 noviembre 2011

lili-lala o tararira: a cada cual su Aurora.

El Alva hermosa y fría,
Que bien puede ser fría y ser hermosa,
Como mujer casera y hazendosa,
Con la primera luz del claro día
Se levantó, aliñando paralelos,
Barriendo nubes y fregando Cielos.
Salía con las crenchas destrençadas,
El jaque descompuesto,
Y echada por los hombros la basquiña;
Sólo un zarcillo puesto,
Que porque el Sol, que viene, no la riña,
Y regarle el salón del Mundo puesto,
Dexó prendido el otro en la almohada;
La saya arremangada,
y el manteo de buelta solo baxo:
Dexando el estropajo,
Que del cielo labó los azulejos,
Por dar al orbe luzes y reflexos,
Tomó la regadera,
Y desaguando una tinaja entera
Que estava serenada de la noche
Del Cielo en los desvanes,
En que tuvo en remojo tulipanes,
Y una jarra con rosas y alhelíes,
En los zaquizamíes,
Antes que el sol sus rayos desabroche
(si los rayos del Sol tienen corchetes),
Regó las plantas, y roció las flores;
Y salpicando a algunos ruiseñores,
A entonar empezaron mil motetes
Con sonora armonía,
Mas nada de la letra se entendía.
Matizó de colores los regazos
De las altas montañas;
Y peinando de sombras las marañas,
Dexó caer los braços,
Luego apretó los puños a menudo
Y dio mil esperezos,
Otros tantos bostezos,
Y en uno y otro remató estornudo,
Que con la madrugada
Salió la Aurora un poco acatarrada.
Bordó de plata las espumas canas
De los ríos undosos,
Y de los turbios charcos cenagosos
Oyó callar las ranas,
Cantaron los jilgueros,
Y callaron los grillos,
Con los páxaros tristes y agoreros,
Verbi gracia lechuzas y cuclillos,
Los montes y las lamparas dexaron
Y a las hondas cabernas se baxaron.
Ya empezaran las vozes y bullicios
De los viles mecánicos oficios,
Si no en valor, en el trabajo iguales;
Y el de los oficiales
Al canto de los páxaros ayuda;
Pues cada qual canoro la saluda,
Con blanda voz que al Zefiro regala,
Con la dulce canción de lili lala,
O con la que estilo heroyco admira,
cuyo concepto acaba en tararira.
Como el titiritero,
Que después de tener el teatro a obscuras,
Enseña al auditorio las figuras,
Poniendo en el tablero
Las escondidas luces;
Arremedando al Cielo las capuzas,
La clara luz del día,
Las figuras del Mundo descubría:
La comparacioncilla tiene gala,
Y aunque lo diga yo no ha estado mala.
...

Agustín de Salazar y Torres (1642-1675), ESTACION PRIMERA DE LA AURORA. Discurso Primero. Sylva I. Cithara de Apolo. Varias poesías divinas y humanas que escribió don Agustín de Salazar y Torres y saca a luz don Juan de Vera Tassis y Villarroel, su mayor amigo. Primera Parte (Madrid, 1694).
[Aquí un enlace a la reproducción digital del original conservado en la Biblioteca de la Universidad de Granada (y otro a los sonetos, que no tienen desperdicio). Don Agustín, nacido en Almazán y criado en México junto a su tío, Obispo de Campeche, con menos de doce años recitaba Las Soledades y el Polifemo de Góngora "comentando los lugares oscuros y desatando intrincadas cuestiones". Tras volver a España con el duque de Alburquerque, fue nombrado Capitán de Armas de la provincia de Agrigento en Sicilia, "antes de pasar a Alemania con la Señora Emperatriz en compañía del Sr. Duque de Alburquerque". Murió en Madrid con menos de treinta y cuatro años, "extenuado y atrófico", en circunstancias tan oscuras como los lugares de Góngora que descifraba de niño. "Fue tan gallarda su facundia, quanto severa su desgracia, ¿pero quando no fueron correlativas entre sí estas calidades?" dice Juan de Vera y Tassis en el Discurso de la Vida y Obras de D. Agustín de Salazar, para concluir: "...y tú (o passagero, o lector), qualquiera que seas, lee, atiende, admira, y llorarás con todos"]

20 octubre 2011

Christian Bobin. Les ruines du ciel ( 2)


Algo más de Les ruines du ciel:

La estanquera me enseña una fotografía antigua de su hijo. La saca de una cartera de cuero rojizo, hinchada como un sollozo. Su entera fortuna consiste en esa imagen de un bebé ensortijado, tendido boca abajo sobre la pelleja de un borrego. Todos tenemos nuestra herida y nuestro tesoro en el mismo sitio. El lunes 23 de noviembre de 1.654, las barreras de la muerte saltan por la presión de lo eterno y un gozo arrebata a Pascal, desde las diez y media de la noche hasta las doce y media de la madrugada. Más tarde anota los detalles de la revelación en un pergamino que cose al interior del dobladillo de su casaca. Las actas notariales del cielo no le abandonan nunca: si repone la casaca, traspasa el pergamino a la casaca nueva. Todos somos portadores de un icono, llevamos encima la huella de una alegría más grande que la vida. Con el tiempo el icono se estropea. Desaparece su portador. La alegría recibida permanece -brizna de hierba dorada en la noche de los mundos.
***
Nos las damos de listos, pero sabemos menos que los recién nacidos en el fondo de sus cunas. Nuestros ojos están menos abiertos, nuestros terrores son menos puros y nuestras alegrías menos agudas. Juan Sebastian Bach vuelve a traernos un poco de aquellos primeros tiempos, haciendo girar sobre nuestra alma asombrada un móvil musical hecho sólo de átomos de aire.
***
Los gorriones, con sus cantos, construyen monasterios que duran un segundo. El alma sorprendida en sus claustros ya no teme morir.
***
La vida tiene necesidad de libros, al igual que las nubes tienen necesidad de charcos, para mirarse y conocerse en ellos.
***
La nada salpica cuanto se hace suspirando.
***
"Llevaos esto de aquí": dijo la madre de María Callas al verla recién nacida. Cuatro días más tarde recuperó a su hija. El canto no humano de la diva se eleva desde el infierno de esos cuatro días.
***
Los castillos más puros se construyen sobre abismos.
***
Pascal creyó toda su vida ver un abismo a su lado izquierdo. La visión le producía vértigos, por lo que, a veces, ponía de ese lado una silla para sentirse seguro. Sabía que su trastorno era imaginario, pero no le era posible dejar de padecerlo.
***
El pensamiento es una silla puesta encima de un abismo.






Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009. Collection Folio. [traducc.mía]

16 octubre 2011

Teresa de Jesús y "el lindo frailecillo"

Aquí os dejo unas consideraciones de José Jiménez Lozano sobre la mística y los místicos, para celebrar el día, que acaba de pasar, de Santa Teresa. Me ha hecho acordarme de este artículo, publicado en el número monográfico que la revista Archipiélago dedicó a Simone Weil en Septiembre-2000, la preciosa entrada "El ensimismarse de la santidad", del Blog RETABLO DE LA VIDA ANTIGUA, que seguro que ya conocéis y no necesitáis que os enlace  (Y, por cierto, a ver si alguien tiene la amabilidad de explicarme la cosa, que creo que soy el único bicho que aún no sabe linkear) . [Añadido después: Gracias, Ángel, lo he metido a pedal, pero increíblemente lleva a donde tiene que llevar. qué alivio.  Muchas gracias]  . Sobre Simone Weil, otro de estos días:


"... Unamuno tuvo aquel sarcasmo a propósito de Menéndez Pelayo, al afirmar que éste creía que la mística era un género literario, y todavía podemos sonreírnos, pero no a cuenta de Menéndez Pelayo, sino de que todavía funcionan así las cosas. Sólo que ¿cómo funcionarían de otro modo?

¿Cómo podría decir el mundo, la construcción cultural de éste, que la mística es lo que es? No sería el mundo, se deconstruiría a sí mismo; porque la mística es la negación del mundo, de su consistencia, el pasmo ante su no-nada, su sustancial vacuidad. Teresa de Jesús lo explicaba muy bien cuando decía que tomaba el mundo a peso, y no lo pesaba; estaba en medio de él, y le parecía que soñaba. Y sabemos que Juan de la Cruz, a veces, se asía fuertemente a un muro, a una puerta o a un mueble, o se hacía daño en las manos, o se pellizcaba, para no escapar de la realidad externa, mundana y social, de la que ni se percataba. Luego, se han hecho infinitas interpretaciones de estos y otros gestos o conductas de estos "extraños", como se han hecho de su obra. Pero con mil perdones, tengo que echar mano, aquí, del algo burdo pero muy eficaz símil del pobre asno que entra en una cacharrería: no sólo no puede entender nada, sino que con cualquier movimiento, hecho con la mejor voluntad de no tropezar, hace añicos aquellos frágiles y hermosos barros. Es así. Teresa de Ávila, metida en asuntos de oración y amor a un Rostro invisible, no podía ser entendida en absoluto por la muy mundana princesa de Éboli, incluso si ésta tenía antojo por entonces de hacerse monja, "para ver qué era eso", o "por tener una experiencia más", que se dice en nuestro mundo; pero la psicología, la sociología, la filosofía, la teología misma, ¿qué hacen en esa "cacharrería"? Nada, destrozos. [...]
Y "la cacharrería" incluye, en este caso, obra y autor, porque, en la fábula mística, como la llama Michel de Certeau, el autor es su escritura, y a la inversa; y si la escritura es desconcertante, porque produce incluso su propia gramática, el autor es más desconcertante aún, y, con frecuencia, risible. Desde luego no es "una personalidad"; que esto es cosa de mundo, una mentira mundana más, como indica la palabra praestigium; el místico es "un imbécil", "un loco", "un idiota", un don nadie. 
[...]
...Teresa fue, a las claras, "la puta de Ávila" para algún inquisidor y bastantes gentes; y Juan de la Cruz literalmente un "pobre hombre", "un frailecillo de nada", que, además, se sentaba en el suelo como las mujeres de más baja extracción social y los moriscos; y con su palabra y doctrina, y su propio actuar, sacaba de sus casillas a veces a la misma Teresa, quien, como todas las mujeres, sólo quería ser feliz, y tenía como "bien agarrado" al mismo Dios, mientras que Juan, que por otra parte no poseía ningún atractivo humano -no era el guapo, apuesto, refinado, cultísimo y encantador Gracián que a Teresa le fascinaba- sólo sabía repetirle: "Ni esto, ni esto, ni esto; nada, nada, nada; desnudez y noche en todo"; ni una concesión, ni una seguridad. Llegó a hartarse Teresa, y le contestaría a Juan con el evangelio en la mano acerca de los más impuros y malditos de los seres humanos que Jesús acogía. 
[...]
Teresa tenía sentido del humor e ironías encantadoras -sobre los varones, los funcionarios curiales eclesiásticos, y sobre sí misma especialmente- y cóleras terribles; pero Juan nada. Estaba allí, y su santidad soliviantaba. Y también su escritura. Encontró la más alta poesía -esto se regala siempre, siempre se encuentra- y la hizo añicos con sus comentarios. Obviamente, Ortega se dejó seducir por la mayor ligereza del mundo, cuando escribió aquello de "el lindo frailecillo de corazón incandescente, que urde en su celda encajes de retórica extática". ¡Ja! ¿Lindo frailecillo aquel "cara renegrida de morisco pobre", encajes y retórica sus versos y escritura? ¡Qué cosas! Pero todo esto es burla de salón intelectual y mundo, y ya está dicho que entra de lleno en la cuenta del místico y de su escritura: la irrisión y el juego con él y con sus adentros."

José Jiménez Lozano, "Queridísima e irritante Simone", en Archipiélago nº43/2000

11 octubre 2011

La vida eterna de cada día. Christian Bobin-Les ruines du ciel (1)

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Aquí tenéis unos pequeños extractos del libro de Bobin de este verano. Es decir, del único libro de este verano inapetente y estragado en el que todo se me caía de las manos (no es la primera vez, son como empachos, demasiada lectura por aquí y por allá de todo lo que pillo. Los despliegues de ingenio, los discursos redondos encantados de sí mismos y despectivos de cuanto estorba, las discusiones sin fin -en ambos sentidos-, toda esa cháchara inteligente y mañosa que tanto me entretiene otras veces, pasa a producirme naúseas y una especie de aborrecimiento del intelecto humano. Mucho mejor pasear, guisar, encerar los muebles o dedicarse a la jardinería). En esos casos sé que tengo que volver a Bobin, a sorbos, como un reconstituyente. Por fortuna tenía pendiente la lectura de Les ruines du ciel (Gallimard 2009). A la cuarta página ya empecé a sentirme desintoxicada, para la décima ya me había reconciliado con el mundo.

La destrucción de Port-Royal por Luis XIV, según reza la contraportada, es el hilo conductor de este libro por el que desfilan músicos (con Bach como protagonista absoluto), abadesas, Pascal que va y que viene, gorriones, Richelieu, los limones en el plato, la escritura, Emily Dickinson, la madre del autor... o la luz de cada día. Un hilo que también es esa luz, la que atraviesa las celosías de Port-Royal, la que se demora en el calado de los cestos que vende el gitano en el mercadillo de Creusot, la que se desliza hasta la habitación 115 del geriátrico. Esa luz que es sólo una y es distinta cada vez.
De la destrucción trata, sí, pero también de la pervivencia, y de esa fuerza de nada que viene de no se sabe dónde y es capaz de poner en jaque al mismo Rey-Sol, y de las tercas y asombrosas construcciones, y de las ruinas vivas.
Dice Bobin: C'est par sa destruction totale que Port-Royal triomphe: le Bien finit toujours par perdre, c'est sa manière de gagner. De eso, en definitiva, es de lo que en este libro habla, con ese modo tan suyo de señalar y enhebrar, con su peculiarísima mirada y la voz inconfundible de siempre, queda pero bien clara, como la del apuntador:

Tras la muerte de Vermeer en 1675, su viuda entrega dos cuadros al panadero para saldar la deuda pendiente de varios años de consumo de pan. Por un lado la luminosidad nacarada de las pinturas, por el otro la corteza dorada del pan caliente: El canje es mucho más satisfactorio para el espíritu que la relación hoy obligada entre la obra maestra y el dinero. El pan y la belleza son dos reinos comparables, dos alimentos indispensables para la vida eterna de cada día.
***
Cada día tiene su veneno y, para quien sabe ver, su antídoto.
***
No hay más que una sola vida, y nunca se acaba.

***
El Señor de la Rivière deja el mundo en el que disfrutaba de una buena posición para convertirse en guardabosques de Port-Royal. Tras dormir vestido sobre un jergón, pasa sus días en la arboleda; entre sus manos una Biblia en hebreo que el murmullo talmúdico de los grandes castaños va descifrando. El Señor de la Petitière, de sangre arrebatada, de quien se dice que "echa fuego por los ojos", renuncia a una carrera militar prometedora para convertirse en el zapatero de las monjas. El cielo, para quien lo ha visto una vez, no tiene rival.
***
Los ojos de los pobres son ciudades bombardeadas.
***
El gato ha atrapado un saltamontes, ha hecho de él un juguete de agonía, después lo ha destripado, y Dios, que era el gato y el saltamontes, verdugo y víctima, se ha vuelto loco.
***
Las flores en los cementerios, con los gritos de sus colores, impiden al cielo pasar demasiado rápido por encima de las tumbas.
***

Existe la moda y existe el cielo, y entre las dos cosas, nada. Lo que vuelve difícil la lectura de la vida es que existen modas de todo, incluso del cielo.
***
La muerte se llevó a mi padre pero olvidó su sonrisa, del mismo modo que un ratero sorprendido huye abandonando una parte de su botín.

***
Toda nuestra vida no está hecha más que de fracasos, y esos fracasos son ventanales rotos por donde entra el aire.
[et ces échecs sont des carreaux cassés par où l'air entre, dice el original, con un endecasílabo que suena a cristales rotos y evoca las casillas del tablero de ajedrez - jeu d'échecs en francés-, al que sigue una tromba de aire en cinco sílabas. Traducirle siempre es un dolor]


Christian Bobin, Les ruines du ciel, Éditions Gallimard, 2009, Collection Folio. [ traducc. mía]



04 octubre 2011

Espacio libre en el que Dios puede crear todavía


Hoy se celebra el día de san Francisco de Asís. Gracias a Dios por él, que trajo aire fresco a la Iglesia e hizo de ella un lugar más habitable para todos. Gracias por todos sus continuadores.


"Saltando de una roca a otra, fray León atravesó corriendo el torrente y san Francisco lo siguió. Fray León, que lo esperaba de pie en la otra orilla, miraba como corría el agua limpia con rapidez entre las masas grises de rocas... San Francisco lo miró y vio tristeza en su rostro.
-Tienes aire soñador- le dijo simplemente san Francisco.
-¡Ay, si pudiéramos tener un poco de esta pureza! - respondió fray León... Había en sus palabras una profunda nostalgia
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-Ven- le dijo san Francisco, tomándolo del brazo. Empezaron los dos otra vez a andar. Después de un momento de silencio, san Francisco preguntó a fray León:
-¿Sabes tú, hermano, lo que es la pureza del corazón?
-Es no tener ninguna falta que reprocharse- contestó fray León sin dudarlo.
-Entonces comprendo tu tristeza- dijo san Francisco-, porque siempre hay algo que reprocharse. -Sí- dijo fray León- y eso es precisamente lo que me hace desesperar de llegar algún día a la pureza del corazón.
-Ah, hermano León; créeme- contestó san Francisco-, no te preocupes tanto de la pureza de tu alma. Vuelve tu mirada hacia Dios. Admírale. Alégrate de lo que Él es, Él, todo santidad. Dale gracias por Él mismo. Es eso mismo, hermanito, tener puro el corazón. Y cuando te hayas vuelto así hacia Dios, no vuelvas más sobre ti mismo. No te preguntes en dónde estás con respecto a Dios. La tristeza de no ser perfecto y de encontrarse pecador es un sentimiento todavía demasiado humano. Es preciso elevar tu mirada más alto, mucho más alto. Dios, la inmensidad de Dios y su inalterable esplendor. El corazón puro es el que no cesa de adorar al Señor vivo y verdadero, toma un interés profundo en la vida misma de Dios y es capaz, en medio de todas sus miserias, de vibrar con la eterna inocencia y la eterna alegría de Dios. Un corazón así está a la vez despojado y colmado. Le basta que Dios sea Dios. En eso mismo encuentra toda su paz, toda su alegría y Dios mismo es entonces su santidad.
-Sin embargo, Dios reclama nuestro esfuerzo y nuestra fidelidad- observó fray León.
-Es verdad- respondió san Francisco, pero la santidad no es un cumplimiento de sí mismo, ni una plenitud que se da. Es, en primer lugar, un vacío que se descubre, y que se acepta, y que Dios viene a llenar en la medida en que uno se abre a su plenitud. Mira, nuestra nada, si se acepta, se hace espacio libre en el que Dios puede crear todavía. El Señor no se deja arrebatar su gloria por nadie. Él es el Señor, el Unigénito, el sólo Santo. Pero toma al pobre de la mano, lo saca de su barro y lo hace sentar sobre los príncipes de su pueblo para que vea su gloria. Dios se hace entonces el azul de su alma. Contemplar la gloria de Dios, hermano León, descubrir que Dios es Dios, más allá de lo que somos o podemos llegar a ser, extasiarse delante de su eterna juventud y darle gracias por su misericordia indefectible, es la exigencia más profunda del amor que el Espíritu del Señor no cesa de derramar en nuestros corazones, y eso es tener un corazón puro, pero esta pureza no se obtiene a fuerza de puños y poniéndose en tensión.
-¿Y cómo hay que hacer?- preguntó fray León.
-Es preciso simplemente no guardar nada de sí mismo. Barrerlo todo, aún esa percepción aguda de nuestra miseria; dejar espacio libre; aceptar el ser pobre; renunciar a todo lo que pesa, aún el peso de nuestras faltas; no ver más que la gloria del Señor y dejarse irradiar por ella. Dios es, eso basta. El corazón se hace entonces liviano, no se siente ya el mismo. Como la alondra embriagada de espacio y de azul, ha abandonado todo su cuidado, toda inquietud. Su deseo de perfección se ha cambiado en un simple y puro querer a Dios.
Fray León escuchaba gravemente mientras andaba delante de su padre. Pero a medida que avanzaba, sentía que su corazón se hacía liviano y que le invadía una gran paz."


Eloi Leclerc, OFM, Sabiduría de un pobre, Cap. X (Reelaboración de textos franciscanos, pasaje tomado de Vita fratris Leonis)

02 octubre 2011

pedir y dar

Pedir es una forma de dar, la más limpia de orgullo y vanidad, la que más nos cuesta.
Pedir es la generosidad más pura, la más humilde, la única en la que el que da se abaja, la que nunca ofende.
Pedir es la única forma de dar que no espera gratitud, la forma en la que, como siempre debería ser, el que da es el mismo que agradece.

27 septiembre 2011

decir y callar

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Buscando en internet una cosa que no tiene absolutamente nada que ver (algo sobre lo que Petrarca llama, no recuerdo dónde, su soledad transalpina: "transalpina solitudo mea...", con ese adjetivo tan escarpado y perfecto para la soledad de cualquiera), he encontrado este poemita del colombiano ENRIQUE BUENAVENTURA (1925-2003), dramaturgo, poeta, dibujante, actor y, según leo, militante izquierdista.
Creo que se refiere a las posibilidades que brinda el arte de burlar a la censura, pero tiene otra lectura que va un poco más allá, o se queda un poco más acá, y que me ha gustado mucho. Y no es que no me guste lo de burlar a la censura, que está muy bien, pero me gusta más aún descubrir cómo lo escrito se independiza, de la censura y hasta del escritor, que siempre es el primer censor. El arte, que tiene vida propia.
Quizá mi cabeza cuadrada preferiría, en vez de ese: sirve -también-, un: sirve -más bien-, pero la otra cabeza, la redonda, sospecha que perdería parte de su gracia. Podéis quedaros con la lectura y la versión que más os guste, suponiendo que os guste alguna:

EL ARTE

El arte no sirve
para decir
lo que uno tiene que decir,
sirve – también –
para decir
lo que uno tiene que callar.

Enrique Buenaventura. Poesía completa I – Poemas y cantares, 12.

17 agosto 2011

Esperando al Papa

Hemos cortado las vacaciones y nos hemos vuelto a Madrid para recibir al Papa.

Lo primero en lo que he pensado al llegar y ver las calles vacías de madrileños ceñudos y apresurados, y llenas de personas sonrientes con la mochila al hombro, de grupos de jóvenes y menos jóvenes con banderas de todos los países del mundo, ha sido en la Ciudad de Dios: aquello de "dos ciudades nacidas de dos amores, el amor de sí y el amor de Dios", y en que San Agustín la escribe conmocionado por la entrada de los bárbaros en la ciudad del Papa, por lo que considera el fin de una civilización. Ahora es el Papa el que entra en la ciudad de los bárbaros. Las cosas han cambiado, claro, y el Papa sólo viene de visita, pero hay algo de esa civilización con lo que no han podido todos los Alaricos del mundo. Eso he pensado, y a pesar de los 40 grados a la sombra, he llegado contenta a casa. Las plantas, en cuanto me han visto coger la regadera, también se han puesto contentísimas.

Lo segundo en lo que he pensado, y es que no exagero si os digo que al regar salía vaho de la tierra, ha sido en los tres jovenes, aquellos que cantaban en el horno de Nabucodonosor mientras un ángel los refrescaba. Que los ángeles los abaniquen a todos, sobre todo el del Papa, que le sople y le refresque bien y, a ser posible, que llueva esta noche. Recuerdo al padre mío y compatriota suyo -tiene algo que me lo recuerda- con todas las persianas echadas, con una jarra de te helado en su mesa de trabajo, levantándose a meter la cabeza en agua fría cada dos minutos y quejándose de las "temperaturas inhumanas" en cuanto el termómetro marcaba 35º, y siento lástima. Me ofrecería de abanicadora.

Lo tercero es una sensación. En la parroquia de mi calle están acogidos más de cien franceses y un grupo variado de última hora con el que no se contaba; duermen en los locales de la iglesia. En otra que me queda cerca, hay cientocincuenta italianos y otros cincuenta entre ingleses y americanos; gran parte duerme a la entrada de la iglesia, al raso. Durante el día los ves por el barrio: por la calle Puegtogico me han preguntado esta mañana en todos los idiomas, sonrientes, educadísimos. Los he visto también en la Misa de las 12, en francés, y todos los prejuicios que me pudieran quedar contra estos "saraos" se me han borrado de un plumazo. Nada de espectáculo, nada de Papalatría, no vienen a hacer turismo ni "a ver" al Papa. Vienen a que él les vea, a estar con él, a escucharle, a recordar entre todos que la Ciudad de Dios existe.

Ahora que apenas hay tráfico, si se pone el oído, lo que suena en Madrid, aun entre estribillos de "que bote, que bote, que boten los de Francia", o "que bote la Araucana", o "que bote... todo bicho viviente", es algo parecido al hermosísimo Cántico de las criaturas, el mismo que cantaban los tres jovenes que se negaron a adorar la estatua de Nabucodonosor y empieza así: "Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos...". Eso es lo que suena en Madrid.

15 agosto 2011

Dios guardó del lobo a nuestra cordera



"Cuando la Virgen María sintió acercarse su fin sobre la tierra llamó en oración, según se lo había encargado Jesús, a los apóstoles junto a su lecho. Tenía ahora 63 años de edad. Cuando nació Jesús tenía sólo 15 años. (...) Pedro, Andrés y Juan fueron los primeros en llegar a la casa de María la cual, próxima ya a la muerte, estaba tendida en el lecho... He visto que la criada de María se afligía: en un rincón y aun delante de la casa se echaba de cara al suelo, orando con gran afliccción y tristeza con los brazos levantados... He visto acudir a dos parientes próximos de María y a cinco discípulos. Todos parecían muy cansados. Tenían bastones de viaje... Algunos lloraban de alegría y de emoción al verse reunidos otra vez... Luego se acercaron con reverencia al lecho de María para saludarla. La Virgen pudo decir pocas palabras.

He visto que los primeros en llegar arreglaron, en la parte anterior de la casa, un lugar para celebrar la Misa y orar... He visto que la Virgen María estaba en su lecho, sentada, y que cada apostol venía y se hincaba, y que María oraba, y con las manos cruzadas sobre su cabeza los bendecía. Lo mismo hizo con los discípulos y las santas mujeres. Una, que se inclinó mucho sobre ella, fue abrazada...

TRÁNSITO Y SEPULTURA DE MARÍA

...Pedro dijo la Misa tal como yo lo había visto hacer en el altar de Betesda. María se mantuvo sentada en su lecho durante el acto, en silencioso recogimiento... Pedro llevó la Comunión a la Virgen María en la cruz que colgaba del cuello del Apostol. Juan le llevó sobre un platillo el sagrado cáliz... Tadeo traía un pequeño incensario. Primero dio Pedro a la Virgen la Extremaunción: lo hizo como se hace hoy. Luego le dio la santa Comunión, que María recibió derecha, sobre su lecho, sin apoyarse. Despoués se recostó y tras la breve oración de los apóstoles recibió el cáliz de manos de Juan. Después de la Comunión ya no habló María. Tenía vuelto hacia arriba su rostro, hermoso y fresco, como en su juventud. Yo no veía el techo de su habitación, La lámpara colgaba en el aire. Una senda de luz se dibujó desde María hacia la Jerusalén celestial y hasta el trono de la Santísima Trinidad. A ambos lados de esta senda luminosa había caras de innumerables ángeles. María levantó sus brazos hacia la celeste Jerusalén y el cuerpo se levantó tan alto sobre el lecho, que yo veía perfectamente todo lo que había debajo. Parecía que salía de ese cuerpo una figura resplandeciente que extendía sus brazos hacia lo alto. Los dos coros de ángeles cerraron por debajo ese nimbo de luz y subieron en pos del alma de María, separada de su cuerpo, que se inclinó suavemente, con los brazos cruzados sobre el pecho, en la cama desde la cual se efectuó su dichoso tránsito. Muchas almas de santos, entre las cuales reconocí a varias, vinieron a su encuentro. Allí estaban José, Ana, Joaquín, Juan el Bautista, Zacarías e Isabel. María se elevó entre estas almas hasta el encuentro de su divino Hijo, cuyas llagas brillaban más que la luz, envolviéndolo todo. Jesús recibió a su madre y le entregó el cetro, señalando el universo a su alrededor.

En el mismo momento he visto algo que me consoló mucho; salían muchas almas del Purgatorio en dirección al Cielo. Tengo la seguridad de que cada año, en el día de su Asunción, muchas almas devotas de María reciben la liberación de sus penas y suben al Cielo. El cuanto a la hora del tránsito de María, se me indicó que era la hora nona, en la cual murió también su divino Hijo. Pedro y Juan deben haber visto esta glorificación de María, pues noté que tenían los ojos elevados a los cielos, mientras las demás personas estaban postradas inclinadas hacia la tierra.
El cuerpo de María estaba resplandeciente, como en tranquilo reposo, con los brazos cruzados sobre el pecho, y tendido en su camilla, mientras los presentes, de rodillas, oraban con fervor y lágrimas en los ojos. Más tarde las santas mujeres cubrieron el cuerpo con una sábana. Reunieron todos los objetos de uso en una parte y lo taparon todo, hasta el hogar. Luego se cubrieron con sus velos y oraron largo tiempo, ya de rodillas, ya sentadas, en la primera sala. Los apóstoles se cubrieron la cabeza con la capucha que traían y se ordenaron para rezar en coro.

Mientras tanto Andrés y Matías estaban ocupados en preparar la sepultura, la cueva que María y Juan habían dispuesto como sepulcro de Jesús al final de las estaciones del Vía Crucis [un camino que María y Juan habían señalado con piedras en Efeso, y que recorrían recordando el de Jesucristo en su Pasión]. Esta gruta no era tan grande como la de Jesús. Tenía apenas la altura de un hombre y delante un jardincito cercado con estacas. Un sendero llevaba hacia la gruta donde había una piedra ahuecada para recibir el cuerpo, con una pequeña elevación donde descansaría la cabeza. La estación del monte Calvario estaba en la colina de enfrente; no había allí una cruz visible, sino sólo grabada en la piedra. Andrés, especialmente, trabajó mucho y colocó una puerta delante del sepulcro. El sagrado cuerpo fue preparado por las santas mujeres para la sepultura. Entre estas mujeres recuerdo a una hija de Verónica, y a la madre de Juan Marcos. Trajeron hierbas olorosas y esencias, y procedieron al embalsamamiento de acuerdo con la costumbre de los judíos. Lo hicieron con el mismo cuidado con que habían tratado el sagrado cuerpo de Jesús. El sagrado cuerpo de María fue colocado con su vestidura en un canasto, hecho según la forma del cuerpo, de tal modo que éste sobresalía del cajón. El cuerpo era blanco, luminoso, tan liviano y espiritualizado que se levantaba con toda facilidad. El rostro era fresco, rosado y juvenil. Las mujeres cortaban el cabello para conservar reliquias de la Virgen. Pusieron plantas olorosas en torno al cuello y la cabeza, bajo los brazos y en las axilas... Sobre la cabeza pusieron una corona de flores blancas, rojas y azul-celestes, como símbolo de su virginidad. Sobre el rostro pusieron un género transparente, de modo que se pudiera ver la cara. Los brazos estaban cruzados sobre el pecho... Así preparado el sagrado cuerpo, fue puesto finalmente en un cajón de madera blanca, con una tapa que por arriba, por el medio y por debajo se podía sujetar al cajón. Este cajón se colocó sobre unas andas. Todo se hizo con cierta solemnidad y emoción tranquila; el duelo también fue con mayor exterioridad y muestras de dolor que en la sepultura de Jesús, donde hubo mezcla de miedo y de apresuramiento por causa de los enemigos.

Para llevar el sagrado cuerpo hasta la gruta, como a media hora de camino, procedieron de este modo: Pedro y Juan levantaron el cuerpo de sobre las andas y lo llevaron hasta la puerta de la casa. Allí, puesto de nuevo sobre las andas, lo cargaron en sus hombros. El sagrado cuerpo colgaba de entre las barras de las andas, corridas entre correas y esteras, como una cuna. Delante de esta procesión iban parte de los apóstoles rezando y las santas mujeres detrás, cerrando el cortejo. Llevaban antorchas metidas en unas calabazas y levantadas sobre palos largos. Llegados a la gruta depositaron las andas. Los apóstoles introdujeron el cuerpo y lo depositaron en el hueco cavado de antemano. Todos desfilaron una vez más delante de los sagrados despojos para rezar y honrarlos. Luego cubrieron toda la sepultura con una estera. Delante de la gruta cavaron un hoyo y trajeron una planta bastante grande con sus raíces y sus bayas, la plantaron profundamente y la regaron abundantemente para que nadie entrara por delante en la gruta. Sólo podía llegarse a ella por los lados, por entre los matorrales.

LA GLORIOSA ASUNCION DE MARIA SANTÍSIMA

En la noche de la sepultura sucedió la Asunción de la Virgen al Cielo con su cuerpo. He visto a varios apóstoles y mujeres esa noche rezando ante la gruta o, mejor dicho, en el jardincito delantero. He visto bajar del cielo una senda luminosa y tres coros de ángeles rodeando el alma de María, que venía resplandeciente a posarse sobre la sepultura. Delante del alma venía Jesús con sus llagas luminosas. En la parte interior de la gloria donde estaba María, se veían tres coros de ángeles. La más interior parecía de caras angelicales de niños pequeños; la segunda hilera eran caras de criaturas de seis a ocho años, y la más exterior era de jóvenes. Sólo se distinguían bien sus rostros. El resto del cuerpo era como una estela luminosa algo indeterminada. En torno de la forma de la cabeza de María había una corona de ángeles. No podría decir que es lo que veían los presentes; yo sólo veía que miraban hacia arriba, llenos de admiración y emoción. A veces, llenos de maravilla, se echaban con los rostros al suelo. Cuando esta aparición se hizo más clara y se posó sobre el sepulcro, se abrió una senda desde allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante, con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén. El alma de María, pasando delante de Jesús, penetró a través de la piedra en el sepulcro; luego se alzó de allí con su cuerpo, resplandeciente de luz, y se dirigió triunfante, con el angélico acompañamiento, a la celeste Jerusalén.

Días después, estando los apóstoles rezando en coro, llegó el apóstol Tomás con dos acompañantes... Tomás quedó muy afectado al oír que María había sido ya depositada en el sepulcro. Lloró amargamente y no podía consolarse de haber llegado tan tarde.... Los apóstoles, acudieron a consolarlo con cariño, lo abrazaron y le ofrecieron pan, miel y alguna bebida. Después lo acompañaron llevando luces al sepulcro. Dos discípulos apartaron las ramas del arbusto. Tomás y Eleazar oraron delante del sepulcro. Juan abrió las tres pretinas que cerraban el cajón. Dejaron la tapa de un lado y vieron, con gran maravilla, que estaba vacío. Sólo quedaban allí las sábanas y las telas con las que habían envuelto los sagrados restos. Todo estaba en perfecto orden. La sábana estaba corrida por la parte del rostro y abierta por la parte del pecho. Las ataduras de brazos y manos aparecían abiertas, puestas en buen orden. Los apóstoles alzaron las manos en señal de gran admiración, y Juan grito: “Ya no está aquí”. Los demás se acercaban, miraban, lloraban de alegría y admiración; oraban con los brazos levantados y los ojos en lo alto, y se echaban al suelo pensando en la luz que habían visto la pasada noche. Luego tomaron los lienzos y el cajón consigo, como reliquias, y llevaron todo hasta la casa, orando y cantando salmos de acción de gracias. Cuando llegaron a la casa, puso Juan las telas dobladas delante del altar. Tomás y los demás rezaban. Pedro se apartó un tanto, preparándose para los misterios. Luego celebró la Misa delante del crucifijo de María, vi a los demás apóstoles detrás de él, en orden, orando y cantando. Las mujeres estaban junto a la puerta y cerca del hogar...

Antes de separarse los apóstoles para volver a sus respectivos países, fueron a la sepultura, y cavando y echando tierra e impedimentos hicieron imposible el acceso a la gruta. De una parte de ésta dejaron un acceso hasta la pared con un pequeño boquete para mirar adentro. Este sendero era conocido sólo de las santas mujeres que habitaban allí. Sobre la gruta erigieron una capilla con maderas y esteras, cubierta con colgaduras. El pequeño altar interior era de piedra, con una grada también de piedra. Detrás del altar colgaron una tela donde estaba bordada la imagen de María en su vestido de fiesta...

En la casa sólo queda Juan Evangelista; los otros han partido. Ví a Juan, en cumplimiento de la orden de la Virgen María, repartiendo sus ropas a su criada y a otra mujer, que venía con frecuencia a ayudar en los quehaceres de la casa. En el armario Juan encontró algunos objetos procedentes de los tres Reyes Magos. Vi dos largas vestiduras blancas, varios velos, colchas y algunas alfombras. Vi también aquel vestido listado que María había llevado en las bodas de Caná y que se ponía cuando hacía el Vía Crucis... Con el hermoso velo nupcial celeste, bordado de oro y sembrado de rosas, se hizo un adorno sacerdotal para la Iglesia de Betesda. En Roma quedan todavía reliquias de esta prenda. Yo las veo allí , pero ignoro si alguien conoce estas reliquias. María llevó estas prendas en la época de sus esponsales y nunca más."

Visiones y revelaciones de la Ven. Ana Catalina Emmerick. Tomo XII (desde la Resurrección de Jesucristo hasta la Asunción de María Santísima). Editorial Surgite. [ http://issuu.com/jonaer/docs/emmerick_xii ]


04 agosto 2011

Unas cuantas de C.Bobin

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... ce qui me paraît être le plus proche d'un livre, jusque dans sa forme même, c'est une tombe. Sous la couverture du livre comme sous la pierre tombale, il y a une âme qui attend une résurrection. [...lo que encuentro más parecido a un libro, incluso en su forma misma, es una tumba. Bajo la cubierta del libro como bajo la losa sepulcral, hay un alma que aguarda una resurrección]
La lumière du monde

Une intelligence sans bonté est comme un costume de soie porté par un cadavre.
[Una inteligencia sin bondad es como un traje de seda llevado por un cadáver]
Ressusciter
Ceux qui ont très peu de jours et ceux qui sont très vieux sont dans un autre monde que le nôtre. En se liant à nous ils nous font un présent inestimable. [Los que tienen corta edad y los que son muy ancianos viven en un mundo diferente al nuestro. Mezclándose con nosotros nos hacen un regalo inestimable] La présence pure
(Aimer et mourir) sont deux lueurs qui ne font qu'un seul feu, et sans doute est-ce pour cela que nous aimons si peu, si mal: il nous faudrait consentir à notre propre défaite. [(amar y morir) son dos llamaradas de un mismo fuego, y sin duda esa es la razón de que amemos tan poco, tan mal: tendríamos que consentir en nuestro propio apagamiento]
Le huitième jour de la semaine
Ce qu'on sait de quelqu'un empêche de le connaître. [Lo que sabemos de alguien, nos impide conocerlo]
Le Très-Bas
Ce qu'on éloigne, l'éloignement le protège. [Eso que uno aleja, el alejamiento lo protege]
Le Très-Bas
... qu'avons-nous à nous dire dans la vie, sinon bonjour, bonsoir, je t'aime et je suis là encore, pour un peu de temps vivante sur la même terre que toi. [¿... qué tenemos que decirnos en la vida sino buenos días, buenas noches, te quiero y estoy aquí todavía, vivo por algún tiempo sobre la misma tierra que tú?] La folle allure

09 junio 2011

A vueltas con las edades (3)

-La madurez del cuerpo y la madurez del alma, con sus años bien cifrados por Solón, por Aristóteles, por Shakespeare y por todo hijo de vecino; las etapas de la vida y los modos de vivir, de sustancia no-matemática que decía Ortega, al final accidentados por la implacable matemática lo quiera o no lo quiera Ortega... Y sin embargo, hay algo que el tiempo no toca, y que sólo se descubre con el paso del tiempo y sus devastaciones. Devastaciones físicas, devastaciones en el alma antigua, aquella que era memoria, entendimiento y voluntad, devastaciones en el corazón... Hay algo en el hombre, sin embargo, que se ríe del tiempo, algo que no es de este mundo de tiempo, y que sólo el tiempo revela.
Supongamos un cesto de manzanas recién cogidas del manzano, tersas, crujientes, rojas, y, entre todas ellas, una de otra procedencia: tersa, crujiente y roja para siempre, como si hubiera caído de un manzano eterno. ¿Quién la distinguiría al principio? Pasan los días y las manzanas se entristecen, pierden su lustre, se arrugan, se pican... todas menos una. Sólo entonces descubres su maravilla. Cuanto más encogidas, cuanto más pardas y revenidas las otras, más brilla la manzana extranjera.
El alma es esa manzana. Y eso también lo sabe, también lo siente, cualquier hijo de vecino. Basta con mirarla para darse cuenta, aunque a veces cueste verla, aunque a veces ande oculta por el fondo del cesto.

23 mayo 2011

Como el mono de Ortega (2)

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"... No es, pues, ateniéndonos a la cronología estricta o matemática de los años como podemos precisar las edades. Porque ¿cuántas y cuáles son las edades del hombre? En otro tiempo, cuando la matemática no había aún devastado el espíritu de la vida —allá en el mundo antiguo y en la Edad Media y aun en los comienzos de la modernidad— meditaban los sabios y los ingenuos sobre esta gran cuestión. (...) Hay para todos los gustos: se ha segmentado la vida humana en tres y cuatro edades —pero también en cinco, en siete y aun en diez—. Nada menos que Shakespeare, en la comedia A vuestro gusto, es partidario de la división septenaria: "El mundo entero es un teatro y todos los hombres y las mujeres no más que actores de él: hacen sus entradas y sus salidas, y los actos de la obra son siete edades." A lo que sigue una caracterización de cada una de éstas.
Pero es innegable que sólo las divisiones en tres en cuatro han tenido permanencia en la interpretación de los hombres. Ambas son canónicas en Grecia y en el Oriente, en el primitivo fondo germánico. Aristóteles es partidario de la más simple: juventud, plenitud o akmé y vejez. En cambio, una fábula de Esopo, que recoge reminiscencias orientales y una añeja conseja germánica que Jacobo Grimm espumó nos hablan de cuatro edades: "Quiso Dios que el hombre y el animal tuviesen el mismo tiempo, treinta años. Pero los animales notaron que era para ellos demasiado tiempo, mientras al hombre le parecía muy poco. Entonces vinieron a un acuerdo y el asno, el perro y el mono entregan una porción de los suyos, que son acumulados al hombre. De este modo consigue la criatura humana vivir setenta años. Los treinta primeros los pasa bien, goza de salud, se divierte y trabaja con alegría, contento con su destino. Pero luego vienen los dieciocho años del asno y tiene que soportar carga tras carga: ha de llevar el grano que otro se come y aguantar puntapiés y garrotazos por sus buenos servicios. Luego vienen los doce años de una vida de perro: el hombre se mete en un rincón, gruñe y enseña los dientes, pero tiene ya pocos dientes para morder. Y cuando este tiempo pasa vienen los diez años de mono, que son los últimos: el hombre se chifla y hace extravagancias, se ocupa en manías ridículas, se queda calvo y sirve sólo de risa a los chicos".
Esta conseja, cuyo dolorido realismo caricaturesco lleva la marca típica de la Edad Media, muestra acusadamente cómo el concepto de edades se forma primariamente sobre las etapas del drama vital, que no son cifras, sino modos de vivir."
Ortega y Gasset. "Idea de las generaciones".
[Según Ortega el concepto de edad no es "de sustancia matemática", sino vital: las edades son "modos de vivir". Pues qué bien. Lo malo viene cuando lo ilustra con el cuentecillo de Grimm -en el que casualmente vuelve a enredarnos con las matemáticas-, y lo más malo cuando, haciendo caso omiso del número, que siempre fue una grosería, intentas aplicarlo a tu "modo de vivir" y descubres que eres un engendro raro, medio asno-medio perro con una pizca de mono. "Asno" porque sigues llevando el grano y aguantando puntapiés en el sueldo; "perro" porque según enciendes la tele o lees cierta clase de cosas no puedes dejar de gruñir -que es muy mal síntoma, lo admito, sobre todo porque si lo que sale es Zapatero o lo que leo es un sermón de Peces Barba, me embalo que ni te cuento- y "mono" porque un buen día descubres con sorpresa que empiezan a reírse, o a mirarse con guasa, que es peor, sin que les hayas contado ningún chiste. Cuando eso ocurre, hay que convencerse de que uno está mayor.
Yo debo de estarlo mucho, porque graciosa nunca he sido y este fin de semana no han parado de mondarse. Empezaron a cruzar miradas cuando me arranqué en defensa de los indignados de Sol; después me contaron unas cuantas cosas que me abrieron los ojos sobre la movida en cuestión -eso también te hace sentir mayor, que ayer mismo era yo la que intentaba abrírselos- y terminaron tronchados de imaginarme con pancarta y rastas. Vale, merecido lo tengo.
Lo mejor sin embargo, el remate de la juerga, fue que el domingo se me ocurrió decir "periquete". Y mira que no dije "santiamén", que les habría dado un ataque de peritonitis aguda, sino sólo "periquete".
Definitivamente estoy mayor, y la datación por el léxico, según parece, funciona mejor que la del carbono14. A saber: Si dices "en un santiamén" eres un ser prehistórico, si dices "en un periquete" eres del siglo pasado, si dices "en un pispás" no estás al día... Lo del día, por si no lo sabíais, es decir "en 0' ", o lo que es lo mismo, "en cero-coma": llego en cero-coma, eso lo hago en cero-coma... Si os dais cuenta, son dos mundos bien distintos los que se resumen en aquel "santiamén" y en este "cero-coma". Lo del "periquete", que hay que reconocer que suena a tebeo - y más aún lo del "pispás"-, mejor olvidarlo, pero el "santiamén" y el "cero-coma" lo dicen todo, ellos sí que encierran dos "modos de vivir".

En fin, que entre la falta de rastas y el "periquete" me siento mayor, no sé si lo he dicho. Resulta que no pinto nada en Sol y me tengo que seguir indignando por mi cuenta en casa, y que para colmo hablo como la madre de Zipi y Zape. Menos mal que el público lo pasa bomba y es agradecido.]

09 mayo 2011

¿Desajustes? (1)

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“… el cuerpo ciertamente madura desde los treinta años hasta los treinta y cinco, pero el alma hacia los cuarenta y nueve”.
Aristóteles. Retórica II

[Los cálculos de Aristóteles parten de la división de la vida humana en ciclos de siete años (hebdomadarios) propuesta por Solón, quien a su vez la tomó de los pitagóricos. Aristóteles coincide con Solón en lo que se refiere a la plenitud del alma (que según Solón alcanza su esplendor entre la séptima y la octava hebdómadas: entre los 43 y los 56 años), pero curiosamente retrasa una hebdómada la edad de la plenitud física (que para Solón se producía en la cuarta: entre los 22 y los 28 años). Es decir, acorta piadosamente la fase del mucho cuerpo y poca alma.
Puede que Aristóteles rondara ya los cuarenta y nueve años y se resistiera a contemplar la plenitud física como asunto del pasado. O quizá quiso permitir el encuentro, por un leve instante, en algún punto entre los treinta y cinco y los cuarenta y nueve, de un cuerpo y un alma plenos (o casi todavía el primero y casi ya la segunda). Es posible, sencillamente, que Aristóteles, sensible como todos al paso del tiempo sobre su persona, estuviese movido por la coquetería, o por el orgullo, cuando ajustaba en la Retórica, para acercarlos, los periodos de Solón.
Cuentas aparte, la cuestión es esta: Según el criterio de Solón, y según el de Aristóteles aunque intente corregirlo un poco, la plenitud del cuerpo y la del alma nunca se dan juntas. Cuando se alcanza la primera, el alma está en pañales. Para cuando llega la segunda, la primera se ha perdido. ¿Se trata sólo de ritmos de crecimiento distintos? ¿Se trata de alguna clase de incompatibilidad? ¿Es que no caben las dos en el hombre? ¿Está el hombre siempre a medias? ¿Tiene alguna razón la naturaleza, siendo sabia como es, para comportarse así?
Y una cuestión al margen pero no menor ¿De qué ciclos vitales hablamos? ¿Acaso son semejantes los de hombres y mujeres? A la vista está que ninguno de los dos periodizadores se molestó en considerarlas. ¿Quizá porque, tratándose de mujeres, la plenitud del alma -suponiendo que les concedieran tenerla- no entraba en sus cálculos que la alcanzaran jamás? ¿O más bien porque -modestia aparte y más que nada por incordiar-, de haberse parado a observarlas, habrían descubierto que ellas vienen mejor ajustadas de fábrica, que en ellas la madurez del alma y la plenitud del cuerpo no son excluyentes, que en las mujeres -seguramente porque tienen que parir y criar, y la naturaleza se esmera- pueden convivir las dos, mientras que en los hombres, según parece, no? Y esto último no lo digo yo, sino que lo dicen ellos, y Solón era uno de los siete sabios, y Aristóteles... pues nada menos que Aristóteles.]

03 mayo 2011

Juan Pablo II. Coincidencias y segundos nacimientos.

Era el mes de junio de 1993. A primera hora de la mañana, después de pasar un buen rato sola en la parada del autobús a media altura de Serrano, me di cuenta de que el autobús no llegaba, ni llegaría, porque estaban cortando y desviando el tráfico. Mientras me decía lo de siempre,a saber: "estás en Babia", y decidía si tirar para el Metro o echarme a andar, empezaron a pasar motoristas; detrás venían unos coches negros con banderitas del Vaticano. Entonces caí en que Juan Pablo II estaba en Madrid -había venido para la consagración de la Almudena- y se desplazaba camino de alguno de los actos previstos para esa mañana. Todavía estaba cayendo cuando la comitiva se detuvo un momento mientras la policía paraba la circulación de la transversal. Miré dentro del coche que tenía delante y allí estaba él, mirando también. Los que se hayan encontrado con esa mirada saben cómo era y cuánto afecto transmitía: mirada de pastor buscando a sus ovejas incluso tras la ventanilla de un coche a punto de arrancar. Fue un segundo en el que no supe qué hacer, ni si tendría que saludar ni cómo hacerlo. Juan Pablo II hizo un gesto con la cabeza y sonrió, y el coche se puso en marcha y desapareció.

Era el mes de abril del año 2005. Dos meses antes, a finales de enero, mi hija, un día de colegio al terminar el recreo tropezó, se apoyó en la puerta acristalada de la clase y la atravesó con la mano. El cristal le seccionó el nervio cubital de la muñeca derecha. Me avisaron a las 12, y a las cuatro de la tarde la operaban de urgencia con la mano ya insensible. Podría entrar ahora en decenas de detalles, como que, una vez operada, te enteras de que esas suturas deben practicarse por un cirujano plástico y al microscopio, pero en aquel momento en el quirófano sólo había un traumatólogo con los ojos que Dios le dio; como que el traumatólogo, que era un buen hombre, no pudo disimular la pena cuando al día siguiente la niña le preguntó si podría tocar pronto el piano; como que le fabricaron una férula con velcros para mantenerle estirados los dedos que se le empezaban a agarrotar; como que recorrimos las consultas de un sinfín de médicos; como que a finales de marzo la mano se daba por perdida. Sólo había que decidir si se la volvía a operar, con bastante riesgo y casi ninguna esperanza, o se le insertaban unos hierros para evitar la "mano de garra"... que así lo llamaban. Teníamos cita y había que llevarlo decidido el 5 de abril.

La noche que murió Juan Pablo II, un par de días antes de la consulta, sentada delante de la televisión sin atender apenas, ponían un reportaje sobre su vida. De repente volví a verle mirando y sonriendo, también se le veía rezando en sitios muy diferentes, siempre arrodillado, rezando como él rezaba... entonces me di cuenta de que llevaba más de dos meses sin dormir, hecha una desolación, cavilando, haciendo gestiones y corriendo de médico en médico... pero aún no me había parado a rezar. Esa noche recé, toda la noche, como no lo hacía desde mucho tiempo atrás, y a quien recé fue a Juan Pablo II; después de tanto olvido no me atrevía a hacerlo sin él de intermediario: que si se encontraba con Dios le dijese... , que le contase esto y aquello, que le preguntase por qué lo de más allá... Fue muy largo, creo que en algún momento nuestro intermediario nos dejó a solas, hacía tanto tiempo, había tantas cosas... por suerte la paciencia de Dios es infinita. Creo también que nacemos de cabeza y renacemos de rodillas. Casi amanecía cuando sentí que, pasara lo que pasara, podríamos con ello, que aunque así nos lo parezca a veces, nunca estamos solos, y al fin pude dormir. Como reza con exactitud el Salmo 34: "Si el afligido invoca al Señor, Él lo escucha/ y lo libra de todas sus angustias". Nada dice sobre lo que le aflige, nada sobre librarlo de ello, pero del miedo y las angustias, del verdadero enemigo, sí lo libra. Aunque por aquel entonces no lo sabía, o no lo recordaba. No recordaba nada por entonces.

Juan Pablo II me ayudó a recordar. Por otra parte, unos días después, en la consulta, el médico observó una mínima señal de sensibilidad en un dedo y pensó que había que esperar. Esperamos, en los dos sentidos. Al final del 2005 volvió a tocar el piano. Sólo, fijándose mucho, puede apreciarse que tiene la mano derecha ligeramente más fina que la izquierda.

Coincidencias o algo más que coincidencias, no soy quién para decirlo, aunque tenga mi opinión. Llevo tiempo leyendo críticas a lo que han dado en llamar "juanpablismo", y tengo que decir que tampoco me convencen mucho los movimientos y los jolgorios masivos, ni contar estas cosas en un blog, pero sé que Juan Pablo II era alguien con quien uno se encontraba, de cerca, de lejos, en la televisión o en los comentarios de un libro de Salmos, y ese encuentro dejaba huella, como la dejaba la Madre Teresa y como la han dejado los santos toda la vida. La huella que dejó en mí es una enorme deuda, por eso lo cuento. La religiosa curada de Parkinson de un día para otro, Marie Simon-Pierre, en cuyo caso elegido entre varios cientos se ha basado la beatificación, a la pregunta de si lo consideraba un milagro respondió que para ella fue como un segundo nacimiento, que estaba enferma y ahora está curada, y que el resto deberá decidirlo la Iglesia. Pues eso mismo, ni más ni menos.