18 mayo 2010

El tiempo es esa espera

Dios mismo no puede hacer que lo que ha sido no haya sido. ¿Qué mejor prueba de que la creación es una abdicación?

¿Qué mayor abdicación de Dios que el tiempo? (...)

Dios espera como un mendigo que se mantiene en pie, inmóvil y silencioso, ante alguien que tal vez le dé un trozo de pan. El tiempo es esa espera.

El tiempo es la espera de Dios que mendiga nuestro amor.

Los astros, las montañas, el mar, todo lo que nos habla del tiempo, nos trae la súplica de Dios.

La humildad en la espera nos hace semejantes a Dios.

Solamente Dios es el bien. Por eso está ahí y espera en silencio. Cualquier otro que se aproxime o hable emplea algo de fuerza. El bien que no es más que bien no puede más que estar ahí.

Los mendigos que tienen pudor son sus imágenes.

La humildad es una cierta relación del alma con el tiempo. Es una aceptación de la espera. Por eso, socialmente, la marca de los inferiores es el hecho de hacerles esperar. (...)

El arte es espera. La inspiración es espera. Daremos frutos en la espera.

La humildad participa en la espera de Dios. El alma perfecta espera el bien con tanto silencio, inmovilidad y humildad como el mismo Dios. Cristo clavado en la cruz es la imagen perfecta del Padre.

Ningún santo ha podido obtener de Dios, ni que el pasado no haya sido, ni envejecer diez años en un día, ni envejecer un día en diez años, ni.... Ningún milagro puede nada contra el tiempo. La fe que traslada montañas es impotente contra el tiempo. (...)

La aceptación del tiempo y de todo lo que pueda traer -sin ninguna excepción (amor fati)- es la única disposición del alma que es incondicionada con relación al tiempo. Encierra el infinito. Suceda lo que suceda...

Si el contenido agradable o doloroso de cada minuto (incluso cuando pecamos) es considerado como una caricia especial de Dios, ¿en qué nos separa el tiempo del Cielo. El abandono en el que Dios nos deja es su manera de acariciarnos. El tiempo, que es nuestra única miseria, es el contacto de su mano. Es la abdicación por la que nos hace existir.

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Simone Weil, El conocimiento sobrenatural. Cuadernos de América (Mayo-Noviembre 1942). Traducc. María Tabuyo y Agustín López. Editorial Trotta, Madrid, 2003.

4 comentarios:

Ángel Ruiz dijo...

¡Gracias!

cb dijo...

¿Pero todavía te queda tiempo para leer blogs? ¡Gracias a ti! Estoy disfrutando un montonazo de tu serie inglesa. Muy bueno el concierto a la hora del bocata en San Pancracio, y por el Monasterio de Santa Catalina del Sinaí todavía ando:¡qué iconos!
Estás sembrado, te sientan bien esos aires.
Gracias very much!

avancemos dijo...

Dios mendigo de amor!

menos mal que vos nos animas a saborear lo sobrenatural, la dimensión real , la divina.Unido a Dios te agradezco el escrito.

cb dijo...

Bienvenido "avancemos" (qué buen nombre, por cierto).
Lo expresa muy bien Péguy : el que ama cae en la servidumbre del amado, necesita su reciprocidad. El Omnipotente renuncia a la omnipotencia y espera del que no es nada.
Por otra parte, por algo es el primero de los mandamientos: correspondiendo a su amor, todo se endereza. Quizá necesite que le amemos más por nuestro bien que por el suyo... Pero volvemos a lo que dice Péguy (no sé si ha visto la entrada que se titula "Servidumbre". La puede encontrar buscando a Péguy en el lateral): el que ama teme por el amado.

Muchísimas gracias a usted por leer y saludar.