30 marzo 2013

Mother, still your tears

No es Pergolessi, ni Palestrina, ni Rossini...
Es Bruce Springsteen: Jesus was an only son.

20 marzo 2013

l’arte e la morte non va bene insieme?

Como no están las cosas para andar tirando nada, recupero la entrada con la Rima de Miguel Ángel  que acababa de colgar y borré cuando anunciaron la elección del nuevo Papa.

     La pregunta del título no tiene nada de retórica: es que lo pregunto; porque a mí me parecía, y me lo sigue pareciendo (aunque de sólo repetirme el verso, que es de los que se te quedan, empiezo a tener dudas), que el arte y la muerte tienen una relación muy estrecha.
     Sólo hay que mirar la primera Piedad de Miguel Ángel, tan idealizada y tan fríamente hermosa, en la que ni la muerte ni el dolor ni la piedad tienen presencia alguna -seguramente porque tampoco habían hecho su aparición en los escasos veintinco años de vida del autor,  y compararla con las dos siguientes: la Piedad florentina, medio siglo posterior, en la que bajo la capa de Nicodemo se introduce el propio Miguel Ángel -porque ya sabía de muerte, dolor y piedad-  para sujetar con sus manos el cuerpo de Cristo,  y la Piedad Rondanini, esculpida con un pie en el taller y el otro casi en la tumba: esas dos figuras fundidas, la muerta y la apenas viva, no se sabe quién sostiene a quién... esa Madre y ese Hijo inacabados que se clavan en el corazón.
    Y sin embargo ese mismo Miguel Ángel que se cuela en una Piedad y pasa sus últimos días martilleando en otra, es el que dice "l’arte e la morte non va bene insieme",  y por más vueltas que le doy no lo entiendo:  ¿Está la explicación en el mondo perduto del verso anterior? ¿Qué pasa, entonces, con l'alma acquista? ¿Pensaba que el arte tiene más de mundo que de alma? ¿Consideraba, quizá, que  la última de sus Piedades, Piedad de senectud y alma toda ella,  era inferior o menos hija del "arte" que la primera?
     No lo sé, pero diciéndolo Miguel Ángel  no puede ser una equivocación. No cabe la menor duda de que de arte siempre supo, y de muerte fue sabiendo:

283. Non può, Signor mie car, la fresca e verde
.
Non può, Signor mie car, la fresca e verde
età sentir, quant’a l’ultimo passo
si cangia gusto, amor, voglie e pensieri.
Più l’alma acquista ove più ’l mondo perde;
l’arte e la morte non va bene insieme:
che convien più che di me dunche speri?

Michelangelo Buonarroti- Rime.
Aquí las tenéis todas: http://www.letteraturaitaliana.net/pdf/Volume_4/t83.pdf

17 marzo 2013

Un icono vivo de Cristo

Aquí os dejo estas palabras sobre san Francisco, pronunciadas en la catequesis de la audiencia general del 27.1.2010  por nuestro orante y  retirado -nunca del recuerdo ni  de la lectura-  Benedicto XVI:

 [...] «Nacióle un sol al mundo». Con estas palabras, el sumo poeta italiano Dante Alighieri alude en la Divina Comedia (Paraíso, Canto XI) al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Francisco pertenecía a una familia rica -su padre era comerciante de telas- y vivió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de su tiempo. A los veinte años tomó parte en una campaña militar y lo hicieron prisionero. Enfermó y fue liberado. A su regreso a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual que lo llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había practicado hasta entonces.
Se remontan a este período los célebres episodios del encuentro con el leproso, al cual Francisco, bajando de su caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucifijo en la iglesita de San Damián. Cristo en la cruz tomó vida en tres ocasiones y le dijo: «Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas».

Este simple acontecimiento de escuchar la Palabra del Señor en la iglesia de San Damián esconde un simbolismo profundo. En su sentido inmediato san Francisco es llamado a reparar esta iglesita, pero el estado ruinoso de este edificio es símbolo de la situación dramática e inquietante de la Iglesia en aquel tiempo, con una fe superficial que no conforma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que conlleva también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos heréticos. Sin embargo, en el centro de esta Iglesia en ruinas está el Crucifijo y habla: llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la iglesita de San Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar la Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor a Cristo. [...]

Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado «el hermano de Jesús». De hecho, este era su ideal: ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5,3)- encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales.

En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta: «¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad: que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!» [...]
   
Del amor a Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco: el sentido de la fraternidad universal y el amor a la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. [...] Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. Él entiende la naturaleza como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y podemos hablar de Dios y con Dios. [...]

(El texto íntegro aquí. Y en él, otra cita de Bloy: No hay más tristeza que la de no ser santo)



13 marzo 2013

Francisco


«Iba una vez San Francisco con el hermano León, en tiempo de invierno, de Perusa a Santa María de los Angeles. Sintiéndose atormentado por la intensidad del frío, llamó al hermano León, que caminaba un poco delante, y le habló así:
-- ¡Oh hermano León!, aun cuando los hermanos menores dieran en todo el mundo grandes ejemplos de santidad y de edificación, escribe y toma nota diligentemente: no está en eso la perfecta alegría.
Siguiendo más adelante, le llamó San Francisco por segunda vez:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos, enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos, y, lo que es más, resucite a un muerto de cuatro días, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Caminando luego un poco más, San Francisco gritó con fuerza:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor llegase a saber todas las lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras, hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas futuras, sino hasta los secretos de las conciencias y de las almas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Yendo un poco más adelante, San Francisco volvió a llamarle fuerte:
 -- ¡Oh hermano León, ovejuela de Dios!, aunque el hermano menor hablara la lengua de los ángeles, y conociera el curso de las estrellas y las virtudes de todas las hierbas, y le fueran descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera todas las propiedades de las aves y de los peces y de todos los animales, y de los hombres, y de los árboles, y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Y, caminando todavía otro poco, San Francisco gritó con vigor:
-- ¡Oh hermano León!, aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que llegara a convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo, escribe que no está en eso la perfecta alegría.
Así fue continuando por espacio de dos millas. Por fin, el hermano León, lleno de asombro, le preguntó:
-- Padre, en el nombre de Dios te pido que me digas en qué está la perfecta alegría.
Y San Francisco le respondió:
-- Si, cuando lleguemos a Santa María de los Angeles, mojados como estamos por la lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del convento, y llega malhumorado el portero y grita: "¿Quiénes sois vosotros?" Y nosotros le decimos: "Somos dos de vuestros hermanos". Y él vocifera: "¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de aquí!" Y no nos abre, y nos tiene allí fuera aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien, pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos conoce bien, y que es Dios quien le hace hablar así contra nosotros, escribe, ¡oh hermano León!, que aquí está la perfecta alegría. Y si nosotros seguimos llamando, y él sale fuera furioso y nos echa, entre insultos y golpes, como indeseables e inoportunos, gritando: "¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables! ¡Id al hospital de los leprosos, porque aquí no hay para vosotros comida ni hospedaje!" Si lo sobrellevamos con paciencia y alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León, escribe que aquí sí está la perfecta alegría! Y si nosotros, obligados por el hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a llamar, clamando y suplicando entre llantos, por el amor de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él, más enfurecido, dice: "¡Vaya con estos pesados indeseables! Yo les voy a dar su merecido". Y sale fuera con un palo nudoso, y nos coge por el capucho, y nos tira por tierra, y nos zarandea en la nieve, y nos apalea con aquel palo nudoso; si todo esto lo soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de llevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que aquí sí está la perfecta alegría.
-- Y ahora escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias y de todos los dones del Espíritu Santo, que Dios concede a sus amigos, está el de vencerse el hombre a sí mismo y el de sobrellevar gustosamente, por amor a Cristo Jesús, penas, injurias, oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son nuestros, sino de Dios. Por eso dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y, si lo has recibido de El, ¿por qué te glorias como si lo tuvieras de ti mismo? (1 Cor 4,7). Pero en la cruz de la tribulación y de la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro. Por eso dice el Apóstol: No me quiero gloriar sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo (Gál 6,14).
A El sea siempre loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén»
FRANCISCO DE ASIS. Las florecillas (Flor 8).

Annuntio vobis gaudium magnum;
habemus Papam
...qui sibi nomen imposuit Franciscum. 
[Acabo de oír con verdadera emoción el nombre escogido por nuestro nuevo Papa.  Sea  Dios por siempre bendito y alabado. Amén] 
 

07 marzo 2013

Un pruno florecido veo


En el minúsculo jardín a la entrada de mi casa, arrimado a la verja, hay un ciruelo. Un pruno, como dijeron en la junta de vecinos cuando discutían si podarlo o talarlo, hartos de que pusiera perdida la acera ("creí que era un almendro", le comenté a mi vecina. "Pero niña, ¿tú has visto alguna vez almendras rojas y despachurrás?" Temblé por él, se libró de la tala por dos votos).

Y sin embargo el primer año, el año en el que llegué a esta casa, ni me fijé en aquel árbol. Tenía asuntos más importantes,  no estaba para mirar árboles. Tampoco estaba, por lo que se ve, para mirar al suelo cuando por el mes de abril, como tiene por costumbre, el pruno lo alfombra de flores. Seguramente las pisé sin darme cuenta. Ni siquiera las ciruelas rojas, aplastadas sobre la acera al llegar el verano, me llamaron la atención. Estaba ocupada con otras historias.

Terminó el año y un verdadero asunto,  de esos que ocurren -no de los que se nos ocurren, sino de los que van en serio-, puso todos los demás en su sitio. Simplemente desaparecieron. Fue entonces, al salir una mañana,  cuando lo vi. Casi diría que se me plantó delante, como el que tropieza con otro adrede. Reventaba de flores diminutas y rosadas, aún recuerdo la impresión.

Cuenta el profeta Jeremías que, cuando Yahveh se le dirigió por vez primera, le preguntó: "Jeremías, ¿qué es lo que ves?" Jeremías,  asustado y falto de autoestima como todos los profetas, respondió: "Una vara de almendro veo". Entonces Yahveh le dijo: "Bien has visto", que es lo mismo que decir:  "pues ya me has entendido, deja de buscar excusas". Y es que la vara del almendro florece para los elegidos. Como floreció la de Aarón en el desierto, como la de san José entre las de los pretendientes. También el Buen Pastor lleva una vara con la que tranquiliza al rebaño en las cañadas oscuras.

 Para los profetas y los elegidos, Dios hace que florezcan  las varas desgajadas, las resecas. Para el resto hace florecer al almendro entero. Florecen los almendros y  a la vez los prunos, sus hermanos pobres, los que ensucian la acera. Para avisarnos de que la primavera se acerca y  crece la luz de nuevo,  para que año tras año nos vayan diciendo cosas,  cosas normales, nada extraordinario, cosas a veces olvidadas, como que no hay cañada oscura que eternamente dure.

Mi pruno por ejemplo,  aquella mañana en la que al fin lo vi, solamente dijo: "Ya era hora". Acto seguido me llenó de flores y me alegró la vida. Unos días antes, si Dios me hubiera preguntado: "C. ¿qué es lo que ves?", habría tenido que responder: "nada de nada veo". Incluso en ese momento, en el que entusiasmada con el descubrimiento lo tomé por un almendro, habría respondido mal. "Mal has visto", habría dicho Dios dejándome por imposible.  Sólo a la tercera, gracias a los propósitos salvajes  de mis vecinos, habría conseguido acertar: "un pruno florecido veo".

Al año siguiente floreció en plena nevada. Estuve en un cursillo todo el fin de semana y a la vuelta me lo encontré, blanquísimo y deslumbrante,  con las flores como ojitos bien abiertos asomando entre la nieve sin pestañear. "Obediencia" decía, aquí estamos aunque nieve, y era tanta su hermosura que asentí de corazón.

Un año más tarde, todo fragilidad bajo unas heladas de espanto, no dejaba de repetir: "resiste, resiste". Y otro después, una tarde de viento en la que las flores caían y giraban en remolinos a ras de suelo, más que decir, suspiraba: "desprendimiento". Hubo un año en el que no quise oírle: "déjame, que no quiero saber nada". Se calló, pero al llegar el verano, las ciruelas  pisoteadas, más abundantes que nunca, dejaban en la acera regueros de sangre.

Este año, cosa rara, parecía retrasarse. Cada día lo miraba buscando el primer brote. Entramos en marzo y nada. La semana pasada nevó y él seguía mudo. Empezaba a preocuparme cuando le oí susurrar: "Parezco muerto, pero no lo estoy. Trabajo en la sombra, no tengas miedo".  Hace un par de días, por fin,  ha estallado en flor.

13 febrero 2013

Polvo... y basura a espuertas. Léon Bloy

De los Diarios de Bloy. Noviembre 1912:

17 de noviembre.- He recibido en la comunión esto que a continuación escribo:
   Voy a comulgar. El sacerdote ha pronunciado las palabras terribles que la piedad carnal llama consoladoras: DOMINE, NON SUM DIGNUS... Jesús va a llegar, y sólo tengo un minuto para prepararme a recibirlo... Dentro de un minuto, Él entrará en mi casa.
     Yo no recuerdo haber barrido esta morada donde Él va a entrar como un rey o como un ladrón, pues no sé qué pensar de esta visita. (...)
     Echo en ella una mirada, una pobre mirada de espanto, y la veo llena de polvo y de basura. En toda ella hay como un hedor de putrefacción e inmundicias.
     No me atrevo a mirar en sus rincones sombríos. En los sitios menos oscuros advierto horribles manchas, antiguas o recientes, que me recuerdan que he masacrado a inocentes, ¡tantos! ¡y con tanta crueldad!
     Los muros están cubiertos de podredumbre y chorrean frías gotas; me hace pensar en las lágrimas de tantos desdichados que me han implorado en vano, ayer, anteayer, hace diez, veinte, cuarenta años...
     Pero, ¡alto!... Allá, delante de esa puerta descolorida, ¿qué monstruo es ese acuclillado que hasta ahora no había notado y que se asemeja al que alguna vez entreví en mi espejo? Parece dormir sobre esa trampa de bronce, cerrada y encadenada por mí con tantas precauciones para no oír el clamor de los muertos y sus quejosos Miserere.
     ¡Ah, verdaderamente hay que ser Dios para no temer entrar en semejante casa!
     ¡Y aquí está!!! ¿Cuál será mi actitud, y qué voy a decir o hacer? 
     Absolutamente nada.
     Aun antes de que Él haya traspuesto mi umbral, ya habré dejado de pensar en Él, ya no estaré ahí, habré desaparecido, no sé cómo; estaré infinitamente lejos, entre las imágenes de las criaturas.
     Él estará solo y Él mismo limpiará la casa, ayudado por su Madre, de quien pretendo ser esclavo y que es, en realidad, mi humilde sierva.
     Cuando Ellos hayan partido, el Uno y la Otra, a visitar otras cavernas, yo volveré y traeré otras inmundicias." 


Léon Bloy, Diarios 1892-1917:  El peregrino de lo Absoluto (1910-1912). Selección, revisión y notas: Hernán J. González, 2007.

* No sé si el libro está editado, lo encontré en la red el mismo 2007, cuando andaba descubriendo a Bloy, y me lo encuaderné con un gusanillo. No os puedo dejar un enlace porque ya no lo encuentro. La entrada que os he copiado, del 17.11.2012,  no figura entre las seleccionadas por Cristóbal Serra para los Diarios publicados poco después en la Editorial Acantilado.

23 enero 2013

Aunque no sea del todo así. Tolstói


Esto es de los diarios de Tolstói. Un poco forzado y geométrico, pero hay que tener en cuenta que por entonces tenía 23 años y ni siquiera llevaba barba, así que sólo es de Tolstói relativamente.  En lo que sí es de Tolstói absolutamente, y es en lo que más vale,  es en las preguntas que se plantea,  en todo ese bulle-bulle que las sostiene  y en las preguntas que nos provoca: ¿Por qué la música actúa en nosotros como el recuerdo?  ¿Por qué "sobre la facultad de imaginar los sentimientos"? ¿Por qué "de imaginarlos"?:
.
       "La pintura actúa sobre la facultad de imaginar la naturaleza y su dominio es el espacio. La música actúa sobre la facultad de imaginar los sentimientos y su dominio son la armonía y el tiempo. La poesía actúa sobre la facultad de imaginar lo uno y lo otro, es decir la realidad o las relaciones de nuestros sentimientos hacia la naturaleza. La etapa de transición de la pintura a la música es la danza. De la música a la poesía la canción.
      ¿Por qué los antiguos llamaban imitativa a la música? ¿Por qué no incorporar en cada modulación algún sentimiento? ¿Por qué la música actúa en nosotros como el recuerdo? ¿Por qué dependiendo de la edad y de la educación, los gustos difieren en música? La razón por la que la pintura es imitación de la naturaleza  está clara (aunque no sea del todo así); pero la razón por la que la música es imitación de nuestros sentimientos y cuál es la afinidad que existe entre un cambio de sonido y un sentimiento determinado, es imposible de decir.
      La naturaleza es materia para nuestros cinco sentidos, pero sentimientos tales como la desesperación, el amor, el entusiasmo, etcétera, y sus matices, no solamente no son materia para nuestros cinco sentidos, sino que ni siquiera dependen de la razón. La música, frente a la poesía, tiene incluso la ventaja de que su imitación de los sentimientos es más completa, pero no tiene la claridad que le es propia a la poesía."

Lev Tolstói. Diarios (1847-1894). Apunte del 29 de noviembre de 1851.

22 enero 2013

Un rato al sol

Probablemente lo conocéis y este tipo de "sorpresas" está ya muy visto, pero aun así me ha encantado (Gracias, Ana). La sonrisa de los dos o tres que no estaban en el ajo, el momento de alegría entre tanto nubarrón...
Cantar es la octava obra de misericordia (o la novena, que la octava según EGM es hacerse el loco).  Por cierto, antes, en las casas o por los patios, era normal oír canturrear, tararear, silbar. ¿Os habéis dado cuenta de lo poco que cantamos ahora?



http://www.cadenaser.com/sociedad/video/carne-cruda-flashmob-oficina-empleo/csrcsrpor/20130108csrcsrsoc_1/Ves

25 diciembre 2012

Verdad y Belleza

De la mano de Jacques Brel,  recitando que parte el alma,  os deseo a todos una hermosa y muy feliz Navidad. 

  http://www.youtube.com/watch?v=wbt4-Tuid1s

Dites, dites, si c'était vrai,
S'il était né vraiment à Bethléem, dans une étable;
Dites, si c'était vrai,
Si les rois Mages étaient vraiment venus de loin, de très loin,
Pour lui porter l'or, la myrrhe, l'encens;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai tout ce qu'ils ont écrit Luc, Matthieu
Et les deux autres;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai le coup des Noces de Cana,
Et le coup de Lazare;
Dites, si c'était vrai,
Si c'était vrai ce qu'ils racontent les petits enfants,
Le soir avant d'aller dormir,
Vous savez bien, quand ils disent Notre Père, quand ils disent Notre Mère;
Si c'était vrai tout cela,
Je dirais oui.
Oh, sûrement je dirais oui,
Parce que c'est tellement beau tout cela
Quand on croit que c'est vrai.

24 diciembre 2012

Atención y espera. Simone Weil (2.)

Continuación

Y terminamos con el tema de la atención en Simone Weil, que no sólo los estudios escolares, sino también la lombarda que acabo de poner al fuego (a eso nunca se refirió, la cocina le era ajena), necesitan de ella:

(...) "La atención consiste en suspender el pensamiento, en dejarlo disponible, vacío y penetrable al objeto, en mantener en sí mismo, cerca del pensamiento pero en un nivel inferior y sin contacto con él, los diversos conocimientos adquiridos que uno está forzado a utilizar. El pensamiento debe estar, respecto a todos los pensamientos particulares y ya formados, como el hombre sobre una montaña que, mirando hacia delante, percibe al mismo tiempo debajo suyo, pero sin mirarlos, muchos bosques y llanuras. Y sobre todo el pensamiento debe estar vacío, a la espera, no buscar nada, pero estar dispuesto a recibir en su verdad desnuda el objeto que va a penetrar en él.

Todos los contrasentidos en las traducciones, todos los sinsentidos en la solución de los problemas de geometría, todas las torpezas ('gaucheries' en francés, literalmente izquierdadas o izquierdeces, es sólo una curiosidad al margen) de estilo y todos los defectos en el encadenamiento de ideas en los deberes de Lengua, todo eso proviene de que el pensamiento se ha precipitado con demasiada rapidez  sobre alguna cosa, y estando así prematuramente satisfecho ha dejado de estar disponible para la verdad. El motivo es siempre el de que se ha pretendido ser activo; se ha pretendido buscar. Los bienes más preciosos no deben ser buscados, sino esperados. Pues el hombre no puede encontrarlos por sus propias fuerzas, y si se lanza en su búsqueda, encontrará en su lugar falsos bienes en los que no sabrá discernir la falsedad. 

Hay para cada ejercicio escolar una manera específica de esperar la verdad con deseo y sin permitirse buscarla. Una manera de prestar atención a los datos de un problema de geometría sin buscar la solución, a las palabras de un texto en latín o griego sin buscarles el sentido; de esperar, cuando se escribe, que la palabra justa acuda por sí misma a ponerse bajo la pluma, rechazando solamente las palabras insuficientes.

El primer deber hacia los escolares y los estudiantes es el de hacerles conocer este método, no sólo en general, sino en la forma particular relativa a cada ejercicio. Es el deber no sólo de sus profesores, sino también de sus guías espirituales. Estos deben, además, mostrar a plena luz, a una luz resplandeciente, la analogía entre la actitud de la inteligencia en cada uno de esos ejercicios y la actitud del alma que, bien provista la lámpara de aceite, espera a su esposo con confianza y deseo. Que cada adolescente con afición, mientras hace una traducción de latín, desee acercarse, por medio de ella, un poco más al instante en el que será verdaderamente ese siervo que, mientras su amo está en una fiesta, vela y escucha detras la puerta para abrirle en cuanto llame. El amo, entonces, sienta al siervo a la mesa y le sirve él mismo de comer.

Solamente esa espera, esa atención,  pueden obligar al amo a semejante exceso de ternura. Cuando el siervo se ha extenuado de fatiga en los campos, el amo a su regreso le dice: "Prepara mi comida y sírveme". Y lo trata de siervo inútil que hace solamente lo que se le mandó. Ciertamente es necesario hacer en el dominio de la accción todo lo que se ha mandado, al precio de no importa qué grado de esfuerzo, fatiga y sufrimiento, porque el que desobedece no ama. Pero después de eso no se es más que un siervo inútil. Es una condición del amor, pero no es suficiente. Lo que fuerza al amo a hacerse siervo de su siervo, a amarlo, no es nada de todo eso, todavía lo es menos una pesquisa que el siervo hubiera tenido la temeridad de emprender por propia iniciativa; es sólo la vigilia, la espera y la atención."

Y  ahora sí, vamos con la lombarda, que tiene que hacerse muy despacio y hay que removerla para que no se pegue (no hagáis nunca el disparate de cocerla en agua, sólo un poquito de vino y a cocerse en su  jugo, a ser posible con un par de reinetas).
¡¡Os deseo a todos una vigilante y muy feliz Nochebuena!! 

Simone Weil, Attente de Dieu, "Reflexions sur le bon usage des études scolaires en vue de l'amour de Dieu", págs 67-75.


Atención y espera. Simone Weil (1)


Vamos con el tema de la lectura lenta, y la atención y la espera,  en Simone Weil.  Lo malo es que el tema, una de las columnas de su pensamiento,  necesitaría mucha lentitud y toda la atención posible, y yo me pongo a ello con apresuramiento, o sea fatal (el apresuramiento, para SW, es una de las formas del mal), y sin una traducción a mano. Así que perdón por adelantado.

El título del texto que os extracto, uno de los capítulos de Attente de Dieu (pág.67-75), es el de "Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares con miras al amor de Dios", un título que nos deja preguntándonos qué tendrá que ver una cosa con la otra,  pero que lo dice todo. Y lo que dice es que existe una analogía entre la actitud de la inteligencia aplicada a cada uno de esos ejercicios (una traducción, un problema de matemáticas...) y la situación del alma que, con la lámpara bien provista de aceite, espera a su esposo con confianza y deseo.

El nudo de la analogía está en el verbo 'attendre', y en su doble significado de atender y esperar. Dos actitudes hermanas, aunque en castellano la hermana 'esperar' decidiera independizarse (nuestro 'atender' al principio era similar al francés. Lo dice Covarrubias  en la voz 'atención': en lenguaje antiguo castellano vale esperar,  y pone de ejemplo esta preciosidad: "orillicas del río mis amores he - y debajo de los álamos me atendé). Tanto se independizó que en un análisis de texto nos costaría trabajo -y mucha atención- incluirlas en el mismo campo semántico. Pero siguen siendo hermanas: en las dos se encuentra la misma vigilancia, la apertura, la tensión del ánimo, el olvido de sí y, en definitiva, el amor. El verbo atender (del attendere latino, y éste de ad tendere), con todos los significados hermanos juntos: escuchar, vigilar, prestar atención, cuidar, esperar...,  es prácticamente un sinónimo del verbo amar. Aún más, no sólo prácticamente un sinónimo, sino su sinónimo práctico, el limpio de adherencias corteses, románticas, fantásticas y depredadoras, la prueba del nueve del verbo amar.

 Eso es lo que le permite a Simone Weil pasar, sin solución de continuidad,  de los estudios escolares a las dos parábolas de los siervos, la del siervo vigilante, al que el amo hace sentar a la mesa para servirle la comida (Lc 12:35-38), y la del siervo inútil, que curiosamente es el currante, el que cuida del ganado y los campos,  y que sin embargo, al llegar a la casa,  ni es invitado a sentarse a la mesa ni merece las gracias del amo (Lc 17:7-10). ¿La diferencia entre el primero, el que espera a que su amo vuelva de la boda para abrirle al primer toque, y el que llega agotado, y seguramente harto, del campo?: La atención, la espera, el deseo, el amor.
(Por eso era una entrada perfecta de adviento, que de ahí las prisas, por si conseguía sacarla antes del 24. De todos modos, hasta las 12 de la noche, si no me equivoco,  seguimos en Adviento):


"Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría  y al cabo de una hora se continua en el mismo punto que al empezar, pese a todo se ha avanzado, durante cada minuto de esa hora, pero en otra dimensión más misteriosa. Sin sentirlo, sin saberlo, ese esfuerzo en apariencia estéril y sin frutos ha hecho crecer la luz en el alma.[...]

El mejor sostén de la fe es la garantía de que si uno le pide a su Padre pan,  Él no da piedras. Con independencia incluso de toda creencia religiosa explícita, cada vez que un ser humano realiza un esfuerzo de atención con el único deseo de volverse más capaz de alcanzar la verdad, consigue hacer crecer esa capacidad, aunque su esfuerzo no haya producido ningún fruto visible. Un cuento esquimal explica así el origen de la luz: "El cuervo que en la noche eterna no podía encontrar alimento, deseó la luz  y la tierra se iluminó". Si verdaderamente hay deseo, si el objeto del deseo es verdaderamente la luz, el deseo de luz produce la luz (ojo que esto no tiene nada que ver con el manido wishful thinking; el cuervo no se inventa la luz: la obtiene). Hay deseo  verdaderamente, cuando hay esfuerzo de atención. Es verdaderamente la luz lo que es deseado, cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención permanecieran en apariencia estériles durante años, algún día una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará el alma. Cada esfuerzo añade un poco de oro a un tesoro que nada en el mundo puede arrebatar. Los esfuerzos inútiles realizados por el cura de Ars, durante largos y dolorosos años, para aprender latín, dieron todos sus frutos en el discernimiento maravilloso por el que percibía el alma misma de los penitentes tras de sus palabras e incluso tras de su silencio. [...]

La inteligencia sólo puede ser conducida por el deseo  [...] Es el papel jugado por el deseo en el estudio el que permite convertirlo en una preparación a la vida espiritual. Pues el deseo, orientado hacia Dios, es la única fuerza capaz de levantar el alma. O más bien es Dios el único que viene a tomar el alma y la levanta, pero sólo el deseo obliga a Dios a descender. [...]

Hay algo en nuestra alma que repugna la verdadera atención mucho más violentamente que la carne repugna la fatiga. Ese algo está mucho más cerca del mal que la carne. Por eso, cada vez que se presta verdadera atención,  se destruye un poco de ese mal dentro de sí. Si se atiende con esa intención, un cuarto de hora de atención equivale a muchas buenas obras."

Y mañana lo termino, que ya es muy largo y también muy tarde.
Continuación aquí:https://solyescudo.blogspot.com/2012/12/atencion-y-espera-simone-weil-2.html

22 diciembre 2012

Probidad intelectual y lectura atenta. Simone Weil.


Leía estos días las interesantísimas entradas del Blog En Compostela , dedicadas al reciente libro de Gregorio Luri  -que acabo de pedirme a los Reyes- sobre la vida y la obra de Leo Strauss, y al hilo de esa conversación sostenida a lo largo de los siglos sobre los problemas intemporales del hombre en la que, según Strauss,  consiste la civilización occidental, me acordaba de Simone Weil, tan buena conversadora, con esa asombrosa facilidad para pegar la hebra con todos los grandes y  para hacérsela pegar a ellos entre sí, y a cada  poco pensaba en lo que ella dijo sobre esto y lo de más allá.

Se hablaba en las entradas, por ejemplo,  de la "probidad intelectual" de la que hoy se reviste el rechazo a todo tipo de creencia, y que Gregorio Luri define estupendamente como "increencia no razonada" -aunque yo la verdad es que sigo dudando de la posibilidad de ese grado cero que sería la increencia, sobre todo si le ronda cerca la palabra intelectual. Me parece que la intelectualidad, que  huye de la contradicción mucho más que de la mentira,  necesita llamar "increencia" a lo que no es más que "creencia-en-que-no", aunque sólo sea para disimular la llamativa contradicción de rechazar la creencia desde la creencia, tan llamativa como la del que rechazara los partidos de futbol desde la portería contraria. Pues bien, Simone Weil dedica precisamente unas breves líneas a ese tema en una de sus cartas de despedida, la conocida como Autobiografía espiritual , breves pero con el brillo de la verdadera probidad y la verdadera inteligencia, esas que empiezan con el cuestionamiento de sí  mismo:

"Cela ne m'empêche pas d'avoir envers vous la plus grande dette que je puisse avoir contractée envers un être humain. Voici exactement en quoi elle consiste.
D'abord vous m'avez dit une fois, au début de nos relations, une parole qui est allée jusqu'au fond de moi-même. Vous m'avez dit : « Faites bien attention, car si vous passiez à côté d'une grande chose par votre faute, ce serait dommage. »
Cela m'a fait apercevoir un nouvel aspect du devoir de probité intellectuelle. Jusque-là je ne l'avais conçu que contre la foi. Cela semble horrible, mais ne l'est pas, au contraire. Cela tenait à ce que je sentais tout mon amour du côté de la foi. Vos paroles m'ont fait penser que peut-être il y avait en moi, à mon insu, des obstacles impurs à la foi, des préjugés, des habitudes. J'ai senti qu'après m'être dit seulement pendant tant d'années : « Peut-être que tout cela n'est pas vrai », je devais, non pas cesser de me le dire - j'ai soin de me le dire très souvent encore à présent -, mais joindre à cette formule la formule contraire, « Peut-être que tout cela est vrai », et les faire alterner."

["Eso no me impide tener con usted la deuda más grande que pueda haber contraído con un ser humano, que consiste exactamente en  esto:
Para empezar, usted me dijo una vez, al principio de nuestra relación, unas palabras que me llegaron a lo más hondo. Usted me dijo: "Preste mucha atención, pues sería una lástima que por error suyo pasara de largo ante una gran cosa".
Eso me hizo percibir un aspecto nuevo del deber de probidad intelectual. Hasta entonces sólo lo
había concebido contra la fe. Parece horrible, pero no lo es, al contrario. Eso se debía a que todo mi amor lo sentía de parte de la fe. Sus palabras me hicieron pensar que quizas hubiera en mí, sin darme cuenta, obstáculos impuros a la fe, prejuicios, hábitos. Sentí que, después de haberme dicho durante tantos años: "Es posible que todo eso no sea verdadero", debía, no dejar de decírmelo -tengo cuidado de decírmelo a menudo todavía-, pero sí añadir a esa fórmula la fórmula contraria. "Es posible que todo eso sea verdadero", y hacerlas alternar. "]
Attente de Dieu- Autobiographie spirituelle, p.41)

Sobre la lectura y la lentitud, que es el mismo tema de la atención tan querido por Simone Weil, mañana.  Porque es el último domingo de adviento (y 'attendre'  significa atender y esperar -también cuidar. Una joya de verbo),  y para que Ángel le disculpe todo eso que no le acaba de convencer  y que tan bien explican Luri y  Strauss: "El poeta sabe cosas que el filósofo parece ignorar. La principal de ellas es el apego natural de los hombres al mundo". La pobre era filósofa.

17 diciembre 2012

La segunda caída. Mircea Eliade.


Después de una temporada con Kierkegaard, ese Bloy protestante, cualquier otro autor irremediablemente parece un soso. De todos modos, para ir rematando cosas,  os traigo unos parrafitos de Lo sagrado y lo profano, un hito de la contracultura y una de las obras más conocidas del filósofo, comparativista e historiador de las religiones Mircea Eliade. En ella, a propósito de la desacralización de la existencia y del "hombre sin religión", habla Eliade, en el capítulo de conclusiones finales,  de "una segunda caída" y emplea la expresión "caer más bajo". Es cierto que el descenso se refiere a los niveles de consciencia, pero la idea que queda clara, después de pasear con él de tribu en tribu y de civilización en civilización, es esa: la de un retroceso ahí donde muchos pretenden ver un avance, o por decirlo a la manera antropológica: la de una autocastración.  Debieron de lloverle muchos palos desde su publicación en 1956, y ocho años después, en la introducción a la edición francesa, parece pedir disculpas y pasar por el aro del obligado panegírico del hombre arreligioso, pero del libro, que ahí está,  no movió una coma:

"Como hemos dicho, el hombre arreligioso en estado puro es un fenómeno más bien raro, incluso en la más desacralizada de las sociedades modernas. La mayoría de los hombres «sin-religión» se siguen comportando religiosamente, sin saberlo. [...] A veces les aturde una verdadera algarabía mágico-religiosa, pero degradada hasta la caricatura, y por esta razón difícilmente reconocible. El proceso de desacralización de la existencia humana ha desembocado más de una vez en formas híbridas de magia ínfima y de religiosidad simiesca. No pensamos en las innumerables «pequeñas religiones» que pululan en todas las ciudades modernas, en las sectas y en las escuelas pseudoocultistas, neoespiritualistas y sedicentes herméticas, pues todos estos fenómenos pertenecen aún a la esfera de la religiosidad, aunque se trate casi siempre de aspectos aberrantes de pseudomorfosis. Tampoco hacemos alusión a los diversos movimientos políticos y profetismos sociales, cuya estructura mitológica y fanatismo religioso son fácilmente discernibles. Bastará, para poner sólo un ejemplo, recordar la estructura mitológica del comunismo y su sentido escatológico.  [...] Pero no es sólo en las «pequeñas religiones» o en las místicas políticas donde se encuentran comportamientos religiosos camuflados o degenerados: se los reconoce incluso en los movimientos que se proclaman francamente laicos, incluso anti-religiosos. Así, en el desnudismo o en los movimientos en pro de la libertad sexual absoluta, ideologías donde se pueden entrever las huellas de la «nostalgia del Paraíso», el deseo de reintegrarse al estado edénico anterior a la caída [...].

En cierto sentido, podría casi decirse que, entre los modernos que se proclaman arreligiosos, la religión y la mitología se han «ocultado» en las tinieblas de su inconsciente —lo que significa también que las posibilidades de reintegrar una experiencia religiosa de la vida yacen, en tales seres, muy en las profundidades de ellos mismos—. En una perspectiva judeo-cristiana podría decirse igualmente que la no-religión equivale a una nueva «caída»» del hombre: el hombre arreligioso habría perdido la capacidad de vivir conscientemente la religión y, por tanto, de comprenderla y asumirla; pero, en lo más profundo de su ser, conserva aún su recuerdo, al igual que después de la primera «caída», y aunque cegado espiritualmente, Adán habría conservado la suficiente inteligencia para pemitirle reencontrar las huellas de Dios visibles en el Mundo. Después de la primera «caída», la religiosidad había caído al nivel de la conciencia desgarrada; después de la segunda, ha caído aún más bajo, a los subsuelos del subconsciente: ha sido olvidada».

Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Edit.Guadarrama, Madrid 1981 (pág. 120-122)


30 noviembre 2012

Pero muere primero. Kierkegaard (4.)


Y termino  Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo con unos párrafos del tercer y último sermón, el previsto para la fiesta de Pentecostés.
Kierkegaard, como en el sermón anterior, en el que bromeaba a propósito de sus continuas disertaciones "de viernes santo", vuelve a  servirse del acontecimiento que se celebra y del que se espera que hable, para explayarse sobre lo que no se celebra y no se espera oír: que para recibir al dulce huesped del alma,  primero debes "morir a..."; que "el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata":

"Oyente mío, con respecto al cristianismo, no hay nada a lo cual todo hombre esté por naturaleza más inclinado que a tomarlo en vano. Tampoco hay nada cristiano, ni una sola determinación cristiana, que no pueda convertirse en algo totalmente distinto con sólo hacer el pequeño cambio de quitar una determinacion intermedia - y de eso totalmente distinto debe decirse "esto ha surgido del corazón del hombre" (1Cor 2:9), y así se lo vuelve vano. Por otro lado no hay nada contra lo cual el cristianismo se haya asegurado con mayor cuidado y celo que contra el ser tomado en vano. No hay ninguna, ninguna, determinación de lo cristiano sin que el cristianismo coloque como determinación intermedia: la muerte, el morir a -para de ese modo asegurar lo cristiano contra el ser tomado en vano. Se dice: "el cristianismo es el dulce consuelo" -sí, no se puede negar, siempre y cuando primero quieras morir, morir a. ¡Pero esto no es tan dulce! Se presenta a Cristo, diciendo: "Escuchad su voz, de qué manera dulce y atractiva llama a todos hacia sí, a todos los que sufren y les promete descanso para sus almas" -y en verdad es así, Dios me libre de decir otra cosa; pero, sin embargo, sin embargo, antes de que este descanso para el alma te toque a ti, y para que pueda tocarte a ti, es necesario (también lo dice el que invita, y lo expresó toda su vida aquí en la tierra, todos los santos días y las santas horas del día) que tú primero mueras, que mueras a... ¿es esto tan atrayente?
Así sucede también con esta afirmación cristiana: el Espíritu es el que vivifica. ¿A qué sentimiento se aferra el hombre con mayor firmeza que al sentimiento de la vida? (...) Mas aquí se predica un Espíritu que vivifica. Pues bien, apresurémonos a aceptarlo, ¿quién vacilará? ¡Danos vida, más vida, que el sentimiento de vida rebose en mí, como si toda la vida pudiera juntarse en mi pecho!
Pero ¿podría ser cristianismo esto, este terrible extravío? ¡No, no! Esta vivificación en el espíritu no es una elevación directa de la vida natural en un hombre en continuidad y conexión inmediatas con ella -¡oh, blasfemia!, ¡oh, qué terrible tomar de tal modo el cristianismo en vano!-, esta vivificación en el Espíritu es una nueva vida. Una nueva vida, sí, y no es una mera forma de hablar, como cuando usamos esa expresión tanto para una cosa como para otra cada vez que algo nuevo empieza a agitarse en nosotros, no; una nueva vida, literalmente una nueva vida -porque, fíjate bien, la muerte atraviesa la vida, morir a; y una vida del otro lado de la muerte, sí, es una nueva vida.
La muerte atraviesa la vida, ésa es la enseñanza del cristianismo; el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata; es la primera manifestación del Espíritu vivificante: que tú debes meterte en la muerte, tú debes morir a -así es, para que no puedas tomar el cristianismo en vano. Un espíritu vivificante: he aquí la invitación, ¡quién podría no aceptarla! Pero muere primero: ¡he aquí la parada!..."

Insiste más tarde en lo poco precisos que somos los hombres con las palabras y en cómo solemos hablar de fe, de esperanza y de amor  donde en sentido cristiano estricto ni se trata de fe, ni de esperanza, ni de amor. A continuación va revisando una tras otra estas cuestiones,  hasta llegar a la última que aborda así:

"Finalmente, el Espíritu también trae el amor. En otros lugares (se refiere a Las obras del amor) he intentado mostrar lo que no se logra enfatizar con bastante frecuencia ni nunca se pone en claro lo suficiente: que lo que nosotros los hombres ensalzamos bajo el nombre de amor es amor propio y que cuando no tenemos cuidado con esto se confunde todo el cristianismo para nosotros..."

Con eso terminamos este libro pequeñito, pero matón,  y un examen de sí mismo de lo más recomendable; en cuanto a los tiempos, ya se ve que mucho no han cambiado. 
Y con permiso del querido señor Kierkegaard, os deseo un feliz primer domingo de Adviento: Advent, Advent, noch mal ein Kerzlein brennt...

Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.




28 noviembre 2012

Jerga de malhechores. Kierkegaard (3)


Y seguimos con  Kierkegaard y Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo (y mañana ya termino), ahora con un pasaje del segundo de los tres sermones que componen el libro, el previsto para la fiesta de la Ascensión, que ya no fue capaz de pronunciar en público.
En este sermón, en el que sólo se refiere a la Ascensión para dedicar unas palabras a quienes la ponen en duda -las que más abajo os dejo- y, de paso, recordarnos que Cristo no ascendió a los cielos a mitad de la vida, el tema central es el del camino angosto. Un camino, el de la imitación, que, al igual que el seguido por Cristo, es angosto desde el principio y se va haciendo más angosto a medida que avanza  (y aquí describe cinco momentos como cinco suspiros lanzados por Cristo, con tanta viveza que se sientefísicamente crecer la estrechez y el ahogo). Un camino que se diferencia tanto del que empieza siendo fácil para volverse angosto (el de las pasiones), como del  que empieza siendo angosto para volverse fácil  (el de los prudentes y entendidos, el de  los que calculan que, soportando una temporada el sufrimiento y el esfuerzo, "el camino se hace más fácil e incluso se triunfa en la vida"). Un camino que tampoco es semejante a otros muchos de los padecidos por los hombres, terribles y angostos de principio a fin,  porque se caracteriza por lo voluntario:

"Sí ¿quién ha dudado? ¿Será alguno de aquellos cuya vida lleva la marca de la imitación? ¿Será alguno de aquellos que dejaron todo para seguir a Cristo? ¿Será alguno de aquellos a quienes marcó la persecución, puesto que una vez que se produce la imitación, la persecución le sigue en consecuencia? No, de ellos ninguno. Sino que cuando se abolió la "imitación" y en consecuencia la persecución se hizo imposible, eso, en la jerga de malhechores con que hablamos los hombres, no sonó como una acusación contra un retroceso en el cristianismo de un siglo extraviado, válgame Dios; no, sonó como una alabanza a un incomparable progreso en tolerancia de un siglo iluminado; cuando se rebajó el ser cristiano, de modo que ser cristiano se convirtió en casi nada -y por lo tanto tampoco había nada que perseguir: entonces del ocio y de la autocomplacencia surgió toda clase de dudas. Y la duda, el que duda, se hizo importante dudando (...) Y mientras se dudaba de todo, una cosa estaba fuera de toda duda, que uno de este modo ("se debe dudar de todo") se aseguraba no algo dudoso, sino nada menos que una posición totalmente sólida en la sociedad, acompañada de grandes honores y prestigio entre los hombres.
Por lo tanto algunos dudaron. Pero entonces hubo otros que trataron de refutar la duda con razones. En realidad la situación era esta: lo primero fue tratar de refutar lo cristiano con razones o de establecer razones para lo cristiano. Y estas razones, ellas, generaron la duda, y la duda se convirtió en lo más fuerte. La prueba de lo cristiano consiste realmente en la "imitación". Esta fue eliminada. Así se sintió la necesidad de las razones; pero estas razones, o bien el hecho de que haya razones, ya es una especie de duda. No se advirtió que cuantas más razones se presentan, más se alimenta la duda y tanto más se fortalece, y que ofrecerle razones a la duda para aniquilarla es como ofrecerle a un monstruo hambriento del que uno quiere deshacerse el sabroso alimento que más ama."


Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.


05 noviembre 2012

¡Ajá! - Kierkegaard (2)

Y sigue Kierkegaard con el primer sermón, ahora con  el pasaje de la carta de Santiago en el que éste dice: no seáis sólo oidores de la Palabra, sino también sus hacedores.
"Pero para ser sus hacedores, primero hay que ser su oidor o lector, cosa que Santiago también dice", añade Kierkegaard. Con lo que, después de haberse ocupado del "hacer" y lo que él denomina la proposición subordinada en el luteranismo, pasa a ocuparse del "oír": de la manera en que se debe oír o leer (como si se tratara de la carta de la amada o el amado, entendiendo siempre que es a ti a quien se habla, es de ti de quien se habla),  y al igual que en la primera parte, cuando se refería a las obras,  de las estratagemas de las que  habitualmente nos servimos, en este caso para evitar la escucha:  la interpretación, la erudición, la huida del confrontamiento a solas con la Palabra,  la "modestia" (no voy a ser tan vanidoso de pensar que aunque se hable de aristócratas, levitas, mercaderes o romanos, siempre se está hablando de mí) o, directamente, el destierro  preventivo a la estantería más alta de ese libro tan tiránico "que si se le da un dedo, se toma toda la mano", decisión que a Kierkegaard le parece menos deshonesta que todas las otras formas maliciosas de no oír o no leer:

Ante todo se requiere que tú no veas el espejo, sino que te veas a ti mismo en el espejo.
Esto parece tan evidente que podría creerse que no hace falta decirlo. Sin embargo es necesario hacerlo. Lo que me confirma mi opinión es que esta observación no procede de mí; tampoco de lo que hoy en día llamamos un hombre piadoso, un hombre de sentimientos piadosos,  sino de un testigo de la verdad, un mártir, y se supone que estos gloriosos saben de lo que hablan  (otro dardo contra Lutero por su descalificación de la carta de Santiago). [...]

Estar a solas con la Palabra de Dios; que eso es algo peligroso también lo han admitido tácitamente los hombres más capaces. Quizás haya habido alguien (un hombre más capaz y más serio, aunque no podamos aplaudir su decisión) que se dijo a sí mismo: "No sirvo para hacer algo a medias -y este libro, la Palabra de Dios, es un libro sumamente peligroso para mí, y es un libro tiránico: si se le da un dedo, se toma toda la mano; si se le da toda la mano, se toma al hombre entero y tal vez transforme de pronto toda mi vida de acuerdo con una medida inmensa. No, sin permitirme (cosa que detestaría) ni una sola palabra burlona ni peyorativa, lo llevo a un lugar apartado; no quiero estar a solas con él". Nosotros no lo aprobamos, sin embargo hay algo en ello que sí aprobamos: una cierta  honestidad .
Pero también puede uno protegerse contra la Palabra de Dios haciendo alarde de que se atreve a estar a solas con ella, cuando en realidad no es cierto. Así tomas la Sagrada Escritura, cierras la puerta -pero tomas entonces diez diccionarios y veinticinco interpretaciones: de este modo puedes leerla tan tranquilo y distante como si leyeras el diario local. Si de pronto, mientras estás leyendo, lo que sería bastante extraño, se te ocurre preguntar : ¿he hecho esto?, ¿estoy actuando en consecuencia? (es naturalmente en un descuido, en un momento de distracción en que no estas concentrado con la seriedad habitual, cuando se te puede ocurrir algo así), de cualquier modo el peligro no es tan grande. Pues, mira, quizás haya distintas lecturas y quizá se encuentre un nuevo manuscrito justo ahora: ¡por supuesto! Y perspectivas de nuevas lecturas, y quizás haya cinco intérpretes con una opinión y siete con otra y dos con una opinión extraña y tres vacilantes o sin opinión, y "yo mismo no estoy del todo de acuerdo conmigo mismo acerca del sentido de ese pasaje, o para decir mi opinión, soy de la misma opinión que los tres vacilantes que no tienen opinión", etc. Alguien así no será puesto en el aprieto que me veo yo, que de inmediato debo actuar según la Palabra o hacer el humillante reconocimiento. No,  él está tranquilo, él dice: "Por mi parte, no hay ningún problema, ya llegaré a actuar en consecuencia -una vez que se hayan ordenado las lecturas y los intérpretes se hayan puesto más o menos de acuerdo". ¡Ajá! De esta manera queda claro que habrá que esperar un largo tiempo. A cambio el hombre, salvo que sea aguijoneado por el error, logra ocultar que es él mismo quien no tiene ganas de renegar de la carne y la sangre y obrar según la Palabra de Dios. ¡Oh, triste abuso de la erudición, oh, que a los hombres les resulte tan fácil engañarse a sí mismos!
Puesto que si no hubiera tantas ilusiones y autoengaños, todos reconocerían, como yo: no me atrevo a estar a solas con la Palabra de Dios.

Søren KierkegaardPara un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab. 

02 noviembre 2012

El mundo es un campesino borracho. Kierkegaard (1)

El texto que sigue pertenece al primero de los tres sermones escritos por Kierkegaard para ser pronunciados en la iglesia de la Ciudadela de Copenhague durante el Tiempo de Pascua de 1851.

Este primer sermón  fue el único de los tres que llegó a pronunciar en público. La seriedad, la exigencia y la necesidad de coherencia vital con las que Kierkegaard concebía la predicación, le hicieron caer en tal estado de agotamiento enfermizo que tomó la decisión de no volver a subir a un púlpito. Finalmente, junto con los sermones previstos para las fiestas de la  Ascensión y Pentecostés que no fue capaz de pronunciar,  fue publicado  bajo el título de Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo en septiembre de ese mismo año, el día del undécimo aniversario del compromiso con su muy abandonada aunque siempre añorada (y presente en cada línea) Regina Olsen.

La obrita,  escrita para ser leída en público,  y no para buscar el aplauso de la concurrencia sino su reacción,  es tenida por el mejor compendio del pensamiento de Kierkegaard. Un compendio claro, directo y vivísimo, tan recomendado a su tiempo -según reza el título- como a cualquier otro.

El tema central del primer sermón, tomando como punto de partida el capítulo 1 de la Epístola de Santiago, uno de sus textos evangélicos preferidos, es el de la Palabra de Dios como espejo en el que mirarse a sí mismo. La polémica, porque Kierkegaard ante todo es polemista -si bien un polemista a la manera socrática: movido por el afán de "despertar inquietud con vistas a la interiorización", nunca por el de competir argumentalmente o vencer-, se entabla en este caso con las artimañas de todo tipo, intelectuales, sociales, religiosas o simplemente humanas de las que nos valemos para evitar ese encuentro directo con la Palabra. Arremete así contra los métodos histórico-críticos en los estudios bíblicos,  contra la manipulación "astuta" de la cuestión de la fe y las obras en el luteranismo ,  contra la malicia de los hombres en general y contra nuestra innata capacidad para retorizar, tomar en vano y, en definitiva,  mirar el espejo procurando cuidadosamente no vernos en él.  Si Kierkegaard bajó del púlpito enfermo, sus oyentes, sus ahora lectores, no salimos mejor librados. Dispara con bala y tiene para todos:

Hubo un tiempo en que el Evangelio, "la gracia", se había convertido en una nueva ley, más severa que la antigua para los hombres. Todo se había vuelto atormentador, arduo y desagradable, casi como si -a pesar del canto de los ángeles por la llegada del cristianismo, ya no hubiera ninguna alegría en el cielo ni en la tierra. Con mezquinas autotorturas se había vuelto mezquino también a Dios. [...] Todo se reducía a obras. Y como tumores malignos en los árboles, así estas obras se echaron a perder por tumores malignos, de modo que con frecuencia sólo quedaban la hipocresía, la jactancia de haber hecho algo meritorio, la futilidad. Ahí es donde reside el error, no tanto en las obras. Pero no exageremos, no aprovechemos el extravío del pasado para un nuevo extravío. [...]

Entonces apareció un hombre, Martin Lutero, de parte de Dios y con fe [...] Su vida se expresó en las obras, no lo olvidemos nunca, pero dijo: el hombre sólo se salva por la fe. El peligro era grande. De lo grande que era a los ojos de Lutero, no conozco expresión más fuerte que su decisión de dejar a un lado al apóstol Santiago para poner orden en el asunto (*). Imagínate el respeto de un Lutero por un apóstol -¡y sin embargo tener que atreverse a esto para instalar la fe en su derecho!
¿Qué sucedió mientras tanto? Hay siempre una mundanidad que quiere llamarse cristiana, pero que desea llegar a serlo por el menor precio posible. Esta mundanidad prestó atención a Lutero. Escuchó, por precaución escuchó otra vez, no fuera que hubiera escuchado mal, y entonces dijo: "Magnífico, esto es algo para nosotros;   Lutero dice: solamente importa la fe... Tomemos entonces su palabra, su enseñanza, y quedaremos libres de todas las obras. Viva Lutero: wer nicht liebt Weiber, Wein, Gesang, er wird ein Narr sein Leben lang (* *). Este es el significado de la vida de Lutero, este hombre de Dios que, conforme a su tiempo, reformó el cristianismo". Y aunque no todos hayan tomado a Lutero mundanamente en vano, hay en todo hombre una inclinación a, o bien, cuando deben realizarse obras, querer hacer méritos, o bien, cuando deben hacerse valer la fe y la gracia, quedar en lo posible eximidos de las obras. El "hombre", esta criatura racional de Dios, no se deja embaucar; no es un campesino recién llegado a la ciudad, él tiene los ojos bien abiertos: "No, una de dos", dice el hombre, "si se trata de las obras: bien, pero en ese caso debo pedir la ganancia que me corresponde legítimamente por mis obras, para que la cosa sea redituable. Si se trata de la gracia: bien, pero entonces debo pedir que se me exima de las obras, de lo contrario no es gracia. Si se trata de obras y además de gracia, es una locura". Sí, ciertamente es una locura [...] La exigencia del cristianismo es: tú deberías esforzarte lo más posible para que tu vida se manifieste en obras; y se exige luego una cosa más, que te humilles y reconozcas: aun así, por gracia soy salvado. Se aborrecía el extravío de la Edad Media: el mérito. Pero si se observa la cuestión más a fondo, se verá con facilidad que se le daba al mérito de las obras una importancia quizá mayor que en la Edad Media. [...] Lutero quiso quitar "el mérito" de las obras y conferirles algo distinto justamente en el sentido de testimoniar la verdad; la mundanidad, que entendió a Lutero a fondo, eliminó completamente el mérito -y también las obras. [...]

Pero imagínate a Lutero en nuestro tiempo, atento a nuestra situación, ¿no crees que diría lo mismo que dijo en un sermón: "El mundo es un campesino borracho que cuando se lo ayuda a montar en el caballo desde un costado se cae por el otro"? ¿No crees que díría: el apóstol Santiago debe ser rescatado, no por las obras contra la fe, no, éste tampoco era el propósito del apóstol, sino por la fe, para lograr en lo posible que la necesidad de la "gracia" se sienta profundamente en una interioridad de veras humilde y para impedir en lo posible que la fe y la gracia, como lo único que salva y lo único que bendice, sean tomadas en vano y se conviertan en pretexto para una mundanidad más refinada? Lutero -¡este hombre de Dios, esta alma honesta!- pasó por alto o quizás olvidó cierta cosa que una época posterior y especialmente la nuestra quizás acentúan con demasiada fuerza. Él olvidó  -otra vez ¡tú, el honesto!- lo que era demasiado honesto para saber por sí mismo, alma honesta como él era, olvidó lo que yo, y no a causa de mis virtudes sino a causa de la verdad, debo destacar. El luteranismo es excelente, es la verdad. En relación con esta excelencia de lo luterano, tengo un solo reparo. Éste no concierne al luteranismo, no; me concierne a mí: estoy convencido de que no soy un alma honesta sino un tipo astuto. Entonces quizá lo más correcto sea tener un poco más de cuidado con la proposición subordinada  (las obras, la existencia, el testimoniar y sufrir por la verdad, las obras del amor, etc.), la proposición subordinada en lo luterano.

* En palabras de Lutero "la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja...porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica". Kierkegaard, sin embargo, vuelve una y otra vez a esta Epístola.
** "Quien no ama mujeres, vino y canciones será un loco toda su vida". Según nota del traductor, la frase, citada en alemán por K., suele atribuirse erróneamente a M.Lutero.

Søren KierkegaardPara un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab. 

31 octubre 2012

¿Dos modos de ser? Mircea Eliade.


       "Se medirá el abismo que separa las dos modalidades de experiencias, sagrada y profana, al leer las discusiones sobre el espacio sagrado y la construcción ritual de la morada humana, sobre las variedades de la experiencia religiosa del Tiempo, sobre las relaciones del hombre religioso con la Naturaleza y el mundo de los utensilios, sobre la consagración de la vida misma del hombre y la sacralidad de que pueden revestirse sus funciones vitales (alimentos, sexualidad, trabajo, etc.)... Para la conciencia moderna, un acto fisiológico: la alimentación, la sexualidad, etc., no es más que un proceso orgánico, cualquiera que sea el número de tabús que le inhiban aún (reglas de comportamiento en la mesa, límites impuestos al comportamiento sexual por las «buenas costumbres»). Pero para el «primitivo» un acto tal no es nunca simplemente fisiológico; es, o puede llegar a serlo, un «sacramento», una comunión con lo sagrado. El lector se dará cuenta en seguida de que lo sagrado y lo profano constituyen dos modalidades de estar en el mundo, dos situaciones existenciales asumidas por el hombre a lo largo de su historia. "
(pág.10-11: "Dos modos de ser en el mundo".)

     "Así como la «Naturaleza» es el producto de una secularización progresiva del Cosmos obra de Dios, el hombre profano es el resultado de una desacralización de la existencia humana... En otros términos: el hombre profano, lo quiera o no, conserva aún huellas del comportamiento del hombre religioso, pero expurgadas de sus significados religiosos."
(pág.117: "Lo sacro y lo profano en el mundo moderno".)

Mircea Eliade, Lo sagrado y lo profano, Edit.Guadarrama. Punto Omega, Madrid 1981 


16 octubre 2012

Cuando ya te has quedado calvo

Aquí os dejo tres reflexiones muy reflexivas. Las tres, con ligeros matices, vienen a decir lo mismo. La verdad es que da gusto tanto acuerdo:

La primera es de Lawrence Sterne, por boca del caballero Tristam Shandy:

"La experiencia es un peine que te da la vida cuando ya te has quedado calvo."

La segunda, bastante similar aunque de significación más amplia (por las muchas variedades de sombreros de cintas  y modos de no tener cabeza), es de una canción de Violeta Parra y dice así:

"Yo no sé por qué mi Dios
le regala con largueza
sombrero de tantas cintas
a quien no tiene cabeza."

La tercera, directa al grano sin peines ni sombreros, es el comienzo del famoso poema "No volveré a ser joven" de Jaime Gil de Biedma:

"Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde."

No sé a vosotros, pero a mí me parece que ese, precisamente ese, es el mejor argumento -más que argumento: una prueba definitiva-  a favor de la vida eterna. Claro que a mí todo me parecen pruebas definitivas, basta con mirarse el dedo gordo, que decía no sé quién. Esas son mis pruebas preferidas, las del tipo "dedo gordo": tú sólo mírate el pulgar. (*)

Volviendo al asunto, podríamos pensar que la experiencia, aunque llegue demasiado tarde, es útil para los que nos siguen:  que para eso sirve, para transmitirla. Pero las cosas, lamentablemente o por suerte, que no lo sé,  no funcionan así. La experiencia, como su nombre indica, es experiencia, personal e intransferible,  no vale la del otro. No es un peine para peinar melenas ajenas. ¿Para qué la experiencia entonces? 

No tendrá mucho caché argumentativo, no es muy tomista ni muy pascaliano, pero a mí este peine de calvos, como prueba,  me convence un montón:  La experiencia es el peine de nuestra melena inmortal.  Para qué si no.

"Sería gran cosa tener dos vidas; una para cometer errores y otra para sacar provecho de ellos", añade L. Sterne. Pues claro, gran cosa, de eso se trata. O dicho de otro modo: no volverás a ser joven, Gil de Biedma, ni falta que te hace.
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(*) el no-sé-quién era Newton, que ya lo he encontré: "A falta de otra prueba, el dedo pulgar por sí solo me convencería de la existencia de Dios".


18 septiembre 2012

Una cicatriz eternamente mal cerrada- Charles Péguy



Hoy os traigo un texto de Charles Péguy sobre la Gracia, las cicatrices mal cerradas, y "lo que llamamos moral"
«Hay algo peor que tener un mal pensamiento: es tener un pensamiento terminado. Hay algo peor que tener un alma mala, o incluso que se vuelva mala: es tener un alma terminada. Hay algo aún peor que tener un alma perversa: es tener un alma acostumbrada.
Se han visto juegos increíbles de la Gracia  y  gracias increíbles de la Gracia penetrar un alma mala, incluso un alma perversa, y se ha visto salvar lo que parecía perdido. Pero nadie ha visto nunca que se mojara lo barnizado, ni se calara lo impermeable, nadie ha visto empaparse a lo acostumbrado.
Las curaciones, los logros y los salvamentos de la gracia son maravillosos, y se ha visto ganar y se ha visto salvar lo que estaba (como) perdido, porque las peores miserias, porque las peores bajezas, las torpezas y los crímenes, porque el mismo pecado, son a menudo grietas en la armadura del hombre, defectos en la coraza, en la coraza de la dureza del hombre,  por los que puede penetrar la Gracia. Mas sobre la coraza inorgánica de la costumbre todo resbala, y toda espada rebota.
O, si se quiere, en el mecanismo espiritual, los puntos de articulación de las palancas de la Gracia son precisamente las peores miserias, bajezas, crímenes, torpezas, el pecado mismo.  Ahí es donde trabaja, ahí donde encuentra el punto que hay en todo hombre pecador, ahí como se apoya sobre ese punto doloroso. Se ha visto a los mayores criminales salvarse. Por su crimen mismo. Por el mecanismo, por la articulación de su crimen. Nadie ha visto a las mayores personas de buenas costumbres salvarse por la articulación de su costumbre, porque precisamente lo acostumbrado es lo que no tiene articulación. [...] De ahí vienen muchos de los fallos que constatamos en la eficacia de la Gracia, que, alcanzando victorias inesperadas en el alma de los pecadores más grandes, a menudo permanece inoperante ante la gente más decente, sobre la gente más decente. Porque precisamente la gente más decente, o sencillamente la gente de bien o, en fin, esos que así se nombran, no tienen ningún defecto en su armadura. No están heridos. Su piel de moral siempre intacta les otorga un cuero y una coraza impecable. No tienen esa brecha que se produce por una herida terrible,  por una inolvidable miseria,  un invencible pesar, por un punto de sutura eternamente mal cosido, por una inquietud mortal,  por una sorda ansiedad indomable, una secreta amargura,  por un caer sin fondo perpetuamente enmascarado, por una cicatriz eternamente mal cerrada.
No ofrecen esa entrada a la gracia que es esencialmente el pecado. Como no están heridos, no son vulnerables. Como no carecen de nada, no se les da nada. Como no carecen de nada, no se les da lo que es todo. Ni la misma caridad de Dios venda al que no tiene llagas. Porque había un hombre tirado en el suelo, el Samaritano lo levantó. Porque la cara de Jesús estaba sucia, Verónica la limpió con un pañuelo. De modo que quien no esté caído nunca será levantado, y quien no esté sucio no será lavado.
La "gente de bien" no se deja empapar por la gracia.  Es una cuestión de física molecular y globular. Lo que denominamos moral es un revestimiento que vuelve al hombre impermeable a la Gracia. La moral recubre al hombre contra la gracia»

[« Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise pensée. C'est d'avoir une pensée toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une mauvaise âme et même de se faire une mauvaise âme. C'est d'avoir une âme toute faite. Il y a quelque chose de pire que d'avoir une âme même perverse. C'est d'avoir une âme habituée.
On a vu les jeux incroyables de la grâce et les grâces incroyables de la grâce pénétrer une mauvaise âme et même une âme perverse et on a vu sauver ce qui paraissait perdu. Mais on n'a jamais vu mouiller ce qui était verni, on n'a pas vu traverser ce qui était imperméable, on n'a pas vu tremper ce qui était habitué.
Les cures et les réussites et les sauvetages de la grâce sont merveilleux et on a vu gagner et un a vu sauver ce qui étais (comme) perdu. Mais les pires détresses, mais les pires bassesses, les turpitudes et les crimes, mats le péché même sont souvent les défauts de l'armure de l'homme, les défauts de la cuirasse par où la grâce peut pénétrer dans la cuirasse de la dureté de l'homme. Mais sur cette inorganique cuirasse de l'habitude tout glisse, et tout glaive est émoussé.
Ou si l'on veut dans le mécanisme spirituel les pires détresses, bassesses, crimes, turpitudes, le péché même, sont précisément les points d'articulation des leviers de la grâce. Par là elle travaille. Par là elle trouve le point qu’il y a dans tout homme pécheur. Par là elle appuie sur ce point douloureux. On a vu sauver les plus grands criminels. Par leur crime même. Par le mécanisme, par l’articulation de leur crime. On n'a pas vu sauver les plus grands habitués par l'articulation de l'habitude, parce que précisément l'habitude est celle qui n'a pas d'articulation. [...]. De là viennent tant de manques que nous constatons dans l'efficacité de la grâce, et que remportant des victoires inespérées dans l'âme des plus grands pécheurs elle reste souvent inopérante auprès des plus honnêtes gens, sur les plus honnêtes gens. C'est que précisément les plus honnêtes gens, ou simplement les honnêtes gens, ou enfin ceux qu'on nomme tels, n'ont point de défauts eux-mêmes dans l'armure. Ils ne sont pas blessés. Leur peau de morale, constamment intacte, leur fait un cuir et une cuirasse sans faute. Ils ne présentent pas cette ouverture que fait une affreuse blessure, une inoubliable détresse, un regret invincible, un point de suture éternellement mal joint, une mortelle inquiétude, une invincible arrière-anxiété, une amertume secrète, un effondrement perpétuellement masqué, une cicatrice éternellement mal fermée. Ils ne présentent pas cette entrée à la grâce qu'est essentiellement le péché. Parce qu'ils ne sont pas blessés, ils ne sont pas vulnérables. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte rien. Parce qu'ils ne manquent de rien, on ne leur apporte pas ce qui est tout. La charité même de Dieu ne panse point celui qui n'a pas de plaies. C'est parce qu'un homme était par terre que le Samaritain le ramassa. C'est parce que la face de Jésus était sale que Véronique l'essuya d'un mouchoir. Or celui qui n'est pas tombé ne sera jamais ramassé; et celui qui n'est pas sale ne sera pas essuyé.
Les "honnêtes gens" ne mouillent pas à la grâce.
C'est une question de physique moléculaire et globulaire. Ce qu'on nomme morale est un enduit qui rend l'homme imperméable à ta grâce.  s'ils sont malheureusement enduits de morale, sont inattaquables à la grâce, inentamables.»] 


Charles Péguy, Oeuvres en prose complète,  pp.1388-1390. Gallimard, 1992

10 septiembre 2012

Deja para mañana lo de mañana. Charles Péguy

"Ante todo, los modernos quieren estar tranquilos". Ch. Péguy

Aquí os dejo algunos extractos de una ponencia de A. Molteni, titulada Permanecer en la precariedad. Las sugerencias de Charles Péguy .
Del R.P. Agostino Molteni, profesor de Literatura en la Universidad de Trieste y especialista en Péguy, hay varios trabajos, todos ellos apasionantes (por ejemplo Péguy, testigo del acontecimiento, o Charles Péguy: Los intelectuales de la felicidad y el acontecimiento cristiano), que, como este, se encuentran fácilmente en la red:
"Para Péguy este afán de tranquilidad domina de la misma suerte a laicos y eclesiásticos. Es el triunfo de Benjamín Franklin y de su máxima no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy, que en la modernidad es considerada “la máxima de la sabiduría, de la prudencia y del buen gobierno de sí mismo”. Es el triunfo, para Péguy, de la libreta de la caja de ahorros, el “libro modelo” de la modernidad, el “diploma de tranquilidad del mundo entero”: “Así como el Evangelio es un compendio del pensamiento cristiano, así también la libreta de la caja de ahorros es el compendio del pensamiento moderno. Es lo único capaz de hacer frente a los Evangelios, porque es el libro del dinero, y el dinero es el anticristo. (…) Los libros licenciosos sólo han producido pecadores. La libreta de caja de ahorros produce lo moderno”.

Esta perspectiva del ahorro es la misma perspectiva de los “seguros”: es decir, la pretensión de asegurarse contra el acontecimiento imprevisto. Para Péguy es lo más opuesto al Evangelio y a su máxima: Cada día trae su afán, cuique diei malitia sua (Mt 6,34): “Si cada día trae su afán, ¿por qué asumir hoy los afanes de mañana, el trabajo de mañana?”. Así, el hombre no debe asegurarse de antemano contra el mañana, contra el acontecimiento que aún debe acontecer: “No debemos pensar en el mañana. Esa misma pereza (intelectual), esa misma prudencia, anticipación (y ese mismo apego al ahorro) fue lo que selló el determinismo, el materialismo y el intelectualismo”.

Péguy dice que el origen de esta perspectiva de ahorro y de “seguros” contra el acontecimiento imprevisto del presente nace de una pereza de la razón que no quiere ser desbarajustada, puesta en movimiento de su sedentarismo por el acontecimiento del ser: “Esa imperiosa necesidad de fijar el espíritu no es sino un ansia de pereza y la expresión misma de la pereza intelectual. Ante todo, los modernos, quieren estar tranquilos; ser, ante todo, sedentarios”. (...) “Esa misma tentación de pereza, esa misma fatiga y ansia de tranquilidad que los hace a todos funcionarios, es la misma que hace intelectuales. Así como todos corren tras las cátedras, no para enseñar, sino para estar sentados, así también desean ante todo una filosofía, un sistema de pensamiento, un sistema de conocimiento donde se pueda estar sentado”.
...Para Péguy es Bergson quien “ha vuelto a encontrar el presente, ha reintegrado la presencia del presente. Nos ha vuelto a decir que cada día trae su afán. Esto es la sabiduría misma y la vida. (…) No pretender asegurar de antemano la tranquilidad. No anticipar el mañana. (…) No sacrificar el día de hoy, la libertad y la fecundidad de hoy, a la tranquilidad de mañana. (…) No envejecer la vida: bastante envejece ya. He aquí lo metafísico, lo moral, lo económico y lo cívico”.(...) “El mundo del dinero y de la avaricia es el mismo mundo de los intelectuales del ser estático”. (...) “Las economías, los civismos, las morales, las metafísicas, todos dependen de cómo se trata el presente. Dime cómo tratas el presente y te diré cuál es tu filosofía  Si esterilizamos el presente, todo es estéril, todo está vacío.”

La “precariedad” es la novedad que la tradición hebreo-cristiana aporta a la visión del tiempo, y es la consecuencia de la visión de la realidad y del presente como acontecimiento que no se puede poseer de antemano.(...) Sin embargo, para Péguy, en la modernidad la cristiandad ha olvidado esta precariedad, pues el acontecimiento cristiano ha sido desvirtuado. Hablando de los cristianos modernos dice: “No son cristianos, quiero decir que no lo son hasta la médula. Continuamente pierden de vista la precariedad, que para el cristiano es la condición más profunda del hombre; pierden de vista esta profunda miseria, y no tienen presente que siempre hay que volver a comenzar. Es una precariedad eterna. Nada de lo adquirido es adquirido para siempre. Es la condición misma del hombre. Y es la condición más profunda del cristiano. No hay nada más contrario al pensamiento cristiano que la idea de una adquisición eterna, la idea de una adquisición definitiva que no puede ponerse en tela de juicio”.

Esta es la lección de Péguy: permanecer en la precariedad, es decir, recomenzar siempre, no considerar nada como adquirido para siempre, vivir el presente como presente siempre imprevisto, esperar el acontecimiento del ser (recordemos que la etimología de “precario” significa algo que no se obtiene por derecho, sino sólo por preces, por súplicas).
Si os interesa, podéis leerlo completo aquí.  Las citas de Péguy proceden de su Nota conjunta sobre Descartes y la filosofía cartesiana . Saludos y feliz rentrée.