11 abril 2010

Lo que más vale

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Cuando todo se ha perdido:
...marchábamos a trompicones durante kilómetros, resbalando en el hielo...De vez en cuando yo levantaba la vista al cielo y veía diluirse las estrellas al primer albor rosáceo de la mañana ... Pero mi mente se aferraba a la imagen de mi mujer, a quien vislumbraba con extraña precisión. La oía contestarme, la veía sonriéndome con su mirada franca y cordial. Real o no, su mirada era más luminosa que el sol del amanecer. Un pensamiento me petrificó: por primera vez en mi vida comprendí la verdad vertida en las canciones de tantos poetas y proclamada en la sabiduría definitiva de tantos pensadores. La verdad de que el amor es la meta última y más alta a que puede aspirar el hombre. Fue entonces cuando aprehendí el significado del mayor de los secretos que la poesía, el pensamiento y el credo humanos intentan comunicar: la salvación del hombre está en el amor y a través del amor.
Comprendí cómo el hombre, desposeído de todo en este mundo, todavía puede conocer la felicidad —aunque sea sólo momentáneamente— si contempla al ser querido. Cuando el hombre se encuentra en una situación de total desolación, cuando su único objetivo es limitarse a soportar los sufrimientos correctamente —con dignidad— ese hombre puede, en fin, realizarse en la amorosa contemplación de la imagen del ser querido. Por primera vez en mi vida podía comprender el significado de las palabras: “Los ángeles se pierden en la contemplación perpetua de la gloria infinita.”
Delante de mí tropezó y se desplomó un hombre, cayendo sobre él los que le seguían. El guarda se precipitó hacia ellos y a todos alcanzó con su látigo. Este hecho distrajo mi mente de sus pensamientos unos pocos minutos, pero pronto mi alma encontró de nuevo el camino para regresar a su otro mundo y, olvidándome de la existencia del prisionero, continué la conversación con mi amada: yo le hacía preguntas y ella contestaba; a su vez ella me interrogaba y yo respondía.
“¡Alto!” Habíamos llegado a nuestro lugar de trabajo. Todos nos abalanzamos dentro de la oscura caseta con la esperanza de obtener una herramienta medio decente. Cada prisionero tomaba una pala o un zapapico.
“¿Es que no podéis daros prisa, cerdos?” Al cabo de unos minutos reanudamos el trabajo en la zanja, donde lo dejamos el día anterior... Mi mente se aferraba aún a la imagen de mi mujer. Un pensamiento me asaltó: ni siquiera sabía si ella vivía aún. Sólo sabía una cosa, algo que para entonces ya había aprendido bien: que el amor trasciende la persona física del ser amado y encuentra su significado más profundo en su propio espíritu, en su yo íntimo. Que esté o no presente, y aun siquiera que continúe viviendo deja de algún modo de ser importante. No sabía si mi mujer estaba viva, ni tenía medio de averiguarlo, pero para entonces ya había dejado de importarme, no necesitaba saberlo, nada podía alterar la fuerza de mi amor, de mis pensamientos o de la imagen de mi amada. Si entonces hubiera sabido que mi mujer estaba muerta, creo que hubiera seguido entregándome a la contemplación de su imagen y que mi conversación mental con ella hubiera sido igualmente real y gratificante: “Ponme como sello sobre tu corazón... pues fuerte es el amor como la muerte”. -(Cantar de los Cantares, 8,6.)
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Monólogo al amanecer:
En otra ocasión estábamos cavando una trinchera. Amanecía en nuestro derredor, un amanecer gris... Mientras trabajaba, hablaba quedamente a mi esposa o, quizás, estuviera debatiéndome por encontrar la razón de mis sufrimientos, de mi lenta agonía. En una última y violenta protesta contra lo inexorable de mi muerte inminente, sentí como si mi espíritu traspasara la melancolía que nos envolvía, me sentí trascender aquel mundo desesperado, insensato, y desde alguna parte escuché un victorioso “sí” como contestación a mi pregunta sobre la existencia de una intencionalidad última. En aquel momento y en una franja lejana encendieron una luz, que se quedó allí fija en el horizonte, como si alguien la hubiera pintado, en medio del gris miserable de aquel amanecer en Baviera. “Et lux in tenebris lucet”, y la luz brilló en medio de la oscuridad. Estuve muchas horas tajando el terreno helado. El guardián pasó junto a mí, insultándome, y una vez más volví a conversar con mi amada. La sentía presente a mi lado, cada vez con más fuerza y tuve la sensación de que sería capaz de tocarla, de que si extendía mi mano cogería la suya. La sensación era terriblemente fuerte; ella estaba allí realmente.
-La ultima voluntad aprendida de memoria:
Y ahora se disponía por segunda vez el transporte al campo de reposo. Y también ahora se desconocía si era una estratagema para aprovecharse de los enfermos hasta su último aliento, o si su destino serían las cámaras de gas... El médico jefe, que me había tomado cierto apego, me dijo furtivamente una noche a las diez menos cuarto: “He hecho saber en el cuarto de mando que todavía se puede borrar su nombre de la lista; tiene de tiempo hasta las diez.” Le dije que eso no iba conmigo; que yo había aprendido a dejar que el destino siguiera su curso.
Despacio, volví a mi barracón y allí encontré a un buen amigo esperándome... Se le saltaron las lágrimas y yo traté de consolarle. Todavía me quedaba algo por hacer, expresarle mi última voluntad: “Otto, escucha, en caso de que yo no regrese a casa junto a mi mujer y en caso de que la vuelvas a ver, dile que yo hablaba de ella a diario, continuamente. Recuérdalo. En segundo lugar, que la he amado más que a nadie. En tercer lugar, que el breve tiempo que estuve con ella tiene más valor que nada, que pesa en mí más incluso que todo lo que hemos pasado aquí”.

[No son los valores, los principios, la fortaleza de ánimo lo que nos sostiene en las situaciones límite, nos dice V. Frankl mientras levanta acta, sin disimulo ni adorno, de cómo se desmorona y se rompe un hombre, de la enorme fragilidad de nuestras supuestas virtudes. Sólo el amor y su recuerdo iluminan la existencia y la sostienen, nos devuelven la visibilidad del alma y apuntalan nuestra dignidad. Decía Borges que la lluvia -minuciosa- es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Una de las grandes cualidades del amor es la de ser algo -minucioso como la lluvia- que sin duda sucede, siempre, en el presente.]

Viktor Frankl, El Hombre en busca de Sentido (Parte I. Un psicólogo en un campo de concentración), Editorial Herder, Barcelona, 1979.

2 comentarios:

Suso Ares Fondevila dijo...

Y la escena en la que se le aparece una paloma blanca, tras estar él pensando y sintiendo intensamente a su mujer...
Un abrazo.

cb dijo...

Qué gracia, Suso. Al leerte he pensado por qué dirías que era una paloma blanca, cuando en el libro se habla de un pájaro negro con ojos brillantes. Lo he buscado y mira lo que dice:
"Y, entonces, en aquel mismo momento, un pájaro bajó volando y se posó justo frente a mí, sobre la tierra que había extraído de la zanja, y se me quedó mirando fijamente".
Muy importante ese pájaro, a mí también me lo parece, Suso, como la lucecita que se enciende en el horizonte. Corté justo ahí por una tonta timidez, no quería que el detalle del pájaro diera un tinte imaginario o fantasioso al resto del relato. Hay más que leer en la vida que en los libros, pero no todos lo ven así.
Gracias por traerlo.
Un abrazo, Suso, feliz domingo