18 febrero 2010

Disminución

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Los bienhechores de Cristo ("tuve hambre y me disteis de comer") no son llamados por él amantes o caritativos, son llamados los justos. El Evangelio no hace ninguna distinción entre el amor al prójimo y la justicia. Nosotros hemos inventado la distinción entre justicia y caridad. Es fácil comprender por qué. Nuestra noción de justicia dispensa al que tiene de la obligación de dar. Si con todo da, cree que puede estar contento de sí mismo, piensa que ha hecho una buena obra. ... Sólo la identificación absoluta de la justicia y el amor hace posibles, a la vez, tanto la compasión y la gratitud como el respeto de la dignidad de la desdicha, por el mismo desdichado y por los otros.
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La virtud sobrenatural de la justicia consiste, cuando uno es el superior en una relación desigual de fuerzas, en comportarse exactamente como si hubiera igualdad. Exactamente bajo todos los conceptos, comprendidos los menores detalles de tono y actitud, pues un detalle puede bastar para volver a lanzar al inferior al estado de materia que en esa situación es por naturaleza el suyo, de igual modo que el menor choque congela el agua que se mantuvo líquida por debajo de cero grados. Esta virtud, en el caso del inferior así tratado, consiste en no creer que verdaderamente exista igualdad de fuerzas, en reconocer que la generosidad del otro es la única causa de ese tratamiento. Es lo que denominamos reconocimiento. El reconocimiento, cuando es puro, es una participación en esa misma virtud, pues sólo puede reconocerla quien es capaz de ella.
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Aquel que trata como iguales a aquellos a quienes la relación de fuerzas le puso muy por debajo, les hace verdaderamente un don , les otorga la condicion de seres humanos de la que la suerte les privaba. En la medida en que le es posible a una criatura, reproduce a su modo la generosidad original del Creador. Esta virtud es la virtud cristiana por excelencia...
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La existencia del mal aquí abajo, lejos de ser una prueba contra la realidad de Dios, nos revela su verdad. ... La Creación, por parte de Dios, no es un acto de expansión, sino de retirada, de renunciamiento. Dios más todas las criaturas es menos que Dios sólo. Dios ha aceptado esta disminución. Ha vaciado de sí una parte del ser. Él mismo se ha vaciado en ese acto de su divinidad; es por lo que San Juan dice que el Cordero ha sido degollado desde la constitución del mundo. Dios ha permitido la existencia de cosas diferentes a Él y valiendo infinitamente menos que Él. Se ha negado a sí mismo por el acto creador, como Cristo nos ha prescrito negarnos a nosotros mismos. Dios se ha negado en nuestro favor para darnos la posibilidad de negarnos por Él. Esta respuesta, este eco, al que podemos rehusarnos, es la única justificación posible a la locura de amor del acto creador.
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La generosidad y la compasión son inseparables y tienen la una y la otra su modelo en Dios; esto es: la creación y la Pasión.
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Incluso en el arte y la ciencia, si bien la producción de segundo orden, brillante o mediocre, es una extensión de sí, la producción enteramente de primer orden, la creación, es renuncia de sí. No se discierne esta verdad porque la gloria entremezcla y recubre de fulgor indistintamente a las producciones de primer orden y a las más brillantes de segundo orden, incluso dando frecuentemente ventaja a estas últimas.
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La caridad del prójimo, estando constituida por la atención creadora, es análoga al genio...
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Dios no está presente, aunque se le invoque, allí donde los desgraciados son simplemente una ocasión para hacer el bien...Pues entonces ...son amados impersonalmente. Y es preciso hacerles llegar a su estado inerte, anónimo, un amor personal . Es por lo que expresiones como "amar al prójimo en Dios o por Dios", son expresiones engañosas y equívocas.... No es el momento de volver el pensamiento hacia Dios. Igual que hay momentos en los que hay que pensar en Dios olvidando a todas las criaturas sin excepción, hay momentos en los que mirando a las criaturas no hay que pensar explícitamente en el Creador. En esos momentos la presencia de Dios en nosotros tiene por condición un secreto tan profundo que lo sea incluso para nosotros. Hay momentos en los que pensar en Dios nos separa de Él. El pudor es la condición de la unión nupcial.

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En el amor verdadero no somos nosotros quienes amamos a los desdichados en Dios, es Dios en nosotros quien ama a los desdichados. Cuando estamos nosotros en la desgracia, es Dios en nosotros quien ama a los que nos desean el bien. La compasión y la gratitud descienden de Dios, y cuando se intercambian en una mirada, Dios está presente en el punto en que las miradas se encuentran. El desgraciado y el otro se aman a partir de Dios, a través de Dios, pero no por amor de Dios; se aman por amor el uno del otro.


Simone Weil, Attente de Dieu. Lettres écrites du 19 janvier au 26 mai 1942, Éditions Fayard, Paris, 1966 . Traducc. sol y escudo.

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