04 septiembre 2015

Campo de retamas. Rafael Sánchez Ferlosio


   No llego a tener claro si el afecto que sentimos por algunos autores es resultado de las simpatías y las antipatías compartidas -sobre todo de las antipatías, porque las simpatías unen, pero las antipatías añaden un plus de complicidad (*)-, o si sucede más bien al revés. Es decir, y ya que andamos con Goethe, si el cariño nace de las afinidades electivas o las afinidades electivas del cariño, o ni lo uno ni lo otro y sólo se trata de un feliz conglomerado de  coincidencias. La cuestión es que a mí Goethe también se me atraganta un poco (salvo el Werther, supongo que porque eramos muy jóvenes, él cuando lo escribió y yo cuando lo leí), mientras que a Ferlosio le tengo verdadero afecto, diga lo que diga. Le paso hasta la temblorosa flor-bombilla de la utopía. 

    Todo eso viene a cuento de lo mucho que estoy disfrutando con Campo de Retamas  y de que he dado un salto de alegría leyendo este "Anti-Goethe,2", y no sólo porque le plante cara a Goethe, sino por el asunto, por ese importantísimo tertium datur. Hay demasiados falsos dilemas. Nos pasamos la vida escogiendo entre tragarnos la espada o empotrarnos en la pared. La tendencia a plantear las cosas en términos de dilema tiene un fondo perezoso y falto de imaginación, cuando no tramposo y avasallador: o lo tomas o lo dejas, o dentro o fuera, o pasas por el aro o atente, o la cartera o la vida, que decían los ladrones en los tebeos.  La cartera o la vida, y rapidito que hay prisa, es el prototipo del dilema. El ladrón siempre se calla la tercera opción: ...o que saques el spray, o que sepas kung-fu, o que aparezca un poli, o que me dé un infarto repentino. Entre la espada y la pared, esa situación tan incómoda e irritante, lo suyo es saltar bien alto o escurrirse por debajo, y, como poco,  protestar amargamente:

(Anti-Goethe, 2) Lo más despreciable y bellaco de la famosa declaración de Goethe: "Prefiero la injusticia al desorden", no está en el término que declara preferir -pues tal vez no sería tan diferente como al pronto pudiera parecernos la preferencia inversa-; la verdadera vileza de la frase consiste en claudicar ante el dilema, en no rebelarse airado, aun tan impotente como esclavo en argollas, y doblegarse a la ley del tercero excluido. Por mi parte, precisamente no se me ocurren palabras más apropiadas que atribuir al soplo del espíritu que una voz que susurra "Tertium datur!". Rechazar y desatar la falaz y fatal constricción de los dilemas, quebrantar la cadena del destino, es la obra del espíritu. Pues quien no haya comprendido que los dilemas son ya destino, ya fatalidad, ha renunciado a la mera posibilidad del albedrío.

   Ferlosio a veces rasca, a veces te vapulea (pero dejarse vapulear -por un libro- nunca viene mal), a veces cuesta seguirle -a mí por lo menos me cuesta, Ferlosio es de un saber apabullante-, pero siempre maravilla. Por su genialidad, por su originalidad, por esa mezcla de inteligencia profunda y oído finísimo, para las nimiedades reveladoras, para detectar las imposturas y volverlas del revés, para ver, a la vez que la tienda, la trastienda; por su alergia al gato que se pretende liebre, aunque el gato resultara suyo ("Ojo conmigo", avisa al comienzo del libro, alertando contra los autores de "pecios"); por su curiosa combinación de sabio y de gamberro, de hombre de vuelta de todo y de frescura infantil.  Ferlosio es mucho Ferlosio.

(*) Ese es el lazo, por ejemplo, que hace valer Ezra Pound en  la primera carta que le dirige a Joyce: ...de acuerdo a lo que W.B.Y. dice, imagino que tenemos un par de odios en común.


Rafael Sánchez Ferlosio, Campo de retamas. Pecios reunidos, Literatura Random House, Barcelona, abril 2015.

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