26 mayo 2013

Ley de gracia y amor. Fray Luis de León

   Acabo de encontrarme un amabilísimo comentario a una entrada antigua de Fray Luis (gracias, V) y al ir a contestarlo me aparece archivado este texto. Lo tenía guardadito en un borrador para cuando me viera capaz de hincarle el diente. Sigo sin verme, pero no quiero dejarlo por ahí perdido.
    Sólo mirad cómo resuelve, sin terminachos y así como si nada, con qué sencillez, con qué belleza,  tanto los planteamientos éticos intelectualistas como los rigoristas (tanto los de corte socrático -el conocimiento del bien basta para hacernos buenos- como los kantianos, y no sólo kantianos, del deber por el deber). 
   No sé qué os parecerá a vosotros, yo es que digo Fray Luis de León y quedo muda de maravillamiento:
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"... así hay dos diferencias de leyes: la primera es de aquellas leyes que hablan con el entendimiento y le dan luz en lo que, conforme a razón, se debe o hacer o no hacer, y le enseñan lo que ha de seguir en las obras, y lo que ha de excusar en ellas mismas; la segunda es la de la ley, no que alumbra el entendimiento, sino que aficiona la voluntad imprimiendo en ella inclinación y apetito de aquello que merece ser apetecido por bueno, y, por el contrario, engendrándole aborrecimiento de las cosas torpes y malas. La primera ley consiste en mandamientos y reglas; la segunda, en una salud y cualidad celestial, que sana la voluntad y repara en ella el gusto bueno perdido, y no sólo la sujeta, sino la amista y reconcilia con la razón; y, como dicen de los buenos amigos, que tienen un no querer y querer, así hace que lo que la verdad dice en el entendimiento que es bueno, la voluntad aficionadamente lo ame por tal. [...]

La primera se llama ley de mandamientos, porque toda ella es mandar y vedar. La segunda es dicha ley de gracia y de amor, porque no nos dice que hagamos esto o aquello, sino hácenos que amemos aquello mismo que debemos hacer. Aquélla es pesada y áspera porque condena por malo lo que la voluntad corrompida apetece por bueno; y así, hace que se encuentren el entendimiento y la voluntad entre sí, de donde se enciende en nosotros mismos una guerra mortal de contradicción. Mas ésta es dulcísima por extremo, porque nos hace amar lo que nos manda, o, por mejor decir, porque el plantar e ingerir en nosotros el deseo y la afición a lo bueno, es el mismo mandarlo; y porque, aficionándonos y, como si dijésemos, haciéndonos enamorados de lo que manda, por esa manera, y no de otra, nos manda. Aquélla es imperfecta, porque a causa de la contradicción que despierta, ella por sí no puede ser perfectamente cumplida, y así no hace perfecto a ninguno. ... Aquélla hace temerosos, ésta amadores. Y, como prosigue San Agustín largamente en los libros De la letra y del espíritu, poniendo siempre sus pisadas en lo que dejó hollado San Pablo, aquélla es perecedera, ésta es eterna; aquélla hace esclavos, ésta es propia de hijos. .. Aquélla pone en servidumbre, ésta es honra y libertad verdadera.

Y la gobernación y las leyes, ¿quién las desechará como duras, siendo leyes de amor, quiero decir, tan blandas leyes que el mandar no es otra cosa sino hacer amar lo que se manda?"


Fray Luis de León, Los Nombres de Cristo.

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