10 mayo 2013

Esa farsa siniestra. Simone Weil


"El trabajo físico, aun siendo gravoso, no es por sí mismo una degradación. No es el arte, no es la ciencia, pero es otra cosa que tiene un valor absolutamente igual al del arte y al de la ciencia. Pues procura una posibilidad similar para lograr el acceso a una forma impersonal de la atención.

Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico otorga un cierto contacto con la realidad, con la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición. Por ello envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctima de tal envilecimiento, en cierto sentido también son cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento sobre su persona y su derecho. No se trataría entonces de una reivindicación, sino de la sublevación de su ser entero, feroz y desesperada, como la de una jovencita a quien se quisiera dedicar por la fuerza a la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

Este sentimiento ciertamente habita en ellos, pero tan inarticulado ni para ellos resulta discernible. Los profesionales de la palabra estan incapacitados para darle expresión. Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, reciben con alivio la fácil claridad de las cifras. De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

Imaginemos que el diablo está negociando la compra del alma de un desventurado y que alguien, apiadándose del infeliz, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted no le ofrezca un precio superior; el objeto vale por lo menos el doble”. Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro mismo de la reclamación que quisieron gritar a la cara del mundo. La noción de derecho está vinculada a la de reparto, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho sólo se sostiene mediante un tono de reivindicación; y cuando se adopta ese tono, es que la fuerza no está lejos, detrás de él, para confirmarlo, o de otra forma resulta ridículo. (...)

Las nociones de derecho, de persona, de democracia pertenecen a esta categoría. Bernanos tuvo el coraje de decir que la democracia no ofrece ninguna defensa frente a los dictadores. La persona está por naturaleza sometida a la colectividad. El derecho por naturaleza depende de la fuerza. Las mentiras y los errores que velan estas verdades son extremadamente peligrosos porque impiden recurrir a lo único sustraído a la fuerza y que preserva de la fuerza; es decir, a otra fuerza que es la irradiación del espíritu. La materia pesante no es capaz de vencer la pesantez sino en las plantas, gracias a la energía solar que el verde de las hojas ha capturado y que opera en su savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz. "
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"La  noción de derecho nos viene de Roma y, como todo lo que viene de la antigua Roma, que es la mujer llena de nombres de blasfemia a la que se refiere el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza solo consigue la plenitud de la eficacia revestida de algunas ideas, emplearon para ello la noción de derecho. Se presta a ello estupendamente. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero la utilizó hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. Cierto es que a quienes subyuga no les reconoce más derecho que el de obedecer. La antigua Roma tampoco. Alabar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es particularmente escandaloso. Ya que si se quiere examinar lo que en ella era esta noción en el momento de su aparición, para discernir mejor sus cualidades, se ve que la propiedad quedaba definida por el derecho de usar y abusar. Y, de hecho, la mayor parte de estas cosas sobre las que el propietario tenía el derecho de usar y abusar eran seres humanos.

Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de "justicia".
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Se trata de una singular confusión, la de asimilar la ley no escrita de Antígona al derecho natural. A los ojos de Creonte, en lo que hacía Antígona no había absolutamente nada natural. Juzgaba que estaba loca. No somos nosotros los que podríamos decir que se equivocaba, nosotros que, en este momento, pensamos, hablamos y actuamos exactamente igual que él.

Se puede verificar remitiéndose al texto. Antígona le dice a Creonte: “No es Zeus el que ha publicado esa orden; no es la compañera de las divinidades del otro mundo, la Justicia, la que ha establecido semejantes leyes entre los hombres”. Creonte intenta convencerla de que sus órdenes eran justas; la acusa de haber ultrajado a uno de sus hermanos honrando al otro, ya que de esa manera el mismo honor le ha sido otorgado al impío y al fiel, al que ha muerto intentado destruir a su propia patria y al que ha muerto por defenderla. Ella dice: “No obstante, el otro mundo pide leyes iguales”. Él objeta con sentido común: “Pero no hay reparto igual, ya se trate del valiente o del traidor”. A ella solo se le ocurre esta respuesta absurda: “¿Quién sabe si, en el otro mundo, eso es legítimo?”. La observación de Creonte es totalmente razonable: “Pero jamás un enemigo, ni siquiera muerto, es un amigo”. Sin embargo la pequeña necia responde: “He nacido para tomar parte no del odio sino del amor”. A continuación Creonte, cada vez más razonable: “Entonces vete al otro mundo, y ya que tienes que amar, ama a los que allí permanecen”.

En efecto, ese era su verdadero puesto. Pues la ley no escrita a la que obedecía esta pequeña, lejos de tener nada que ver con el derecho o con algo natural, no era ni más ni menos que el amor extremo, absurdo, que llevó a Cristo hasta la cruz. La Justicia, compañera de las divinidades del otro mundo, ordena ese exceso de amor. Ningún derecho lo ordenaría. El derecho no tiene vínculo directo con el amor.

Así como la noción de derecho es extraña al espíritu griego, también lo es a la inspiración cristiana, allí donde ésta permanece pura y no mezclada a la herencia romana, o hebrea, o aristotélica. No es posible imaginar a san Francisco de Asís hablando de derecho.
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Si se le dice a alguien capaz de escuchar: “Lo que usted me hace no es justo”, se puede golpear y despertar, justo en su fuente, la atención y el amor. No sucede lo mismo con palabras como: “Tengo derecho a…”, “usted no tiene el derecho de...", éstas encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible, desde cualquier ángulo, todo matiz de caridad.

Es imposible, cuando de ella se hace un uso casi exclusivo, permanecer con la vista fija sobre el verdadero problema. Un campesino al que presiona indiscretamente un comprador, en el mercado, para que le venda sus pollos a un precio moderado, puede muy bien responder: “Tengo derecho a quedarme con mis pollos si no se me ofrece un precio lo suficientemente bueno”. Pero una jovencita a la que se trata de meter por la fuerza en un prostíbulo no hablará de sus derechos. En tal situación, esa palabra parecería ridícula por su misma insuficiencia.

Por eso el drama social, que es análogo a la segunda situación, ha aparecido falsamente, gracias al uso de esta palabra, como análogo a la primera. El uso de esta palabra ha convertido lo que debió ser un alarido desde el fondo de las entrañas, en un agrio griterío de reivindicación, sin pureza ni eficacia. ...

Muchas de las verdades indispensables y que salvarían a los hombres no son dichas por causas de este tipo; los que podrían decirlas no las pueden formular, los que podrían formularlas no las pueden decir. El remedio a este mal sería uno de los problemas urgentes de una verdadera política. "


Simone Weil, Escritos de Londres y últimas cartas.
Aunque hay una edición en Trotta, Madrid 2010, me he servido preferentemente de los textos traducidos y publicados por Sylvia María Valls:
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

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