16 julio 2013

Una marca sobre la tierra. Simone Weil

"Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano. El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien.
Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado un trozo de pastel un poco más grande que a él cede a un móvil que proviene de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Solo la primera importa.
Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: “¿Por qué se me hace daño?”, hay ciertamente injusticia. Pues si, tal como sucede a menudo, tan solo es el efecto de un error, entonces la injusticia consiste en la insuficiencia de la explicación.(...)
En los que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esa parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero jamás lo está del todo. Tan solo es que ya no puede gritar. Se mantiene en un estado de gemido sordo e ininterrumpido. Pero incluso en quienes el poder del grito está intacto, ese grito no consigue expresarse hacia dentro ni hacia fuera con palabras seguidas. Lo que sucede habitualmente es que las palabras que intentan traducirlo suenan completamente falsas.
Ello es tanto más inevitable cuanto que aquellos que más a menudo tienen ocasión de sentir que se les hace un daño son los que menos saben hablar. Nada más horroroso, por ejemplo, que ver en un tribunal a un desgraciado balbucear ante un magistrado que lanza ocurrencias graciosas en un lenguaje elegante. "

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"La desgracia en sí misma es inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se les concede. Hay otras en las que se les proporciona palabras, pero mal escogidas, ya que quienes las escogen son ajenos a la desgracia que interpretan. Muy a menudo están lejos de la desgracia por el lugar en el que les han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si se la han encontrado dentro de un período de sus vidas, incluso reciente, no obstante son ajenos porque se han vuelto ajenos tan pronto como han podido. Al pensamiento le repugna pensar la desgracia tanto como a la carne viva le repugna la muerte. La ofrenda voluntaria de un ciervo avanzando paso a paso para ofrecerse a los dientes de una jauría es posible más o menos en el mismo grado en que lo es un acto de atención dirigido hacia una desgracia real, y  muy próxima, por parte de un espíritu que tiene la facultad de dispensárselo.
Lo que, siendo indispensable para el bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible sobrenaturalmente.
El bien sobrenatural no es una especie de suplemento del bien natural, aunque, con la ayuda de Aristóteles, se nos quiera convencer de tal cosa  para nuestra mayor comodidad. Sería agradable que así fuera, pero no lo es. En todos los problemas punzantes de la existencia humana, solo hay elección entre el bien sobrenatural y el mal. Poner en boca de los desdichados palabras que pertenecen a la región mediana de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacerles un obsequio que no es susceptible de aportarles ningún bien y que les causa inevitablemente mucho mal.
Esas nociones no tienen su lugar en el cielo, están suspendidas en el aire y, por esta misma razón, son incapaces de morder la tierra.
Sólo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde profundamente en la tierra las poderosas raíces. En verdad, el árbol está enraizado en el cielo.
Sólo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra."

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"Si se quiere amar eficazmente a los desdichados, basta con poner en sus bocas palabras cuya morada propia se encuentra en el cielo, en el otro mundo. No hay que temer que sea imposible. La desdicha dispone al alma a recibir ávidamente, a beber todo lo que viene de ese lugar. Son los proveedores y no los consumidores los que faltan para este tipo de producto.
El criterio para la elección de las palabras es fácil de reconocer y emplear. Los desdichados, sumergidos en el mal, aspiran al bien. Sólo hay que darles palabras que expresen únicamente el bien, el bien en estado puro.
Diferenciarlas es fácil. Las palabras a las que se les puede añadir algo que designe un mal son ajenas al bien puro. Se expresa una reprobación cuando se dice: “Pone por delante su persona”. La persona es, por tanto, ajena al bien. Se puede hablar de un abuso de la democracia. La democracia es, por tanto, ajena al bien. La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer con él un buen uso o un mal uso. El derecho es, por tanto, ajeno al bien. Por el contrario, cumplir con una obligación es un bien, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes. Para estar seguro de que se dice lo que hay que decir, cuando de las aspiraciones de los desdichados se trata, basta con limitarse a las palabras y a las frases que expresan siempre, en todas partes, en todas las circunstancias, tan sólo un bien.
Es uno de los dos únicos servicios que se les puede hacer con las palabras. El otro consiste en encontrar palabras que expresen la verdad de su desdicha; palabras que, por medio de las circunstancias exteriores, hagan perceptible el grito que siempre se lanza rodeado de silencio: “¿Por qué se me hace daño?”.

Para ello no deben confiar en hombres de talento, personalidades, celebridades, ni siquiera en hombres geniales en el sentido en el que normalmente se emplea la palabra genio, cuyo uso se confunde con el de talento. Solo pueden confiar en genios de primer orden, el poeta de la Ilíada, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, tal como era cuando escribió Lear, Racine tal como era cuando escribió Fedra. No es que sean muchos.
Pero hay cantidad de seres humanos que, habiendo sido mal o mediocremente dotados por la naturaleza y pareciendo infinitamente inferiores no solo a Homero, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, sino también a Virgilio, Corneille o Hugo, sin embargo, viven en el reino de los bienes impersonales en el que estos últimos no han penetrado. El más simple idiota del pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ame realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera algunos balbuceos, es por el pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles lo haya estado nunca. Tiene genio, mientras que a Aristóteles sólo le conviene la palabra talento... El amor a la verdad siempre se ve acompañado de humildad. El genio real no es sino la virtud sobrenatural de la humildad en el ámbito del pensamiento.

En lugar de alentar el florecimiento de talentos, como se proponía en 1789, hay que querer y resguardar con un tierno respeto el crecimiento del genio, pues sólo los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desventurados.
Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay que hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda esa parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habite una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia.
Hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros.
Del mismo modo que un vagabundo, acusado ante el tribunal por haber cogido una zanahoria de un campo, está plantado ante el juez que, cómodamente sentado, desgrana elegantemente preguntas, comentarios y bromas, mientras que el otro consigue apenas balbucear, así también está plantada la verdad ante una inteligencia ocupada en establecer elegantemente opiniones. "

Simone WeilEscritos de Londres y últimas cartas .
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

2 comentarios:

Angel Ruiz dijo...

Hernán ponía el otro día un enlace a este artículo sobre Weil y Benjamin y la atención en el arte y en el trabajo:
http://mimosa.pntic.mec.es/~sferna18/benjamin/BENJAMIN_Y_WEIL.pdf
Yo lo he leído fascinado, como lo que tú has puesto aquí, aunque creo que voy a tener que leerlo más veces, más despacio y con más "atención".

CB dijo...

Precisamente ese artículo, que me lo encontré buscando cosas sobre Benjamin, fue de lo primerito que leí sobre Weil.
Ese articulo y este otro: http://www.oocities.org/filosofialiteratura/BelloBuenoVerdadero.htm .
Después la descubrí en el blog de Hernán y ya sin parar.
Es de eso que piensas: ¿y si nunca la hubiera conocido?, y te entran temblores. Y debe de haber tantísimos así.
El otro día por ejemplo me hablaron de Adrienne von Speyr, que no tenía ni idea de quién era, y de Marthe Robin, que murió en 1961 y durante los más de 30 años en los que vivió desahuciada, ciega, sin poder moverse ni comer ni beber y alimentándose exclusivamente de la Comunión, fundó 70 Hogares de la Caridad. Tampoco la conocía. Y eso que somos "de los suyos", o eso se supone. Si ni nosotros la conocemos, imagínate. Es tremendo. O a lo mejor no, qué tontería, seguramente las cosas discurren por otros cauces.