21 julio 2013

Un día me fui del pago. José Larralde


Hace unos días, repasando por las entradas anteriores los libros de Kant de aquellos años lejanos, llenos de subrayados y notitas absurdas (por ejemplo esta: "Postulados-uso regulativo-no constitutivo" -por ejemplo, ya veis qué cosas, la idea o postulado del mundo-;  o esta otra: "antinomias/paralogismos" -que debía de ser algo de suma importancia porque estaba anotado en rojo,pero ya no sé por qué-),  me encontré una cuartilla con la letra de una canción.  La letra habla de un gaucho que se va del pago ... y aquí estoy, míreme usté.
Se me vino entonces a la memoria, de golpe, la escena entera: la tarde, la mesa, el tocadiscos (yes), la música sonando mientras me partía la crisma con el susodicho. Volví a verme con los libros delante y a escuchar el disco de Larralde, el del vozarrón, al fondo.
Ahora sé que hay más verdad en las coplillas de Larralde que en todo Kant. No sé si por entonces lo sabía, si es que empezaba a intuirlo, o si sólo me gustaba oírle. Creo que era otro de esos socorros a los que me agarraba mientras perdía pie. Kant es un encantador de serpientes, empiezas a bailar a su son -es tan brillante, tan perfectos sus engranajes, tan embaucador-  y terminas hecha un nudo en el fondo del cesto. Qué digo un nudo, Kant es el flautista de Hamelin en persona, empiezas a seguirle y hay un momento en el que das un solo paso más, uno solo,  y ya no vuelves. Del mismo modo que a veces me agarraba a los árboles  (había uno en el jardín de la Facultad, un árbol normalito con un tronco rugoso  -el de la ciencia del bien y del mal lo teníamos dentro-  con el que llegué a tener una relación muy estrecha),  de ese mismo modo me agarraba a Larralde.
Ahora me doy cuenta, pasa mucho, sólo al correr del tiempo vemos lo que nos socorría. El día que nos muramos estoy segura de que veremos cosas increíbles.

La letra de la canción decía:  Un día me fui del pago,/ la pucha que lo extrañé,/ salí buscando trabajo/ y aquí estoy, míreme usté.// Cuando uno sale al camino,/ es difícil de saber/ si podrá pegar la vuelta/ o morirá sin poder.// Cuanto más leguas se hacen,/ más quedan por recorrer;/ los caminos son pa' dirse,/  las penas son pa' volver.//  Un día me fui del pago,/ pero Dios ha de querer/ que no se me manque el zurdo/ sin llegar a Huanguelén...

El "zurdo" no es un caballo -o no sólo-, el "zurdo" es el corazón. El corazón, como bien sabéis, se nos puede "mancar" de muchas formas.
 Aquí está Larralde, benditos sean él y todo lo que en esta vida viene en nuestro socorro:



https://www.youtube.com/watch?v=w1lc8iJfqug

Y aquí os dejo esta otra, que no estaba guardada en el libro pero me hacía mucha gracia y me la sigue haciendo : "... porque tengo razón, que no tengo razón, que me falta un ojal, que me sobra un botón..."


16 julio 2013

Una marca sobre la tierra. Simone Weil

"Desde la más tierna infancia y hasta la tumba hay, en el fondo del corazón de todo ser humano, algo que, a pesar de toda la experiencia de los crímenes cometidos, sufridos y observados, espera invenciblemente que se le haga el bien y no el mal. Ante todo es eso lo que es sagrado en cualquier ser humano. El bien es la única fuente de lo sagrado. Únicamente es sagrado el bien y lo que está relacionado con el bien.
Esa parte profunda, infantil, del corazón, que espera siempre el bien, no es la que está en juego en la reivindicación. El niño que vigila celosamente si a su hermano le han dado un trozo de pastel un poco más grande que a él cede a un móvil que proviene de una parte mucho más superficial del alma. La palabra justicia tiene dos significados muy diferentes, que tienen relación con esas dos partes del alma. Solo la primera importa.
Cada vez que surge, desde el fondo del corazón humano, el lamento infantil que Cristo mismo no pudo contener: “¿Por qué se me hace daño?”, hay ciertamente injusticia. Pues si, tal como sucede a menudo, tan solo es el efecto de un error, entonces la injusticia consiste en la insuficiencia de la explicación.(...)
En los que han sufrido demasiados golpes, como los esclavos, esa parte del corazón a la que el mal infligido hace gritar de sorpresa parece muerta. Pero jamás lo está del todo. Tan solo es que ya no puede gritar. Se mantiene en un estado de gemido sordo e ininterrumpido. Pero incluso en quienes el poder del grito está intacto, ese grito no consigue expresarse hacia dentro ni hacia fuera con palabras seguidas. Lo que sucede habitualmente es que las palabras que intentan traducirlo suenan completamente falsas.
Ello es tanto más inevitable cuanto que aquellos que más a menudo tienen ocasión de sentir que se les hace un daño son los que menos saben hablar. Nada más horroroso, por ejemplo, que ver en un tribunal a un desgraciado balbucear ante un magistrado que lanza ocurrencias graciosas en un lenguaje elegante. "

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"La desgracia en sí misma es inarticulada. Los desgraciados suplican silenciosamente que se les proporcione palabras para expresarse. Hay épocas en las que no se les concede. Hay otras en las que se les proporciona palabras, pero mal escogidas, ya que quienes las escogen son ajenos a la desgracia que interpretan. Muy a menudo están lejos de la desgracia por el lugar en el que les han puesto las circunstancias. Pero incluso si están cerca, o si se la han encontrado dentro de un período de sus vidas, incluso reciente, no obstante son ajenos porque se han vuelto ajenos tan pronto como han podido. Al pensamiento le repugna pensar la desgracia tanto como a la carne viva le repugna la muerte. La ofrenda voluntaria de un ciervo avanzando paso a paso para ofrecerse a los dientes de una jauría es posible más o menos en el mismo grado en que lo es un acto de atención dirigido hacia una desgracia real, y  muy próxima, por parte de un espíritu que tiene la facultad de dispensárselo.
Lo que, siendo indispensable para el bien, es imposible por naturaleza, siempre es posible sobrenaturalmente.
El bien sobrenatural no es una especie de suplemento del bien natural, aunque, con la ayuda de Aristóteles, se nos quiera convencer de tal cosa  para nuestra mayor comodidad. Sería agradable que así fuera, pero no lo es. En todos los problemas punzantes de la existencia humana, solo hay elección entre el bien sobrenatural y el mal. Poner en boca de los desdichados palabras que pertenecen a la región mediana de los valores, tales como democracia, derecho o persona, es hacerles un obsequio que no es susceptible de aportarles ningún bien y que les causa inevitablemente mucho mal.
Esas nociones no tienen su lugar en el cielo, están suspendidas en el aire y, por esta misma razón, son incapaces de morder la tierra.
Sólo la luz que cae continuamente del cielo le proporciona a un árbol la energía que hunde profundamente en la tierra las poderosas raíces. En verdad, el árbol está enraizado en el cielo.
Sólo lo que viene del cielo es susceptible de imprimir realmente una marca sobre la tierra."

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"Si se quiere amar eficazmente a los desdichados, basta con poner en sus bocas palabras cuya morada propia se encuentra en el cielo, en el otro mundo. No hay que temer que sea imposible. La desdicha dispone al alma a recibir ávidamente, a beber todo lo que viene de ese lugar. Son los proveedores y no los consumidores los que faltan para este tipo de producto.
El criterio para la elección de las palabras es fácil de reconocer y emplear. Los desdichados, sumergidos en el mal, aspiran al bien. Sólo hay que darles palabras que expresen únicamente el bien, el bien en estado puro.
Diferenciarlas es fácil. Las palabras a las que se les puede añadir algo que designe un mal son ajenas al bien puro. Se expresa una reprobación cuando se dice: “Pone por delante su persona”. La persona es, por tanto, ajena al bien. Se puede hablar de un abuso de la democracia. La democracia es, por tanto, ajena al bien. La posesión de un derecho implica la posibilidad de hacer con él un buen uso o un mal uso. El derecho es, por tanto, ajeno al bien. Por el contrario, cumplir con una obligación es un bien, en todas partes. La verdad, la belleza, la justicia, la compasión son bienes siempre, en todas partes. Para estar seguro de que se dice lo que hay que decir, cuando de las aspiraciones de los desdichados se trata, basta con limitarse a las palabras y a las frases que expresan siempre, en todas partes, en todas las circunstancias, tan sólo un bien.
Es uno de los dos únicos servicios que se les puede hacer con las palabras. El otro consiste en encontrar palabras que expresen la verdad de su desdicha; palabras que, por medio de las circunstancias exteriores, hagan perceptible el grito que siempre se lanza rodeado de silencio: “¿Por qué se me hace daño?”.

Para ello no deben confiar en hombres de talento, personalidades, celebridades, ni siquiera en hombres geniales en el sentido en el que normalmente se emplea la palabra genio, cuyo uso se confunde con el de talento. Solo pueden confiar en genios de primer orden, el poeta de la Ilíada, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, tal como era cuando escribió Lear, Racine tal como era cuando escribió Fedra. No es que sean muchos.
Pero hay cantidad de seres humanos que, habiendo sido mal o mediocremente dotados por la naturaleza y pareciendo infinitamente inferiores no solo a Homero, Esquilo, Sófocles, Shakespeare, sino también a Virgilio, Corneille o Hugo, sin embargo, viven en el reino de los bienes impersonales en el que estos últimos no han penetrado. El más simple idiota del pueblo, en el sentido literal de la palabra, que ame realmente la verdad, aun cuando tan solo emitiera algunos balbuceos, es por el pensamiento infinitamente superior a Aristóteles. Está infinitamente más próximo a Platón de lo que Aristóteles lo haya estado nunca. Tiene genio, mientras que a Aristóteles sólo le conviene la palabra talento... El amor a la verdad siempre se ve acompañado de humildad. El genio real no es sino la virtud sobrenatural de la humildad en el ámbito del pensamiento.

En lugar de alentar el florecimiento de talentos, como se proponía en 1789, hay que querer y resguardar con un tierno respeto el crecimiento del genio, pues sólo los héroes realmente puros, los santos y los genios pueden socorrer a los desventurados.
Entre ambos, la gente de talento, de inteligencia, de energía, de carácter, de fuerte personalidad hacen pantalla e impiden la ayuda. No hay que hacer ningún mal a la pantalla, pero suavemente hay que echarla a un lado, intentando que se dé cuenta lo menos posible. Y hay que romper la pantalla mucho más peligrosa de lo colectivo, suprimiendo toda esa parte de nuestras instituciones y nuestras costumbres en la que habite una forma cualquiera del espíritu de partido. Ni las personalidades ni los partidos conceden jamás audiencia a la verdad ni a la desgracia.
Hay alianza natural entre la verdad y la desgracia, porque una y otra son suplicantes mudos, eternamente condenados a permanecer sin voz ante nosotros.
Del mismo modo que un vagabundo, acusado ante el tribunal por haber cogido una zanahoria de un campo, está plantado ante el juez que, cómodamente sentado, desgrana elegantemente preguntas, comentarios y bromas, mientras que el otro consigue apenas balbucear, así también está plantada la verdad ante una inteligencia ocupada en establecer elegantemente opiniones. "

Simone WeilEscritos de Londres y últimas cartas .
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

10 julio 2013

...y la ley moral en mí (o: "Si la luz que hay en ti es oscuridad, ¡qué oscuridad habrá! ")- y 3.

Y para terminar con estos apuntes nazi-kantianos -y pido perdón por si alguien se ha sentido ofendido- aquí tenéis esta entrevista a Michel Onfray, el autor de El sueño de Eichmann, un kantiano entre en los nazis. El problema para Onfray estriba en la subordinación de la moralidad privada a la legalidad pública. Kant es el filósofo de la obediencia, dice, y toda filosofía política que no deja lugar a la desobediencia, al hecho de distinguir entre legalidad y moralidad, es una filosofía peligrosa. De ahí que la ética kantiana no pueda tomarse aisladamente y deba ser reconsiderada a la luz de su filosofía jurídica y política. De todos modos, para descender al caso práctico y a la aterradora extrapolación a la situación de los judíos en el Tercer Reich, lo mejor es que lo oigáis:


Y ahora volvemos al Kant de Respuesta a la pregunta:¿Qué es la Ilustración?, y a su querido Federico II el Grande, déspota e ilustrado, cuya máxima de gobierno era aquel desvergonzado Razonad todo lo que queráis y sobre lo que queráis pero obedeced, y después podéis seguir extrapolando:

“Un príncipe que no encuentra indigno de sí declarar que sostiene como deber no prescribir nada a los hombres en cuestiones de religión, sino que los deja en plena libertad y que, por tanto, rechaza al altivo nombre de tolerancia, es un príncipe ilustrado, y merece que el mundo y la posteridad lo ensalce con agradecimiento. Al menos desde el gobierno, fue el primero en sacar al género humano de la minoría de edad, dejando a cada uno en libertad para que se sirva de la propia razón en todo lo que concierne a cuestiones de conciencia moral”. 
Y sigue:“Si se nos preguntara ¿vivimos ahora en una época ilustrada? responderíamos que no, pero sí en una época de ilustración. Todavía falta mucho para que la totalidad de los hombres, en su actual condición, sean capaces o estén en posición de servirse bien y con seguridad del propio entendimiento, sin acudir a extraña conducción”.
 
Ya vemos que aunque "todavía falte mucho" -y siga faltando siempre- para que el hombre esté en posición de servirse con seguridad del propio entendimiento, Kant se congratula de que haya sido declarado mayor de edad y libre en cuestiones de religión y conciencia moral. La conducción extraña -y en exclusiva, sin trabas-  del "todavía incapaz"  por parte del Estado no parece preocuparle. Y su plena libertad en cuestiones de conciencia moral,  pese a "su actual condición", que es a lo que vamos, tampoco.

Y a lo que vamos es a que el problema de Eichmann, íntimamente convencido de las bondades del Reich, de la necesidad de librarlo de sus adversarios y de la moralidad de sus actos cuando su trabajo consistía, primero,  en impulsar y facilitar la emigración de los judíos,  y después en organizar los sistemas de deportación y transporte masivo, no fue un problema de conflicto entre moral privada y legalidad pública, o sólo lo fue en los últimos momentos, cuando sus proyectos para darles un territorio o "poner suelo bajo sus pies"  (en Madagascar,  o en Palestina, a donde facilitó la emigración de los primeros miles de asentados e incluso llegó a viajar como invitado de honor) quedaron definitivamente cancelados . El conflicto --rápidamente resuelto por otra parte  recurriendo al criterio de autoridad: ¿quién era él para oponerse cuando todos los importantes estaban de acuerdo?--  sólo surgió cuando, en 1942, en la conferencia de Wannsee, se acordó el exterminio físico de los judíos, la Solución Final.

El problema de Eichmann no es que fuera un infeliz burócrata cumplidor de la ley, una "banal" ruedecita de un sistema criminal, aunque de hecho lo fuera. El problema del íntegro y kantiano Eichmann, y de ningún modo católico, contra lo que se deja caer en la película sobre Hannah Arendt de M.von Trotta (En Jerusalén -habla Arendt- Eichmann declaró que era un Gottgläubiger, palabra con que los nazis designaban a aquellos que se habían apartado de la doctrina cristiana, y se negó a jurar ante la Biblia), es el de la Razón Práctica, es el de la Razón convertida en instancia moral absoluta: una razón además de práctica, pura: der reinen praktischen Vernunft (y no deja de ser llamativa esa obsesión por la pureza, por la limpieza, por lo rein, que tan extraño le es al hombre, tanto en Kant como en los nazis: der reinen Vernunft, das Reich Judenrein, die Reinigung der Rasse... todo siempre rein). Su problema es el de la carencia de unas normas objetivas, no formales, no manipulables, no dadas por sí mismo: esas "banderas negras" de las que le hablaban sus juzgadores, el "yo eso no puedo hacerlo" que busca y no encuenta Arendt por ningún lado. Su problema es el de la mudez de esas normas que se encuentran inscritas en la conciencia de todos los hombres y que suenan más claras cuanto menos se dedican a la autolegislación universal, las únicas que en los momentos críticos, momentos de arrasamiento de todo lo humano y para empezar de la tan cacareada "autonomía", lo pueden sostener.

Y la cuestión aquí, la que ni Arendt ni Onfray se plantean, muy partidarios los dos de las leyes que el hombre se da a sí mismo en el libre ejercicio de su razón, sería la de si el mal puede cometerse no tanto por la falta de reflexión, no tanto por la falta de razón autónoma, que esa es la tesis que Arendt sostiene hasta el final, sino por su hipertrofia. No fueron generalmente filósofos los que resistieron (ahí está el gran Heidegger), fue gente sencilla y nada kantiana en su mayor parte, como los dos campesinos que menciona Arendt, gente con sus diez mandamientos bien aprendidos, esos de los que conviene librarse para poder obedecer mejor al Federico, al Adolfo o al Iósif de turno. La cuestión no planteada es la de la capacidad de la razón, no la pura sino la de cada uno, limitada, interesada, siempre juez y parte, para distinguir el bien y el mal, y la del amordazamiento de la conciencia, esta sí particular y a la vez universal (que ese es el gran quebradero de cabeza de Kant) y heterónoma de toda heteronomía (Kant, naturalmente, no ignora que existe la conciencia, ese "tribunal interior", das Gewissen als innerer Gerichtshof. Un tribunal que, convertido en simple policía del imperativo categórico, queda sin voz, como quedó sin voz el de Eichmann que sólo le recriminaba sus excepciones piadosas). La cuestión aquí sería la de si la moralidad, y la resistencia moral tan necesaria y difícil en situaciones críticas, dependerá menos de la razón que se da argumentos y leyes a sí misma, y más de la escucha, escucha que es siempre la de lo Otro -y esa es su fuerza, su solidez y su garantía- en uno.

¿Y cómo no recordar ahora las palabras de Donoso, tan recalcitrantes, tan contracorriente, tan "kikirikí" y, sin embargo, tan anticipadoras: "Su orgullo ha dicho al hombre de estos tiempos dos cosas, y ambas se las ha creído: que no tiene lunar y que no necesita de Dios  (...)  que no hay otro mal sino aquel que la razón entiende que es mal, ni otro pecado que aquel que la razón nos dice que es pe­cado.." o bien:  "La legitimidad de la razón son dos palabras, de las cuales la última designa el sujeto y la primera el atributo; yo niego el atributo y el sujeto..."?

Y, sobre todo, cómo no volver a leer con asombro las palabras del Génesis, ahí desde el principio, esas palabras que Spinoza entiende no como una prohibición arbitraria y  muestra de autoridad, sino como un aviso, muestra de paternal inquietud: "De todo árbol del huerto podrás comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que de él comieres ciertamente morirás" (Gen 2,16-17). Casi las mismas que escucha Moisés en el Sinaí cuando su pueblo, cansado de desierto, empezaba a ofuscarse: "Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas ni están fuera de tu alcance... No están en el cielo... Ni están al otro lado del mar... Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica... Pero si tu corazón se desvía y no escuchas...yo os declaro que pereceréis sin remedio... Te pongo delante vida o muerte, bendición o maldición. Escoge la vida, para que vivas tú y tu descendencia..." (Deut. 30, 11-20).

Es así precisamente, como el reino de la muerte, como describe Eichmann, víctima a la vez que verdugo, aquellos tiempos oscuros. Y aquí os dejo, y terminamos, con este pasaje de Hannah Arendt, y en él los trucos, la perversidad, las manipulaciones de la inteligencia, los camuflajes -que no la banalidad- del mal, y muerte, muerte, muerte:

"Lo que se grababa en las mentes de aquellos hombres que se habían convertido en asesinos era la simple idea de estar dedicados a una tarea histórica, grandiosa, única («una gran misión que se realiza una sola vez en dos mil años»), que, en consecuencia, constituía una pesada carga. Esto último tiene gran importancia, ya que los asesinos no eran sádicos, ni tampoco homicidas por naturaleza, y los jefes hacían un esfuerzo sistemático para eliminar de las organizaciones a aquellos que experimentaban un placer físico al cumplir con su misión... De ahí que el problema radicara, no tanto en dormir su conciencia, como en eliminar la piedad meramente instintiva que todo hombre normal experimenta ante el espectáculo del sufrimiento físico. El truco utilizado por Himmler —quien, al parecer, padecía muy fuertemente los efectos de aquellas reacciones instintivas— era muy simple y probablemente muy eficaz. Consistía en invertir la dirección de estos instintos, o sea, en dirigirlos hacia el propio sujeto activo. Por esto, los asesinos, en vez de decir: «¡Qué horrible es lo que hago a los demás!», decían: «¡Qué horribles espectáculos tengo que contemplar en el cumplimiento de mi deber, cuán dura es mi misión!». El hecho de que Eichmann recordara mal las ingeniosas frases de Himmler quizá sea un indicio de que existían otros medios más eficaces para resolver los problemas de conciencia. Entre todos ellos destacaba, como Hitler había previsto certeramente, el simple hecho de la guerra. Eichmann repitió una y otra vez la existencia de «una actitud personal diferente» con respecto a la muerte «cuando uno ve muertos en todas partes», y cuando todos esperaban con indiferencia la propia muerte: «No nos importaba morir hoy o morir mañana, y, en ocasiones, maldecíamos el amanecer que nos pillaba todavía vivos.» "

El problema de Eichmann, querida Hannah Arendt, no era de "simple irreflexión" o de "incapacidad de pensar por sí mismo". De intelecto, reflexiones y razones él y todos estaban bien servidos. Su problema no era de cabeza, sino de corazón, y de ausencia de vasos comunicantes entre uno y otra. Es decir, de estricta moral kantiana: La razón, pura, blindada y campando a sus anchas; las inclinaciones naturales y los sentimientos, impuros, proscritos; la voluntad, sometida; la conciencia, falseada. Kant definía la santidad como la concordancia perfecta entre la voluntad y las leyes de la razón práctica: Lástima que Eichmann en una ocasión se apiadó y saltándose las normas fue en socorro de sus amigos. De no haber cedido, para Kant  sería santo.

Decía Péguy que el kantismo tiene las manos limpias pero no tiene manos. Y tenía razón, el kantismo no las tiene, pero los kantianos sí, ése es el problema.
 
Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Edit.Lumen, 2003, traducc. Carlos Ribalta. [http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf ]

04 julio 2013

...y la ley moral en mí (o entre Kant y Eichmann) -2.

Estábamos en que Hannah Arendt,  la pensadora preocupada por comprender las causas de aquel "colapso moral generalizado", la  que a lo largo del proceso en el que Eichmann fue condenado a muerte, se esfuerza admirablemente por entender su mundo interior rechazando la fácil etiqueta de "monstruo", la que se pregunta por la conciencia del hombre sentado en el banquillo y, de paso,  por la de todos los que por activa o por pasiva o por voz media tuvieron parte en aquellos actos aberrantes, la  independiente y crítica Arendt , llegada al punto del interrogatorio en el que el acusado se declara obediente a los principios de la moral kantiana,  da un respingo y se dice: por ahí no paso.  A renglón seguido,  aun admitiendo con displicencia que la definición del imperativo categórico que da el acusado no está del todo mal, Hannah Arendt decide rápidamente que Eichmann es  incapaz de reflexionar y pensar por sí mismo (cuando "atrévete a servirte de tu propio entendimiento" es la obligación elemental de cualquier kantiano) y que, por lo tanto, no pasa de ser una boutade que no merece consideración:

"Esta afirmación resultaba simplemente indignante, y también incomprensible, ya que la filosofía moral de Kant está tan estrechamente unidad a la facultad humana de juzgar que elimina en absoluto la obediencia ciega. El policía que interrogó a Eichmann no le pidió explicaciones, pero el juez Raveh, impulsado por la curiosidad o bien por la indignación ante el hecho de que Eichmann se atreviera a invocar a Kant para justificar sus crímenes, decidió interrogar al acusado sobre este punto. Ante la general sorpresa, Eichmann dio una definición aproximadamente correcta del imperativo categórico: "Con mis palabras acerca de Kant quise decir que el principio de mi voluntad debe ser tal que pueda devenir el principio de las leyes generales".

Y  sigue insistiendo en demostrar las limitaciones intelectuales y la  falta de categoría kantiana del acusado:  "Tanto al escribir sus memorias en Argentina o en Jerusalén, como al hablar con el policía que le interrogó o con el tribunal, siempre dijo lo mismo, expresado con las mismas palabras. Cuanto más se le escuchaba, más evidente era que su incapacidad para hablar iba estrechamente unida a su incapacidad para pensar, particularmente, para pensar desde el punto de vista de otra persona. No era posible establecer comunicación con él, no porque mintiera, sino porque estaba rodeado por la más segura de las protecciones contra las palabras y la presencia de otros, y por ende contra la realidad como tal." [¿contra la realidad como tal, esa masa caótica e inaccesible previamente abolida por su admirado Kant? ¿rodeado por la más segura de las protecciones, como debe estarlo la Razón Práctica, absolutamente estanca, frente a las inclinaciones, la experiencia, las costumbres o la sensibilidad?]

La cuestión, sin embargo, es que Eichmann, no es sólo que hubiera leído La Crítica de la Razón Práctica como le dijo al juez,  es  que era kantianio hasta el tuétano. Lo inquietante es que, efectivamente,  era un hombre  de estricta moralidad kantiana que saltaba a la vista en cada gesto, como cuando, de modo incomprensible para Arendt,  parecía tirar piedras contra su propio tejado renunciando a ganarse el favor del jurado o a servirse de hechos probados que habrían podido beneficiarle. Un ejemplar íntegramente kantiano que, contra las pretensiones de su abogado de presentarlo como un mero ejecutor de órdenes, insistía en que él cumplía con su deber,  un kantiano ejemplar  pasmosamente veraz en todas sus manifestaciones, sobre todo en las que, curiosamente, Arendt tiende a ridiculizar y descalificar como frases hechas, estupideces absurdas,  o simples mentiras:

"Las cosas eran tal como eran, así era la nueva ley común, basada en las órdenes del Führer; cualquier cosa que Eichmann hiciera la hacía, al menos así lo creía, en su condición de ciudadano fiel cumplidor de la ley. Tal como dijo una y otra vez a la policía y al tribunal, él cumplía con su deber; no solo obedecía órdenes, sino que también obedecía la ley."
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"Eichmann no quiso ser uno de aquellos que, luego, pretendieron que «siempre habían sido contrarios a aquel estado de cosas», pero que, en realidad, cumplieron con toda diligencia las órdenes recibidas. (...) Lo hecho, hecho estaba. Eso ni siquiera intentó negarlo. (...) Eichmann no quiso expresar arrepentimiento, porque «el arrepentimiento es cosa de niños» (¡sic!). Pese a los insistentes consejos de su abogado, Eichmann no alteró su tesitura. Durante el debate sobre la oferta, formulada por Himmler en 1944, de trocar un millón de judíos por diez mil camiones, y sobre la intervención que en ello tuvo el acusado, se formuló a este la siguiente pregunta: «¿En las negociaciones que el acusado sostuvo con sus superiores, expresó sentimientos de piedad hacia los judíos, y señaló la posibilidad de prestarles cierta ayuda?». Eichmann contestó: «He jurado decir la verdad, y la diré. No fue la piedad lo que me indujo a iniciar estas negociaciones ». No, no dijo Eichmann la verdad en esta contestación, por cuanto no fue él quien «inició» las negociaciones" ( ¡Sic!, habría que decir también de Hannah Arendt, porque ¿se trata acaso de quién inició o dejó de iniciar, o es de piedad de lo que se habla? )
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"Durante el juicio, Eichmann intentó aclarar, sin resultados positivos, el segundo punto base de su defensa: «Inocente, en el sentido en que se formula la acusación». Según la acusación, Eichmann no solo había actuado consciente y voluntariamente, lo cual él no negó, sino impulsado por motivos innobles, y con pleno conocimiento de la naturaleza criminal de sus actos. En cuanto a los motivos innobles, Eichmann tenía la plena certeza de que él no era lo que se llama un innerer Schweinehund, es decir, un canalla en lo más profundo de su corazón; y en cuanto al problema de conciencia, Eichmann recordaba perfectamente que hubiera llevado un peso en ella en el caso de que no hubiese cumplido las órdenes recibidas, las órdenes de enviar a la muerte a millones de hombres, mujeres y niños, con la mayor diligencia y meticulosidad. Evidentemente, resulta difícil creerlo. Seis psiquiatras habían certificado que Eichmann era un hombre «normal». «Más normal que yo, tras pasar por el trance de examinarle», se dijo que había exclamado uno de ellos. Y otro consideró que los rasgos psicológicos de Eichmann, su actitud hacia su esposa, hijos, padre y madre, hermanos, hermanas y amigos, era «no solo normal, sino ejemplar»
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Aunque lo verdaderamente sorprendente, mucho más que la correcta definición por parte de Eichmann del imperativo categórico,  es que la reflexiva Hannah Arendt, que tenía delante de los ojos el  problema y posiblemente la respuesta a muchas de sus preguntas, es más: que se lo estaban diciendo, pasara de puntillas sobre el asunto y decidiera, en este caso, no escuchar. ¿Quizá porque, de haber escuchado, desde el momento en el que Kant saltó al estrado, el proceso a Eichmann habría tenido que convertirse en un proceso conjunto al kantismo? ¿Quizá porque eso era algo a lo que no estaba dispuesta?  Lo sorprendente -¿o no tanto?- es que se negara a plantearse la posibilidad siquiera de que en esas maravillosas leyes universales enunciadas por una Razón Pura Práctica a la que nadie ha visto, quepa finalmente cualquier cosa, incluso las universalísimas  leyes dictadas por la Razón Práctica asentada en el señor Eichmann,  perfectamente consonantes con las del Tercer Reich:
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"Pero nadie le creyó. El fiscal no le creyó por razones profesionales, es decir, porque su deber era no creerle. La defensa hizo caso omiso de estas declaraciones porque, a diferencia de su cliente, no estaba interesada en problemas de conciencia. Y los jueces tampoco le creyeron, porque eran demasiado honestos, o quizá estaban demasiado convencidos de los conceptos que forman la base de su ministerio [afortunadamente nada kantianos: por ejemplo le recordaban el precepto sagrado de no matar], para admitir que una persona «normal», que no era un débil mental, ni un cínico, ni un doctrinario, fuese totalmente incapaz de distinguir el bien del mal. Los jueces prefirieron concluir, basándose en ocasionales falsedades del acusado, que se encontraban ante un embustero, y con ello no abordaron la mayor dificultad moral, e incluso jurídica, del caso. [y Hannah Arendt, que cuando no lo llama estúpido lo llama payaso, por lo que se ve,  tampoco]

"En consecuencia, siempre que los jueces, en el curso del interrogatorio, intentaban apelar a su conciencia, se encontraban con su «satisfacción» y se sentían indignados y desconcertados al darse cuenta de que el acusado tenía a su disposición un cliché de «satisfacción» para cada período de su vida y para cada una de sus actividades."
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Y aqui os dejo, para terminar, un par de párrafos espeluznantes, como éste tan tremendo en el que Arendt se dedica simplemente a ironizar sobre ese concepto de "idealismo" en el que no cabe el hombre de negocios, obviando el tema. Un tema , el del idealismo, que ella, estudiosa de los totalitarismos de toda especie, sabe que es fundamental, pero que aquí, con el nombre de Kant flotando por la sala, da la impresión de eludir:
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" Sus primeros contactos personales con agentes judíos, todos ellos conocidos sionistas desde antiguo, fueron plenamente satisfactorios. Eichmann explicó que la razón en cuya virtud quedó fascinado por «el problema judío» fue, precisamente , su propio «idealismo». Estos judíos, a diferencia de los «asimilacionistas», a quienes siempre despreció, y a diferencia también de los judíos ortodoxos, que le aburrían, eran «idealistas », igual que él. Según Eichmann, un «idealista» no era simplemente un hombre que creyera en una idea, o alguien que no aceptara el soborno, o no se alzara con los fondos públicos, aun cuando estas cualidades debían forzosamente concurrir en los «idealistas». Para Eichmann, el «idealista» era el hombre que vivía para su idea —en consecuencia, un hombre de negocios no podía ser un «idealista»— y que estaba pronto a sacrificar cualquier cosa en aras de su idea, es decir, un hombre dispuesto a sacrificarlo todo, y a sacrificar a todos, por su idea. Cuando, en el curso del interrogatorio policial, dijo que habría enviado a la muerte a su propio padre, caso de que se lo hubieran ordenado, no pretendía solamente resaltar hasta qué punto estaba obligado a obedecer las órdenes que se le daban, y hasta qué punto las cumplía a gusto, sino que también quiso indicar el gran «idealista» que él era. Igual que el resto de los humanos, el perfecto idealista tenía también sus sentimientos personales y experimentaba sus propias emociones, pero, a diferencia de aquellos, jamás permitía que obstaculizaran su actuación, en el caso de que contradijeran la «idea». El más grande idealista que Eichmann tuvo ocasión de tratar entre los judíos fue el doctor Rudolf Kastner (...) con quien acordó que él -Eichmann- permitiría la «ilegal» partida de unos cuantos miles de judíos a Palestina (los trenes en que se fueron iban protegidos por policías alemanes), todos ellos personas destacadas y miembros de las organizaciones sionistas juveniles, a cambio de que hubiera «paz y orden» en los campos de concentración desde los cuales cientos de miles de judíos fueron enviados a Auschwitz. (...) A juicio de Eichmann, el doctor Kastner había sacrificado a sus hermanos de raza en aras a su «idea», tal como debía ser."
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O este, no menos espeluznante y perfecto ejemplo de rigorismo moral kantiano, en el que Hannah Arendt, por una vez, concede en parte:
"Sea cual sea la importancia que haya tenido Kant en la formación de la mentalidad del «hombre sin importancia» alemán, no cabe la menor duda de que, en un aspecto, Eichmann siguió verdaderamente los preceptos kantianos: una ley era una ley, y no cabían excepciones. En Jerusalén, Eichmann reconoció haber hecho dos excepciones. Durante aquel período en que cada alemán, de los ochenta millones que formaban la población, tenía su «judío decente», Eichmann prestó ayuda a un primo suyo medio judío y a un matrimonio judío de Viena, en cuyo favor había intercedido su tío. Incluso en Jerusalén, estas desviaciones le hacían sentirse un tanto descontento de sí mismo, y cuando en el curso de las repreguntas le interrogaron al respecto, Eichmann adoptó una actitud de franco arrepentimiento y dijo que había «confesado sus pecados» a sus superiores. Esta impersonal actitud en el cumplimiento de sus asesinos deberes condenó a Eichmann ante sus jueces, mucho más que cualquier otra cosa, lo cual es muy comprensible, pero según él esto era precisamente lo que le justificaba, tal como anteriormente había sido lo que acalló el último eco de la voz de su conciencia. No, no hacía excepciones. Y esto demostraba que «siempre había actuado contra sus inclinaciones», fuesen sentimentales, fuesen interesadas. En todo caso, él siempre cumplió con su deber."
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Y a la próxima termino con Michel Onfray. De verdad, porque  esto -el libro de Arendt ( imprescindible con todo  y tremendamente revelador) más la sombra alargada de Kant- es un descenso a todos los infiernos terrenales que me tiene alterado el equilibrio mental. M. Onfray, autor de El sueño de Eichmann. Un kantiano entre los nazis, es uno de los pocos filósofos, o contrafilósofo como se autodenomina, que le pone los puntos sobre las íes al intocable.  No del todo, porque Onfray, libertario, hedonista y ateo militante, se centra exclusivamente en la distinción entre moral privada y moral pública en Kant, pero algo es:  Kant necesita ser releído, dice,  Kant es peligroso.

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén. Un estudio acerca de la banalidad del mal. Edit.Lumen, 2003, traducc. Carlos Ribalta.
[O aquí completo: http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf  ]

01 julio 2013

...y la ley moral en mí (o el escándalo de Hannah Arendt) -1.

Bueno, vamos con doña Hannah Arendt y su admirado, su intocable Kant, el del giro copernicano, el del Sapere aude (atrévete a saber) que nos sacará de la minoría de edad culpable, el que cierra la Crítica de la razón -pura- práctica con aquel sublime der bestirnte Himmel über mir und das moralische Gesetz in mir (el cielo estrellado sobre mí y la Ley moral en mí).

Muy bonito, desde luego, el cielo estrellado sobre todo, pero ¿de qué ley hablamos? ¿y de qué "en mí"?

Pues resulta que hablamos de la ley moral que el hombre se da a sí mismo, es decir, de una moral  autónoma (la autonomía es, pues, el fundamento de la dignidad de la naturaleza humana y de toda naturaleza racional). Y hablamos de una moral que se funda en el mandato incondicional y absoluto de la razón,  que ése es  el "en mí" puro,  libre de las bajezas del "en mí" sospechoso, bajezas como el interés, las inclinaciones naturales, el deseo de felicidad, el sentimiento de placer, o la experiencia (Nada se hallará más pernicioso e indigno de un filósofo que la plebeya apelación a una supuesta experiencia en contra). Hablamos  de una moral que descansa en el obrar por el deber, para la que la conducta sólo es moral cuando la mueve el deber, y hablamos finalmente de una moral formal, sin contenidos o valores determinados,  pero que ofrece al hombre la regla infalible para discernir lo bueno y lo malo: "obra de modo que la máxima de tu voluntad pueda siempre valer como principio de una legislación universal". Resumiendo, hablamos de una moral que es imperativa y de un imperativo que es categórico, que no admite ni condiciones (ni "si...") ni objeciones (ni "pero...") y que blinda a la razón, garante absoluto de la moralidad, frente a la inclinación, subjetiva, relativa y, en suma, despreciable. Y todo esto es muy importante, porque la piedad, por ejemplo, o la compasión, o el malestar ante el dolor causado, quedan de ese lado de la inclinación y la arbitrariedad  que se tacha de un plumazo: "Nada hay que esperar de la inclinación del hombre, sino todo de la suprema fuerza de la ley y del debido respeto a ella".

La ética kantiana ha sido largamente criticada desde el propio campo filosófico y desde el mero y bendito sentido común: B.Constant la acusa de hacer imposible la vida social, Hegel de apriorismo, Schopenhauer de logicismo y de ser más ineficaz que una jeringa para apagar un incendio, Nietzsche de crueldad, Scheler y Hartmann de falta del elemento esencial de la moral que es su contenido material, Péguy de tener las manos limpias pero no tener manos... De todas ellas, quizá la crítica más conocida, en este caso al rigorismo, es la del epigrama de Schiller: "Gustoso vine en ayuda de mis amigos, lástima que lo hice por inclinación y me recome el escrúpulo de que no fui virtuoso. No me queda más remedio que despreciarlos y hacer con asco lo que manda el deber".  Un epigrama que parecería menos simpático y más terrible si, diciendo lo mismo en el fondo, comenzara de esta otra forma: "con disgusto ignoré  las súplicas de mis amigos, suerte que vencí la inclinación y fui virtuoso. No me queda más remedio que etc."

Con todo, a Kant se le sigue considerando la más alta cumbre del pensamiento moral occidental, el esfuerzo más loable por fundamentar racionalmente la conducta moral, por entregar a los hombres "el claro y sencillo compas" con el que discernir el bien y el mal. No hay Departamento de Filosofía, ni filósofo diría, que no tenga un altarcito para Kant. Hasta los más renuentes luchan con él como Jacob con su ángel. No se sale de Kant indemne. Aunque se le abandone por la fenomenología como Hannah Arendt, o por el raciovitalismo como Ortega, la fascinación y las secuelas perduran: ahí está, por ejemplo, el "pensar esencialmente es transformar" de Ortega, o el escándalo de Hannah Arendt cuando, enviada por el New Yorker en 1961 para cubrir el proceso de Eichmann, detenido en Argentina y conducido a Jerusalén para ser juzgado -o para ser ejecutado como se desprende del informe de Arendt-, le escucha decir que toda su vida, que todos sus actos,  se han regido por los principios de la moral kantiana (*)

¿Cómo es posible? ¿Kant en boca de un asesino de masas? Y doña Hannah, que durante todo el proceso hace gala de una objetividad, una falta de prejuicios,  un deseo de comprender y una capacidad de reconstruir el escenario social y moral que hizo posible todo aquel horror dignos de la mayor admiración, ahí frena en seco y simplemente se escandaliza, se indigna,  y concluye que Eichmann, de quien poco antes ha dicho que no era nada tonto, es una mente limitada incapaz de entender a Kant.

(Continuará, que ya va muy largo)

* Hannah Arendt, Eichmann y el Holocausto, Edit.Taurus-Great Ideas, sept.2012, traducc.Carlos Ribalta (aunque el librito, hecho a base de extractos, no respeta la estructura en capítulos y al final resulta más tocho que la obra completa. Tampoco recoge los pasajes kantianos)
* El libro completo, editado por Lumen  en traducción, asimismo, de Carlos Ribalta,  podéis leerlo aquí:
http://fadeweb.uncoma.edu.ar/carreras/materiasenelweb/abogacia/teoria_del_derecho_II/fichas/Arendt, Hannah - Eichmann en Jerusalen.pdf