26 mayo 2013

Ley de gracia y amor. Fray Luis de León

   Acabo de encontrarme un amabilísimo comentario a una entrada antigua de Fray Luis (gracias, V) y al ir a contestarlo me aparece archivado este texto. Lo tenía guardadito en un borrador para cuando me viera capaz de hincarle el diente. Sigo sin verme, pero no quiero dejarlo por ahí perdido.
    Sólo mirad cómo resuelve, sin terminachos y así como si nada, con qué sencillez, con qué belleza,  tanto los planteamientos éticos intelectualistas como los rigoristas (tanto los de corte socrático -el conocimiento del bien basta para hacernos buenos- como los kantianos, y no sólo kantianos, del deber por el deber). 
   No sé qué os parecerá a vosotros, yo es que digo Fray Luis de León y quedo muda de maravillamiento:
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"... así hay dos diferencias de leyes: la primera es de aquellas leyes que hablan con el entendimiento y le dan luz en lo que, conforme a razón, se debe o hacer o no hacer, y le enseñan lo que ha de seguir en las obras, y lo que ha de excusar en ellas mismas; la segunda es la de la ley, no que alumbra el entendimiento, sino que aficiona la voluntad imprimiendo en ella inclinación y apetito de aquello que merece ser apetecido por bueno, y, por el contrario, engendrándole aborrecimiento de las cosas torpes y malas. La primera ley consiste en mandamientos y reglas; la segunda, en una salud y cualidad celestial, que sana la voluntad y repara en ella el gusto bueno perdido, y no sólo la sujeta, sino la amista y reconcilia con la razón; y, como dicen de los buenos amigos, que tienen un no querer y querer, así hace que lo que la verdad dice en el entendimiento que es bueno, la voluntad aficionadamente lo ame por tal. [...]

La primera se llama ley de mandamientos, porque toda ella es mandar y vedar. La segunda es dicha ley de gracia y de amor, porque no nos dice que hagamos esto o aquello, sino hácenos que amemos aquello mismo que debemos hacer. Aquélla es pesada y áspera porque condena por malo lo que la voluntad corrompida apetece por bueno; y así, hace que se encuentren el entendimiento y la voluntad entre sí, de donde se enciende en nosotros mismos una guerra mortal de contradicción. Mas ésta es dulcísima por extremo, porque nos hace amar lo que nos manda, o, por mejor decir, porque el plantar e ingerir en nosotros el deseo y la afición a lo bueno, es el mismo mandarlo; y porque, aficionándonos y, como si dijésemos, haciéndonos enamorados de lo que manda, por esa manera, y no de otra, nos manda. Aquélla es imperfecta, porque a causa de la contradicción que despierta, ella por sí no puede ser perfectamente cumplida, y así no hace perfecto a ninguno. ... Aquélla hace temerosos, ésta amadores. Y, como prosigue San Agustín largamente en los libros De la letra y del espíritu, poniendo siempre sus pisadas en lo que dejó hollado San Pablo, aquélla es perecedera, ésta es eterna; aquélla hace esclavos, ésta es propia de hijos. .. Aquélla pone en servidumbre, ésta es honra y libertad verdadera.

Y la gobernación y las leyes, ¿quién las desechará como duras, siendo leyes de amor, quiero decir, tan blandas leyes que el mandar no es otra cosa sino hacer amar lo que se manda?"


Fray Luis de León, Los Nombres de Cristo.

22 mayo 2013

Que parece casa sin dueño. Fray Luis de León


Un poco más del Libro de Job. Porque, al igual que entonces y  al igual que siempre, pasan cosas tan descomunales y bárbaras entre nosotros, y es tan grande la confusión y desorden......

(Cap.XXXI. Exposición)
 14."...Mas es de advertir, que donde decimos quando se levantare Dios à juicio, el original solamente dice, quando Dios se levantare: y en decir la Escritura que se levanta Dios es decir que viene a juzgar. Porque à la verdad à los que en esta vida de tiniebla vivimos, parécenos que duerme Dios, y que está caído su vando, en cuanto no ejercita su justicia: porque pasan cosas tan descomunales y bárbaras entre nosotros, y es tan grande la confusión y desorden, que parece casa sin dueño à los que no alumbra la fe, o que si lo tiene, que no advierte lo que pasa, y que duerme. Que como nuestra vista corta,  y nuestro ánimo angosto no alcanza ni comprehende muchas cosas, à que Dios tiene atención en lo que permite que pase, ni vé los fines grandes que en todo mira, ni los bienes que saca de hechos perdidos y malos, ni los muchos efectos buenos à que quiere que sirva una cosa mala que consiente se haga, lo qual todo aquella soberana Majestad conoce y ordena, templa y endereza con admirable consejo; parecenos, porque no envía luego sobre el malo sus rayos, que tiene descuido, ò que no mira, presos los ojos con sueño. Pues respecto de la imaginación de la carne, que imagina a Dios olvidado y caído, dice la Escritura, que se levantará Dios, quando ejercitáre en el juicio justicia. Porque si levantarse es mostrarse, y salir à luz lo que estaba escondido; los malos, cuyos ojos y deseos nunca miraron à Dios, le conocerán entonces para su miseria descubierto y clarísimo. Y si es  levantarse tomar brío, y mostrar fuerza; será no vencible con la que en aquel día convencerá à los pecadores de su culpa, y los sujetará à pena perpetua. Y si levantarse es declararse por superior à los otros; en aquel día lo rebelde todo, la alteza y soberbia del mundo, las torres de la vana excelencia, sus máquinas, sus consejos, sus mañas, su sér, su poder, sujeto à sus pies [se verá], y quedará él solo alto, y todo lo demás humillado y rendido. Ansí que debidamente es dicho, levantarse Dios, quando juzga. Y Job dice con grande razón, y pregunta, lo que responder pudiera en aquel dia al Juez..."
Exposición del Libro de Job. Obra posthuma del Padre Maestro Fr. Luis de Leon, de la Orden de N.P.S. Agustin. Cathedratico de Escritura en la Universidad de Salamanca. Reproducción digital basada en la de Madrid, en la Imprenta de Pedro Marín, 1779. Pag 392-393.
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/exposicion-del-libro-de-job--5/html/

19 mayo 2013

El pestañear de la aurora. Fray Luis de León

Para la asociación de Amigos de la Aurora (A.A.), con agradecimiento a su insigne y amable fundador, una aportacioncilla que me encontré hace unos días y espero que le guste (si es que no la conoce ya, que es hombre de mucho saber).
Está en el Capítulo 3 del Libro de Job. Un libro sobrecogedor, y más aún desmenuzado por Fray Luis de León directamente del hebreo: más pegado a la tierra, más concreto y detallista, por eso más tremendo, por lo mismo más hermoso.
Empieza Fray Luis traduciendo a lengua vulgar la Vulgata latina, que ya es una maravilla: ...expectet lucem et non videat, nec ortum surgentis aurorae..., para pasar a comentar después, casi palabra por palabra, el texto hebreo, y ¡zas!, ahí, como desperezándose legañosa después de una noche larga, aparece la aurora con su pestañeo:
(Capítulo III. Exposición) 9. " Dice más adelante: Entenebrezcanse las estrellas de su noche; espere luz, y no, y no vea alboradas de la mañana. Dice: Fuera tan noche aquella noche, y tan tenebrosa y obscura, que perdieran su luz las estrellas; las cuales, no solamente lucen con la noche, mas, cuando la noche es muy escura, suelen ellas más lucir. Y ansí declara la fuerza de su afecto y de su dolor justo con el encarecido exceso de lo que pide. (...)
Esperara luz, y no, es razón cortada, y hase de añadir y no vea la luz. Que es decir y desear: quedara sepultada aquella noche en tinieblas eternas, esto es, que nunca fuera. Y lo mismo es por otra manera: Y no vea alboradas de mañana. Y no vea, esto es, y nunca viera. Lo que dice alboradas, en el original, o es pestañas o aquel movimiento que hacen las pestañas y los ojos cuando se mueven aprisa; que es semejante a lo que hace el cuerpo del sol, o los resplandores de luz, que parece bullen en él, si alguno ha mirado en ello, cuando por el oriente amanece, que es como abrir las pestañas la mañana. Y ansí podremos decir: Y no vea el pestañear de la mañana."

Y buscando después en Google "pestañas-mañana-Job", esto es lo que me encuentro en el Comentario exegético y explicativo de la Biblia , de un tal Jamieson Fausett Brown:
"v.9.- parpados de la mañana: el alba. Los poetas árabes llamaban al sol el ojo del día. Sus primeros rayos, pues, que fulguraban antes de salir el sol, eran los párpados o pestañas de la mañana."
Y es estupendo lo del ojo del día ¿pero "párpados o pestañas"? Yo no tengo ni idea de hebreo y bien que lo lamento, no sé si los párpados y las pestañas comparten consonantes, comparten raíz o comparten simplemente el ojo, pero Fray Luis en cada renglón es Fray Luis y él no duda: párpados tiene la noche; pestañas, mejor aún: pestañeo, la primera luz de la mañana.


Exposición del Libro de Job. Obra posthuma del Padre Maestro Fr. Luis de Leon, de la Orden de N.P.S. Agustin. Cathedratico de Escritura en la Universidad de Salamanca. Reproducción digital basada en la de Madrid, en la Imprenta de Pedro Marín, 1779. Pag 37-38.
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/exposicion-del-libro-de-job--5/html/

16 mayo 2013

Un hermano pequeño que ha perdido los zapatos


Hoy os traigo un vídeo al que que no sé ni cómo he llegado. Muy simpático, muy ameno y divertido, y al final de llorar y no parar.  O igual es sólo cosa mía,  puede ser.

Se trata de una charla magistral de Benjamin Zander, director de orquesta de la Filarmónica de Boston, a propósito de esa música que decimos clásica. Va hablando, entre anécdotas y bromas,  de la capacidad evocadora de la música, de su poder para desanudar los nudos emocionales más prietos (una buena explicación de ese extraño fenómeno, el de que una música triste nos ofrezca consuelo en vez de más tristeza),  de la supuesta falta de oído de los que, sin embargo, identifican a la primera -es un poner- la voz de su madre al teléfono, del alejarse y del llegar a casa, y al final,  como sin venir a cuento y saltando de la música a las palabras, de la influencia en los demás, para bien y para mal, de todo lo que sale de nuestra boca:  de la posibilidad  (o  la responsabilidad)   de hacer brillar los ojos de los que nos rodean;  de la posibilidad (o la responsabilidad) de no lastimar.
Sólo entonces, al final, entiendes  lo que desde el primer momento  te ha estado diciendo sobre la música:  hacer brillar los ojos, no herir...

Si fuéramos capaces de tenerlo presente. Si supiéramos vernos unos a otros así, como niños sin zapatos camino de la muerte con los que hablamos por última vez. En el fondo, camino de la muerte vamos todos y, si no sin zapatos, sí que vamos por lo general bastante desastrados. Si supiera, si no lo olvidara...
Si dejáramos de lastimarnos, si nuestras palabras pudieran imitar a la música: la que sugiere, la que no se impone, la que siempre da la nota justa, la que acompaña, la que anima y consuela, la que nunca ofende. Si pudiera, si no lo olvidara...

Si... Si tenéis prisa y os parece cansino ver al señor Zander haciendo el indio, podéis abreviar  (aunque sería como saltarse el primer tempo, porque la charleta tiene forma de pieza musical) y pasar directamente al nudo y desenlace, más o menos a partir del minuto 15 o 16:




13 mayo 2013

Es cosa de corazón (y si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente). Unamuno.


"Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. [...]   Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales —la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera— de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. [...]  Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.  Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.

Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta. [...] No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura —y cultura no es lo mismo que civilización— de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria...  por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu. [...]

 En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo.... Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos... También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso. [...]

De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: "Y este señor, ¿qué es?" Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos.

Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: "Bueno; pero ¿qué soluciones traes?" Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. [...]"

Miguel de Unamuno, "Mi Religión", Salamanca, 6.11.1907. 
En Mi religión y otros ensayos breves, Espasa-Calpe, Madrid 1968

10 mayo 2013

Esa farsa siniestra. Simone Weil


"El trabajo físico, aun siendo gravoso, no es por sí mismo una degradación. No es el arte, no es la ciencia, pero es otra cosa que tiene un valor absolutamente igual al del arte y al de la ciencia. Pues procura una posibilidad similar para lograr el acceso a una forma impersonal de la atención.

Exactamente en la misma medida que el arte y la ciencia, aunque de manera diferente, el trabajo físico otorga un cierto contacto con la realidad, con la verdad, la belleza de este universo, y con la sabiduría eterna de su disposición. Por ello envilecer el trabajo es un sacrilegio, exactamente en el sentido en que pisotear una hostia es un sacrilegio.

Si los que trabajan lo sintieran, si sintieran que, por el hecho de ser víctima de tal envilecimiento, en cierto sentido también son cómplices, su resistencia tomaría un impulso diferente del que les proporciona el pensamiento sobre su persona y su derecho. No se trataría entonces de una reivindicación, sino de la sublevación de su ser entero, feroz y desesperada, como la de una jovencita a quien se quisiera dedicar por la fuerza a la prostitución; y al mismo tiempo sería un grito de esperanza surgido del fondo del corazón.

Este sentimiento ciertamente habita en ellos, pero tan inarticulado ni para ellos resulta discernible. Los profesionales de la palabra estan incapacitados para darle expresión. Cuando se les habla de su propia suerte, generalmente se elige hablarles de salarios. Ellos, bajo la fatiga que los abruma y que convierte en dolor cualquier esfuerzo de atención, reciben con alivio la fácil claridad de las cifras. De esta manera olvidan que el objeto con el que se comercia, del que se quejan que se les fuerce a venderlo a la baja, del que se les niega un precio justo, no es sino su alma.

Imaginemos que el diablo está negociando la compra del alma de un desventurado y que alguien, apiadándose del infeliz, interviniera en el debate y le dijera al diablo: “Es vergonzoso que usted no le ofrezca un precio superior; el objeto vale por lo menos el doble”. Esa farsa siniestra es la que ha representado el movimiento obrero, con sus sindicatos, sus partidos, sus intelectuales de izquierda.

Ese espíritu comercial ya estaba implícito en la noción de derecho que las gentes de 1789 tuvieron la imprudencia de poner en el centro mismo de la reclamación que quisieron gritar a la cara del mundo. La noción de derecho está vinculada a la de reparto, intercambio, cantidad. Tiene algo de comercial. Evoca por sí misma el proceso, el alegato. El derecho sólo se sostiene mediante un tono de reivindicación; y cuando se adopta ese tono, es que la fuerza no está lejos, detrás de él, para confirmarlo, o de otra forma resulta ridículo. (...)

Las nociones de derecho, de persona, de democracia pertenecen a esta categoría. Bernanos tuvo el coraje de decir que la democracia no ofrece ninguna defensa frente a los dictadores. La persona está por naturaleza sometida a la colectividad. El derecho por naturaleza depende de la fuerza. Las mentiras y los errores que velan estas verdades son extremadamente peligrosos porque impiden recurrir a lo único sustraído a la fuerza y que preserva de la fuerza; es decir, a otra fuerza que es la irradiación del espíritu. La materia pesante no es capaz de vencer la pesantez sino en las plantas, gracias a la energía solar que el verde de las hojas ha capturado y que opera en su savia. La gravedad y la muerte se apoderarán progresiva, pero inexorablemente, de la planta privada de luz. "
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"La  noción de derecho nos viene de Roma y, como todo lo que viene de la antigua Roma, que es la mujer llena de nombres de blasfemia a la que se refiere el Apocalipsis, es pagana y no bautizable. Los romanos, que comprendieron, como Hitler, que la fuerza solo consigue la plenitud de la eficacia revestida de algunas ideas, emplearon para ello la noción de derecho. Se presta a ello estupendamente. Se acusa a la Alemania moderna de despreciarla. Pero la utilizó hasta la saciedad en sus reivindicaciones de nación proletaria. Cierto es que a quienes subyuga no les reconoce más derecho que el de obedecer. La antigua Roma tampoco. Alabar a la antigua Roma por habernos legado la noción de derecho es particularmente escandaloso. Ya que si se quiere examinar lo que en ella era esta noción en el momento de su aparición, para discernir mejor sus cualidades, se ve que la propiedad quedaba definida por el derecho de usar y abusar. Y, de hecho, la mayor parte de estas cosas sobre las que el propietario tenía el derecho de usar y abusar eran seres humanos.

Los griegos no tenían la noción de derecho. No tenían palabras para expresarlo. Se contentaban con el nombre de "justicia".
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Se trata de una singular confusión, la de asimilar la ley no escrita de Antígona al derecho natural. A los ojos de Creonte, en lo que hacía Antígona no había absolutamente nada natural. Juzgaba que estaba loca. No somos nosotros los que podríamos decir que se equivocaba, nosotros que, en este momento, pensamos, hablamos y actuamos exactamente igual que él.

Se puede verificar remitiéndose al texto. Antígona le dice a Creonte: “No es Zeus el que ha publicado esa orden; no es la compañera de las divinidades del otro mundo, la Justicia, la que ha establecido semejantes leyes entre los hombres”. Creonte intenta convencerla de que sus órdenes eran justas; la acusa de haber ultrajado a uno de sus hermanos honrando al otro, ya que de esa manera el mismo honor le ha sido otorgado al impío y al fiel, al que ha muerto intentado destruir a su propia patria y al que ha muerto por defenderla. Ella dice: “No obstante, el otro mundo pide leyes iguales”. Él objeta con sentido común: “Pero no hay reparto igual, ya se trate del valiente o del traidor”. A ella solo se le ocurre esta respuesta absurda: “¿Quién sabe si, en el otro mundo, eso es legítimo?”. La observación de Creonte es totalmente razonable: “Pero jamás un enemigo, ni siquiera muerto, es un amigo”. Sin embargo la pequeña necia responde: “He nacido para tomar parte no del odio sino del amor”. A continuación Creonte, cada vez más razonable: “Entonces vete al otro mundo, y ya que tienes que amar, ama a los que allí permanecen”.

En efecto, ese era su verdadero puesto. Pues la ley no escrita a la que obedecía esta pequeña, lejos de tener nada que ver con el derecho o con algo natural, no era ni más ni menos que el amor extremo, absurdo, que llevó a Cristo hasta la cruz. La Justicia, compañera de las divinidades del otro mundo, ordena ese exceso de amor. Ningún derecho lo ordenaría. El derecho no tiene vínculo directo con el amor.

Así como la noción de derecho es extraña al espíritu griego, también lo es a la inspiración cristiana, allí donde ésta permanece pura y no mezclada a la herencia romana, o hebrea, o aristotélica. No es posible imaginar a san Francisco de Asís hablando de derecho.
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Si se le dice a alguien capaz de escuchar: “Lo que usted me hace no es justo”, se puede golpear y despertar, justo en su fuente, la atención y el amor. No sucede lo mismo con palabras como: “Tengo derecho a…”, “usted no tiene el derecho de...", éstas encierran una guerra latente y despiertan un espíritu de guerra. La noción de derecho, puesta en el centro de los conflictos sociales, hace imposible, desde cualquier ángulo, todo matiz de caridad.

Es imposible, cuando de ella se hace un uso casi exclusivo, permanecer con la vista fija sobre el verdadero problema. Un campesino al que presiona indiscretamente un comprador, en el mercado, para que le venda sus pollos a un precio moderado, puede muy bien responder: “Tengo derecho a quedarme con mis pollos si no se me ofrece un precio lo suficientemente bueno”. Pero una jovencita a la que se trata de meter por la fuerza en un prostíbulo no hablará de sus derechos. En tal situación, esa palabra parecería ridícula por su misma insuficiencia.

Por eso el drama social, que es análogo a la segunda situación, ha aparecido falsamente, gracias al uso de esta palabra, como análogo a la primera. El uso de esta palabra ha convertido lo que debió ser un alarido desde el fondo de las entrañas, en un agrio griterío de reivindicación, sin pureza ni eficacia. ...

Muchas de las verdades indispensables y que salvarían a los hombres no son dichas por causas de este tipo; los que podrían decirlas no las pueden formular, los que podrían formularlas no las pueden decir. El remedio a este mal sería uno de los problemas urgentes de una verdadera política. "


Simone Weil, Escritos de Londres y últimas cartas.
Aunque hay una edición en Trotta, Madrid 2010, me he servido preferentemente de los textos traducidos y publicados por Sylvia María Valls:
http://www.institutosimoneweil.net/index.php?option=com_content&view=article&id=397:simone-weil-la-persona-y-lo-sagrado&catid=53:simone-weil&Itemid=73

08 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (2.)


Seguimos con "Crítica y Obediencia":
"Vamos ahora a ilustrar con un ejemplo esta problemática fundamental del ser de la Iglesia en el mundo. Pedro, a quien el Señor entrega el mismo poder que a toda la comunidad, puede servirnos, a modo de ejemplo, para compendiar la Iglesia.
Pedro es llamado por Jesucristo (en un brevísimo espacio de tiempo si aceptamos la cronología de san Mateo), Roca y Satanás (escándalo: piedra de tropiezo).
Esta contigüidad no es nada contraria a la mentalidad bíblica que conoce la victoria del poder de Dios por medio de la debilidad del hombre y que llama siervo de Dios al rey de Babilonia (Jer 25, 9), porque es utilizado por Yahvé como instrumento con el que hace la historia. Así, cuando Dios se sirve de Pedro (es decir, cuando no hablan por él la carne y la sangre) éste es capaz de convertirse en Roca. Pero este nombre no expresa un mérito sino un servicio, una elección y un encargo para el que nadie es apto, y menos este Simón que se hunde y al que le falta fe (Mt 14, 30). Esta dialéctica luce principalmente allí donde el encargo es más elevado: la concesión del primado se sitúa sobre el trasfondo de las negaciones (Jn 21, 15-27), la promesa en Lucas (22, 81 ss.) se junta con la inmediata predicación de la negación, y la promesa en Mateo está en aparente contradicción con los nombres de Satanás y piedra de escándalo. Siempre es promesa de la fuerza de Dios en la debilidad humana, siempre es Dios el Salvador y no el hombre, siempre es el a-pesar-de-todo de la gracia que no se deja desarmar por la torpeza del hombre, ni vencer por su pecado.

Por una recaída en la arbitrariedad del razonar humano que no quiere reconocer la gracia sino que se imagina siempre un secreto triunfo del hombre, nos hemos acostumbrado a desglosar en Pedro a la Roca y al pecador. Pensamos que éste es el Pedro prepascual, y nos formamos del Pedro posterior a Pentecostés una imagen extrañamente idealizada. Pero no es así: siempre están ambos mezclados. El Pedro anterior a la Pascua es el que quiere permanecer fiel en medio de la deserción de la masa, el que corre al encuentro del Señor en medio del mar, el que pronuncia aquellas hermosas palabras: "Señor, a quien iremos?; tú sólo tienes palabras de vida eterna y nosotros hemos creído que Tú eres el Santo de Dios" (Jn 6, 68). Y el Pedro posterior a Pentecostés es también el que por miedo a los judíos niega la libertad cristiana (Gál 2, 11 ss.). Siempre Roca y piedra de escándalo en una pieza.

Esta verdad ha persistido en toda la historia de la Iglesia. Y la tarea del creyente es sufrir esta paradoja del obrar divino que avergüenza a su orgullo. Lutero reconoció muy bien el momento de Satanás y no carecía de razón. Pero su culpa fue no haber sabido soportar la bíblica tensión entre Roca y Satanás que pertenece a la tensión fundamental de la fe. Nadie debiera haber comprendido esto mejor que el hombre que acuñó la fórmula: justo y pecador a la vez (simul peccator el iustus).

El donatista Tyconius hablaba de que la Iglesia es, en una misma pieza, Cristo y anticristo, Jerusalén y Babilonia. En realidad no hacía más que agudizar una idea que se encuentra en toda la tradición patrística. Orígenes veía expresada la tensión fundamental de la Iglesia en aquellas palabras de los Cantares: negra soy pero hermosa (Cant 1, 6).

Lo que se evidencia de todo esto una vez más es que no conviene separar limpiamente, uno de otro, la Iglesia y los hombres de la iglesia. Por ellos vive la Iglesia en el mundo. Vive de una manera humana el misterio divino que encierra. También la institución lleva consigo el lastre de la humanidad ¿quién no lo sabe? Pero precisamente por esto, la Iglesia, la santa, la pecadora Iglesia, es testimonio y realidad de la gracia de Dios que por nada se deja vencer. En su debilidad es y permanece Buena Nueva de una salvación que supera toda nuestra corrupción y esperanza.

Concluyamos este apartado con dos testimonios de la Edad Media (esa época que nos gusta idealizar como el tiempo de resplandor más puro de la cristiandad). En Guillermo de Auvernia, el gran teólogo y obispo de París se hallan estas palabras: "¿Quién no se horrorizaría si viera a la Iglesia con una cabeza de asno o al alma del fiel con dientes de lobo...? ¿Quién no llamaría a esta terrible imagen, más bien Babilonia y desierto que Ciudad de Dios?... Por el terrible abuso de los réprobos y carnales que inundan la Iglesia, los herejes la llaman prostituta y Babilonia... ". Y Gerhoh de Reichersberg, el gran teólogo bávaro, confiesa que es un terrible espectáculo el que "en medio de ti, Jerusalén, vive un pueblo casi completamente babilónico", y hace decir a la Iglesia: "Yo no me considero pura como los novacianos y cátaros; yo se cuántos pecados tengo en mí, y no rehusó la penitencia sino que digo: perdónanos nuestras deudas".

¿Es una señal indiscutible de que han mejorado los tiempos el que los teólogos de hoy no se atrevan a hablar de esta forma? ¿O no será más bien una señal de que ha disminuido el amor, de que no arde el corazón en santo celo por la gloria de Dios en este mundo (2 Cor 11, 2), de que el amor se ha vuelto apático y ya no se atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para ella? El que ya no se sorprende por la negación del amigo ni lucha por su regreso, ya no ama. ¿Debe valer también esto de nuestra relación con la Iglesia? "

Preguntamos ahora cuál ha de ser la actitud del cristiano respecto a la Iglesia de la historia. También aquí puede decirse parodiando la fórmula agustiniana: el cristiano debe amar a la Iglesia; todo lo demás se seguirá de la lógica del amor. Si en tal ocasión es mejor hablar o callar, sufrir o luchar, depende en último término del amor a la Iglesia.
El teólogo puede desarrollar más concretamente este sentido eclesial, pero en la situación concreta es el yo -con su fe, su esperanza y amor personales- el que está llamado a la decisión; y no puede refugiarse en una regla puramente objetiva. Después de esto hemos de decir que la Iglesia ha recibido la herencia de los profetas. Ha entrado en la historia como Iglesia de los mártires y ha desempeñado la función de padecer por la verdad. En este sentido lo profético no ha muerto en ella. Tampoco puede decirse que ha llegado ya a su victoria última, perdiendo su función critica. Esto sería desconocer la antinomia que acabamos de describir entre prostituta y esposa. El paso de la forma de existencia de este mundo a la novedad del espíritu no es una cosa que se realizó hace largo tiempo, sino que permanece continuamente como la ley viva fundamental de la Iglesia.
Ella vive de la llamada del espíritu, en la crisis del paso de lo viejo a lo nuevo. No es casualidad el que los grandes santos estuvieran también en lucha por la Iglesia, con su tentación de mundanizarse, y que hayan sufrido bajo la Iglesia. Pensemos en Francisco de Asís, o en Ignacio de Loyola que en la cárcel eclesiástica tenía el ánimo tan alegre que decía: "En Salamanca no hay tantos grillos y cadenas que yo no pueda pedir más por amor de Dios". Y él no renunció en nada a su misión ni a su obediencia a la Iglesia.

Siguen un par de apartados breves en los que, a modo de resumen de todo lo anterior, se concretan unas reglas sobre como pueden, y deben, articularse la crítica y el amor a la Iglesia, que podéis terminar de leer aquí: http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/textos.htm

JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", en Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972. Traducido aquí por J.Valldeperas.

05 mayo 2013

Negra soy, pero hermosa. Joseph Ratzinger (1)


Voy leyendo poco a poco los magníficos archivos del Foro de estudios Joseph Ratzinger, una página llena de enlaces a sus libros (muchos de ellos completos), artículos, conferencias y entrevistas. Aquí os dejo estas reflexiones del por entonces joven catedrático de teología en Ratisbona, intemporales y sin desperdicio, sobre el a-pesar-de-todo de la gracia y sobre otras muchas cosas interesantes, todo ello al hilo del tema de la legitimidad de la crítica y la protesta en la Iglesia. El artículo, publicado en 1962 en la revista Wort und Wahrheit (Palabra y Verdad), se titula "Crítica y Obediencia":
"Nos lleva a la esencia del problema una comparación entre Antiguo y Nuevo Testamento. El AT descansaba en una promesa divina. Su culto y su sacerdocio fueron impuestos por Dios y su realeza tenía una promesa de perpetuidad. ¿ Se pueden atacar un culto y una institución que son de derecho divino? Cristo lo hizo, y predijo con una acción simbólica el fin del templo (cfr. Mc 11,11-19; 14,58; 15,29 ss; Jn 2,19). Los cristianos rara vez comprenden la enorme magnitud de este suceso; para ellos el AT es precisamente la antigua alianza; que a su tiempo debía convertirse en nueva. Pero esto no es así: mientras existió, fue sin más, la Alianza; no la antigua, sino la única alianza que Dios había hecho. No era nada claro que esta alianza debiera envejecer, y las profecías sobre un pacto nuevo (Jer 31, 31 ss.) (que en modo alguno estaban en primer plano en la conciencia de Israel) fueron dichas en un sentido escatológico (cfr. Is 11). La Thora era palabra de Dios, y el culto estaba divinamente establecido; atacarlos debía parecer a la conciencia de Israel lo mismo que a nosotros un ataque a la ordenación sacramental de la Cristiandad.

Sin embargo hay una diferencia ya que en el AT, junto al templo, la institución y la ley,existieron desde el principio los profetas, elegidos por Dios, como palabra libre que El se reservaba. La trágica figura de Jeremías, constantemente encarcelado como hereje, atormentado como rebelde a la Palabra y a la Ley de Dios, perseguido y fallecido sin nombre en la oscuridad del olvido, nos hace comprender la esencia y la enorme exigencia de la misión profética. La profecía no consiste tanto en ciertas predicciones, cuanto en la protesta profética contra la autosuficiencia de las instituciones que sustituyen la moral por el rito y la conversión por las ceremonias. El profeta es testigo de Dios. Frente a la interpretación arbitraria de la palabra de Dios y frente a la tergiversación clandestina y pública de las señales divinas, el profeta pone a salvo la autoridad de Dios y defiende Su palabra del egoísmo de los hombres. Y así, en el AT existe -combatida y oprimida por la autoridad, pero cada vez más reconocida como voz de Dios- una crítica que crece en mordacidad hasta la descripción del destructor del Templo como siervo de Dios (Jer 25, 9); con ello la misma destrucción del Templo (el corazón mismo de Israel) aparece ya aquí como culto frente al culto demasiado pagado de sí, que se realiza en el interior del Templo.

El primer intento de una teología cristiana, que es la predicación del diácono Esteban, enlaza con esta dirección: muestra que Dios en la historia no está al lado de la institución, sino de los que sufren y son perseguidos, y presenta a Cristo como consumación de los profetas por haber sido rechazado por los jerarcas. Cristo es la perfección de los profetas, no propiamente porque en El se han realizado las profecías, sino porque ha vivido hasta el fin la línea del espíritu profético, del no a la autocracia de la institución sacerdotal. Así se ha puesto a Sí mismo como ofrenda definitiva en el lugar de las víctimas del Templo (Heb 10, 5), destruyendo de esta manera al Templo (Jn 2, 19).
Algo parecido puede decirse de la exégesis que hacen los Padres cuando ven en el sacrificio de Malaquías (Mal 1, 10 ss.) una predicción del sacrificio de la Misa. Pues las palabras de Malaquías pertenecen a la línea que en el AT va haciendo estallar cada vez más el formalismo ceremonial para exigir del hombre su obediencia y su corazón, en lugar del rito.

Llegamos así al NT. ¿También aquí está la verdad de parte de los que sufren y son estigmatizados por los portadores de cargos? Se ha intentado explicar así la esencia de la Reforma. "Nuestra tarea propia en el diálogo con nuestros hermanos católicos es hacerles comprensible - no intelectual, sino religiosamente- la viva actitud de protesta, como la tarea divina que desde Lutero nos acosa y nos inquieta interiormente". Aquí hay que notar dos cosas: de la idea de una protesta profética no se puede deducir el derecho a una existencia cristiana fuera de la Iglesia. Es sabido cómo los profetas permanecían profetas en Israel, y en él sufrían su pasión hasta convertirse en testigos de Dios, en mártires. El mismo Jesús realizó su misión en Israel (Mt 10,5 ss.) y reconoció, a pesar de todo, la autoridad de los maestros de Israel (Mt 23,2 ss). Los Apóstoles comenzaron su predicación en Israel; y sólo después de dura lucha se atrevieron a dar el paso hacia los paganos que supuso un giro en la Historia de Salvación y el fin de la antigua alianza. Para dar este paso se necesitó una decisión de la Iglesia entera, y la convicción de que la nueva acción de Dios en su Hijo autorizaba a ello. Pero los capítulos 9-11 de la carta a los Romanos, testifican el profundo sufrimiento que supuso esta separación para los primitivos cristianos.

Con esto hemos aludido ya a la segunda observación: los cristianos comprenden que se ha realizado, ya ahora, la alianza escatológica definitiva e irrevocable; que el antiguo pacto ha envejecido pero el actual no puede envejecer.
El porqué de esta diferencia lo ha esbozado san Pablo en el capítulo cuarto de la carta a los Romanos, y puede resumirse así: el antiguo pacto era condicional, el nuevo es absoluto. En el antiguo, Dios prometía la salvación si Israel, por su parte, cumplía la Ley. La salvación depende de la moralidad y esta es la razón profunda de la existencia de los profetas: han de recordar que toda la magnificencia cultual no sirve de nada si no se cumple toda la Ley. Todo cambia en el NT. Dios se hace hombre y, en el hombre Jesucristo, acepta a la humanidad que cree en Jesús. Con esto se decide definitivamente -y en sentido afirmativo- el drama de la historia universal. Dios cierra un nuevo pacto, y acepta a la Iglesia no apoyándose en la condición siempre oscilante de la moralidad humana, sino en virtud del absoluto de la acción salvadora y gratuita de Cristo (Rom 4, 16). La Iglesia no descansa en el esfuerzo de los hombres sino en la gracia, descansa en el a-pesar-de-todo dicho por Dios y, en él, es para siempre Iglesia santa. La Iglesia presenta en su interior el a-pesar-de-todo de la gracia divina y, con él, un absoluto: la definitiva voluntad salvífica de Dios. (...)
Los Santos Padres expresaron este hecho con la imagen atrevida de la casta meretriz: según su propio origen histórico la Iglesia es prostituta, procede de la Babilonia de este mundo. Pero Cristo el Señor la ha purificado, la ha convertido de prostituta en esposa. Urs von Balthasar ha mostrado en penetrantes análisis que esto no es una pura expresión histórica (algo así como: antes era impura, ahora es pura) sino que describe una permanente tensión histórica existencial de la Iglesia. Ella vive constantemente del perdón que la transforma de prostituta en esposa; la Iglesia de cada generación es la iglesia procedente de la gracia, a la que Dios hace salir constantemente de la Babilonia en que de por sí moran los hombres.

Esto se pone de manifiesto por un análisis del misterio de la Encarnación.
Estamos acostumbrados a considerar la Encarnación como una justificación teológica de la institucionalidad de la Iglesia (en cuanto representa la aparición de Dios en formas de esté mundo). Esto es mucha verdad pero debe ser completado por lo siguiente: la Encarnación no es un término, sino un principio que concluye en la Cruz. Junto a la teología de la Encarnación ha de ir la teología de la Cruz. Esto quiere decir que todas las organizaciones terrenas, para conseguir su perfecta realización, deben pasar por la Cruz: toda forma terrena es provisoria. Y así como sería falso concebir la Iglesia con esquemas de la antigua, alianza para protestar contra Ella en nombre de una Palabra que no puede darse sin Ella, es igualmente falso concebir la Encarnación como un término, y proclamar en consecuencia que la Iglesia es el reino perfecto de Dios, negando prácticamente su gran futuro escatológico y presentándola ya en este mundo como algo sin mancilla e incriticable. El a-pesar-de-todo de la gracia divina lleva en sí el precioso misterio de lo definitivo, pero no ha hallado aún su forma definitiva, sino que está ligado al signo de la Cruz: a los hombres que necesitan de la cruz para llegar a la gloria."


JOSEPH RATZINGER. "Crítica y Obediencia" ("Freimut und Gehorsam", Wort und Wahrheit núm.17, 1962).
Incluido en El nuevo pueblo de Dios, Herder, Barcelona, 1972.
Traducido aquí por José Valldeperas. http://www.unav.es/tdogmatica/ratzinger/

02 mayo 2013

El paso del primer al segundo Donoso Cortés (2)


1. Lo que decía Donoso Cortés en 1845 ( Discurso Parlamentario 15 de enero ):
 la libertad no es otra cosa que la discusión; y en este punto soy tan exigente que me gustan hasta las discusiones peligrosas” 

2. Lo que dice Donoso Cortés en 1851 (Ensayo sobre el catolicismo, el liberalismo y el socialismo):

"La sociedad entonces se deja gobernar de buen grado por una escuela que nunca dice afirmo ni niego y que a todo dice distingo. El supremo interés de esa escuela está en que no llegue el día de las negaciones radicales o de las afirmaciones soberanas; y para que no llegue, por medio de la discusión confunde todas las nociones y propaga el escepticismo, sabiendo como sabe, que un pueblo que oye perpetuamente en boca de sus sofistas el pro y el contra de todo, acaba por no saber a qué atenerse y por preguntarse a sí propio si la verdad y el error, lo justo y lo injusto, lo torpe y lo honesto, son cosas contrarias entre sí o si son una misma cosa mirada desde puntos de vista diferentes."

 "La legitimidad de la razón son dos palabras, de las cuales la última designa el sujeto y la primera el atributo; yo niego el atributo y el sujeto. ¿Qué cosa es la legitimidad y qué cosa es la razón? Y en el caso que sean alguna cosa, ¿de dónde sabes que esa cosa esté en el liberalismo y no en el socialismo, en ti y no en mí, en las clases acomodadas y no en el pueblo? Yo niego tu legitimidad y tú la mía; tú niegas mi razón y yo la tuya."

"Cuando me provocas a discutir, te perdono, porque no sabes lo que haces; la discusión, disolvente universal, cuya virtud secreta no conoces, acabó ya con tus adversarios y va a acabar contigo ahora; por lo que hace a mí, tengo propósito firme de ganarla por la mano, matándola para que no me mate. La discusión es espada espiritual que revuelve el espíritu con ojos vendados; contra ella, ni vale la industria ni la malla de acero; la discusión es el titulo con que viaja la muerte cuando no quiere ser conocida y anda de incógnito.
Roma la sesuda la conoció, a pesar de sus disfraces, cuando entró por sus muros en traje de sofista; por eso, prudente y avisada, le refrendó su pasaporte.
El hombre, al decir de los católicos, no se perdió sino porque entró en discusiones con la mujer, ni la mujer sino por haber discutido con el diablo. Más adelante, hacia la mitad de los tiempos, dicen que este mismo demonio se apareció a Jesús en un desierto, provocándole a una batalla espiritual, o como quien diría, a una discusión de tribuna; pero aquí parece que tuvo que habérselas con otro más avisado, el cual le hubo de contestar: Vade Satanas, con cuya palabra puso fin a un mismo tiempo a la discusión y a los diabólicos prestigios."

3. ¿Qué ocurrió entre tanto, qué pudo transformar de ese modo la actitud,  las convicciones, la manera de ver y estar en el mundo del  brillante polemista Donoso Cortés?  Él mismo lo cuenta en la famosa carta de 21 de julio de 1849, dirigida a su amigo Alberich Blanche-Raffin:

"Yo siempre fui creyente en lo íntimo de mi alma; pero mi fe era estéril, porque ni gobernaba mi pensamiento, ni inspiraba mis discursos, ni guiaba mis amores. (/...) Tuve un hermano a quien vi vivir y morir, y que vivió una vida de ángel y murió como los ángeles morirían si muriesen. Desde entonces juré amar y adorar, y amo y adoro... –iba a decir lo que no se puede decir–, con ternura infinita, al Dios de mi hermano. Dos años van ya recorridos de aquella tremenda desgracia... Vea usted aquí, amigo mío, la historia íntima y secreta de mi conversión... Como usted ve, aquí no ha tenido influencia ninguna ni el talento ni la razón; con mi talento flaco y con mi razón enferma, antes que la verdadera fe me hubiera llegado la muerte. El misterio (porque toda conversión es un misterio) es un misterio de ternura. No le amaba, y Dios ha querido que le ame, y le amo; y porque le amo, estoy convertido. (...) ahora soy otro (...) Yo amo a Dios porque creo que me ha amado antes. Sin duda, la mayor elevación que siente el ser humano consiste en cerciorarse por la fe de que es amado por Dios.»

[No se trata, naturalmente, de que Donoso rechace desde ese momento cualquier clase de discusión:  a la discusión de  las ideas socialistas y liberales dedica, de hecho, el Ensayo. En lo que ha dejado de creer Donoso es en la posibilidad de llegar a la verdad por medio de la discusión como pretende el liberalismo relativista: Ni la discusión, ni una razón viciada, insegura y tendenciosa, podrán por sí solas alcanzar a distinguir el bien y el mal en el orden moral,  político o social.
Donoso Cortés terminó siendo apodado por sus adversarios "Quiquiriquí de Extremadura". El liberal-progresista Modesto Lafuente decía que en Donoso el miedo de la revolución "rayaba en la locura"; otros lo llamaron apocalíptico o mártir plenipotenciario... Y sin embargo, anticipó las claves de la política europea del siglo XX  y fue el único que supo prever el auge de los totalitarismos y hasta sus tipos (que algo tienen que ver con la capacidad de discernir, o incluso de invertir, el bien y el mal) .  Mañana, o así,  Hannah Arendt, tan distante y tan distinta, pero...]