19 abril 2013

Lo acabado y lo inacabado

Oímos hablar de 'un trabajo acabado', 'una casa acabada', una labor o un cuadro 'acabados', y entendemos algo bueno, que el trabajo o la casa, la labor o el cuadro están completos, que no hay más que añadir.
Oímos hablar de  'una historia acabada' y  pensamos en una historia truncada, en una  historia infeliz.
Oímos hablar de 'un hombre acabado'  y sentimos lástima.

Y esto es lo que hay, lo acabado, lo que  no se acaba, lo finito y lo infinito,  la de cosas que sabemos sin saber que las sabemos... y una tarde bochornosa y  una pila inacabable de ropa por planchar.

8 comentarios:

Enrique García-Máiquez dijo...

Pues la entrada te ha quedado perfectamente acabada. Y qué bien que nosotros estemos hechos para no terminar nunca, ni nuestras historias. Con eso en mente, no hay tarea con la que no se pueda.

CB dijo...

Creo que se me subieron los vapores de la plancha, o los de la cervecita que me tomé entre sábana y blusa, que no sabes la calor que hacía, pero sí, al final sí que se pudo.

Muchas gracias, Enrique.

Mora Fandos dijo...

Sí, el cuento de nunca acabar... Saludos Cristina.

CB dijo...

¡El cuento de nunca acabar! Me encanta, eso es.

Muchas gracias, narrativo José Manuel.

Anónimo dijo...

De un escritor alemán del siglo XX:

"Pero en el interior sí está hecho". Una frase para meditar sobre ella, llena de significado. Hay una terminación de nuestras acciones en lo absoluto, un complemento siempre independiente del éxito o del fracaso. Eso representa un gran consuelo.
Nuestras acciones son comparables a disparos que estuviesen animados de una fuerza doble. Por una parte son como flechas disparadas por el arco de la vida; esas flechas están sujetas al azar, a la fuerza de la gravedad, al viento. Dan en el blanco o fallan; no está en nuestras manos la trayectoria que siguen.
Pero, a la vez, la cuerda, al estar tensada también por fuerzas de amor , lanza la flecha hacia lo que está por encima de lo real, en una trayectoria recta, que alcanza su meta en lo invisible. Hay siempre un segundo destinatario de nuestras palabras, de nuestros actos, de nuestros pensamientos.
Escribimos una carta a uno de nuestros allegados y la llevamos a correos. En el instante en que la echamos al buzón pensamos en su destinatario y nos invade la duda, la preocupación, de si llegará. Cuando reina el caos esa preocupación es muy grande. Y, sin embargo, resulta consolador el pensamiento de que, llegue o no llegue a su destino, la carta la hemos escrito. Sentimos que eso ha introducido una modificación en el mundo. Es un sacrificio que hemos ofrecido, aunque nadie la lea. Pues "en el interior sí está hecho".
Algo parecido ocurre con nuestra preocupación por los ausentes. Los pensamientos giran en torno a los guerreros, a los desparecidos, a los prisioneros. Tal vez hasta varios años más tarde no nos enteremos de que cayeron en la guerra. Y nunca parecerá más fuerte el soplo de lo absurdo que cuando nos es preciso reconocer que estuvimos angustiándonos por una persona convertida en podre hacía ya tiempo. Pensábamos en ella como si estuviera viva. Hay algo maravilloso, sin embargo, en ese "como si". Deberíamos pensar en cada muerto como si estuviera vivo, y en cada vivo, como si estuviera ya separado de nosotros por la muerte. Así nuestros deseos apuntan más alto, a la persona invulnerable. Y si tensamos bien el arco, experimentaremos el instante maravilloso en que nos llega la respuesta. Pues en el interior sí está hecho".

CB dijo...

Sí, o incluso de dos alemanes (es que me parecía que había leído ese texto en "Bienvenidos a la Fiesta", y lo acabo de confirmar).

El texto es interesantísimo, y ahora que me he metido en un berenjenal del que no salgo con el tema de la conciencia y la culpa y Eichmann y Kant y las leyes autónomas y el tribunal interior, más todavía.

Cuando lo leí la primera vez me sonó de otro modo, me sonó a autosatisfacción, quizá porque a Goethe lo asocio con la autosatisfacción y le tengo un poco de antipatía. Pero la verdad es que sigo dudando de que consuele mucho que en el interior esté hecho. Creo que las consecuencias (no se trata de éxito o de fracaso) de lo hecho o de lo no hecho preocupan siempre. Todo lo hecho, lo bueno y lo malo, y hasta lo no hecho se echa a rodar. Imagínese a una madre diciendo de un hijo al que ha perdido de vista: "bueno, lo parí, lo crié, lo eduqué como pude... En el interior está hecho". No es posible, no se descansa. ¿Y no importa más que el amigo reciba la carta y que la carta le haga algún bien (que incluso a lo peor no se lo hace) que haberla escrito? ¿Y no le parece un poco egocéntrico ese: "ah, yo he cumplido, el resto a mí plim"?

Lo de pensar en los muertos como vivos y en los vivos como muertos, eso sí que sí. Eso lo veo mportantísimo. Si pensamos en vez de en una ruptura en una línea contínua, o en que entre un vivo y un muerto no puede haber mucha más diferencia de la que hay entre un niño y un anciano, tampoco resulta tan difícil.

Le agradezco muchísimo el comentario y la cita. Vuelva otra vez con su nombre, por favor, me encantará poder saludarle.

Anónimo dijo...

Perdóneme, creía que iba comprender el escrito de otra manera.
No se trata de consolarse, ni preocuparse de las consecuencias de nuestros actos. (Le enviaría una película sobre éste asunto si supiese su dirección de correo electrónico)
Olvidémonos de nosotros mismos.
Se trata de ser.
Se trata de actuar como Dios manda.
“Hay que actuar sin tener en cuenta los frutos de la acción”, prescribe el Bhagavad Gita.
En los Evangelios leemos: “Buscad el Reino de Dios y todo lo demás se os dará por añadidura”.
Sobre lo que dice en su respuesta.
Su leído León Bloy escribió: “Todo lo que sucede es adorable”. No dice solo lo bueno, ni solo lo malo, ni solo lo regular, dice todo. Esto lo podemos conectar con San Pablo: “todo sucede para bien de los que aman al Señor”.
Más del autor:
“La vida está en la muerte como una pequeña isla verde en el oscuro mar. La ciencia verdadera consiste en sondear ese mar, aunque solo sea en los bordes y en los sitios donde rompen las mareas; nada más que banalidades son la física y la técnica cuando se las compara con esa ciencia”.
¿Sabe cuál esa ciencia? No es otra que la teología: la ciencia de la abundancia.
Más del autor:
“La vida es únicamente la orla de la Vida, es tan sólo un campo de batalla donde se combate por la Vida. Es una fortificación avanzada cuya forma sigue descuidadamente las dimensiones de la fortaleza a la que nos replegamos al morir”.
“La meta de la vida consiste en adquirir una idea de lo que es la Vida. Es cierto que esto no produce ningún cambio en lo Absoluto, tal como piensan los sacerdotes, pero si es algo que ayuda en el tránsito”.
“Las puestas que en este juego queremos ganar con nuestras fichas son enormes, son horrorosamente altas. Nos parecemos a niños que quieren ganar judías en el juego y no saben que en cada una de esas judías están encerradas las posibilidades de mayos milagrosos y de flores prodigiosas”.
En un bello pasaje de un libro de Bloy dice que el morir significa para nosotros apenas un cambio mayor que el que para un bello mueble significa que le limpien el polvo.
Y no le robo más su tiempo hoy que tal vez tenga mucha ropa que planchar.
Su anónimo lector.

CB dijo...

Perdóneme usted a mí. Ahora lo entiendo mucho mejor. Hasta mi respuesta la entiendo ahora mejor. En el fondo cada lectura es una confesión. No es: "yo he cumplido y el resto a mí plim". Es poner las cosas en manos de Dios, quizá yo no acabo de dejarlas en sus manos, que es donde mejor están. No sabe usted la de veces que me repito la frase de San Pablo. O la oración que le enseña Bloy a su todavía novia: "Señor. Tú lo sabes todo, Tú lo puedes todo, Tú nos quieres".
No conocía el texto de las judías, qué maravilla. Cuánto me alegra conocer a otro admirador de Bloy.
Le agradezco mucho su comentario y su paciencia. Mi correo, para lo que usted quiera, está accesible pinchando en el perfil. Ah, y gracias también por pensar en mi plancha. Plancho de uvas a peras, por eso se me apila, pero hoy la tengo al día.
Saludos cordiales.