24 diciembre 2012

Atención y espera. Simone Weil (1)


Vamos con el tema de la lectura lenta, y la atención y la espera,  en Simone Weil.  Lo malo es que el tema, una de las columnas de su pensamiento,  necesitaría mucha lentitud y toda la atención posible, y yo me pongo a ello con apresuramiento, o sea fatal (el apresuramiento, para SW, es una de las formas del mal), y sin una traducción a mano. Así que perdón por adelantado.

El título del texto que os extracto, uno de los capítulos de Attente de Dieu (pág.67-75), es el de "Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares con miras al amor de Dios", un título que nos deja preguntándonos qué tendrá que ver una cosa con la otra,  pero que lo dice todo. Y lo que dice es que existe una analogía entre la actitud de la inteligencia aplicada a cada uno de esos ejercicios (una traducción, un problema de matemáticas...) y la situación del alma que, con la lámpara bien provista de aceite, espera a su esposo con confianza y deseo.

El nudo de la analogía está en el verbo 'attendre', y en su doble significado de atender y esperar. Dos actitudes hermanas, aunque en castellano la hermana 'esperar' decidiera independizarse (nuestro 'atender' al principio era similar al francés. Lo dice Covarrubias  en la voz 'atención': en lenguaje antiguo castellano vale esperar,  y pone de ejemplo esta preciosidad: "orillicas del río mis amores he - y debajo de los álamos me atendé). Tanto se independizó que en un análisis de texto nos costaría trabajo -y mucha atención- incluirlas en el mismo campo semántico. Pero siguen siendo hermanas: en las dos se encuentra la misma vigilancia, la apertura, la tensión del ánimo, el olvido de sí y, en definitiva, el amor. El verbo atender (del attendere latino, y éste de ad tendere), con todos los significados hermanos juntos: escuchar, vigilar, prestar atención, cuidar, esperar...,  es prácticamente un sinónimo del verbo amar. Aún más, no sólo prácticamente un sinónimo, sino su sinónimo práctico, el limpio de adherencias corteses, románticas, fantásticas y depredadoras, la prueba del nueve del verbo amar.

 Eso es lo que le permite a Simone Weil pasar, sin solución de continuidad,  de los estudios escolares a las dos parábolas de los siervos, la del siervo vigilante, al que el amo hace sentar a la mesa para servirle la comida (Lc 12:35-38), y la del siervo inútil, que curiosamente es el currante, el que cuida del ganado y los campos,  y que sin embargo, al llegar a la casa,  ni es invitado a sentarse a la mesa ni merece las gracias del amo (Lc 17:7-10). ¿La diferencia entre el primero, el que espera a que su amo vuelva de la boda para abrirle al primer toque, y el que llega agotado, y seguramente harto, del campo?: La atención, la espera, el deseo, el amor.
(Por eso era una entrada perfecta de adviento, que de ahí las prisas, por si conseguía sacarla antes del 24. De todos modos, hasta las 12 de la noche, si no me equivoco,  seguimos en Adviento):


"Si se busca con verdadera atención la solución de un problema de geometría  y al cabo de una hora se continua en el mismo punto que al empezar, pese a todo se ha avanzado, durante cada minuto de esa hora, pero en otra dimensión más misteriosa. Sin sentirlo, sin saberlo, ese esfuerzo en apariencia estéril y sin frutos ha hecho crecer la luz en el alma.[...]

El mejor sostén de la fe es la garantía de que si uno le pide a su Padre pan,  Él no da piedras. Con independencia incluso de toda creencia religiosa explícita, cada vez que un ser humano realiza un esfuerzo de atención con el único deseo de volverse más capaz de alcanzar la verdad, consigue hacer crecer esa capacidad, aunque su esfuerzo no haya producido ningún fruto visible. Un cuento esquimal explica así el origen de la luz: "El cuervo que en la noche eterna no podía encontrar alimento, deseó la luz  y la tierra se iluminó". Si verdaderamente hay deseo, si el objeto del deseo es verdaderamente la luz, el deseo de luz produce la luz (ojo que esto no tiene nada que ver con el manido wishful thinking; el cuervo no se inventa la luz: la obtiene). Hay deseo  verdaderamente, cuando hay esfuerzo de atención. Es verdaderamente la luz lo que es deseado, cuando cualquier otro móvil está ausente. Aunque los esfuerzos de atención permanecieran en apariencia estériles durante años, algún día una luz exactamente proporcional a esos esfuerzos inundará el alma. Cada esfuerzo añade un poco de oro a un tesoro que nada en el mundo puede arrebatar. Los esfuerzos inútiles realizados por el cura de Ars, durante largos y dolorosos años, para aprender latín, dieron todos sus frutos en el discernimiento maravilloso por el que percibía el alma misma de los penitentes tras de sus palabras e incluso tras de su silencio. [...]

La inteligencia sólo puede ser conducida por el deseo  [...] Es el papel jugado por el deseo en el estudio el que permite convertirlo en una preparación a la vida espiritual. Pues el deseo, orientado hacia Dios, es la única fuerza capaz de levantar el alma. O más bien es Dios el único que viene a tomar el alma y la levanta, pero sólo el deseo obliga a Dios a descender. [...]

Hay algo en nuestra alma que repugna la verdadera atención mucho más violentamente que la carne repugna la fatiga. Ese algo está mucho más cerca del mal que la carne. Por eso, cada vez que se presta verdadera atención,  se destruye un poco de ese mal dentro de sí. Si se atiende con esa intención, un cuarto de hora de atención equivale a muchas buenas obras."

(y de mañana lo termino, que ya es muy largo y también muy tarde)

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