30 noviembre 2012

Pero muere primero. Kierkegaard (4.)


Y termino  Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo con unos párrafos del tercer y último sermón, el previsto para la fiesta de Pentecostés.
Kierkegaard, como en el sermón anterior, en el que bromeaba a propósito de sus continuas disertaciones "de viernes santo", vuelve a  servirse del acontecimiento que se celebra y del que se espera que hable, para explayarse sobre lo que no se celebra y no se espera oír: que para recibir al dulce huesped del alma,  primero debes "morir a"; que "el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata":

"Oyente mío, con respecto al cristianismo, no hay nada a lo cual todo hombre esté por naturaleza más inclinado que a tomarlo en vano. Tampoco hay nada cristiano, ni una sola determinación cristiana, que no pueda convertirse en algo totalmente distinto con sólo hacer el pequeño cambio de quitar una determinacion intermedia - y de eso totalmente distinto debe decirse "esto ha surgido del corazón del hombre" (1Cor 2:9), y así se lo vuelve vano. Por otro lado no hay nada contra lo cual el cristianismo se haya asegurado con mayor cuidado y celo que contra el ser tomado en vano. No hay ninguna, ninguna, determinación de lo cristiano sin que el cristianismo coloque como determinación intermedia: la muerte, el morir a -para de ese modo asegurar lo cristiano contra el ser tomado en vano. Se dice: "el cristianismo es el dulce consuelo" -sí, no se puede negar, siempre y cuando primero quieras morir, morir a. ¡Pero esto no es tan dulce! Se presenta a Cristo, diciendo: "Escuchad su voz, de qué manera dulce y atractiva llama a todos hacia sí, a todos los que sufren y les promete descanso para sus almas" -y en verdad es así, Dios me libre de decir otra cosa; pero, sin embargo, sin embargo, antes de que este descanso para el alma te toque a ti, y para que pueda tocarte a ti, es necesario (también lo dice el que invita, y lo expresó toda su vida aquí en la tierra, todos los santos días y las santas horas del día) que tú primero mueras, que mueras a... ¿es esto tan atrayente?
Así sucede también con esta afirmación cristiana: el Espíritu es el que vivifica. ¿A qué sentimiento se aferra el hombre con mayor firmeza que al sentimiento de la vida? (...) Mas aquí se predica un Espíritu que vivifica. Pues bien, apresurémonos a aceptarlo, ¿quién vacilará? ¡Danos vida, más vida, que el sentimiento de vida rebose en mí, como si toda la vida pudiera juntarse en mi pecho!
Pero ¿podría ser cristianismo esto, este terrible extravío? ¡No, no! Esta vivificación en el espíritu no es una elevación directa de la vida natural en un hombre en continuidad y conexión inmediatas con ella -¡oh, blasfemia!, ¡oh, qué terrible tomar de tal modo el cristianismo en vano!-, esta vivificación en el Espíritu es una nueva vida. Una nueva vida, sí, y no es una mera forma de hablar, como cuando usamos esa expresión tanto para una cosa como para otra cada vez que algo nuevo empieza a agitarse en nosotros, no; una nueva vida, literalmente una nueva vida -porque, fíjate bien, la muerte atraviesa la vida, morir a; y una vida del otro lado de la muerte, sí, es una nueva vida.
La muerte atraviesa la vida, ésa es la enseñanza del cristianismo; el Espíritu vivificante es precisamente el que te mata; es la primera manifestación del Espíritu vivificante: que tú debes meterte en la muerte, tú debes morir a -así es, para que no puedas tomar el cristianismo en vano. Un espíritu vivificante: he aquí la invitación, ¡quién podría no aceptarla! Pero muere primero: ¡he aquí la parada!..."

Insiste más tarde en lo poco precisos que somos los hombres con las palabras y en cómo solemos hablar de fe, de esperanza y de amor  donde en sentido cristiano estricto ni se trata de fe, ni de esperanza, ni de amor. A continuación va revisando una tras otra estas cuestiones,  hasta llegar a la última que aborda así:

"Finalmente, el Espíritu también trae el amor. En otros lugares (se refiere a Las obras del amor) he intentado mostrar lo que no se logra enfatizar con bastante frecuencia ni nunca se pone en claro lo suficiente: que lo que nosotros los hombres ensalzamos bajo el nombre de amor es amor propio y que cuando no tenemos cuidado con esto se confunde todo el cristianismo para nosotros..."

Con eso terminamos este libro pequeñito, pero matón,  y un examen de sí mismo de lo más recomendable; en cuanto a los tiempos, ya se ve que mucho no han cambiado. 
Y con permiso del querido señor Kierkegaard, os deseo un feliz primer domingo de Adviento: Advent, Advent, noch mal ein Kerzlein brennt...

Søren Kierkegaard, Para un examen de sí mismo recomendado a este tiempo, Ed. Trotta-Minima, Madrid 2011, Traducc.e introducc. Andrés Roberto Albertsen y colab.




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