03 abril 2012

Ortega y Gasset: Teología y mística

"Cualquier teología me parece transmitirnos mucha más cantidad de Dios, más atisbos y nociones sobre la divinidad, que todos los éxtasis juntos de todos los místicos juntos."
[José Ortega y Gasset: “Defensa del teólogo frente al místico” (1929). En: Obras completas, Revista de Occidente, 1964, t. V, p. 456]
La palabra "nociones" de Ortega ya lo dice todo. Y la ligereza al referirse a la mística, ese tonillo de desprecio, ese saco de éxtasis y místicos que, puesto en la balanza, pesa menos que "cualquier teología". "Cualquier teología", lo mismo me da que me da lo mismo, también es muy expresivo. Nos dice que, una vez más, el Dios de Ortega es el "dios de los filósofos", un "dios de los filósofos" bastante menos inocente a estas alturas que aquel motor inmóvil del principio. Nos habla de una búsqueda que no es tal búsqueda, sino un mero ejercicio intelectual.
-El que busca, busca con todo su ser, y no le satisfacen unas "nociones sobre la divinidad". El que busca pregunta por Alguien, pregunta: ¿existes o no existes?, pregunta: ¿me escuchas o no me escuchas? Y todo lo que ello significa: ¿Te importo? ¿Me quieres? Esas preguntas, las últimas, las que no hacen los filósofos porque el orden del discurso les exige haber resuelto previamente la primera, las que haría un niño, las que hace el niño que resiste en el corazón del cuadriculado y sabelotodo adulto cuando éste se lo permite, son las que nunca quedan sin respuesta. La respuesta a la primera siempre viene con la respuesta a la última: me importas, te escucho, existo.
-En palabras de Simone Weil, filósofa como Ortega, que, sin embargo, nunca contrapondría los atisbos de los teólogos a los éxtasis de los místicos (porque quien lo hace no sólo no comprende a los místicos, sino tampoco a los teólogos) : Como por la vista no se reconocen los sonidos, del mismo modo ninguna facultad más que el amor puede reconocer a Dios.
-Ortega no defiende al teólogo frente al místico, no se puede defender al teólogo enfrentándolo al místico, Ortega defiende un determinado ejercicio de la razón que parte de una idea previa, la de que, de haber divinidad, nos esta vedada la relación con ella. Por eso la mística, que es relación y no noción, le molesta. Ortega prefiere el ejercicio racional, gimnástico, descomprometido y ligero: unas nociones, una copa, un puro y a casa a echar la siesta. Ortega no busca, ya "sabe".
-Del mismo modo absurdo que Ortega, pero algo menos porque los verdaderos atisbos, las nociones más justas, no tienen su origen en el discurso intelectual sino en la relación (en otro nivel ¿no pasa lo mismo con las personas? ¿cómo tener una noción si no es tratándolas?), podríamos perfectamente decir que hay más atisbos de Dios en un par de versos de San Juan de la Cruz que en todos los tratados de todos los teólogos juntos. O cuando menos que los atisbos y las nociones que esos tratados transmiten, de serlo, existen porque antes se puso en juego la facultad del amor. Cualquier otra cosa es mirar a la orquesta con los oídos tapados y pretender escuchar la música, o lo que es peor, concluír, muy razonadamente, que no suena y, muy razonablemente, que quienes la oyen desvarían.
-La misma idea de Simone Weil, sobre la necesidad de acceder a cada realidad con la facultad adecuada, y no juzgar de los colores con el oído, de los sonidos con la vista y del amor sin el amor, la encontramos en estos versos de nuestro Calderón de la Barca, que podrían traducirse por: "Ortega, Ortega, no mires con suficiencia lo que no comprendes". También se los puede decir cada uno a sí mismo, que son versos de mucha aplicación.
".... Acércate, pues, un poco/al ruido de amor; verás/ que está danzando a compás/ el que piensas que está loco."

2 comentarios:

Mora Fandos dijo...

Pues estoy de acuerdo con tu crítica, Cristina. Este es uno de los asuntos en los que Ortega deja claro que carece -o quiere carecer- de sentido trascendente. No era entonces tan vitalista como pretendía. Saludos y gracias.

cb dijo...

Sí, se le escapa, a pesar de su natural amabilidad y su arte para vestir agradeblemente los "no" y hacerlos parecer "si". Se le escapa el ramalacito nietzscheano (el de no es que yo carezca, es que los débiles prefieren engañarse).
Como en el comentario sarcástico que le hizo a María Zambrano, que lo veneraba, cuando le entregó su "Hacia un saber sobre el alma" para su publicación en la revista de Occidente, que la hizo salir llorando, como contó años después, por la Gran Vía.
Saludos, José Manuel, y muchas gracias.