17 noviembre 2011

El carácter español visto por un alemán (2)


"Esta preponderancia de lo humano y personal explica, entre otros muchos fenómenos, el que España haya producido muy pocos sistemas filosóficos. Al ocuparse de las obras de Kant, Unamuno creyó ver asomarse en el autor de la Crítica de la Razón práctica al hombre Kant y por él se interesó más que por el filósofo Kant de la Crítica de la Razón pura. Sólo una filosofía que versara sobre la actitud práctica del hombre concreto frente a la vida y la muerte pudo despertar el entusiasmo del gran pensador Unamuno. Puede decirse paradójicamente que España podrá carecer de filosofía, pero tiene muchísimos filósofos, es decir, gentes llenas de sabiduría innata, espontánea, que viven como filósofos permitiéndose el supremo lujo de no publicar un renglón en su vida sobre las muchas cosas que saben... quería señalar el hecho de que, incluso el gran Séneca en la antigüedad, más tarde los Suárez, Balmes, Donoso Cortés y otros, fueron, ante todo, moralistas. Luis Vives, que suele citarse como filósofo especulativo, pasó la mayor parte de su vida en el extranjero. [...]

En Alemania, los genios son venerados, quiere esto decir que el ciudadano de tipo medio se da cuenta de la distancia que le mantiene separado de aquellos privilegiados, que para él quedan como esfumados, envueltos en una atmósfera de respetuosa veneración. En otros términos: los grandes hombres en Alemania acaban por convertirse en ideas, en mitos. Todo lo que tienen de hijos de Adán y Eva parece que se desprende de ellos, quedando totalmente absorbidos por el renombre y la gran obra. En España los hombres de fama se hacen ante todo populares. Los periódicos publican de ellos caricaturas, las que, lejos de ser burlas irreverentes, subrayan, por el contrario, aquellos rasgos humanos, incluso los demasiado humanos, que las grandes personalidades tengan en común con el resto de sus semejantes... Esta actitud que el pueblo español suele observar en el trato con sus hombres célebres está caracterizada por las numerosas entrevistas que suelen publicar los periódicos. Así, por ejemplo, en una de ellas el reportero nos informa sobre la vida y costumbres del maestro Luna. Por boca del propio músico sabemos que a pesar de su corpulencia come poco, que hace gimnasia y engorda, que no hace gimnasia y engorda lo mismo, etc., etc. ¡Qué hombre más simpático! comentan los lectores, aun cuando de la consabida entrevista no se desprende nada, o muy poco, sobre la obra del entrevistado. El mismo modo de ser explica también la predilección tan archiespañola por los apodos, los que, sobre todo en el campo, suelen transmitirse de generación en generación ... No sólo los toreros célebres figuran en los carteles casi exclusivamente con su respectivo apodo, lo notable es que el pueblo pone motes hasta a los actores extranjeros... Así, por ejemplo, al cómico norteamericano Buster Keaton, el de la cara inmutablemente seria, el pueblo ya sólo le conoce por "el Pamplinas".

Es evidente que el humanismo exagerado, al lado de sus rasgos simpáticos, entraña, desde luego, grandes inconvenientes para la vida colectiva. Consideración tan extremada al individuo tiene forzosamente que redundar en daño de la comunidad. Pues si, indudablemente, en un sentido meramente humano, resulta simpático que el viajero de un tranvía pueda mandar que se pare el coche para subir o bajar cuando le venga en gana, nadie negará que esta costumbre imposibilita el regular funcionamiento del sevicio tranviario. Pero es que, en el conflicto que fatalmente ha de surgir, muy a menudo, entre los mandatos de lo razonable a favor de la comunidad y el humanismo anticolectivo a beneficio del individuo, el español de tipo medio se inclina a favorecer este último. Así es que, no rara vez, en los exámenes, las recomendaciones tienen más eficacia que el saber y el valer del candidato. Un proverbio sumamente significativo dice: "Más vale un adarme de favor que un quintal de justicia"... Y entonces el daño recae, no sólo en el postergado, sino en la comunidad que se ve privada de los servicios de una persona competente.

De esto se desprende muy fácilmente que el criterio puramente humano termina por dañar forzosamente todas aquellas cosas que se basan sobre la organización. La sangrienta realidad de la guerra civil está imponiendo al pueblo español la dura necesidad de subordinarse y de posponer los intereses individuales a los del todo mayor. Reconocemos, sin restricción alguna, que esta es la lección más ardua que este pueblo de los caballeros tiene que aprender. Como que si realmente llegara a aprenderla, esto equivaldría a una transformación radical de su carácter, a una verdadera metamorfosis."


Werner Beinhauer, El carácter español, I."La supremacía del hombre", Ediciones Nueva Época, Madrid (Prólogo del autor para la edición española fechado en septiembre de 1944, Colonia).

4 comentarios:

RETABLO DE LA VIDA ANTIGUA dijo...

Lo que refiere acerca de la filosofía y los españoles encaja a la perfección con el caso de Ortega,que tanto debía a su formación alemana, "El hombre y la gente", el vitalismo, su uso del periódico como medio de difusión de las ideas, demuestra todo esto, creo que muy bien, esa apreciación de Beinhauer. y cómo agradezco que nos considerase "un pueblo de caballeros".

Saludos.

cb dijo...

Así es, Ortega, de formación tan alemana, fascinaba sin embargo a los alemanes como muy español. A mí la observación de Beinhauer en quien me hizo pensar fue en Kierkegaard, en su antiidealismo y en sus "migajas", tan claramenta antisistemáticas, y que, sin embargo, era danés y nada español.

De que seguimos siendo "un pueblo de caballeros" usted es una buena muestra.

Saludos y gracias, señor del Retablo

Anónimo dijo...

Yo confieso mi desconfianza por todo eso de la psicología de los pueblos o Volkspsichologie.
EB

cb dijo...

Yo según como se entienda, Enrique.

Dicho así, sobre todo en alemán, como si habláramos de características raciales, no es que desconfíe, es que no creo en absoluto. Pero pensando en lo que tiene el carácter de adquirido, o de moldeado por la cultura, la educación, las costumbres... y puede que hasta el clima y el paisaje, sí que creo que hay un carácter, o una psicología, propio de cada pueblo. Con todas las generalizaciónes que supone, claro.

¿No te parece que los chinos, por ejemplo, que los ves quince horas al día en sus tiendas o en sus restaurantes, siempre corteses y como si no existiera el cansancio,y alucinas, tienen una psicología diferente?

De todos modos es verdad que este tipo de libros sobre el carácter de los unos y de los otros, con tanto viaje y tanta mezcla y tanta globalidad, se va quedando un poco antiguo.

Muchas gracias, EB, siempre es un placer.