09 junio 2011

A vueltas con las edades (3)

-La madurez del cuerpo y la madurez del alma, con sus años bien cifrados por Solón, por Aristóteles, por Shakespeare y por todo hijo de vecino; las etapas de la vida y los modos de vivir, de sustancia no-matemática que decía Ortega, al final accidentados por la implacable matemática lo quiera o no lo quiera Ortega... Y sin embargo, hay algo que el tiempo no toca, y que sólo se descubre con el paso del tiempo y sus devastaciones. Devastaciones físicas, devastaciones en el alma antigua, aquella que era memoria, entendimiento y voluntad, devastaciones en el corazón... Hay algo en el hombre, sin embargo, que se ríe del tiempo, algo que no es de este mundo de tiempo, y que sólo el tiempo revela.
Supongamos un cesto de manzanas recién cogidas del manzano, tersas, crujientes, rojas, y, entre todas ellas, una de otra procedencia: tersa, crujiente y roja para siempre, como si hubiera caído de un manzano eterno. ¿Quién la distinguiría al principio? Pasan los días y las manzanas se entristecen, pierden su lustre, se arrugan, se pican... todas menos una. Sólo entonces descubres su maravilla. Cuanto más encogidas, cuanto más pardas y revenidas las otras, más brilla la manzana extranjera.
El alma es esa manzana. Y eso también lo sabe, también lo siente, cualquier hijo de vecino. Basta con mirarla para darse cuenta, aunque a veces cueste verla, aunque a veces ande oculta por el fondo del cesto.