31 julio 2010

In principio erat sermo

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RENACIMIENTO
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Erasmo, en su edición latina del Nuevo Testamento, traduce logos, no por verbum como san Jerónimo, sino por sermo. In principio erat sermo... Todo Erasmo y una parte del espíritu del Renacimiento se sustentan en ese menudo detalle. El Creador y la creación -todo el abismo informe y virgen de los orígenes- se insertan en una perspectiva ribeteada de herbaje literario y florituras gramaticales. El Verbo se ha convertido en discurso, bellas letras, "humanidades". Aquí se revela claramente el fondo (y ese fondo es una superficie) del humanismo de Erasmo y de su época. Una retórica piadosa y flexible que vibra, como un ligero ruido de ramas, sobre la superficie más externa del océano de la vida ha sustituido al ser, al principio. Para Dios, la creación se ha convertido en un ameno y encantador ejercicio de oratoria...

[Queridos no-comentaristas, no os matéis a comentar que me marcho una semanita lejos del mundanal ruido y tendida yo a la sombra esté cantando... y seguramente no pueda atenderos como merecéis. Aquí abajo os dejo el texto original, que siempre es mejor:
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"RENAISSANCE. Érasme, dans son édition latine du N ouveau Testament, traduit logos, non par verbum, comme saint Jérôme, mais par sermo. In principio erat sermo... Tout Érasme et une partie de l'esprit de la Renaissance tiennent dans ce menu fait. Le créateur et la création -tout l'abîme fruste et vierge des origines, - s'insèrent dans une perspective bordée de pelouses littéraires et de fleurs grammaticales. Le Verbe est devenu discours, belles-lettres, "humanités". Comme se révèle ici dans son fond (et ce fond est une surface) l'humanisme d'Érasme et de son époque. Une pieuse et flexible rhétorique vibrant, comme un bruit léger de rames, à l'extrême surface de l'océan de la vie s'est substituée à l'être, au principe. La création est devenue pour Dieu un souple et charmant exercice oratoire..." ]



Gustave Thibon, Destin de l'homme, Desclée, De Brouwer et Cie, Bruges (Belg.) 1941 (la traducción es mía)

13 julio 2010

Racionalismo, hipertrofia estatal y fobia del espesor

[Mi querido "blogueiro" Fernando, del recomendabilísimo Blog "O equilíbrio e a harmonia" dedicado en exclusiva a la obra de G.Thibon, entre los fastuosos documentos que no sé cómo localiza en la red y tiene la generosidad de enviarme (Por ejemplo el prefacio de T.S.Eliot a la edición inglesa de L'Enracinement de S.Weil, que colgaré en cuanto lo tenga traducido), me manda un pdf con el magnífico texto de R.Gambra que a continuación extracto, publicado como Epílogo a los "Diagnósticos de fisiología social" de Thibon. El epílogo se abre con estas palabras de Bonald que Gambra aplica al autor y le son de perfecta aplicación a él mismo: “Los hombres que por sus sentimientos pertencen al pasado y por su pensamiento al porvenir hallan difícilmente hueco en el presente”. Muito obrigada, F.]

"Durante dos siglos sopló sobre esta civilización llamada occidental o cristiana el viento del racionalismo, el designio de ajustar la vida de los hombres y de los pueblos a los dictados de la razón especulativa. El apogeo de esta eclosión racionalista correspondió al siglo XVIII, que alguien ha llamado “el siglo verdaderamente amotinado contra Dios”; el XIX fué su prolongación, y nuestra época, su menguante o retorno. Pero los efectos sobre el cuerpo social de esta profunda perturbación histórica es ahora precisamente cuando llegan a su fondo o límite, situación de la que, por desgracia, no es tan posible el retorno como en el mundo de las puras ideas individuales.
El espíritu racionalista ha hipertrofiado monstruosamente en la sociedad el papel del Poder público, a la vez que ha borrado el carácter personal o concreto que en otro tiempo tuvo, y, con él, sus límites o fronteras. (...) Los hombres, frente a este poder totalizador e impersonal, pierden el sentido de iniciativa y de responsabilidad, el amor a su trabajo y los sanos códigos del honor que regían las relaciones de unos con otros. “Así se realiza la síntesis de la opresión y de la corrupción; la vida se hace dura y, a la vez, malsana.” El crecimiento continuo del poder y de sus medios de opresión y de control resultarían perpetuamente insuficientes para restablecer el orden que no rige ya las conciencias...
Otro autor francés de hoy —Bertrand de Jouvenel— ha descrito en una obra impresionante —Du Pouvoir— el crecimiento ya ilimitado del Poder en la época moderna. Las páginas que preceden de Gustave Thibon describen la otra cara de esta eclosión racionalista: sus efectos sobre la sociedad misma, sobre las actitudes y las relaciones sociales. (...)
El moderno Estado racionalista, absorbiendo o destruyendo la vida de los ambientes y de las instituciones históricas, apoyándose siempre en el individuo-ciudadano, ha destruido las costumbres vigorosas, los espontáneos imperativos de convivencia, y se ha convertido en organizador o “planificador” de la sociedad.
La moral, actuante todavía por vía religiosa en muchas conciencias, viene a resultar ineficaz socialmente cuando actúa dentro de un medio sin costumbres donde, para cada decisión, habría de exigírselo todo a la voluntad individual y a la consciente influencia de los principios éticos... Y cuando la moral deja de ser socialmente actuante por no hallarse encarnada en costumbres ni sostenida por ellas, tiene que ser la legislación positiva la que ocupe su lugar como reguladora del orden social. Una legislación cada vez más minuciosa, más opresiva, más caprichosa y cambiante.
Para la mentalidad racionalista, y para su consecuencia, que es el estatismo socialista, las reservas vitales de la sociedad, las creencias y la sólidas costumbres que engendraron una humana y estable convivencia,son “prejuicios inmovilizadores”, “fantasmas del pasado” o “rémoras del progreso”. El socialismo, nos ha dicho profundamente Thibon, tiene la fobia del espesor. Su ideal es el de una sociedad fútil y vertiginosa, de apariencias brillantes, geométricamente planeada, centralmente manipulada: una sociedad de espíritus dóciles y triviales, de mentes ágiles e inestables, exentas de convicciones y de imperativos profundos. . .
Quizá nuestro país sea, contra lo que se cree, uno de aquellos en que el progreso del estatismo y la pérdida de las costumbres y resortes internos de convivencia han ido más lejos. La fe, todavia viva en muchos espíritus, palía en parte los efectos de este fenómeno de “erosión” social e institucional. Pero si se juzga por la total ausencia de costumbres colectivas y locales, por el número de disposiciones oficiales que son diariamente necesarias a la regulación social... cabría concluir que es el país del Occidente donde el progreso de individualismo y de trivialización de los espíritus se ha operado con mayor intensidad. (...)

...tanto en el origen de las buenas costumbres como en el de las vigorosas instituciones se encuentra la permanencia o estabilidad de hombres y de ambientes, sin cuyo concurso nada es posible en el mundo de las creaciones sociales. Esto engendró en el hombre de todos los tiempos el espíritu sanamente conservador, que es nota común a todas las sociedades históricas...Para el español o el francés del siglo XVI cualquier cosa era buena o conveniente en tanto que era ”costumbre antigua”o porque “fue fundada por los antepasados y se practica de tiempo prescrito e inmemorial”. En cambio, las "novedades" o "alteraciones" eran universalmente reputadas por inconvenientes o sinónimos de desorden... el parte militar normal o satisfactorio consiste, como es sabido, en negar acaecimiento de novedad. (...) Ese espíritu sanamente conservador ha sido extirpado de las mentes y de los corazones. La actitud humana, individual y colectiva, es hoy la diametralmente opuesta a ese sentimiento, y en esto radica quizá la más profunda raíz patológica de la sociedad contemporánea. Las palabras nimbadas de atractivo son hoy para todos los espíritus las de “nuevo” o “revolucionario”. El cambio es acogido y festejado por el hecho de ser cambio. El pasado, la continuidad y la costumbre han dejado de evocar para las mentes actuales valor alguno de respetabilidad o de legítimo orgullo. (...)

En una sociedad sin costumbres ni instituciones, a merced del absolutismo estatal, desarraigado de las almas el espíritu de estabilidad y conservación, sin un poder respetable capaz de re-crear el arraigo institucional, ¿habremos de ver ya al hombre moderno, como dice Chevallier, cogido definitivamente en su propia trampa? "

Rafael Gambra, Epílogo del libro de G.Thibon, Diagnósticos de fisiología social, Editora Nacional, Madrid, 1958.

09 julio 2010

Desesperación femenina y masculina... y un sorprendente final (y 4)

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(...Continuación)

[Kierkegaard, filósofo de la esperanza cristiana y profundísimo psicólogo de los muchos grados y formas que reviste la desesperanza, esa enfermedad mortal que consiste en vivir de espaldas al yo eterno, al yo que se es (única enfermedad verdaderamente "mortal", ya que las que "se terminan con la muerte" no son propiamente "de muerte" -y aquí trae las palabras de Jesús ante la tumba de Lázaro: "Esta enfermedad no es de muerte" Jn XI,4), considera que en la desesperación puede reconocerse una forma típicamente femenina y otra típicamente masculina. La primera, o desesperación-debilidad, sería la de no querer ser quien se es; la segunda, o desesperación-desafío, consistiría en querer ser quien no se es (en el texto que circula en Internet dice "querer ser quien se es", aunque a renglón seguido se habla del deseo "encarnizado" de "construir un yo imaginario". A ver si consigo el librito de Trotta con la traducción de Demetrio González Rivero -impagables traducciones que habrían librado a Unamuno del engorro de aprender danés- porque no lo veo muy claro).
Las dos formas, femenina y masculina, aun con puntos en común, son radicalmente diferentes: ella es otro; él se inventa.
Y pienso en tantos personajes literarios femeninos que parecen darle la razón. En el "Yo soy Heathcliff", por ejemplo, de Cathy, la protagonista de Cumbres Borrascosas (es difícil sin embargo imaginar a Dante diciendo "yo soy Beatriz"). Desde el lado masculino, llevado a su extremo el yo imaginario, quizá Don Quijote... Aunque precisamente en don Quijote el personaje ficticio es el que permite a D. Alonso ser quien es. El quijotismo es algo muy masculino, no cabe duda.
El texto que sigue, una nota aclaratoria a pie de página con un curioso -y pelín vanidoso- remate, me ha parecido muy interesante. Como todo Kierkegaard, otro descubrimiento tardío, qué alegría ]

"...Lejos de mí, sin embargo, el pensamiento de que no se puede encontrar en la mujer formas de desesperación masculinas e, inversamente, en el hombre formas de desesperación femeninas; pero esta es la excepción. Claro está que la forma ideal no se halla en ninguno y sólo idealmente es enteramente verdadera esta distinción de la desesperación masculina y de la desesperación femenina. En la mujer no existe esa profundización subjetiva del yo, ni una intelectualidad absolutamente dominante, aunque ella posee mucho más a menudo que el hombre una sensibilidad delicada. En cambio su ser es adhesión, abandono, pues si no, no es mujer. Cosa extraña: nadie tiene su mojigatería (palabra bien formada para ella por el lenguaje) ni ese mohín casi de crueldad, y sin embargo su ser es adhesión y (esto es lo admirable) todas esas reservas no expresan en el fondo más que tal condición. En efecto, a causa de todo ese abandono femenino de su ser, la Naturaleza la ha armado tiernamente con un instinto cuya finura sobrepasa a la más lúcida reflexión masculina y la reduce a nada. Esta afección de la mujer y, como decían los griegos, ese don de los dioses, esa magnificencia, es un tesoro demasiado grande para que se lo arroje al azar; ¿pero qué inteligencia humana lúcida tendrá jamás bastante clarividencia para adjudicarlo a quien se lo merezca? Por esto la Naturaleza se ha encargado de ello: por instinto, su ceguera ve más claramente que la más clarividente inteligencia; por instinto ve adónde dirigir su admiración, dónde llevar su abandono. Siendo todo su ser adherirse, la Naturaleza asume su defensa... Pero esta adhesión profunda de su ser reaparece en la desesperación, es su modo mismo. En el abandono ella ha perdido su yo y sólo así encuentra la felicidad, vuelve a encontrar su yo; una mujer feliz, sin adherirse, es decir sin el abandono de su yo, fuere a quien fuese por lo demás, carece de toda femineidad. También el hombre se da y es un defecto en él no hacerlo; pero su yo no es abandono (fórmula de lo femenino, sustancia de su yo), y tampoco necesita perderlo, como hace la mujer, para volver a encontrarlo, puesto que ya lo tiene; él se abandona, pero su yo permanece allí como una conciencia sobre el abandono, mientras que la mujer, con una verdadera femineidad, se precipita y precipita su yo en el objeto de su abandono. Perdiendo ese objeto, ella pierde su yo y entonces cae en esa forma de la desesperación en la cual no se quiere ser uno mismo. El hombre no se abandona de esa manera; por ello la otra forma de la desesperación lleva el signo masculino: en ella el desesperado quiere ser él mismo.
Esto para caracterizar la relación entre la desesperación del hombre y de la mujer. Sin embargo, recordemos que aquí no se trata de abandono en Dios ni de la relación del creyente con Dios, en la cual desaparece esa diferencia del hombre y de la mujer. Aquí es indiferentemente cierto que el abandono es el yo y que se llega al yo por el abandono. Esto vale tanto para el uno como para la otra, incluso si muy a menudo en la vida la mujer no tiene relación con Dios sino a través del hombre."
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S. Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación. Libro I. Capítulo II) . Texto tomado y corregido de http://www.librodot.com/.

08 julio 2010

Desesperación femenina y masculina. Kierkegaard (3)


(... Continuación)

"...Desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera desesperación; es su comienzo, se incuba, como dicen los médicos de una enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo. Observad a una muchacha desesperada de amor, es decir de la pérdida de su amigo, muerto o esfumado. Esta pérdida no es desesperación declarada, sino que ella desespera de sí misma. Ese yo, del cual se habría librado, que ella habría perdido del modo más delicioso si se hubiese convertido en bien del «otro», ahora hace su pesadumbre, puesto que debe ser su yo sin el «otro». Ese yo que habría sido su tesoro -y por lo demás también, en otro sentido, habría estado desesperado- ahora le resulta un vacío abominable, cuando el «otro» está muerto, o como una repugnancia, puesto que le que recuerda el abandono. Tratad, pues de decirle: «Hija mía, te destruyes», y escucharéis su respuesta: «¡Ay, no! Precisamente mi dolor está en que no puedo conseguirlo».
Desesperar de sí mismo, querer deshacerse del yo, tal es la fórmula de toda desesperación, y la segunda: desesperar por querer ser uno mismo, se reduce a ella… Quien desespera quiere, en su desesperación, ser él mismo. Pero entonces, ¿no quiere desprenderse de su yo? En apariencia, no; pero observando de más de cerca, siempre se encuentra la misma contradicción. Ese yo, que ese desesperado quiere ser, es un yo que no es él (pues querer ser verdaderamente el yo que se es, es lo opuesto mismo de la desesperación); en efecto, lo que desea es separar su yo de su Autor. Pero aquí fracasa, a pesar de que desespera, y no obstante todos los esfuerzos de la desesperación, ese Autor sigue siendo el más fuerte y la obliga a ser el yo que no quiere ser… el hombre desea siempre desprenderse de su yo, del yo que es, para devenir un yo de su propia invención. Ser ese «yo» que quiere, haría todas sus delicias -aunque en otro sentido su caso habría sido también desesperado- pero ese constreñimiento suyo de ser el yo que no desea ser, es su suplicio: no puede desembarazarse de sí mismo. "
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S.Kierkegaard, La enfermedad mortal (Tratado de la desesperación . Libro I. Cap.III). Texto tomado y corregido de: http://www.librodot.com/