30 mayo 2010

Ugolino y el violonchelo

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"Los cantos de Dante son partituras de una peculiar orquesta química, en las que lo que mejor distingue el oído externo son las comparaciones -que son impulsos, los solos, es decir, las arias y las arietas, singulares autoconfesiones, autoflagelaciones o autobiografías; a veces tan breves que caben en la palma de la mano, a veces lapidarias como un epitafio, a veces extensas como un diploma de honor expedido por una universidad medieval, a veces muy desarrolladas y articuladas, que alcanzan una madurez dramática operística, como por ejemplo la famosa cantilena de Francesca.
El Canto XXXIII del Inferno, que contiene el relato de Ugolino acerca de como a él y a sus tres hijos, Ruggieri, el arzobispo de Pisa, los mató de hambre en la torre de una prisión, está envuelto en el timbre del violonchelo, denso y pesado como la miel rancia y envenenada.
La densidad del timbre del violonchelo es la que mejor se presta para transmitir la espera y la dolorosa impaciencia. No existe en el mundo una fuerza capaz de acelerar el movimiento de la miel que mana de un tarro inclinado. Por eso el violonchelo pudo constituirse y adquirir una forma definitiva sólo cuando el análisis europeo del tiempo ya había alcanzado un número suficiente de éxitos, cuando ya habían sido superados los veleidosos relojes de sol, y quien antaño observaba la varita de sombra que se movía sobre la arena por los números romanos se volvió copartícipe apasionado del suplicio diferencial y mártir de lo infinitesimal. El violonchelo retiene el sonido, por más prisa que tenga. Pregúntenselo a Brahms, él lo sabe. Pregúntenselo a Dante, él lo oyó. (...)
Finalmente, al igual que el violonchelo conversa consigo mismo de manera absurda y se arranca preguntas y respuestas, el relato de Ugolino está interpolado por las conmovedoras y desamparadas réplicas de los hijos:
... e Anselmuccio mio
disse: Tu guardi sì, padre! che hai? "

Ósip Mandelstam, Coloquio sobre Dante, Cuadernos del Acantilado, Barcelona 2004. Traducc. Selma Ancira.
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[Hace pocos días, buscando un disco entre los que andan al retortero encima de la mesa, me di cuenta de que en todos ellos estaba presente el violonchelo. Recordé entonces que Mandelstam comparaba algunos pasajes de la Comedia con solos de este instrumento, y miré a ver qué era lo que decía exactamente. Y sí, puede que sea esa especial relación con el tiempo, ese lento verterse, confío que ni rancio ni envenenado, el motivo de mi repentina afición (y qué observación tan bonita, digna del mismo Dante, la de la miel cayendo del tarro). El violonchelo es un violín cargado de pasado. Un adulto que contiene un niño, y recuerda, y se arranca preguntas sin respuesta. Y si no os lo creéis, no tenéis más que escuchar a Schubert:

(Adagio D897, op.post.148. Nocturne. Eggner Trio)
https://www.youtube.com/watch?t=13&v=-FVzhHtCwY4

 (Trio D898, op.99.Andante.Rubinstein-Szering-Fournier) 
https://www.youtube.com/watch?v=24lwVWEZ9qg

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Y para terminar, en esta última dirección, un trailer muy tremendo de una serie austriaco-alemana, titulada "Mit meinen heissen Tränen" (Con mis ardientes lágrimas), sobre los últimos años de la vida de Schubert, desde la aparición de los primeros síntomas de la sífilis, a los 27 años, hasta su muerte cuatro años después, ignorado y pobre de solemnidad :  http://www.youtube.com/watch?v=_bLWaHFZiFs  ]

2 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Ya veo que no se te ha escapado la comparación con la miel, ¡que ninguna fuerza del mundo puede acelerar!

Y ese "Dante, él la oyó".

cb dijo...

Sólo por ese movimiento de la miel que mana del tarro inclinado y ninguna fuerza del mundo puede acelerar, ya vale la pena el libro ¿verdad?
Y las observaciones sobre el color, ese Dante tintorero y tejedor. Y las llamitas que serpentean en los diptongos (O voi que siete due... Inf.XXVI,79-81).

Es la lectura de un igual, o al menos de un muy parecido. Tuvo que ser un poetazo ese Mandelstam, y también era un "y dale con Dante".

Gracias, Enrique.