23 enero 2010

La roca y el trigo



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Parábola del sembrador (Lc 8, 5). La primera categoría son aquellos que niegan su consentimiento. La cuarta son los elegidos.

En la tierra vegetal hay una cierta cantidad de alimento para las plantas. Si una gran parte va a los abrojos, el trigo no puede crecer, falto de alimento. Asimismo en las almas cuya energía está en gran parte entregada a las cosas terrestres, la parte eterna no puede recibir la energía indispensable para su crecimiento.

Pero al punto aparece un procedimiento para el paso de la tercera categoría a la cuarta. Es el desbroce, arrancar las zarzas. En otras palabras, la operación de desapego, cuyo método ha sido abundantemente estudiado por los místicos. Todo esto es claro y conocido.

Pero, ¿la segunda categoría?

La roca. Ahí no crecen zarzas. Las almas que no se interesan por las cosas de este mundo pero tampoco tienen energía que poner al servicio de Dios y, en consecuencia, permanecen estériles.

Es exactamente mi caso. Se podría creer que hay almas a las que la insuficiencia de la naturaleza aparta irremediablemente del servicio de Dios. Yo entre ellas.

¿Es irremediable? ¿Existe algún procedimiento para hacer nacer el trigo de la roca?

El único, si un grano ha caído en un lugar de la roca que tiene un hueco, verter ahí agua y renovarla sin cesar a medida que se evapora.

Por lo tanto, es necesario, en la medida en que sea posible, ponerse bajo la influencia de estimulantes terrenos con la intención de dar de comer la energía que de ellos se recibe al grano divino que habita en lo secreto del corazón.

Es más o menos lo que he hecho instintivamente hasta ahora. Esto implica, cuando los estimulantes son seres humanos, una inmensa obligación de gratitud.


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Simone Weil, El conocimiento sobrenatural, Ed.Trotta, Madrid, 2003. Traducc. de María Tabuyo y Agustín López.



2 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

¡Gracias!

cb dijo...

Gracias a ti, Enrique. Los rayos y truenos siempre traen agua.