30 enero 2010

1/ pronus in terra (Josué 7, 10)

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Dios ha creado por el amor y para el amor... Ha creado seres capaces de amor en todas las distancias posibles. Él mismo llegó, pues nadie más podía hacerlo, hasta la distancia máxima, hasta la distancia infinita. Esta distancia infinita entre Dios y Dios, desgarramiento supremo, dolor al que nadie se acerca, maravilla del amor, es la crucifixión. Nada puede estar más lejos de Dios que lo que ha sido hecho maldición. Este desgarramiento por encima del cual el amor supremo tiende el vínculo de la unión suprema resuena perpetuamente a través del universo, desde el fondo del silencio, como dos notas separadas y fundidas, como armonía pura y desgarradora... La creación entera no es sino su vibración. Es esto lo que oímos a través de la música humana cuando, en su mayor pureza, nos atraviesa el alma. Es esto lo que más claramente captamos a través del silencio cuando hemos aprendido a escuchar el silencio.
Quienes perseveran en el amor oyen esta nota en el fondo de la degradación a que les ha llevado la desdicha…Los hombres golpeados por la desdicha están al pie de la cruz…




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Con frecuencia se reprocha al cristianismo una complacencia mórbida en el sufrimiento y en el dolor. Es un error. El cristianismo no se centra en el dolor y el sufrimiento, que son sensaciones, estados anímicos en los que siempre puede buscarse una voluptuosidad perversa. Se trata de algo muy distinto. Se trata de la desdicha y la desdicha no es un estado anímico. Es una pulverización del alma por la brutalidad mecánica de las circunstancias. La transmutación que hace pasar a un hombre del estado humano al estado de gusano medio aplastado que se retuerce en el suelo no es una operación en la que ni siquiera un degenerado pueda complacerse. Un sabio, un héroe, un santo tampoco se complacen en ello. La desdicha es lo que se impone a un hombre muy a su pesar. Tiene por esencia y definición ese horror, esa rebelión de todo el ser del que se apodera. Es a esto a lo que hay que consentir por la virtud del amor sobrenatural.
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La infinitud del espacio y el tiempo nos separan de Dios. ¿Cómo buscarlo? ¿Cómo ir hacia Él? Aunque caminásemos durante siglos no haríamos más que girar alrededor de la tierra... no nos es posible ascender verticalmente, no podemos dar un paso hacia los cielos. Dios atraviesa el universo y viene hacia nosotros. (...) Cuando la semilla de amor divino depositada en nosotros ha crecido y se ha convertido en árbol, ¿cómo podemos, nosotros que la llevamos, devolverla a su origen, hacer en sentido inverso el viaje que Dios ha hecho hacia nosotros y atravesar la infinita distancia?

Aunque parece imposible hay un medio, un medio que conocemos bien. Sabemos a semejanza de qué está hecho ese árbol que ha crecido en nosotros. Sabemos cuál es el más bello de todos los árboles. "Ningún bosque tiene uno semejante".




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Una madre, una esposa, una novia, que saben en la angustia a aquel al que aman y no pueden ni socorrerle ni unirse a él, querrían al menos padecer un sufrimiento equivalente a los suyos para estar menos separadas de él, para ser aliviadas del pesado fardo de la compasión impotente. Cualquiera que ame a Cristo y se lo imagine en la cruz debe experimentar un alivio semejante ante el impacto de la desdicha...


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Hay que tener voluntad de ir hacia la realidad; entonces, esperando encontrar un cadáver, se encuentra a un ángel que dice: “Ha resucitado”.
La única fuente de claridad lo bastante luminosa como para iluminar la desdicha es la cruz de Cristo. En cualquier época, en cualquier lugar, allí donde haya desdicha, la cruz de Cristo es su verdad. Todo hombre que ama la verdad al punto de no correr a las profundidades de la mentira para huir del rostro de la desdicha, tiene parte en la cruz de Cristo, sean cuales sean sus creencias.






Simone Weil, Pensamientos desordenados, Editorial Trotta, Madrid, 1995, Traducción de María Tabuyo y Agustín López

2 comentarios:

Ángel Ruiz dijo...

Buff, tremendo, impresionante.
¿Y por qué no he leído todavía nada de Simone Weil?

cb dijo...

Eso mismo me dije yo cuando la descubrí.
Venía a cambiar la entrada para que se siguiera un poco mejor el hilo del razonamiento de Weil, su manera de ver la relación entre Dios el hombre y el mundo. El problema es que está todo tan maravillosamente engarzado y a la vez tan lleno de "rompimientos" deslumbrantes (qué grande el tuyo el otro día), que cortes por donde cortes te sientes mal, como un manostijeras más que como un barbero.
Weil es una mezcla deslumbrante de matemática, poeta, marginada vocacional entre los marginados, mística, patosa, despeinada y sufriente que enamora. Ya no sé si cambiarlo o suplicaros que os compréis el libro, sobre todo éste, el "desordenado".
Gracias, Ángel

PS. Pues lo he cambiado, sale larguísimo,pero no sé qué quitar.