31 enero 2010

2/ Surge, cur iaces pronus in terra? (Josué 7, 10)

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Hay una pregunta que no tiene absolutamente ningún significado, y naturalmente ninguna respuesta, que normalmente no planteamos nunca, pero que el alma no puede dejar de gritar en la desdicha con la monótona continuidad de un gemido. Esta pregunta es ¿por qué?, ¿por qué las cosas son así? (...) Cristo mismo la formuló: “¿Por qué me has abandonado?”. Es la desdicha lo que nos obliga a preguntar, pero también la belleza, pues lo bello nos proporciona un sentimiento tan vivo de la presencia de un bien que buscamos un fin sin encontrarlo nunca. También lo bello nos obliga a preguntarnos ¿por qué?, ¿por qué esto es bello? Pero raros son los que pueden pronunciar para sí este porqué durante varias horas seguidas. El porqué de la desdicha dura horas, días, años, no cesa sino por agotamiento.
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Nuestra alma hace ruido sin cesar, pero hay un punto en ella que es silencio y que nunca oímos. Desde el momento en que el silencio de Dios entra en nuestra alma, la atraviesa y se une a ese silencio que está secretamente presente en nosotros, tenemos en Dios nuestro tesoro y nuestro corazón; y el espacio se abre ante nosotros como un fruto que se parte en dos, pues vemos el universo desde un punto situado fuera del espacio. No hay más que dos vías posibles para esta operación y ninguna más, dos únicas puntas lo bastante penetrantes para entrar así en nuestra alma: la desdicha y la belleza.
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Se estaría a menudo tentado de llorar lágrimas de sangre, viendo como la desdicha aplasta a desdichados incapaces de hacer uso de ella. Pero considerando las cosas fríamente, no es un despilfarro más lamentable que el de la belleza del mundo ¿Cuántas veces la claridad de las estrellas, el ruido de las olas del mar, el silencio de la hora que precede al alba vienen en vano a reclamar la atención de los hombres?
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Sólo para quien ha conocido la alegría pura, aunque fuese sólo por un minuto, y, en consecuencia, el sabor de la belleza del mundo, pues lo uno y lo otro son lo mismo, sólo para él es la desdicha algo desgarrador. (… ) Pero también es cierto que para él no es un castigo, sino Dios mismo que le toma de la mano y le aprieta un poco fuerte.



Simone Weil, Pensamientos desordenados, Editorial Trotta, Madrid, 1995, Traducción de María Tabuyo y Agustín López

[El título de la entrada guarda relación con el comentario de Suso Ares Fondevila, en su libro "Las voces y el eco", a una anotación realizada por Julien Green en su diario a propósito de la lectura del libro de Josué (La terre est si belle..., Journal 1976-78). Precisamente S.Weil no tenía en muy buena consideración este libro del A.T., pero estoy segura de que a la cita concreta no le habría puesto el menor reparo y de que habría comprendido a las mil maravillas tanto la anotación de Green como el comentario de Suso Ares. Vayan para él, con gratitud por su siempre luminosa escritura, estos párrafos de Weil que conversan con el eco de un eco]

30 enero 2010

1/ pronus in terra (Josué 7, 10)

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Dios ha creado por el amor y para el amor... Ha creado seres capaces de amor en todas las distancias posibles. Él mismo llegó, pues nadie más podía hacerlo, hasta la distancia máxima, hasta la distancia infinita. Esta distancia infinita entre Dios y Dios, desgarramiento supremo, dolor al que nadie se acerca, maravilla del amor, es la crucifixión. Nada puede estar más lejos de Dios que lo que ha sido hecho maldición. Este desgarramiento por encima del cual el amor supremo tiende el vínculo de la unión suprema resuena perpetuamente a través del universo, desde el fondo del silencio, como dos notas separadas y fundidas, como armonía pura y desgarradora... La creación entera no es sino su vibración. Es esto lo que oímos a través de la música humana cuando, en su mayor pureza, nos atraviesa el alma. Es esto lo que más claramente captamos a través del silencio cuando hemos aprendido a escuchar el silencio.
Quienes perseveran en el amor oyen esta nota en el fondo de la degradación a que les ha llevado la desdicha…Los hombres golpeados por la desdicha están al pie de la cruz…




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Con frecuencia se reprocha al cristianismo una complacencia mórbida en el sufrimiento y en el dolor. Es un error. El cristianismo no se centra en el dolor y el sufrimiento, que son sensaciones, estados anímicos en los que siempre puede buscarse una voluptuosidad perversa. Se trata de algo muy distinto. Se trata de la desdicha y la desdicha no es un estado anímico. Es una pulverización del alma por la brutalidad mecánica de las circunstancias. La transmutación que hace pasar a un hombre del estado humano al estado de gusano medio aplastado que se retuerce en el suelo no es una operación en la que ni siquiera un degenerado pueda complacerse. Un sabio, un héroe, un santo tampoco se complacen en ello. La desdicha es lo que se impone a un hombre muy a su pesar. Tiene por esencia y definición ese horror, esa rebelión de todo el ser del que se apodera. Es a esto a lo que hay que consentir por la virtud del amor sobrenatural.
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La infinitud del espacio y el tiempo nos separan de Dios. ¿Cómo buscarlo? ¿Cómo ir hacia Él? Aunque caminásemos durante siglos no haríamos más que girar alrededor de la tierra... no nos es posible ascender verticalmente, no podemos dar un paso hacia los cielos. Dios atraviesa el universo y viene hacia nosotros. (...) Cuando la semilla de amor divino depositada en nosotros ha crecido y se ha convertido en árbol, ¿cómo podemos, nosotros que la llevamos, devolverla a su origen, hacer en sentido inverso el viaje que Dios ha hecho hacia nosotros y atravesar la infinita distancia?

Aunque parece imposible hay un medio, un medio que conocemos bien. Sabemos a semejanza de qué está hecho ese árbol que ha crecido en nosotros. Sabemos cuál es el más bello de todos los árboles. "Ningún bosque tiene uno semejante".




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Una madre, una esposa, una novia, que saben en la angustia a aquel al que aman y no pueden ni socorrerle ni unirse a él, querrían al menos padecer un sufrimiento equivalente a los suyos para estar menos separadas de él, para ser aliviadas del pesado fardo de la compasión impotente. Cualquiera que ame a Cristo y se lo imagine en la cruz debe experimentar un alivio semejante ante el impacto de la desdicha...


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Hay que tener voluntad de ir hacia la realidad; entonces, esperando encontrar un cadáver, se encuentra a un ángel que dice: “Ha resucitado”.
La única fuente de claridad lo bastante luminosa como para iluminar la desdicha es la cruz de Cristo. En cualquier época, en cualquier lugar, allí donde haya desdicha, la cruz de Cristo es su verdad. Todo hombre que ama la verdad al punto de no correr a las profundidades de la mentira para huir del rostro de la desdicha, tiene parte en la cruz de Cristo, sean cuales sean sus creencias.






Simone Weil, Pensamientos desordenados, Editorial Trotta, Madrid, 1995, Traducción de María Tabuyo y Agustín López

27 enero 2010

La cinta transportadora

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Gombrowicz captó en Ferdydurke el giro fundamental que se produjo durante el siglo XX: hasta entonces, la humanidad se dividía en dos, los que defendían el statu quo y los que querían cambiarlo; ahora bien, la aceleración de la Historia tuvo consecuencias: mientras que, antaño, el hombre vivía en el mismo escenario de una sociedad que se transformaba lentamente, llegó el momento en que, de repente, empezó a sentir que la Historia se movía bajo sus pies, como una cinta transportadora: ¡el statu quo se ponía en movimiento! ¡De golpe, estar de acuerdo con el statu quo fue lo mismo que estar de acuerdo con la Historia que se mueve! ¡Al fin se pudo ser a la vez progresista y conformista, bienpensante y rebelde! Acusado de reaccionario por Sartre y los suyos, Camus dio la célebre réplica a los que han "colocado su sillón en el sentido de la Historia".

Milan Kundera, El Telón. Ensayo en siete partes, Tusquets Editores, Barcelona, 2005. Traducc. Beatriz de Moura.


[A raíz de la publicación de L’homme révolté de Camus en 1951, y de la durísima reseña -que Camus atribuyó siempre a Sartre- publicada en la revista Les Temps Modernes, se desencadenó una sonada polémica entre ambos por sus ideas enfrentadas acerca de la historia y la acción revolucionaria, salpicada de bonitos insultos y descalificaciones personales, especialmente por parte del filósofo (como cuando, lleno de jactancia, acusaba a Camus de incompetencia filosófica, de haber cursado estudios de segunda fila en Argel, o de mirar la historia con desconfianza, "como nena que roza el agua con la punta del pie y pregunta ¿está muy caliente?”).
En L'homme révolté Camus responsabilizaba, por una parte al antihistoricismo, representado por Saint-Just, discípulo de Rousseau, y por otra parte al historicismo que bebe en la idea hegeliana de la historia, de haber ensangrentado la historia moderna desde 1789 hasta nuestros tiempos, al justificar el terror y el crimen en aras de la idea.
Con esa tendencia tan propia de las izquierdas a responder a los argumentos caricaturizando al argumentador, la reseña de la obra de Camus, firmada por un colaborador de Sartre, sostenía que, para Camus -"que equiparaba la entrada en el reino de la Historia con la adquisición de un pasaje al terror y al nihilismo"- la única sabiduría posible sería la de instalarse en el statu quo. Camus respondió agradeciendo las “lecciones de eficacia… por parte de censores que no han puesto nunca en el sentido de la historia más que su conocido sillón”.]

25 enero 2010

Pájaro en mano o ciento volando

-¿En qué quedamos?
¿En qué quedamos? ¿Mejor pájaro en mano o los ciento volando?:


...Pues más vale un toma que dos te daré (Sancho)

...Y advertid, hijo, que vale más buena esperanza que ruin posesión, y buena queja que mala paga. Hablo de esta manera, Sancho, por daros a entender que también como vos sé yo arrojar refranes como llovidos (Don Quijote)


(Segunda parte del Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, Capítulo VII)

23 enero 2010

La roca y el trigo



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Parábola del sembrador (Lc 8, 5). La primera categoría son aquellos que niegan su consentimiento. La cuarta son los elegidos.

En la tierra vegetal hay una cierta cantidad de alimento para las plantas. Si una gran parte va a los abrojos, el trigo no puede crecer, falto de alimento. Asimismo en las almas cuya energía está en gran parte entregada a las cosas terrestres, la parte eterna no puede recibir la energía indispensable para su crecimiento.

Pero al punto aparece un procedimiento para el paso de la tercera categoría a la cuarta. Es el desbroce, arrancar las zarzas. En otras palabras, la operación de desapego, cuyo método ha sido abundantemente estudiado por los místicos. Todo esto es claro y conocido.

Pero, ¿la segunda categoría?

La roca. Ahí no crecen zarzas. Las almas que no se interesan por las cosas de este mundo pero tampoco tienen energía que poner al servicio de Dios y, en consecuencia, permanecen estériles.

Es exactamente mi caso. Se podría creer que hay almas a las que la insuficiencia de la naturaleza aparta irremediablemente del servicio de Dios. Yo entre ellas.

¿Es irremediable? ¿Existe algún procedimiento para hacer nacer el trigo de la roca?

El único, si un grano ha caído en un lugar de la roca que tiene un hueco, verter ahí agua y renovarla sin cesar a medida que se evapora.

Por lo tanto, es necesario, en la medida en que sea posible, ponerse bajo la influencia de estimulantes terrenos con la intención de dar de comer la energía que de ellos se recibe al grano divino que habita en lo secreto del corazón.

Es más o menos lo que he hecho instintivamente hasta ahora. Esto implica, cuando los estimulantes son seres humanos, una inmensa obligación de gratitud.


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Simone Weil, El conocimiento sobrenatural, Ed.Trotta, Madrid, 2003. Traducc. de María Tabuyo y Agustín López.



21 enero 2010

Pobre barquilla mía

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“Yo he descubierto una gran verdad –dice el patriarca de Citadelle(1)-: que los hombres habitan…”

El hombre, aunque razone, no vive en lo universal, sino que habita en lo concreto, y sólo a partir de lo concreto razona. Precisamente porque él mismo es individual y personal, crea lo concreto determinado y en ello se alberga y protege. (…)

Nadie más abandonado en un mundo sin límites, de temibles elementos, que el navegante en alta mar. Se enfrenta, sin embargo, con el océano infinito en la pequeña construcción de su navío, que es para él albergue y orden de sus días. Una vez dentro de él, apenas ve ya el mar, o, si lo ve, le parece sólo el fondo o decoración de su nave, algo hecho para sostenerlo o transportarlo. La inmensidad del mar es entonces campo de su tarea, o camino que recorrer para el navío, es decir, para el pequeño mundo de sentido que el hombre se ha construido a fin de albergarse y realizar su obra. Es la misma verdad que expresó la Gestalt-Psichologie sobre la incapacidad perceptiva del hombre si no es a partir de una previa captación de formas dotadas de unidad y sentido. (…)

El rito alberga al hombre en el tiempo, como la casa lo alberga en el espacio, y le otorga su bien más preciado: el sentido temporal de las cosas, en cuya virtud no se pierde la vida en la incoherencia y el hastío. “Porque es bueno que el tiempo que corre no nos produzca la impresión de algo que nos gasta y que nos pierde, sino de algo que nos realiza y nos madura. Es bueno que el tiempo sea una construcción. Así puedo yo marchar de fiesta en fiesta, de santo en santo, de vendimia en vendimia, como marchaba de niño de la sala de consejos a la sala de reposo en el palacio de mi padre, donde cada paso tenía su sentido”.

La solemnidad es compañera natural del rito, y lo preserva, y subraya su santificación en el correr del tiempo. Así la oración al comenzar la comida en común hace de ésta un rito familiar, respetable por sí mismo, distinto por completo de una función fisiológica regida sólo por normas de economía o de higiene. Así la oración del mediodía o de la puesta del sol, o el día dedicado al Señor… Así la solemnidad en el acto de administrar justicia o de enseñar en cátedra o de otorgar culto a Dios, por la que quienes lo ejercen se sienten ministros de algo más alto que ellos mismos. (…)

Por esto, aplicar al rito el método racional-finalista es esencialmente destructor. Pensar que, por motivos de utilidad o economía, se pueda trasladar al sábado el culto que a Dios se tributó siempre en domingo, creer que la voluntad organizadora de una autoridad humana puede sustituir por sí sola a la costumbre ritualizada, es ignorar la raíz sagrada, de aceptación y fidelidad, que constituye la esencia de todo orden humano concreto. Aplicado el escalpelo racional a la concreción de los ritos, ceden uno tras otro en su raíz fáctico-sagrada y, al cabo el mes que iba para el hombre de la Asunción a la Sanmiguelada, o de la Navidad a la Candelaria, se convierte en el mes “del quinto día”, mes sin domingos ni fisonomía de la Unión soviética, en el que cada cinco días descansa un grupo distinto de trabajadores para así, en la uniformidad del tiempo, “no interrumpir jamás la construcción del Socialismo”.

(1) Antoine de Saint-Exupéry, Citadelle.

Rafael Gambra, El Silencio de Dios, Editorial Prensa Española, Madrid, 1968

[Rafael Gambra, entre otras muchas cosas, era catedrático de Filosofía en el Instituto Lope de Vega de Madrid. En la década de los 70, durante tres años, los cursos de 5º, 6º y COU de aquel entonces, lo tuve como profesor. Mi padre, que lo conocía y lo admiraba, nos llevó a sus tres hijas al Lope de Vega para que no tuviéramos más remedio que sentarnos a escucharle dos horas por semana.
Vivíamos en la otra punta de la ciudad y tardaba cerca de una hora en llegar al Instituto, después de coger un autobús y el Metro. No me daba tiempo a ir a casa a mediodía y, cuando empezaban las clases de la tarde y mis compañeras volvían de la suya, repeinadas y oliendo a Azur, yo estaba descangallada y con el uniforme apestando a los fritos del bar del patio. Pero llegaba Gambra, subía a la tarima, abría el libro y se me olvidaba todo.
Una tarde al mes, le dejabamos papelitos cerrados en la mesa con los temas de los que nos gustaría hablar. Cogía uno al azar y empezaba la charla. Por más disparates que dijéramos, no se inmutaba. Al final, incomprensiblemente, estábamos de acuerdo. Nos enseñaba a pensar. Nos enseñaba a dialogar: a dialogar, sobre todo, con nosotros mismos, que es por donde conviene empezar los diálogos. Y nos vacunaba.
Entusiasmada con aquellas clases, decidí estudiar Filosofía. En la Facultad descubrí, tras una inmersión bautismal en formalismo kantiano, que la luz verdadera comenzaba en Hegel y que todo lo anterior era sólo edad oscura. Al primer pero te miraban malamente, la disidencia no estaba permitida: ya no se trataba de pensar, sino de aprenderse al dedillo el catecismo de la Nueva Era. Vacunada como iba, salí de allí maltrecha, pero viva.
El libro del que he extractado la entrada tiene una dedicatoria que dice: “A mi atenta y querida alumna C.B., en la esperanza de que guarde para sí algo de lo que este libro expresa”. Eso espero yo también.
Rafael Gambra murió en el año 2004. Por estas fechas de enero se celebró su funeral. Me quedé en la última fila, que era la mía. Dios lo tenga en su gloria.]

20 enero 2010

Declaración de intenciones

Después de unos cuantos años fatigando los comentarios de los blogs de los amigos, decido al fin lanzarme al ruedo del blog propio.

No pretendo emularlos. Sería imposible. Todos ellos son grandes escritores en forma y fondo; yo ni lo soy ni se me espera. Nace pues este blog, simplemente, como el blog de un lector, lectora en mi caso. Vaya por delante mi gratitud a todos los que escriben, nos iluminan, nos entusiasman, nos alimentan y nos hacen pensar. Está claro que los escritores pueden serlo sin lectores; los lectores sin escritores no existen.

Tampoco pretende ser una página de recomendación de lecturas, como las dedicadas a la reseña de novedades o libros imprescindibles de todos los tiempos. Existen blogs cualificadísimos que rinden ese servicio, como el insuperable Bienvenidos a la Fiesta. Este será simplemente un Blog de subrayados.

Los subrayados, con el paso de los años, descubres que son piedrecitas de un camino. No son un arsenal de citas ni frases redondas. A veces se trata de una leve insinuación, otras veces un pasaje, quizá el de menos alardes estilísticos, siempre algo que nos habla a lo hondo, a lo que uno es, aunque todavía no lo sepa. Y es que no sé si los que tenéis, como yo, la fea costumbre de pintarrajear los libros y escribir al margen, habéis observado una cosa curiosa: lo anotado al margen, cuando volvéis a un libro después de un tiempo, os parece irrelevante o absurdo; pero el párrafo subrayado, por alguna razón, os sigue llamando. Sería el mismo que volveríais a marcar.

Leí en cierta ocasión, lápiz en ristre como de costumbre, la definición de G. Steiner del intelectual como la de alguien que lee con un lápiz en la mano. Me asusté tanto que procuré corregirme. Intelectual es una palabra horrenda, y no es el caso. Al poco caí en la cuenta de que la definición no tenía por qué ser reversible y recordé ese dicho nuestro sobre el tonto al que le gusta el lápiz, con lo que volví tranquilamente a las andadas. Creo más bien, como decía, que se trata de señales que nos indican el camino, el camino de vuelta, que es el que siempre importa. Como los guijarros de Pulgarcito, o como esas marcas rojas que se pintan en los troncos de los árboles, en lo alto de la sierra, para no perderse cuando la nieve borra el sendero y disimula los hondones.

El camino de cada uno es el de cada uno: varían el desde dónde y el cómo, trazan líneas rectas, quebradas o sinuosas… pero siempre hay tramos en los que los caminantes se encuentran y se alegran de saludarse. Me sentiré feliz de encontraros en alguno.

El título del Blog procede del Salmo 84 (83): “…Porque el Señor es sol y escudo”. Es también el título de una cantata de Bach: Gott der Herr ist Sonn und Schild (BWV 79).